Inspiración musical: God 's anger Re-arranged: type two — Yu-Gi-Oh! Dark Side Of Dimensions Original Soundtrack.
Seto contemplaba la urbe desde el interior acolchonado de su limusina, el filtro de la ventanilla le confería el aspecto de un antiguo rollo de cintas de video. En similitud al paisaje, su memoria le mostró fotogramas de los sucesos desde que Yura y Kisara aparecieron en la mansión hasta la actualidad, recorrido por el ayer que lo llevó a discernir en Yura las cualidades que nunca buscaría en una mujer: era embustera, daba a sus acciones el giro más acorde a sus intereses, disfrazaba su cinismo con astucia, compartía el gusto de Mokuba por las chucherías que tantas discusiones le había costado mantener a raya y, sobre todo, su objetivo inicial era ponerle punto final a su existir. ¿Cómo acabó sintiéndose atraído por alguien con aquel etcétera de defectos? ¿Así de tramposo era el amor?
Las interacciones que habían protagonizado tampoco establecieron algún atisbo de lógica al traerlas a capítulo, ese era, preciso, el conflicto principal que tenía con el amor y sus derivados: no se regían por la lógica del razonamiento, y lo que no pudiera solucionarse con el método científico, la inteligencia artificial o aun el Duelo de Monstruos, lo dejaba sin armas para combatir o defenderse.
Seto necesitaba la raíz lógica de lo que sea que sentía por Yura a fin de saber cómo extirparla, sin embargo, parecía implicar la leyenda urbana del sacerdote antiguo, y él prefería seguir luchando a ciegas con el bicho minando en su interior que darle cabida al pasado en su presente, aunque esa lucha lo dejara sin cálculo matemático, resultado de prueba de laboratorio o código binario para justificar la orden a Hadashi de conducir a la residencia Mutou en las primeras horas de la mañana.
—Hermano, insisto, nos estamos precipitando— arguyó Mokuba en el asiento—. Basado en la estrategia que me confiaste anoche, la dejaste ir porque no querías que te viera como a su carcelero. Además, si ella cumplía el arreglo de abandonar la mansión, mas no la KC o, en otras palabras, decidía volver a ti por su propia cuenta cuando le diste la oportunidad de irse, significaba que había posibilidades. Me parece más adecuado darle tiempo a que llegue por su pie y, de no hacerlo, sí venir a por ella.
Tal vez el recuento era parte del mecanismo de defensa que activaba su cerebro en el apuro de frenar a tiempo la estupidez que estaba a punto de cometer.
—Eso sería confiar en ella, Mokuba, privilegio que no merece.
—Pues, en mi opinión, contradice lo que te has propuesto.
«No, pensándolo bien, no es una estupidez ni una contradicción. Es lo justo: si no puedo eliminar este maldito incordio, haré que ella también lo padezca, que no quede impune, que sufra las consecuencias de lo que ha provocado en mí».
Seto aplicó su ley del silencio a lo que tenía por hecho, sin precisar la opinión de nadie más que la suya.
A la distancia de una esquina, la rudimentaria vivienda de los Mutou sobresalió de fondo junto a la motocicleta recién estacionada en el frente. Mokuba pensó mencionar a Honda, cuyo nombre atrapó entre los dientes cuando el conductor retiró el casco de protección y se reveló usuario de una copiosa melena rubia.
—Oh, por lo visto, Honda le ha prestado la moto a Jonouchi.
El señalamiento inofensivo de Mokuba terminó siendo abono a su coraje: Yura descubrió su figura al otro lado de la puerta, en actitud de colocarse el casco extra en manos del blondo.
Hadashi tuvo que patinar las llantas contra el asfalto ante la emergencia del movimiento con el que Seto abrió la portezuela y eliminó a paso furibundo el trecho que lo distanciaba de la pareja.
— ¡Hermano!
Mokuba corrió a trompicones tras él. A pesar de las gafas oscuras que servían de muralla a los ojos azules de su hermano, podría testificar a mano en alto que, si las miradas fueran balas, entre Jonouchi y Seto no sabría decir cuál de los dos moriría primero. El menor siempre atribuía las chispas de rivalidad entre ambos al extraño pacto de no agresión con el que se demostraban el aprecio, pues el orgullo les impedía expresarlo de otra manera que no fuera mediante insultos, pero el furor sostenido en la mirada parecía ir más allá de la fuerza de la costumbre y la composición del aire, que de repente adoptó la nociva pesadez del plomo.
A contrapelo, el silencio de Seto no se debía al campo de estática rodeándolos, sino porque, resuelta la distancia, distinguió a Yura luciendo la falda blanca y camisa azul de mangas largas con surcos blancos que bordaban la terminación en pico, y que llevaba el dije de la KC en la solapa derecha. A la par, tenía el pelo recogido, las zapatillas sin tacón de acuerdo al uniforme de las operadoras (1), y el rostro al natural que, para él, superó el atractivo que unió a los participantes del evento en el "oh" colectivo.
La ira distorsionó su visión al punto de retratar la escena donde ella, como siempre, le había mentido, que iría a pasear con el mediocre en lugar de ceñirse a la palabra de no abandonar sus labores en la corporación, pero la evidencia del atuendo cambió la perspectiva y puso en ridículo cualquier exigencia que pudiera hacerle, dejándolo sin habla durante la primera instancia del encuentro.
— ¿Qué haces aquí, Kaiba?
Jonouchi torció sus cuerdas bocales en un acento tan filoso como la indignación hecha cangrena que le recorrió de talón a crisma cuando su mente, concienzuda e intuitiva para las segundas intenciones, le llamó estúpido al captar lo obvio de la respuesta. La primera y única vez que Kaiba pisó la casa de los Mutuo fue guiado por la codicia de tener en posesión el cuarto ejemplar del Dragón Blanco de Ojos Azules. Ni siquiera él, despistado y vago en ciertos aspectos, caería en el absurdo de pensar que de la noche a la mañana le naciera visitar por cortesía.
¿Acaso eso era Yura para Kaiba? ¿Una cuarta copia del Dragón Blanco de Ojos Azules que él quería poseer no por la satisfacción de sumarla a su colección, sino por el capricho de saberse su dueño absoluto y totalitario?
—Etto… —Mokuba sopesó mediar sin comprometer la intimidad de su hermano—. Vinimos porque…
—Porque debo asegurarme de que esta mujer no falte a su palabra. —Le interrumpió el mayor. Mokuba suspiró, derrotado. Quería mantener los sentimientos bajo perfil, pero con esa línea, en la óptica de quien lo conociera como él lo conocía, Seto los había expuesto por sí mismo casi con descaro.
Siendo aludida, Yura detuvo el diálogo abriéndose camino entre ambos e imperando en su rostro una expresión desencantada. Girando en una vuelta sobre sí misma, presentó la evidencia, que Seto ya tenía por bien sabida, como la prueba en su defensa. Y mientras Seto la repasaba de pies a cabeza, felicitándose por haber matizado lo impoluto de su gabardina beige con aquellas gafas oscuras, de tal modo que fuera imposible descifrar su mirada; Jonouchi, por igual razón, las maldijo.
— ¿Y? —Ella procedió a colocarse las manos empuñadas en las curvas de la cadera, simulando a las asas de un jarrón.
—No hay tiempo qué perder— esquivó la pregunta—. Anda, sube a la limusina.
Kaiba extendió la mano en dirección al brazo derecho de Yura. Jonouchi, adivinando su propósito, le obligó a dar un paso hacia atrás tomándola por el izquierdo, evitando así el contacto.
—De ninguna manera, ella viene conmigo. —rechazó, apretujando el antebrazo, la voz raspando el gruñido de un perro antes de clavar la mordida—. En la KC tienes derecho a darnos órdenes, pero fuera no eres quien para mandar en nosotros. No somos tu Jet Blue Eyes, tu limusina o tus malditos helicópteros.
—Está claro que tú no lo eres, ni en sueños tendrías el valor de mis propiedades— dijo, flexionando los hombros y chasqueando la risa—. Pero ella, si bien tampoco es mi propiedad, es mi responsabilidad desde el minuto cero en el que se colocó el uniforme.
Los dos tenían por silueta un aura maligna que les dibujó una segunda sombra alrededor del cuerpo.
—Hey, hermano, vamos a calmarnos…
—Katsuya, tranquilízate, no caigas en las provocaciones de Seto.
Yura y Mokuba, además del gusto por las chucherías, compartieron el miedo a que la conversación escalara a mayores.
—Mi tiempo es demasiado valioso para desperdiciarlo— entonó Seto. Trazando un firme paso hacia delante, cumplió la meta de agarrar a Yura por el brazo derecho.
Esa fisura en el tiempo, esa pequeña franja que la manecilla del segundero avanzó en el reloj, Jonouchi la vio cobrar la forma de una luz cegadora cubriendo el círculo de su pupila. Envuelto en el fulgor, se sintió eclosionar como una mariposa al desprenderse de la crisálida y, en la pequeña brecha que había entre sus pestañas al rozarse, recuperando la visión en primera persona, se miró de rodillas en el suelo.
La nueva luz bañaba el cuerpo de una mujer entre sus brazos (2). Su vestido y cabellos blancos yacían maculados por el rojo fuego de la sangre todavía fresca en su vientre, rajado medio a medio con un despiadado corte horizontal. El chirrido de una bestia herida cimbró los quicios de su interior, suplicando incluso al prohibido dios Atum (3) que, en el acto de piedad que todo pecador merecía antes de ser enjuiciado, le concediera el milagro de que ella abriese los ojos, le concediera aferrarse a la esperanza de que no fueran azules.
Pero eran azules los ojos que ejercían presión a la altura de su nuca, y él supo de inmediato que la súplica era vana. La oscuridad a sus espaldas era la sentencia final de los dioses.
—Si tan solo no hubiera frenado sus manos aquella noche— sollozó una voz que, pese a irrigar su cuerpo como si hubiera salido de su propia garganta, sonó tan lejana como la de otra persona—... Si tan solo las hubiera unido a la fuerza de las mías…
El chirrido de la bestia herida empezó a elevarse hasta convertirse en el rugido de un dragón.
—Lo rajado en dos habría sido el trozo de carne podrida que tienes por corazón, maldito bastardo.
— ¡SUFICIENTE!
El grito de Yura funcionó de interruptor, apagando las imágenes e iluminando la realidad de su entorno. Apenas percibió la sacudida que le zafó del agarre combinado.
«¿Qué carajo fue eso?»
¿Acaso había soñado despierto? ¿Todavía tenía las sábanas pegadas muy a pesar de la agitación con la que se las quitó de encima esa mañana?
No, rectificó al instante. Su travesía con Yugi le previno sobre las adversidades que habría de sortear si tomaba el riesgo de tachar esos visos de meras alucinaciones, empero, ¿Por qué su visión estaba en primera persona? ¿Cuál era el sentido de lo que vio?
—Me iré con Katsuya.
Yura volvió a desviar su carril de pensamientos, la seguridad que blandió frente a Kaiba dio a la elección el sonido de un decreto irrevocable. Jonouchi estuvo al tris de celebrar su victoria plegándose un párpado inferior y sacándole la lengua, mas ver a su contrario enarcar la misma ceja que para él había mutado en la semilla de envolventes tallos y rizomas, mudó su expresión de orgullo a ofuscación.
—En vez de aprovechar su día libre haciendo sus diligencias personales, ha tenido el gesto de pedir a Honda la moto prestada para asegurarse de que yo llegue a tiempo a tu compañía. No voy a menospreciar su gentileza. Además, subir a esa cosa todavía me induce al vómito.
— ¡Ella tiene razón, Seto! —El de melena esponjosa le atenazó un brazo—. Sería de muy mala educación por parte de Yura rechazar su ofrecimiento cuando, de antemano, lo había aceptado. En vista de que ya confirmamos que sí está dispuesta a ir a la corporación, no tenemos nada más qué hacer aquí.
A regañadientes, y en la privacidad del pensamiento, Seto admitió que la sugerencia de Mokuba era la más acertada. Contradecirlo e insistir, sembraría la sospecha de que su interés por Yura escondía algo más que tenerla bajo su mando en la KC.
Pero no se iría sin dictar su propio decreto irrevocable.
—Si no me informan de tu arribo a la corporación en los próximos minutos, el trato se anula y hoy mismo regresas a la mansión. —Seguido, les dio la espalda—. Vámonos, Mokuba.
— ¡Sí!
Jonouchi y Yura le observaron marcharse con el aire imperial que caracterizaba sus pasos. El primero, cerciorado de que la limusina se había perdido en la lejanía, giró los talones hacia su compañera. Le tomó de las manos de manera desprevenida e hincó en ella una mirada que traducía el disgusto que le ocasionó ver la ceja derecha de Kaiba empinarse en la curva.
—Yura, te haré una pregunta y necesito que me respondas con absoluta sinceridad. —Su parpadeo consecutivo se unió al asentimiento frenético, advirtiendo que ella prestaba atención a su solicitud con el debido enfoque—. Mientras vivías en la mansión, ¿qué tipo de relación tenías con Kaiba?
— ¿Qué quieres decir con eso, Katsuya? —El corazón le había dado un vuelco doloroso, como si hubiera sufrido un retortijón para contrarrestar el atasco de una de sus arterias.
—No te hagas la estúpida ni asumas que yo lo soy. —Endureció el mínimo esbozo en simultáneo al enlace de sus manos, cerrándose sobre las suyas al extremo de acalambrarse—. Conozco a Kaiba más de lo que me gustaría, fuimos compañeros de aula e incluso de aventuras mientras duró la búsqueda de las memorias de Atem, así que puedo asegurarte, sin alterar mi voz, que no es la clase de persona que se tomaría la molestia de venir a por ti él mismo teniendo a la orden una caravana de terceros. De modo que te lo vuelvo a preguntar, Yura: ¿qué hubo entre Kaiba y tú antes de que te fueras de su mansión?
A Yura la pasmó que, de todos los actos que arrastraba consigo, como una larga cola qué pisar, Jonouchi dudara de lo único en lo que había sido leal y honesta.
—Si eso es lo que quieres oír, te voy a complacer: sí, hubo algo entre nosotros— enzarzó aposta, desuniendo sus manos en un arrebato mientras procuraba no ceder a las lágrimas. Muy a pesar de su obstinación, no conseguía eliminar el discutir llorando entre los rasgos de su personalidad—. Hubo un tira y afloja de palabras despectivas, hubo un asedio constante por encontrar una debilidad y hubo una discusión en donde casi terminé atropellada en estampida por los vehículos esperando el cambio de luces en el semáforo, a un par de calles de tu casa.
Jonouchi, además del discurso, escuchaba su vaso sanguíneo palpitar en la sien, pero no la detuvo ni barajó pedirle disculpas. Ejercía su derecho a exponer lo que le produjera gastritis, pero, sobre todo, quería brindarle la oportunidad de justificarse, quería hacer balance de cuánto afán pondría en convencerlo… Quería, no, necesitaba tener motivos para creerle.
—Yo fui la primera en expresar el deseo de independizarse, yo fui la primera en seguir tu consejo de proponerle trabajar a cambio de dinero en vez de techo y comida, si hubiera existido algo entre nosotros, ¿por qué lo habría hecho? ¿Por qué, aun ahora, teniendo la facilidad de irme con él en su limusina, elegí transportarme contigo en moto? — Las lágrimas hacían arder sus ojos, pero ella no les permitiría darse a la fuga—. Esas preguntas tienen el mismo sentido que la que tú hiciste al principio: ninguno, porque te he respondido con hechos.
Katsuya cerró las puertas a su interior al esconder la mirada tras la cortina de flequillos áureos. Impávido, una estatua de carne y hueso.
Su silencio le martirizó, era demasiado parecido al de una bomba a la espera de tener cuatro ceros en el detonador.
—Pero si no son suficientes para ti, entonces lo mejor será que siga mi camino al pie.
No se quedaría a presenciar el estallido, por lo que volteó los pies en la dirección opuesta, herida por el golpe de su indiferencia.
A cada paso titubeante que avanzaba, rogaba porque él la detuviera gritando su nombre, por escuchar su andar tras la pista del suyo. Tendió la vista por encima del hombro con el corazón embravecido por la ilusión, pero verlo en el mismo sitio puso en libertad sus lágrimas.
Quiso echarse a correr, mas pronto sintió debilidad. En medio de su vago intento por trotar, el chirrido que propagaban las llantas al frenar en seco le atronó el oído y levantó una nube de polvo a su alrededor. Ella estrujó sus lágrimas, entretanto el nubarrón se disipaba, y teniendo ya la nitidez precisa, divisó a Jonouchi en su flanco derecho, ensillado a la motocicleta.
—Mi orgullo puede volar tan alto como el de Kaiba, Yura— dijo, con una sonrisa que, por irónico que pareciera, reflejaba tristeza—. Pero, a diferencia de él, a mí me bastó que voltearas un segundo hacia atrás para mandarlo al diablo.
Ágil, paró la moto accionando la palanca y se plantó frente a ella, que boqueaba cual mudo haciendo mímica del habla.
—Lo siento, yo… Quizás no estoy acostumbrado a que me elijan— resopló, acariciando su mejilla con la yema del pulgar—. Mi madre eligió a Shizuka, mi padre eligió las botellas de licor y Mai eligió su propia salud mental. No puedo decir que hayan errado, cada quien tiene derecho a gozar su albedrío, pero dado que mis amigos han sido las únicas personas en elegirme sin que yo lo pidiera, me es difícil asimilar que, alguien más que no sea ellos, pueda apostar por mí. — Le atrajo rodeando su cintura con la mano libre.
Yura se dejó hacer, atrapada en aquellos ojos que parecían dos trozos de ámbar pulido. Ni siquiera en los de Jostet, que eran un calco, había visto irradiar esa hermosura, y solo allí reparó en que era él, Jonouchi Katsuya, y no el espectro de Jostet, quien la tenía hipnotizada.
—Por ello, aún me cuesta creer que, sin haber hecho yo alguna hazaña, tú tengas sentimientos por mí. —Su aliento cálido le besaba los labios sin tocarlos, y su voz, tan seductora como envolvente, la hizo sentir parada sobre las nubes—. Entre Kaiba y yo existe un hondo precipicio que nos separa, entonces dime, Yura, ¿por qué me has elegido?
—Porque tu aliento ha besado mis labios sin siquiera tocarlos— infusa en el embrujo, la mentira huyó de su boca. Al igual que aquella tarde en la cafetería, le bastó mirarlo a los ojos para expulsar lo que llevaba en bruto dentro de sí—, porque tu voz me ha hecho sentir parada sobre las nubes, y porque tienes los ojos más hermosos que he visto sobre la faz de la tierra.
Asfixiados por la repentina urgencia de besarse, el uno se abotonó a los labios del otro en un beso desesperado que les erizó la piel como si fuera electricidad en vez de sangre lo que viajara por sus venas.
Al contrario de Mai, ella recibió gustosa la lengua tibia y la enroló a la suya, emitiendo ambas un leve ruido de encaje. El ansia de beberse el uno al otro se hizo tan necesaria como el aire, por ello la unión se fue degradando a un roce tímido hasta culminar en la separación, y aunque había sido otro beso en el que, lo que faltó de tiempo, sobró de pasión, tras recuperar la noción del tiempo, Jonouchi no esperó ser recibido por los cándidos orbes violetas de Mai, sino por las dos esferas azules de Yura.
Tener a la vista sus pómulos ruborizados, junto a los labios resecos e inflamados tal cual sentía los propios, avivó las ganas de volver a besarla, pero caer en cuenta de que se habían devorado en la calle, siendo que los días anteriores miraban a los lados antes de darse un breve ósculo, le movió a poner distancia hecho granate por el regreso abrupto del pudor enviado a la basura.
— ¿No-nos vamos?
—S-sí.
Mientras Jonouchi conducía la moto con la visión del pasado volviendo a ocupar su fuero interno, Yura reflexionaba que, de los dos, era ella quien se estaba enamorando a lo estúpido de él, de Jonouchi Katsuya.
«Estoy jodida. Muy, muy jodida».
Apoderándose de las calles a máxima velocidad, la montura rebasó al gato que Yugi saludaba en los últimos días de clases, en tanto aguardaba por Anzu al pie de la escalerilla (4). Refugiada en los ocelos del felino, la diosa Bastet saltó de su trono.
— ¡Bien hecho, Yura! —Proclamó, dando pequeños brincos en la sala real.
Anubis cometió el error de asumir que la conjuración invertida del Hechizo de las Dos Almas— cambiado al Hechizo del Ka y el Ba—, era la jugada maestra: dejaba a Yura en un callejón sin salida, pues despertar a Jostet implicaría despertar a Seth en cadena y, viceversa, le ahorraba la magia de conseguirlo por sus propios medios. Además, mientras Jostet permaneciera hundido en la oscuridad, aun cuando Ra aprobó que los dioses de la Corte Solar pusieran el dedo en el renglón, Bastet, la deidad a la cual fue consagrado, no tendría la influencia que deseaba.
Jonouchi Katsuya, a excepción de la apariencia física, no tenía nada que lo asemejara a Jostet, incluso sus sentimientos le pertenecían a otra mujer. Bajo esas condiciones, era imposible hacerle despertar. Pero el mismo Jonouchi, que a su vez fungía de prisión a Jostet, le obsequió un breve momento de libertad al unirse en lo único que, por ese instante, les hizo iguales: el amor desmedido, fogoso e irracional que sentía por Yura, y el rencor visceral, sordo e interminable que sentía por el dios Seth.
—Ahora sí puedo intervenir a placer, mi queridísimo Anubis. —Tocó el sistro, henchida de júbilo—. A ver cuál de todos canta victoria.
Kisara terminó de ordenar el escritorio de Seto desplazando el documento que, minutos atrás, reposaba en la oficina del vicepresidente.
La experiencia del beso le había enseñado que, si forzaba las cosas y se tomaba pequeñas libertades como llamarlo por su nombre a secas y abalanzarse a sus brazos, en vez de conquistar a Seto, acabaría por perderlo. De modo que, por el contrario, cuidaba esos pequeños atajos en la rutina para encajarse a la vida del castaño y, a su vez, hacerse nido en su corazón. Sabía de antemano que Seto leería su estrategia, y precisamente ese era su objetivo: que él la notara.
En cuanto Mokuba le hizo saber la partida de Yura, sintió alivio, aunque reprendiera su egoísmo en el acto. Lo cierto era que, hasta no tener en claro las intenciones de su casi melliza, Kisara la consideraría una amenaza para Seto.
El CEO, en transversal, no le dirigía la palabra a menos que fuera estrictamente necesario. En la perspectiva de Kisara, esa indiferencia era sinónimo de que, así como no la quería, tampoco la despreciaba, el resquicio a su favor que le indujo a estudiar los matices del azul en su mirada, el subtono de los sentimientos en los agudos de su voz y el mensaje subliminal en sus actos; en lugar de echarse a llorar y sufrir por su rechazo.
A ese ámbito encaminaba sus meditaciones para el tiempo en el que la voz de Mokuba se coló desde el pasillo.
—Sabes que la amistad es todo para los que rodean a Yugi, hermano, y es razonable que haya hecho buenas migas con Jonouchi, que la llevó al hospital cuando se desplomó en Kaiba Land. Además, por si te parece poco, él sigue muy enamorado de… Oh, buenos días, Kisara.
—Buenos días, joven Mokuba, señor Seto…
Ella esperaba que él devolviera su saludo disparando un "¿Qué haces aquí sin mi permiso?", pero Seto, si bien ajeno a la formalidad, se limitó a colgar la gabardina en el perchero a un lado del escritorio.
—Perdonen mi atrevimiento, pero estimé correcto dejar aquí la lista de candidatos para su proyecto, joven Mokuba. Ayer escuché que no le dio tiempo de entregárselo al señor Seto— manifestó, siguiendo con la mirada el tránsito del castaño a su área de funciones.
—Te lo agradezco mucho, Kisara— externó el Kaiba menor—, con eso de que el primer duelo del torneo será este fin de semana, se ha estado ejecutando en segundo plano cuando el señor aquí se comprometió a darle la misma prioridad.
El presidente no alegó en su defensa. Estribado en su silla, abrió el dichoso documento. En vista de que las cosas con Yura no habían sucedido acorde a sus deseos, su sistema reclamaba consumir la dopamina del trabajo.
Analizó los perfiles, recopilados en orden alfabético, cual si fueran las cifras de los estados financieros, y el primero que seleccionó encabezaba el sumario de la letra b.
Blackwood, Faitth.
(1) Por motivo de la película, salió a la venta un libro especial llamado Millenium Memory. Tuve la fortuna de adquirirlo, y entre los diseños de personajes que allí se muestran, está la imagen de abajo, que ilustra el uniforme de las mujeres que trabajan en la KC como operadoras (esto lo estoy asumiendo YO, ya que solo aparecen tecleando sin parar, no lo tomen como una verdad absoluta). Intenté describir ese vestuario, pero como siento que no lo hice bien, les dejo la imagen en el restro de las plataformas donde tengo publicada esta historia. Dentro de lo poco que intenté traducir, decía que es como norma que el pelo no pase de los hombros.
(2) Una de las imágenes más icónicas que tiene el Mizushipping (Sacerdote Seto x Kisara) es la de él arrodillado frente a la piedra del BEWD con ella entre sus brazos, esa es la imagen que quise plasmar a modo de paralelo con Jostet y Yura. De hecho, mi inspiración para ese fragmento del capítulo fue el duelo en el que Seto "cambió el futuro" visto por Ishizu gracias al Collar del Milenio.
(3) En el Antiguo Egipto, hubo un faraón bastante polémico llamado Akenaton, quien rendía culto al dios Atum (o Atón, no se por qué los nombres de los dioses tenían tantas variaciones) en vez de a Ra como dios supremo, lo cual generó el descontento en la población. Más tarde, cuando su reinado acaba, y aunque no se precisa muy bien (ya saben, existen muchas versiones, no asuman esta información como la única verídica) se vuelve a instaurar el culto a los dioses que conocemos y el dios Atum, fue, en pocas palabras, prohibido.
(4) Es el gato que aparece en la escena de la película donde Yugi se encuentra con Anzu antes de ir a la escuela.
**Este mes ha sido peor que la mierda de un estreñido: trabajé bajo presión, enfermé del estómago y hasta se me murió un ser querido, así que no saben lo mucho que significa para mí que lean esta historia. ¡GRACIAS, GRACIAS, GRACIAS!
***A partir de este mes, procuraré volver a las actualizaciones más regulares. Mi problema es que me tardo hasta un mes en editar cada capítulo porque, al ser yo mi primera lectora, soy muy exigente y nunca me siento al cien por ciento a gusto, pero eso ya son vainas mías, jajaja. Por favor, si tienen algunas sugerencias o detectan algún error en la escritura o en la trama, por favor, no duden en decirme, escribo muy entrada la noche y con mil pendientes en la cabeza, sería de mucha ayuda para mí.
***Todo lo que ha pasado hasta entonces es parte del "intermedio" que no tenía muy claro a la hora de empezar la historia, pero poco a poco he ido tejiendo los conceptos y puede que llegue a ser más corta de lo que pensaba. Recuerden que esta es la historia de una yo de 17, solo que he ido agregando unas cosillas para evitarles el CRINGE de leer tantos disparates.
¡De nuevo, MUCHÍSIMAS GRACIAS POR LEERME!
