Los personajes principales le pertenecen a Stephanie Meyer la historia es mía queda totalmente prohibida la reproducción total o parcial de la historia sin mi autorización.


Capítulo 49.

Memorias fugaces.

"A veces, de noche, dormía con los ojos abiertos bajo un cielo que goteaba estrellas. Vivía entonces.

(Albert Camus)"

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—Hay días en que los recuerdos de Isabella son como mirar…

—...los ojos de un fantasma —terminó la frase Emmett besándole el cuello. Rosalie asintió de acuerdo con él esa noche y suspiró cuando la abrazó sintiendo su corazón latir desesperado. Estaban acostados en la cama desde hace rato.

Isabella se había negado a hablar más de la historia después de lo que habían hablado en la oficina de Hyõ y al llegar a la mansión se había encerrado en su estudio.

—¿Cuál es tu recuerdo favorito de Claire?

Emmett se tensó y Rosalie se arrepintió de haber preguntado, pero cuando él suspiró como si estuviera quitándose una carga pesada de sus hombros se giró para mirarlo a los ojos.

—Creo que no había pensado en eso desde hace demasiados años Rose —susurró antes de besarle la frente y mirar al techo de la habitación en dónde estaban —. Claire era dulce, le gustaba mucho gastarme las mejores bromas; le habrías gustado y estoy seguro de que se habría burlado de lo suave que soy contigo. Pasaba la mayor parte del tiempo hablando sobre cómo le gustaría viajar por el mundo visitar lugares a los que en ese entonces no teníamos acceso. Se sentaba fuera en el pórtico con su viejo libro favorito, recuerdo que cuando Jackson estaba a punto de nacer ella amaba sentarse allí y columpiarse. Tuve que comprarle una silla mecedora. Pasaba horas leyendo en voz baja. A veces se reía y verla reír era extraño. En cierta forma yo creía que ella había perdido esa habilidad. Pensé que Jackson iba a cambiarla, que iba a borrar el miedo de su memoria. Sabía que los recuerdos eran imposibles de borrar, pero la vi luchar. Sin embargo la depresión postparto terminó con ella y sin que yo pudiera encontrar una forma de ayudarle. Las drogas ayudaron a su perdición. Las odio tanto como odio las mentiras.

—Le diste una buena vida a su hijo. Le has dado una vida que ninguno de los dos tuvo —trató de animarlo Rosalie, pero Emmett parecía perdido en sus recuerdos.

—No fui el mejor tío del planeta para ese chico Rose. Charlotte me ayudó a criarlo mientras yo iba a la universidad de día y de noche yo estaba demasiado perdido en las drogas que me evitaban el dolor que me dejaban los huesos rotos tras las peleas callejeras que a penas si reparaba en él; quizás era para pensar en que no tenía leche o comida suficiente, tenía la mente metida en mi culo asustado por los fantasmas y las pesadillas, no era apto para ser padre o un tío. Luego Isabella llegó y le pagué sus estudios en un internado. Me pidió regresar y trabajar en los hangares. Tiene dieciséis. Por supuesto está estudiando y se vale por sí mismo, lo mantengo vigilado, pero no puedo demostrarle amor. No es como si no estuviera dispuesto a dar mi vida por él, pero no sé si puedo…

—Eres lo suficiente para él. Lo he visto una sola vez, pero la admiración en sus ojos es como el sol en un cálido amanecer. Él te mira así. Puedes dar amor Emmett, me amas, puedo verlo en tus ojos, no es necesario que lo digas, es lo mismo que con Jackson. Sé que él sabe que lo amas.

—No sabes lo que dices Rose. No voy a negar mis sentimientos por ti pero tampoco es como si el amor cubra lo que he llegado a sentir por ti. Siento más.

Cuando Rosalie iba a replicar el teléfono de Emmett empezó a vibrar de forma descontrolada así que este lo tomó mirando la pantalla. Jadeó, maldijo levantándose para vestirse y luego dejó la habitación dándole un beso a su chica de ojos azules y lo único que Rosalie pudo escuchar fue

—¿Sam?

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Isabella miró los estados de cuenta de la Naviera y la petrolera de los Cullen un tanto frustrada por el desorden y la mala administración de empresas que pertenecían a su esposo. Su mirada se desvío a los papeles que también le habían llegado esa mañana en un sobre de manila con la dirección del hospital. La puerta se abrió de imprevisto sin dejarla pensar

—No creo que sea momento Emmett —le dijo sin mirarlo y sin apartar la mirada de la mesa en donde estaba la autorización para desconectar a Edward. Si, había cosas más importantes.

No había muerte cerebral, no había daño irreparable, él era la persona más sana del mundo, pero estaba en coma. No despertaba, habían revisado sus órganos, los mejores doctores tenían su expediente y habían buscado usarlo para investigarlo si ella no tuviera el poder suficiente su esposo sería cómo un hámster usado en un laboratorio.

—Encontré a Félix. Bueno no lo hice yo, Sam lo encontró. Seguimos el rastro que Sienna dejó desde Colombia hasta otros países de Latino América —dijo Emmett haciéndola levantar la cabeza de un impulso. Su corazón empezó a latir con fuerza tirando hacia la locura y la furia le calentó las entrañas.

—¿Está vivo? —preguntó haciendo a Emmett suspirar con el mismo odio que corría por las venas de Isabella. Ella a veces lamentaba estar arrastrando a Emmett a ese mundo de destrucción en el que ella era juez y verdugo.

—La rata aún vive. Maneja una red grande de trata de blancas en México. Deberías estar recibiendo esa información en unos minutos — Emmett se adentro en la oficina de Isabella señalándole la computadora —. Fue difícil encontrarlo, Isabella. Ese hombre está confinado en México, en un lugar en donde los carteles y las drogas reinan. Se dice que cubrió su rastro. Ya no es Félix Volkov. Ahora la gente le dice Bazooka* y le temen; está en una de las ciudades más peligrosas de allá, hay cosas que la gente no calla. No podremos sacarlo de allí y a menos que él no salga se dice que llegar a él es prácticamente imposible

Isabella odiaba esa palabra. Imposible era su némesis, la maldita palabra tenía la personalidad de un imbécil incrédulo.

—No para mí Emmett. Sacar a ese bastardo de su ratonera será tan fácil como quitarle un dulce a un bebé recién nacido. Voy a hacerlo arrepentirse de haber nacido. Tengo un plan ¿Lo olvidas?

—Abre los archivos que te envío Sam y pásalos en el proyector. Tienes que decirme qué hacer. Está aterrorizando a una ciudad entera y el presidente de ese país le sirve por su poder.

Isabella asintió abriendo el sistema que uno de sus mejores hackers había creado para correr el correo electrónico que no podía ser detectado y leer la información que Sam le había enviado. Miles de imágenes se desplegaron llenando su pantalla. Jadeó en cuanto las vio y sus manos temblaron al ver a Félix Volkov en fotografías que parecían haber sido tomadas con una cámara profesional.

—Quiero que Sam lo traiga. Cueste lo que cueste. Y lo quiero vivo. Filtra las fotos de Félix por todo México, quiero que todos sepan su identidad, que se corra en la voz que Õjo está buscando su venganza. El vendrá a mí y está vez voy a matarlo.

Emmett no hizo una sola pregunta; alzó su teléfono y marcó la línea segura sin dejar de mirar a Isabella que no quitó los ojos de la pantalla.

El reloj empezaba a marcar sus últimas horas.

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Rosalie caminó por la mansión sorprendida de que nadie estuviera limpiando esa mañana. Isabella no estaba en el estudio ya que cuando ella tocó la puerta y giró el picaporte este no cedió. Emmett solo le había mandado un mensaje diciéndole que estaba arreglando algo y que iba a verla esa noche, sin darle más explicaciones de lo que estaba pasando. Se giró y casi se desmayó del susto al ver a Isabella quien estaba segura no había estado allí antes.

—¿Estás bien? —le pregunto llamándole la atención sin dejar de mirarla, con el ceño fruncido.

—La mansión está en silencio, creí que no estabas.

—Estaba en mi habitación, necesitaba cambiarme de ropa para empezar el día —murmuró la señora mientras abría el estudio y la dejaba entrar. Rosalie la siguió y se sentó en silencio sin saber qué decir. Isabella le pidió encender la grabadora.

—Leí lo que has escrito. Es muy bueno. Tu punto de vista, los comentarios que están fuera de la historia. Se ve profesional. Buen trabajo —Rosalie le sonrió y suspiró con alivio.

—Es bueno saber que te gustan los comentarios. ¿Deberíamos empezar? —dijo y encendió la grabadora. Isabella asintió solo recostandose en su silla mientras miraba a la nada, quizás dejándose llevar por sus recuerdos antes de perder la razón.

Sam le había pedido paciencia para llevar a Félix, y ella había llevado los papeles para desconectar a Edward a su habitación pues tenía que firmarlos, pero ni borracha podía hacerlo, no aún, no cuando Félix aún estaba respirando malgastando el aire del mundo.

— Mi rutina se volvió mi poder. Dejé de ir al hospital después de que Marissa murió, pero le di su nombre al área de quimioterapias. Fui a su funeral y me di cuenta de que su esposo realmente la había amado; lo supe porque ella aunque no tenía familia ese día no estuvo sola. Había gente allí que lloraba a la que no me atreví a conocer.

No había día en el que no dedicará un segundo para pensar en Edward, pensé en que quizás era muy probable que él se hubiese marchado ya sin querer volver, porque aunque seguíamos carteándonos, cada vez era más tiempo el que pasaba entre carta y carta y cada vez eran más impersonales. Aunque mi corazón dolió en parte, me sentí aliviada; al menos me mentí a mi misma muchas veces.

Me dolió un poco leer más tarde en los periódicos que Elizabeth afirmara que su hijo iba a casarse con Kate. Edward era su único hijo. Nunca me atreví a preguntarle por eso en las cartas.

Lauren apareció un día en el puesto en el que se suponía debía estar una secretaría. Ella llegó en silencio sin decirme quién era y empezó a tomar llamadas. Me sorprendió su eficiencia y su proactividad así que la dejé quedarse.

Me sentí desconfiada cuando me enteré que había sido la amante de Charlie, pero ella me demostró su lealtad tanto que se ganó mi confianza. Dejé trampas, no era estúpida y ella me confirmó ser de fiar al avisarme que estaba "cometiendo errores"

Isabella hizo las comillas en el aire antes de continuar.

—Recuerdo que ese día estaba nerviosa desde temprano. Íbamos a vender una flota de aviones que eran de colección. No estuve tranquila hasta que no tuve el contrato firmado en mis manos. El dinero de la flota nos daba suficiente para pagar el setenta por ciento de la deuda de Charlie.

El contrato firmado fue como una copa del mejor coñac que haya probado nunca. Estaba empezando a relajarme en la oficina mientras pensaba en diseños de aviones comerciales de lujo como mi nuevo proyecto cuando Lauren entró

—Señora hay alguien afuera desde hace tres horas pidiendo verla.

—Supongo que sabes mi opinión Lauren. No recibo a nadie sin cita previa —le dije molesta por la interrupción. Estaba de espaldas a la puerta armando un avión a escala con fibra de carbono y cartón.

—¿Ni siquiera a mi?

Me giré al oír su voz. Era imposible no hacerlo. Sonrió de forma extraña y levantó su mano en mi dirección saludándome, aunque yo sabía que me estaba mostrando su alianza de bodas. Yo llevaba la mía en mi pecho en un collar.

—Puedo hacer una cita —sugirió. Sus ojos estaban brillantes y hermosos. Se veía perfecto, todo un universitario, joven, aunque quizás ya no un adolescente, con la sonrisa crecida de un hombre milagro, el más hermoso que Dios en su infinita bondad me había podido dar. Llevaba vaqueros, las mejillas un poco sonrojadas quizás por haber irrumpido en mi oficina y porque Lauren lo estaba mirando con algo más que curiosidad, pero él fingió no notarlo.

—Lauren cancela todas mis citas de la tarde. Y luego vete.

Lauren nos miró por dos segundos antes de irse cerrando la puerta siguiendo mi orden. Sabía que podía darme el lujo de cancelar las reuniones puesto que no eran importantes. Solo entonces Edward dio un paso dentro de la oficina y silbó con asombro mirando a su alrededor

—Vaya —fue lo único que pudo decir antes de meterse las manos a los bolsillos de su pantalón pareciendo inseguro. Quería quitarle esas inseguridades a besos, mostrarle que había construido cosas que lo harían sentirse orgulloso aunque, por dentro, sabía que él me amaría a pesar de todo, que él no necesitaba sentirse orgulloso. No fue necesario. No iba a negar lo mucho que lo había extrañado

—La vida da mil vueltas. Cuando me fui aún vivías en un edificio viejo con Hyõ y mi madre te odiaba. Hoy creo que besaría el suelo por donde caminas. Seguro ya lo hace porque no te recuerda. Creo que la escuché hablar de ti con envidia hace unos dos días en una junta con American Airlines

—Mira si eso no es ironía. Edward. ¿Cuando volviste de Aberdeen? ¿Hace dos días cuando tu madre habló contigo y sus amigos de American Airlines?

Mi voz tembló y en segundos me volví la chica de dieciocho años que se casó con él. Me maldije por sentir nervios que parecía no poder evitar aunque quisiera. Mi piel anhelaba que me abrazara, que el hombre que se había ido besándome regresara e hiciera lo mismo. No había ignorado el hecho de que su madre habló de mí con gente que estaba llamando a mi oficina para reunirse queriendo firmar contratos millonarios conmigo.

—No, hablé con ella hace dos días por teléfono; bajé del avión no hace mucho. No me llamaste cuando Hyõ murió ¿Puedo saber por qué tuve que enterarme por alguien más y no por ti? Te envié cartas que respondías con banalidades, tuve que empezar a llamar a gente con la que no había hablado en años por ti, para buscarte.

Su reproche me hizo rodar mis ojos y él levantó las cejas quizás esperando una respuesta. Me di cuenta que era un poco sarcástico y quizás un nuevo Edward. O una faceta de él que no conocía o posiblemente había desarrollado estando lejos de mí

—No pensaba hacerlo. No fueron sus deseos, él quería que lo dejaran en paz. ¿Por qué volviste? —lo ataqué al preguntar. Lo supe porque sus ojos brillaron con algo que no supe identificar y la incomodidad se reflejaba en sus hombros tensos.

—No iba a quedarme para siempre allá. Te lo dije mil veces. Podría repetirlo mil más. Quise volver antes, pero parecía que estabas bien y que estabas mejor sin mí, o eso me decía mientras estudiaba. Las cosas no fueron sencillas de resolver para mí. Estarán resueltas pronto.

—Los periódicos dicen que el heredero de la naviera Cullen va a casarse.

No era una mentira. Aún tenía el maldito periódico escondido en mi escritorio. Me negaba a leerlo porque seguro iba a querer golpear algo fuerte hasta destruirlo.

—Bella.

—Mi nombre es Isabella, Edward.

—Mi madre me pidió casarme con Kate —me dolió mucho en el alma escuchar eso, pero ni una sola pestaña se movió en mí. Podía parecer de hielo cuando quería aunque por dentro solo quería marcarlo como mío y gritarle al mundo que era mi esposo.

—Es una chiquilla afortunada —dije en su lugar.

—Quiero que sepan que estoy casado contigo.

—Edward, no creo que sea necesario que se sepa. Puedo firmar el divorcio si lo necesitas, no seré un estorbo en tu vida nunca más. Hyõ nos dijo que podíamos casarnos y si la distancia nos hacía olvidar el amor que sentíamos cuando éramos adolescentes entonces el divorcio era la opción más rápida.

Edward se sentó frente a mí sin pedir permiso y luego de eso sacó un acta de matrimonio de su chaqueta y la dejó en mi escritorio sin dejar de mirarme fijamente, haciéndome sentir nerviosa. Nuestros nombres estaban allí, como un recordatorio de que éramos uno y no éramos nada a la vez.

—¿Crees que la distancia me hizo convertirme en quien no soy? ¿Sabes lo mucho que te extrañe y pensé en ti? Volví porque ví tu foto en un periódico que mi padre me envió. Cuando me fui estaba aterrado de no poder darte la vida que sabía que te merecías, ahora sé que no podré jamás compararme. Heredé un fideicomiso que mi abuelo dejó; dejó estipulado que podía hacer uso de él para mí educación y que al cumplir veintiséis podría tomar posesión del dinero los cumplo en dos semanas. Elizabeth controlaba ese dinero y yo quería ese dinero para nosotros, para que no tuvieras que pintar paredes para siempre. Elizabeth me pidió casarme con Kate, fue por eso que me llamó.

—¿Aceptaste? ¿La besaste? ¿Ya estás con ella?

Edward rodeó el escritorio y me encerró en mi silla antes de acercar mi rostro al suyo.

—¿Estás celosa? ¿Por qué no me pides que me aleje de ella? Pídeme, ordéname, exígeme que no lo haga —tomó mis brazos y me sacudió, pero yo no levanté la mirada. En mis oídos aún escuchaba la voz de Elizabeth decirme lo poco que era para su hijo y lo mucho que era su hijo para alguien como yo —. Dime que no me case con otra mujer y no lo haré Isabella.

Sólo entonces lo vi, toqué su rostro y nunca lo vi tan apuesto aún en vaqueros desteñidos y camiseta. Edward cerró los ojos y esa conexión que nos hacía respirar aceleradamente nos incendió el alma mientras uníamos nuestras frentes

—Quiero que la felicidad te alcance y te llene el alma Edward —cerré los ojos con fuerza antes de levantarme mientras un abismo se abría paso en mí corazón —. Ve y cásate con Kate. Voy a darte el divorcio.

— ¡Estoy casado contigo joder! No menciones el maldito divorcio de nuevo —gritó Edward levantándose de un impulso, molesto. Era la primera vez que se veía de esa forma, como si estuviera fuera de sí mismo.

—Eso es algo que sólo sabemos tú y yo, que estamos casados quiero decir —lo contradije sin mirarlo. Si lo hacía iba a cumplir su deseo de pedirle que no se fuera; iba a convertirme en la mujer más egoísta del mundo e iba a atarlo a mi y no podía hacerle ese mal.

— Hyõ y Jasper lo saben —gruñó Edward tocando mi mano sin obligar a que lo mirara.

—Hyõ está muerto y Jasper me odia. Estoy segura de que él te regalaría un auto último modelo si supiera que nos divorciamos. Estarías mejor sin mí entorpeciendo tu caminó.

Esta vez Edward si me giró apretándome en sus brazos fuertemente.

—¿Quién sería yo en un mundo donde tú no existieras?

—Un hombre muy feliz, eso es seguro.

—No voy a fingir algo que no siento. Sabes bien que Kate pedirá más de lo que puedo darle, una familia, un cuento de hadas. Que toque su cuerpo y yo te a… —toqué sus labios y negué impidiéndole seguir hablando.

—Ella es una excelente mujer, una mejor opción. Yo no vivo un cuento de hadas Edward. Ella es sol, un sol cálido de verano, yo soy invierno, el peor invierno que puedas recordar. Sabes que no puedo…

Edward sonrió abiertamente de pronto antes de sentarme.

—Eres una tonta celosa. Ni siquiera había tenido una relación con Katie antes cuando nos volvimos a encontrar después del secuestro ¿Crees que la tendría ahora? Cuando leí el contenido del periódico me dije que tenía que volver y me di cuenta de que Elizabeth había hecho de las suyas publicando que iba a casarme con Katie. Ella se cansó de seguirme y sé que está comprometida con un tipo más grande que yo. Supongo que es feliz.

—¿Yo? ¿Una tonta celosa? ¿Desde cuándo me mientes? —bufé. Me di el lujo de hacerlo en su rostro. Edward se puso en cuclillas aún con sus manos en los reposabrazos de la silla diciendo:

—Isabella, lo que yo siento por ti no podría deletrearse; la sangre que corre por mis venas, se vuelve un volcán en erupción en cuanto pienso en ti, en tu sonrisa, en tus ojos tormentosos. Podría volverme un psicópata enmascarado si eso te hiciera feliz.

—Deberías casarte con ella. No cometas el error de mirar en mi dirección Edward. Te dejé, te dejé irte.

—¡Oh! Lo hiciste. Pero yo no renuncié a ti y eso no puedes cambiarlo. Soy tuyo Bella. Tuyo.

—Debería renegar de ti, pero estaría renegando de mí. Y no quiero hacerme eso.

—Te a…

—No lo digas. Solo no lo hagas. Esas son palabras pequeñas, prácticas. Hoy en día hasta un niño las usa.

—Dicen que los niños y los borrachos siempre dicen la verdad.

—Tú no eres ninguno de esos.

—Gracias a Dios no. Estoy en contra del alcohol y las drogas. Y dejé de ser un niño hace muchísimo tiempo. Y siempre fue contigo.

—Recuerdas cosas que no deberías…

—Recuerdo solo lo mejor de nosotros juntos. Siempre.

—No deberías haber vuelto.

—Ni siquiera la muerte me impediría verte.

—No nombres a esa maldita perra que se lleva todo lo bueno de mi vida. Es mejor que guardes esas estupideces para ti mismo.

—No me hables como si fuera uno de tus empleados Bella.

—Isabella.

— Bésame. ¿Sabes hace cuánto maldito tiempo no te veo?

—El tiempo no pasa para nosotros.

Acerqué mi rostro al suyo y él sonrió poniéndose de rodillas ante mí, luego su mano encontró mi mejilla y la apretó. Sus ojos no dejaron los míos y mi corazón latió a miles de kilómetros por segundo. Hasta podría decir que mi corazón latió a la velocidad de la luz, si eso fuera posible; su perfume me inundó los sentidos y Edward sonrió aún sin besarme.

—¿Cómo es que eres tan hermosa? —deslicé mi nariz sobre la suya despacio y luego le sonreí sin poder evitarlo antes de tocar sus ojos, sus mejillas y sus labios con las yemas de mis dedos.

—¿Cómo puedes querer estar conmigo cuando he sido solo un problema para ti?

—Hay muchas cosas que haría por ti Bella y una de ellas es no dejarte. Jamás. Ni siquiera la muerte podrá separarme de ti. Yo seguiré volviendo a ti, siempre. Soy tuyo.

—Eres un estúpido romántico.

—Y tú una lunática celosa. Y amo que me reclames. Bésame. Por favor.

Besarlo fue como si estuviera comiendo un algodón de azúcar; nuestro beso fue lento, sencillo, mis labios reconocían los suyos y los suyos reconocían los míos. Edward suspiró antes de poner sus manos en mis muslos y atraerme a su regazo. Chillé sorprendida y puse mis manos en sus hombros para encontrar equilibrio, pero mis manos tomaron vida propia deslizándose en su cabello; las manos de Edward se deslizaron desde mi cadera hasta mis hombros lenta y deliciosamente.

Entonces me pregunté:

¿Seríamos así en diez o veinte años?

Había escuchado que el amor se acababa con el tiempo. Muchas veces este moría. Entonces rogué ser la primera. Si un día algo malo nos pasaba, si un día el mal llegaba y nos mordía el culo. Quería irme primero.

Obviamente eso no pasó.

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Rosalie se limpió los ojos. Isabella en cambio ella se tocó el cuello en busca de su collar y jugó con él entre sus dedos.

—No quiero hacerte llorar Rosalie. Ese no es el propósito de esto. Los recuerdos fugaces son los únicos que me dan el combustible suficiente para levantarme de mi cama.


La bazuca[1] (en inglés, bazooka) es un lanzacohetes antitanque portátil.


Aquí tenemos un nuevo capítulo y EDWARD VOLVIÓ DE ESTUDIAR! ¿Qué ocurrirá ahora? Sabemos que está en coma en la actualidad ¿pero cómo llegó a esa situación?

Y por otro lado HAN ENCONTRADO A FELIX. Isabella pondrá todo su ser en agarrarlo y cobrarse la venganza que lleva mucho tiempo gestando. Hay que esperar a los próximos capítulos para ver como continua la historia.

Para Tabys - No, Isabella nunca le dijo que era su nieta y qué le pasó a Rene. Se lo guardó para ella.

Muchísimas gracias a todas aquellas personas que siguen y leen la historia y mucho más para aquellas que dejáis un comentario diciéndonos lo que os parece cada capítulo.

Nos leemos en el siguiente capítulo.

Un saludo