El mundo parecía más brillante, los colores más llamativos, el aire más puro, el agua más fresca, el sol la bañaba en un calor agradable que la llenaba de energía para seguir corriendo alrededor de la isla. Dos días habían pasado luego de la accidentada meditación que los había dejado a ella y a Gyatso fuera de combate, desde entonces se había tenido que convencer a obedecer las indicaciones de los monjes, quienes, preocupados por los repentinos episodios de dolor de cabeza y confusión que presentaba, le habían recomendado descansar; pero ya había tenido suficiente, se sentía bien; los episodios eran pasajeros, no solían durarle más de un par de minutos y no le dejaban ninguna otra molestia luego de desaparecer.
Eclipse se detuvo frente al puerto a ver a los pescadores sacando el botín de sus barcos; sonrió, incluso el fuerte aroma del pescado parecía más agradable ahora que se sentía acompañada por el espíritu del Avatar. Era algo difícil de explicar, Raava formaba parte de ella, no podían separarse, pero ahora que había aprendido a sentirla tenía la impresión de estar siempre acompañada y respaldada por su energía, algo que al parecer hacía falta para que el maestro de los cuatro elementos se sintiera completo.
- ¡Buenos días! - Se escabulló por detrás de Ikem para atraparlo con el brazo alrededor del cuello y revolverle el cabello.
- ¿Que espíritus haces aquí? - Renegó empujándola hacia un lado. - Los monjes dijeron que debías descansar durante una semana. - Le recordó arqueando una ceja.
- Nadie tiene que descansar por dolores de cabeza. - Remarcó. - Además no son tan malos, se van pronto. Se encogió de hombros e inspeccionó el barco del chico con la mirada. - ¿Atrapaste algo bueno? - Sonrió levantando una de las redes que pronto le fue arrebatada por su dueño.
- ¡No puedes tomarte las cosas a la ligera! - Arrugó las cejas. - Ellos son los expertos en cosas espirituales ¿no? deberías escucharlos. - Bufó.
- ¿Vuelves a ser mi doctor eh? - Sonrió de lado.
- No empieces. - Bufó lanzándole la red. - Enreda eso. - Ordenó con una pequeña sonrisa que la morena no pasó por alto.
- Lo que el doctor ordene. - Aguantó la risa hasta que el chico elevó una de sus manos y, con ella, el agua que empapaba la red para salpicarle la cara.
- Bueno, ya. - Decidió ceder y atender las preocupaciones de su amigo. - Estoy bien. Gyatso dice que son secuelas mínimas por el choque espiritual que tuve durante la meditación.
- ¿Has logrado recordar más cosas? - Preguntó con cautela mientras llenaba un saco con pescados y mariscos.
- Algo así. - Permaneció pensativa en busca de las mejores palabras para describir lo que le ocurría. - Es como si los recuerdos estuvieran ahí, pero no los puedo invocar a voluntad. - Pausó. - A veces me vienen imágenes a la cabeza; rostros, situaciones, nada demasiado congruente aún. - Asintió y continuó doblando la red.
- ¿Sientes que odias al Loto Rojo? - Balbuceó evitando hacer contacto visual.
- Me inquieto cuando escucho el nombre de la organización. - Exhaló. - Creo que detesto en lo que se convirtieron y lo que hicieron, pero no puedo odiar a sus integrantes como si todos fueran una sola persona. - Sonrió. - Además, el Avatar oscuro fue su fundador ¿cierto? sé que ha pasado demasiado tiempo, pero sigue siendo una de mis vidas pasadas. - Resolvió con sencillez. - No importa cuanto llegue a recordar, para mi seguirás siendo la misma persona. - Repitió algo que estaba despuesta a seguir pronunciando con tal de que Ikem entendiera que su postura no iba a cambiar sin importar el nombre con el que quisiera identificarla; Korra, Eclipse, Guerrera del Sur, Avatar, todas eran la misma persona.
- Bien. - Suspiró. - Oye ¿Choi no se ha acercado a ti para preguntar sobre una obra de teatro? - La observó con detenimiento y ella comenzó a negar con la cabeza.
- Pensé que había desistido. - Exhaló.
- ¿Con las festividades tan cerca? No ¡Choi está listo para debutar como un director innovador! - Hizo un ademán exagerado para imitar al viejo y ambos se echaron a reír.
- Se te da bien. - Bromeó y se quejó al recibir un codazo en un costado.
- No voy a subir, y si llego a subir será porque a ti ya te habrá tocado el papel de alguno de los payasos. - Declaró golpeándole el pecho con el dedo índice.
- No me subiría ni a desempeñar el papel de un árbol. - Rodó los ojos. - Asami dice que solo debemos enseñarles a pelear para que Choi se quede satisfecho con el desempeño de sus actores. - Recordó el último hilo de esperanza que la hacía mantenerse optimista al respecto.
- La gente de aquí no cuenta con la agresividad para eso. - Se mofó con una risilla socarrona mientras terminaba de echar el último pescado al saco.
- ¿Me regalas un par? - Pidió con ojos grandes.
- Te doy cuatro si ustedes preparan los dos adicionales para Shoji y para mí. - Condicionó.
- Hecho. - Sonrió de lado extendiendo la mano para cerrar el trato. - ¡Nos vemos más tarde! - Se despidió andando con los pescados envueltos en un trozo de tela.
En la isla la mayoría de la comida era fresca, pero había algo especial en poder comer algo que tu propia familia hubiera cultivado o pescado; así lo veía, los forasteros eran ahora una familia de cuatro integrantes; podrían haber sido cinco, pero las cosas con el viejo maestro fuego siempre se complicaban y no valía la pena desgastarse intentando hacerlo cambiar.
Llena de energía volvió a casa con aire victorioso. - ¡Conseguí comida! - Celebró dejando los pescados en la mesa sobre la cual Asami hacía anotaciones en su libreta.
- Pareciera que Ikem consiguió comida y tú solo lo asaltaste en el puerto. - Comentó arqueando una ceja.
- Ya sabes la condición, lo preparamos y saldamos la deuda. Tomó asiento frente a la mesa para pensar cómo quería preparar la comida.
- ¿Cómo te sentiste corriendo? - La pregunta vino a delatar la preocupación que la ojiverde ocultaba debajo de su aparente serenidad.
- Bien. - Volteó a verla y sonrió. Lucía perfecta con su ondulado cabello negro acomodado hacia uno de sus hombros y sus tenaces ojos verdes enfocados en la tarea que tenía entre manos; Sai descansaba sobre sus piernas mientras ella se dedicaba a llenar las amarillentas hojas de su libreta. - Solías sentarte detrás de un escritorio a hacer apuntes luego de terminar tus labores del día... - Comentó al aire. - Te rodeabas de torres de papeles con notas imposibles de descifrar. - Comenzó a reír suavemente.
- Era parte de mi trabajo. - Se defendió sonriendo de lado y acomodándose un hilo de cabello detrás de la oreja.
- No, había muchas cosas que hacías por gusto. Como leer libros gruesos o estudiar planos de artefactos extraños. - Mantuvo los ojos cerrados con la intención de avivar aquellos recuerdos fugaces.
- Y al parecer tú no tenías otra cosa que hacer más que vigilarme ¿eh? - La acusó bajando la libreta y colocando el carboncillo en el medio como separador.
- Me gustaba observarte. - Confesó volviendo a abrir los ojos para admirarla.
- Pero no te gusté lo suficiente. - Comenzó a acariciar el pelaje del zorro. - ¿Recuerdas que no fui tu primera elección en el asentamiento?
- ¡¿Ah no?! - Se detuvo a pensar. - Es imposible. - Decretó con seguridad logrando robar una pequeña sonrisa de aquellos labios color carmín.
- Tuviste un novio en el asentamiento, Mako. Es guapo, popular con las mujeres, supongo que a pesar de ser el Avatar no fuiste inmune a sus encantos. - Se encogió de hombros y se entretuvo delineando la orilla de la oreja de Sai con la punta del dedo.
- Espera. - Exhaló y se enderezó en su lugar con tal de pensar con más claridad. - No recuerdo a ningún Mako... - pausó. - Pero recuerdo que fuiste mi primer beso ¿cierto? - Volteó a verla y Asami se vio incapaz de contener una risa traviesa.
- Cierto. - Asintió. - Aunque se suponía era una práctica para que te sintieras cómoda con la idea de besar a Mako. - Dijo con tono divertido.
- Espera. - Negó con la cabeza. - Tú... ¿me engañaste? - Preguntó sorprendida ante el evidente truco que la ojiverde había usado para robarle su primer beso.
- No, te dije exactamente lo que planeaba hacer y tu accediste. - La corrigió. - No hubo engaño. - Concluyó.
- ¿Entonces yo no fui tu primer beso? - Preguntó algo decepcionada.
- No, ese tal vez fue Mako. - Admitió asintiendo.
- ¿Salimos con el mismo sujeto? - Se quedó perpleja y Asami comenzó a reír abiertamente.
- En mi defensa yo salí con él mucho antes de que tú llegaras. Tú fuiste la que decidió salir con él a pesar de eso. - Quiso definir bien cómo se habían dado las cosas.
- Los monjes dirían que nada de esto atrae buen Karma. - Balbuceo y la ojiverde se dio el lujo de reírse más de la situación.
- En todo caso es culpa tuya, pudiste haber decidido salir conmigo, pero no, en vez de eso te fuiste por "don sospechas" con cara de insatisfecho. - Reclamó.
- Oye, no cuento con los recuerdos para defenderme. - Renegó. Debí tener un buen motivo para hacer lo que hice. - Se cruzó de brazos.
- Si, allá afuera las relaciones entre parejas del mismo sexo no son tan bien vistas como aquí. - Resolvió sin esfuerzo.
- Oh - Guardó silencio mientras sorteaba las ideas que se formaban en su mente. Era absurdo. - ¿Qué más da si se sale con un hombre o una mujer? - Intentaba comprender.
- Los números. La gente que lucha por sobrevivir necesita reponer la cantidad de pérdidas que sufren por causas naturales o ataques rebeldes. Por eso las parejas del mismo sexo son percibidas como un desperdicio, o como un acto egoísta. - Suspiró. - Pero yo estaba demasiado ocupada siendo líder como para sentarme a formar una familia, y tú... bueno, eres el Avatar, no sé cuanta libertad tengas en cuanto a eso, pero sospecho que no demasiada. - Se detuvo a pensar antes de sonreír. - O al menos eso me dije para justificar lo que sentía. - Liberó una risilla que no hacía si no resaltar el brillo de sus ojos.
- ¿Qué otras cosas recuerdas? - Recargó el codo sobre la mesa y la mejilla sobre la palma de su mano viéndola con ojos curiosos.
- No mucho. - Suspiró resignada. Sabía que era cuestión de tiempo, que solo hacía falta ser paciente; ya había visto los frutos de sus esfuerzos, pero le resultaba difícil no dejarse llevar por la emoción de recordar imágenes de la vida que tuvo antes de la isla. - En su mayoría te recuerdo a ti. Creo que verte e interactuar contigo me ayuda a recordar. - Sonrió contenta. La verdad era que eso le bastaba, luego de probar aquellos amargos recuerdos comenzó a ver la vida de forma distinta; su pérdida de memoria comenzaba a parecerse más a una victoria que a una desventaja, había desafiado a la muerte y ganado, por decirlo de alguna forma, y ahora se sentía invencible.
- Bueno, al menos ya superaste la prueba más difícil y lograste conectar con tus vidas pasadas. Lo demás no debería ser tan difícil. - La ojiverde retomó sus anotaciones, llenó un par de líneas más y movió a Sai para ponerse de pie. - Iré con Gyatso a ver como sigue, a una junta y a explicarles la siguiente parte del entrenamiento espiritual ¿quieres venir? - Ofreció con voz alegre.
- Para volver a eso me hace falta un mes de descanso. - Se dejó caer hacia atrás con los brazos extendidos y los ojos cerrados. No era que tuviera miedo, ya había vivido el peor momento de su vida por segunda vez, pero prefería explorar las consecuencias de su última meditación antes de volver a aventurarse a una nueva.
- Entonces nos vemos a la hora de la comida. - Sintió un suave beso sobre la frente y escuchó los pasos alejarse. El silencio luego de su partida le recordó que Asami se había negado a entrenarla físicamente durante una semana, Ikem se mostraba igual de renuente, y Shoji seguro se encontraba condicionado por todos para que no se atreviera a iniciar el entrenamiento de tierra control si llegaba a pedírselo. Suspiró. Un par de meses atrás habría dado lo que fuera por dos días de descanso seguidos, y ahora no sabía qué hacer con la idea de una semana entera sin entrenamientos.
Debía enfocarse, volvió a enderezarse y observó a los pescados sobre la mesa con los ojos opacos y las bocas abiertas. Cocinar no era su fuerte. Según Asami, nunca lo había sido, pero ahora tenía tiempo de sobra para cocinar algo de buena calidad; esa sería su actividad del día, resolvió poniéndose de pie, envolviendo los pescados nuevamente y encaminándose hacia la casa de Sinem y Kiryk.
A lo largo del camino se vio sonriendo y saludando a la gente del pueblo, se sentía distinta, más despierta, como si hubieran retirado un velo invisible que le había opacado la vista hasta el momento; entonces recordó, por un instante, los rostros de la gente que llenaban las calles del asentamiento en las ruinas de Ciudad República, recordó algunas calles y sus negocios, recordó los platillos que servían, la casa de los Sato, las paredes que rodeaban el poblado, los campos de cultivo; suspiró deteniéndose un momento.
- ¡Eclipse querida! - Saludó Hama a la distancia.
- Hola. - Respondió a penas con la frente perlada en sudor.
- ¿Que llevas ahí? ¿Pescados? - Preguntó alegre. - ¿Cómo los vas a preparar? - Sonrió.
- Iba a buscar a Kiryk para preguntar por una de sus recetas. - Explicó alegrándose de que las escenas fugaces de su pasado hubieran cesado.
"No creo que la guerra sea lo único que vayas a recordar. Es probable que comiences a recuperar tus recuerdos gradualmente."
Las palabras de Gyatso le volvieron a la mente, aunque, él mismo había admitido no ser un experto en el tema, también era la persona con más edad y conocimiento en cuestiones espirituales. Hasta el momento todo parecía indicar que sus especulaciones no estaban erradas.
- ¿Y tú que llevas en la canasta? - Intentó volver a enfocarse en el momento.
- Verduras frescas. - Respondió en un murmuro, como si la canasta contuviera productos ilegales. - Shoji ha mejorado mucho con sus verduras ¿recuerdas las del año pasado? ¡es lo más triste que he visto en mis ochenta años de vida! - Declaró con especial indignación, volviendo imposible el contener la risa. - Pero las de este año son una obscenidad. - Dijo con una risilla sacando una de las zanahorias de la canasta. - ¡Mira el tamaño de este vegetal! y Shoji no quiso aumentar el valor de su cosecha, lo intercambió por el precio de siempre... pero me preocupaba que fuera a ser demasiado para la comida de hoy ¡así que elegiste el día perfecto para cocinar con nuestra familia! - Celebró casi arrastrándola por el codo hasta llegar a la casa. - Aunque creo que tú puedes obtener las verduras de Shoji sin darle nada a cambio. - Meditó antes de entrar. - ¡Que suerte tienen los forasteros! Con el mejor agricultor y mejor pescador. - Suspiró avanzando hasta dejar la canasta sobre la mesa.
- Maestro tierra y maestro agua, solo aprovechan su elemento. - Se encogió de hombros sin dejar de sonreír. La gente del pueblo no los hacía menos por ser forasteros, por el contrario, los volvían una especie de celebridad y los atendían con estima, pero afuera no era así; ella había sido forastera en el asentamiento de Asami y había sido asignada a un guardia que la vigilaba día y noche... Mako. Recordó el rostro frío y mal carácter con el que la recibió en la habitación de la clínica, con sus ojos color ámbar manteniendo una amenaza silenciosa en su contra.
- Pero no es una mala persona... - Murmuró involuntariamente mientras intentaba exprimir aquellos destellos en busca de más recuerdos que le ayudaran a descifrar a la persona que acababa de recordar.
- ¿Eclipse? - La voz de Hama volvió a arrancarla del trance.
- Perdón, me distraje. - Sacudió la cabeza notando el ligero dolor de cabeza que iba y venía con cada episodio.
- Hace dos días escuché a los monjes decir que te habías sentido mal después de una meditación. Me preocupé un poco, pero luego te vi comiendo con Asami y los chicos así que pensé que todo estaba mejor. ¿Cómo te sientes? - Indagó con cautela.
- Mejor. - Le aseguró acercándose para ayudarle a sacar los vegetales de la canasta. - Estoy recuperando mi memoria, poco a poco... los recuerdos me invaden sin avisar y me quedo divagando un momento antes de volver a la normalidad. - Las palabras fluyeron con naturaleza, no tenía nada que ocultarle a la gente de un pueblo que la había recibido con los brazos abiertos, mucho menos a la familia de Kiryk y Sinem, a quienes les guardaba especial afecto.
- ¡Eso es fantástico! ¡Te dije que podías hacerlo! - Celebró la anciana. - Aunque si es así... será mejor que yo me encargue del manejo de los cuchillos por el momento. - Añadió logrando robarle otra carcajada.
- Kiryk y los niños no tardan en llegar, espera aquí. - Hama desapareció hacia una de las habitaciones y volvió con un frasco de cristal lleno de duraznos en almíbar, una delicadeza de la que no siempre se podía disfrutar. - Son las últimas dos mitades que me quedan. - Se acercó destapando el frasco y colocándolo sobre la mesa. - Sabía que debía guardarlo para una ocasión especial. - Volvió de la cocina entregándole un palillo para que pudiera pescar la fruta del frasco. - ¡Por tu recuperación! - Elevó el trozo de fruta atravesado por el palillo.
- ¿Segura? - Preguntó conmovida.
- Si, pero si no te apresuras los niños llorarán cuando vean que no hay suficiente para todos. - Presionó. Korra se limpió la orilla de los ojos y brindó con Hema disfrutando del dulce que había decidido compartir con ella.
El resto de la tarde la pasó disfrutando de la compañía y charla de Hama y Kiryk, frente al calor de la estufa aprendiendo de las mejores cocineras de la isla y respondió todas las preguntas curiosas que los niños se atrevían a hacer sobre la prótesis de su pierna.
Habiendo terminado de cocinar se alegró de no tener más episodios de aturdimiento, pues por inofensivos que pudieran ser, detestaba la idea de despertar preocupación en la gente que la rodeaba. Eran las cuatro de la tarde cuándo Asami asomó la cabeza por la puerta y los dos niños menores salieron a recibirla.
-Señorita Sato, el maestro Choi dice que usted va a interpretar el papel de la princesa en su siguiente obra ¿es verdad? - Preguntó Ikahan, el niño más pequeño de la familia.
- No he aceptado... - Respondió dudosa con los ojos abiertos de par en par.
- Si, y dice que Eclipse va a ser un espíritu oscuro, e Ikem un mono araña. - Añadió lleno de ilusión y Korra se echó a reír.
- Creo que debemos hablar con Choi cuanto antes sobre la obra. - Concluyó la ojiverde sin romper la fantasía del pequeño.
- ¡Está loco! - Renegó Ikem detrás de ella y enseguida se escucharon las risas de Shoji y Sinem.
- ¡Shoji va a ser el príncipe! - Celebró Ayurak, la hermana mayor de Ikahan quién no tenía más de siete años.
- ¡Nada que el príncipe y su secuaz el mono araña no puedan lograr! - Posó triunfante hasta que Ikem comenzó a revolverle el cabello.
- Mejor tú sé el mono araña. - Renegó el mayor mientras Shoji se quejaba intentando librarse de su agarre.
- Vamos, pasen, que la comida se enfría. - Río Kiryk comenzando a repartir los platos servidos. La casa era pequeña, justa para alojar a la familia de seis, pero unos ajustes en la estancia principal bastaron para que todos formaran un círculo y comieran sentados sobre el suelo, una costumbre que no era extraña en la cultura de la isla.
La charla bastó para aclarar lo del malentendido con Choi, escuchar historias de pescadores con Sinem e Ikem, halagar las habilidades de cultivo de Shoji, compartir recetas del asentamiento de Asami y convencer a todos de que Korra había preparado los pescados que le correspondían a su familia. Claro, los tres niños terminaron de comer pronto y salieron a jugar pues la charla de los adultos no bastaba para entretenerlos.
La convivencia fue amena entre los forasteros y la familia, suficiente para convencer a la morena de que aquel era el estilo de vida que quería para Asami, lejos de la guerra y las peleas, pero en el fondo sabía que no se podían quedar, así como a Yangchen, la isla solo serviría para rehabilitarla y ponerla en pie para que siguiera con su misión.
Terminada la cena, y después de ayudar a limpiar, los cuatro salieron rumbo a la plaza del pueblo a disfrutar de la música y compartir tiempo juntos antes de volver a casa a descansar. No era la rutina que acostumbraban, pero resultó agradable poder convivir solo por el gusto de hacerlo. Sin responsabilidades o pendientes, gozar del ambiente y la brisa fresca que le acariciaba el rostro, aquello era algo nuevo, no le hacía falta tener memoria para darse cuenta de lo especial que era vivir ahí.
Llegada la noche ambas estaban de vuelta en casa, preparándose para acostarse; recién se habían bañado en el manantial y vestían la ropa ligera que usaban para dormir.
- ¿No te parece extraño que ahora yo tenga el cabello más largo que tú? - Meditó mientras la ojiverde la cepillaba.
- No. - Pudo escuchar la sonrisa en su respuesta. - La primera vez que nos vimos tenías el cabello largo. - Continuó cepillando hasta quedar satisfecha para después iniciar a tejerle una trneza.
- Me lo corté para poder pelear mejor... - La respuesta vino sola, atada a un conjunto de imágenes grotescas de hombres y mujeres con el rostro inflamado y lleno de sangre. Ella los había castigado de tal manera; inhaló, debía tolerar en vez de resistirse, se recordaba intentando aceptar los invasivos recuerdos que buscaban ocupar su mente.
"Korra... ¿no te gustaría pelear en mi coliseo?"
Recordó la ronca voz de un hombre de apariencia temible, con una cicatriz en el ojo izquierdo, un par de dientes de plata, brazos llenos de cicatrices, ojos azul claro, cejas tupidas, barba despeinada y una sonrisa cuestionable. Pero no lo recordaba como a una amenaza.
"Así no vas a impresionar a nadie ¡tienes que hacerme sangrar!"
¿Un maestro? Si, pero no un maestro elemental, sino alguien que le había enseñado a ser cruel, a torturar a sus oponentes hasta hacerlos chillar frete al público sin llegar a matarlos.
"¡Con más fuerza! ¿Prefieres romper huesos o cortar gargantas? La decisión es tuya chiquilla, al público le da igual, siempre y cuando los puedan escuchar gritar."
Recordaba su risa estridente mientras la sometía a entrenamientos físicos infernales, la presión constante que hizo falta para volver del Avatar un gladiador apto para el coliseo rebelde.
"Con el cabello largo te voy a azotar contra el suelo en un parpadeo ¿Has considerado cortártelo?"
Le había dicho con una sonrisa entusiasta tras revelar la navaja que escondía detrás de su espalda.
"Tu nombre es bueno pero los apodos se vuelven más famosos entre esta gente... créeme. ¿Qué te parece la Guerrera del Sur? Tu confía en el Rey del coliseo, te amarán."
El rey del coliseo... el rey loco del coliseo, Bumi.
-¿Korra? - Asami repitió preocupada moviéndose para verla de frente.
- Bumi. - Murmuró. - Bumi fue quien me cortó el cabello la primera vez. - Respiraba agitada.
- Eso no lo sabía. - La observaba con especial atención. - ¿Te sientes bien? - le sujetó los hombros al notarla un poco desorientada.
- Piandao conoció a Bumi. - Declaró casi al instante dejando a la ojiverde sin palabras. - Piandao creció con Bumi. - Se corrigió intentando entender el significado de tan extraña coincidencia.
- ¿Qué? - Tardó en comprender lo que estaba diciendo.
- Piandao fue el líder rebelde que volvió a Bumi el Rey del coliseo. - Aterrizó al fin las palabras de modo congruente. No cabía duda, su maestro, el espía del Loto Blanco, también fue Goribra, el verdugo del dueño del continente, nombrado por el Loto Rojo.
"No soy diferente a ellos, la única excepción es que yo filtro información que el Loto Blanco puede utilizar de forma provechosa, de ahí en más soy tan peligroso como cualquier rebelde y merezco el mismo castigo que ellos por sus fechorías."
Bumi no solía hablar de su pasado dentro de los grupos rebeldes, solo alardeaba sobre el coliseo y sus batallas.
"Tú no tienes que llegar tan lejos como yo, las peleas se enfocan en hacer a la gente feliz. Estoy seguro de que podremos encontrar una manera en la que los combates estén bien tanto para ti como para el público."
Piandao había creado al Rey del coliseo y el Rey del coliseo a la Guerrera del Sur. Se llevó una mano a la frente y exhaló. ¿Qué tanto sabía Piandao de eso? - Maldición. - Apretó los ojos y guardó silencio, pero los recuerdos dejaron de llegar. Aún olvidaba algo importante. - Dijiste que Bumi murió... - Pausó, nada, no venían a ella. - ¿Cómo murió? - La vio a los ojos y esperó.
-Descubrieron que era un espía del Loto Blanco y fue asesinado en el antiguo Reino Fuego. - Murmuró. - Hiciste todo lo que pudiste para salvarlo. - Aseguró.
Había muerto en el corazón del Loto Rojo, gruñó ¿qué tan involucrado había estado Piandao en la muerte de Bumi? - ¡Maldita sea! - golpeó el suelo. ¿Qué se suponía que debía pensar ahora? Piandao era un hombre imposible de descifrar. - Si tan solo fuera capaz de sentarse a hablarme a la cara. - Gruñó molesta.
-Por ahora creo que es un poco tarde para ir al templo. - Asami se acercó y la envolvió entre sus brazos. No hubo más que silencio mientras suaves caricias la ayudaban a recobrar la calma. - ¿Qué recordaste de Bumi? - Preguntó suavemente.
- Su coliseo, su insistencia para que me volviera uno de sus gladiadores. - Sonrió. - Los entrenamientos a los que me sometió. - Suspiró. - No recuerdo su muerte. - Murmuró.
- Tú estuviste ahí cuándo lo mataron. - Pausó. - ¿Qué harás si llegas a recordar el rostro de Piandao entre la gente que mató a Bumi? - Propuso una idea que le heló la sangre. ¿Luego de todo lo que había leído en las cartas? Si Piandao había tenido tan poco corazón como para traicionar a su aliado... eso lo convertía en un monstruo que difícilmente merecía algún tipo de perdón. Exhaló.
- Te pregunto porque yo no supe contenerme cuando lo escuché admitir haber asesinado a Aang. - Añadió. - No quiero que te pase lo mismo.
- No me pasará lo mismo. - Respondió con voz pesarosa. - Porque ya sé todo lo que es capaz de hacer. - Y era extraño que saberlo le doliera. Lamentaba que Shoji e Ikem estuvieran igual de ligados que ella al pasado de aquel hombre.
- Tengo que seguir leyendo sus cartas. - Susurró a sabiendas de que Piandao guardaba en sus relatos detalles sobre la muerte de personas importantes o queridas. - No me va a decir nada con palabras.
Quería aferrarse a la esperanza de que Piandao guardaba algo de bondad en su corazón, después de todo, el Rey del coliseo había soportado vivir bajo su mando durante años; aquello no pudo ser en vano, Bumi había sido un hombre demasiado inteligente como para someterse a alguien así de vacío. Si Piandao resultaba no ser más que una basura eso también terminaría manchando la imagen de Bumi y detestaba considerar que la realidad fuera esa.
- Tal vez... - Dudó.
- ¿Qué? - Korra se distanció para encontrar la mirada de su ojiverde.
- Entiendo que Bumi fue torturado mientras lo mantenían prisionero en la isla del Loto Rojo. - Agachó la cabeza. - La muerte de Bumi fue un golpe fuerte para ti, no quisiera que sus cartas le añadan más dolor a ese recuerdo. - Volvió a verla con el rostro impregnado de preocupación. Ahora no lo recordaba por sí misma, pero confiaba en las palabras de Asami.
- Esperaré. Intentaré recordar lo que pasó durante la muerte de Bumi y si llego a recordar a Piandao... entonces no leeré sus cartas. - Resolvió desanimada.
- Vamos a dormir. - Asami besó su frente y se puso de pie para apagar la vela que iluminaba la habitación.
Recostadas una al lado de la otra no pudieron más que notar el incómodo silencio que llenaba el vacío. - Espero no te estés forzando a pensar en la muerte de Bumi en estos momentos. - La advertencia logró robarle una sonrisa silenciosa, por supuesto que Asami sabría lo que estaba pensando. - Tendrás pesadillas.
-Tú siempre tienes pesadillas ¿en qué piensas antes de quedarte dormida? - Quiso contrarrestar siguiendo la misma lógica que había querido usar en su contra.
- ¿Me has escuchado quejarme? - Preguntó sorprendida.
- Si, lo haces con frecuencia. - Notó.
- Antes era peor. Gritaba en las noches. - Se le escuchaba aliviada.
- ¿Y yo podía dormir contigo así? - Dudó ganándose un ligero golpe en el brazo.
- ¿Eso es lo que te preocupa? - Reclamó y sin querer se echó a reír. - Quiero que sepas que la que me tuvo que tolerar en mi peor momento fue Kuvira. - Pronunció como si estuviera presumiendo algo de valor.
- ¿Kuvira? - Arqueó una ceja. - ¿Fue otra de tus novias? - Preguntó perpleja, pero luego le vino a la mente el rostro de la mujer que en la isla le había pedido poder acompañarla a ella y Zuko a desactivar los misiles. Ella, se dió cuenta al recordar su penetrantes ojos verdes y mirada severa.
- ¿Qué? No, fue más bien una de las tuyas. - Reprochó sin perder el tono divertido en su voz.
- ¿Te acostaste con una de mis novias para vengarte de mi relación con Mako? - Pretendió seguir perdida, pero esta vez Asami se echó a reír y se acercó a ella. Resultaba imposible engañarla.
- Deja de decir tonterías. - Buscó sus labios y los tomó en un beso suave y prolongado. - No me he acostado con nadie además de ti. - Le habló al oído con voz seductora logrando borrar todo pensamiento o idea de su mente. El corazón comenzó a latirle con fuerza, de pronto la cercanía del cuerpo de Asami no parecía ser suficiente; suspiró, ya antes lo había considerado, pero era la primera vez que tocaban el tema formalmente. Asami estaba acostumbrada a intimar con ella, la mera idea bastaba para hacerla sentir que la cabeza estaba por estallarle.
- ¿Eso aún no lo recuerdas? - Liberó una risilla coqueta antes de repartir un par de besos por su cuello. - Me parece adecuado dejar que pienses en eso en lo que te quedas dormida. - Volvió a besarla mordiendo suavemente su labio antes de apartarse y acostarse a su lado.
El palpitar de su corazón le retumbaba en los oídos llenando el silencio que había quedado luego de aquella interacción, se sentía contenta, pero demasiado inquieta como para acostarse a dormir como si nada. ¿Podía ir más allá? Se preguntaba sintiendo el cuerpo tembloroso y electrizado. En verdad no había manera de quedarse dormido así. ¡¿Qué espíritus pensaba esa mujer al hacerle eso?!
Esa mujer era SU mujer, a la que tanto amaba y admiraba; sonrió de lado, poco a poco comenzó a recuperarse del hechizo momentáneo en el que había caído y, presa de sus propios impulsos, giró su cuerpo en dirección al de Asami y la abrazó por detrás.
-Creo que sería mejor si me ayudas a recordar. - Le murmuró al oído entrelazando sus piernas mientras apretaba más su cuerpo contra el de ella...
