Los personajes principales le pertenecen a Stephanie Meyer la historia es mía queda totalmente prohibida la reproducción total o parcial de la historia sin mi autorización.
Capítulo 53
El aspecto de las sombras
En el corazón tienes silencio, tienes palabras engullidas. Eres oscura. Para ti el alba es silencio.
La tierra y la muerte
Cesare Pavese
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Hay una parte de mi vida que quisiera olvidar. Daría mi fortuna por dejar todo atrás, por ser otra persona, por poder borrar todo menos los buenos recuerdos.
Cuando desperté estaba amarrada a una cama con cadenas. Era como había empezado mi tragedia. Cómo regresar en el tiempo y ver a aquella niña que había visto a su madre morir.
Vi a esa niña ¿Sabes? A esa que había atravesado un bosque a rastras y a punto de morir, esa que se había rendido a la vida oscura a la que estaba destinada. Esa niña que había aprendido a construir un arma, aquella que había aprendido a vender drogas.
Dicen que tú vida pasa por tus ojos cuando estás a punto de morir. No es verdad. Yo ví mi vida deslizarse de mis manos de una forma absurda, de esa forma en la que intentas sostener el agua entre tus dedos.
Quise creer que iba a terminar de esa forma, me imaginé en miles de escenarios en dónde mi vida se convertía en lo que debió haberse convertido en un principio en la muerte, estaba cansada y soy trágica.
¿Qué sentido tenía una vida en la que iba a pertenecer a un hombre al que odiaba con mi alma? Porque podía afirmar que Félix era el hombre al que más odiaba en el mundo. No sentía por él un gramo pequeño de nada más que odió
Los peores escenarios me hicieron luchar e intentar de una u otra forma liberarme.
Edward.
Recordé la derrota marcada en sus ojos, la tristeza allí, el dolor que sentí cuando le golpearon con la pistola. Las palabras que me había estado diciendo, su sonrisa bobalicona. Maldición, amaba de forma desesperada todo en él, todo. Y quería llegar a él de una u otra forma. Pero me detuvo el silbido maldito de Félix y el caminar de sus pesadas botas.
—Casi me rendí contigo —susurró mirándome desde los pies de la cama mientras encendía un cigarro —. Pero James te mencionó en su juicio y entonces supe que estabas haciendo todo lo que hiciste porque me amabas y querías mi atención
—No te equivoques…
—Shh, Shh, Shh —me silencio mientras se quitaba el cigarrillo —. No me interrumpas, niña.
Se fumó el cigarrillo y cuando lo terminó se limpió la boca y apagó lo que quedaba del cigarrillo en mi pie observando mientras me retorcía del dolor.
—El olor a miedo es perfecto —sonrió abiertamente viéndose complacido antes de tomar mi quijada en una de sus manos y acercar su rostro al mío —. Es obvio que no seré quien tenga la sangre de tu coño, pero eso no significa que no pueda haber sangre de otros lados.
Escupí en su rostro pues se había acercado a mí y él me golpeó la mejilla con su puño cerrado. Un millón de lunares blancos bailaron en mis ojos cuando el golpe me viró el rostro.
—Tsk, tsk, tsk, es que eres tonta pequeña Isabella —dijo de forma despectiva —. Eres nada —me susurró limpiando sangre de algún lado de mi rostro.
Recuerdo que supe que estaba drogado, también que sus hombres me levantaron y me colgaron de las vigas del techo de dónde él me tenía encerrada, y, cuando me tuvo allí, Félix sonrió abiertamente como si estuviera a punto de robar más de lo que ya me había robado.
Él se había llevado mi inocencia, había dejado de creer en las cosas buenas y ahora estaba asustada de él. Edward era el único que había podido cambiar eso.
—Hueles a miedo, Õjo —me susurró antes de quitarse el cinturón. Nadie me había golpeado nunca con uno, pero si cierro los ojos aún puedo escuchar el zumbido de los latigazos. Aún suenan en mis oídos y en mis pesadillas aún veo a Félix alzando la mano y agarrando impulso.
Cerré los ojos. Los cerré muy fuerte intentando pensar en Edward. Eso no disminuyó el dolor, pero pensé en él con cada golpe. Me quedé sin aire cuando sentí el primero.
"Resiste cariño" Lo escuché susurrar. Luego me pregunté ¿Cómo iba a encontrarme? Y rogué al cielo que no me buscará. Los hombres de Félix estaban armados, Edward era un pacifista, él no sabía usar un arma. Nadie iba a poder sacarme de allí jamás. El segundo golpe me dobló mis piernas.
En mi mente ví a Edward, lo ví extendiendo su mano, sentí su tacto, sus caricias. El tercer golpe me rasgó la ropa cerca de mi cadera. Estaba contando cada golpe con recuerdos.
Me perdí en su mirada. En la mirada llena de secretos de Edward. En sus mejillas sonrojadas quizás, en su sonrisa suave.
¿Por qué ver sus ojos era como ver a una estrella de cerca? ¿Por qué si respiraba era como respirarlo? ¿Por qué la vida era tan cruel conmigo? Perdí la cuenta de las veces que Félix me golpeó. Edward parecía ser lo más importante en ese momento. Quería, añoraba, que él fuera lo último que yo viera con mis ojos cerrados. Edward era mi último deseo.
Marcus detuvo a Félix en algún momento de su golpiza.
—Vas a matarla. Me dijiste que no ibas a hacerlo.
Félix sonrió guardándose el cinturón y yo sentí a sus hombres bajarme. Mis piernas no me sostuvieron, tenía golpes para contar por días y las cadenas pesaban más que mis fuerzas. Él me miró desde su altura, se veía tan grande y yo tan pequeña. No podía siquiera moverme.
—¿No has tenido suficiente? —recuerdo mi voz rota y su odio, la forma obsesiva en la que sus manos temblaron en irá —. Te mereces más que una pequeña golpiza por lo que me hiciste —dijo escupiendo mi rostro. Cerré los ojos de nuevo e hice lo único que nadie podía hacer por mí. Ingenuamente soñé. Aunque no fue por eso que perdí el conocimiento. Feliz me golpeó en la cabeza fuerte y me hizo desmayarme.
La niña estaba allí de nuevo y dos chicos corrían tras ella haciéndola reírse, ella me sonrió abiertamente y me saludó
—Ven mamá —me llamó moviendo su mano pequeña.
—Es hora de dibujar un avión.
Escuché la risa ronca de Edward en mi oído y sentí su aliento en mi oído, sentí su pecho vibrar en mi espalda y sus brazos rodearme.
—Ella te está esperando Isabella.
Sonreí mientras daba un paso al frente, pero la tierra se abrió y desperté. Dolía mucho, tanto que describir cada terminación de mi cuerpo era tan fácil. Marcus me estaba atando en la cama de nuevo.
—Déjame ir —le rogué y puedo jurar que sus ojos de alguna manera brillaron con lastima
—Deja de hablar Õjo —me pidió.
—Sienna está embarazada Marcus, vas a tener una niña y… me estás haciendo daño, déjame ir.
Marcus empezó a decir algo cuando de pronto Félix reapareció tras él y eso lo detuvo.
—Eres mía Õjo. Estás aquí para entenderlo. Te estoy dando lo que quieres —me habló abriendo sus brazos riéndose como demente —. Vas a amarme.
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El teléfono en las manos de Isabella sonó trayéndolas de vuelta. Isabella maldijo levantándose para contestar y Rosalie la siguió intentando encontrar una forma de sacar esos demonios de sus oídos. Ella podía ver a Isabella llorar, atada a esa cama indefensa y sola, asustada.
—Creo que sería bueno que siguiéramos después —susurró la señora cerrándole la puerta en la cara.
Lo único que la chica ojos azules escuchó fue "Sam, estaba esperando tu llamada"
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Isabella esperó a que Sam le diera buenas noticias, pero este se aclaró la garganta, nervioso, antes de hablar.
—Tengo lo que pediste. Pero hay un problema —el corazón de Isabella latió en sus oídos y espero a que Sam se explicará —. No creo que podamos hacer el viaje.
—¿Sam? —la pregunta de Isabella implicaba muchas cosas que seguramente iba a dejarlos a ambos en el limbo.
Sam también quería venganza ,pero el hecho de estar viendo a Félix Volkov frente a él, tan pobremente indefenso, cambió hasta cierto punto su punto de vista. El hombre se merecía todo menos piedad. Había hecho daño, tanto, que estaba seguro había gente en el infierno haciendo fila para verlo descender.
—Se está muriendo —se encontró diciendo antes de salir de la habitación en México del viejo motel abandonado en dónde estaban —. No le queda mucho tiempo por lo que puedo oler y ver. Lo siento. Es muy arriesgado moverlo. Tendrás que venir si quieres verlo. Si no, puedo encargarme de enterrarlo en dónde nadie lo encuentre.
Isabella maldijo antes de mirar su reloj mientras buscaba sus zapatos.
—Envíame tu dirección. Estaré allí en unas horas. Voy a pedir el Jet.
Sam colgó e hizo lo que la señora le pidió sentándose a ver al hombre que había matado a su esposa. Él aún podía escuchar sus gritos mientras él intentaba rescatarla del fuego. Había tomado un camino en dónde la conciencia no era nada y que seguro le tenía ganado el infierno, pero tenía fe de que no fuese un lugar tan malo. Al menos no para él quien había buscado hacer justicia. La vida no era sencilla.
Félix Volkov sonrió abiertamente antes de que un ataque violento de tos le impidiera decir lo que quería y, cuando se recuperó, sintió el sabor metálico de la sangre en su garganta.
—Así que Õjo vendrá a mí —susurró a la nada antes de sonreír orgulloso y prepotente.
Sam quiso patear su rostro con fuerza y tirar sus dientes pero el hombre escupió sangre en el piso y se limpió con una mano temblorosa llenándose el rostro con sangre. Fue lo único que lo detuvo, aunque no se sentía orgulloso de tenerle lástima.
Maldito fuera si moría antes de que Isabella lo viera sufriendo.
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Isabella miró a Sam al pie del avión. Había algo pasando por su mente pues sus ojos brillaron con turbulencias de sentimientos. México estaba cálido, mucho más cálido que San Francisco.
Ambos se dirigieron al auto que Sam estaba conduciendo en silencio y luego de un par de minutos por carretera Isabella se atrevió a preguntar
—¿Qué es lo que tiene ese maldito?
—Es una enfermedad degenerativa. No hay mucho que se pueda hacer, está recibiendo su cobro de parte del karma Isabella. Está muriendo. Si el doctor que lo revisó dijo la verdad son sus últimas horas.
—¿Debería haber traído conmigo a Jasper? —inquirió la señora mientras miraba a la oscuridad de la calle desolada
—Lo llamé, él está al tanto y me dijo lo mismo. No me has preguntado a dónde vamos.
Isabella se encogió de hombros intentando quitarle importancia a su miedo a la oscuridad antes de mirar una señal de curva cerrada
—Quil aceptó al fin trabajar en los hangares —dijo en cambio mirándolo fijamente.
—Leah me lo dijo. Ella estaba emocionada, dijo que vas a remodelar la casa —gruñó Sam taciturno.
—¿No te molesta?
Sam suspiró audiblemente y negó sin mirarla
—Emily soñaba con que un día le diéramos la casa a Quil. Después de todos los errores que cometí, creo que es lo menos que se merece. Puedo mandar a los chicos de la constructora si te parece bien.
—¿Cuándo irás y le pedirás perdón por lo que sea que pasó entre ustedes dos de todos modos? ¿Sabe que hablas con su esposa?
—Es mi hijo Isabella. No dudo de Leah, ella ya debe haberle dicho. La chica se la pasa mandándome textos o fotos de los niños. Él lo sabe. Y no es tan fácil pedir perdón por errores que no puedes remediar. El perdón no es más que palabras vacías para heridas que no sanan nunca. No hay redención en los errores. Cuando los cometes como yo, se necesita más que perdón. Estoy pagando las consecuencias de mis actos.
—Eres un viejo terco —señaló Isabella antes de continuar —. Hyõ habría pateado tu culo un par de veces antes de arrastrarte a la puerta de su casa. Avísame si necesito hacer eso. Quil te perdonaría si tan solo se lo pidieras. Es tu hijo, tú lo has dicho, y sé que él doblaría su corazón por ti. Si Hyõ viviera, me habría enojado con él por saber que Charlie Swan era mi padre y no decírmelo, le habría obligado a pagar manutención o algo así, así Hyõ no habría tenido que trabajar para sacarme adelante como lo hizo.
Sam bufó y rodó los ojos antes de señalar hacia el frente.
— Hyõ tenía dinero, niña y te amaba, no te quejes. Vamos a Naucalpan. A las afueras hay un motel abandonado. Tuve que pagar por información, Félix lleva escondido muriendo en esa ciudad meses.
La ciudad era pintoresca. A pesar de que entraron en ella de madrugada Isabella sintió como si un cable lleno de electricidad le hubiese dado un par de choques eléctricos.
Sam suspiró audiblemente llamando su atención un par de veces sin decir nada antes de que se detuvieran en las afueras de Naucalpan, casi a media hora de la ciudad. El motel era un edificio en ruinas y un hombre saludo a Sam en español.
—Ella es como se ve en las revistas —le dijo. Isabella sonrió sin poder evitarlo.
—Ella puede entenderte —le dijo ella haciendo que el hombre se sonrojara.
Isabella les pidió privacidad mirando el edificio abandonado mientras los recuerdos más dolorosos la arrastraron con fuerza a la oscuridad mostrando el aspecto terrorífico de sus fantasmas. Caminó hasta la puerta que Sam señaló sintiendo sus oídos zumbar con miles de voces que gritaban destrucción y muerte.
Cuando la abrió un olor fétido a cadáver le llenó las fosas nasales. Casi le fue imposible reconocer al gran Félix Volkov frente a ella. El hombre tenía el rostro desfigurado y moretones cubriendo su rostro. Cuando él la miró y sonrió abiertamente Isabella quiso patear su rostro con tanta fuerza hasta que estuviera muerto o pudiera borrar su sonrisa de los golpes.
—Creo que llegas tarde niña —la voz ronca desvencijada con la que el hombre en el piso le habló le pareció aterradoramente la voz que escuchaba en sus pesadillas cada vez que cerraba sus ojos —. El karma a cobrado su factura antes que tú Õjo
—El infierno ha abierto sus puertas para ti ¿No?
Una tos seca atacó a Félix quien maldijo entre dientes y su pecho sonó como un tren frenando en seco.
—Estoy seguro de que nos veremos allí algún día —respondió cuando recuperó el aliento. Isabella sonrió abiertamente y Félix Volkov palideció ante su sonrisa. Se veía pequeño, roto, muerto.
—Tu sonrisa siempre me aterró —le dijo en un susurró antes de escupir sangre en el piso —. Es como mirar a la muerte sonreír porque me está reclamando para llevarme al infierno —se limpió la boca y buscó entre su abrigo mugroso antes de sacar un puro y encenderlo.
—No voy a disculparme por nada de lo que hice, no lo esperes. Y no te ensucies las manos con la sangre de un desahuciado te dará mala suerte.
—El hecho de que creas que puedes darme consejos de vida me hace querer patear tu rostro —lo interrumpió bruscamente Isabella. Félix dio una calada a su puro antes de tener otro ataque fuerte de tos que lo hizo escupir sangre de nuevo
—Has visto…— Isabella lo escuchó maldecir antes de que lo intentará de nuevo —. Has visto a los ojos de todos tus enemigos mientras mueren, con gusto vería los tuyos mientras los míos se cierran niña.
Isabella se levantó de la silla en la que Sam anteriormente había estado sentado y lo miró desde arriba recordando las veces que él la había visto de esa forma. Allí de pie quiso encontrar el valor suficiente para sacar el arma en su pantalón y causarle dolor al hombre que le había quitado todo.
Él se había llevado su mundo, los colores de su vida, su esperanza. Había lanzado basura a su vida, una y otra y otra vez porque se sentía obsesionado con algo que ella nunca le habría dado de forma voluntaria.
Quería que le doliera tanto como le había dolido a ella, tanto como le dolía a la fecha. Quería quitarle más que el aire de sus pulmones y el movimiento de sus huesos, más que lo que la enfermedad degenerativa le había quitado. Quería que él perdiera su dignidad
Quería que rogara por su vida, que sus generaciones fueran malditas. Pero estaba muriendo, maldito fuera, se estaba muriendo de una forma tan dolorosa que nadie podría desear nada más.
Félix habló, pero Isabella no lo escuchó. Ella miró a las personas que murieron por culpa de cada uno de sus errores de pie observándola y a Félix.
Isabella vio a Hyõ chasqueando su lengua en señal de decepción y alivio. Vio a Emily, a Edward, y fue Edward quien más le dolió, pues él aún no era un fantasma.
Félix empezó a ahogarse con su respiración y cuando quiso tocarla ella dio un paso atrás alejándose de su toque. Isabella lo vio vomitar sangre. Y fue así como la vida del hombre que más daño le había hecho terminó.
Él se ahogó en su saliva, en su sufrimiento, en el dolor de sus huesos. Isabella lo vio volverse un fantasma, lo vio volverse a la muerte y vio las puertas del infierno abriéndose para él.
Félix Volkov estaba muerto. Y como a todos Isabella lo había visto morir. Él ahora era un fantasma.
Muy buenas. Aquí tenemos un nuevo capítulo.
Mucho a tardado en morir este demonio de Félix, pero ¿ha sido buena su muerte? ¿era la que se merecía? La verdad es que estas preguntas dan un poco igual, ya que el resultado es el mismo. Está muerto.
¿Qué sucederá ahora? ¿Qué es lo que Isabella va a hacer ahora que sus enemigos están todos muertos?
Vamos a tener que esperar al siguiente capítulo para saberlo y como Ann dice, estamos ya en la recta final.
Muchísimas gracias a todas las personas que siguen la historia y mucho más agradecidas estamos a las que nos dejan un comentario diciéndonos lo que les parece cada capítulos.
Nos leemos en la siguiente capítulo.
Jpv.
