Capítulo 1: un regalo de los Hombres de Negro
—Kudo, tienes que venir ahora mismo —la voz ansiosa de Haibara consiguió perturbarlo. Era evidente que algo muy importante había sucedido.
Se levantó inmediatamente para avisar a Ran de que iría a casa del profesor para ver un programa especial de Kamen Yaiba, ya que no sabía exactamente cuánto estaría allí, y siempre podía usarlo para que la llamara y le dijera que Conan se iba a quedar a dormir en su casa, pero no la encontró, así que le pidió al tío que se lo comunicara, aunque no estaba muy seguro de que lo hubiera escuchado.
El pequeño fue a casa de Agasa enseguida, preguntándose qué era eso tan importante, pero sin tener la menor idea, y antes de que pudiera resolverlo, se encontró a sí mismo llamando a la puerta.
—Entra.
—¿Eh?
Era muy raro que el profesor actuara de aquella manera, sin ni siquiera saludarle; él le preguntó insistentemente, pero no dijo nada, y lo dirigió directamente al despacho de la científica encogida.
—¿Haibara? ¿Qué está pasando?
—¿Te suena esto?
A Conan se le paró un momento el corazón al ver que lo que le estaba enseñando era, nada más y nada menos que una caja negra con cinco espacios, tres de ellos cubiertos por cápsulas blancas y rojas. El Apotoxin 4869.
—¿Qué? ¿El Apotoxin?
—Estoy analizándolo, pero estoy casi segura.
—¿De dónde lo has sacado?
—Del buzón.
Él la miró con cara de no entender nada, y fue ella la que le hizo una señal para que le diese la vuelta a la caja. Allí había una nota pegada que contenía una única frase: "he cumplido mi parte del trato, ahora te toca a ti. Singani."
—¿Singani? ¿Su parte del trato?
—No tengo ni idea de qué va todo esto, pero sí sé que "Singani" es un brandy de Bolivia.
—Los hombres de negro…
—Exacto.
—Todo esto no tiene ningún sentido, chicos —intervino Agasa, que no conseguía darle sentido a lo que estaba pasando.
—¿Has llamado a Akai-san?
…..
Durante meses, Akai, Jodie y Camel, en representación del FBI, junto a Conan, Haibara y el grupo de personas que conocía sus verdaderas identidades colaboraron para intentar averiguar de dónde había salido aquello, pero no habían encontrado nada: ni huellas, ni el fabricante de la caja, ni nada en absoluto; lo único que habían descubierto a ciencia cierta era que, en efecto, se trataba del Apotoxin.
Haibara llevaba todo ese tiempo trabajando en el antídoto, pero ninguna de las pruebas había sido positiva, al menos, ninguna de ellas había sido definitiva; lo máximo que había conseguido era una semana, pero estaba cerca.
Habían conseguido ocultarla gracias a la protección del FBI y el cuidado que todos habían puesto; las visitas de Hattori eran muy habituales, el matrimonio Kudo ayudaba de la manera que podía; Agasa se esforzaba y ayudaba a organizar el equipo científico que Amuro les había conseguido, aunque todos estaban bajo las estrictas órdenes de Haibara.
De día, Conan y Haibara eran tan solo unos críos que iban al colegio y pasaban desapercibidos, pero de noche, eran prácticamente unos superespías.
—Ya he vuelto —dijo girando el picaporte de la puerta de la agencia.
—Bienvenido —contestó Kogoro por inercia.
—¿Are? —preguntó intentando localizar a Ran, aunque no la vio por allí, y estaba seguro de que había visto que las luces de la planta superior estaban apagadas.
—No está.
—¿A dónde ha ido?
—A saber… Igual está con el mocoso detective.
—¿Eso te ha dicho? —preguntó con un tono molesto, siendo imposible ocultar sus celos. ¿Con quién demonios andaba Ran a esas horas?
—¿Dónde iba a estar si no?
—No creo que esté con Shinichi-niichan.
—¿Por qué?
—Me pidió que le dijera una cosa antes.
—¿Qué cosa?
—Eeeeh… —dijo alarmado, haber pensado que le preguntaría por detalles— ¡Una cosa de los deberes de mates! ¡Sí! ¡Eso era!
—Ah, ¿era eso? ¡Qué idiota!
Conan se rió de forma sarcástica, preguntándose quién de los dos era el idiota, pero sin decir nada.
No hablaron mucho más hasta la hora de la cena. Estaban empezando a preocuparse seriamente por ella, pero, como si los hubiera escuchado, la chica le mandó un mensaje al pequeño diciendo que se retrasaría y que cenaría en casa de Sonoko; también les dijo que tenían guiso en la nevera, y arroz hecho en la arrocera.
—Qué raro, ¿no?
—¿Raro de qué? Ha dicho que cenaba con la niña rica. Vamos a cenar y que haga lo que quiera.
—Pero Ran-neechan…
—¡Anda, anda! Voy a calentar la comida.
Conan se quedó en el sofá analizando la situación. Ahora que lo pensaba, Ran había estado muy preocupada en las últimas semanas; de hecho, parecía aterrorizada: se asustaba con frecuencia, se quejaba de no poder dormir, miraba constantemente hacia la puerta… Pero no había dicho nada sobre qué era lo que la preocupaba. Ni siquiera a Shinichi.
—Aquí hay algo muy raro —dijo mientras sacaba el móvil que vibraba en su bolsillo, el teléfono de Conan.
Era un mensaje de Haibara: "Lo tenemos". ¿Qué era lo que tenían? ¿El antídoto? ¿Habían conseguido formular el antídoto? ¡No podía ser!
—Tío, me ha llamado el profesor. Dice que me invita a ir de acampada.
—¿A esta hora? —le gritó desde la cocina.
—¿Puedo ir?
—¿Desde cuándo pides tú permiso para nada? ¡Haz lo que quieras!
Se levantó de un salto y puso rumbo de nuevo a casa del científico, a dónde llegó en un tiempo récord. La puerta la abrió la propia Haibara, quien, de nuevo, lo guió hasta el laboratorio sin contestar ni una sola pregunta.
Le mostró una serie de ratas, ratas bebé para ser más precisos. Conan estuvo a punto de hacer una pregunta, pero ella le hizo una señal para que se callara y prestara atención, así que él lo hizo. Haibara puso unas gotas de un líquido azul que tiñó el agua de los roedores sin esfuerzo y esperó a que alguno de ellos bebiera, algo que pasó al instante.
—¿Es el antídoto?
—Es la primera fase. Por algún motivo, no conseguíamos determinar las cantidades de cada componente, incluso teniendo una muestra del veneno. No queríamos gastarlas todas, así que nos centramos en replicarlas. Muchas de las pruebas salieron mal, pero la semana pasada, uno de mis hombres descubrió dónde estábamos fallando. Y ahí fue cuando pudimos empezar a trabajar en revertir los efectos del Apotoxin.
Mientras hablaban, una de las ratas se había retirado, y parecía que estaba agonizando en una esquina. En ese momento, Haibara cargó una jeringuilla con otro líquido y se lo inyectó a la rata.
—No ha sido nada fácil. Nos ha tomado mucho más tiempo del que esperábamos, pero aquí está.
Al terminar de decir la frase, la rata comenzó a convulsionar violentamente, aterrorizando al detective. Con esfuerzo, la medicación hizo efecto, y pasó de una rata bebé a un espécimen completamente adulto en cuestión de segundos.
—El antídoto definitivo para el Apotoxin 4869.
—Haibara, esto es…
—Es experimental. Necesitaré un tiempo para ver hasta qué punto es viable su administración en humanos.
—¿Cuánto tiempo?
—Tres, no, cuatro días.
—Haibara, te estoy muy agradecido.
—No necesito tu agradecimiento. Yo estoy en la misma situación que tú.
—Entonces… —dijo sacando el móvil, el de Shinichi esta vez, del bolsillo trasero de su pantalón. Comenzó a teclear sin mirar a la chica, aunque ella sí lo miraba a los ojos. —¿Vas a volver a ser Miyano Shiho?
Ella no contestó. Se sintió estúpida por esperar algo más que una pregunta de cortesía después de tanto esfuerzo que había puesto exclusivamente en él, pero, no, estaba escribiéndole a su novia mientras hablaba con ella. ¿Cómo era posible que no se hubiese dado cuenta aún de lo que sentía por él?
—¿Eh? —insistió él.
—¿Quién sabe?
—¿Eh?
—No lo he decidido.
—Bueno, tienes cuatro días para pensarlo.
—Sí, supongo.
—Gracias de nuevo, Haibara. ¿Debería empezar a llamarte "Miyano" para ir acostumbrándome? —preguntó con un poco de ironía a la que ella no respondió.
—Cuatro días, Kudo.
—Sí, sí, lo prepararé todo.
—Genial, ahora fuera de mi laboratorio.
—Sí, sí, ya me iba.
Conan subió las escaleras sintiendo que aquel era uno de los días más felices de su vida. Leyó un par de veces el mensaje, sin decirdise a decírselo por primera vez por mensaje o esperar a verla en persona. Decidió que era mejor esperar y lo mandó con una sonrisa en los labios y un rubor exagerado, sin entender cómo había podido escribir algo así de cursi.
…..
Ella escuchó la vibración de su móvil, pero no quiso mirarlo. Sin embargo, su acompañante la instó cortésmente. Abrió el mensaje con miedo y no pudo evitar que las lágrimas resbalaran por sus mejillas.
—¿Es él?
—Sí.
—¿Qué dice?
—Dice que tiene buenas noticias. Está acabando de resolver el caso y dice que volverá en unos días —dijo omitiendo la última frase, la cual la había conmovido tanto que no había podido evitar llorar: "voy a ir por ti, Ran".
—Perfecto.
Él sirvió un par de chupitos en los vasos; le ofreció uno a ella, aunque lo rechazó como de costumbre, así que él se bebió los dos después de chocar los vasitos como si estuviera brindando consigo mismo.
—Que empiece la función.
