Padre

—¡Ya llegué!

La voz alegre de Kagome hizo eco en la casa cuando abrió la puerta.

La primera en asomarse de la cocina fue su madre. Le sonrió con aquella calma que tanto la caracterizaba.

—Ah, Kagome. Bienvenida.

—Mamá. —Kagome se acercaba con una sonrisa. Le dio un abrazo— ¿Y el abuelo y Sota? Ah, hola Buyo. ¿Estás más gordo?

El gato con sobrepeso se refregaba contra sus piernas, ronroneando. Había extrañado horrores esa mano dulce que le acariciaba el lomo.

—Sota y el abuelo fueron a comprar unas cosas para la cena. Ya deben estar por volver.

—¡Cena! —Kagome hundió la cara en la olla donde su madre se encontraba revolviendo. Un guisado, con muy buena pinta, hacía burbujitas— ¡Mmm! ¡Huele muy bien!

—Pronto estará listo. ¿Te quedarás a comer?

—Quisiera, pero solo vine a buscar unos libros. Tomaré un baño y me iré —contestó Kagome, sonriendo con un dejo de culpa—. Ah, y un almohadón. ¿Tienes? De los chiquitos.

—¿Chiquitos?

—Para la bici. —dijo, pensando en el trasero de Kikyō. No en el más sensual de los sentidos (porque era de sensuales curvas, debía admitir), sino porque a la sacerdotisa le había quedado el trasero cuadrado luego del viaje en bicicleta.

—Ya veo. Debe haber alguno por ahí, lo buscaré. —La madre sacudía la cuchara dentro de la olla. La dejó sobre un platito— ¿Esa linda chica sigue acompañándote? Te guardaré la cena para que se la lleves a ella y a los demás.

—Ah..., s-sí. Justo te iba a pedir eso. Le gustó la comida de aquí.

«Si supiera...»

Mientras Kagome veía la expresión inocente de su madre, recordaba que estaba básicamente comprometida con esa linda chica. ¿Cómo explicárselo?, ¿su familia se lo tomaría bien? De pronto se sentía nerviosa, con un revoltijo enorme en el estómago que, impensable, empeoraba con el delicioso aroma de la comida en plena preparación. Antes creía que tendría tiempo para explicarle todo a su familia. Elaboraría un buen discurso, con sus justas razones, y lo explayaría de la manera más simple para que pudieran comprender.

Pues no.

Ahora que Kikyō había aclarado su relación con Kaede, se sentía en la obligación —por no decir presión— de contar todo ya, al menos a su madre. Conociéndola, no haría un escándalo. Su madre era una persona que solo pensaba en su felicidad, cualquiera fuera la forma que tuviera ésta. Así como la permitía viajar como si nada a una época desconocida y llena de demonios, también era capaz de aceptar cualquier otra locura con la que le saliera. Si en su momento aceptó que estaba enamorada de un hombre con orejas de perro y mal carácter, ¿qué tan mala podría ser su reacción al decirle que ahora estaba enamorada de un... zombie? Algo así.

«Seguro se sorprenderá... Si hasta a mí me sorprendió. Debo decírselo con tacto, no como hizo esa bruja con la anciana Kaede»

Pensaba, metiéndose en la bañera. Suspiró placentera al sentir el agua calentita fundiéndose con el cuerpo. Para qué mentirse, extrañaba mucho los lujos de su época; cada vez que tenía que dormir a la intemperie, cuando pasaba frío, calor, cuando tenía hambre y solo había pescado para comer. Era como estar de campamento eternamente, pero un poco más salvaje. Si tenía que sincerarse, no se imaginaba viviendo sin sus adorados lujos que, hoy entendía, siempre los dio por hecho cuando, en realidad, eran un privilegio. Hubo gente que luchó para que los tuviera, gente que se esforzó para que viviera cómoda y feliz. Gente que amaba. En cambio, en la época antigua, tenías que valerte por ti misma, cosa que ya había aprendido a hacer bastante bien, pero que todavía no tenía naturalizado.

El pensar en ambas épocas devolvía una cuestión que venía preocupándola hacía tiempo. Como una astilla clavada en la mano, molestaba, pero tampoco como para hacer un escándalo por eso. Sin embargo, la preocupación se acentuó cuando empezó a entrenar con Kikyō, puesto que ella se la cuestionaba de forma directa o indirecta. Estar de nuevo en casa provocaba que la cuestión creciera, como si tuviera una fuerte necesidad de ser resuelta. Pronto, tendría que tomar una decisión.

La época antigua o la moderna.

Cualquiera diría que, debido a su relación actual, la decisión ya estaba tomada. Sus amigas le chillarían, aunque sin saber todos los detalles: ¡no lo pienses más, chica! ¡Vete a vivir con tu amor! No obstante, como buena adolescente cambiante que era, muchas perspectivas y caminos se atravesaban por su mente. A veces, antes de dormirse, fantaseaba con una idea. Quizás Kikyō, si todo salía bien y ganaban la batalla contra Naraku, podría encontrar una manera de vivir en la época moderna. ¿Acaso eso no sería lindo? Tener la vida simple que siempre deseó. Sin demonios, sin batallas, sin ser una sacerdotisa. Solo siendo una chica más. ¡Hasta podría estudiar una carrera!

—Si es que un título de la secundaria feudal vale, claro...

Cruzó los brazos en el borde la bañera, pensativa.

La fantasía de una vida tranquila con ella, viviendo en la casa con su familia, se desvanecía rápido al recordar la dieta de la sacerdotisa: almas. ¿Cómo demonios conseguiría sobrevivir sin almas? ¿Habría alguna manera de que las serpientes traspasaran el pozo? Kagome no podía darle su energía eternamente; eso solo la mantenía entera por un corto tiempo.

Kikyō necesitaba, sí o sí, comer almas en pena.

—Aquí no puede hacerlo.

Y bien habrá pensado en eso la sacerdotisa, porque en ningún momento, ninguno, le dio a entender que se mudaría a la época moderna con ella. Kikyō, con su propuesta, no solo le había hecho sentir como una niña emocionada —y un poco asustada— sino que también había puesto un peso en su espalda difícil de sostener.

—Va demasiado rápido..., esa bruja.

¿Pero acaso ella no hacía lo mismo? Llevada por el momento, le había dicho que se mudarían juntitas al templo donde su amor dio frutos.

Se refregó la cabeza mojada, puteándose por dentro.

Pero es que no pudo decir otra cosa más que lo que sentía. Realmente quería esa vida simple con ella. Cuando se trataba de Kikyō, no pensaba en lujos, tampoco en pasar frío o calor. Todo problema cotidiano perdía valor con su compañía. Y es que su compañía era lo único que necesitaba. Con solo tener una mesa para comer, compartir un futón y, quizás, tener un lindo jardín, estaría contenta. Si tenía frío, se abrazaría a ella. Si tenía calor, también se abrazaría a ella, pues su cuerpo era tibio tirando a helado, proporcionándole una calma inmediata a los calores. Pero, a la vez, le hacía sentir cálido el corazón, cuidándola así de las noches frías. Sino, siempre podían prender una fogata en invierno e ir a nadar en verano. Cosas así pensaba. Simplezas que, estando de campamento con sus amigos, no eran suficientes, pero que, estando con ella, eran más que suficientes para borrar todo malestar.

Y Kikyō lo sabía.

Sabía lo que significaba para ella. Le había propuesto matrimonio como si estuviera segura de que, tarde o temprano, elegiría quedarse en la época antigua. ¿Lo daba por sentado?, ¿o quizás se lo propuso para obligarla a quedarse allá?

—No..., ella no es así. Además, ¿por qué me estoy preocupando tanto? —Se echó agua en la cara—. Aunque me quede en la época antigua, puedo volver aquí cuando quiera. Seguro ella pensó en eso. —Hizo una pausa, mirando su reflejo en el agua. Una idea tenebrosa se asomaba, destruyendo las positivas con mucha facilidad—. Pero..., si no pudiera volver más, ¿entonces qué haría?

Otra fantasía, en esta ocasión indeseable, donde el pozo era destruido la llenaba de pavor. ¿Y si el pozo solo existía con un propósito? El propósito de llevarla a la época antigua para cerrar una historia que empezó muchos años atrás. Quizás, luego de terminarla, el pozo ya no se sentiría necesario y desaparecería. Dejar de ver a su familia, a sus amigas... Ahí sí que sentía un pánico absoluto. Aunque no lo pareciera, siempre los extrañaba cuando no los visitaba seguido. Y si no los extrañaba era porque tenía la certeza de que podía volver con ellos.

El agua se sacudió, violenta, cuando se puso de pie de un arrebato.

—¡Deja de ser tan pesimista! —Se dio unas palmaditas en los cachetes—. Lo único que tengo qué hacer es proteger ese pozo con mi vida. Ahora soy más fuerte. Mucho más fuerte —murmuraba, metiéndose en la bañera de nuevo. Cerró una mano en el agua. Ésta se le escapaba de la palma, así como también sus deseos—. Puedo hacerlo... ¿Verdad, Kikyō?

Del otro lado del pozo, la llamada sacerdotisa seguía con la mirada los pasos sigilosos del hanyō. Se acercaba con una expresión seria. Sango, Miroku, Shippo y Kirara venían detrás. La gatita saltó al hombro de Sango. Shippo ya estaba estacionado en el de Miroku, quien, como siempre atento, le sonrió a la sacerdotisa cuando pasó a su lado.

—Buenas noches, señorita Kikyō —la saludó, haciendo una reverencia de medio cuerpo—. Iremos a visitar a su hermana. Con permiso.

Detrás de él, le siguió Sango, que solo atinó a inclinar la cabeza.

Kikyō la inclinó también. Permaneció mirándola un momento. Se dirigían a la cabaña de Kaede.

«¿Debería decírselo? Lo de Kohaku... No, Kagome es su amiga. Ella debe hacerlo»

Volvió la atención al frente. Inuyasha se encontraba parado delante de ella, sin intenciones de ir a lo de Kaede. Conservaba una sabia distancia y... ¿qué era eso en sus ojos?, ¿paz, resignación? La desconcertó. Esperaba encontrarse con unos ojos irritados, quizás furibundos por todo lo que, seguro, venía sospechando. De cierto modo, le hacían falta. Últimamente solo sabía comunicarse así con él, desde un punto seguro y distante. Ahora, desconocía qué tramaba. No podía leerlo bien.

—Kikyō...

—Si has venido por Kagome, ella se fue a su época.

Inuyasha pasó la vista al pozo donde se encontraba sentada. Puso las manos en la madera, chasqueando la lengua.

—¡Keh! Esa tonta. ¿Sabe que la necesitamos y se va de vacaciones? —Se volvió a Kikyō— ¿Por qué la dejaste ir?

"Dejaste"; un indicativo de dominio, pertenencia. ¿Inuyasha estaba aceptando que Kagome le pertenecía?

—Solo fue a buscar unas cosas. Y no es ninguna tonta —contestó a la defensiva—. Pronto volverá.

—¿Qué tan pronto?

Kikyō estiró las comisuras de forma burlona.

—No te preocupes, Inuyasha. Tienes tiempo suficiente para decirme lo que hayas venido a decirme.

Inuyasha se enderezó, sintiéndose emboscado. Un silencio fúnebre se hizo entre ellos.

Miroku, Sango y Shippo miraban hacia atrás, chusmetas, mientras caminaban hacia la cabaña de la anciana Kaede. Miroku se giró hacia Sango. ¿Y la novela?, ¿no la vamos a ver esta vez? Sango leía eso en su rostro deseoso por quedarse allí, escondido atrás de un arbolito para escuchar la charla de los antes tortolitos. Negó con la cabeza, señalándole con los ojos la cabaña. Sango se imaginaba lo que Inuyasha querría hablar con Kikyō. No por nada, tenía información. Valiosa información que Kagome le confesó antes de irse del campamento. Mantenerla en secreto era su deber. Inuyasha, por lo que veía, también había estado recolectando información a su manera. Esa charla tendría para rato.

Miroku suspiró, entendiendo el mensaje. Se iba a perder un capítulo importante de la novela. Ya qué. Tendré que escuchar el resumen después, pensó.

Kikyō los veía partir con aburrimiento.

—Tus amigos no son muy disimulados.

Inuyasha los insultaba por dentro mientras ellos entraban a la cabaña. ¿No podían retirarse sin chusmear? No, claro que no. Podía escuchar cada hipótesis de cómo saldría esa charla con sus agudas orejas. Ninguna lo dejaba bien parado.

—Lamento eso.

—¿Lo lamentas? —Kikyō no paraba de extrañarse por su actitud tan pasiva. Siéndole desconocida, no confiaba en ella— ¿A qué has venido, Inuyasha?

—Keh, no te hagas. Recibí el mensaje de tu serpiente.

—¿Esmeralda?

—¿Huh?

—Kagome le puso así.

Una ceja de Inuyasha tiritó.

—¿Ahora resulta que tienen una mascota?

—Sí. Es como nuestro hijo.

—De verdad... —Kikyō estaba lista para recibir la furia del hanyō, pero, en vez de recurrir a la rutina, él sonrió con desgano, dejándola estática—... has cambiado, Kikyō. Me alegra.

—¿Te alegras...?

Inuyasha se sentaba a su lado como quien no quiere asustar a un animalito.

—Esa suavidad en tu voz, esa expresión igual de suave que tienes..., no es algo que yo hubiera podido causarte. No en aquel tiempo. Ja, es como verme en un espejo. —Metió las manos en las mangas de su vestimenta roja. Sonreía nostálgico, mirando el cielo nocturno—. Kagome me enseñó a sonreír de la misma manera. También a amarme a mí mismo y a hacer amigos. ¿También te enseñó eso a ti, Kikyō?

La sorpresa por recibir tan honestas palabras no le fue indiferente a la sacerdotisa. Temerosa de que él notara el cambio abrupto en su expresión, le corrió el rostro.

Inuyasha veía por el rabillo del ojo toda actitud defensiva de la otra.

—No vine aquí a pelear, ya bastante tengo con estar peleado con Kagome. Antes de que se fuera contigo, tuvimos una discusión. O tal vez discutí solo, ya no lo sé.

—... Algo me contó al respecto.

—Keh, claro que lo hizo. Ahora eres su persona especial, ¿no es así? —La voz de Inuyasha resonó en un cierto reproche, no obstante, su sonrisa no se borraba, mas sí atinaba a decaer como quien está navegando en dolorosos recuerdos—. Esa discusión me terminó de aclarar todo. Ella... me quiso quitar el collar. —Le tembló la voz al recordarlo. La sonrisa de despedida de ella, sus ojos apacibles y ya sin dudas. Una mano fue al collar y lo aferró con fuerza—. Cuántas veces deseé que eso pasara, que ella se sintiera en confianza conmigo como para sacarme esta cosa que tú me hiciste, pero..., en vez de sentirme liberado, me sentí abandonado. Hui. Hui de Kagome porque entendí todo. Entendí que ya no me quiere en su vida, no como yo la quería tener. Tanto a ella... como a ti.

Kikyō se mantenía distante, con los ojos al frente y desinteresados.

—Estás sacando conclusiones. Que yo sepa, Kagome no te ha dicho nada.

Aunque quería refregarle la verdad a los gritos —y con una exagerada risa ganadora, digna de una malvada bruja—, Kikyō se venía en la necesidad de enmudecerse, de guardar ese secreto romántico para sí hasta que Kagome estuviera lista para contarlo. Su respeto por ella era más grande que cualquier dios al que le hubiera rezado alguna vez.

—Pero lo hará. Sé que lo hará. —Inuyasha la miró con unos ojos profundos—. Kikyō, no soy tan tonto como crees. Vengo pensando en esto hace mucho, pero no podía aceptar lo que estaba pasando. Todavía me cuesta, ¿pero puedes culparme? —Subió un poco la voz, poseído por la impotencia que venía carcomiéndolo desde que esa nueva historia dio inicio—. Es que... ¡ponte en mi lugar! Es raro para mí que justo ustedes dos, es decir...

—¿Qué justo nosotras dos hubiéramos coincidido? Claro, es muy raro. —Kikyō respingó en una risita—. Es tan raro que almas gemelas se enamoren entre sí... Nunca había escuchado un caso igual. ¿Y tú?

Inuyasha la miraba con cara de pocos amigos. Su sarcasmo siempre le dejaba un mal sabor de boca. Y cada que quería responder, Kikyō se adelantaba.

—Que tus dos intereses amorosos te superaran es lo más raro de todo... Porque nadie puede superarte, ¿no es así, Inuyasha? Era más fácil para ti el seguir estando de aquí para allá con las dos, sin poder decidirte, pero al fin y al cabo contando con las dos, que permitir que alguien más entrara a nuestra vida para mejorarla. Ja, de verdad..., eres un hipócrita.

—¡N-No es así! Es verdad que pensé así por un tiempo, pero ahora... No, siempre. ¡Yo siempre quise lo mejor para las dos!

Kikyō volvió los ojos a él. Inuyasha se rascaba la cabeza, sonrojado. Evitaba el contacto visual.

—Inuyasha...

—¡Keh! Como sea, tú lo dijiste. No es como si yo pudiera decidirme. Supongo que esto es lo mejor, me quitaron un peso de encima.

—¿Estás aceptando que...?

—¡Sí, lo estoy! —Inuyasha se giró hacia ella con la frente arrugada—. Tampoco es como si pudiera hacer otra cosa. Solo quiero... Solo...

Un desdoblamiento se estaba llevando a cabo en el corazón del hanyō, el cual solo tenía lugar para ellas dos. Costaba seguir hablando con la garganta cerrada, admitir lo que, con mucho coraje y dolor, fue hasta allí para reconocerle a Kikyō. Ese dolor no era de ahora, ya llevaba unas largas semanas engendrándose. Como un bebé, solo atinaba a crecer.

«Ese día... fue cuando todo empezó»

Sí, ese día que fue a buscar a Kagome a su época. Y entonces la vio con ella, con su pasado amor. Kikyō la abrazaba en su cama con una pasión que incluso llegó a sentir. Arrastraba las manos por la espalda de una Kagome notablemente mareada como si su vida dependiera de ello. Sus ojos, cerrados con fuerza, y las cejas, arqueadas de forma sufrida, como si se estuviera reprimiendo de otro gran sentir, lo dejaron estupefacto allí, en la ventana de la más joven.

No lo toleró.

Sin entender bien el trasfondo de esa historia que carecía de sentido para él, pero confiando en lo que había olfateado, unas feromonas feroces que querían devorarse a la más joven, sintió un instinto primitivo que le obligó a marcar territorio. Le gritaba que esa sacerdotisa, que creía conocer, estaba a punto de comérsela viva, de dejar una marca impura en Kagome que luego sería imposible de borrar. Kikyō se rehusó cuando se la quiso llevar de vuelta. Kagome, luego de un arduo debate que le resultó extraño, también.

¿Querían quedarse juntas?, ¿por qué? ¿Acaso no se odiaban? Si volvían a ese templo, ¿se abrazarían de nuevo?, ¿qué más harían? ¿Ya venían tratándose de esa cariñosa manera?, ¿cuándo cambió todo? Ellas no se podían ni ver a las caras. ¡¿Cómo pasaron de eso a esto?!

Compulsivos pensamientos lo torturaban, llevándolo a querer destruir todo a su paso. Sus amigos, inquietos por su actitud callada y fúnebre, pero percibiendo la bestial energía que emanaba, tendían a mantener la distancia en aquella larga ausencia de Kagome.

Podría decirse que Inuyasha descubrió lo que estaba sucediendo gracias a su instinto de bestia, mas no a las pistas que cualquier buen observador hubiera notado. Fueron esas malditas feromonas, que le hacían comprimirse con suma incomodidad, las que le aclararon el panorama. La última vez que fue a buscar a Kagome al templo, emanaban de las dos. Se entremezclaban entre ellas, se buscaban intensamente como quien no puede permanecer separado del otro. Kikyō nunca emanó eso con él, Kagome tampoco. Entonces, la atracción que sentían mutuamente era mucho más fuerte que lo que alguna vez sintieron por él, comprendió con mucha angustia y el orgullo herido. Pero una atracción no era lo más peligroso aquí, sino esos sentimientos que estaban creciendo entre ellas hasta el borde de volverse notorios incluso para él, en especial por parte de la sacerdotisa, quien, en ningún momento, le negó lo que sentía por Kagome. Al contrario, se lo confesó.

No sabía cómo sentirse.

Todo le decía que Kikyō se estaba por robar a su persona especial, aquella que le hizo salir del pozo de la tristeza y desengaño, sin embargo, a la vez sentía que Kagome le estaba arrebatando a Kikyō, aquella que le hizo sentirse vivo y amado en aquel pasado tiempo. Más confusión no podía haber en su pobre alma de bueno, porque realmente era bueno, al punto de sentirse culpable por pensar así, pues las amaba a las dos, mas no contaba con la suficiente inteligencia emocional como para afrontar tal cambio de narrativa en su vida. El único método que conocía para afrontar sus temores era luchando contra ellos, imponiéndose con violencia. En esta ocasión, ameritaba ser más gentil y comprensivo, algo que le costaba implementar. Pero toda dificultad parecía perderse con solo mirar los ojos, hoy muy vívidos, de Kikyō. Lo ablandaban como a un cachorrito. Y también les recordaban a otros; unos más grandes, juveniles y expresivos que tenía ganas de ver. Hoy sentía que ya no tenía permiso de verlos. Que, justamente, tenía que pedirle permiso a la mujer que tenía enfrente para poder verlos.

No podía creerlo.

Una sola acción había cambiado su vida de repente: pedirle a Kagome que fuera a entrenar con ella. Si no lo hubiera hecho, si no las hubiera juntado, ¿todo hubiera seguido igual? Lo dudaba. Kikyō lo dijo, eran almas gemelas. Era cuestión de tiempo el volver a encontrarse con su otra mitad, por no decir que era inevitable.

Entre vueltas y vueltas, indirectas —muy directas— que la sacerdotisa le arrojaba, abrazos amorosos que presenció entre ellas y, lo más importante, aquello que delató al corazón de la más joven: la sonrisa triste de Kagome al regresar con él y los demás. Todas las pistas dadas, que estaban justo frente a su nariz, pero que aún se negaba a ver, hicieron que su corazón entrara en una ardua lucha por entender y aceptar lo extraño e inevitable de las vueltas de la vida.

Temeroso, ese día no quiso profundizar en la sonrisa triste de Kagome, porque sabía lo que se encontraría si esos labios se abrían para contarle la verdad. No la quería escuchar, no estaba listo. Escapó para evitar sus sospechas que sabían a realidad. Y entonces, en medio de su soledad, apareció la serpiente de Kikyō con un aroma familiar: el aroma de Kagome. Por más simple que la visita resultara —y también bastante amorosa, porque le gustaba morderle una orejita—, por más de que esa serpiente no hablara, a Inuyasha le dejó el mensaje más importante de todos en medio de esa calesita por la que estuvo girando durante semanas:

Kagome regresó con Kikyō porque la había elegido por encima de él.

Su rostro declinó como quien es abandonado luego de una larga relación, pero, comparado a unas semanas atrás, ya no hubo furia en su reaccionar, mas sí una reflexión que le dedicaba a la luna llena: su oportunidad había pasado. Él la dejó pasar con sus vueltas.

En un intento de conservarlas, al final las terminó perdiendo a las dos.

Quizás se debía a las sospechas que venía cosechando la inesperada calma que, a su manera, lo abrumaba. La información que esa serpiente le transmitió con sus ojitos brillosos no era nueva, por ende, no le era impactante, pero sí le hacía sentir una piedra en el pecho, un sentimiento de soledad y abandono que era incapaz de sacarse de encima. No podía enojarse, no podía reclamar nada. No tenía derecho de nada.

Y las amaba demasiado a las dos como para seguir interponiéndose en sus caminos.

Tendría que vivir con ello, entonces, pensaba sobre la rama del árbol donde estaba sentado, acariciando la cabeza de la serpiente al susurro de: entiendo.

Y ahora, acariciando infantilmente la cabeza de Kikyō, quien lo miraba pasmada, pensaba lo mismo con una sonrisa, de corazón, sincera.

—Solo quiero... que sean felices. Si lo que sea que tengas con Kagome te hace feliz, yo me apartaré. Ya no sirve de nada luchar contra esto, en especial si nunca podré decidirme. Tienes razón, soy un hipócrita.

Inuyasha volvía su sonrisa triste, generando intenso pesar en Kikyō. Los ojos de él se mostraban limpios, sin ninguna impureza ni terquedad en ellos. Finalmente, la estaba dejando libre.

A ella y a Kagome.

Conteniéndose de darle un abrazo fraternal, Kikyō cerró sus ojos y se puso de pie.

—Me has entendido mal, Inuyasha. Yo no te quiero completamente fuera del camino.

Inuyasha levantó la cabeza.

—¿Qué...?

Del otro lado del pozo, donde el canto de los grillos se mezclaba con autos lejanos, la causa de su disputa suspiraba frente al altar de su fallecido padre.

—Hola, papá.

En una habitación pequeña y apartada de la casa, guardaban las cenizas del padre de Kagome y Sota. Delante de ellas, una fotografía sonriente de él; joven, lleno de vida, de mirada algo infantil y con una simpática boina en la cabeza. A los lados, inciensos recién prendidos. El delgado humo ondeaba hacia arriba, perdiéndose en el techo.

Kagome también se perdía, en el cuadro de él.

—Lamento no haber estado en tu aniversario. Hay tantas cosas que me gustaría contarte... Me pregunto si las entenderías.

Sus manos fueron hasta un anillo plateado que yacía delante de la fotografía. Lo tomó con sumo cuidado. Sus ojos, fijos en él.

—Siempre fuiste muy flexible, nunca te enojabas por las travesuras que hacía. Estoy segura de que lo hubieras entendido.

—¿Qué es lo que hubiera entendido?

Kagome se sobresaltó ante la voz de su madre. Se acercaba con las manos delante del cuerpo y una sonrisa blanda.

—Mamá, yo... —Bajó la mirada al cuadro de su padre, mordiéndose el borde del labio. Buscaba en su sonrisa el coraje para contarle a la madre su más preciada verdad.

Terminó en el santuario de su padre por una necesidad de verlo, por culpa de no haberlo visitado antes, pero también por un desesperado anhelo de aprobación que tenía miedo de no recibir. Necesitaba un consejo. Y él, cuando era pequeña, era el mejor dándole consejos. No porque su madre lo hiciera mal, sino porque su padre era un alma libre, divertido y fuera de lo común. Por ejemplo, si algún niño la molestaba en el preescolar, él solo le decía: golpéalo.

Rio por dentro, recordándolo.

Bien, no era el mejor de los consejos. Estamos de acuerdo. Pero entendía a lo que su padre quería llegar: defiéndete, no dejes que nadie te pase por encima. Nadie es mejor que tú y tú no eres mejor que nadie, pero si se meten contigo...

Hazles saber quién eres.

De manera respetuosa, agregaba su madre, temiendo que saliera una delincuente. Su padre asentía en ese momento, tomado de la cintura de ella.

—Pero recuerda, Kagome —le decía, agachándose para quedar a su altura. Tenía un dedo en alto. Kagome lo miraba con ingenua fascinación—. Hay personas que nunca entenderán con palabras y te dirán cosas hirientes. Pero, esas palabras, viniendo de ese tipo de personas, no valen nada. Lo único que vale es esto. —Puso una mano en su pequeño pecho y le mostró los dientes en una sonrisa—. Los deseos de tu corazón.

Siempre sigue tu camino sin importar qué.

Kagome admiraba la foto de su padre con profunda nostalgia. Solo tenía cinco años cuando él falleció en un accidente de tráfico. No fue una muerte que pudo procesar, no fue una enfermedad que se lo fue llevando de a poco, dándole así tiempo para aceptar —y entender a esa corta edad— lo que inevitablemente llegaría. Se lo arrebataron de golpe. Así, sin anestesia. Un día su padre se fue a trabajar y nunca volvió.

La pérdida causó en Kagome una sensación de irrealidad. Sufría de una incomprensión tan grande que le abrumaba la cabeza. De tanto intentar que cobrara un sentido, en alguna instancia, su mente se rindió. Un vacío vestía su cara cuando, en el funeral, miraba las cenizas de su padre agarrada de la mujer que lo lloraba en silencio. A Kagome no se le caía ni una sola lágrima. Su padre se había ido.

Y Kagome también.

Por muchos días no habló. Se movía por la casa como una muñeca sin alma. Mas no dejaba de jugar en su soledad, con el árbol sagrado protegiéndole la cabeza del sol. Las hojas secas del otoño, meneando por el viento, le rozaban la cabeza en una caricia como si quisieran consolarla. Sus muñecos ya no tenían ninguna historia qué contar, solo caminaban por la tierra sin un rumbo fijo. Los dejaba parados en el borde de la corteza rota en medio del tronco, allí donde ese árbol tenía una profunda cicatriz. Se quedaba observándolos unos segundos y luego los lanzaba al suelo de un manotazo con lo que parecía un enojo muy reprimido. Su madre, acariciándose el vientre, la miraba pensativa desde la puerta del templo de los Higurashi. Se habían ido a vivir con su abuelo ante la falta de recursos. Ya no podían subsistir solas.

Kagome levantó el rostro al percibir una presencia a su lado. Su madre le sonreía desde lo alto. Y entonces, después de unos largos días, volvió a hablar cuando ella le dijo:

—Kagome, pronto vas a tener un hermanito con quien jugar.

«Hermanito...»

Pasó la vista al vientre de su madre cuando ella le tomó la mano para que lo sintiera. Primero, la nada. Luego, algo se despertó muy entusiasmado. Y pegó una patadita. Kagome iba subiendo los ojos con impresión hacia los de su madre.

Ella iba a dar a luz a un bebé. ¡La cigüeña la había visitado!

—¡¿Voy a tener un hermanito?!

Las comisuras le tiraban los labios en una sonrisa desbordante de felicidad. Un hermano, alguien con quien jugar, un nuevo ser a quien amar. Ya no estaría sola. Kagome volvió a revivir ese día, sin saber que su padre le había dejado ese regalo a su esposa antes de irse: Sota.

El recuerdo del padre pasó a ser una sombra después del nacimiento de su hermano, quizá demasiado. Kagome, otra vez reluciente y llena de vida, poco lo nombraba en un intento muy inconsciente de no entristecerse, pero aquello no causó que los ejemplos y valores enseñados por él se perdieran. Vivían dentro de ella. Y se manifestaban, todo el tiempo. De alguien había heredado ese carácter fuerte que ya era su marca personal; la terquedad y simpatía de su padre, la dulzura y compasión de su madre. A veces, también lo misteriosa de ella.

—¿Por qué nunca usas el anillo que te dio papá? —le preguntó a su madre, enseñándoselo. Tenía esa cuestión atragantada hacía años. Su madre era una mujer de profundos secretos, como el mar. Mientras más hondo te hundes, más oscuro se vuelve. Es difícil llegar a él y poder vislumbrar toda su belleza. Así se sentía con su madre. Kagome nunca fue capaz de ver más allá de la sonrisa estoica de ella. Qué secretos y dolores ocultaba, qué tan real era, muchas veces se preguntó. Hoy ya no tenía la capacidad de ocultar ninguna curiosidad—. Es el anillo que te dio cuando se comprometieron, ¿no es importante para ti?

Su madre asintió con calma.

—Entonces, ¿no lo usas porque ya lo olvidaste?

—Es justamente por todo lo contrario. —Su madre estrechaba los ojos en la fotografía de su esposo. Dulces recuerdos le venían con él—. No lo uso porque es muy preciado para mí. Estando allí, con él, está más seguro que conmigo. En un descuido, podría perderlo lavando los platos. No me agradaría que se fuera por la rejilla.

Kagome soltó una risita.

—Cierto. He perdido miles así.

Su madre asentía con esa sonrisa tenue que podía calmar hasta al más furioso de los seres. Se la imaginaba en la secundaria, parando una pelea entre su padre y algún otro chico sólo con esa sonrisa.

Kagome volvió la vista al anillo, reflexiva. Tal importante objeto le hacía asociar con alguien. Alguien que, hoy en día, le quitaba el sueño.

—Mamá, ¿cómo te propuso matrimonio papá?

—Vaya Kagome, pero qué preguntas haces de repente. ¿Ya estás en esa edad? —Su madre se acercaba a paso lento. Estiró la mano, pidiéndole el anillo. Kagome se lo dio—. Fue justo allí, en nuestro querido árbol sagrado. —La tomó por un hombro, dirigiéndola hacia la ventana. Con la mano libre señalaba al viejo árbol que había pasado de generación en generación por su familia. Fiel, se mantenía con ellos hasta en el más difícil de los tiempos. Sus hojas ondeaban por el viento suave de la noche.

Kagome lo observaba con el labio inferior desprendido.

—¿En el árbol sagrado...?

—Ese día habíamos tenido una gran pelea, de esas que suenan definitivas. Me encontré ahí parada, en el árbol sagrado, pidiendo por nosotros. Y entonces, como si me hubiera escuchado, tu padre dejó de lado su orgullo y apareció con esa sonrisa torpe que siempre le gustaba poner. —Se volvió a su hija, que la miraba con los ojos enrojeciendo—. Se inclinó, me pidió disculpas y entonces me dio esto. —Le mostró el anillo—. "Estuve trabajando muy duro para conseguirlo, lamento haberte descuidado", me dijo, dejándome sin palabras. Ese día aprendí a perdonar, también a valorar y entonces no tuve ninguna duda.

—Aceptaste casarte con él...

—Creo que ya había aceptado hace mucho. Posiblemente desde que lo vi la primera vez —musitó su madre, regresando los ojos al anillo. Se quedó viéndolo un momento. Sus ojos contaban una tierna historia de amor—. Las mujeres, a veces, podemos ser muy frías, Kagome. Si hay algo que lamenté cuando él se fue para siempre, fue el no decirle "te amo" todos los días. —Le ofreció el anillo—. No cometas el mismo error que yo.

—¿Eh?

—Ahora es tuyo. Dáselo a la persona que amas.

—¿Q-Qué? —Kagome se sonrojaba con intensidad— ¡No puedo aceptarlo, mamá! ¡Es tu anillo! Papá te lo regaló, por eso-

—Por eso mismo quiero que lo tengas, porque es importante.

Kagome parpadeó, impactada. Eso mismo le había dicho a Kikyō cuando le regaló su osito, aquel que le había dado su padre cuando era pequeña. La historia se repetía, como si estuviera siendo guiada por él. El sentimiento era el mismo. Una necesidad de dar, de hacer feliz al otro sin esperar nada a cambio.

La madre endulzaba la sonrisa ante la conmoción de su hija. Puso el anillo en su mano.

—Kagome..., tus ojos me dicen que estás enamorada de alguien. Lo sé bien. Soy tu mamá, después de todo.

Kagome contemplaba el anillo en su mano, dubitativa. Le ardían los ojos.

—Pero..., y si ese alguien no fuera quien esperas, ¿te decepcionarías de mí?

Su madre cerró los ojos con paz.

—Lo único que espero es que seas feliz. Tu padre hubiera deseado lo mismo. Si esa persona... Si esa jovencita te hace feliz, no hay razón para estar triste. Eres mi mayor orgullo, Kagome. Jamás podría decepcionarme de ti.

—Mamá...

Los ojos de Kagome se llenaban de las más sinceras lágrimas. Emoción no dejaba de apretarle el pecho. Los cerró y entonces se arrojó a los brazos de su madre. Ésta última la envolvió en un cálido abrazo. El más cálido de todos, pensó.

—Sé que te cuidará bien, y que tú cuidarás de ella. De eso se trata estar en pareja, Kagome. Compañerismo, respeto, nada más.

Kagome asentía una y otra vez, sollozando en su pecho. Se aferraba fuerte de su espalda. Fue en búsqueda de una respuesta y la encontró. Una más grata de la que llegó a imaginar.

Su madre le acariciaba la cabeza.

—Seguirán adelante juntas, a pesar de las adversidades —murmuró, apartándola por los hombros. Señaló el anillo en su mano—. No dejen que sus diferencias las distancien. Cuando sientan que todo pierde sentido por una tontería, solo miren el anillo.

Kagome giraba el anillo entre los dedos. Sus ojos se iban agrandando a medida que notaba una inscripción en la parte de adentro:

Por siempre.

Estrechó los ojos, envueltos en lágrimas. Se resbalaban por las mejillas, pesadas y gruesas.

—Papá...

Se llevó el anillo al pecho, cayendo de rodillas al suelo.

—¡Papá!

Su madre se inclinó hacia ella y la abrazó con todas sus fuerzas.

Kagome, entonces, por fin pudo llorar a su padre. Con congoja, como siempre quiso hacerlo, pero no se lo pudo permitir. Luego de unos largos años, lo lloraba intensamente desde el corazón.

Allí, en ese abrazo, no solo sentía la maternidad de su madre, sino también una extraña sensación paterna envolviéndola.

Cálida.

Muy cálida la abrazaba por la espalda con una sonrisa y una boina.

Continuará...


Hooli gente linda! Sí, volví después de siglos, para no perder la costumbre. Espero que anden bien y que les haya gustado este capítulo ^^

Quise profundizar un poco en lo que la gran maestra Rumiko nunca nos quiso mostrar: la relación de Kagome con sus viejos. Oooobviamente solo agarré la poca información que hay sobre su papá y dejé volar a la imaginación. En base a cómo es Kagome y esa poca data que tenemos de él, me lo imaginé de esa manera, tal como leyeron, pero la única gran verdad la tiene Rumiko. Sí que le gusta mantener el misterio con el tema de los progenitores, ni el nombre del papá nos dio. Típico de un shoujo u shonen: los padres no existen. Entiendo el porqué, la historia no se enfoca en ellos, pero a veces me gustaría ver un poco de esa relación fraternal, o, al menos, algo que deje en claro que se preocupan por sus hijos. También entiendo que la crianza japonesa es muy diferente a la nuestra, así que tampoco puedo juzgarlos con mis ojos latinos xD Pero incluso aunque se expresen diferente, el amor es amor. Y obvio que la mamá de Kagome la ama mucho aunque la deje irse por ahí de aventura.

En fin, solo quería desarrollar un poco esos personajes no siempre explorados, primero porque amo desarrollar y segundo porque me parecen interesantes. También, y recordando a Inuyasha, lo vimos crecer un poquito en este capítulo. Veremos cómo se comporta en el siguiente.

Chat'de'Lune: Bueenas buenas estimada! Cómo anda? Espero que muy bien :) Me alegra que te haya gustado el capítulo anterior! Y hablando de capítulos... ¡El capítulo de Xena! *se pega en la frente*. No lo olvidé, nunca olvidé esa historia, y los dioses sabrán que más de una vez traté de terminarla. Me distraje con otros ships y con la vida misma, lo admito *shora*. Pero, como siempre digo, ¡le voy a dar un final aunque sea lo último que haga! Ya no quiero prometer fecha de actualización porque se sabe que no la voy a cumplir xD pero sí puedo prometerte que no voy a abandonar la historia, incluso aunque pasen los años. Y sí que pasaron. Mirános acá, casi diez años después de que publiqué ese fic, hablando de Xena. Aprovecho para decirte: muchas pero muuuuchas gracias estimada por apoyarme desde el principio con mis historias, de verdad se agradece que hayas leído y comentado en cada una de ellas con siempre la mejor de las ondas. Se te aprecia mucho *insertar corazón*. Pasada la muy necesaria cursilería, me retiro. Espero que sigas bien! Te mando muchos namasteees y un beso grande!

nadaoriginal: Hooli, cómo va eso? Volví! Me alegra que te haya gustado el capítulo anterior. En este quise, por no decir NECESITÉ, que Inuyasha madurara un poquito para ver desde otro ángulo la cosa. En sí, se la pasaron peleando como gatas en todo el fic (por si no te diste cuenta xD). Más inmaduros imposible, tanto Kikyo como Inuyasha (Kagome no se queda atrás). Se entiende el porqué actúan así, son personas muy heridas que quedaron a la defensiva (y todavía son jóvenes), sin embargo, siempre llega el momento de madurar. Aunque todavía no cantaría victoria jajaj Inuyasha, en sí, ya venía tratando de digerir el tema desde antes. Ojalá no se nos caiga. En fin, espero que andes muy bien! Te mando un beso y nos leémos pronto!

Guest: Hola holaa, cómo va? Espero que bien! La bici todo terreno de Kagome sigue dando de qué hablar. Se la ree baanca esa bici, pero Kikyo parece que no la toleró xD Hablando de ella, creo lo mismo. A pesar de su condición, sigue siendo una chica de 18 años que, sí, tuvo que madurar antes y por eso adquirió mucha sabiduría, por no decir que en esa época ya eras una mujer adulta a esa edad, pero la realidad es que su cerebro y hormonas todavía son las de una adolescente. No maduraron, por ende, tiende a los berrinches (a su forma muy sarcástica), a las disputas y a querer tener la razón en todo. Algo muy típico en los adolescentes. Tanto ella como Kagome están aprendiendo a vivir, cada una con su personalidad y motivos. Es verdad que Kikyo puede que sea mas madura que ella por las experiencias que vivió, pero Kagome está a nada de pisarle los talones. Inuyasha también está madurando, como lo habrás leído. Todo el fic fue medio una pelea de gatas entre Kikyo e Inuyasha, creo que era tiempo de que mostraran un poquito de madurez xD En fin, te leo prontito! Que andes bien, un beso!

Ahora chi, me despido hasta el próximo capítulo.

Se me cuidaan :)