Inspiración musical: Hero— Jeff Williams, Caleb Hymes (RWBY Vol. 7 Original Soundtrack)
— ¡Jonouchi!
Honda detuvo el paso, así como el sonido de su voz, tras concebir el escenario que acababa de pisar, mas el avistamiento del púrpura en el pómulo de Yura fue lo que de cierto le provocó un escalofrío en la zona dorsal. Conocía a Jonouchi tan bien como para presumir, de manera que lo sabía capaz de abandonar cualquier riña por la paz siempre y cuando se le enfriara la sangre, pero jamás perdonaría un golpe a la mejilla del inocente, no después de haber conocido a Yugi y de la importancia que Yura estaba cobrando en su vida. Sin duda, un presagio de que la licorería en desuso pronto sería pasto a las llamas de su furia, la que Hirutani, luego de ver fluir y ennegrecer los ojos color avellana, festejó con el estruendo de una carcajada.
—Lamento el moretón en el precioso cutis de tu chica, pero, ¿cómo iba yo a saber que la dosis de cloroformo en el pañuelo apenas conseguiría marearla lo suficiente como para meterla en la furgoneta? —Dijo, encogido de hombros en un gesto de fingida inocencia—. Por cierto, ¿sabías que tiene muy buena puntería? Mientras la sometía, cruzándole los brazos tras la espalda, consiguió acertarme un cabezazo en el puente de la nariz, por lo que tuve ese gesto de cortesía con ella, espero no te moleste.
Jonouchi crujió los dientes al tiempo que avanzaba un paso hacia delante con una sentencia de muerte en la mirada. Hirutani, lejos de intimidarse, hizo la señal de negación con el dedo índice y, a la suma de unos cuantos segundos, un puñado de secuaces les rodeó a los costados. El insulto que Katsuya tenía a medio camino en su garganta se diluyó en un balbuceo de incredulidad al reconocer a Midorikawa en la formación.
—No te debo ninguna explicación ni aceptaré que te disculpes. —El desprecio que le tenía guardado por haberle chantajeado, a fin de obtener el pase al torneo, le puso acento a las palabras y tornó espeso el color chocolate de sus ojos.
—Oh, veo que conoces al hermano de Karasu— anunció Hirutani, cabeceando en dirección al mentado, quien replicaba su odio en toda la extensión de la cicatriz que partía en la punta de la oreja derecha, pasando por el puente de la nariz, hasta la punta de la oreja izquierda donde culminaba, el rostro partido en dos.
—No has cambiado en nada, Jonouchi— alternó Midorikawa—. Ni siquiera el lugar que te has hecho entre los mejores del Duelo de Monstruos te ha desprendido del matón de secundaria que disfruta intimidar a los demás con el puño en alto, me das lástima.
El hecho de que se expresara como si le conociera de toda la vida, siendo que apenas le contaba unos meses como su compañero de trabajo, le congeló la médula y redujo sus pensamientos a un tormentoso pitido en el oído. La cabeza empezó a palpitarle, como si su corazón hubiera cambiado de lugar con su cerebro, en tanto aquel me das lástima se unió a la sinfonía de otras voces.
«No, no me hizo nada, Katsuya. Hemos hablado suficiente de que tu primera solución a todo incluya la violencia…»
«… Lo pendenciero no se te quita ni haciéndole terapia de electrochoques a tu cerebro».
¿Y si era cierto? ¿Y si, en realidad, aquel matón de secundaria seguía metido bajo la piel? Su interior hurgó en la respuesta con el acto reflejo de ver su vida pasar por sus ojos, pero no por hallarse al filo de la muerte, sino para recordarle todos y cada uno de sus errores. Atrapado en aquel torbellino de recuerdos, el eco de la voz de Honda, en la temporada que Kaiba les había encerrado en el Death-T, resonó de intruso y remitió el incordio del pitido en el oído.
«... Suelta su collar. Recuerda que ya no eres el mismo Jonouchi que solía golpearle». (1)
La estela de una sonrisa se plasmó en sus labios mientras dirigía los ojos a Honda, que lucía igual de turbado que afligido, y extendió a su vista un mudo agradecimiento que lo desconcertó tanto a él como a Hirutani y su séquito.
«Nunca me había querido a mí mismo hasta que te conocí, Yugi. ¿Recuerdas cuando robé la pieza de tu rompecabezas? Cuando te la di de vuelta, puede que te parezca sencillo, pero tuve que reunir más valor que nunca para hacerlo. Pero después de eso, por primera vez en mi vida, empecé a sentir aprecio por mí mismo». (2)
Ese momento le movió a reflexionar en la importancia de las memorias para el ser humano: aparecían cuando empezaba a olvidarse de sí mismo. Porque eso sería siempre aquel matón de secundaria para él, una parte de sí que jamás podría extirpar, pues de hacerlo, negaba su propia identidad y, sobre todo, que había cambiado. De modo que sí, seguía disfrutando la adrenalina que saberse oponente de alguien que le doblaba la fuerza traía consigo, seguía disfrutando el crujido de una nariz al romperse por el contacto de sus nudillos, y seguía disfrutando el desafío que significaba enfrentarse a más de un peleador callejero.
No obstante, aprendió a tener el mismo goce a través del Duelo de Monstruos. Ahora, disfrutaba la adrenalina que saberse oponente de alguien con el nivel de Yugi, Atem y Kaiba traía consigo. Ahora, disfrutaba ver sus monstruos atacando a los de su rival como si se tratara de su propio puño rompiendo una nariz, y ahora, disfrutaba el desafío que significaba enfrentarse a más de un duelista en un torneo.
El Duelo de Monstruos se había convertido en su manera de sentirse victorioso sin herir a los demás.
Se había convertido en su manera de seguir siendo él sin volver a odiarse.
—Yo también siento lástima por ti, Midorikawa. —Reinsertado al tiempo en curso, entornó la mirada—. Por creer que seguir las órdenes de Hirutani te hará uno de los suyos cuando, en realidad, para él eres menos que una plasta de mierda a la que maldice por haber ensuciado la suela de su zapato al pisar una vez dejas de serle útil.
— ¡Hijo de perra! —Gruñó Karasu, sincronizado al pie que puso en marcha cual toro a punto de dar una embestida.
—Ponle nombre a tus insultos— respondió Jonouchi, aparentando que contenía la risa—. Podría ser cualquiera de ustedes.
El compinche que tenía a la par le tocó el hombro en un silencioso llamado a la paciencia de los verdugos, pero el acto les unió a todos en la expresión del aborrecimiento colectivo.
—Me alegra saber que no has perdido el toque— celebró Hirutani—. Este Jonouchi es el que he estado esperando.
— ¿Qué quieres de mí, Hirutani? —Respondió Katsuya, su voz ahogada por el cansancio de sentirse perseguido—. ¿Qué debo hacer para que dejes esta obsesión que tienes conmigo?
Los esbirros centraron en él su conjunto de miradas, ya que la pregunta fungió de pensamiento en voz alta para ellos. Desde los días remotos en que la ganga circulaba de boca en boca entre los moradores de la comarca, Hirutani llamaba "escarmiento" a su obstinación por oscurecer la vida de Jonouchi, más que nada, por haber menospreciado todas las victorias que juntos le habían cosechado el temor o el respeto de sus conocidos. Aquel empecinamiento tenía más parecido con la envidia que con el resentimiento en la visión de los seguidores, mas ninguno tomaba el riesgo de unir al sujeto, verbo y predicado en una oración simple.
— ¿Yo? ¿Obsesionado contigo? —La bulla de sus risotadas pululó de nuevo en el aire junto a las partículas de polvo—. Reconozco que estoy obsesionado, Jonouchi, pero no contigo, sino con mi venganza.
Katsuya le observó arremangar la tela del pantalón a la altura de las rodillas, descubriendo la cicatriz que hendía la piel y marcaba la distancia desde el empeine hasta la espinilla. Honda, que maquinaba escabullirse aprovechando que todos fijaban su atención en Jonouchi, quedó prendido al asomo de la verdad. Rememorar a su amigo contándole lo sucedido con Nezumi en una de sus tardes de escuela le llovió encima como un balde de agua fría. (3)
—Tú provocaste mi caída bajo este mismo techo con el truco del "perrito" de tu yoyo (4). —Continuó el de la coleta de caballo, muy a pesar del rostro impasible de Jonouchi—. Por suerte, la altura no era considerable y mis huesos son fuertes, pero me ha confinado a ser cojo por el resto de mis días.
—Me importa una mierda— increpó Jonouchi, sin variar las facciones. El rastro de conmiseración o arrepentimiento que pudiera haber sentido al mirar la cicatriz se desvaneció al repuntar los ojos en el círculo morado que Yura tenía en el área del pómulo—. Pero, si volviste porque no quedaste satisfecho y quieres más, no te preocupes, esta vez me aseguraré de dejarte parapléjico.
—Debería, Jono, debería importarte y mucho— respondió, entretanto se arreglaba los bordes del pantalón—, porque todo este tiempo que no has oído de mí, estuve haciendo cosas interesantes—. La curvatura de los labios marcó una sonrisa enfermiza—. Te veía ganar los duelos en la televisión del centro de rehabilitación en el que me mantuve recluido. Te alzabas con la gloria mientras a mí me consumía la miseria, y la ira que me comió por dentro no solo me sirvió de combustible para recuperar la movilidad de mis piernas, sino que, de a poco, me llevó a entender la mecánica del juego, a memorizar tus jugadas, a enlistar cada carta que tenías en el deck y, sobre todo, a comprender que darte una paliza no honraría mi venganza: si de verdad quería ocasionar el daño que tú me hiciste, debía apostar en un duelo algo que fuera valioso para ti.
Hirutani echó un vistazo a Yura, el aspecto libidinoso de su semblante cerró las manos en puños a Jonouchi, se obligó empero a esconderlos en los bolsillos de su pantalón, atento a que cualquier movimiento suyo podría empeorar la situación.
—Al principio, tu amigo de cabello puntiagudo encabezaba mi lista de candidatos, a fin de cuentas, él también contribuyó a mi desenlace, pero luego de aquel beso de lengua no tuve que barajar más opciones.
Jonouchi vislumbró el hilo transparente que ataba un cabo con otro hasta ensamblar el sentido lógico de los acontecimientos. Midorikawa había ejercido la doble función de soplón y chivo expiatorio. Primero, al esgrimir el comentario malintencionado que había prendido su vena de hombre al punto de delatarse con la frase"Esa es mi chica". Al paso de los días, el hábito compartido del almuerzo en la cafetería debió confirmarle que Yura era más que un pasatiempo para él, y el beso en plena calle reafirmar que sus sentimientos por ella eran tan efervescentes, que le hacía el blanco perfecto para ganarse el apremio de Hirutani.
La mayoría de los integrantes de la pandilla tenía un archivo en la comisaría de Ciudad Domino, ¿cómo había conseguido escapar al filtro de selección de personal con el que la KC depuraba sus empleados? Tal vez porque el auténtico miembro de la ganga era su hermano y no él, de manera que su nombre no figuraba escrito en ninguna querella oficial y, de hacerlo, Hirutani le habría buscado una solución mediante las conexiones de su madre con el sistema judicial, aquellas con las que amenazaba a los miembros ante cualquier intento de rebeldía o traición.
La indignación le ardió en la sangre de tal forma que temió se le volviera espuma, pero la experiencia le dictaba no proyectar sus emociones por más intensas que fueran.
— ¿En serio quieres un duelo? —Indagó, falsificando un tono desilusionado—. Te iría mejor si nos vamos a los golpes. De hecho, estoy dispuesto a pelear yo solo contra todos ustedes a cambio de liberar a Yura primero.
Honda le observó perplejo. Debatía medir el alcance de sus pasos precisamente a razón de que los tres malandros que le rodeaban por la derecha y los otros tres que se formaron por la izquierda, más Hirutani, sumaba el total de siete contendientes, e incluso para peleadores de su envergadura, expertos a base de tundas y palizas, luchar en esas circunstancias era coquetear con la muerte.
—Oh, así que ya la tienes clavada en el corazón— aduló el cabecilla, sujetándose el mentón cual si evaluara sus palabras—. Tiene pinta de fiera, pero tu ex rubia de ojos amatistas no se consigue todos los días, Jono, quizás yo soy la señal que te está dando el universo.
Katsuya se mordió el labio inferior para no ceder a sus ansias de matarlo a puño limpio al término de la oración, atestiguar a Karasu saliéndose de la fila, de manera disimulada, le ayudó a cambiar el enfoque de su furor. Le siguió los pasos con la mirada en dirección al espacio que había a espaldas de Hirutani, de donde lo vio salir con dos viejos discos de duelo que se apresuró a entregar a las manos de su líder. El de la coleta de caballo conservó uno y le arrojó el otro, por lo que debió sacar los puños de sus bolsillos a fin de atraparlo en el aire.
—Estos juguetes serán obsoletos, pero cuando empiece el torneo, así que todavía pueden conectarse al satélite de la KC y mostrar los hologramas— puntualizó, al tiempo en que lo ajustaba a su mano izquierda, sacaba el monte de cartas de su bolsillo con la derecha y lo introducía en la ranura correspondiente—. Me conoces tan bien como yo a ti, Jonouchi, has de saber que no tienes escapatoria, que mi venganza no es negociable y que, si no acabas conmigo esta vez, seguiré siendo lo que he sido desde que nos cambiaste por aquella banda de estúpidos: una consecuencia de tus decisiones.
Cerrando los ojos en una profunda inhalación, Jonouchi le dio la razón. Haber abandonado la ganga sin un cierre definitivo, el cobro de factura de Midorikawa por su chantaje, poner a Yura en medio de un fuego cruzado en el que no tenía partido… Todas eran consecuencias que, a diferencia de sus decisiones, él no podía elegir, mas no era el momento de lamentarse, sino de acomodar el disco de duelo a su brazo, extraer su deck del portacartas en su cinturón e introducirlo en su espacio a la medida.
Era el momento de apostar.
Abrió los ojos con el fuego de su determinación atravesado en las pupilas.
— ¡Duelo!
La exclamación sonó a grito de guerra en el campo de batalla. Ambos tomaron las cinco cartas iniciales como la espada de artillería y pusieron delante sus discos de duelo a semejanza de un escudo.
— ¡Te haré los honores!— Aspaventó el rubio de contorno afilado y cejas fruncidas—. Convoco a Aligátor de la Espada en posición de ataque. —El caimán de armadura sencilla y espada reluciente surgió entre los destellos holográficos—. Además, coloco estas dos cartas bocabajo y termino mi turno.
Jonouchi desconocía la faceta de Hirutani como duelista, no tenía manera de pronosticar sus jugadas o adivinar sus estrategias, contrario a él, quien hacía unos minutos atrás confesó haber tomado ventaja de la exhibición pública de sus duelos para enumerar sus debilidades. Por ende, invocó al Aligátor en modo de ataque con la intención de estudiar la ofensiva, pero asegurándose de cuidar su lado del campo por medio de sus dos cartas bocabajo.
— ¡Mi turno, robo! — Hirutani enfocó la visión en las dos cartas bocabajo—. Primero, me uniré a la fiesta con esta carta bocabajo, y ahora, convoco al Jeroid Oscuro en posición de ataque.
La criatura de piel azulada y venosa se materializó en el campo, parecían dos monstruos combinados en uno, el que componía el abdomen y las piernas parecía estar a cuatro patas, mostrando sus dos ojos pequeños y una boca torcida con algunos colmillos. El de la parte superior, Jonouchi lo visualizó como una masa amorfa con un grano maduro de pus en el centro y dos antenas con puntas de pinza. El sistema le calculaba un poder destructivo de 1200 puntos versus los 1500 de su Aligátor.
A la presentación del monstruo, un gemido les hizo girar la cabeza hacia el punto de origen, así presenciando el momento en que Yura recuperaba de a poco la conciencia, y Jonouchi, que había escapado del apartamento porque no se sentía capaz de soportar el juicio de su mirada, tuvo que encarar los ojos azules.
Quiso gritarle que lo sentía, que todo era su culpa, que se dejaría el pellejo para sacarle de allí en una pieza, que si había huido de ella no era por cobardía, sino porque temía que sus sentimientos por ella se transformaran en un monstruo que, a diferencia del que acababa de invocar, él no pudiera controlar; pero en su lugar solo respiró hondo y volcó su concentración en el duelo, forzándose a no mirar sus intentos desesperados por librarse de la ligadura y las pequeñas gotas de saliva que salpicaba al morder el pañuelo entre sus dientes.
—Justo a tiempo. —El espectro de sombra en la faz provocó un salto de latido en el pecho de Jonouchi—. Activo la habilidad especial de mi monstruo, tu lagarto pierde 800 puntos de ataque. —El contador aplicó la reducción de 1500 a 700—. ¡Ahora, Jeroid Oscuro, acaba con el Aligátor de la Espada!
Katsuya elevó la voz en cuanto vio a la criatura avecinarse.
— ¡Revelo mi carta bocabajo: Dados de Cráneo! — El pequeño diablillo apareció sosteniendo el dado rojo—. El ataque y defensa de tu monstruo disminuirá en el número que resulte multiplicado por 100.
—Has caído en mi trampa. ¡Sin dados! —El naipe colocado al inicio del turno manifestó su contra efecto a través del dado rojo que sostenía su diablillo, pues dobló su tamaño en el acto—. Esta carta se activa cuando mi adversario resuelve una carta de magia, trampa o efecto de monstruo que implique lanzar dados, el efecto es negado y la carta en cuestión es destruida, así que dile adiós a tu Dado del Cráneo.
El dado siguió creciendo hasta estallar, y la onda de su explosión pulverizó al querubín maligno. En consecuencia, los 1200 puntos del Jeroid Oscuro arremetieron contra los 700 de su Aligátor de la Espada, quien desapareció del campo al mismo tiempo que los 500 puntos de su vida. Jonouchi le prestó su rostro al pánico al darse cuenta de que, parejo al 3500 en el disco de duelo, Yura había recibido una descarga eléctrica que le imposibilitó ignorar sus gemidos y la movió a retorcerse como un gusano.
Atónito, volvió a mirar el cable que la maniataba y la ubicación del techo donde partía, y distinguirlo anclado a través del zócalo de una bombilla iluminó de manera irónica su entendimiento.
— ¡Maldito bastardo!
— ¿No fuiste tú quien le advirtió a Karasu que le pusiera nombre a los insultos? —Seguido lo tuvo desternillándose de la risa por enésima vez—. Pero, ¿acaso te sorprendes, Jonouchi? ¿No son estos los tipos de duelos a lo que estás acostumbrado? Yo solo quise agasajarte y estar a la altura de tus oponentes anteriores.
— ¡Eres un desgraciado! —Gritó Honda, eufórico de indignación. Yura no era santo de su devoción, pero su antipatía no llegaba al extremo de verla siento torturada con semejante vileza—. ¡Esa caída te dejó sin bolas, maldito cobarde!
Hirutani no se molestó en responderle ni lucía crispado por sus ofensas, sin embargo, el que ya conocía por el nombre de Karasu respondió en su lugar, sacándose una navaja de entre sus ropas.
—Bien, siguiendo con nuestra velada, cada vez que haya un descuento en tus puntos de vida, tu florecilla sufrirá una descarga que irá aumentando en voltios y amperaje a medida que la cantidad descienda en mil. En la actualidad, tienes 3500 puntos, por lo que la carga eléctrica será la misma hasta que pases a tener 2000, allí es cuando subirá la intensidad y volverá a mantenerse constante hasta que pases a tener 1000, e imagino que no tengo que decirte lo que pasará si llegase a 0.
Al compás de su explicación, Jonouchi tendió las manos hacia los costados como si hubiera perdido la fuerza, y cubrió su mirada con el manto de oscuridad que le ofrecían los flequillos de su melena rubia, mas no puso freno a la verborrea de Hirutani.
— ¿No te parece romántico? ¡Ella morirá contigo al mejor estilo de Romeo y Julieta!
"Ella morirá…"
La frase caló en Jonouchi como una bola de fuego abrasando el núcleo de su organismo e implosionando desde su interior. La vista, oculta tras la cortina de cabello, se tiñó de rojo, y su cuerpo vibró en un solo pálpito cuando un rugido de dragón le arañó las vísceras.
Era como si el dragón estuviera cautivo en su interior y concentrara la bola de fuego en su lidia por salir al exterior, en su arrebato de reducir a polvo y ceniza todo lo que se interpusiera en su camino.
Y en esa fisura del tiempo, y en esa pequeña franja que la manecilla del segundero avanzó en el reloj, Jonouchi supo que aquel rugido provenía de su Dragón Negro de Ojos Rojos.
Lo vio sobrevolar el camino hecho de sangre, mucha sangre. Un mar rojo como sus ojos y el cielo a oscuras como la negrura de sus escamas.
«Las llamas de mi odio te perseguirán para siempre y tu eternidad será enfrentarte a mí una y otra vez. No habrá Juicio Divino para ninguno de los dos, ese es tu castigo por haberme arrebatado a Yura, y el mío por ser incapaz de protegerla».
Allí estaba de nuevo esa voz, irrigando su cuerpo como si hubiera salido de su propia garganta, pero tan lejana como la de otra persona. La imagen del cuerpo de una mujer entre sus brazos, su vestido maculado por la sangre todavía fresca en su vientre, rajado medio a medio con un despiadado corte horizontal.
El mismo corte horizontal que Yura sintió al rojo vivo durante la primera descarga eléctrica, y que era lo que de cierto le había ondulado el cuerpo a semejanza de una lombriz. Aquella vieja cicatriz comenzó a tatuarse en su vientre, y ella, en su agonía, solo podía hincharse las encías en el esfuerzo de hablar por encima del trapo entre sus dientes.
«No lo hagas, Katsuya… No invoques al Dragón Negro de Ojos Rojos».
Los hermanos Kaiba adoptaron la costumbre de hacerse compañía en los recesos de almuerzo, pues era el momento que dedicaban al aspecto trivial y ordinario de sus vidas. Aunque, para el horario de la cena, Seto se apresuraba por trancarse en la habitación, nunca lo efectuaba sin antes contarse que tal había sido el día o cuáles eran los planes de la semana, los tópicos recurrentes sobre la mesa. Ni siquiera el arribo de las nuevas huéspedes supuso algún cambio en esa impostura, y Mokuba solo recordaba dos ocasiones en las que su hermano había dejado la silla vacía durante la cena: la primera noche que las dos mujeres pasaron en la mansión y, esa, la segunda noche sin Yura de inquilina.
Mokuba sabía que su hermano solía comunicarse a través de esos actos pequeños y, en apariencia, inocuos, y que, a diferencia del imaginativo común que la mayoría se hacía de su persona, Seto era todo un experto escondiendo sus sentimientos, pero asimismo era incapaz de fingirlos, lo que en palabras fáciles significaba que no se había presentado a cenar porque no deseaba que la huella de la ausencia de Yura se palpara en su rostro.
Kisara, apostada a su diestra en el amplio comedor, daba muestras de comprender el mensaje cifrado en las acciones de su hermano por la forma en la que empujaba los alimentos al centro del plato con el tenedor.
Al principio, Mokuba estimó dirigirse a su recámara, pero tocó su empatía mirar a la chica comer en silencio, aunque lo puso en el aprieto de no abastecer las chucherías debajo de su cama, pues presentía que Kisara, debido al afecto que le tenía al Kaiba mayor, no sería madrina de su pequeña travesura e iría corriendo a delatarlo.
—A usted también le desagrada mi compañía, ¿verdad? —La escuchó preguntar, sin despegar los ojos de la comida, enfrascada en su propia desolación.
—Para nada— respondió al instante, él sí dedicándose a observarla—. Sucede que, cuando Seto no está presente, dudo cuál sería la manera de iniciar una conversación en la que te sientas a gusto.
— ¿Qué debo hacer, joven Mokuba? — Por fin se dispuso a confrontarlo, permitiéndole atisbar los ojos azules cristalizados—. Usted lo conoce mejor que nadie, dígame, por favor, ¿qué debo hacer para que el señor Seto me acepte?
—Ese es tu mayor problema, Kisara. —Tomó la pausa de un suspiro para desarrollar su punto en palabras llanas—. Pones los sentimientos de mi hermano tan por encima de los tuyos, que los aplastas.
—No entiendo, ¿dice que no debería esforzarme porque me acepte?
—Digo que debes pensar en lo que quieres tú y en lo que sientes tú, antes de pensar en lo que quiere y siente mi hermano.
La respuesta de Mokuba devolvió a Kisara frente al espejo del camerino en el que había entablado plática con Yura.
«—Puedes empezar dejando de compararte conmigo. —Ella la soltó de las manos—. Puesto que has tomado nuestro encuentro en la nada blanca como punto de partida, asumo que con parecida claridad recuerdas cuando te dije que yo soy todo lo que tú no eres, Kisara. Compararte conmigo no te ayudará en nada. Sé tú y punto, no tienes que ser igual que yo ni que nadie».
La escena renovó en su carne los celos de haberla visto entre los brazos del objeto de su devoción.
—Pero Yura…
—Yura no ha hecho ningún esfuerzo por conquistar a mi hermano. —Le salió casi en automático, y tras repasar los encuentros en los que él había estado presente, el argumento no hizo más que solidificarse—. Si no está de acuerdo con él, lo contradice. Si la insulta, le replica. Lo ha mandado al demonio delante de nosotros y a la primera oportunidad se ha marchado de la mansión. Yura se deja llevar por sus sentimientos, no los esconde tras una sonrisa o con algún "estoy bien" o un "no te preocupes" o un "no pasa nada". Si está enojada, grita; si está triste, llora; si está feliz, te brincará encima y te dará un beso en la mejilla.
Mokuba describió con escalofriante precisión el salto de gimnasia con el que Kisara tuvo a Yura encima en un abrazo eufórico tras presumir el beso con Seto, y le embargó de nueva cuenta el asombro que mutó a desconcierto cuando depositó un sonoro beso en su mejilla antes de separarse.
—Yo también he tomado la iniciativa guiada por mis propios sentimientos. —Defendió, luego de abandonar el trance de los recuerdos—. Me he acercado a él a pesar de sus advertencias, incluso le he besado…— Se detuvo un momento a revivir el contacto posando los dedos sobre sus labios—. Pero la experiencia de ese beso me llevó a concluir que, si forzaba las cosas y me tomaba pequeñas libertades como llamarlo por su nombre a secas y abalanzarme a sus brazos, en vez de conquistarlo, acabaría por perderlo. De allí en adelante, he procurado ser más discreta, cercar el terreno de a poco en vez de tomarlo por asalto, mas nada ha surtido efecto.
—Porque, a ojos de mi hermano, tú no estás enamorada de quién es él hoy en día, sino de una versión suya del pasado. —El pequeño Kaiba invitó a duelo al azul mar de su contraria—. ¿Acaso no es esa la razón por la cual estás aquí? ¿Para vivir ese amor del pasado que te fue arrebatado antes de que pudiera florecer?
Mokuba le sostuvo la mirada, pendiente al mínimo gesto que le sirviera de ventana a su verdadero propósito. De Yura por lo menos tenía el bosquejo de las intenciones, Kisara empero continuaba siendo una adivinanza sin pistas.
La de ojos azules se encerró dentro de sí misma y puso la tranca del mutismo. En la primera interacción directa y a solas que rememoraba con Seto, además de partir con el pie izquierdo al manifestar que seguía siendo el mismo del pasado pese a llevar otro nombre, apeló de igual modo a que no le importaba su desprecio, pero allí, sola con su corazón y con las preguntas de Mokuba rebotando entre sus cuatro paredes, el menor no podría haber sido más certero: con tal de conservar la identidad de su pasado y tener razones para amar a Seto, estaba dispuesta a envenenarse con el dolor que le ocasionaba su desprecio.
El Sacerdote Seto era todo cuanto conocía de sí misma, renunciar a él era sinónimo de renunciar a quién había sido ella, de modo que, en su afán de no perder lo que creía su propia esencia, se había enfrascado en una lucha desesperada por cultivar en Seto Kaiba la flor del amor que, tal cual Mokuba había predicho, apenas alcanzó a florecer con el sacerdote, y eso volvía a Seto Kaiba un mero sustituto del Sacerdote Seto, una proyección de su sombra.
Al finalizar el beso compartido, se remontó pregonando el anhelo de que Seto Kaiba le amara tanto como el Sacerdote Seto, sin embargo, ¿rescatarla de quienes le apedreaban y haberle dado un lugar de reposo, significaba que el sacerdote siquiera le había amado? ¿No sería que, tal como en el presente, ella lo había interpretado de esa manera en su afán por tener una esencia y construir una identidad? ¿Por aferrarse a ese halo de bondad que dibujaba un norte después de tantos años vagando en el desierto?
Y sin ese norte, sin ese amor, ¿quién habría de ser ella?
«— ¿Por qué lo niega, señor Seto? ¿Por qué niega su pasado?
—Porque aceptarlo implica reconocer que quien soy al día de hoy, es producto de un pasado que ni siquiera he vivido. El pasado y yo nunca seremos coetáneos, así sea mío o de alguien más. Nunca, óyeme muy bien, nunca aceptaré que interfiera o condicione mi futuro».
Aquellas palabras pertenecían a Seto Kaiba, no al Sacerdote Seto.
¿Podría ella hacer lo mismo? ¿Podría renunciar a su pasado e impedir que condicionara su futuro? De pronto, la luz que emanó de la evocación le resultó tan atrayente que comenzó a vislumbrar una imagen de él, de Seto Kaiba, en vez de una proyección de la sombra del Sacerdote Seto.
Reparó en que había aprovechado los espacios en blanco de su rutina para encajarse a su vida, que había estudiado los matices del azul en su mirada, el subtono de los sentimientos en los agudos de su voz y el mensaje subliminal en sus actos, pero nunca le había preguntado cuál era su color favorito, por qué prefería las prendas de cuello alto, cuál era la parte que más disfrutaba del día o cuál era la inspiración detrás de KaibaLand.
Hasta entonces, no había nacido en ella un deseo genuino de conocerlo, ya no por su parecido con el Sacerdote Seto, sino por sus diferencias (5).
—Bueno, lo que quise decir es que, si te limitas a seguir sus órdenes, amén de conquistarlo, no serás diferente a los empleados de la Corporación— retomó el de apellido Kaiba ante su prolongado silencio.
Kisara, allende a sus presunciones, le devolvió una sonrisa de oreja a oreja.
—Gracias, joven Mokuba. —El nombrado parpadeó confundido—. ¿Sabe? A pesar de su corta edad, es usted muy bueno escuchando y aconsejando a los demás, ahora entiendo por qué el señor Seto lo tiene siempre a su lado y por qué es lo más valioso para él.
—Te agradezco el cumplido, pero no respondiste a mi pregunta en primer lugar.
Kisara se puso de pie con el plato entre sus manos, por lo que Mokuba pudo apreciarla todavía sujeta al uniforme de blanco y azul con el broche de la KC en la solapa.
—A partir de hoy, mi propósito es descubrirme a mí misma.
El cabello azulado se onduló mientras ella inclinaba los pasos hacia fuera del comedor, y cuando Mokuba procuró imitarla inclinando la silla hacia atrás, el grito de dolor que brotó de ella se combinó al ruido del plato estrellándose contra el suelo.
— ¡Kisara!
Mokuba se aproximó tan pronto como sus piernas se lo permitieron y cuidándose de no pisar las esquirlas en el suelo. Ya en su vera, se oprimía el vientre con tanto fervor que doblaba su cuerpo en dos como si tratara de formar la posición fetal aun estando de pie.
— ¡Duele! — Sollozó, entretanto unas pequeñas gotas de sudor invadían la frente—. ¡Siento que me abren la carne al rojo vivo!
El ataque en estampida de una tira de imágenes a modo de relámpagos propinó a Mokuba un dolor tal de cabeza que le contuvo a realizar cualquier movimiento a favor de Kisara.
Un cuchillo desenvainado del mango del Cetro del Milenio, el filo rajando medio a medio con un despiadado corte horizontal y la voz rasposa de un hombre combatiendo el nudo de lágrimas atascadas en la garganta.
—Habría preferido que de verdad hubieras muerto aquella noche en el barranco, a que siguieras con vida al lado de otro hombre que no fuera yo.
El fragmento de visión se cortó de golpe, dejando en su lugar el zumbido de una explosión en el tímpano del oído. Porfiado a mitigarlo, colocó las palmas abiertas sobre las sienes y cerró los ojos con fuerza, y al entregarlos de a poco a la luz, todavía con el temor de no tener los pies en la mansión, a la imagen de Kisara se sumó la de Seto bajando las escaleras como si el diablo lo persiguiera y alcanzando la puerta con el aspaviento de un huracán.
La bruma de sus pensamientos recibió entonces un rayo de luz: el desmayo duplicado en las inmediaciones de KaibaLand.
— ¡No puede ser!
Referencias (1), (2), (3), (4): **El contexto de este capítulo está basado en los de número 48 y 49 del manga.
(5) Paralelo al capítulo 20 de esta obra.
**Millones, billones, trillones de gracias por leerme.
