Inspiración musical: Part of me— Evanescence.
Yura salió de la habitación palpando la pared en cada trecho que avanzaba. Aunque lágrimas no derramadas le empañaban la visión y el quiebre con Jonouchi intensificó la rigidez en las coyunturas, en su mente resplandecía el pensamiento de que prefería ese calvario a condicionar a Katsuya en su libre albedrío.
"—Jonouchi no me ama, Atem, y yo tampoco le he atosigado para que lo haga"…
De regreso a la plática nocturna con Atem durante su estadía en la casa de Yugi, Yura corrigió que su accionar hasta entonces quizás no rayaba en el atosigamiento per se, pero con tomar siempre la iniciativa había acorralado a Jonouchi con sus propias elecciones, forzándolo a tomar decisiones rápidas que dependían más del comportamiento de ella que de los sentimientos de él, lo que no marcaba mucha diferencia y habría hecho que fuera cuestión de tiempo.
Otra vez pecaba de ilusa con idealizar sus sentimientos, con pensar que le darían más frutos que atenerse a la voluntad de Anubis, pero Atem sirvió de portavoz a la realidad: ella no había hecho más que adaptarse a las circunstancias, no cambiarlas.
Al igual que Kisara, vagaba en el desierto en busca de un norte, queriendo salvar a Jostet a través de Jonouchi, pero enamorándose cada vez más de él a pesar de sus diferencias. Tan pronto ese pesimismo le oscurecía la razón, la voz de su hijo, del que sí gozó la dicha de parir, resurgía como un rayo de sol en medio de nubes grises.
"—Nuestro señor me aseguró que necesita de ti para liberar a papá. ¡Por favor, mamá, sálvalo! ¡Sin ustedes dos, para mí el Duat no será el paraíso, sino el infierno!"
Entonces su médula recobraba la fuerza e inyectaba el suero de vitalidad que le hacía falta para dar el paso hacia delante, y al preciso centrada en el terreno donde habría de plantarlo, evaluó sus caminos alternos. ¿Y si, conforme a lo debatido antes con Yugi, Atem y Honda, la salvación de Jostet dependía más de Seth que de los sentimientos de Katsuya o aun de los suyos por él? ¿Y si no era primordial que la amara o que estuvieran juntos? Dichas presunciones le atravesaban el alma, pero debía explorar esas posibilidades ante la enorme grieta que se había formado entre los dos.
Posibilidades, un privilegio que ella nunca tuvo desde el inicio por ser menos que una partícula de polvo comparada con la eminencia de los dioses, pero la situación ya no admitía vacilaciones: si no existían, debía de crearlas, incluso si conllevaban separarse de Katsuya. Tal vez era lo mejor a fin de cuentas, así podría detener la cuenta regresiva hacia la autodestrucción vaticinada por Honda.
"El daño ya está hecho desde que preferiste conquistarlo a base de mentiras en lugar de decirle la verdad sobre su presunto pasado. Desconozco quién fue o qué hizo su versión de antaño, pero a quien es hoy, a Jonouchi Katsuya, lo conozco como la palma de mi mano, y puedo asegurar que va a despreciarte en la misma medida en que llegue a amarte cuando lo descubra. La verdad siempre halla la forma de salir a la luz".
Arrastrando los pies, de vez en cuando acometidos por el temblor secuela de las corrientes eléctricas que se replicaban como las de un sismo, Yura se colocó a zancadas del giro a la derecha en donde hallaría su habitación, interceptándose con Atem y Honda en su lugar.
—Yura…
—Solo voy de regreso a mi cuarto— dijo, en contrapunto a la observación reprobatoria que Atem le dirigía.
— ¿Cómo está Jonouchi?— Honda delató su prioridad, ella convino inhalar y exhalar en un hondo suspiro.
—Pregúntaselo a él.
Honda encarriló las pisadas a continuación de su respuesta, compelido a indagar en los detalles, mientras que Atem se acercó a extenderle un hombro de apoyo en lo que le faltaba de camino.
—No es necesario, puedo sola.
—Necesito hablar contigo, es urgente.
Yura resopló, aceptando pasar el brazo por la nuca del moreno y que él a su vez le sostuviera la cintura. Resultó bastante oportuno que, al tratarse de otro ingreso simultáneo en un hospital, los aposentos no guardaran entre sí una distancia considerable, por lo que ambos llegaron al destino sin mayores contratiempos.
Atem le ayudó a depositarse en la camilla, limitando la invasión del espacio a permanecer en pie a la espera de que se acomodara. Yura reposó la espalda y se colocó un mechón de pelo tras la oreja en preludio a la conversación.
— ¿Y?
El tricolor realizó una flexión de hombros consecuente al hecho de sentarse a los bordes de la camilla.
— ¿No te parece irónico? — Subrayó, con el pliegue de una sonrisa en la comisura—. En un hospital, en esta misma postura…
—Esa es la ley de mi vida, desgracias que se repiten como un conjunto de espejos que, reflejándose a sí mismos, crean una ilusión del infinito. Lo tengo por bien sabido, no me lo recuerdes.
Atem había perfeccionado la lectura de los gestos como si fueran jeroglíficos, de manera que se percató de los intentos de Yura por disimular el ardor de las lágrimas con parpadeos consecutivos.
—Tampoco venía dispuesto a hablar en metáforas o a morderme la lengua. Has de saber que no me gustan los rodeos y me inclino directo al grano. —La firmeza dio un aspecto puntilloso a su mirar—. En la charla que sostuvimos en casa de Yugi, él nos interrumpió cuando tú mencionabas el Hechizo de las Dos Almas, necesito saber en qué consiste, cómo funciona.
Yura se cuestionó el repentino interés de Atem en la magia de los ayeres, retroceder a la interacción le solucionó la duda a punto de verbalizarla.
"—De ser el caso, el rompecabezas pendiera de mi cuello. Es imposible funcionar como provisión de emergencia contra un dios a mano pelada".
— ¿Recuerdas que, cuando Anubis me trajo de vuelta, mi vida pasó a través de mis ojos? —Lo miró asentir—. Pues, yo vi a mi abuelo conjurarlo, pero eso no quiere decir que lo sepa todo. No sé cómo funciona, no sé cuáles condiciones deben cumplirse ni sé las consecuencias, en pocas palabras, solo sé que no sé nada (1). La magia es tan voluble que precisa guardar sus registros en libros de hechicería.
Atem se acarició la barbilla, meditabundo, pero sin cambiar la dirección ni lo aprensivo de su mirada. Yura se dijo que era una actitud razonable visto el récord de mentiras en su haber, no obstante, si vislumbró en ella un foco de información, tal vez significaba que Atem no tenía otras fuentes o que, de alguna manera, daba un voto de confianza a la poca validez que podría quedarle a su palabra, y aunque resultaba más probable que fuera lo primero a lo segundo, la premisa conmovió a Yura lo suficiente como para sincerarse.
—Cuando nací, mi abuelo clamó que mi piel blanca y ojos azules eran una maldición, un presagio de fatalidad, así que utilizó sus dotes en la magia para "quitarme la maldición de la piel blanca". ¿Y sabes qué es lo peor? Que sí estaba en lo cierto: soy una maldición, un presagio de fatalidad.
— ¿Cómo se llamaba tu abuelo?
—Namid.
—Ese nombre— el faraón movió los ojos cual si tuviera un papiro delante, hasta que la conmoción de hallar un registro le quitó el color a su rostro—... lo escuché alguna vez entre los maestros de Mahad.
— ¿Qué cosas, no? — Yura incorporó la pregunta a la mitad de una carcajada—. El mundo es mundo porque es grande y vasto, pero, cuando estas coincidencias suceden, parece tan pequeño y menudo.
— ¡Ahora lo comprendo! — Arrebatado en un momento de lucidez que devolvió el color a su faz, Atem la señaló con el dedo índice, levantándose de un brinco—. El plan de tu abuelo era sacarte al Dragón Blanco de Ojos Azules y traspasarlo a Kisara, pero la magia solo dividió al dragón en la forma de vida primigenia: Ka y Ba (2). El Ka se alojó en Kisara, por eso se alimentaba de su Ba y eliminar al dragón le asesinaba por partida doble, mientras que el Ba… ¡El Ba permaneció contigo!
—Felicidades, Yura. —La voz de Seto irrumpió en la estancia de tal forma que parecía surgir de alguna catatumba y no de la entrada. El incendio en su interior le volvió sordo a la primera parte del discurso, dejando solo un eco de la palabra "contigo"—. Veo que tu maniobra de utilizar la influencia de Atem como salvavidas está saliendo a pedir de boca. Permíteme aplaudir tu ingenio.
El heraldo de Ra volteó la mirada a tiempo para verle unir las palmas, y el enojo avivó la témpera de sus orbes amatistas.
— ¡Kaiba, no es el momento ni el lugar para…!
—No lo hagas, Atem. —Yura lo instó al silencio tras ponerse de costado y darles la espalda, bostezando como si le importara un bledo el ascenso de la llamarada que el de ojos azules tenía por sombra—. No permitas que te supure con el ácido que lo llena por dentro. A fin de cuentas, intentar explicarle la situación es una pérdida de tiempo, él siempre elegirá el camino que proteja su orgullo.
Las palabras de Yura golpearon a Seto con la fuerza de un martillazo que, asonante a la voz de Mokuba, volvió a recorrer su cabeza con una frecuencia de onda insoportable.
"... Si actúas con ella como siempre, me refiero a ser indiferente, orgulloso y haciéndote de rogar, no conseguirás ningún avance, esa faceta de ti ya es predecible..."
—Tienes razón, ahora entiendo por qué no le has dicho nada. —El de los mechones dorados expuso una sonrisa escueta—. ¿Qué piensas hacer, Yura? ¿Retornar a la mansión Kaiba? —Alternó su mirada con el vano de la puerta donde Seto se mantenía de poste—. A decir verdad, me parece lo más adecuado, al menos por ahora, quedarte sola en el apartamento de Anzu te haría vulnerable a otro ataque imprevisto. Y no te preocupes por Jonouchi, yo hablaré con él.
—Más bien, tú no te preocupes por mí— rebatió, fisgándolo por encima del hombro—. No pude defenderme antes porque… Porque esos tipos me atacaron por la espalda como los cobardes que son, pero no soy tan fácil de doblegar, ¿o cómo crees tú que me gané este morado cerca del ojo?
—Pero…
—Pero nada, me quedo en el apartamento de Anzu y punto.
—Bien lo dijo mi padre: cuando una mujer decide, no existe impedimento que valga.
El faraón esbozó una mueca de resignación el segundo previo a marchar con destino a la puerta en la que Seto permanecía inmóvil, atrapado en el impulso de retirarse en pos de Atem para, precisamente, proteger su orgullo, y las ganas de quedarse a propósito de contrariar a Yura y demostrarle que él no estaba sujeto a sus predicciones.
El eterno rival se detuvo a murmurar a la altura del hombro y a un pie fuera del cuarto.
—Solo por esta noche, y porque las circunstancias lo ameritan, te pido de favor que te asegures de que llegue con bien al departamento de Anzu. — Seguido, arqueó el rostro en dirección a Yura—. Esta conversación no ha terminado, pero puede esperar, lo correcto ahora es que descanses. Nos veremos luego.
La petición acalló la disputa interna de Seto, y presenciar la retirada echó un balde de agua fría al incendio que lo quemaba. Concebir a su émulo a kilómetros de Yura lo colmó tanto de alivio que absorbió el aire cual si fuera esencia de perfume, un instante de sosiego que le despejó el pensamiento e impuso el orden en las ideas que habría de convertir en acciones. Se apresuró, por tanto, a ocupar el asiento de Atem a la orilla del camastro, comiéndole las manos por el deseo de acariciar la curvatura entre cuello y hombro que Yura dejaba expuesta con darle la espalda, pero sin atreverse a cumplirlo.
No sabía cómo decirle sin palabras que no todo en él era orgullo y prejuicio, darle a entender que la indiferencia era un muro de contención a la intensidad de sus emociones, que la necesidad de controlar era un reflejo de su miedo a perderlo todo, que él también tenía un corazón dentro del pecho cuyos latidos embravecían a tal extremo que amenazaban con destruir el escudo a remache con el que yacía protegido, volviéndolo contradicción y desastre; y que la mayor declaración de amor que podría hacerle era, precisamente, no hacerle ninguna: las palabras nunca conseguían abarcar la inmensidad de lo que había en su interior.
—Espero que ahora comprendas el porqué de mi distancia para con Yugi y su banda. —No podía entregar la savia de su corazón de manera gratuita, él necesitaba un seguro, una confirmación de que valdría la pena tomar el riesgo. —Este es el precio de su amistad, superar un sinfín de pruebas de fuego y situaciones de peligro que ponen tu vida al filo de la muerte. Si es que sobrevives, ¡felicidades!, te llevas un amiguito incondicional a casa y recibes un pase vip al selecto grupo de "amigos por siempre".
Yura volcó todas sus fuerzas en el objetivo de contener la risa, pero le brotó de forma natural con el tono de comerciante que Seto añadió a las líneas.
—El sarcasmo ya es parte de tu genética, Seto, eso me queda claro, pero vaya que te sienta bien cuando lo usas para un propósito distinto al de insultar a los demás. —Ella cambió de postura, esta vez, dedicándose a corresponder su atención.
Seto parpadeó en busca de cualquier punto ciego en el que distraer los ojos, empeñado a opacar el destello que iluminó su rostro al escucharla reír. Se dijo que probar a ser agradable no le generaba el escozor de una roncha, que, por lo visto y al menos con ella, no proyectaba en él alguna sombra de debilidad y que, para su propia sorpresa, ver una sonrisa sustituir una mueca de desprecio le había endosado una sensación de apogeo igual de satisfactoria que cuando esgrimía un insulto.
—Estaba tramitando tu alta con el médico cabecera— evadió el atajo seguro a una discusión interminable.
—Repito que no pienso irme contigo a la mansión.
Seto estuvo a un tris de reclamar que, si bien mudo, había estado presente cuando se lo manifestó al faraón, y por ende no era necesario que se lo echara en cara, lo detuvo enfatizar que su ambición consistía en demostrarle cuan lejos estaba de ser predecible, por lo cual debía emitir una respuesta que tampoco lo fuera.
—Lo sé y… lo acepto— dijo la última palabra casi masticándose la lengua, y superado por la comezón de sus manos, posó la derecha sobre el pie desprovisto de la sábana. Capturándola en la placidez de sus ojos azules, hurgando en ella la mínima seña de aprobación o rechazo ante su tacto—. Pero a cambio de que tú aceptes que te lleve al departamento de Mazaki.
Seto atestiguó el espanto de la incertidumbre invadirla, ensancharle los párpados y moverle a peinarse el cabello con los dedos, el tic nervioso que le conocía desde su primer intercambio de insultos en la mansión. Ese desvelo, esa forma tan similar a la suya de mesar el cabello desde la frente hasta la nuca cuando estaba incómodo dentro de su propio cuerpo, dibujó la victoria en él con una sonrisa de media luna. Yura sabía cómo enfrentar al Seto hermético e inflexible de sus encuentros anteriores, mas lucía por completo indefensa frente al Seto cordial y apacible que ahora tenía a la vera, confirmando por enésima vez que la mecánica de la relación fraternal con Mokuba había desarrollado en su hermano menor el talento de descifrar a las personas.
—Tranquila, mujer, no estoy enamorado de ti —añadió una risa para que sonara a ironía —. Eres embustera, interesada, más cínica que astuta y compartes el gusto de Mokuba por las chucherías. A palabra sosa, eres todo lo contrario a lo que yo buscaría en una mujer.
— ¡Por favor, no lo regañes, fue idea mía!
A Seto le enarcó una ceja la rapidez con la que se abocó a defender a Mokuba en vez de refutar su enumeración de defectos.
—Eso no lo voy a discutir contigo —zanjó—, pero mi oferta inicial sigue en pie, Yura— reiteró, dando un ligero apretón justo en el pie donde conservaba la mano quieta.
«Quiero que me veas a mí en vez de Atem».
Ella debió captar de inmediato que se estaba refiriendo a formar un binomio en contra de Anubis, pues copió el gesto de buscar cualquier otro punto en el que distraer los ojos, en la óptica de Seto, indicativos de que su camino había empezado a limarse.
—Iré a supervisar el trámite del alta— anunció, en cambio, erguido y al instante alineado hacia fuera. Tampoco quería echar a perder el poco avance conseguido o soltar alguna prenda por la que debiera arrepentirse.
—Seto— ella detuvo el paso que lo distaba del umbral, el mudo llamado a que se diera la vuelta—, muchas gracias por todo.
Seto se vio a sí mismo en la posición de Jonouchi en el centro de urgencias de Kaiba Land, pues aquel agradecimiento parecía una escena duplicada como el desmayo en las instalaciones. Pese a la exactitud de las palabras con las condiciones, el matiz de azul no fue tan vivaz e inmaculado como le había enconado ver expedido a semejante mediocre. Bastó empero a los caprichos de su corazón, que se vio forzado a controlar con la neura de un asentimiento para luego salir corriendo lo más lejos posible.
«No te dejaré ningún atajo, Yura, tú vas a caer junto conmigo».
La imagen de Seto abriendo la portezuela del copiloto se tornó surrealista en la perspectiva de Yura. Minutos atrás, él había regresado al cuarto con el alta firmada, tendiéndole la misma mano que ahora extendía con la previsión de ayudarle a desmontarse del vehículo. Ella la tomó forrada en el silencio que les acompañó en el transcurso del viaje, estremecida por el pánico de sentirlo agarrar su cintura, ya que, en el hospital, el contacto se había reducido a sostenerse del antebrazo.
—No me tomes de la cintura, puedo andar sola.
—El médico firmó el documento a costa de responsabilizarme de tu estado en caso de que empeores o sufras algún otro percance.
—No te pedí que lo presionaras.
—Perfecto, entonces conduzco de regreso en este preciso momento.
—Joder, tú ganas, solo no me trates como una inválida.
A regañadientes, Yura también cruzó un brazo por la espalda de Seto y se ancló a la cadera del castaño, más que nada, para no presionarlo entre sus cuerpos mientras orientaban el camino hacia la puerta. Al entrar, lo primero en atraer al par de ojos azules fue la presencia de un felino lamiéndose las patas encima del reguero de cartas esparcidas en el suelo.
— ¿Sabes jugar Duelo de Monstruos?
Seto apuntó una mirada que varió del asombro a la emoción de la expectativa, Yura, en cambio, sintió el calor de la vergüenza subir a sus mejillas cuando le sobrevino el recuerdo de lo que estuvo a nada de ocurrir si ella no hubiera alzado la voz.
—Lo intenté, pero… ya no importa.
—Puedo enseñarte.
—Tanta amabilidad me perturba.
—No es amabilidad, se llama estrategia— aseveró, moviendo un tanto su cintura con el objetivo de ladearla a su rostro, y que así comprobara por sí misma la veracidad de su ofrecimiento—. Formas parte de la imagen de mi compañía desde tu presentación al público en el anuncio del torneo, si aprendes a jugar, sería un valor agregado a nuestra estrategia publicitaria.
— ¿Y ese "valor agregado" también se reflejaría en mi salario?
—Por supuesto. —La afirmación cobró el tono de una exclamación vinculado a la mano en la cintura que propulsaba un ligero acercamiento.
—Ahora no tengo cabeza para pensar en eso. —Yura posó la mano libre en el abdomen de Seto con la intención de refrenarlo—. Quiero ir a la cocina.
— ¿Tienes hambre?
—No, necesito un arma.
Seto rodó los ojos, dando hondas respiraciones en aras de controlar el ansia de cargarla estilo nupcial y llevársela a rastras a la mansión, donde no tendría la necesidad de portar un arma. Sin embargo, y siguiendo el consejo de Mokuba, debía respetar el libre albedrío en procura de abolir su imagen de carcelero.
Entonces fue él quien, a regañadientes, le acompañó en los pocos pasos de tránsito entre la sala y la cocina, sirviendo de testigo ocular cuando abrió el gabinete dispuesto bajo el fregadero y sacó del interior el cuchillo con la hoja más larga de todos los utensilios.
—Bien, ahora sí puedes llevarme a la recámara.
El pasillo a la entrada del aposento era tan reducido que lo recorrieron sin dirigirse la palabra. Introducidos en la alcoba, Seto encontró la cama hecha un revuelo de ropas e instrumentos de higiene personal, puesto que Yura no había terminado de vaciar las maletas y acondicionar el espacio.
— ¿Piensas que se puede descansar en este muladar?
—Si a mí no me importa, a ti debería menos. —Con una sonrisa descarada, soltó la ligadura que tenía con él y se arrellanó en la esquina más limpia del desastre, colocando el cuchillo debajo del colchón.
—Estaré bien, Seto, y de nuevo, gracias por tu ayuda.
El de pelo castaño se quedó de pie, afirmando en ella la mirada como si esperara un cambio de opinión a último minuto, mas verle adquirir la postura de la camilla, aunque con la diferencia de no darle la espalda, lo llevó a resignarse.
—Bien, que tengas buenas noches.
Contrapuesto al episodio del hospital, en el que había salido corriendo lo más lejos posible, Seto caminó a paso lento, como si le pesaran los pies. Volvió a detenerse en el vano de la puerta. Dividido a un paso fuera y el otro dentro, descubrió que se había detenido a buscar cualquier pretexto para no despedirse.
— ¿Y el gato? ¿Lo ahuyento?
—No— replicó, sin variar la postura. Pensó agregar que para los egipcios no era solo un animal, pero le frenó la convicción de que, para Seto, muy al contrario, sería menos que un baladí—. Déjalo allí, es inofensivo.
—Ai— entonó el castaño, sujeto de una voz armoniosa que puso a Yura tan tensa como los resortes comprimidos del colchón—. Si se te ofrece cualquier emergencia, no dudes en utilizar a Ai, es nuestro enlace.
La resonancia de los pasos abandonó el aposento antes de que pudiera devolver una respuesta, y el sonido de los goznes más adelante confirmó a Yura que su soledad ya era absoluta. Quiso cerrar los ojos, inducirse al sueño con la vana esperanza de que, al despertar, todo fuera una pesadilla, pero lo que despertó en sí fue el instinto de supervivencia que le indicó asegurar la entrada con algo más que la tranca del pestillo.
De inmediato, sacó el cuchillo debajo del colchón, levantándose aún a tientos. Arribó la sala cuidando su equilibrio en cada progreso, abarcada de súbito por el brillo fosforescente de los ocelos color oro del felino. Sintió que la miraban desde adentro hacia fuera, que escaneaban su figura como el sistema de reconocimiento de retina que Seto empleaba en la Corporación Kaiba. Un arañazo de miedo la condujo a preparar una estocada con el mango apretado, alzándolo despacio, a moción lenta y en el momento exacto en que una voz de mujer salió de las fauces.
—Puedes bajar la guardia, Yura.
De la piel del gato brotaron aspas de viento y corrientes de luz que lo envolvieron en un intenso resplandor imposible de capturar en la retina, por lo que Yura puso los brazos en cruz sobre su rostro a modo de barrera para proteger su visión. Con el cuchillo todavía en una mano y los ojos entrecerrados, presenció boquiabierta la transformación de aquel brillo cegador en la figura esbelta de una mujer.
La franja de tela abarcando en redondo los pechos dejaba expuesto al ombligo hendido y las caderas pronunciadas, rodeadas por un cinturón de oro que sostenía la falda dividida en tres trozos de tela, uno cubría su feminidad a semejanza de un taparrabos, y los otros dos se tendían sobre las piernas en forma de cascada. Las argollas cerradas en los antebrazos combinaban con el collar Usej, luminiscente como los pendientes colgados en las orejas, y el pelo negro que rozaba los hombros servía de cortina al oro bruñido en su mirar, que atizado por las líneas de khol era el único rasgo intacto del felino.
Yura bajó los brazos, lánguida y empequeñecida frente a la invocación divina que acababa de comparecer.
—Soy Bastet, diosa del hogar, la protección y la feminidad. —Levitó hasta ella, que boqueaba cual gago tratando de coordinar las sílabas—. Y, al igual que tú, estoy aquí porque deseo que nuestro Jostet tenga la justicia que merece.
—M-mi señora.
Yura se inclinó con la presumible intención de arrodillarse, pero Bastet la frenó sujetando sus hombros.
—No, cariño, en vez de una reverencia, quiero tu compromiso.
— ¿Mi compromiso?
—Sí, tu compromiso, porque te has ablandado,Yura. En tu afán por ser una versión distinta de tu pasado, también te has negado a utilizar el instinto de una ladrona y aquellas habilidades que te vuelven audaz y escurridiza. —Le tocó la nariz con el dedo índice—. Tus sentimientos son tu mayor fortaleza, pero asimismo tu mayor debilidad. Dan fuerza, eso es innegable, pero si es una fuerza que conduce al impulso y no a la inteligencia, se convierte en una debilidad. En aquella época, fuiste una arquera de admirable puntería, ¿no es así? —Flexionó los brazos, haciendo mímica de un arco a punto de disparar una flecha—. Es lo mismo que con el arco: si no equilibras la tensión de la cuerda antes de disparar la flecha, puede romperse.
—Ese es mi mayor predicamento, mi señora, que no tengo un arma por blandir. —Elevó el cuchillo a la vista de la diosa—. Anubis me arrojó a este mundo hostil en el que mi destreza con el arco no significa una ventaja. Si esto fuera una guerra o todo se redujera a efectuar un robo, le juro que hubiera sido capaz de desenvolverme, pero esta es una batalla que no parece requerir un ejército o una estrategia de combate, sino una suerte de artimañas psicológicas que solo podrían sortearse con el don mágico de leer las mentes.
—Tú no necesitas un arma, mi niña— Bastet tomó la mano con la que no agarraba el cuchillo y la juntó a las suyas en la tarea de sostenerlo—, porque el arma eres tú.
— ¡¿YO?!
A Yura las pupilas se le encogieron de tal manera y la retina perdió a causa del asombro tanto color, que los globos oculares parecían haberse quedado en blanco, amenazando con salir disparados de la cuenca. De no haber sido porque la diosa unió sus manos, el utensilio hubiera acabado en el suelo.
—¿No te has preguntado cuántas veces Seto Kaiba y Jonouchi Katsuya han de haberse batido a duelo antes de tu llegada? ¿No te has cuestionado por qué en ninguna de esas veces los recuerdos de su vida pasada afloraron como ahora? La respuesta siempre ha estado en tu nariz, Yura: tú eres un catalizador del caos.
—Espere un momento, ¿me está queriendo decir que…?
—En efecto, tanto Jonouchi Katsuya como Seto Kaiba han visto destellos de Seth y Jostet.
Bastet pudo sentir las manos de Yura temblar entre las suyas. La luz de la esperanza tornó su rostro un haz, expresión que la diosa aunó a su sonrisa pícara.
—Entonces mi Jostet…
—Tampoco es bueno precipitarse— su voz adoptó la seriedad no impresa en su semblante—, esos flashes no han sido a raíz de tus besos o tus caricias…
— ¡¿Qué debo hacer?! —Interrumpió—. ¿No existe alguna manera en la que pueda despertar antes que Seth?
—Te voy a contar un chisme de pasillo sagrado. — La diosa desbarató el enlace entre las manos, tomando ella el cuchillo y probando su filo con la yema de un dedo en la punta del acero—. Ningún dios tiene derecho a inmiscuirse u obstaculizar el fin divino del otro, eso deriva en que no puedo resucitar muertos o dar órdenes a las almas, así como Anubis tampoco puede embarazar mujeres o bendecir uniones familiares. De modo que no tengo forma de intervenir a menos que exista un matrimonio o que la integridad de una familia se vea comprometida.
— ¡Jostet y yo nos casamos, tuvimos un hijo!
—En efecto, por eso tengo derecho a estar aquí— guiñó un ojo—, pero Jonouchi Katsuya y tú no han tenido intimidad, Yura, y un matrimonio solo es reconocido si existe unión carnal, que es indistinto a tener relaciones sexuales— apuntó hacia ella la punta afilada—. Los besos, las caricias, e incluso el sexo, son expresiones de afecto que pueden compartirse sin que el amor habite en el corazón, es por ello que "hacer el amor" es una unión carnal que solo puede existir entre dos personas que se aman de verdad, dos personas cuyos sentimientos han trascendido más allá de la lujuria y el deseo.
Yura se palmeó la cara, seguido cubriéndose las sienes con las manos.
— ¡Soy una estúpida!
—Vaya que lo eres, mujer— reafirmó la diosa, gesticulando un puchero—. Lo tenías justo en tus palmas, había preparado ya mi sistro para hacer la prueba cuando PUM, te acobardas y lo echas todo a perder. Aunque, bueno, tampoco es como si fuera una garantía porque, repito, no soy Anubis, pero no perdíamos nada con el intento— resopló—. Siempre haces lo mismo, Yura, avanzas, tienes resultados, luego te asustas de tu propio progreso y huyes.
—Créame cuando le digo que he hecho todo cuanto he podido…— Ella extendió las manos como si allí estuviera su esfuerzo de forma palpable y física.
— ¿Recuerdas la orden de Anubis, no es así?
La extrañez que despertó la pregunta se manifestó en el ceño fruncido de Yura, mas previno limitarse a contestarla.
—Matar a Seto Kaiba.
—Exacto, y Seto Kaiba, a diferencia del Faraón Seto aquella noche aciaga, no tiene el corazón dentro del pecho, Yura, lo tiene a su lado, siguiendo sus pasos, al alero de su propia sombra…
La única persona concorde a la descripción perforó la mente de Yura con el impacto de una bala.
— ¡Mokuba!
—Así es— Bastet celebró el acierto exhibiendo una sonrisa de surcos alargados—, Mokuba Kaiba es el verdadero corazón de Seto Kaiba, y lo mejor de todo es que, al igual que en el pasado, tienes a la mano una daga y la chance de clavarla.
"—Mokuba está empeñado en incorporar nuevas atracciones a Kaiba Land. Tiene la visión de montar obras de teatro al estilo Broadway— introdujo, poniéndose otra vez en pie. Cara a cara una vez más, se retrepó a medio cuerpo en el borde de su mesa de trabajo—. Exige que me involucre, pero con el torneo en mis talones dudo que pueda cumplir sus expectativas. Tu nuevo trabajo a sueldo, Yura, será ocupar mi lugar en ese proyecto, y debes hacerlo de manera tan excepcional que Mokuba apenas note mi ausencia".
— ¿Has comprendido por qué no necesitas un talismán o un artículo del milenio? — Reiteró—. Todo este tiempo, has tenido esa daga entre tus manos, pero, ¿qué hiciste con ella? Arrojarla en la basura y salir corriendo tras Jonouchi, que también es importante, mas en tu posición no puedes darte el lujo de abandonar una posibilidad por otra, debes tener a mano las dos.
La diosa emprendió vuelo a la espalda de la de pelo blanco, acto seguido, buscó las palmas y volvió a depositar en ellas el arma en cuyo filo pulido Yura podía mirar su propio reflejo. Entonces dio una respiración profunda, cerró los ojos y, al insertarlos de nuevo a la realidad, ostentaron el azul oscurecido de las profundidades del mar.
—No le haré daño a Mokuba, más bien, lo volveré mi salvoconducto: lo usaré para negociar la salvación de Jostet con Anubis.
Bastet prorrumpió en carcajadas y aplausos de júbilo.
«Tienes razón, mi niña, esta guerra no se conquista a base de ejércitos y estrategias de combate, sino con artimañas psicológicas».
—Esta es la Yura que yo quiero ver en acción.
(1) Frase más célebre del filósofo Sócrates.
(2) El significado egipcio del Ka y el Ba difiere en lo mínimo con el concepto del anime/manga, sin embargo, para fines de este fanfic, me basaré más en este último: aplicándolo al Duelo de Monstruos, el Ka viene siendo el monstruo invocado, mientras que el Ba los puntos de vida. En la película DSOD, los puntos de ataque y defensa del monstruo dependían de la "fuerza de voluntad" del duelista, en el anime se desglosa un concepto parecido: invocar el Ka depende de la fuerza del Ba. En el capítulo donde Seto empieza a recolectar Ka, Shada menciona que no todos los individuos pueden invocar su Ka como los sacerdotes, asumo yo que se debe a que ellos tienen una reserva de Ba mayor porque son portadores de los Artículos del Milenio, y es por eso que debe usar la Llave del Milenio para ver el Ka de los pueblerinos. Sin embargo, este punto lo vamos a retomar en capítulos futuros, así que, de momento, es todo lo que puedo aclarar.
*¿Recuerdan ese capítulo donde Mokuba se reconoce como el corazón de Seto y expresa que le hubiera gustado representar cualquier parte del cuerpo menos esa? PUESSSSS no por nada fue en el primer capítulo de esta segunda parte (que resultó ser el número 13, la edad de Mokuba en este fanfic) xDDDDD Yo y mis chistes que se cuentan solos y de los que solo me rio yo, JAJAJJAA.
**MILLONES. BILLONES, TRILLONES DE GRACIAS POR LEERME.
