Inspiración musical: Dancing's Done — Ava Max.
Jonouchi condujo de regreso a la casa de Yugi. Honda le había prestado la motocicleta visto el compromiso de entregarla finalizado el menester. Cayendo la tarde, la necesitaba de transporte a la fábrica con el objetivo de asistir a los "entrenamientos" de su padre en su afán porque le sucediera en el negocio.
A raíz de las obligaciones que cada quien debía cumplir, las reuniones en la casa del tricolor solían repuntar la hora de la cena, pero esa ocasión sería especial: acordaron juntarse por la mañana a establecer una videollamada en grupo con Anzu, pues al residir en occidente, acumulaba catorce horas de diferencia horaria.
Jonouchi extrañaba su amiga tanto como los demás, echaba de menos los regaños, la voz que no dejaba fallecer su ánimo, la actitud casi maternal con la que cuidaba los pequeños detalles como llevar una merienda de ración extra a la escuela previendo que a él no le daría el tiempo de preparar la suya debido al trabajo de repartidor y, más tarde, pasarle los apuntes de los temas a tratar en las pruebas finales. En suma, extrañaba la sinergia que Anzu inyectaba en el grupo y que, para él, era esa franja de marcador negro en el dorso de la mano que completaba la forma de la carita feliz al unirse con el resto. Sin embargo, con esa llamada en particular, ameritaba retomar el contacto no solo por la añoranza de su presencia, sino por la de pedir su aprobación a que Yura se instalara en el departamento que sus padres le habían rentado y, por las conversaciones previas, sabía de primer oído que continuaba disponible a modo de reserva para cuando decidiera volver.
Para desgracia de Atem, Jonouchi compartía con Yura el rasgo al que la noche anterior dio tintes de defecto: era oportunista. Los años en la miseria, junto a su paso por la banda de Hirutani (1), le habían enseñado a sacar provecho de los escasos momentos en los que la vida bajaba la guardia y, en vez de encestar un golpe, permitía contrarrestarlo. Así pues, el olfato que Seto tenía para los negocios y el dinero, Jonouchi lo tenía para las oportunidades. Lo que le diferenciaba de Yura y aun de Kaiba, era su buen tino al elegir de cuáles cartas echar mano y cuáles dejar al azar, la habilidad que todos llamaban "suerte".
Cruzó el umbral luego de haber estacionado la moto al ras del buzón y colgar el casco en uno de los manubrios, quitándose los zapatos en breve. Una vez aposentado, encontró a Yugi removiendo sus cartas del cofre dorado a la mesita que ocupaba el centro de la sala de estar.
— ¡Buenos días!
—Buenos días— correspondió su amigo, dedicándole una de sus sonrisas cálidas.
— ¿Y los demás? —Cuestionó, echando la vista hacia todas las direcciones mientras se retrepaba en la esquina del sillón.
—Mamá salió a comprar lo que falta para el almuerzo, el abuelo, a buscar su receta del mes. Atem— compuso un gesto de vacilación a punto de finalizar el suspenso—… No me lo ha dicho con sus propias palabras, pero me da la impresión de que no quiere que Anzu sepa de su retorno de esta manera, no hasta que no sienta la entereza de responder a sus preguntas, por eso se ha quedado en la habitación a hurgar unas cartas que le prestó el abuelo antes de irse.
— ¡Bah, reverenda estupidez! — Exclamó, brioso—. Anzu le ha visto atravesar facetas mucho peores y en ninguna lo ha menospreciado, es más, ninguno de nosotros lo ha hecho, aun cuando todo sigue siendo tan confuso, al menos para mí.
—Lo sé— suspiró—, desde su llegada, Atem luce taciturno y esquivo. Intuyo que se debe a su propia esencia en el Rompecabezas del Milenio. ¡Gracias a ese tesoro lo conocimos! Es una parte importante de sí mismo y, sin él, es entendible que se sienta turbado y perdido.
—Ahora que lo mencionas, cuando Yura se desmayó en Kaiba Land, nos encontramos en el hospital. Me pidió disculpas aludiendo que "al parecer, no solo era bueno en el duelo de monstruos, sino atrayendo los problemas que arruinan la paz siempre que asoma nuestras vidas". Yo fui honesto al replicar que prefiero estos problemas a aquellos con los que vengo forcejeando desde que tengo uso de razón, pero eso no le borró la mueca de remordimiento.
La compasión y amargura encapsularon los globos oculares de Yugi.
—Iría corriendo a sacarlo a patadas de tu habitación, pero— fue él quien compuso el gesto de vacilación—, quiero hablar contigo a solas, Yug, por eso he venido primero antes de recoger a Honda.
El de cabellos tricolores detuvo el mínimo accionar a la par de su mirada, que permaneció fija en la de su adorado compañero.
—Verás, es acerca de Yura. Ella y yo…
—Están juntos, eso ya lo sé. —Yugi le lanzó la verdad tan a quemarropa, que Jonouchi soltó el balbuceo de un estrangulado e hizo ademán de querer brincar como si uno de los resortes del mobiliario se hubiera desencajado—. La mirada enternecida que le dedicaste al presentarla, solo te he visto dirigirla a Shizuka, y el que la trajeras a casa prueba que vas en serio con ella. — La satisfacción de haber acertado en todas sus presunciones plasmó una sonrisa en sus labios—. Eres muy malo para disimular tus sentimientos, Jonouchi, e igual para contenerlos en plena calle.
— ¡Nos viste! —Enrojecido desde la barbilla hasta las raíces de pelo en la frente, el rubio se llevó las manos a las sienes, raptado por el bochorno de saberse al descubierto. Yugi rio al pensar que trataría de contener la fuga imaginaria de vapor escapando por sus oídos.
—No fue intencional— aclaró—. Escuché las voces al poco rato de oír a Yura gritar que habías llegado, me pareció reconocer la de Kaiba y temí que hubiera pleito entre los dos. Al abrir la puerta, solo quedaba el humo de la moto al frenar de golpe. Tras seguir su rastro, los vi a los dos haciendo lo que ya sabes.
Jonouchi pareció recuperar algo de vergüenza, mas el tono rojizo no abandonó entero sus pómulos.
—Lo siento, puedes reclamarme por no apelar a la confianza que siempre ha existido entre nosotros y habértelo dicho desde un principio, pero es que— apoyó los codos en sus muslos y entrelazó los dedos de sus manos. Agachando la cabeza, terminó la postura que Yugi le reconocía cuando estaba por abrir el dique en su interior—… Nuestra relación no tiene definición concreta ni existe una etiqueta social que la categorice, y eso no es malo, porque nos permite ser más que eso, nos permite serlo todo, pero, a la vez, es como si no fuéramos nada. Es difícil de explicar.
—Mi abuelo dice que el amor es amor cuando no se puede entender ni explicar.
La mirada se dulcificó, cual si, precisamente, sus irises fueran miel condensada.
—Ella, al igual que Atem, es un espíritu al que algún día veré partir. Ninguno de los dos puede prometerse amor eterno ni garantizar la felicidad del otro, es una apuesta peligrosa y un desafío al azar, pero, estrujando el seso, es lo mismo que me sucedió con Mai, es lo mismo con el resto de las personas. Nadie puede garantizar la felicidad de nadie y uno nunca sabe cuándo le tocará decir adiós.
—Entonces, no entiendo tu preocupación, Jonouchi. Por lo visto, estás consciente de que, el hecho de que Yura y tú no se puedan jurar amor eterno porque algún día ella se irá, no hace menos valiosa su relación que si, por ejemplo, la tuvieras con alguien de este mundo.
—El problema, Yugi, es que lo tenía por asumido y pensaba que, cuando ella se marchara, podría superar la separación con el consuelo de haber disfrutado lo que hubo entre nosotros mientras duró. Lejos de pensar en ese día, me he concentrado en vivir la aventura, tomar todo lo que ella pueda darme y yo darle todo lo que pueda ofrecerle, hasta que ocurrió el beso que tú atestiguaste. —Volteó la mirada, la tonalidad opaca de la angustia ponía sitio en el ámbar—. Ese beso fue diferente, Yugi. Sentí que me corría electricidad en vez de sangre por las venas, sentí que necesitaba beberla cual elixir y sentí que necesitaba su aire y no el mío para respirar. Te juro que si no hubiera recapacitado a tiempo y si no hubiéramos estado en plena calle, pierdo la cordura y le hago el amor como un loco.
A medida que las palabras salían de su boca, las mejillas de su amigo intensificaban el rojo de la sangre, acumulada en aquella sección de su rostro dada la precisión en los detalles.
— ¿Lo ves? Ya no puedo decir que haber disfrutado todo cuanto pude me dará consuelo. Ahora no solo quiero disfrutar cuanto pueda, Yugi, ahora lo quiero todo. Y eso me aterra, porque quiere decir que me estoy enamorando a lo estúpido y que tengo el sufrimiento asegurado al momento de la despedida. —Siguió liberando el peso que lo entumecía. Yugi, conmovido por su confianza, le dejó abundar sin interrupciones—. Iluso, pensé que, aunque me enamorara de ella, necesitaría más tiempo o vivir experiencias como las que tuve con Mai para en verdad amarla, para que mis sentimientos alcanzaran esta intensidad. Pero no, con Yura he aprendido que no es solo el tiempo o las experiencias, también influye la conexión, la convergencia entre las energías, el "qué sé yo" que te hace sentir en paz y te susurra al oído que estás en el lugar correcto con la persona correcta. Esas pequeñas cosas a la vista sencillas y nada extraordinarias, pero que de a poco, y sin que lo notes, se van convirtiendo en hábitos, como nuestras conversaciones en la hora del almuerzo y las furtivas escapadas al local en construcción, la risa que me provoca sus comparaciones disparatadas, el calor de su mano sobre la mía, la calidez de sus labios en los míos… Creí que ya sabía lo que era el amor por haberlo vivido con Mai, mas Yura me ha mostrado una cara suya que no conocía. No quiero que esto termine, pero es la única certeza que tengo: algún día terminará. Y a tal grado me asusta la magnitud de mis propias emociones, que me invade el pensamiento de que sería mejor cortar por lo sano ahora, antes de que sea demasiado tarde…
—Con todo lo que me has dicho, pienso que ya es demasiado tarde.
— ¡Mierda! —Jonouchi, azorado, se revolvió los cabellos, ocasionando modestas carcajadas en su compañía—. Estoy jodido. Muy, muy jodido.
— ¿Es eso lo que te aflige? ¿Quieres terminar con Yura?
—No, no me siento capaz. Sobre todo, porque tengo la sensación de que ella está más jodida que yo. Sin haber hecho algo fuera de serie, dice quererme de veras. Y sus ojos, Yugi, tienes que ver cómo se le iluminan los ojos cuando estamos juntos. Sin embargo, todavía existen cosas en ella que me inquietan, y que son la razón por la cual he comenzado a sopesar la posibilidad de cortar por lo sano.
— ¿Inquietudes? —El tricolor encendió sus alarmas, cambiando de postura en el sillón.
—La primera, es su relación con Kaiba. Llámame dramático, pero el instinto femenino que presumen las mujeres, también lo tenemos los hombres, y el mío me dice que el interés de Kaiba por ella va más lejos de lo que sea que trame.
—Esa inquietud tiene solución. —Su camarada le hizo guiño—. Celos. Estás celoso de Kaiba.
— ¡Con un demonio, sí! ¡Cada vez que la imagino cerca de él, la sangre se me vuelve un espumarajo! — Yugi conjeturó que los retazos de carmín en su rostro no eran más a causa del flujo de su sentir, sino por lo inmenso de la inquina—. También sé que Yura no le corresponde, y no obstante a que no lo hace, siento que, por otro lado, evita el enfrentamiento directo con él, como si le temiera. Sospecho que Kaiba la tiene amenazada y no quiere decirme con qué, sabe a la perfección que no duraría en molerlo a golpes.
De nuevo, Yugi estaba parado en el punto medio entre dos caminos. En uno, le atemorizaban las consecuencias de abrir pequeños huecos a la verdad en sus contestaciones, y en el otro, apuñalaba su corazón el silencio con el que traicionaba la confianza que Jonouchi le estaba depositando.
— ¿Por qué no lo hablas con ella, Jou? — La sugerencia, de momento, le pareció un buen atajo. Tal vez, ese amor descrito por el rubio ya gozaba la fortaleza de sobrevivir a las confabulaciones de los dioses. Tal vez, ya estaba listo para esa conversación—. No te tortures con suposiciones o películas mentales.
—Pienso hacerlo en cuanto resolvamos lo de la vivienda, así tendremos un espacio en donde ocuparnos de nuestros asuntos, que no sea Kaiba Land o aquí, que es tu hogar. Mientras, necesito tu ayuda con la segunda inquietud que me ronda, y que es el verdadero motivo por el cual me interesaba, en primer lugar, charlar contigo a solas.
— ¿A ver?
—En los minutos previos a tú abrir la puerta, me refiero a cuando escuchaste nuestras voces, discutía con Kaiba porque, según él, debía asegurarse de que Yura cumpliera el trato de abandonar la mansión a cambio de trabajar a sueldo en la corporación, y por lo mismo alegaba que debía irse con él en la limusina. A fin de no hacer tan largo el cuento, Kaiba extendió la mano en dirección al brazo derecho de Yura y yo, adivinando su jugada, la empujé tirando del izquierdo. Sin embargo, Kaiba lo intentó más tarde y, al conseguirlo, tuve una especie de visión que me alejó de la realidad.
La pupila de Yugi se encogió al tamaño de un grano de mostaza, al tiempo que una gota de sudor se deslizaba por su espalda con la caricia de un dedo frío y espigado.
—Al principio, creí soñar despierto, pero las locuras que viví a tu lado me impidieron tacharlo de ilusión. En especial porque, si bien parecía el recuerdo de alguien que no era yo, vi todo en primera persona e incluso percibí sus emociones, como si me hubieran encerrado dentro de ese cuerpo.
— ¿Q-qué viste? — Pese a lo titánico de su esfuerzo, no pudo emblandecer la rigidez del miedo en sus facciones ni evitar el tartamudeo en su voz al entonar los signos de interrogación.
— ¿Te ha pasado? — Jonouchi desplegó los párpados hasta que sus ojos bordearon la cuenca—. ¿Mientras tenías el rompecabezas o, aun ahora, has tenido alguna "visión" sobre la vida de Atem?
—Yo… —Las paredes del pecho volvieron a comprimirse sobre su corazón, escaseando el aire y agolpando sus lágrimas hasta formar un nudo en su garganta, las mismas lágrimas que cubrían los ojos del príncipe al recorrer el pasillo con pasos apresurados.
— ¡Perdón! —El blondo se paró de un salto—. No quiero avergonzarte… Sé que Atem y tú, a través del rompecabezas, forjaron una conexión especial que burla cualquier entendimiento, algo así como un cordón umbilical espiritual, forma parte de su intimidad y no pretendo meter la nariz donde no debo. —El tono conciliador sirvió de remanso a Yugi, era preferible que Jonouchi le diera esa interpretación a su expresión mortificada—. Mi pregunta se debe a que, la última vez que tuve una visión parecida, fue cuando Aigami utilizó en mí los poderes del cubo, y me trajo de regreso divisar la silueta dorada de Atem con su disco de duelo en la Plaza del Reloj. Eso me llevó a concluir que, quizás, Yura y yo también estábamos forjando una conexión que me otorgó la habilidad de acceder a sus memorias perdidas o, en su defecto, a las de alguien que fue muy cercano a ella en el pasado. En pocas palabras, que yo fuera para ella lo que tú fuiste para Atem: la clave para recuperar sus recuerdos.
Yugi separó sus labios, temblorosos por contener la verdad que pugnaba con abrirse a los cuatro vientos, mas Jonouchi se adelantó a retomar sus divagaciones.
— ¿Sabes? Justo ahora me ha llegado el pensamiento de que, si el indeseable de Kaiba tuvo una versión milenaria, igual yo podría tener una. ¿Te imaginas cómo sería mi yo del milenio, Yug?— Su risa escandalosa hizo eco en el aludido, que se unió a coro no por lo ingenioso de la broma, sino porque había sido tan irónica que le invitó a liberar la tensión endureciendo sus músculos.
— ¿Puedo saber qué es tan gracioso?
La voz de Atem, parado en las escaleras, detuvo la emisión de las risotadas.
— ¡Hey, viejo! — Jonouchi le saludó agitando la mano—. Menos mal que te dignaste a salir o te hubiera sacado a patadas del cuarto.
— ¿Y Honda, no que vendría contigo?
— ¡Mierda, ese cabeza de crespín me va a matar!
Yugi resopló, fatigado de pesar. Jonouchi era despistado y vago en aspectos triviales como la diligencia de buscar a Honda, pero si la integridad de quienes eran importantes para él se balanceaba en la cuerda floja, era más concienzudo e intuitivo que cualquiera. Al igual que en los duelos, poseía el instinto natural de captar el flujo (2) de los acontecimientos y adaptarse al peligro. Los pasos agigantados que daba hacia la puerta los estaba dando también hacia la verdad, y a Honda, que era su destino, no le faltó razón al decir que la última siempre hallaba la forma de salir a la luz.
Se inundó de conmiseración al pensar en Yura. Mientras él se veía a sí mismo situado entre dos caminos, la de ojos azules luchaba contra el reloj. Y el tiempo que había comprado con sus mentiras, como todo en la vida, estaba próximo a su fecha de caducidad.
—Señor Kaiba— la voz sintética de la recepcionista desvió su atención de las gráficas en su escritorio—, la señorita Yura compareció en nuestras instalaciones. Luego de haberle entregado las herramientas listadas, he manifestado la orden de conducirse a su oficina, debe estar a punto de encontrarse con usted.
—Muy bien.
En efecto, el pitido de la desconexión precedió a su llegada. Seto fingió leer los documentos, resuelto a evitar perderse en su mirada o volver a fijarse en lo bien que su cuerpo entallaba en el uniforme.
— ¿Qué debo hacer con esto? —Sin hacer algún comentario sobre lo acontecido minutos atrás, tomó asiento en una de las sillas frente a él, tendiendo a su vista la tableta multifuncional junto al pequeño auricular que debía ser colocado en la oreja.
—Tu trabajo, ¿acaso no es obvio? —Señaló con desdén, pellizcado por el recordatorio de su elección—. Kisara ha vuelto a tomarte la delantera y, al paso que va, pronostico que tu presencia será innecesaria y nuestro acuerdo quedará nulo.
—Ah, aquí vamos de nuevo. —Le oyó bufar—. ¿Cómo te hago entender que no estoy compitiendo con Kisara? ¿Qué idioma debo aprender para explicarte que me importa un comino lo que ella haga o deje de hacer?
Seto no pudo resistir la erupción de cólera hecha lava en su torrente sanguíneo, cuya fuerza de ebullición le hizo sentir prendido en candela y engrosó las venas de su garganta al momento de alzar la voz.
— ¡Oh, pero no fuera Atem o alguno de sus amiguitos!
—Ya veo— replicó ella, poniéndose de pie con una serenidad enigmática—, estás resentido por lo que pasó en las afueras de la casa de Yugi, ¿verdad? —Toda la furia incinerándole quedó reducida al humo oscuro del chamusco. ¿A dónde fueron a parar los años de experiencia en el arte de poner a raya sus sentimientos y estar en pleno control de sus emociones? ¿Por qué expuso de tal manera su ansiedad porque fuera ella y no Kisara quien buscara ganarse su afecto? ¿Por qué delante de ella, de quien más quería y debía ocultarlos? —Siendo el caso, lo lamento mucho, Seto, pero no voy a permitir que tus rugidos de dragón arruinen mi buen ánimo. Así que, con tu permiso, me iré con el sol de tu hermano, él sí sabrá entender que un par de semanas en este mundo no me hacen experta en todo a la primera.
Ella mostró su intención de darse la vuelta, y a él acudieron las imágenes de los encuentros anteriores como si la misma escena se repitiera una y otra vez: Yura marchándose y él siendo ahogado por el océano de su interior. En un rápido movimiento que incluso para sí mismo era incapaz de predecir, le impidió voltearse arrebatándole los aparatos de las manos.
—No.
Arropado por su mirada perpleja, movió los dedos sobre la pantalla con asombrosa habilidad, solo deteniéndose a ofrecer de nueva cuenta el auricular adaptable al oído.
—Póntelo.
— ¿Pero…?
—Solo hazlo.
A lo mejor, cuidándose de otro arrebato, le obedeció. Seto entonces caminó a paso lento hasta encarar su faz y pinchó la herramienta por última vez.
Yura dio un pequeño respingo cuando la voz automatizada penetró en su oído.
Bienvenida, señorita Yura. Mi nombre es Ai, yo seré su asistente virtual en su nueva labor como supervisora del proyecto Blue Broadway Theater: una experiencia musical de muerte. Será un placer para mí guiarle hacia mis aplicaciones. ¿Le gustaría empezar el tutorial?
Seto extendió la tableta y ella, todavía con la duda palpitando en su rostro, la volvió a tomar entre sus manos.
—Está programada para ayudarte a cumplir tus funciones. Es el asistente del asistente. —Por muy extraño que le fuera, no evitaba su mirada, por el contrario, sentía la imperiosa necesidad de hundirse en sus ojos azules hasta llegar al fondo de su alma—. Recuerda que tú eres mi sustituta en el proyecto de Mokuba, mas no estaré siempre contigo para darte instrucciones. Ai nos mantendrá en contacto.
—Vaya… —Ella pestañeó, al parecer, todavía sin reponerse de la impresión—. ¿Tanto te costaba decírmelo como una persona normal?
—No hiciste la pregunta correcta.
—Y tú no diste la respuesta indicada.
Seto levantó una ceja, divertido con su réplica, pero aquella manifestación era el mínimo indicio que podía permitirse exteriorizar.
—No pienso pedirte disculpas.
—No espero que lo hagas.
Y allí estaba de nuevo ese silencio tentativo, esa suspensión del tiempo en la que solo existía el horizonte de azul tras sus miradas. Ese momento en donde Yura se convertía en el imán y él en el metal que no podía resistirse a la carga magnética que lo atraía hacia ella.
Náufrago en aquellos ojos azules, reflexionó que quizás lo que le gustaba de Yura era su naturalidad, la soltura con la que se desenvolvía frente a él, sin dejarse intimidar o cohibir por sus títulos o lo arisco de su carácter. Esa sensación de libertad y arrojo que transmitía.
Recordó la primera vez que interactuaron, el cómo ella se había tomado el atrevimiento de darse a sí misma el permiso de invadir su laboratorio, abrazarlo y decirle lo que para ella era la verdad, poniéndolo en paralelo a cuando le gritó que estaba harta y le mandó al demonio, incluso, llamándolo desde el principio por su nombre de pila sin que él se lo hubiera concedido.
Cayó en la cuenta de que Yura no lo trataba por lo que era ni por quien era, sino por lo que él se había prohibido ser: un hombre como cualquier otro. Un hombre que podía cometer errores, que podía permitirse mostrar sus sentimientos sin que se tomaran por debilidad y un hombre que, en vez de reprimirse, de batirse a duelo con su propio ser, podía disfrutar de las sensaciones que enamorarse traía consigo.
Tal vez por eso le atraía, porque ella era la máxima representación de lo que él se había impuesto no ser y, tenerla a su lado, era como estar completo, como reconciliarse con el yo que por tanto mantenía recluido en el foso de su conciencia.
Yura era fiel a sus sentimientos, se amoldaba a ellos tal como el agua lo hacía con la forma del recipiente que la contenía, él, en cambio, los traicionaba, los reprimía, los encerraba en una burbuja hermética donde nada ni nadie pudiera alcanzarlos.
—Bueno, si eso era todo yo me…
— ¿Por qué huyes de mí, Yura? —Sus ojos se tornaron lustrosos y anhelantes—. Al principio pensé que te gustaba sentirte una con el control de la situación y el favor de la última palabra, pero…
Esas palabras congelaron la espina dorsal de Yura. Ese azul aguamarina rodeando el círculo de la pupila, el tenue cambio en la voz… Estaba segura de que el Seto Kaiba que venía conociendo nunca se lo permitiría.
—Pero, analizando desde otra perspectiva, cada vez que estoy a punto de acercarme a quien eres, no haces más que huir. Aún ahora, puedo ver en ti las inmensas ganas que tienes de salir corriendo de aquí.
Yura paralizó su mirada y sintió en su cuerpo el endurecimiento de una piedra. ¿Cuándo Seto aprendió a leer sus emociones? ¿Acaso había aprovechado la previa distancia entre ambos para estudiarla en las sombras? ¿O quizás se había enfocado tanto en Jonouchi que nunca le prestó la debida atención a esa importante señal de alarma?
—La primera vez que estuvimos solos, en mi laboratorio, te pregunté cuál había sido tu pecado, pero todo lo que hiciste fue redirigir el punto focal hacia mí antes de cruzar por la puerta. La segunda vez, en la antesala del balcón, cuando deduje que no eras mi enemiga, pero tampoco mi aliada, volviste a cambiar el enfoque hacia mí antes de marcharte. La tercera vez, con la opción de la pistola en tus manos, te pregunté cuáles serían las consecuencias de contravenir las órdenes de Anubis, mas emitiste respuesta con los pies apostados en la salida. Es tanto tu deseo de huir que incluso has abandonado la mansión y te has unido a la pandilla de Yugi; muy a pesar de que, según tú, soy yo, Seto Kaiba, quien puede ser la carta de triunfo.
¿Pudiera ser que acababa de acertar? ¿Será que Yura, al igual que él, ya tenía el bicho y, con esos intentos de fuga, estaba intentando extirparlo?
—Entonces, ¿por qué, Yura? ¿Por qué huir de mí?
—Porque no quiero que ninguno de nosotros dos cometa los mismos errores del pasado, Seto…
"Creo que le gustas a mi hermano".
—Porque no quiero que ninguno de nosotros dos cometa el craso error de enamorarse.
Y volvió a irse, como siempre, pero, por primera vez, se fue dejándolo atrás con una respuesta y no con otra pregunta.
—Demasiado tarde.
Anzu supervisaba la frescura de su rostro acabado de secar con la toalla del baño en su recámara. Aunque la práctica del día le había drenado las fuerzas y agarrotado los músculos, y pese a que su cama le llamaba entre gritos, ver a sus amigos era mejor que la bebida energética circulando por su organismo desde el inicio de sus ensayos vespertinos. Ella había sido la inyección de ánimo que necesitaban los demás, no ansiaba que la flacidez en su dermis revelara que los papeles se habían invertido y eran ellos, a través de las videollamadas, quienes le insuflaban de aliento cuando perdía el suyo en cada paso de baile.
Ellos y Faitth, su compañera de apartamento que, al igual que la t adicional hacía que su nombre sonara tan parecido a fe como a destino al pronunciarse, renovaba su fe de que aquellas tierras lejanas a su hogar fueran el destino donde lograría sus sueños.
Amilanó su bata de pijama con el tierno conejo púrpura en el pecho, inspeccionó por última vez su reflejo y, al no detectar anormalidades, dirigió sus pasos a la sala, donde la recibió lo mullido del sofá rojo vino. Tomó su móvil de la mesita frente al mueble, y empezaba a ensayar sus expresiones ante la cámara cuando la voz agitada de Faitth recorrió el trecho de distancia que separaba sus habitaciones.
— ¡ANZU! — Con el pelo castaño alborotado, la pijama a medio poner y sus pantuflas de dormir, Faitth se estampó a su lado en el sillón — ¡Sé que tienes videollamada con tus amigos, pero tienes que ver esto!
Tras un par de pinchazos frenéticos a su celular, le mostró la bandeja de entrada de su correo electrónico. Anzu fue incapaz de leer el cuerpo del mensaje, el nombre de la compañía remitente congeló su mirar en la pantalla.
(1) Este chico es el líder la ganga a la que Jonouchi pertenecía antes de conocer a Yugi. Su mención no es fortuita y sobre aviso no hay engaño. :)
(2) Es la traducción al español de las palabras de Yugi en el duelo de Jono vs Keith en el Reino de los Duelos en el anime. En el manga dijo algo similar, de modo que tome esta captura a modo de referencia.
***Existe un lector anónimo de esta historia (digo anónimo porque no vota ni comenta, se limita a dejarme sus impresiones al privado) que me criticó el hecho de poner más énfasis en los sentimientos de Jonouchi y Seto, en especial los de Seto. Es por ello que me concentré en ponerlos en paralelo. En esta historia, los paralelos son el pan de cada día y una de los puntos que la caracterizan, así que este no será ni el primero ni el último, quedan advertidos. xD
*** ¡Millones, billones, trillones de gracias por leerme!
