Los personajes principales le pertenecen a Stephanie Meyer la historia es mía queda totalmente prohibida la reproducción total o parcial de la historia sin mi autorización.
Capítulo 55.
La balada del ángel del dolor.
"A la mayoría de las personas la miseria los arrastra a empujones por la vida, sin dejarlos recuperar el juicio" Arthur Schopenhauer.
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—Había un ángel tocando al fondo una balada, llena de dolor. Lo escuché ¿sabes?, esa tonada que se escucha cuando ves a tu vida derrumbarse y transformarse en pedazos de cosas que no puedes reconstruir, jamás lograría reconstruir algo así.
Las cosas pasaron demasiado rápido después de eso. Recuerdo que podía escuchar el grito de alguien a lo lejos sin siquiera reparar que era el mío chillando en mis oídos, desgarrándome con un dolor demasiado profundo como para explicarlo.
Isabella cerró los ojos y entonces los recuerdos llegaron. Se armó de mucho valor para pararse sobre esos recuerdos y lanzarlos en palabras que desgarraron su garganta
—Las ambulancias, las sirenas, Emmett intentando levantar lo poco que quedaba de mi misma mientras los paramédicos ayudaban a Edward y yo lloraba como loca al ver sangre saliendo de todos lados. Recuerdo ir al hospital en la misma ambulancia y ver a los paramédicos darle choques eléctricos por el primer paro cardio respiratorio y recuerdo ver su cuerpo retorciéndose de dolor, pero los paramédicos lucharon para traerlo de vuelta. Recuerdo el olor al hospital y lo doloroso que fue cuando lo bajaron de la camilla.
Ver la mirada resignada del doctor de emergencias mientras seguía la camilla leyendo la tabla que el paramédico le dio enunciando:
"Hombre caucásico veintiséis años herido de bala en la cabeza en un secuestro. Posible contusión cerebral. Herida en el hombro derecho de bala. Necesitamos movernos. Ha perdido mucha sangre. Y ya tuvo un paro cardiorrespiratorio. Es crítico."
El doctor le quitó el mando de la camilla y dio la orden.
—Necesito al neurocirujano y alguien vaya por sangre. Denle diez de epinefrina y preparen un quirófano. Ahora.
Me recordé seguir la camilla, empujarla como si eso lo fuese hacer llegar más rápido. Aún recuerdo las manos de la enfermera al detenerme en la entrada del quirófano. Y la forma en la que me alejaron.
—Lo siento señorita. Usted no puede entrar. Debería dejar que la vea un médico.
Recuerdo lo frías que se sintieron las puertas de la sala en donde lo encerraron y lo difícil que fue tener que despertar a Jasper Hale quien apareció una hora después. Había demasiada gente allí de pronto y lo vi atravesar esas puertas que yo no pude. La gente me miraba como si yo fuese un fantasma, quizás demasiado aterrados de acercarse a mí.
¿Sabes lo que dura una eternidad? Para mí ese día duró catorce horas y media. Casi habían pasado quince horas, cuando Jasper salió. Recordé con dolor la mirada que él me dirigió cuando me vio. Recuerdo como sus manos tenían sangre y lo mucho que estas temblaban. Él parecía cansado y mayor. Parecía que lo que iba a decirme iba a dejarme sin vida. Sin mi corazón.
—La bala cruzó por un sólo lado de su cabeza y no tocó áreas del cerebro cuya lesión hubiera sido mortal. Tenía una herida en su hombro derecho también. Siendo que hay una posibilidad de que el cerebro se inflame más de lo que ya está, causando un edema cerebral tuvimos que eliminar la presión dentro del cráneo para evitar que la inflamación afecte los centros nerviosos cerebrales que son vitales para la supervivencia. La inflamación puede destruir, por ejemplo, el tallo cerebral, que controla la respiración, el ritmo cardíaco y el estado de alerta. Para poder hacer la descompresión cerebral se retiró una porción del cráneo de Edward sobre la zona donde atravesó la bala. Una vez que se reduzca la inflamación, el hueso será vuelto a colocar en su lugar para cerrar la abertura del cráneo. La disminución de la inflamación cerebral puede durar varios días. Así que indujimos a tu marido en un coma farmacológico para ayudar a que el cerebro se relaje. No hubo una pérdida de masa encefálica por lo que podemos decir que eso fue un milagro. Solo queda esperar. Lo siento mucho Isabella. Hicimos lo que pudimos. Tuvimos que abrir y hacer una operación para liberar la presión en su cerebro. Su situación es crítica y las próximas horas son primordiales.
—No entiendo —me escuché decirle. Jasper lo intentó de nuevo.
—Isabella, si el cerebro de Edward se inflama más de lo que está en las próximas dos horas es probable de que nos enfrentemos a una pérdida permanente de actividad cerebral.
—¿Estás diciéndome entre todo eso que está muerto? O que puede morir. ¿Pérdida permanente de actividad cerebral? ¿Quieres decir muerte cerebral?
¿Puede el mundo derrumbarse con palabras tan sencillas o difíciles? ¿Cómo siquiera yo era capaz de decirlas? ¿Habían abierto la cabeza de Edward y lo habían dejado así? Jasper pareció aterradoramente tranquilo en el momento en el que me guío a la oficina más cercana y me ayudó a sentarme mientras se tomaba el tiempo de explicarme el procedimiento que habían realizado. Edward no estaba muerto, pero si no sobrevivía a las próximas horas con su cerebro inflamado entonces no iban a revivirlo.
Jasper me trató como a una niña pequeña y explicó por horas lo que hicieron, como los mejores doctores estaban ayudando a su amigo, cómo habían usado soporte vital para mantenerlo con vida. Él por primera vez en años me estaba tratando con respeto y lo odiaba con todo mi ser.
—Debes prepararte. Puede que esta noche sea la última noche que Edward esté aquí. Su estado es demasiado crítico. No hay muchas esperanzas, pero debemos tener fe.
—¿Fe?¿Crees que yo tengo tiempo de tener fe? ¿Crees que puedo creer en Dios después de esto? ¿Me has visto Jasper?
¿Qué era lo que eso significaba? ¿Fe? La Biblia dice que es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve, pero ¿Yo? Yo no podía simplemente esperar. Él estaba allí por mi culpa. El solo había querido darnos libertad. Y yo nos había traído desgracias una tras otra. Se lo había advertido, le había reclamado por ser tan terco, pero él no me había oído de ninguna manera, él me había ignorado.
Elizabeth apareció horas después. Parecía que había corrido un maratón, su cabello rubio iba despeinado, sus ojos, estaban llorosos. Se detuvo al verme sentada en el suelo mirando a la nada. Ella solo se detuvo y me miró con odio.
—Tú —me gritó llorando.
Aún recuerdo su mirada llena de tanto dolor, su rostro lleno de sarcasmo y molestia en ese momento solo transmitía angustia y un dolor que podía por muy poco compararse con el mío.
—Tú le trajiste la muerte a mi hijo —me gritó, me insultó. Pero yo no escuchaba. No podía hacerlo. Ni siquiera cuando me levanté y Elizabeth me lanzó una bofetada. Nada de eso me hizo siquiera sentir. Carlisle trató de detenerla; lo intentó tirando de ella. Jasper, él milagrosamente me defendió esa noche metiéndose en el medio.
—Estamos en un hospital Elizabeth. En público. No puedes tratar al mundo así sin consecuencias. Así que basta o pediré que te saquen hasta que entres en razón.
Y luego me obligó a entrar a ver lo único por lo que yo me había permitido vivir. Lo único por lo que yo me había permitido sentir. Lo único importante y valioso que yo tenía en mi maldita vida vida. Hyõ se había ido. Todos me habían dejado, habían muerto por mi culpa, y yo ya no tenía nada ni a nadie más que a Edward.
Sonreí suavemente mientras el sarcasmo y la muerte me miraban una a cada lado de Edward, quien estaba conectado a miles de aparatos y luego. Y luego vi su mano. El anillo estaba allí. El anillo de nuestra boda. De esa que habíamos tenido en secreto. Esas eran las únicas cosas que aún conservamos sólo para nosotros.
Había una habitación de vidrio separándonos, ya que no podíamos dejar que un germen llegará a su cerebro de ninguna forma. Y Jasper creyó que si yo lo veía podría ayudarle. Él me pidió hablarle. Me dijo que iba a escucharme a pesar de que yo sabía que eso era imposible.
—Tu madre me llamó perra, también me dijo mocosa. Creo que aprendió mucho de mí. Seguro estarás orgulloso de ella. De su forma vulgar de ofenderme —susurré hacia la nada mientras el sonido de su corazón se reproducía en la habitación. Y mi alma se hacía miles de pedazos.
—Levántate de esa cama Edward. O subiré al cielo y le robaré a Dios tu maldita alma mentirosa. No puedes morir. Me prometiste una vida. Me prometiste…
Felicidad.
Mis ojos se llenaron de lágrimas. Y se nublaron. Mi voz sonó tan rota y tan vacía. Mi quijada me tembló y mis piernas desfallecieron.
Tenía veintidós. Él tenía veintiséis. Éramos jóvenes, él debía ser fuerte por mi, yo quería que él fuera fuerte por mi.
Yo ya había visto a la muerte tan de cerca que esa noche, al verlo allí postrado en esa cama sin poder escucharme vi mi vida. Sin poder sonreír, sin poder burlarse de mí por estar pensando estupideces. Lloré. Lloré con el alma rota. Y me senté allí a hacerlo hasta que se me agotaron las lágrimas. El sol salió y se burló de mí, las horas críticas se volvieron en esperanza que hoy por supuesto me sacan el dedo y me mandan al infierno.
Susurro Isabella y luego se levantó del piano diciendo
—Es obvio que Edward no murió esa noche. Pero no ha despertado en ocho años. Me senté por horas esperando que el cielo que alguien me escuchara. Que él no estuviera muerto, que todo lo que estaba pasando no fuera lo más triste y doloroso para ambos.
Cuando el dolor pudo más que todo salí de la habitación y me senté en su puerta, fue más fácil así, más llevadero. Menos terrorífico porque aunque estaba lejos estaba cerca, y eso me daba menos miedo que entrar en esa habitación y ver de cerca todo lo que la vida me estaba arrebatando a zarpazos.
Si él moría yo iba a hacerlo con él. Tan cliché como las palabras hoy resuenan en mi cabeza. Recé y pedí al cielo perdón. Edward estaba muriendo por mi culpa. Por mi maldita mala cabeza. Por mi estupidez. Por creer que tendríamos un final feliz.
—Estar allí no te hará bien.
—No pude decirle —susurré. Jasper me ignoró y me obligó a levantarme. No había dejado que nadie me tocará y estaba llena de sangre, de su sangre —. Jasper, él no lo sabe. No sabe que lo amo con toda mi alma. Dios, soy tan estúpida. Debí decirle
Las palabras escaparon de mi a borbotones y él solo me escuchó. Ayudándome a sentarme, no sé en qué momento Alice entró en la habitación. Ni siquiera noté en cuanto Jasper me llevó a una habitación para ayudarme a limpiarme. Yo parecía un film barato de bajo presupuesto de Carrie* saliendo de su graduación sangrienta. Con menos sangre por supuesto.
—Sé que me odias pero yo amo a Edward con todo mi corazón y él no lo sabe. Yo, yo nunca se lo dije. Soy una cobarde. Soy una imbécil.
—Yo no te odio, no eras la mejor opción para Edward pero él tenía razón en una cosa, al final era su elección. Estás lastimada Isabella. Debes cuidarte por Edward. Debes ser fuerte por el. Solo han pasado horas. Él sabe que lo amas con toda su alma. Él te ama de la misma forma. Quítate la camiseta.
Hice lo que me pidió. Alice me ayudó con el jeans que llevaba, y lo metió en una bolsa de papel antes de jadear. Bajé mi mirada a mi cuerpo y entonces vi lo que Félix me había hecho; tenía el cinturón marcado en todo el cuerpo, tenía moretones en las costillas. Los toqué y por primera vez en, quizás veinticuatro horas, estos dolieron.
Miré a Jasper y a Alice quien tenía una cámara profesional en sus manos. Alice me miró con sus ojos llenos de lágrimas y me susurró:
—Las fotos son para la policía.
Asentí dándole en silencio mi consentimiento de tomarlas y ella las tomó mientras yo miraba a la pared perdida en mis pensamientos
—Estabas hablando con Elizabeth —me llamó la atención Jasper intentando distraerme quizás.
—Elizabeth me odia —le dije y eso lo hizo rodar sus ojos y sonreír. Él nunca me había sonreído ¿Sabes? Pero ese día lo hizo.
—Bueno yo no esperaría que ella te amara cuando le gritaste que cerrará su puta boca porque las decisiones las ibas a tomar tú de ahora en adelante. Por supuesto es lógico que quieras tomar las decisiones cuando eres la esposa de Edward.
—Ella quería desconectarlo. Dijo que su hijo estaba muerto. Él no está muerto ¿Verdad? ¿No me mentirías? —reaccione de una forma horrible y él negó intentando calmarme.
—No está muerto Isabella, es fuerte, es Edward. Pasarán unas cuantas semanas antes de que podamos hacer algo más. Y tú quieres llevártelo a casa como si eso fuese sencillo. Lo escuché, te escuché diciéndole a Elizabeth que ibas a llevártelo si ella sigue intentando desconectarlo. Será caro. ¿Tienes el dinero para eso?
—Lo tendré. Mañana. Haré todo lo que sea para traerlo de vuelta. Él está allí por mi Jasper ¿Lo entiendes? Esto no debió pasar jamás. Te daré el equipo que necesitas todo lo que haga falta, no pienses en el precio pero quiero a Edward despierto y bien.
Me levanté y recuerdo tambalearme. Recuerdo los ojos asustados de Jasper y la forma en la que me tomó del brazo antes de desmayarme. Tuvieron que internarme en el hospital por unos días. Estaba herida, en estado de shock y las heridas sirvieron para el reporte policial que se levantó. Pasaron dos semanas antes de que pudiera irme. Vendí dos de los diez planos de Hyõ y conseguir dinero se volvió mi propósito para ayudar a Edward. Invertí en todo lo que pudimos encontrar para ayudarle, equipos médicos de última generación, pagué por la educación de Jasper quien a ojos cerrados empezó experimentos médicos en pacientes en coma.
Descubrimos cosas que ayudaron a Edward a sanar y mantenerse sano, el respira por sí solo, pero está en coma, aún así Elizabeth insistió en desconectarlo. Carlisle Cullen trajo a Esme, no los deje acercarse. Pasaron diez meses de peleas en las que Elizabeth terminaba gritándome que era mi culpa, que yo era desgracia.
Intentó prohibir mi entrada al hospital. Pero me hizo sonreír el poder decirle que yo era su esposa. Y la dueña mayoritaria de todas las acciones de ese hospital.
Me odio más por ello, al menos eso creí hasta que un día uno de mis clientes dijo que Elizabeth había hecho una recomendación acerca de mis aviones y me compraron una flota. Les di lo que querían con mis condiciones. Cuando tuve el dinero suficiente compré lo que necesitábamos para mover a Edward. Construí y diseñé un helicóptero capaz de transportar a pacientes en estado crítico de hospital a hospital sin dañar sus estados.
Lo done a la ciudad después de que transportamos a Edward. Antes de encerrarlo en la mansión dejé que sus padres vieran como lo desconectaban.
Escuché a todos llorar por Edward, los deje hacerlo. Nadie lo declaró muerto creo que en el medio del dolor nadie noto que Edward aún tenía soportes para sobrevivir.
Lo encerré en mi mansión y trabajé para traerlo de vuelta. Nada funcionó. Sus padres enterraron un ataúd que yo llené con ladrillos suficientes para simular su peso y sellé. Los dejé creer que su hijo había muerto, porque ellos querían alejarlo de mí. Fui egoísta, la peor egoísta del mundo, pero yo aún tenía fe en ese entonces. Aún creía que podía arrastrar a Edward para atarlo de nuevo y de alguna forma a mí.
—¿Has vuelto a entrar? ¿En su habitación?
—No. El día que entre a esa habitación será porque él ha vivido demasiado atado a esos malditos aparatos. Y yo estoy dispuesta a seguirlo. Aunque él y yo siempre hemos sido diferentes. No me extrañaría y esta vez Dios se burlará de nosotros y a mi me mandara al infierno. Es hora de dormir. Ve. Yo no puedo seguir con esto.
Rosalie la vio servirse un trago y la vio beberlo sin contemplaciones. Sin arrugar el rostro.
—El alcohol…
—Es la mejor anestesia que existe después de las drogas y los antidepresivos. Ve a dormir Rosalie.
Rosalie se levantó y le tomó el brazo intentando moverla.
—Creo que la que necesita dormir la borrachera eres tú Isabella —le gruñó y susurró —. Quizás una dieta te haría bien también.
Isabella bufó y cuando ambas se giraron a la salida vieron a Jasper y Emmett de pie observándola en la puerta.
—Así que llamaste a la caballería —le gruñó Isabella soltándose de Rosalie quien negó.
—Grace lo hizo, vamos.
Isabella dió un paso al frente antes de que sus piernas fallaran por el alcohol. Cerró los ojos esperando el golpe antes de sentir el aliento de Emmett en su mejilla.
—Ah, tú siempre estás cayendo en mis brazos Õjo.
—Son grandes brazos —murmuró Isabella abrazándose a su pecho. Emmett la alzó atrayéndola más cerca y ella escondió su rostro en su hombro —. Soy miserable Emmett. Rosalie tiene fe por todos nosotros.
Emmett suspiró y cuando pareció que no iba a responderle, susurró persuasivo.
—No desconectes a Edward. Tenemos fe Isabella en que él volverá a ti, él lo prometió. El prometió hacerte feliz siempre.
—Su fe no es más fuerte que la mía, y está muerta. Estoy cumpliendo mis votos, cuando te cases sabrás que ellos son importantes.
Emmett se detuvo e Isabella sintió un pinchazo en su brazo luego todo se quedó en silencio y dejó de girar.
Carrie es una película de 2013 escrita por Lawrence D. Cohen y Roberto Aguirre-Sacasa. Es la cuarta entrega de Carrie (saga) y la tercera adaptación de la novela homónima de Stephen King.
Aquí tenemos un nuevo capítulo y vemos que ocurrió tras el accidente de Edward, pero sé que este capítulo es un poco de flojo, pero importante. Siempre hay capítulos que son necesarios aunque nos gustaría que todos ellos fueran determinantes.
Muchísimas gracias a todas las personas que nos siguen y leen la historia. Y más agradecidas a aquellas personas que nos dejan un comentario, ya que los leemos con mucho entusiasmo.
Nos leemos en el siguiente capítulo.
Un saludo
