Capítulo 7: Un recipiente, dos identidades; el mismo ser
"La derrota… ¿nunca es definitiva?"
A
Cuando Itachi abrió los ojos, el aroma nauseabundo de carne descompuesta en el fuego persistía en su nariz como un eco imborrable de aquella presencia maligna. Se vio obligado a entrecerrar los ojos cuando la luz de un violento medio día de verano le dio directo en la cara, provocándole lágrimas y un fuerte estornudo. Trató de sentarse en la cama, pero una poderosa oleada de vértigo le produjo arcadas y apenas alcanzó a echar el cuerpo hacia el lateral para expulsar de su estómago un revoltijo de baba, bilis y otros jugos gástricos amargos y repulsivos.
Trató de sostenerse de la mesita auxiliar, pero terminó empujando la lámpara pequeña que se estrelló en el piso, causando gran alboroto. Escuchó pasos por el pasillo, luego el sonido de la puerta de madera al ser empujada con rudeza.
Entre lágrimas producidas por el esfuerzo que hacía su abdomen para expulsar lo que ya no tenía en su estómago, Itachi logró divisar la figura de su padre acompañado por una mujer mayor que nunca había visto en su vida; ella vestía un yukata blanco con flores rojas, el cabello negro y lustroso amarrado en un apretado moño en su nuca, sus manos ajadas cruzadas sobre su vientre con tranquilidad. Su aspecto era severo y reprobador.
—Itachi —dijo su padre, empujándolo de nuevo en la cama, mientras le pasaba una toalla húmeda para que limpiara su rostro y boca. La desconocida, sin dejar de mirarlo, caminó hasta la mesita auxiliar y le sirvió agua en una taza de té. Itachi la recibió, pero no tomó de ella, en cambio se concentró en Fugaku.
—¿Qué ha pasado, padre? —preguntó el joven, luchando contra el malestar que volvía a causar burbujas de vértigo en su vacío estómago—. ¿Qué me ha pasado?
Fugaku Uchiha apretó los labios y, pese a la expresión insistente del joven, intercambió una mirada dudosa con la desconocida que permanecía con su expresión pétrea a unos pasos de distancia. El siempre tranquilo y confiado Fugaku, de repente mostró una expresión impropia de agobio y vacilación ante el leve asentimiento que hizo la desconocida.
—No lo sé, Itachi —dijo su padre, regresando sus oscuros ojos a él—. Esperaba que pudieras responder esa pregunta en cuanto despertaras, ¿qué fue lo que pasó?
—Padre, estuviste presente —dijo el joven, pero se detuvo al ver la negación en el gesto del hombre. Itachi se incorporó y siguió explicándose—. Él estaba en la habitación, el aroma a podredumbre… miraba a madre… estabas ahí, caminaste ante él y luego… cuando me vio a los ojos…
Negó con la cabeza, cerrando los ojos para organizar sus ideas y recuerdos. Una nueva oleada de nauseas le hizo doblarse sobre sí mismo, pero logró reprimir los espasmos de repugnancia. Sus recuerdos eran claros, nítidos; los ojos malévolos en aquel rostro angelical, la sonrisa de dientes puntiagudos, las carcajadas que auspiciaban muerte, la tierra temblando ante el caminar de la criatura cubierta de hollín.
—¿Qué fue lo que viste en la habitación de tu madre?
Itachi levantó la mirada y observó a la mujer que había hablado. Su voz era ligeramente profunda y altiva, típica de personas acostumbradas a ser escuchadas y liderar. Sin saber el motivo, tuvo la urgencia de cuadrar los hombros y responder con serenidad y precisión.
No conocía de nada a aquella mujer y, sin embargo, se movía por la habitación como si fuera normal hablar de demonios que acudían para atormentar a mujeres moribundas, con un manto de podredumbre encima. Miró a su padre buscando respuestas, pero este se limitó a dejar salir un suspiro resignado y asentir con un breve movimiento.
—La criatura estaba ahí, sentada en la cama de mi madre, mirándola —miró por el rabillo del ojo la expresión pétrea de su padre ensombrecerse—. El aroma era… horrible, carne descompuesta, podredumbre y muerte.
—¿Cómo era su aspecto?
Itachi apretó el entrecejo.
—No parecía… corpóreo, su imagen hasta cierto punto era traslucida. No parecía que realmente se encontrara en este sitio, pero su presencia era…
Se detuvo y miró al piso. No había manera de describirlo apropiadamente, no había palabras para la antinatural sensación que los envolvía cuando ingresaron a la habitación en busca de su madre. Como si cada partícula de ozono gritara en protesta por la aparición de aquél ser, como si la naturaleza misma rechazara su presencia.
—Yo no vi lo que describe Itachi —escuchó que decía su padre a la mujer—. Percibí que algo extraño sucedía, el aire pesado, oscuridad inusual, cierta sensación de amenaza… pero en definitiva no sentí el hedor ni mucho menos vi a la criatura.
La mujer asintió, como si se lo esperara.
—El chico ha heredado algo de la sensibilidad de su madre —dijo, pero por su tono de voz era imposible que sus palabras fueran un cumplido. La vio apretar los labios y torcer el gesto, mientras miraba de padre a hijo, como si le desagradara lo que veía y las conclusiones a las que llegaba—. Es claro que el Kyubi se está fortaleciendo, se alimenta de… no sé exactamente de qué, pero sea lo que sea que esté haciendo, le está funcionando.
Itachi parpadeó una, dos y tres veces, confundido.
—¿Kyubi?
La mujer rodó los ojos, caminando despacio alrededor de la habitación. Su expresión ceñuda no le sentaba para nada bien, pensó Itachi; acentuaba las duras líneas de expresión que surcaban su rostro y que la asemejaban a una vieja arpía de las pinturas romanas.
—La maldición de la sacerdotisa roja —dijo. Itachi sintió un escalofrío subir por su espalda y luego bajar por sus brazos, erizando los vellos de su cuerpo. La mujer centró sus oscuros y duros ojos en el muchacho, frunciendo el gesto—. Traer al mundo al peor de los demonios, de la manera más impensable posible… encarnado en el cuerpo y alma de su propio hijo. Una existencia indivisible, dual, pero unitaria a la vez.
—El mismo ser…
—Exacto —la señora lo miró a los ojos—. Ella tenía el poder de controlar criaturas poderosas, su poder espiritual era enorme. Fue una sacerdotisa única, distinguible, provenía de una familia de mikos de gran prestigio, pero su maldición la derrotó, ¿cómo erradicar de este mundo al ser sobrenatural que al mismo tiempo era su hijo? ¿el mismo ser que un segundo antes de destruir pueblos enteros, le miraba con ojos llenos de ternura, amor y asombro infantil?
Un peso impresionante se instaló en el estómago de Itachi. Pese a ser un adolescente, la dimensión de tal afirmación cayó sobre él, alterando sus latidos cardiacos. Las visiones que había tenido al ver los ojos de la criatura, el pequeño ser como centro del caos, la naturaleza embravecida, la podredumbre y muerte rodeando su figura malvada. Era el hijo de la joven de cabellos de fuego que habían retratado en aquél viejo pergamino que encontraron entre las pertenencias de su madre, él lo sabía desde el principio y, sin embargo, no conocía realmente cómo había sido posible que se corrompiera el alma infantil en aquella… cosa.
Incluso Fugaku Uchiha, que escuchaba de pie a un costado de la cama que ocupaba el joven, había arqueado las cejas, con su boca de repente seca y dolorosa.
—Dimos con el niño poco después de que encontramos a Mikoto inconsciente —dijo Fugaku—. Parecía un niño común y corriente, nada extraño parecía suceder con él.
Itachi asintió, recordando. Él incluso lo había tomado del brazo, era corpóreo, había sentido la calidez de su piel, el rose de su cabello.
—Naruto y el Kyubi coexisten en una misma esencia —explicó la mujer—. Se presentó como Naruto en un primer momento, el alma mortal es la que permite que la criatura camine por este mundo a sus anchas… pero Kyubi se ha fortalecido y, cuando lo hace, toma el control de la conciencia mortal y desastres colosales suceden a su alrededor. La pregunta es, ¿cómo está logrando fortalecerse?, ¿qué error cometió Mikoto para que sucediera este desastre?, ¿por qué se presentó Kyubi en esta casa?, ¿qué busca en Mikoto?, en su estado no hay nada que ella pueda hacer para detenerlo.
Itachi no tenía una respuesta, Fugaku menos. La desconocida siguió su discurso.
—Me preocupa —escuchó que decía, retomando su andar en círculos por la habitación—. Mikoto es la única que puede hacer frente al Kyubi, al menos ahora que en palabras técnicas no está vivo en este plano.
—¿De qué hablas? —interpuso Itachi, entrecerrando los ojos—. El aroma era muy real, su cuerpo humano también. Yo lo toqué, lo olí y vi… vi el desastre que queda tras su paso, escuché el clamor de la gente, sentí el miedo que le tenían.
La mujer se detuvo y, una vez más, miró al chico, pero esta vez detallada y quedamente. Como si valorara de nuevo a su persona, como si lo viera desde otro ángulo y se preguntara que tipo de criatura era él. Itachi se sintió incómodo y, por absurdo que pareciera, molesto. No le agradaba la forma como ella lo miraba. Como si no fuera más que un molesto insecto que creyera ser más que eso.
—El Kyubi no puede hacer daño en este momento, al menos no físico —dijo casi en un susurro, Itachi tuvo que hacer esfuerzos para captar cada palabra—. Hablando con la verdad él no existe, pero tampoco está muerto. Su caso no tiene precedentes, faltaría a la verdad si tratara de definir el verdadero estado de la criatura, pero sé que vivo no es la palabra correcta, muerto tampoco. Solo… existe, ni acá ni allá, pero puede intervenir para que se defina su estado.
—Me empieza a doler la cabeza.
La mujer rodó los ojos como respuesta a las palabras de Fugaku y les dio la espalda, como si intentara organizar sus ideas.
—Puede intervenir, él quiere existir, recuperar su existencia —explicó, aún de espaldas—. Puede manipular los hechos, maniobrar entre las decisiones de los seres humanos, puede crear pesadillas, puede, incluso, mostrar sus vivencias, los horrores que cometió, como hizo contigo. Pero mientras no esté vivo, no puede hacer más.
Itachi se incorporó en la cama, bajando las piernas por un costado. Sin decir nada, tomó un trago hondo a la vasija con agua que le había entregado aquella mujer. El refrescante liquido se deslizó por su reseca garganta, ayudándole a organizar sus pensamientos. Llevó una mano hasta su frente, apartando mechones de cabello negro que caían sobre sus ojos. Frunció las cejas. No recordaba tener el cabello tan largo.
—¿Qué necesita para… vivir?
La mujer se dio la vuelta. Su mirada se había ablandado, pese a que su expresión continuaba siendo imperturbable y áspera.
—Encontrar el alma de sus padres —dijo, pero continuó con palabras llenas de seguridad infranqueable—. Pero por mucho que lo intente, Kyubi no lo podrá hacer.
—Hay pocas posibilidades, ¿verdad?, lo pensé hace días. Hay posibilidades de que la línea paterna ya haya muerto, que incluso no haya nacido aún, el destino es tan…
—El sacrificio de sus padres, siglos atrás, impide que Kyubi renazca. Se aseguraron de ello. Ni Kyubi ni, por consiguiente, Naruto, pueden renacer. Es imposible, era parte del sortilegio original.
Itachi abrió la boca, pero acto seguido la volvió a cerrar. Sacudió la cabeza y se giró hacia su padre que miraba sin expresión la pared del fondo. Se veía desmejorado, cansado, claro, pero había algo más. Era el incipiente vello facial que ensombrecía su rostro, eran las sombras bajo sus ojos, eran las líneas de expresión que adornaban su frente.
Itachi alzó la mirada, echando un vistazo alrededor. Su habitación se encontraba en el mismo estado que recordaba, organizado y aseado, no había señal alguna que le dijera cuánto tiempo había transcurrido desde la visita del Kyubi a la habitación de su madre. ¿Había transcurrido horas?, ¿unos cuantos días?
—¿Cuánto tiempo estuve inconsciente?
Otra mirada intercambiada entre su padre y la mujer le puso en sobre aviso. Su padre abrió la boca, pero fue la mujer quién respondió primero.
—Un mes —dijo ella, alzando el mentón—. Estuviste inconsciente un mes.
Itachi asintió, con un nudo en la garganta. Recordó a su madre en la cama, su aspecto marchito, deslustrado, enfermizo.
—¿Mi madre…?
—Mi hija Mikoto está inconsciente desde hace dos meses —Itachi arqueó las cejas, sin poder ocultar la sorpresa. No pudo evitar mirar con otros ojos a la intransigente mujer que le hablaba—. Y no creo que sobreviva mucho más de seguir en el estado en el que está.
Equilibrando en su mano derecha una caja de cartón cargada con pesados libros de encuadernación roja, Kushina Uzumaki se aproximó a la puerta de su nuevo apartamento y maniobró con dificultad para abrirla. Dio un paso adentró, suspiró al toparse con el desorden de cajas y dejó salir un suspiro cansino; le dolía la planta de los pies de ir y venir, de empacar y desempacar. Sentía un ligero mareo en la cabeza, ardor en el estómago y mucho sueño. Estaba, por completo, exhausta.
Dejó la caja sobre una pila de otras selladas que esperaba a la derecha de la entrada, cerró la puerta y se dejó caer en su inseparable sillón café. Dejó caer su cabeza hacia atrás y cerró los ojos; su pecho subió y bajó con suavidad mientras ella respiraba profundo, tratando de oxigenar su sistema embriagado de cortisol.
Al menos esa era la última caja, se dijo. No le gustaba mudarse, ojalá no tuviera que hacerlo en mucho tiempo. Transcurrieron minutos en completa calma, escuchando el lejano y ocasional susurro de pasos subiendo y bajando escaleras. Cuando sus ojos se volvieron a abrir, por los ventanales sin cortinas de la sala de estar ya no entraban rayos de luz, sino la suave brisa fría que anunciaba el prematuro anochecer.
Se desperezó estirando los brazos y dejando salir un profundo bostezo. Se levantó, caminó entre las cajas y se asomó por la ventana; se maravilló con la vista que su apartamento ubicado en un cuarto piso le brindaba, con las luces brillando en la distancia bajo un apacible cielo estrellado y la estela de luz en que se convertían los autos zigageando entre las calles de la pequeña ciudad.
A pesar de ser una mudanza imprevista, se sentía a gusto con su nuevo domicilio. El alquiler se ajustaba a su bolsillo, escasamente unos pesos más que el anterior, el sitio se localizaba manzanas más cerca a su lugar de trabajo y carecía de las dolencias de su anterior apartamento; la pintura, al menos, estaba en buen estado y no veía en los alrededores sujetos con aspecto cuestionable rondando.
La muchacha suspiró, abrazándose a sí misma a pesar de que el aire del exterior no era necesariamente helado. El edificio anterior lo habían clausurado luego del accidente eléctrico al que le atribuían la muerte del joven vigilante hacía ya dos meses, así que ella y los demás inquilinos que no habían abandonado el edificio después del escándalo se habían visto forzados a buscar nuevo domicilio. Contaron, por supuesto, con el apoyo económico que suponía el haber incumplido el contrato de arrendamiento.
Había pasado, también, un mes desde que visitara a sus padres en las tierras de Uzushio, desde entonces no había sido posible intercambiar palabra alguna con ellos; habían regresado a su usual hermetismo y secretismo, a su recelosa vida privada. Aunque a Kushina le agobiaba la distancia no solo física sino espiritual que se interponía entre ella y sus padres, en parte estaba acostumbrada así que no insistía demasiado.
No obstante, pese a que su vida parecía haber recuperado la normalidad una vez regresó a su cotidianidad en la ciudad, no podía arrancarse del pecho la asfixiante sensación de ser acechada y vigilada. No, no había vuelto aparecer frente a ella una encolerizada sombra parlante ni mucho menos un niño transformado en demonio, pero era imposible arrancarse ese manto de aprensión que se cernía sobre su espalda cuando caminaba entre una multitud, cuando daba la espalda en una fila del banco, cuando jugaba en el gran salón con los niños de su clase. Era un hormigueo constante en la nuca que la ponía nerviosa, que la prevenía de desastres que no sucedían, que la desconcentraba de sus obligaciones diarias.
Miró al reloj de su muñeca, sentía hambre, cansancio y debía trabajar al día siguiente. De hecho, tenía una pesada jornada por delante; el instituto se encontraba en cierre de año, las clausuras serían el 15 de diciembre y los docentes debían participar activamente en la organización de los actos estudiantiles.
Kushina ya había entregado reporte de las notas finales de los grados primeros y segundos de primaria, de los que estaba a cargo, así que por ese lado estaba tranquila. Pero debía asistir a las interminables reuniones de docentes para discutir casos particulares que se presentaban y determinar si ameritaban o no remitir con consejo académico. Además, debía estar en contacto con los alumnos que presentarían actos culturales en el evento, presta a acudir en su ayuda durante los ensayos y los preparativos.
Lo único de todo aquel lío que generaba en ella un poco de preocupación, era la continuidad del trabajo el año siguiente. No creía que su desenvoltura en el cargo hubiera sido negativa, pero con una institución de carácter privada a veces existía poca relación entre las aptitudes y la permanencia en el puesto; había otros intereses de por medio, intereses familiares y personales de los directivos que podían necesitar devolver favores ante los cuales ella podía salir perdiendo.
Caminó hasta su habitación, recogiendo en el camino la caja de arroz especial que había comprado de camino al apartamento. Llegó a la pequeña alcoba y se sentó en la cama, quitando sus zapatos; era la única parte de la casa que había organizado así fuera de una manera precaria. Sus atuendos se encontraban organizados en el closet, pulcramente doblados, sus vestidos colgados en la red de ganchos en su respectivo puesto, los zapatos limpios y dispuestos en el zapatero de acero inoxidable.
Degustó con gusto el arroz preparado con salsa de soya y carnes desmechadas, sabía que no era el alimento apropiado antes de dormir, pero quiso darse un gusto infrecuente, además no quería llegar a organizar cocina para hacer de comer. Ya lo haría en los días venideros. Cuando se sintió satisfecha, guardó el sobrante en el congelador, cepilló sus dientes y se acostó a dormir en ropa interior.
Cuando los rayos de sol del día siguiente asomaron en el horizonte, Kushina se encontraba traspasando las puertas del instituto. Iba vestida con un cómodo pantalón negro, zapatillas blancas con cordones negros y un bléiser de manga larga sobre una blusa básica. Cargaba bajo su brazo una carpeta que resguardaba documentos que necesitaría ese día.
Nada más ingresar a la sala de los docentes, se encontró frente a una vieja conocida suya de los años de universidad. No pudo evitar que una sonrisa de genuina alegría se expandiera por su rostro, acto que fue replicado en el rostro de la joven rubia que no tardó en extender sus brazos para envolverla con cariño.
—¡Kushina!, no me esperaba encontrarte tan pronto.
—Qué bueno saber de ti, ¿qué haces aquí?
Mebuki deshizo el abrazo y extendió su estilizada mano para que ella pudiera admirar el delicado anillo que rodeaba su dedo anular. Kushina dejó escapar una exclamación de sorpresa.
—Ey, qué bien —dijo, sin saber realmente qué era lo apropiado que debía decir.
La otra mujer sonrió más abiertamente, cerrando su mano en torno a la correa de su bolso café. Kushina no sabía de ella desde que se graduaran, tiempo atrás, y Mebuki decidiera regresar con su familia. Durante gran parte de su carrera habían compartido piso, al principio en las habitaciones dispuestas en la facultad para los estudiantes foráneos, después en un edificio ajeno al complejo universitario.
—Me casé hace poco —dijo Mebuki, sin poder ocultar el rojo de sus mejillas—. Hace dos semanas nos trasladamos a esta ciudad para trabajar, Kizashi consiguió un puesto en un despacho en el centro y yo aquí en este instituto. ¡Inicio el otro año!
Kushina asintió, aunque su sonrisa disminuyó un poco. Después de intercambiar números se despidieron, Mebuki caminando hacia la salida y Kushina buscando su casillero. El resto de la jornada transcurrió con normalidad, se compartieron las eventualidades, se propusieron soluciones a las dificultades técnicas, se atendieron las necesidades especiales de algunos estudiantes y, finalmente, se despidieron.
—No olviden asistir a la cena de esta noche —les recordó la coordinadora académica, una mujer joven, quizá de treinta y pocos años, que lucía gafas de montura negra de acetato—. La dirección se encuentra en las invitaciones. Por favor, recuerden que es a las 8:30 pm, lleguen a tiempo. Estarán presentes los docentes de todas las sedes.
Kushina reprimió un gemido de lamento; lo había olvidado por completo. Tenía tanto por hacer en su apartamento y, sin embargo, debía perder tiempo en cenas sin sentido que no disfrutaba para nada. Apretó los labios y tomó su bolso para salir.
Horas después se encontraba en su coche, luciendo un vestido no muy elegante, tampoco tan casual, de color verde. Su cabello rojo lo había sujetado en una coleta alta que despejaba su rostro con poco maquillaje. Antes de abandonar el coche, decidió comprobar su aspecto en el espejo; sus cejas delineadas, las mejillas ligeramente espolvoreadas con colorete casi imperceptible. Decidió hidratar sus labios antes de asistir al calvario de la cena.
Abrió la guantera de su coche y estiró su cuerpo, buscando su hidratante favorito. Sus dedos tocaron documentos olvidados, una cartera vacía, papeletas de dulces, pero no el pintalabios que necesitaba. Dejó escapar un pequeño gruñido y se estiró un poco más, sus dedos alcanzaron la esquina más alejada de la guantera y se cerraron alrededor del objeto cilíndrico; al sacar el pintalabios y regresar a su posición normal en el mueble del conductor, una tarjeta cayó al piso del coche.
Kushina miró la tarjeta de presentación caída y, reconociéndola, se agachó para recogerla. Sus ojos recorrieron las letras azules escritas en el papel, una y otra vez, como muchas otras veces a lo largo de las últimas semanas; el mismo nombre, el mismo apellido y la misma secuencia de números. No había llamado a Minato; después de cotizar el arreglo de su coche, tomó la decisión de no molestar por algo que ella misma había causado y que tampoco era tan costoso, así que había asumido el arreglo y dejado pasar el asunto.
Pese a ello, no se había deshecho de la tarjeta; de vez en cuando se encontraba sentada en aquella silla, mirando fijamente el nombre y el número, como si buscara cualquier excusa para marcar y escuchar de nuevo la voz de aquel hombre cuyo fugaz recuerdo le revolvía el estómago y le agujereaba el rostro con una tonta sonrisa que no podía reprimir. Cuando se hacía consciente de su aspecto de niña boba apretaba los labios, fruncía las cejas y regresaba la tarjeta a la guantera.
Nunca lo volvería a ver, era seguro, pero por alguna razón su fantasiosa imaginación se desbordaba cuando pensaba en ese sujeto del que no sabía absolutamente nada, con el que solo había intercambiado unas cuantas frases aquella noche del demonio después de echarle su auto encima. Era, quizá, consecuencia de los continuos golpes en la cabeza que había sufrido en los últimos meses, aunque también podía culpar a la poca experiencia que en su adolescencia tuvo con el sexo opuesto por la crianza tradicional de sus padres.
Sí, debía ser eso, se había saltado la etapa de los enamoramientos platónicos, por ello ahora se encandilaba con la sonrisa de un hombre atractivo que no volvería a ver jamás en su vida. Gruñó con molestia y se inclinó para dejar la tarjeta de nuevo en la guantera, entonces captó de soslayo un destello de cabello rubio y su corazón se detuvo. Se volvió con rapidez hacia la entrada del parque y buscó con frenesí hasta dar con la pequeña figura que la atormentaba.
Era Naruto, pero no el de sus sueños, no el Naruto rodeado de tormento, con la promesa del sufrimiento brillando en ojos rojos convertidos en rendijas de odio. Era Naruto, el niño al que había encontrado refugiado en un estacionamiento mientras el cielo caía a pedazos, destrozando la ciudad en el proceso. Era el pequeño al que había dado cobijo y al que no había vuelto a ver desde que aquella extraña familia apareciera en el vestíbulo del edificio y se lo llevara entre el caos del que había resultado una persona muerta.
El niño se encontraba de pie, inmóvil ante el arco de entrada, abrazando contra su pecho una mochila negra con nubes rojas. Su mirada, sin espacio a dudas, se encontraba fija en ella. Antes de detenerse a pensarlo con mayor detenimiento, Kushina abrió la puerta del coche de un empujón y se aproximó al encuentro con el pequeño de mirada triste que despertaba en su pecho el extraño impulso de abrir sus brazos y protegerlo de los peligros potenciales del mundo.
Mientras caminaba hasta el niño no vio, por supuesto, la sombra que se extendía por la ciudad como un manto tenebroso bajo el cielo coturno, ni las nubes que se acercaban violentamente en el horizonte. Tampoco supo, indudablemente, de la ceniza que caía desde la cadena montañosa al otro lado del país, producto de la actividad imprevisible de volcanes que despertaban de su larga siesta. También desconocía, para pesar suyo días después, del embravecido mar que se levantaba en las cosas del país, activando angustiosas alarmas que urgían a sus habitantes a buscar refugio.
Ahí iba ella, dentro de su ignorancia e inocencia, en camino a cometer un nuevo error.
¡Hola!
Lamento la demora, lectores, lo cierto es que he tenido unas semanas muy movidas tanto en lo laboral como en lo personal. Hubo corte de ciclo y estuve muy, pero muy ocupada entregando informes de notas de los grupos matriculados y, además, los dos últimos fines de semanas los he ocupado orientando a una chica con su tesis de grado que debe entregar la próxima semana. Mucho trabajo que no había previsto.
El capítulo 8 lo tengo casi todo escrito, pero necesito revisarlo de nuevo y agregar algunos detalles a la narración antes de subirlo. Pensaba hacerlo de aquí al miércoles, pero fui designada como jurado de trabajos de grado en la academia y sé que lo más probable es que no alcance. Sin embargo, trataré de que esté colgado antes del viernes.
Ay, mira que tengo muchas ideas de fics danzando en mi mente, he conseguido una agenda de siete materias y la guardo en el bolso a donde sea que vaya, cada que surge una idea saco la agenda, escribo y voy dando forma a esas ideas. Lástima que no tenga mucho tiempo para escribir, aparte esoy tratando de revivir mi cuenta, así que tampoco es el momento de ponerme a publicar como loca jajaja
¡Tengo muchas ganas de escribir ambientada en el mundo shinobi como tal!, he estado bastante activa en el fandom Minakushi anglosajón, me he topado con unos fics fenomenales, he de admitir que he encontrado muchas semejanzas entre mi manera de pensar el Minakushi con la forma como lo han retratado desde el fandom en inglés. Comúnmente he estado peleada con la manera como suele retratarse a Minato, por ejemplo, en el fandom en español, pero me enamoré (de nuevo) del Minato que retratan en el fandom anglo.
Si conocen fics Minakushi agradecería que me den nombres, estoy necesitada de un buen fanfic de estos dos.
Besos, gracias por leer.
Pdt: ¿Qué les parece el fanfic?, ¿qué opiniones tienen? ¡Espero ansiosa sus comentarios! Este capítulo fue de esos que se pueden considerar introductorios pero necesarios para el bien de la trama. Reitero que no será un fic que sobrepase los 22 o 25 capítulos, si es que llega a eso.
Pdt2: Por los mismos motivos que expongo arriba, me he retrasado un poco con la actualización de mis otros fics, pero esta semana trataré también de actualizarlos.
Los personajes pertenecen a Masashi Kishimoto, pero la trama es de mi invención.
