Inspiración musical: Who I am hates who I've been— Relient K.
Aquella sensación no era nueva.
Le había hecho nido años atrás, cuando el cabecilla del trío que robaba los almuerzos en las horas del recreo fue víctima colateral de una de sus bromas espontáneas. Había procurado disculparse, después defenderse, por último, presentar batalla pese al descuadre injusto de ser un tres contra uno. Todo, para concluir abollado en golpes e impregnado con el hedor de unos orines calientes. Los moretones no suscitaron tanto dolor como la vergüenza de retornar al curso irradiando el vaho, cuya intensidad obligó al profesor a despachar su presencia primero a la enfermería, luego, a la oficina del director.
Con el cuerpo envuelto de gasas se personó ante el susodicho. Inspirado por el aura de bondad que le rodeaba, confesó que un ingenio suyo había desatado el conflicto, pero que su accionar no fue adrede. El anciano de rasgo apacible acogió su versión de los hechos y mandó llamar al trío involucrado, asignándole al vuelo la orden de recoger sus útiles escolares, ir de regreso a casa y avisar a sus padres de una reunión al día siguiente a la primera hora de clases; ya que su fetidez perturbaría la enseñanza de los contenidos.
El único chiste del recuerdo era que no bien había cruzado el portón cuando sonó a todo volumen el timbre que dejaba los alumnos en libertad, por lo que, de todos modos, querer conservar un poquito de dignidad era un anhelo imposible tanto si se hubiera quedado el resto de la clase como si no.
Reparó en acelerar sus pasos, aferrado al deseo de que el alumnado no le pisara los talones. Pasando por un callejón, escuchó un silbido que parecía dirigido a llamar su atención. Retrocedió unos pasos, gobernado por la curiosidad, y entre las sombras de las paredes emergió una figura que habría de recordar en momentos como el que estaba a punto de protagonizar: Hirutani. Lo reconstruyó ceñido a las prendas lavanda del atavío estudiantil, con el cabello recogido en una coleta de caballo que le confería un aspecto intimidante pese a rondar su edad.
—Si no quieres oír a la trulla gritar "Niño Pipí", ven por este callejón. Es un atajo a la calle del barrio.
Dudó corresponder al estro de generosidad, en esencia, porque no ubicaba en su memoria ocasión alguna donde la caridad se ofreciera de a gratis, anexo a que Hirutani no se perfilaba como una excepción. Mostró la naturaleza de sus pensamientos en el iris de su mirada, donde Hirutani pudo tantearlos en un pestañear.
—Tranquilo, no creo que se te pueda humillar más de lo que hicieron esas ratas de cloaca. Sin embargo, es tu decisión seguirme.
Le siguió no solo por el hecho de tener la razón, el tropel de estudiantes en camino disminuyó el tiempo a su favor para meditarlo. Inmersos en el callejón, le intrigó que exhibiera las medidas de la espalda sin proferir algún comentario de tipo burlesco en torno al mal olor que se desprendía de su uniforme, así prolongó el mutismo hasta cruzar el límite que daba con la calle del barrio.
—Observé tu pelea con esas lacras— dijo, en el intertanto que planeaba despedirse con una reverencia escueta. No sabía si creerle, pues a tal extremo fue arropado por una lluvia torrencial de puños, que le era imposible ofrecer detalles a la medida—. Durante la pelea, hiciste un movimiento digno de aplausos para ser un tres contra uno. ¿Dónde lo aprendiste?
—En realidad yo no...
—Lo sabía.
Mientras abría los labios para preguntarle qué, por primera vez en todo el trayecto, Hirutani ladeó el rostro, atenazando en los labios una sonrisa socarrona.
—Lo hiciste por instinto.
Y como si el viento mismo estuviese de acuerdo, enarboló los bordes de la chaqueta escolar como si fuera alguna suerte de aparición divina.
— ¿Cómo te llamas?
—Jonouchi Katsuya.
—Jonouchi, ¿sabes por qué perdiste la pelea?
— ¿Qué clase de pregunta tan estúpida es esa? —Además de absurda, la asimiló como una burla a su capacidad de razonamiento—. ¡Fue un tres contra uno! ¡Mi contrincante, obvio, era tres veces más fuerte que yo!
—Te equivocas. —Se giró al fin, con las manos introducidas en los bolsillos del pantalón e inmerso aún en la socarronería—. No perdiste porque te doblaban en número o porque eran más fuertes que tú. Perdiste porque no conocías los puntos débiles de tu enemigo.
En aquel entonces no comprendió la premisa, por lo cual Hirutani se adjudicó la tarea de profundizarla.
—Si empiezas a pensar cuán grande, fuerte, rudo o buen peleador es tu adversario, sentirás miedo. Ese miedo te hará percibir las debilidades de tu contrincante como un aumento de fuerza que te llevará a perder el pleito antes de siquiera iniciarlo. La victoria, Jonouchi, siempre será de aquel que sepa manejar el miedo.
A oídos de un crío con su edad, aquellas palabras tenían el sonido de un ejercicio de matemáticas.
—Yo puedo enseñarte a pelear, Jonouchi. Así podrás cobrarle la cuenta de hoy a esas ratas de cloaca.
—No es necesario, ya hablé con el director— recordó haberle dicho, sosteniendo las hombreras de su mochila. Pensaba que quizás las intenciones de Hirutani no eran del todo perversas, no obstante, halló más beneficio en fiarse de la justicia del director en lugar de la sugerida por un desconocido que, por obra y gracia de su despiste, tarde reconoció adherido a los matices color lavanda del uniforme correspondiente a la Escuela Rintama.
La respuesta llegó con la algarabía de una risotada.
—¿Y supones que con eso se ha terminado el asunto? —A un segundo de enlistar los motivos por los cuales él aludiría una afirmación, le arrebató el tiempo de regalarlos al viento.
—Te diré lo que sucederá el día de mañana, Jonouchi. —Se mordió la lengua para no reír en su cara por atribuirse un don que solo era posible en las películas de fantasía—. El director pretenderá resolver el asunto, a lo mejor, asignándote algún castigo de fácil cumplimiento por una semana o menos. Al trío lo condenarán a una semana de expulsión, ya que incluso al director le indignará que ellos arrastraran la pelea al lugar más despejado de todo el traspatio de la escuela para que tú no pudieses pedir ayuda, y así poder usarte de inodoro. —Muerto de risa en su fuero interno, pensó anunciarle que se había contradicho, ahorrándole a su vez la molestia de hacerlo con sus propios argumentos.
—Sin embargo, eso no impedirá que las ratas te persigan a la hora de la salida. Una de ellas te remolcará a la fuerza hasta este mismo callejón que acabamos de cruzar, donde no te puede alcanzar la justicia del director ni el auxilio de los demás, y donde las otras dos esperarán con ansias tu llegada para una vez más dibujar en tu cuerpo la marca de sus nudillos. La misma rata que te remolcó a la fuerza te sujetará por la espalda, de ese modo, tú te convertirás en el saco de boxeo de las otras dos.
Añadió a la narrativa una dosis tan contundente de seguridad, que cada escena cruzó por sus ojos como si estuviese ocurriendo en aquel preciso momento.
—De todas maneras, no estás obligado a creerme ni tengo yo la intención de convencerte. —Una vez más otorgó a sus ojos la apreciación de su espalda. Por segunda ocasión, se adelantó a la exposición de sus pensamientos—. Aunque sea una lástima que se desperdicie el instinto de quien podría llegar a ser uno de los míos.
Inició la caminata sin más aditivo, dejando a su paso la incógnita que prevaleció en el diálogo.
Observándolo partir, concluyó que si no se había molestado en esperar su agradecimiento era porque no veía la necesidad de obtenerlo. Amparado en la conjetura, emprendió su andar por el sentido contrario, traspasado por la duda a medio sendero del final del camino.
— ¡Aguarda un minuto! —Le gritó, él lo invitó a proseguir deteniendo los pasos a la misma distancia, —. ¡Si eres de la Escuela Rintama, ¿cómo es que dices haber visto mi pelea?!
—Eso no importa, Jonouchi, pero si tanto te interesa saber de mí, puedes llamarme Hirutani. Así escaparás al regaño de haber hablado con un extraño al salir de la escuela.
Le maravilló a raudales aquella sagacidad. A tal grado que, por un momento, se permitió dudar si de veras poseía él la habilidad de predecir el futuro. La ridiculez que acarreaba el pensamiento, sin embargo, le instigó a olvidar el encuentro con una sacudida a la cabeza.
Al día siguiente y a la primera hora de clases, el director le saludó luego de cuestionar la ausencia de su viejo, quien por esos días saboreaba las mieles del divorcio. No lo excusó con el relato de que yacía roncando en el piso debido a los efectos del alcohol, sino con la mentira piadosa de que se hallaba derrotado por un resfriado que no le había concedido un minuto de alivio desde el día anterior. El director se dejó entrampar. Una vez manifestados los deseos de recuperación para con su viejo, recibió adusto al resto de los implicados en su oficina.
La reunión duró lo que un suspiro, a raíz de que los padres del trío tampoco accedieron al llamado, de modo que el director arrojó a su conciencia todo el peso de la decisión. En el preciso instante de dictaminarla, la predicción de Hirutani lanzó a su rostro un golpe certero de perplejidad. Le fue asignado un castigo de fácil cumplimiento y el trío fue sentenciado a una semana de expulsión, pero, lo que sin temor al yerro heló su sangre, fue la perorata del director concerniente al tamaño de su indignación por las condiciones injustas en que se había efectuado la riña.
El presentimiento de que ayer estaba a centímetros de un superhumano, le propinó un escalofrío que le dejó mudo al momento de intercambiar las disculpas impuestas para dar fin a la contienda. Las ofreció de todas formas, para satisfacción del director e inri de la tríada, y al finalizar el rito cada quien puso desde ya en práctica la resolución.
Rumbo al aula, hurgó en los acontecimientos algún punto donde Hirutani hubiera cometido un fallo. Lo que sea que pudiese redirigir en contra de la profecía. Entonces fue cuando en su mente pueril apareció de repente el intercambio de disculpas, y lo convirtió en la excusa idónea para volver lo acaecido aquello que era en ese ínterin: un recuerdo de infancia. Protegido, además, por la inocencia propia de la niñez, no le invadió el temor cuando el timbre sonó e inició campante el recorrido a su hogar. A dos pasos del mismo callejón visitado el día anterior, sufrió el primer instante de miedo, por ello miró hacia atrás buscando el celaje de los tres críos, mas la visión común del alumnado se encargó de apaciguarlo.
Hasta que unas manos le arrancaron la ilusión. Y a partir de allí, cada minuto del recuerdo había sido narrado por Hirutani.
Un aluvión de puños eclipsó su conciencia, volvió su carne un estropajo e inmoló su espíritu, arrebatándole incluso el mérito de llorar. Fue el primer encuentro con su propia miseria. Allí, en aquel momento que definió por aquel entonces como el último de su existencia, con el semblante borroso de Hirutani, la vida le confirmó que aún no requería de sus servicios en el cielo. Tras aquel destello siguió una imagen del aludido estribándose en una silla de metal sin colchón de respaldo, mirándole despertar en la cama roída por las ratas.
— ¡Hasta que al fin despiertas! Uf, estuvimos a nada de lanzar tu cuerpo al canal.
— ¿Al ca-canal? —Procuró moverse, de inmediato, su cuerpo le pasó factura, dispersando espasmos dolorosos en cada tercio de piel que, boquiabierto, columbró atestada de vendas.
—Sí, aunque le partimos el culo a esas ratas de cloaca, ya estabas hecho jirones de pies a cabeza. Si permanecías dormido un minuto más, te hubiésemos dado por muerto.
— ¡Tú! —Lo señaló tan erguido como pudo, agregar sonido a su voz le costó un aletazo de dolor en las costillas—. ¡Eres... eres... un brujo!
Hirutani volvió a contestarle con la sinfonía de unas carcajadas.
— ¿Por qué? ¿Por predecir cabo a cabo lo que sucedería hoy? Tranquilo, Jono, que no estamos en el Período Heian (1).
La broma acrecentó el aura de misticismo que flotaba en el aire desde la primera interacción entre ambos.
— ¡Lo sabía, usas Kojyutsu (2)! — Vociferó a la espera de no bosquejar las inmensas ganas que tenía de orinarse en los pantalones.
—No es Kojyutsu, pero sí tiene un nombre. —Le miró extraer una navaja del pantalón para después probar su filo colocando la yema del índice en la punta del acero—. Se llama experiencia.
— ¿Experiencia?
—Así es, Jono. No se necesita magia para hacer el "milagro" que hice hoy, basta con tener una pizca de experiencia. La magia solo existe en la mente de aquellos que no confían en sí mismos, por ello atribuyen a lo sobrenatural las cosas que pueden hacer con sus propias manos. En otras palabras, la magia no existe: es en realidad todo aquello que puedes crear con tus propias manos. —Despegó su atención de la navaja, enseguida le incrustó los ojos con una severidad acuciante—. Se dice que, para tener magia, en la mayoría de los casos, necesitas ser un brujo o un individuo que posea una cualidad distinta del resto, mientras que para tener experiencia solo necesitas cometer errores. Algo en lo que somos expertos de nacimiento.
Aquel había sido el prólogo a una de las más grandes revelaciones que llevaría tatuada en la memoria. Por tal motivo, en el apremio del recuerdo, no le cupo vacilación de que aquel trasluz que había visto en Hirutani no era un movimiento al azar del destino.
—Bueno, supongo que no has entendido nada. A decir verdad, tampoco espero que lo entiendas— dedujo a raíz de su enmudecimiento. Se puso en pie jugueteando con la navaja—. Sígueme. —Le ordenó, sin el tacto de preguntar si podía caminar, aunque, al fin y al cabo, fue mayor su fascinación por el nuevo misterio que el dolor en las articulaciones, de manera que le obedeció, desamparando el lecho abrazado a sí mismo, ya que con la misma medida le arropaba la sensación de que sus huesos podrían desmantelarse en cualquier descuido.
—Por lo general, nuestros puntos de reunión favoritos suelen ser las fábricas abandonadas o los locales en desuso. Sin embargo, las casas desahuciadas o con letreros de "Se vende" son nuestros sitios de recuperación— priorizó en tanto invadían una sección de aquel lugar— que por la plática bien podía ser una casa desahuciada o con fines de venta o alquiler—, él arrastrando los pies en una guerra abierta contra el dolor.
—Mira— señaló lo que parecía ser el concreto de una bañera sin tina que acopiaba un caudal de agua amarilla, obsequiando la impresión de concentrarse en pasta. Era muy similar a un batido de calabaza en un molde cuadrado—. Eso es cera de abeja con un toque de miel— resolvió su duda en voz alta—. Un par de horas reposando en esa crema y las heridas cicatrizan a la velocidad de la luz, nada más con derretir unos cuantos velones en agua hirviendo en aceite y miel. Muy pocos tienen el privilegio de conocer este pequeño truco. Las vendas que cubren tus heridas están bañadas de este ungüento, pero, debido a que tu cuerpo no se ha sumergido en él, es lógico que, pese a cicatrizar pronto, sientas un dolor intenso recorrer cada fibra de tu ser.
Por instinto, sin abandonar su iris el brillo de la conmoción, cesó de abrazarse a fin de apreciar las vendas con mayor desvelo.
—Jonouchi— Hirutani demandó su atención, y él se la otorgó aún bajo los efectos del asombro—, tú posees el instinto de un verdadero peleador, de un guerrero imparable. Pude verlo en tu mirada. ¿Piensas desperdiciarlo de este modo? ¿Siguiendo el mismo patrón de la rutina? ¿Siguiendo las reglas estúpidas de los adultos cada día más estúpidos cuando puedes crear por ti mismo las tuyas? ¡Juntos podemos liberar a la bestia dormida que llevas dentro! ¡Juntos podemos poner en su sitio a la gente de este mundo que está podrida en mierda!
De súbito se vio reflejado en el espejo de la memoria. Se halló a sí mismo siendo escupido por su propio padre, siendo abandonado por su propia madre, llorando detrás del vehículo que le alejaba de Shizuka, vuelto un andrajo en las manos de aquel trío.
Y, por primera vez en su vida, se odió.
Enervó la mirada, lo que sea que Hirutani hubiere visto en ella lo enardeció.
—Quiero ser uno de los tuyos.
Ser un ganguero, escenificar peleas callejeras en el terreno baldío más cercano, se convirtió en su modo de abatir ese odio que había sentido por sí mismo, de toda la impotencia que el sufrimiento había transformado en una rabia tumefacta en su pecho desde que sus padres firmaron los papeles del divorcio, y aun a partir de la primera noche que su padre cruzó el umbral entorpecido por el alcohol.
Nada más allí, con el peso de los años, le deslumbró cómo la inocencia de un niño podía morir en tres semanas de pleitos cruzados entre bravucones de diferentes escuelas. Tres semanas perdiendo el miedo a recibir los golpes y aprendiendo a devolverlos. Tres semanas perdiendo la identidad, asumiendo una nueva que debía construir el tiempo. No Hirutani. No él.
La verdad descansaba en el hecho de que ya no tenía nada que perder. ¿La infancia? Esa la había perdido desde la noche en que su padre besó por primera vez la boquilla de una cerveza. ¿Su hogar? Ese yacía muerto desde la ocasión en que el abogado registró el acta de divorcio. ¿El amor de Shizuka? Se lo había llevado su madre entre las llantas del vehículo con que desmembró a su familia. Lo único que le quedaba, era la inocencia y la identidad. La misma inocencia con que se decía todos los días que todo estaría bien, la misma identidad que procuró mantener aferrándose a la rutina, y las mismas que se fueron desvaneciendo en cada puñetazo que aprendió a retribuir con la fuerza multiplicada.
Sobre todo, llevándose la claridad de cualquier otro vestigio de su pasado, la revancha con los tres críos era sin duda el acontecimiento que había dividido su vida en un antes y un después, porque gracias a su ocurrencia se desnudó ante sus ojos una verdad que decidiría las nuevas riendas que habría de tomar su vida.
Tuvo lugar en la consolidación de la tercera semana de enfrentamientos. Era su prueba de fuego, la demostración de que todo el dolor que había sobrecogido sus entrañas tenía mucha valía, que no había sido en vano. Ceñido a las enseñanzas de Hirutani, mientras les veía llegar, no les concibió como invencibles ni se detuvo a pensar cuán grandes, fuertes o buenos peleadores podrían llegar a ser. Más bien, divisó a lo lejos la figura de cada uno cual si fuera una cucaracha que debía ser aplastada, y para rematar pensó en sí mismo cinco veces más grande, cinco veces más fuerte, y que ellos estaban a merced de un pisotón suyo.
Allí descubrió que aquella sensación tenía por nombre adrenalina, y que, al usarse como fuerza de combustión, transformaba el miedo en la impresionante habilidad de ver cada movimiento del enemigo en cámara lenta y así poder contrarrestarlos con el mismo vigor.
Hasta entonces comprendió la premisa de Hirutani e hizo de ella un modo de pelear y vivir.
"—... La victoria, Jonouchi, siempre será de aquel que sepa manejar el miedo."
Desde aquel día se le consagró como el buscapleitos de la escuela. En verdad lo era. Se irritaba de solo mirarle, le ofrecía golpes aun a los maestros e incluso se llegó a enmarañar a trompadas con un compañero de clases por el simple hecho de sentirse aburrido. Sumergido en un estado de neutralidad donde lo único relevante era derribar al oponente.
En su hogar, el piso de la sala se llenó de convocatorias a reuniones con el sello de la escuela. Las deslizaba por debajo de la puerta sin más, antes de él marcharse con Hirutani y sus socios en la parranda.
El de la coleta de caballo le llevaba un par de años de ventaja en el mundo, pero eso no supuso un obstáculo para su complicidad en la ganga fundada mucho antes de su membresía. Cuando cumplió los dieciséis años, tenía en posesión la musculatura de un instructor de gimnasio, a raíz de los tantos entrenamientos, así como enfrentamientos, con pupilos de gangas enemigas. Muchas veces no pisaba su casa hasta después de dos o tres días a causa de ello, hasta que su viejo decidió romper la rutina presentándose borracho ante el director de la escuela. Según la versión de quienes se habían desayunado con el chisme, lo agarró de la solapa y, salpicándolo a su vez de saliva, despotricó en el régimen disciplinario de la escuela.
No le sorprendió el rumor acerca del avanzado estado de embriaguez, lo que de cierto mereció un pasmo de su parte, fue la defensa férrea que tramó a su favor. Muy a pesar de que todos los testimonios, incluyendo el propio, estaban en su contra. No lo creyó de buenas a primeras, así que aprovechó el silencio de los gritos para pegar su oído a la puerta de la oficina del director. Lo descubrieron en pleno ardid, pero lejos de reprenderlo, le dieron la noticia que más tarde habría de volcar su vida con un giro de trescientos sesenta grados: sería transferido a la Secundaria Domino.
Su indignación alcanzó una densidad incalculable hasta para el profesor de Física.
Se le habían enrojecido los dedos mayor e índice rogando porque la tramitación fuese con destino a la Secundaria Rintama, todo por culpa del director haber convencido a su viejo de que, dada su situación económica, en la Secundaria Domino le concederían la salvedad de trabajar pese a la carga académica (3). Para su viejo, aquella propuesta fue la traducción más fehaciente de la palabra "dinero", y el chance de adquirirlo, su segundo matrimonio, pero con el alcohol.
Se rio de la escena mientras la moto doblaba la esquina a una cuadra de la vieja licorería deteriorada. Si en el presente se le otorgara la oportunidad de personarse frente al director, se le desgastaría la voz de prorrumpir en agradecimientos hacia él, ya que por su causa tuvo la bendición de cruzar su destino con el de Yugi y los demás.
Cuando conoció a Yugi, vio un reflejo del niño que, en vez de buscar pleitos, buscaba plasmar una sonrisa en los demás con sus bromas hiperactivas, vio un reflejo del niño que, en vez de insultar, era amable con sus compañeros; vio un reflejo de la versión de sí mismo que, por primera vez y frente a Hirutani, había odiado, y que tenía todo lo que él carecía: un abuelo que velaba por su cuidado, una madre que no lo había abandonado, ropa y comida sin tener que obligarse a tomar trabajos de medio tiempo, y el sueño tranquilo de que ningún cobrador se aparecería a la mañana siguiente amenazando con embargar lo poco que le quedaba de pertenencia.
Por eso lo enervaba mirarlo feliz y campante con sus juegos en la butaca, siempre tanteando el botón de encendido a la ira con el asedio constante de sus burlas y retozos pesados. Invitándolo a que lo golpeara, a que se enojara con él, a que fuera lo que él había sido ese día que masacró a los tres atracadores. Quería que Yugi ejerciera la valentía de perder el miedo a los golpes y aprendiera a devolverlos en la misma medida en la que él lo había hecho, pero tras verlo allí, parado frente a Ushio, queriendo servir de barrera protectora con los brazos abiertos y sin la menor seña de preparar el puño, incluso sabiendo que su contrincante era cinco veces más grande que él, cinco veces más fuerte, y que podría estar a merced de un pisotón suyo, le reveló que él, Jonouchi Katsuya, había sido el verdadero inútil, y que la valentía no era solo retribuir el golpe con la fuerza multiplicada.
Sin embargo, el dolor ocasionado por Ushio fue anestesiado durante la fracción de tiempo que a Yugi le tomó decir aquella palabra mágica que, al igual que un abracadabra, despertó en su corazón lo que en verdad había deseado desde que su hogar fue destruido por el acta de divorcio, desde el primer día en que su padre cruzó el umbral entorpecido por el alcohol, desde el día en que su madre se llevó el cariño de Shizuka entre las llantas del vehículo que de manera inútil había perseguido hasta el cansancio, y que de la misma manera inútil había deseado encontrar en la ganga de Hirutani: un amigo.
Seguiría navegando en aquel mar de recuerdos si la imagen de la licorería en desuso no hubiera cortado su introspección. Ensordecido a los llamados de conciencia de Honda, se apeó de la motocicleta ejecutando un movimiento de jugador olímpico, enseguida dirigiéndose a zancadas hacia la puerta derruida por el paso de los años.
Hirutani era un demonio del pasado que rehusaba ser exorcizado, pero si él quería seguir adelante, si de cierto añoraba cortar de raíz todos sus hilos con el pasado, debía poner el último clavo en la tumba. Acabar con todo esa tercera vez con una vencida no solo para salvar a Yura, sino para que tanto él como Hirutani alcanzaran la redención final y completa que se debían el uno al otro.
En cuanto pasó del marco, tratando de acostumbrarse a la escasa iluminación en aquel sitio confinado al moho, cualquier vestigio de compasión abandonó su fuero interno al divisar a Yura en el fondo, colgada de las manos por un largo cable negro a una de las pocas barras de metal que aún sostenían las láminas del techo, con la boca cerrada por un trapo entre los dientes, inconsciente y con el círculo morado de un puñetazo en el pómulo derecho.
— ¡YURA!
A punto de echarse a correr para quitarle la ligadura, así como había emergido entre la oscuridad de las paredes del callejón, Hirutani resurgió vestido de negro y dando una calada de humo al cigarro que, al exhalar de vuelta, tomó la forma de volutas.
—Llegaste más pronto de lo que imaginé, Jono.
(1) Último período de la época clásica de la historia japonesa, entre los años 794 a 1185, en el que la capital era Kioto. Heian significa "paz y tranquilidad".
(2) Hechicería prohibida en el Período Heian y con la que se podían crear yōkais (demonios).
(3) Esto es lo que se da a entender en el manga, empero, no se ahonda sobre qué otras implicaciones tiene esta consideración.
*Hirutani es un personaje más exclusivo del manga que del anime, ya que la única versión animada que nos brindaron de él fue la de la Temporada 0. Tanto en el manga como en esa versión animada, nunca se especifica si este es su nombre o su apellido, pero si nos basamos en la costumbre japonesa de llamar a las personas por su apellido como muestra de respeto, quizás sea su apellido. Tampoco se sabe nada de su pasado, no obstante, según las traducciones mecas que he hecho al Millenium Book, ese apellido lo heredó su madre que, al parecer, es divorciada/separada. Por favor tomen estos datos como mero recurso narrativo que como un dato confirmado.
*Los capítulos del manga que sirven de contexto a la historia de Jōnouchi y Hirutani son el 11 y 12, Tomo II, equivalentes al 10 de la Temporada 0.
**No les quitaré mucho tiempo con estas notas de autor: FELIZ CUMPLEAÑOS A MI RUBIO TODO PRECIOSO, HERMOSO, DIVINO, ETERNO Y RIKOLINO.
Este capítulo y el siguiente son mis favoritos hasta la fecha. :D
¡Como siempre, agradecida hasta la extenuación con todos aquellos que me leen!
