Nota de la autora: En mis otras vidas dentro del fandom he escrito dramas psicológicos sobre política, en los que la gente cuestiona a los demás constantemente y vive al límite en medio de la violencia extrema y la ambigüedad moral, generalmente a bordo de naves espaciales. Así que escribir esto es un gran cambio para mí y no tengo ni la más remota idea de lo bien que funcionará o si será lo que la gente espera de una historia como esta. Lo que puedo asegurar, sin embargo, es que no habrá naves espaciales. Si os gusta, decídmelo y conseguiré que Faramir me cuente más cosas. Hay muchísimas historias que contar, y su boda no es la menos importante. Además, escribir esto es infinitamente más entretenido que trabajar en el capítulo 3 de mi tesis.


Todavía sigo creyendo que nuestra boda fue muy diferente a todas las que Minas Tirith había vivido hasta entonces. Entre las casas nobles de Gondor este tipo de asuntos suelen ser, por tradición, monótonos y solemnes. Las bodas están llenas de formalidades legales y votos matrimoniales elegantemente escritos (y esto último, es, según tengo entendido, una gran fuente de rivalidad entre ciertas familias). Todo está destinado a grabar a fuego la gran responsabilidad de la pareja en la continuación del linaje de Númenor. Sin embargo, para nosotros, el Senescal de Gondor y la Dama Blanca de Rohan, las cosas iban a ser menos tranquilas.


El rey Eomer llegó a Minas Tirith una semana antes de la boda y la ciudad adquirió un aire festivo que no recordaba haber visto nunca. Los habitantes de la ciudad, que habían permanecido solemnes durante la Boda Real del verano anterior, parecían a punto de celebrar la boda de unos parientes cercanos. Cada vez que mis obligaciones me obligaban a salir de la Ciudadela me encontraba en cada esquina a hombres felicitándome (lo que agradecí profundamente), mujeres que preguntaban por el vestido de mi prometida (del que yo no sabía nada), y gente a la que escuchar educadamente mientras me ofrecía consejo, o me hacía algún comentario, o simplemente quería opinar sobre algo.

Después de tres o cuatro días recibiendo aquellas atenciones, decidí recluirme completamente tras los muros de la Casa del Senescal del Séptimo Circulo. Me escondí. Y así llegó la mañana de la boda: un día soleado de mediados de agosto. El tiempo contrastaba de una manera curiosa con mi ánimo melancólico. Las bodas en Gondor y en Rohan son asuntos familiares, y yo había perdido a la mía. Me habría alegrado la presencia de mi padre, y habría soportado sus comentarios acerca del desorden que había caído sobre la ciudad por mi culpa. Pero era a mi hermano al que echaba particularmente de menos, porque sabía que habría disfrutado de la ocasión y se habría reído de lo incomodo que me sentía al recibir tanta atención.

Mi tío me encontró de pie, con los brazos cruzados, mirando por uno de los ventanales de mi estudio en la Casa del Senescal. La luz del sol, casi del mediodía, iluminaba el jardín y hacía resplandecer la Torre Blanca más allá del muro, pero yo tenía el ceño fruncido.

– Parece que vayan a colgarte– dijo a modo de saludo.

Sonreí sin muchas ganas y él se acercó a hacerme compañía junto a la ventana

–Es un día glorioso– dijo –. ¡Y está a punto de volverse más glorioso aún! Pero al ver tu cara, creo piensas más en aquellos que has perdido que en la mujer que va a convertirse en tu esposa.

– No puedo negarte lo que ya sabes– respondí –. Me pregunto que estarían haciendo, si pudiesen estar hoy aquí.

– Tu padre estaría insoportable y tu hermano completamente borracho – dijo, sin pensárselo dos veces–. Ahora deja de quejarte, ¡maldita sea!, y se feliz por una vez tu vida.

– Bien– dije riéndome, mientras pasaba los dedos por mi pelo–. Entonces, cuéntame cómo estaba mi señora esta mañana.

– Bellísima, tremendamente feliz, y muy nerviosa. Al menos los dos tenéis algo en común– dijo al verme darle vueltas al anillo de plata que, como Senescal, llevaba en el dedo meñique de la mano izquierda. Escondí la mano detrás de mi espalda.

– ¿Le ha gustado el regalo?

– Le ha parecido muy hermoso, y aún lo ha mirado con mejores ojos cuando ha sabido de dónde procedía.

–Me alegro mucho.– dije con aire pensativo y me mordí el pulgar de la mano derecha sin darme cuenta de lo que hacía.

El extendió la mano y apartó la mía de mi boca.

–Ven y come algo – dijo – Todavía nos quedan unas horas.

– Pero, tío, ¡ si no tengo hambre!

–Puede que no, pero al menos te distraerás y será menos angustioso mirarte.

Me sonrió una vez más y, antes de de que ambos nos diésemos la vuelta para marcharnos y hacer lo que había sugerido, le dí un apretón en el brazo y el tomó el mío. Le di las gracias por las muchas veces en las que me había dispensado su generosidad, porque durante toda mi vida había sido para mí mejor que un padre.


A la cuarta hora tras el mediodía, dejamos la casa para dirigirnos al Patio de la Fuente donde, ante el Árbol Blanco, la ceremonia de matrimonio iba a tener lugar. Sus hojas plateadas parecían atrapar la luz del sol y ya se habían congregado allí, desde el Árbol hasta el espigón, muchas de las gentes de Gondor, de la Marca y de muchos otros reinos, puesto que, tanto si yo lo quería como si no, aquel era un evento de una gran importancia diplomática. Miré con angustia a todos los que allí se habían reunido, y debí de pararme, por que mi tío me empujó suavemente hacia delante, hasta que llegamos bajo el Árbol Blanco.

Se habían dispuesto dos mesas cubiertas con telas blancas, y en cada una descansaba una espada y un anillo de oro. Nos colocamos junto a la que se encontraba en el lado derecho. Todos los invitados estaban a nuestra espalda, mirándonos y me eran claramente audibles sus murmullos.

El rey, que ya se encontraba allí, me saludó con el ceño ligeramente fruncido.

– ¿Te encuentras bien?– preguntó con callada preocupación, y cuando mi tío comenzó a reír entre dientes, el rey le miró a los ojos y una sonrisa se extendió por su cara.

– Mm – respondí con aire pensativo y mirando al suelo. No podía dejar al rey sin respuesta, pero no estaba seguro de que mi voz no fuera a fallarme.

– Mira – dijo con voz queda en respuesta, y yo levanté la cabeza y contemplé como, desde la Torre Blanca, caminando apoyada en el brazo de su hermano, Eowyn venía hacia nosotros y una vez que la vi, todas mis preocupaciones desaparecieron de mi mente.

Detrás de mí, oí como se alzaban unos cuantos murmullos de las damas de Minas Tirith, porque mi prometida no vestía de blanco, como era costumbre en Gondor. En su lugar había elegido un vestido azul medianoche, con los remates y los bordados en hilo de plata, y supe que había elegido aquellos colores porque así había estado vestida cuando, de pie sobre las murallas de las Casas de Curación, la Sombra había sido desterrada y habíamos unido nuestras manos por primera vez.

Sobre su cuello reposaba mi regalo, el colgante con forma de cisne de mi madre y su pelo había sido recogido para que no le cayese sobre la cara, pero pendía suelto por su espalda y brillaba con la luz del sol. Estaba más hermosa que nunca, más que la primera vez que la había contemplado, porque ya no estaba llena de dolor y tristeza, sino radiante y sonriente, como yo deseaba verla.

El rey nos saludó a ambos y a nuestros invitados y, en primer lugar, como era costumbre en Rohan, le entregué mi espada, para que la mantuviera a salvo para nuestros hijos. Mi tío me la entregó y yo la sostuve por la empuñadura y se la ofrecí diciendo:

– 'Ic giefe þé þis ecg. Geheald hit swā þæt úre bearnas hæbben and befæsten hit.'

Ella sonrió alegremente y supe que, más tarde, me atormentaría por mi acento. Cogió la espada y la examinó. Era la espada con la que durante años había protegido Ithilien, y que luego había usado en la defensa de Minas Tirith. Me miró con gran ternura y le entregó la espada a su hermano, para que la guardase hasta que la ceremonia hubiese terminado.

Era el momento de que reemplazase mi espada, para que pudiese proteger nuestro hogar y a nuestra familia, y entregándome la que su hermano le había dado dijo:

–'Þæt þu nerien ús, þu sculest beran ecg. Mid þissum ecge nere úre ham.

La cogí de sus manos y me sentí conmovido porque, a pesar de que la hoja se había hecho añicos y había tenido que ser forjada de nuevo, aquella era la empuñadura de la espada con la que había abatido al Rey Brujo. La miré y me maraville, como hacía casi cada día, de que una mujer tan hermosa y valiente hubiese consentido en ser mi esposa.

Y, tras pasarle la espada a mi tío, comenzó la parte de la ceremonia acorde a las costumbres de Gondor. Un año atrás, en Edoras, nos habíamos entregado el uno al otro anillos de plata. Era el momento de devolverlos para mostrar que nos habíamos mantenido fieles a nuestra promesa. Ella depositó su anillo en mi mano derecha y yo coloqué el mío en su mano derecha también. Luego, de la misma manera, nos entregamos el uno al otro anillos de oro, como símbolo de que nuestro vínculo se había hecho más fuerte.

A continuación su hermano, en el lugar que hubiera ocupado la madre de Eowyn, cogió su mano derecha, y mi tío, en lugar de mi padre, cogió mi mano derecha y las unieron, y de pie el uno ante el otro entrelazamos nuestros dedos. El rey nos pidió entonces que pronunciásemos nuestros votos.

Gran importancia le damos en Gondor a la proclamación de estos votos. Cada contrayente escribe el suyo y se mantiene en secreto hasta el momento de pronunciarlo. Mi dama habló primero:

– De Rohan a Gondor vengo a ti. Con amor me uno a ti; y así juro amarte y honrarte todos los días de nuestra vida juntos. Esto digo yo, Éowyn, hija de Éomund, de Rohan.

Y yo le respondí diciendo:

– Con tu presencia me sanas, con tu amor me honras. Y yo te ofrezco a cambio mi amor y mi honor, y te juro constancia durante todos los días de la vida que comenzamos aquí hoy. Esto digo yo, Faramir, hijo de Denethor, príncipe de Ithilien y senescal de Gondor.

El rey confirmó que había oído nuestros votos, que todo lo que habíamos hecho era acorde con las leyes de Gondor y Rohan, y así yo me convertí en su esposo y ella en mi esposa. Finalmente pudimos abrazarnos y besarnos bajo la luz del sol, mientras el Árbol Blanco centelleaba frente a nosotros.

Como en cada celebración de los hombres y mujeres de Rohan, y especialmente en las bodas, la bebida fluyó libremente. He de confesar que no me gusta estar borracho y, ciertamente, mientras vivía en casa de mi padre semejante pérdida de autocontrol hubiera resultado desastrosa. La vez que más alcohol había bebido en mi vida había sido una ocasión en Ithilien, después de recibir una herida en el costado y, para distraerme del dolor de la herida y la cirugía, le había ordenado a Damrod que me entregase una botella de brandy que había mantenido oculta durante meses. Me bebí la mitad y, por suerte, me desmayé. Me pareció entonces que había sido la mejor elección, teniendo en cuenta la calidad del brandy, puesto que me aunque no me gusta la sensación de dolor tampoco me agrada la de estar borracho.

Estoy seguro de que procuré moderarme durante el banquete de bodas, como hacía habitualmente, pero recuerdo un punto, ya en una hora tardía al atardecer, en el que abracé tiernamente a mi tío y a mi nuevo hermano y les hablé largo rato y, dadas las circunstancias, con una admirable elocuencia, de mi amor y admiración por ambos, de cómo jamás había imaginado que sería tan feliz, y de que estaba seguro de que era el hombre más afortunado sobre la faz de la tierra. Así que me veo forzado a concluir que, en aquella ocasión, puede que no estuviera del todo sobrio. Al menos puedo dar gracias porque el rey no había estado cerca en aquel momento para incluirlo en mi panegírico, lo cual, sin duda habría hecho si se me hubiera presentado la ocasión.

Mientras el atardecer se deslizaba hacia su conclusión, fui caminando con pasos inciertos en busca de mi esposa. ¡Como disfrutaba al decirlo o simplemente pensar en aquella palabra!

Mirando desde el espigón a los niveles inferiores, vi que toda Minas Tirith estaba iluminada, llena de linternas brillando a lo largo de las calles y sobre los edificios, mientras la ciudad celebraba también la gran felicidad del Senescal y la Dama Blanca. Mientras me abría camino entre la gente, vi también que sobre el mismo espigón, allá, más lejos, estaba el rey de Rohan profundamente absorto en la conversación y bastante prendado de mi prima Lothíriel, que, ciertamente, estaba muy hermosa, con su largo pelo negro y sus dulces y risueñas maneras.

Encontré a mi esposa hablando con mi primo Elphir, el hijo mayor de mi tío, el Príncipe, y colocándome detrás de ella, deslicé mis brazos alrededor de su cintura y la apreté contra mí. La besé en el cuello y su piel estaba suave al tacto. Ella apoyó la cabeza con suavidad sobre mi pecho cerró los ojos brevemente y sonrió. Entonces con un rápido movimiento la cogí en brazos y ella rodeó con los suyos mi cuello y echando hacia atrás la cabeza rió en voz alta. Había una última costumbre de Rohan sobre la que había leído, y ella había caído en la cuenta de que no la había olvidado.

En Rohan se considera muy arriesgado que la novia atraviese caminando el umbral de su nueva casa, puesto que si tropieza se consideraba un mal presagio y por ello debe ser llevada. Y así lo hice mientras nuestros amigos e invitados nos contemplaban riendo. Y aquí dejaré por el momento nuestro relato, pues hablar de lo que pasó después sería poco galante.


Nota de la autora: Para la ceremonia nupcial Gondoriana he usado la información que Michael Martinez proporciona en Parma Endorion de las ceremonias llevadas a cabo por los Eldar. Parece razonable pensar que los Numenoréanos usaban alguna versión de aquellas, aunque quizás modificadas un poco por el paso del tiempo y, también, la estructura social más rígida y patriarcal de la sociedad Gondoriana tardía. Me he basado para los detalles de las costumbres de Rohan en los votos y costumbres Anglosajonas, cogiendo los pedacitos y los detalles que más me han gustado. También he llegado a la conclusión de que la gente de la marca no se perdería la oportunidad de celebrar una gran fiesta y beber en abundancia y hacerlo a lo grande.

Y en cuanto al inglés antiguo, Faramir dice (o eso espero):"Te entrego esta espada. Guárdala para que nuestros hijos la tengan y la usen". Y Eowyn responde (posiblemente): Para mantenernos a salvo debes llevar una espada. Con ella mantén seguro nuestro hogar.

Bueno, ¿Quién sabe si es exacto?. Si tu sabes que no, por favor, dímelo. Ha pasado mucho tiempo desde que he tenido que pelearme con el subjuntivo. Me encantaría saber si he empleado bien la lista de vocabulario y la gramática básica (he encontrado enlaces a ambas cosas en una de las páginas de Dwimordene-gracias)

Todo el asunto del ajedrez cobrará sentido según avance la historia. Lo prometo

Altariel