Más calma y menos prisa.

.

.

.

Ojalá hubiera podido confesar a Milo el motivo real de su molestia, en vez de darle aquel puñetazo en la nariz, y salir tan rápido y tan propio, como lo haría un león en la sabana.

El escorpión, en realidad, no tenía la culpa de su malestar; ni el libro que Camus estaba leyendo, y que él manoteó al pasar; o las rosas hermosas de Afrodita, a quien sus pisotones desesperados saludaron aquella mañana.

Si tuviera un poco más de calma y menos prisa, habría podido observar que Shura no se estaba reconciliando con Aioros, y que las palabras que escuchó antes de enfocarlos con sus ojos oliváceos, no eran otra cosa que disculpas y deseos posteriores para una vida completa y feliz, que en nada se aparecía a las ideas que Aioria llevaba procesando parte de la noche y día.

Para aquel momento, al león ya no le importaban las explicaciones, y a Shura no lo quería ver ni a un kilómetro de distancia. Le bastaba con saberlo en el templo de Capricornio, tan feliz y tan campante, como los rayos veraniegos del astro rey.

Bufó, porque últimamente le costaba serenarse. Muchos admiraban su temple, carácter, valía y generosidad; pero, también tenía un lado aguerrido y un orgullo desmedido que no podía apagar.

Si Shura decidió quedarse con Aioros, él no tenía nada más que hablar.

¿Y de quién más si no suya fue la culpa?

Cuando solía ser niño, nunca dejó de proclamar el odio que sentía hacia el décimo guardián. Al crecer, fue inevitable compaginar con el único ser del Santuario que habría sabido comprender su dolor y soledad, ¿por qué no decirlo? Su afinidad por él.

Shura y Aioros fueron amantes. Secreto sencillo de conocer entre copas, lágrimas y mil disculpas…

Aioria lo entendió. No fue difícil comprobarlo entre las muchas cosas que se escondían en sus recuerdos; pero tener relaciones esa misma noche con la cabra, y poco después enterarse de que él había sido la mano ejecutora, fue otra cosa; fue el detonante que le hizo recordar cuánto lo odiaba, y sentirse tan traidor a la memoria de su hermano, como lo era el asesino.

A Aioria le tomó un gran esfuerzo perdonarle y dejarse dominar por el gran amor que estúpidamente había sentido por él. Le restaba menos de una hora para despedirse propiamente antes de bajar al Hades, y luego ser sumido a la muerte, la paz y tal vez un destino muy alejado de esa vida en otra reencarnación. Sí, habría sido maravilloso tener una nueva oportunidad de ver, amar, pero sobre todo, de encontrarse con Shura en un mundo donde las culpas y la sangre no tiñeran sus deseos.

Sin embargo, su deseo no se cumplió, y volvió a la vida solamente para perderlo.

Así que, ahí estaba bajo la sombra de un árbol, con los brazos tras la cabeza intentando servir de almohada, mientras el cuerpo reposaba tan tranquilo y en paz sobre la alfombra primaveral, aunque su cabeza fuese un nido de reclamos y confusiones en contra de Capricornio.

Suspiró, y tamborileó el abdomen con sus dedos para contener entre ellos sus impulsos asesinos.

De pronto se levantó, y tan rápido como estuvo de pie, emprendió la marcha de regreso al Santuario.

No demoró mucho en acercarse al coliseo, y tardó menos que eso en toparse con Shura y Aioros que hablaban y reían como si no hubiese otra cosa en el mundo que solamente ellos dos.

Verlos así, a la distancia, provocó que apretara los puños, porque el español nunca sonreía de aquel modo; y como si ese simple gesto no bastara, el centauro tenía la mano pegada al hombro de Capricornio, mientras se doblaba de risa.

Un par de insultos se le escaparon de los labios.

.

Tan pronto como ese pensamiento se instaló en su cabeza, los pies se detuvieron a tres metros de distancia de los dos, y la idea de huir fue tan tentadora, como robar un beso de Shura.

El león eligió esa opción de un modo tardío, pues Aioros le miró casi a punto de huir, por el rabillo del ojo.

—¡Aioria!— Sonriendo y agitando la mano alegremente a modo de saludo, le impidió marcharse.

El quinto guardián se quedó quieto en su lugar, y sus ojos instintivamente buscaron los de Shura, quien le miraba con una sonrisa también mucho más pequeña, pero no menos significativa que la que había sostenido antes con el arquero.

El quinto guardián ciertamente, no quería oír los detalles de su reconciliación, porque entonces, el enojo que sentía borboteando en el estómago, liberaría las palabras tan rápido, que no podría cazarlas y enjaularlas para no decir o hacer algo que posteriormente le cobraría factura.

Aioros y Shura se acercaron.

Aioria se planteó que lo mejor era envalentonarse y pelear por lo que deseaba, que en ese momento era la cabra española, así que decidió confesarle a Aioros que no importaba qué o desde cuándo, pero que le quería, y que no dejaría que se quedara con él… Que el tiempo de su hermano con Shura había caducado hacía trece años; que lucharía en contra de él, y lidiaría con el fantasma de su recuerdo al que se había acostumbrado durante trece años… Así de simple…

Pero mientras ellos avanzaban y él los observaba cuchichear, un sentimiento de culpa le perforó el pecho...

Aioros había perdido su vida al servicio del deber, y merecía tener una gran recompensa al lado de alguien que lo amara, alguien como Shura…

No pudo evitarlo. La pesadez que se apropió de su cuerpo indicó el rendimiento final a su más grande deseo… La derrota definitiva para sus planes y victorias futuras.

A pesar de eso, cuando Aioros y Shura estuvieron ante él, él, aunque había decidido apartarse, tiró del brazo español para ponerlo a su lado, de forma tan inconsciente, que hizo al arquero romper en risas.

El centauro no pudo evitar sonreír con añoranza, pues el Aioria de 21 años había hecho una acción del felino de cinco.

Recordaba los breves momentos en que su querido hermano, al encontrarlos, siempre tomaba la extremidad del español sin decir nada abiertamente, pero mostrándose tan enfadado como lo haría si Milo se hubiese comido el último trozo de pastel. Hasta ese momento creyó que esos celos infantiles eran por él, su hermano, pues el agarre posesivo siempre culminaba con una frase que reclamaba comida, sueño o alguna necesidad de Aioria.

Ahora se trataba de un joven bien formado de actitudes y carácter que lo hacían admirarlo y quererlo mucho más allá de ese título sanguíneo.

Shura le había contado maravillas, y por supuesto que Sagitario no las consideraba exageraciones, pero incluso al verlo ante él, creía cortos sus adjetivos.

A Aioria su propia actitud lo había descolocado, y fue evidente cuando soltó al otro precipitadamente del brazo y comenzó a decir un montón de cosas que ni Shura comprendió; lo supo en cuanto intercambió una mirada con Sagitario y ambos comenzaron a reír.

A Shura no le molestó su actitud, aunque debía reconocer que sus propias expectativas se habían quedado cortas con ella, pues esperaba ver las garras y los dientes del león.

No fue su intención torturarlo, e incluso habría intentado explicarle lo que pasaba entre ellos antes de cualquier arranque felino; pero Aioros y él habían terminado conversando tanto que el tiempo se les fue volando; incluso Shura descubrió que tenía la facilidad para sonreír y reír más de lo que lo había hecho en toda su vida. Y no es que Aioria no quisiera, o no tuviera la capacidad para hacerlo, es que su estado de culpa le impedía sentir alguna otra cosa. Se dio cuenta que a su lado fue muy feliz y que solamente estuvo desperdiciando el tiempo entre fantasmas y sentimientos que Aioros ya había borrado.

Se rio por la actitud de Aioria, y colocó la mano sobre su cabeza con un gesto que pretendía pedirle que se calmara, y que le diera oportunidad de explicar lo ocurrido.

Aioria no rechazó su contacto, aunque Shura no adivinó que el felino lo aceptaba como acto de despedida.

Le oyó suspirar.

—Qué alegría verlos juntos…— Shura desvió la mirada hacia su amigo, quien asintió una vez, pues ambos se entendían sin decir nada más.

—También nos alegra verte—. El primero en hablar fue Aioros, secundado por Capricornio.

—Sí, porque tenemos algo que decirte—. Ambos le vieron menear la cabeza y retroceder mientras colocaba despreocupadamente las manos en el bolsillo del pantalón.

—Dejemos las cosas así—. Tajó la conversación al decidir que no podía, y que no quería ser más valiente, pues, si escuchaba cualquier noticia acerca de esos dos y su flamante felicidad, no lo soportaría y actuaría de nuevo como no lo deseaba. En el peor de los escenarios podría reclamarle a Aioros su llegada a la vida de ambos, como si no le diera gusto saber que podría abrazarle nuevamente y retomar la relación de hermandad que dejaron en el pasado; y a Shura, sumirlo con acusaciones en el hoyo de la culpa si mencionaba los acostones que habían tenido, y las escasas y silenciosas exclamaciones de "te quiero" en cada encuentro accidental y fortuito.

El español compartió una segunda mirada con Aioros, y este meneó la cabeza y alzó los hombros.

—¿Cenamos juntos, o… prefieren cenar solos?— Fue el tono que empleó Sagitario en la última pregunta lo que atrajo la atención de Aioria; eso, o tal vez la curiosidad que sentía tras esas palabras.

—No te prometo el desayuno, pero te guardaremos el almuerzo—. La respuesta de Shura le hizo elevar las cejas, e incomodarse cuando le pasó el brazo por arriba de los hombros como si fuese lo más natural del mundo.

El centauro meneó la cabeza, porque eran demasiados detalles para una simple respuesta.

—De acuerdo—. Miró a su hermano con una sonrisa gentil, antes de emplear un gesto de despedida con la mano—. Tengo cita con el Patriarca, así que… ¡Adiós!

Aioria abrió la boca para decir algo, pero cuando las ideas y las palabras que deseaba exactamente expresar se amotinaron unas contra otras en la lengua, simplemente se quedó callado con la imagen mental de haberse jalado aquel músculo, para exprimir las preguntas.

A Shura su pequeña conducta le pareció divertida, por lo que le dio un beso en la mejilla y lo arrastró de camino hacia la ribera del Santuario para explicarle calmadamente que Aioros y él solamente eran amigos, y que por ese lazo de cariño, le había pedido aceptar una relación con su querido hermano.

.

.

.

Fin.