HETALIAES UN MANGA DE HIDEKAZ HIMARUYA
IVÁN IV VASÍLIEVICH FUE UN PERSONAJE REAL (1530-1584)
гро́зный [gróznyj]: en ruso, grande, intimidante, formidable, magnífico, severo..., cruel
Rusia lo conocía de toda la vida; de hecho, estuvo allí cuando fue concebido, para poder certificar con autoridad que el hijo nacido de la Gran Duquesa era ciertamente de su marido.
La primera esposa de Basilio III fue rusa, cierto, pero había sido una decepción. Después de intentarlo con ahínco y no haber conseguido descendencia, la metieron a un convento y Basilio volvió a casarse, con una de las mujeres de Lituania, Yelena. Es cierto, no era fácil tener que elegir entre una rusa estéril y una lituana, por muy hermosa y fértil que fuera, pero estaba emparentada ésta con la saga de los Glinski, y a Basilio le cautivó su belleza y sus encantos. Al verla gimiendo debajo de su marido, sobre una cama cubierta de harina para atraer la fertilidad, Rusia también pensó que era bonita.
Mas la Iglesia estaba en contra de aquella unión. Rusia no podía estar en manos de una lituana, de una católica. Basilio trató de conseguir su bendición sin éxito. El Consejo del Patriarcado Latino de Jerusalén llegó incluso más lejos, explicando los motivos de su negativa. La voz de barítono del patriarca aún resonaba en la cabeza de Rusia, mezclada con los orgasmos del Gran Duque y la Duquesa:
— De esta unión nacerá un hijo malvado, el terror asolará Rusia, se derramarán ríos de sangre, las ciudades se consumirán entre las llamas.
Pero lo más probable era que tan sólo intentaran asustar a Basilio. Cuando el heredero siguió sin venir, ellos fueron los primeros en hincarse de rodillas y rezar por que la Gran Duquesa concibiera.
Por fin, Rusia pudo sostener un niño en sus brazos para darle su bendición. Un niño al que pusieron por nombre Iván. Yuri nacería dieciocho meses después.
La nobleza, sin embargo, no se alegró con estos nacimientos, puesto que los niños eran lituanos, y un obstáculo para sus propósitos.
Cuando, tres años más tardes, se convirtió en un secreto a voces que Basilio no volvería vivo de aquel viaje al monasterio de Sergey-Troitsky, debido a un bulto maligno en su ingle, comenzaron a hacer planes por su cuenta. Cuando el Gran Duque los reunió en torno a su lecho de muerte para comunicarles su intención de nombrar a su hijo Iván Gran Duque y pedirles que los enemigos de él fueran sus enemigos, sus labios dijeron sí pero en sus corazones retumbó un no. Cuando Basilio fue enterrado y Yelena se secó rápidamente las lágrimas para asumir el cuidado de Rusia, decidieron que había llegado el momento de deshacerse de aquella influencia extranjera antes de que Rusia quedara contaminado.
Debían ser rápidos: ella ya había metido a su cuñado Yuri y a otros boyardos, nobles, en la cárcel fundándose en sospechas de que no iban a cumplir sus votos de ser leal al futuro Gran Duque, y favoreció a su amante, el príncipe Iván Obolensky.
Hubo intentos de quitar a Obolensky de en medio, pero habían tardado demasiado en reaccionar, y Yelena los frustró. No podía sospechar que cuantos menos candidatos al trono, con menos amigos se veía su hijo, más rencor y furia se acumulaban...
Rusia era plenamente consciente de la situación porque tenía oídos, pero todo aquello le divertía, más que preocupaba. Por otra parte, ¿qué podía saber Iván? No era más que un niño pequeño. Un niño que podía parecer callado y frío, pero sólo era así con los que no devolvían su gentileza y amabilidad. Por supuesto, él era todo sonrisas con su 'Hermano Mayor Rossiya'.
Aunque pronto aprendería.
Estaba en los brazos de Rusia cuando entraron a los aposentos de Yelena y se la encontraron tendida en el suelo, con sangre manando de su boca abierta y de la nariz. Fue inútil llamar a un médico: ya estaba muerta.
Daba igual lo que la gente le dijera: Rusia conocía el efecto que tenían los venenos en el cuerpo humano. Y suponía que Iván también lo sospechaba.
Las cosas cambiaron desde aquel momento. Rusia encontró su espacio invadido por todos esos boyardos que se sentaron en el trono del Gran Duque, durmieron en su cama, bebieron de sus copas y platos de oro, dilapidaron su fortuna. Hicieron con los campesinos lo que les plació, no sintiendo cuando los saqueaban y destruían sus pueblos ni más ni menos que si fueran insectos. Ellos, sobre todo los Bielsky y los Shuisky, se enzarzaron en peleas desvergonzadas para ver quién 'le ponía la correa al perro', ignorando que 'el perro' estaba presente. Los Shuisky ganaron la guerra y los partidarios de sus rivales pagaron por ello. Mishurin, el viejo confidente de Basilio, fue despellejado vivo por los niños y después decapitado. Después de todo, para ellos la mesura era un vicio y la virtud contraria era la crueldad.
Rusia se estremeció al contemplarlo y se preguntó qué no le harían a Iván...
Pero ¿qué había sido del heredero? Rusia apenas los veía a él y a su hermano en la corte. El niño al que solían cubrir de halagos y honores ahora estaba tan olvidado como un muerto.
Y los encontró, en un rincón. Había pensado por un momento que eran pequeños vagabundos que habían logrado colarse en el palacio. Los miró de nuevo y se quedó atónito al ver que eran los herederos al trono, ni más ni menos. Por fortuna para ellos, eran demasiado insignificantes para matarlos, nadie se había molestado en hacerle nada a Iván. Se limitaban a aplaudirlo cada vez que mostraba que sabía jugar según sus reglas tirando perros por la ventana.
Un gran error, puesto que creció y se hizo más sabio.
Los boyardos siguieron haciendo lo que se les antojaba, quitando a rivales de en medio, en las mismas narices de Iván y de Rusia, sirviéndose de artimañas sucias, hiriendo a los amigos de Iván. Hasta que él decidió que había llegado la hora de poner fin a todo.
Tenía catorce años cuando dejó de permitir que Rusia lo cuidara y comenzó a cuidar de él.
— No caeréis en manos de esa calaña. Dios envió a mi familia para que os cuidara. Ha puesto un ángel para que cuide de vos, las naciones. Yo soy vuestro angel de la guarda.
Había llegado la hora de acabar con todo y, ¡oh, a Rusia le pareció glorioso!
¡Cómo dejaron de reír cuando Shuisky murió estrangulado en la cárcel como un perro sarnoso! ¡Qué delicioso silencio después de que Iván aprobara a quien quiera que lo hizo! ¡Contemplad cuán decepcionados estaban todos al ver que no escuchaba a nadie y hacía lo que él consideraba oportuno! ¡Ved cómo no se atrevían a abrir la boca después de que ordenara cortarle la lengua a un boyardo que osó hablar de forma inapropiada al Gran Duque!
Rusia sonrió, al ver a todos sus enemigos de vuelta a su sitio. Oh, sí, ahora tenía algo sólido a lo que aferrarse.
1546
Iván cumplió los dieciséis años y ya era hora de que eligiera esposa. Algo complicado, en verdad, puesto que a ninguna nación le interesaba entregar la mano de sus princesas al heredero de un estado ruinoso, e Iván no quería ni mirar a las hijas de los boyardos. Rusia trató de ayudar extendiendo el rumor de que Iván estaba emparentado con el emperador romano Augusto, el cual tenía ascendencia divina. Siguiendo la tradición, todas las candidatas fueron convocadas en la Catedral de la Dormición para que Iván viera qué opciones había y escoger a la que más le gustara.
— Escogeré a una rusa—susurró al oído de su nación, antes de declararlo en público—. Por si mi matrimonio resulta estéril o infeliz; de otra manera, tendrías problemas.
Aquello honró a Rusia, y se dijo que bendeciría el matrimonio sin importar a quién eligiera. Al final, fue Anastasia Romanovna.
Una chica muy tranquila, tan piadosa como su marido, y muy dulce. Rusia no tenía razones para temer, puesto que tenía buenas referencias de su familia. Sí, de hecho, se sentía muy satisfecho con esta unión. Ella le dio seis hijos y, sobre todo, mucha paz. Desde que se casaron, ya no existió ninguna otra mujer en el mundo. Él la adoraba, Rusia estaba seguro de ello, escuchaba sus consejos, conseguía calmarlo cuando la cabeza se le iba un poco.
La pareja pasaba los días cazando, y rezando, y haciendo el amor, mientras Rusia permanecía bajo la dirección de los Glinski. Una terrible dirección. La cabeza le dolía a Rusia con frecuencia, porque si había algo que le gustara a aquellos tipejos era martirizar a los campesinos, su gente, al fin y al cabo. Habían provocado incendios.
Eso le dijo a Iván aquella delegación de Pskof. Rusia tenía mucho que ver con que hubieran conseguido la audiencia. Una persona podía ser ignorada fácilmente, pero muchas…
— ¿Fuego, dicen? —interrumpió Iván su rosario de calamidades.
Hizo una señal a sus guardas. Ellos lanzaron líquido inflamable al grupo, y luego él les lanzó una chispa. Rusia miró con los ojos muy abiertos cómo aullaban aquellos hombres, cómo trataban de apagar las llamas de sus barbas y ropajes. Volvió la mirada hacia Iván y lo vio riendo entre dientes. Encontraba esto desternillante. Y aún no había puesto la guinda al pastel. Ahora que los heraldos se habían desnudado, planeaba poner fin a sus miserables existencias, cuando entró corriendo un mensajero.
— ¡Alteza! ¡El fuego ha alcanzado el Kremlin! ¡La campana de la bendición ha caído!
Iván, pálido, se puso en pie y, olvidándose de los desdichados hombres, salió corriendo. Rusia lo siguió. En efecto, se encontraron con que el viento había ayudado al fuego a expandirse hacia su recinto: el palacio del Gran Duque, las catedrales de la Anunciación y de la Dormición, la armería, las mansiones de los nobles, los jardines…¡todo! Moscú se convirtió en un infierno. Aterrados porque no había adónde huir, los moscovitas se lanzaron desesperados al río.
A eso le siguieron momentos de gran confusión. Rusia nunca sería capaz de recordar con exactitud cómo él e Iván lograron escapar de las llamas. Todo lo que sabía era que, cuando volvió a Moscú, se encontró en su lugar con una enorme escombrera. Cientos de miles de cadáveres colapsaban las calles. Parecía que sólo se había salvado el icono de su Señora de la Catedral de la Dormición. Lo besó apasionadamente, con lágrimas en los ojos. Su hermosa ciudad…
Un nombre corrió por entre los supervivientes. Los Glinski…Los Glinski lo provocaron…Ellos lo hicieron…Lo hizo Ana Glinski, la matriarca: es una bruja que usa cadáveres para hacer magia negra…Cuando Iván miró a sus súbditos, congregados en la Plaza Roja para interrogarlos, todos los ojos estaban sobre la familia, todos los dedos los señalaban.
— Si estáis tan seguros de que fueron ellos…Son todo vuestros. Haced con ellos lo que gustéis—Iván sacudió la mano despreciativamente, aburrido de tanto testimonio y tanta tontería.
Se dio la vuelta para marcharse. Rusia se quedó ahí, mirando cómo el populacho arrinconó a la familia, incluso a los niños sospechosos de tener sangre Glinski, y los mató con sus propias manos. Y así su linaje se perdió junto con Moscú.
De vuelta a casa, se detuvieron. Silvestre, párroco de la Catedral de la Anunciación, apuntó con un dedo acusador al Gran Duque.
— ¡Un rayo de Dios ha golpeado a Rusia a causa de vuestras pasiones y frivolidades! ¡El fuego del cielo ha descendido sobre Moscú y la ira de Dios os ha golpeado!
Aquellas palabras provocaron un escalofrío a Rusia, pero a Iván…
Su señor se quedó congelado, abrió desmesuradamente los ojos. Los volvió, febriles, hacia su nación. Y entonces, soltando un gemido, cayó de rodillas ante ella.
— ¡Tiene razón! ¡Es cierto! ¡He pecado contra el cielo y contra vos! ¡No soy mejor que los boyardos! ¡Soy un asesino y un pecador, y vos habéis pagado las consecuencias! —tomó la mano de Rusia, sollozando con desesperación—. Perdonadme…¡Por favor!
— Os perdono, Iván. Claro que sí…—lo reconfortó Rusia, acariciando sus manos.
Aquello no pareció calmar mucho a Iván. Se limitó a sacudir la cabeza con desesperación.
— ¿Qué hacer…? ¿Cómo…? Ya sé. Seré un mejor guardián a partir de ahora. Dios escogió a mi familia para cuidaros y eso haré…Os cuidaré…Preservaré vuestra pureza…Me purificaré a mí mismo para no contaminar algo tan puro como…—como si hubiera notado que estaba ensuciando a Rusia con su tacto, corrió a apartar las manos de él—. Por favor, perdonadme…Por favor…
— Os perdono. En serio…
Las lágrimas corrían por sus mejillas. Rusia estaba seguro de que su arrepentimiento, todo ese dolor, conmoverían al Señor y le ganarían Su perdón. Iván también convirtió sus palabras en actos. Juntos reconstruyeron Moscú, ahora en base al metal, y, ya que había sido mezquino con los campesinos, escuchó el consejo de Anastasia y de Silvestre y no sólo donó una fortuna a labores de caridad y fundó hospitales, sino que escuchó con gusto sus problemas. No se explayaron mucho, porque seguía habiendo gente poderosa que les haría pagar sus chivatazos, pero de todas formas se agradecía su generosidad; Iván hizo lo que pudo por compilar todas las leyes de casa de Rusia, acabar con la opresión ejercida por los señores, enseñarlo a usar la imprenta para evitar errores y añadidos ilegales a los textos legales y sagrados, confiscó muchos bienes de la Iglesia «ya que habían renunciado al mundo.» Rusia sonrió al ver que las cosas comenzaban a mejorar. Iván era un gran hombre, y él lo amaba.
1548
Mongolia ya estaba haciendo de las suyas. Animado por Iván, Rusia se defendió. Quizás, cuando era niño, habría aguantado que invadiera su casa, matara a su gente y destruyera sus cosechas, pero ya no. Ah, no. Así que reunió a sus hombres y marchó a enseñarle a Mongolia que ahora era mayor y no tenía miedo.
Las cosas no comenzaron bien. El tiempo en su casa era inestable en aquella época del año. Después de las heladas vino la lluvia. La pólvora se mojó, los ríos se descongelaron, tragándose a sus hombres mientras los atravesaban a pie.
— Aún no estoy limpio…—se lamentó Iván, y se encerró en un monasterio para hacer más penitencia.
Iván no tenía la culpa de todo, pensó Rusia. Era un buen hombre. ¿Era esto debido a su propia incompetencia? ¿La de sus generales? Iván le había dicho que había traidores entre sus altos mandos, que saboteaban la campaña…
…Pero…¿y si era él el único que tenía la culpa?
— Vos no tenéis la culpa de nada.
Rusia se lo quedó mirando desde su asiento junto al fuego. En sus manos sostenía una copa de vino, de la que bebió.
— Tan sólo habéis caído en manos de gente que no os ha dado el consejo y la dirección adecuados…Y me incluyo…
— Sois demasiado duro con vos mismo—dijo Rusia.
Iván negó con la cabeza. Apuró lo que quedaba de su copa, se puso en pie y fue hacia Rusia.
— Soy vuestro padre. Desde ahora en adelante…Os salvaré de la opresión y los saqueos…Por favor, rezad por mí…Esta tarea es demasiado pesada para mis débiles hombros…
Su padre…
Rusia nunca había tenido un padre. Lo más parecido a una figura paterna que había tenido era su hermana mayor Ucrania, pero ella también era una niña, tan confundida y desamparada como él. Un padre…
Decían que Dios había concedido a cada cristiano un ángel para que cuidara de él y lo guiara hacia la patria celestial, y que las naciones también lo tenían. Rusia suponía que se los llamaba 'reyes'. Iván era su ángel de la guarda, enviado por Dios para mantenerlo por el buen camino. Un mensajero de los cielos, ejecutor de las órdenes de Dios…
Enviaré delante de ti un ángel y expulsaré a cananeos, amorreos, hititas, perizitas, heveos y jebuseos.
Sintiendo el pecho henchido de una renovada esperanza, Rusia atacó a Mongolia, hasta que lo tuvo aplastado bajo su pie, declarando su rendición. Sed como Cristo, le había dicho el viejo Silvestre, perdonad a vuestros enemigos y amadlos, así que eso mismo hizo. No tenía por qué morir. Pero había ganado él, y eso le hacía temblar de júbilo. Ordenó construir una catedral dedicada a san Basilio para conmemorar este acontecimiento. Y cuando él e Iván recibieron una carta en que se les anunciaba que Anastasia había dado a luz al heredero, estaba en éxtasis. Las celebraciones se prolongaron durante días.
¿Cómo se habían torcido tanto las cosas? ¿Por qué esto?
La peste se extendió por todo el país, matando a muchísima gente. Aunque la enfermedad no llegó a Moscú, Iván cayó enfermo y quedó postrado en la cama…¿en su lecho de muerte?
Rusia vio cómo lo consumía la fiebre y alzó los ojos hacia el cielo y se preguntó…¿Por qué? ¿Por qué tenía que ocurrir algo así? Las cosas malas sólo les pasan a los malos, e Iván era un hombre muy bueno…
Con los ojos fijos en el hombre que se afanaba por respirar, Rusia sintió un escalofrío.
…Era imposible que Iván se lo hubiera buscado…
…Debió de ser él…
…Él le había hecho esto a Iván, porque no había sido un buen chico…
Voy a mandar todas mis plagas contra ti, tus servidores y tu pueblo, para que sepas que no hay nadie como yo en toda la tierra.
Oráculo del Señor, oráculo del Señor…Poseído por una fiebre similar a la del Gran Duque, Rusia corrió a encerrarse en un convento y allí rezó. No hizo otra cosa. Ni dormir, ni comer, ni hablar con nadie…Tan sólo rezó porque Iván viviera, para que Dios perdonara los pecados cometidos, fueran los que fueran. Tan sólo aceptó interrumpir su mortificación cuando el propio Iván le suplicó que fuera a verlo.
Estaba rodeado de sus boyardos y consejeros. Anastasia sollozaba en un rincón. El momento estaba cerca, Rusia lo presentía, e Iván también.
— Cuando muera…Mi hijo Dmitri…cuidará de vos…—volviendo los ojos hacia sus nobles, exclamó—: ¡Quiero oírlo de vuestros labios! ¡Decid que obedeceréis a Dmitri y lo protegeréis a él y a su madre de todo peligro!
Rusia se esperaba que le siguieran la corriente, que consolaran al Duque en su último aliento…, pero no tenían ni siquiera la paciencia de ocultar su descontento con la idea de jurarle lealtad a su hijo, cuando estaba su primo, Vladimir Andreievitch, más acorde con sus propósitos…Hasta el viejo Silvestre se había acostumbrado más al poder de lo que convenía a un clérigo y eligió bando en las mismas narices de su señor.
— ¿¡Lo veis, Rusia!? ¡¿Veis la ingratitud de los hombres?! —exclamó Iván.
Rusia se sintió más que contento al ver que Iván finalmente salía de esa. La enfermedad se esfumó tan rápido como había aparecido. Dio gracias a Dios y se mostró de acuerdo con Iván cuando éste le dijo que había que ir a agradecerlo a Kirilov.
— ¡No lo hagáis, Su Grandeza! —dijeron a Rusia sus consejeros—. ¡Vos y el Gran Duque debéis hacer algo con Mongolia! ¡Se ha rebelado, se niega a convertirse al cristianismo, a pagar los tributos que debe, y una vez más vuelve a causar estragos! ¡El Señor está en todas partes, podéis alabarlo durante la campaña!
— Una promesa es una promesa—replicó Rusia.
— Su Grandeza, no quería tener que deciros esto, pero no me dejáis otra opción…He tenido una visión…Si no vais a Kazán, si persistís en vuestro error…el heredero morirá…
Las cejas de Rusia se fruncieron.
— Bobadas—sentenció, y preparó su viaje.
Una decisión que lamentaría. Puesto que, cuando llegaron a Kirilov, el pequeño Dmitri cayó enfermo, y apenas se habían puesto a buscar un doctor cuando expiró.
Ver a Anastasia sollozar, acunándolo en sus brazos momentos antes de meterlo en el ataúd, a Iván demasiado roto de dolor como para echarse a llorar, rompió en pedazos el corazón de Rusia. Él había causado esto. Era culpa suya. Dios había vuelto a castigarlo.
Morirán en la tierra de Egipto todos los primogénitos: desde el primogénito del faraón que se sienta en su trono hasta el primogénito de la sierva que atiende al molino, y todos los primogénitos del ganado. Y se oirá un inmenso clamor en la tierra de Egipto como nunca lo ha habido ni lo habrá.
Se mortificó cruelmente, rogó a gritos a los iconos. Soy un niño malo, un niño malo, por favor, no hagáis más daño al bueno de Iván, por favor, soy un niño malo, un niño malo…
Volvió al oír que Anastasia se había vuelto a quedar en estado y había dado felizmente a luz a un nuevo heredero, Iván. Tiempo más tarde vendría Fedor. Vino que parecía otra persona, tranquilo y sonriente. Iván también estaba risueño. Algo que todos temían. Y ciertamente, Rusia era todo sonrisas y tranquilidad cuando se plantó en Kazán y enseñó a Mongolia a respetar a sus dueños.
Unas noticias curiosas llegaron a oídos de Rusia, sobre un hombre extraño que había desembarcado en sus dominios. La gente comentaba que era muy raro. Rusia tendría la ocasión más tarde de comprobarlo por sí mismo.
Sí que era extraño. Llevaba un traje de seda, pantalones de bombachos, botas que ciertamente habían caminado mucho, y una cosa extraña alrededor de su cuello, pero lo que realmente captó la atención de Rusia fueron sus cejas pobladas.
— ¡Ah! ¡Sois vos! Ya había oído que tenía un igual por aquí. Lo presentí. Vos probablemente lo hayáis sentido también. Vengo en son de paz. No os inquietéis—dijo el extranjero.
Rusia no tenía la menor idea de lo que estaba diciendo, así que se quedó ahí de pie con la cabeza ligeramente inclinada.
— Oh. Ya veo que no habláis inglés. Uh…Scisne Latine?
— Latine! Ita! —tanto Rusia como Iván podrían haber sido considerados ratones de biblioteca. Iván tenía una vasta biblioteca con los mejores libros, muchos escritos en latín, naturalmente.
Bueno, era un comienzo. Gracias al latín, pudieron comunicarse, Rusia pudo comprender que era un explorador que venía de un lugar muy lejano llamado Inglaterra, y que venía a descubrir las maravillas que le habían contado sobre su casa. A Rusia le gustó desde el principio, y organizó un banquete en su honor. Le satisfizo ver su anonadamiento ante el esplendor de la corte, los adornos de oro que llevaban todos, el lujo, cómo todos hacían una reverencia y alababan al Gran Duque cada vez que éste les ofrecía pan. Al parecer, le habían dicho que Rusia estaba todavía por civilizar.
— хорошо́? —preguntó Rusia, señalando el plato que Inglaterra estaba probando.
— ¡Sí, sí, está bueno! хорошо́! —asintió Inglaterra.
A Rusia le gustaba el tal Inglaterra. En serio. Era una nación muy interesante, muy sofisticada, buena con los números. Había visto mucho y Rusia tenía el presentimiento de que tenían mucho que aprender el uno del otro. Cuando Inglaterra le ofreció comerciar, Rusia no se lo pensó antes de ofrecerle sus productos.
Ahora que tenía un socio, soñó con expandir su negocio al resto de Europa. El problema era que Polonia, Lituania y Suecia no iban a dejar que tuviera acceso al mar.
Hm. Oh, en fin. Se abriría paso de todas maneras.
— ¡¿Zar?! ¡¿El guardián de Rusia dice que quiere ser zar?!
La voz de Polonia retumbó por toda la cámara. En ese instante parecía realmente ultrajado. Sus hombres se lo quedaron mirando, esperando que su furia aumentara y que se pusiera a gritar. Ya se había levantado del trono. Sin embargo, se quedó callado por un momento, como reconsiderando el objeto de su preocupación, y volvió a sentarse.
— ...¡Ja! ¡Un zar! Como si Rusia se mereciera ser tomado en tan grande consideración...Demasiado para un bárbaro como él...
Lituania estaba también presente, pero, al contrario que su compañero, era tan callado en comparación que solía pasarse por alto su presencia. Sin embargo, esta vez se hizo notar:
— Tiene razones para sentirse orgulloso. Ha conseguido derrotar a Mongolia...
— Tan sólo ha obtenido unas pequeñas victorias.
— Sí, son pocas, pero las ha conseguido...
— Pero se las ha apañado para tocarle las narices a Suecia, al molestar a sus vasallos...—Polonia se tumbó con los pies sobre el resposabrazos—. Y uno no toca las posesiones de Suecia, y mucho menos a Finlandia, y se va rositas...Rusia y su señor se creen muy listos, pero cuando Suecia haga acto de presencia, no les van a quedar dientes para sonreír...
— Sigo pensando que debemos tener cuidado. Creo que Suecia le está subestimando demasiado...
— Para Suecia, y contra un campesino como Rusia, debería ser pan comido.
— No sé, ha...cambiado...
— Venga ya, Liet, ¿me estáis diciendo que le tenéis miedo? ¿Os habéis tomado sus amenazas en serio?
— Pues claro que sí.
Polonia chasqueó la lengua.
— Seréis tonto...Ya lo veréis. Ése no es más que humo y palabras vanas.
¡Un zar! Siguió rumiando. Pero al final sacudió la cabeza y sonrió. Rusia no merecía tener amigos en tan altas esferas. Nadie reconocería su autoridad. Oh, pobre Rusia, qué estúpido por su parte pensar que sólo por haber conseguido algunas victorias ya podía considerarse un imperio...
De modo que su sorpresa fue grande cuando, pasado algún tiempo, oyó que Suecia se encontraba en casa descansando y tratando de mantener sus tripas en su sitio, que los cadáveres de sus hombres llenaban los campos como las amapolas, y que Rusia había esclavizado a tantas de sus mujeres que las doncellas se vendían a tan sólo un chelín. Y, por supuesto, Lituania estaba allí para mirarlo con esa actitud tan aparentemente neutral pero de listillo.
— Ya os dije que había cambiado.
1560
Rusia contempló la cara de Anastasia por última vez antes de que cerraran el ataúd.
Luego volvió la cabeza hacia Iván. Éste apenas era capaz de reprimir los sollozos. Aquella mujer era su mundo…Rusia lo reconfortó frotándole el brazo. El viejo Silvestre, por su parte, le susurró al oído: «Vuestra esposa está ahora en el paraíso, mi señor, tal y como prometió el Señor a sus hijos. Vos creéis en Sus promesas, ¿cierto? Pues no desesperéis, o estaréis pecando. La desesperación, la desconfianza en la Providencia es uno de los mayores pecados que hay…»
De modo que no quiso ofender al Señor pensando que había perdido a Anastasia para siempre. De hecho, a Rusia le ofendió bastante ver cómo después de enterrarla se entregó a orgías, a emborracharse…, o le habría ofendido, de no haber sabido lo que ocultaban estas bacanales. Las lágrimas que derramaba en su alcoba. Cómo se mesaba la barba hasta arrancársela. Él estuvo allí para consolarlo.
— Anastasia era muy buena. Yo también la voy a echar de menos.
— …Nos la han quitado, Rusia…—susurró de repente Iván, sin alzar los ojos.
— …¿Qué?
— …Me han robado la luz de mi vida…
— ¿Quién?
— Lo que hicieron a mi madre, se lo han hecho a ella…
— …No…No, ha sido culpa mía. Lo que le he hecho a Finlandia, Estonia y Letonia ha enfurecido a Dios, y esta es su manera de castigarme…Y siento…
— No digáis eso—la forma en que Iván dijo eso sobresaltó a Rusia. Por fin volvió los ojos para mirarlo fijamente—. Vos no habéis hecho nada malo. No fuisteis vos quien mató a Anastasia. Fueron ellos…Esos buitres…Esos traidores…Todos ellos…Lo hicieron ellos…No estamos a salvo…No estaremos a salvo hasta que…
Dejó de hablar, pero sus ojos desvelaban sus intenciones y asintió para sí mismo.
Entonces comenzó la purga.
Silvestre, el viejo devoto, acabó desterrado por haber conspirado en el 'lecho de muerte' de su zar; nunca se oyó más de él. Su amigo y consejero Ardatchef murió en prisión junto con el resto de su familia.
— No serán juzgados aquí. Serán juzgados allá—dijo Iván.
Allá…Sí…Envíalos a todos ante Dios y Él dará a cada uno lo que se merece… Tú no eres un Dios que ame la maldad, ni el malvado es tu huésped, ni el arrogante se mantiene en tu presencia. Detestas a los malhechores, destruyes a los mentirosos; al hombre sanguinario y traicionero lo aborrece el Señor.
Tantos otros muchos fueron expulsados de palacio, confiscados sus bienes, metidos en la cárcel.
— Os estoy limpiando, para que podáis presentaros blanco como la nieve ante el Señor el Día del Juicio y podáis ser contado entre los justos.
¡Blanco como la nieve! El Señor lo miraría a él, a Rusia, y sonreiría, y le diría esas gloriosas palabras: Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo.
¿Qué hay de las naciones? Tampoco habían sido buenas con él. Lo habían pateado cuando era débil, se habían burlado de él...
Rusia fantaseó, viéndose sentado junto a Dios en la Jerusalén eterna, sonriendo, mientras Polonia, Suecia, Lituania, Mongolia, todos alzaban la mirada para suplicarles que les diera aunque sólo fuera una gota de agua para calmar la sed que los torturaba, pidiéndole perdón, gritando de dolor, para siempre, siempre, siempre, siempre, siempre...
Pero Iván tenía razón. Debía ser como su Señor Jesucristo y perdonar a sus enemigos.
Intentó ser diplomático. Iván no quería quedarse viudo, y había decidido casarse con una princesa de Polonia. Envió a Rusia a informarse sobre cuál era la más hermosa. Cuando Rusia le dijo que creía que era Catalina, Iván le pidió que le hiciera llegar una propuesta de matrimonio formal.
— Dile a tu duque que a cambio quiero Novgorod, Pskov, Smoliensk y Seversk—fue la respuesta de Polonia.
— Vuestra princesa no vale tanto, Polonia—Rusia no necesitó consultar a su zar para responder—. Creo que vos sois quien saldríais ganando con esta propuesta...Oh, y, si no me equivoco, sois vos y Lituania quienes tenéis cosas que devolverme...
— Preferiría cortarla en pedazos y echárselos de comer a los cerdos antes que dejarla en manos de individuos como vosotros, sinceramente.
— Bien, como queráis. Se lo diré a mi zar.
Eso hizo Rusia, e Iván le dictó la respuesta. Polonia leyó la carta en voz alta para que todos en el palacio la oyeran: «He ordenado que caven un hoyo en el suelo para meter vuestra cabeza.»
Iván se casó en su lugar con una princesa de Mongolia, Maria. Ella se convirtió al cristianismo, aunque en el fondo siguió siendo una salvaje. Aplaudía y animaba a Iván cada vez que se ponía severo. Se había buscado un bastón con una punta afilada de plata y un pesado pomo grabado para golpear a aquellos que le disgustaban, matándolos en ocasiones. Maria aplaudía como loca cuando esto ocurría. ¡No se parecía en nada a Anastasia! Rusia siempre tuvo la sensación de que Iván nunca la amó de verdad. Era hermosa, y un buen partido, pero pronto se cansó de ella, quizás el mismo día del casamiento. Pero ella le dio hijos y Rusia suponía que eso era todo lo que importaba.
1563
El pequeño Basilio muró. Su amado y fiel hermano Yuri también. Iván perdía a todos los que amaba. Rusia tenía la sensación de que al final sólo quedarían ellos dos.
Los dos solos, rodeados de traidores. Los dos solos, en un ambiente hostil…
La mujer de Yuri demostró ser una canalla. Rusia la metió en un convento con todo lo que pudiera haber deseado. No lo agradeció en absoluto. Decía no necesitar nada del zar allá adonde iba. Iván ordenó que la mataran por ello.
— ¿Podéis creer, Rusia, la ingratitud que tengo que soportar? ¡Es demasiado para un hombre! —exclamó Iván.
Mas aún no había llegado al colmo de la ingratitud. Al ver que Iván por fin estaba haciendo algo con aquellos que no le habían sido leales a él, a su familia ni a Rusia, muchos boyardos se esfumaron, corrieron derechos a los brazos de Polonia. Y no sólo eso…En las batallas por el control del Báltico, los vio entre las tropas de Polonia y Lituania. ¡Su propia gente! Aquello hirió a Rusia más de lo que las palabras pueden expresar. Le dolía el corazón ante tamaña traición.
— No os preocupéis—consoló Iván a su nación—. Hay un círculo en el Infierno dedicado especialmente a los traidores como ésos.
Oh, sí. Pero quien pensara que Dios y el Diablo sólo hacían de las suyas en el otro mundo estaban muy equivocados. Iván era la mano de Dios en la Tierra y no iba a dejar que Rusia fuera humillado.
Torturó a los mensajeros para sacarles información, a ellos y a sus familias. Se pudrieron en la cárcel por ser sospechosos de colaborar con el enemigo. Trataron de atrapar a tantos desertores como fuera possible, y se aseguraron de que lo pagaran. Sus cabezas rodaron a sus pies y él las pateó.
Se sentía mejor…Realmente estaba librándose de la putrefacción de su alma…¡Fuera todos aquellos a los que no les importaba y que lo venderían al enemigo! ¡Cortad sus cabezas!
Sin embargo, la tarea consumía al pobre Iván. No sólo sus súbditos, también amigos de toda la vida, parientes, habían sido descubiertos en el bando de Polonia y Lituania. No se sentía seguro. Había espías por todas partes. Apenas dormía o probaba bocado. Cualquier sonido le hacía botar, no soportaba que le tocaran o hablaran por la espalda. Terminó por abandonar el palacio y se construyó una casa en otro sitio, llena de trampas para los traidores y para los demonios. Los demonios que habían consumido el joven gallardo que una vez había sido y habían dejado un hombre consumido en su lugar. Hasta Inglaterra lo notó en una de sus visitas. Pobre Iván. Qué peso tenía sobre sus hombros.
Rusia no lo vio demasiado a menudo desde entonces. Apenas salía de su cuarto o de la iglesia. No quería ver a nadie. Algunos días, ni siquiera a él. Un día, desapareció.
Rusia se puso muy nervioso. Si algo ocurría, no estaría a salvo solo. Ni en lo bueno habría querido perder su presencia reconfortante. ¿Quién lo defendería? ¿Cuánto tiempo tenía antes de que los boyardos aprovecharan la ocasión y lo volvieran a humillar?
Lo encontró en Alexandrovska Sloboda, orando. Había mandado desde allí un par de cartas perturbadoras. Cuando Rusia fue a su encuentro, lo miró con ojos muertos.
— No podía resistir la deslealtad ni un minuto más…Tan sólo…caminé…adonde…Dios quisiera llevarme…
— Por favor…Por favor, no os vayáis…Os necesito…
— ¿Por qué habríais de necesitarme? ¿A un pecador, un monstruo como yo…?
— ¡No sois un monstruo!
Iván se mostró verdaderamente sorprendido cuando Rusia cayó de rodillas frente a él y le tomó las manos, tal y como él mismo había hecho muchos años antes.
— Por favor…Sólo vos podéis salvarme…Sólo vos podéis mostrarme el camino hacia el Cielo…
Iván cerró los ojos y no habló en largo rato.
— ¿…Prometéis dejarme hacer?
— Sí—contestó Rusia.
— ¿Me cuestionaréis?
— Jamás. Mi alma os pertenece.
Iván respiró hondo.
— Sea, pues.
Ayudó a Rusia a ponerse en pie y lo abrazó. Volvieron a casa juntos, y una vez instalado allí, Iván creó a los oprichniki, un ejército formado por hombres cuya lealtad estaba más que demostrada. Mantendrían el orden…, y serían los ejecutores de Iván. Eran algo digno de ver, con esas túnicas y capas negras como de monje, caballos negros, bridas con una cabeza de perro y un escoba de plata, muy apropiados, puesto que tenían órdenes de cazar a los enemigos de Iván y de Rusia y de barrerlos. Robaron las propiedades de los boyardos, los obligaron a huir muy, muy lejos.
Aunque algo molestaba a Rusia. Igual que los boyardos, ellos veían a los campesinos como juguetes que podían romper a su antojo…
Le trajo un viejo dolor que trató de ignorar. Tenía mucho con lo que distraerse. Todas aquellas cabezas rodando, empalados que agonizaban durante horas, ardían en piras, esposas e hijas que gritaban mientras las violaban, antes de acabar como sus maridos.
También había niños. Los hombres trajeron uno a palacio. Tenía una sonrisa angelical. Era tan pequeño…Iván lo tomó entre sus brazos y le devolvió la sonrisa. Quizás comprendiera por qué los oprichnik no lo mataron de inmediato. Rusia ya estaba pensando qué labor le daría en la corte cuando creciera, dónde dormiría, que mujer cuidaría de él, cuando Iván, sin perder un ápice de su sonrisa, fue hacia la ventana más cercana y lo tiró por ella.
El grito se quedó atascado en la garganta de Rusia. Retrajo lentamente su mano extendida. Iván lo estaba mirando con dureza. Agachó la cabeza, comprensivo. Era por su propio bien. La purificación podía doler mucho…
— ¡Ha pedido mi mano en matrimonio!
Inglaterra apartó la mirada de los arbustos de rosas y miró a la reina Isabel.
— ¡Él! ¡Ese bruto, ese salvaje!
— Debéis admitir que sois un bocado irresistible—contestó Inglaterra, arrancando una y ofreciéndosela a su reina, la cual la olió.
— Ya sabéis cuáles fueron mis votos. Y, de todas maneras, él ya está casado...
— Lo sé. Pero también sé que tenéis la cabeza de un hombre de negocios. Si el beneficio a obtener lo vale, podríais cambiar de opinión y encontrar el modo...
— Pero ese Iván no es ninguna joya, os lo aseguro. Por lo que nos han dicho nuestros hombres y los viajeros...Ni siquiera estoy segura de querer que volváis a ese lugar...
— Debo hacerlo. Rusia es un buen socio comercial.
— ¿Merece el dinero el riesgo de convertiros en el juguete de ese hombre tan horrible?—la reina se lo quedó mirando.
— ¿De modo que vuestra respuesta es no? Necesito una. Se está impacientando y ya ha abierto el puerto de Narva a la competencia.
— Esperad un poco más. Viendo cómo se están tensionando las cosas, puede que uno de estos días lo asesinen y alguien con mucho más sentido común lo reemplace...
Pero, sorprendentemente, aquello no ocurrió jamás. La gente, igual que su nación, se limitó a recibir los golpes y dio las gracias al zar incluso mientras éste los mandaba empalar. Iván, al ver que la falta de respuesta apuntaba a un rotundo no, prohibió a Rusia comerciar nunca más con ese traicionero e interesado de Inglaterra.
1570
Los boyardos veían peligrar sus cuellos, ¿y a quién recurrieron? A él. Polonia los escuchó a todos con suma atención. La sonrisa volvió a su rostro.
— Ese tío está loco de remate. ¡Y es perfecto! ¡No podría habernos pasado nada mejor! ¡Si el guardián de Rusia es un demente, no tardará mucho en derrumbarse su estado y cuando eso ocurra, jajá, todo lo suyo será mío!
— Nuestro—le corrigió Lituania con severidad.
— Claro, claro, lo que vos digáis—Polonia puso los ojos en blanco.
Aun así, tampoco pasaría nada si aceleraba las cosas un poco…Envió cartas a los boyardos animándolos a que abandonaran a ese señor tan violento y le ayudaran a deshacerse de él, prometiéndoles tierras y riquezas.
Los boyardos, unos descubiertos, muchos otros deseando demostrar al zar su lealtad, le mostraron los billetes.
Pero no consiguieron su favor. Todo lo contrario. Si Polonia se había puesto en contacto con ellos, debía ser porque sabía que estaban dispuestos a traicionarlo.
Era inútil apelar a Rusia para que intercediera. Todo lo que hizo él fue mirar.
Mirar cómo Iván le ponía el atuendo real a Fiodorov "ya que tanto los deseaba", le nombraba rey, para apuñalarlo a continuación y echar su cadáver a los perros. A Cheniátov arder, con agujas debajo de las uñas. Al tesorero Tiutin despedazado junto a su familia al completo. Pornski ahogado en el río. A Felipe, Metropolitano de Moscú, exiliado y luego estrangulado por atreverse a decirle a Iván que ya no lo reconocía…A Iván, el zarevich y los oprichniki violando a las féminas antes de ahogarlas o desmembrarlas…Los pedazos cortados en cachitos para que se pudrieran más rápido. A los viandantes apartándolos con el pie para poder pasar, sin que se les pasara siquiera por la cabeza enterrarlos o acaso rezar a Dios para que se apiadara de sus almas, para no enfurecer al zar. Cómo les robaban la ropa y la vendían.
Cuando Maria no despertó una mañana, Rusia se encontró con que no sentía nada en absoluto.
Iván se había cansado de ella, probablemente. Ni siquiera le guardó luto, y se casó con otra, con una campesina (no importaba, siempre que fuera hermosa). Una lástima, porque murió tan sólo quince días después de la boda. Pero alguien pagó por ello. Por fin Andréievich pagó sus pretensiones de robarle la corona al joven Iván. Acusado de haber pagado a un cocinero para que envenenara a Maria, él y su familia fueron obligados a tomarlo. Su madre, la cual había sido metida en un convento, fue ahogada, y las sirvientas de su mujer fueron fusiladas.
Todo era para bien, se decía Rusia. Cada uno que moría era un lastre menos. Más cerca que se encontraba del Cielo.
…Lo de Nóvgorod también fue por su bien…
Querían cometer el horrendo pecado de desobedecer al zar, el heraldo de Dios…Comerciar con los enemigos de Rusia…Había rumores acerca de unas cartas a Polonia…
No eran boyardos, sino gente corriente…Pero si eran traidores…Dios odiaba a los traidores…
Aun así…
Rusia miró a Iván, incapaz de reprimir lo que sentía. Iván le dirigió una mirada severa a cambio.
— Esto lo hago para allanaros el camino hacia el Cielo…
Así que lo vio todo.
Cinco semanas más tarde, Polonia recibió una carta, escrita por la mano temblorosa de Rusia. «¿Quieres Nóvgorod? Es todo tuyo.»
Polonia se encogió de hombros, llamó a una pequeña guarnición y fue a ver de qué iba todo esto.
Conocía el camino, pero por si se le había olvidado, no tenía más que seguir el rastro de destrucción, sangre y ganado muerto. Las aldeas saqueadas que había por el camino le dieron una idea sobre lo que iba a encontrarse.
Y, ciertamente, cuando llegó a Nóvgorod, o lo que debía haber sido Nóvgorod, tuvo que taparse la nariz del asco. De ningún modo consintió bajar de su caballo.
Habían construido una cerca, ahora abierta, para impedir que saliera nadie. Y dentro, los ojos le lagrimearon y tosió debido al humo de todos los edificios que habían ardido hasta los cimientos. No sólo eso: había algunas piras y estacas y parrillas donde aún humeaban cadáveres humanos. Las calles estaban llenas de muertos, algunos con signos de haber sido azotados hasta la muerte, decapitados, colgados, desmembrados…
— ¡Su Grandeza, mirad! —lo llamó un soldado.
En el lago, no se podía ni ver el agua de la cantidad de cuerpos que flotaban en él. Hombres, mujeres, niños de todas las edades…Los que no se habían congelado o ahogado, los que habían tratado de escapar, habían sido apedreados o disparados.
Polonia se dio la vuelta para encontrarse con unas criaturas lastimosas que en un primer momento no reconoció como humanas. Los supervivientes.
— ¡Márchate! ¡Somos rusos, a mucha honra! ¡Tú eres un hereje, y enemigo de nuestro zar, y arderás en el Infierno por siempre jamás! —le gritaron como posesos. No fue difícil escapar: estaban demasiado débiles como para siquiera lanzarle una roca.
Lituania se sorprendió al verlo regresar con una cara tan larga, la forma en que se dejó caer sin fuerzas sobre el trono.
— ¿…Va todo bien? —como no contestó, Lituania se aproximó y lo miró de cerca—. ¿…Polonia?
Polonia por fin respondió con un susurro.
— Ese tío…está loco de remate…
Volvió sus ojos verdes hacia Lituania.
— ¿…Querríais casaros conmigo?
Eso pilló a Lituania por sorpresa, se ruborizó un poco.
— ¿C-Cómo decís?
— Mejor estar acompañado que solo…—se limitó a decir Polonia para justificar su propuesta.
No se había acabado. El plato fuerte los esperaba en Moscú. Porque Nóvgorod no pudo haber hecho esto solo. Debía haber colaboradores. Traidores. Espías. Incluso entre los oprichnik. Pero Iván creía haberlos encontrado. Y quería que Rusia y la gente viera cómo se deshacía de ellos.
Pero ¡qué curioso! Se encontró con una ciudad vacía…
— ¿Dónde está todo el mundo? Deben ver, deben aprender…—farfulló Iván. Se volvió hacia sus hombres—. ¡Vosotros! ¡Traed a todo el que encontréis! ¡Sacadlos a rastras de sus casas si es necesario!
Se detuvo para mirar a Rusia. Sus ojos estaban fijos en los instrumentos de tortura y ejecución que esperaban en la plaza. Una soga, para cortar los cuerpos por la mitad mediante la fricción. Sartenes y calderos gigantes…
No más…Por favor, no más…
El aliento caliente de Iván en su oreja:
— Mía es la venganza, yo daré lo merecido, dice el Señor…
Encontraron a gente, los obligaron a quedarse allí y ver. Rusia tampoco podía irse. Así que miró. Mujeres partidas por la mitad. Echadas al Moskova. Osos salvajes despedazando a gente. Niños decapitados. Hombres empalados. Fritos. Asados. Despedazados. Metidos en barriles llenos de pólvora y reventados.
Y a Iván y a su hijo sonriendo ante todo eso, disfrutando de cada grito, cada gota de sangre. Solía rezar como loco después de cada asesinato, pero ahora…, rezar parece una mera formalidad tras el proceso ejecutorio.
La garganta le ardía a Rusia, le dolía el pecho, le temblaba todo el cuerpo…Hasta que desapareció el dolor y se sintió tranquilo.
Sonrió él también.
Y comenzó a reír. ¡Mirad, cómo chilla esa muchacha como una gorrina! ¡Qué divertido! Oh, ¿por qué ha muerto ése tan rápido? ¡Menuda decepción! ¿Y el viejo? ¡Matadlo vos, Iván! ¡Ahí, en la cabeza!
Se sintió feliz, ¡porque no todos tienen la oportunidad de ver cómo es el Infierno, los tormentos que les esperan a los traidores para toda la eternidad!
Y miró a Iván y su sonrisa se ensanchó. ¡Cuán glorioso lo veía! ¡Era un auténtico ángel! ¡El ángel exterminador, que destruiría a todo aquel que intentara hacerle daño! ¡Contemplad cómo empuña su espada llameante!
¡Un ángel de Dios ha recibido ya la sentencia divina y te va a partir por medio!
A su alrededor, todo el mundo vitoreaba. Hasta las víctimas. ¡Que Dios ampare a nuestro zar! ¡Gracias, mi señor, por librarnos del mal!, exclamaban mientras los hacían pedazos.
1581
La Iglesia decía que no se podía casar más de cuatro veces, pero Rusia intercedió en favor de su zar. El zar puede hacer lo que le parezca, ¿comprendéis? Así que se desposó con Anna. Y fue igual de libre de escogerla como de meterla en un convento por no darle hijos tan pronto como quería. Probablemente se hubiera hartado de ella.
Luego escogió a Vasilia. Le gustaba de veras. Pero ella tenía un amante. A ella también la persuadieron para que se hiciera monja…, después de ver cómo el príncipe con el que se veía era empalado.
Después de Vasilia vino Maria. Ups, otra adúltera. Pero con ella no fueron compasivos. La ahogaron. Eso era lo que se merecían las rameras como ella, ¿verdad?
Y, finalmente, otra Maria. Rusia sabía que a Iván no le gustaba demasiado, y que el sentimiento era mutuo. Iván planeaba divorciarse de ella. Rusia ya estaba preparando el funeral por si acaso…pasaba algo. Pero ocurrió algo inesperado. Se quedó encinta. Y resultó que iban a necesitar ese bebé.
Rusia estaba con el zarevich Iván, hablando sobre su expansión hacia Siberia, cuando oyeron gritos provenientes de su cuarto. Corrieron a ver qué ocurría. Encontraron al zar golpeando a su nuera.
— ¡Indecente! ¡Zorra! ¡Serás…!—le salían espumarajos por la boca mientras la golpeaba, insensible a sus súplicas, a que estuviera embarazada.
— ¡Padre! —el zarevich corrió a proteger a su mujer. Rusia consiguió agarrar a Iván.
— ¡Mírenla! ¡Dos faldas! ¡Como una furcia! —señaló el zar a la mujer.
Ella trató de decir algo en su defensa, con Iván interrumpiéndola a cada instante con nuevos insultos; algo sobre que había entrado en un momento inoportuno. Ella se rindió y se puso a sollozar en los brazos de su marido. Su hijo lo fulminó con la mirada.
— ¡No dejaré que arruinéis su felicidad igual que hicisteis con las otras!
— ¡Yo construí vuestra felicidad! ¡Todo lo que poseéis y disfrutáis es gracias a mí! —respondió Iván con rencor.
— Polonia también tiene muchas riquezas…Podríais haberme dado la fuerza y el honor que tiene su rey…
De no ser por que Rusia lo agarraba, Iván se habría lanzado contra su hijo.
— Cálmense los dos—dijo con toda la calma—. Yelena, tapaos. Y vuestras mercedes, vengan conmigo. Nos tomaremos una buena taza de té y haremos como que esto no ha pasado.
Pero debió haber imaginado que Iván nunca olvidaba…Tomaron ese té en silencio, sí, pero ellos esperaron, esperaron hasta que él se fue a sus aposentos.
Volvió a oír ruido, a los dos Ivánes gritando. Con un suspiro, se levantó de la cama y fue a ver qué ocurría.
Llegó justo a tiempo.
— ¡…si fuerais un zar hecho y derecho y no un despojo humano…!—gritaba el zarevich a su padre.
E Iván agarró su bastón. Rusia corrió a detenerlo.
Se llevó un profundo tajo en el cuello con su punta afilada.
Cayó de rodillas, con una mano en su garganta seccionada. Su sangre empapó la alfombra. Alzó los ojos hacia Iván y su hijo, con la vista borrosa, pero vio suficiente. Pudo ver cómo la empuñadura rompía la cabeza del joven Iván, y luego la punta de plata se hundía en la herida abierta.
Se impuso el silencio en el cuarto. Iván se percató de que Rusia lo estaba mirando. Luego volvió la vista hacia su hijo. Y dejó caer el bastón.
— ¡Hijo mío…Hijo mío! —gimió.
Cayó de rodillas para tomarlo en brazos y agitarlo. Iván Ivánovich no se movió, sus ojos seguían mirando haca el vacío.
Cuando la servidumbre entró a la habitación, se quedaron helados al encontrarse a la nación yaciendo sobre un charco de su propia sangre, mirando, nada más que mirando cómo Iván acunaba a su hijo en sus brazos, besaba sus mejillas, con sus ojos dementes fijos en…en…a saber qué o dónde.
1584
— Sigo pensando que deberíais desposaros con una inglesa.
Rusia miró al hombre que yacía en la cama. Tenía cincuenta y tres años, pero parecía mucho más viejo. No quedaba ni rastro del hermoso y fuerte joven que una vez fue. Era débil. Estaba loco. Decían que no viviría mucho. Pero les había demostrado que se equivocaban. ¡Mientras todo el mundo hacía planes, él seguía en pie! ¡Jaja, no moriría jamás!
— Inglaterra debería sentirse halagado—dijo Rusia, poniendo el tablero de ajedrez sobre la cama.
Iván sonrió. Iván se describía frecuentemente a sí mismo como el peor pecador sobre la faz de la Tierra, corrupto de razón y bestial de mente, rogaba por los muertos y por sí mismo, hacía muchas obras de caridad…¡Como si hubiera hecho alguna maldad en su vida! ¿Podéis creerlo?
— Quizás la vieja Isabelita se lo piense mejor. Sigue siendo una poshlaia dievitsa, pero un buen partido.Y vos también—continuó Rusia, colocando a continuación las piezas. Él se quedó con las blancas, así que movió primero—. Y quizás pueda hacer que Inglaterra reconsidere su decisión de no meterse en mis guerras. Yo podría ayudarlo a él en su lucha contra España y Francia. Para eso están los amigos.
Movió el peón.
— Os toca.
Pero Iván no se movió. Rusia se lo quedó mirando largo rato. Estuvo a punto de llamarlo por su nombre. En lugar de eso, se irguió un poquito y se acercó.
Comprendió. Y se echó a reír.
Bajó un poco la bufanda que le hizo Ucrania para acariciarse la cicatriz que surcaba su cuello y volvió a subirla, mientras sus pensamientos, sus sospechas, sus predicciones le hacían reír más alto y más largo.
— ¡Oh, Iván! —dijo, levantando los ojos hacia el techo—. ¡Ahora estáis en el Cielo! ¡Estáis en casa! ¡Por favor, rezad por mí desde allá arriba! ¡Por favor, Padre, no os olvidéis de vuestro hijo, que ahora tanto os necesitará!
1598
— ¿Y bien? ¿Cuál es la situación?
El embajador suspiró.
— No os recomiendo que os acerquéis a Rusia en estos momentos. Está al borde de una guerra civil. Las cosechas han sido desastrosas, y no ayudan todos esos mercenarios que andan por ahí saqueando los pueblos. Enfermedad, guerra…Turquía se ha aliado con Mongolia. Suecia, Lituania y Polonia se han unido para defender a Estonia y Letonia. El trono está libre para quien lo desee. Hay un heredero, sí, Fedor, pero es un retrasado, y su cuñado es quien se encarga de todo. Los nobles ya están haciendo sus propios planes. Y hay una gran controversia: algunos dicen que el hijo menor de Iván, Dmitri, no murió de niño, sino que aún vive y es el legítimo heredero. En las calles no se habla de otra cosa. Están saliendo Dmitris de debajo de las piedras, como os podréis imaginar. Dicen…Rusia dice que debe ser gobernado por el hijo de su anterior rey y no por un extranjero.
Inglaterra resopló.
— No entiendo qué le vio a ese hombre. De veras que no lo entiendo…Debería alegrarse de que se haya ido y de que su estirpe se haya extinguido. Ahora está tan lleno de venganza y odio que no puede evitar una guerra civil.
Sacudió la cabeza y dio un sorbo a su té.
— En fin, algunos tienen lo que se buscan…
FIN
