Varios meses pasaron antes de que patrullase de nuevo con mi compañía de Ithilien. Mis responsabilidades como Senescal me obligaban a que, a menudo, estuviese presente en Minas Tirith durante las sesiones del Consejo, y, ciertamente, había mucho que discutir, porque las negociaciones con los Haradrim estaban en un punto delicado y había una amenaza creciente desde el este, donde contemplábamos con preocupación las alianzas que iban formándose ente los cabecillas de aquellos reinos lejanos. No pasaría mucho tiempo, creíamos, antes de que pusieran sus ojos en el oeste, y Gondor, su enemigo desde tiempos inmemoriales, todavía estaba iniciando su reconstrucción. Pero al estar Emyn Arnen tan cerca, era raro que permaneciese en la ciudad y prefería cabalgar de vuelta a mi casa y mi esposa. Estaba bien acostumbrado a hacer el viaje en la oscuridad, puesto que antaño había tenido que cabalgar una y otra vez entre Minas Tirith y Osgiliath, pero entonces no tenía esperándome algo tan preciado en ninguno de aquellos destinos como la sensación de estar en casa.

Ithilien era ahora la frontera más oriental de Gondor y sus defensas mi principal responsabilidad. Estaba muy satisfecho con nuestras fuerzas desde el norte de la Encrucijada y siguiendo el río hasta Cair Andros y muchas leguas más al sur de Harlond. Algunas almas fuertes habían regresado para reconstruir sus casas en las tierras al sur de Henneth Annûn. Pero la compañía de Ithilien había sufrido grandes pérdidas durante la guerra y al sur de Emyn Arnen nuestras defensas estaban en un estado peligroso.

Al desaparecer la amenaza de Mordor, había enviado a la mayor parte de la compañía de Osgiliath al sur, hacia Poros, donde estimábamos que cualquier golpe de Harad caería primero. Con una pequeña fuerza patrullando la frontera norte de Henneth Annûn, tenía ahora a la mayor parte de la compañía de Ithilien vigilando la tierra al sur de Emyn Arnen. Pasarían años antes de que de que pudiera pesar en concentrar mi atención en reclamar Minas Ithil y el valle de Morgul, e Ithilien todavía sufría por la presencia de las bandas de orcos y forajidos que quedaban. Si quería que mi Principado volviese a ser el Jardín de Gondor, hogar una vez más de todos aquellos que habían sido desposeídos, sus tierras debían ser seguras. Mi dama se tomó gran interés en estos asuntos y sus opiniones resultaron ser bien fundadas, sus análisis agudos y sus sugerencias sensatas.

Y así, iba retrasando el momento de volver al servicio activo. Durante más de veinte años, desde que me había convertido en hombre, había servido en el ejército bajo la sombra de una amenaza creciente y había encontrado aquel breve sorbo de paz, incluso en aquellos días todavía inciertos, muy de mi gusto. Que alivio resultaba no tener que llevar una espada en todo momento, o sentirse oprimido por una cota de malla o dormir al raso temiendo por mi vida y la vidas de los muchos que estaban bajo mi protección. Ya no tenía ningún deseo de hacer aquellas cosas de nuevo. Emyn Arnen estaba tranquilo, mis libros y mis estudios absorbían mi tiempo, y la compañía de mi esposa era encantadora. Felizmente le habría cerrado las puertas al resto del mundo de una vez por todas. Pero no podía posponer el día eternamente y, con malestar, me preparé para recorrer y examinar de primera mano las defensas de Ithilien desde Henneth Annûn hasta las encrucijadas de Poros.

Creo que Eowyn me hubiera acompañado de buena gana y, aunque deseaba estar cerca de ella siempre, no me la imaginaba, con toda su gracia y belleza, durmiendo en una cueva al norte de Ithilien, o acampada en una trinchera junto al camino de Harad. Ni siquiera yo quería verme allí.

Ella protestó en vano, argumentando que ya había cabalgado con los Rohirrim desde Edoras hasta Mundburg, pero yo me mantuve firme en el asunto. La guerra ya había interferido demasiado en mi vida, y no iba a permitir que se inmiscuyera en mi matrimonio o mi vida doméstica. La paz que teníamos en Emyn Arnen era inviolable para mí.


Los hombres se alegraron mucho, a mi retorno, por mis nuevos títulos. Muchos veteranos de la compañía recordaron con gran elocuencia cómo habían conocido al Príncipe de Ithilien cuando se había incorporado al ejército, y me di cuenta de que aquella vena particular de humor iba a ser explotada durante años. Y hubo también mucho interés por la espada que ahora portaba. Muchos quisieron verla para contemplar una parte del arma que había derrotado al Capitán Negro, cuyos sirvientes habían masacrado a muchos de sus amigos.

Mi elección de esposa fue juzgada por todos como la elección de un hombre de gran sabiduría y yo estaba, naturalmente, muy agradecido por tener la bendición de los Montaraces de Ithilien en este asunto. Me di cuenta de que había sido muy injusto con mi compañía retrasando durante tanto tiempo mi retorno. Había olvidado con demasiada facilidad que aquellos hombres eran mis camaradas, mis amigos, a los que les había confiado mi vida una y otra vez, y nunca me habían fallado.

Pero a finales de Diciembre, un atardecer, me encontré deseando de nuevo estar en casa. Estaba tumbado boca abajo, bajo una lluvia helada, esperando para emboscar a una banda de orcos que había sido vista a treinta millas al suroeste de las colinas de Emyn Arnen. El agua se deslizaba por mi cara y por mi cuello, y pensé con añoranza en mi confortable hogar, mi adorable esposa, mi estudio caliente y mis hermosos libros. Mablung se tumbó a mi lado, riéndose por lo bajo al ver mi incomodidad. Sabía que no solo había pospuesto aquella inspección todo el verano, también había esperado a ver un pálido pero constante sol invernal en el cielo para acompañar a la patrulla. Claramente, pensaba que me merecía estar empapado.

La banda de orcos, cuando apareció, era miserablemente pequeña y yo sabía que los despacharíamos con facilidad, porque los superábamos en número, y parecían estar muertos de hambre. Las tierras en Ithilien se estaban volviendo demasiado hermosas y bien defendidas para permitir que aquellas bestias sustentasen sus miserables vidas. Di la orden de atacar con alegría.

Nunca antes me había ocurrido lo que me sucedió entonces y rezo a los Valar para que nunca me ocurra de nuevo. Decidí batirme contra el capitán orco y, mientras todavía conservaba el sentido, supe que aquella sería una lucha fácil que se acabaría pronto. Pero entonces me vi reducido a tal estado, que era como estar viviendo una pesadilla.

Mi visión pareció estrecharse y todo color, salvo el rojo y el negro, desapareció. La horrorosa cara que tenía ante mí pareció parpadear, como si estuviera iluminada por las llamas. Y entonces comenzó el ruido: terrible, abrumador, llenando mi cabeza hasta que creí que iba explotar. Cada sonido a mi alrededor ganó intensidad: los gritos de mi enemigo, los de mis hombres y lo peor de todo, el martilleo en mis oídos. Fui consciente de un terrible pánico en mi pecho y me pareció que todo aquello duraba una edad, aunque no debieron pasar más allá de diez minutos. Comencé a pensar que la lucha no terminaría nunca, y que me vería forzado a seguir hasta que cayese muerto de cansancio o desesperación.

De repente, a través de todo aquel rugido llegó la voz de Mablung, tranquila pero insistente.

– Capitán.

El ruido pareció aquietarse un poco.

– Captain, está muerto.

Levanté la vista para mirar a Mablung y después la bajé hacia el cuerpo que yacía a mis pies. Había sido cortado y desfigurado por mi propia espada y mi furia. Me moje los labios, que se me habían quedado totalmente secos.

– Encarguémonos de limpiar esta inmundicia – dije; y entonces, con un repentino arrebato de ira, como nunca había sentido antes, cogí mi espada con ambas manos y la clavé una vez más con fuerza en el corazón de la criatura y la retiré salvajemente.–Ithilien ha sido mancillado durante demasiado tiempo.

Nos ocupamos de los cuerpos y, si los otros parecían un poco apagados mientras llevábamos a cabo aquella tarea, yo lo atribuí a que se sentían tan cansados como yo. No estábamos lejos, quizá a dos millas de uno de nuestros refugios, que se encontraba muy cerca del río. Por mi parte, me alegré al pensar que podría lavarme y retirar la suciedad de la batalla, por que la lluvia no parecía capaz de limpiarme lo suficiente. De nuevo, hablamos poco mientras cruzábamos la verde hierba del sur de Ithilien. Alcanzamos el refugio al atardecer y los otros se dedicaron inmediatamente a encender un fuego y preparar comida. Yo fui directamente al río, y tuve que frotar mis manos a conciencia, antes de quedar satisfecho con su limpieza.

Cuando volví había un buen fuego, y comí un poco, pero no me sentía muy hambriento. A mi alrededor la charla era insustancial y yo estaba, en realidad, todavía algo distraído, porque me parecía oír débiles ecos de la escaramuza resonando en mis oídos. Me forcé a concentrarme en lo que estaban diciendo los otros, y parece que habían terminado hablando de la retirada de los Fuertes. Todos los que estábamos allí habíamos luchado para abrirnos camino desde Osgiliath, y todos habían ido a luchar en la batalla de Pelennor, servicio que habían prestado mientras yo estaba postrado por la fiebre y sujeto a los insanos cuidados de mi padre.

Me di cuenta de que me estaban hablando.

–¿Que recordáis de ello, capitán?

–¿Qué recuerdo?–Hice una pausa. No estaba enteramente dispuesto a remover los recuerdos que tenía de aquel día. –El ruido, principalmente.– dije al fin. –Recuerdo el ruido. Los llantos de los heridos, y el enemigo mofándose de nosotros. A mi mismo, gritando órdenes...

En aquel punto se produjeron algunas pequeñas sonrisas.

–Y el chillido sobre nuestras cabezas...– Vi que no era necesario abundar más en el tema, cuando una sombra pasó sobre las caras de los demás al pensar en el terror alado. – Y entonces, el cántico. Había gente cantando. Eso ocurrió justo antes de que fuese herido.

–Ah, capitán,– dijo Mablung, lleno de emoción, –cuando empezasteis a cantar pensé que mi corazón iba a romperse. Estaba pensando que estábamos acabados, y entonces, de alguna manera, ¡conseguisteis cantar!'

Le miré maravillado.

– ¿Dices que yo comencé a cantar?

Miré a mi alrededor. Los otros estaban asintiendo.

–Capitán,–dijo Mablung, –He servido junto a vos durante casi quince años. Creo que a estas alturas sé reconocer vuestra voz. Especialmente cuando cantáis –bromeó.

Cuando pude hablar de nuevo mi voz era densa.

–No lo sabía... No lo sabía. No guardo ningún recuerdo de aquello. Ninguno en absoluto.–Entonces, de un modo totalmente inesperado, mi cabeza se apoyó en mis manos y me encontré sollozando. –Creí... Hubo un momento en el que pensé que todo había perdido el sentido. Pensé que nunca volvería a hablar de nuevo, que moriría sin ser capaz de hablar de nuevo. Y entonces comenzó la canción y encontré que mi voz había vuelto, y podía unirme al canto. Y ahora, parece que no había perdido el sentido. No había perdido el sentido en absoluto.'

Y me cubrí la cara con las manos porque las lágrimas continuaban cayendo y no podía pararlas.

Cuando al fin logré controlarme, miré alrededor y vi que solo quedábamos Mablung y yo. Al parecer, había ordenado a los otros que se marcharan. Levanté la cabeza para mirarle directamente.

–Vos y yo hemos visto esto en muchos hombres,–dijo sin preámbulos.

–Pero en ninguno que tuviera que dirigir pronto un ejército– respondí, limpiándome la cara con el dorso de la mano.

– Sí, eso es muy cierto.–dijo Mablung.

Cambié de posición sin moverme del sitio.

–Aun así – dije lentamente, – no es infrecuente encontrarse alterado al recordar una batalla. Y esta es, después de todo, la primera vez en la que hemos hablado de la retirada. En realidad, creo que es la primera vez que hablo en profundidad de ello.

– Tenéis razón, pero no es solamente eso, ¿verdad, capitán?

Le lancé una mirada severa.

– ¿Que intentas decir?

– ¿Puedo hablar libremente, señor?

– Por supuesto.

– He visto en qué os encontrabais hoy. No estabais luchando contra una pequeño grupo de orcos hambrientos.

– Claramente, eran...

-'No, capitán. ¿La furia con la que luchabais? Creo que estabais peleando en la Retirada de nuevo. Lo que estuvieseis viendo, u oyendo–, dijo, –no era un atardecer lluvioso en Ithilien con unos cuantos gritos y el sonido del rio al pasar.

Y ciertamente no lo había sido.

–Si queréis mi consejo, señor,– continuó, –entonces abandonad la espada pronto. Porque vos y yo hemos visto lo que les ocurre a los hombres que no se toman avisos como este con seriedad. Y sabemos que no es agradable.

– Eso, ¡ay!, es más fácil decirlo que hacerlo.

– Podéis comandar la compañía de Ithilien detrás de un escritorio en Minas Tirith. Estos hombres son buenos en lo que hacen. Deberíais saberlo, porque los entrenasteis vos mismo. Hay mucha gente por aquí preparada para asumir más responsabilidad, aunque perdiéramos a tantos en aquella maldita Retirada.'

– No es la compañía de Ithilien lo que me preocupa.

– Bueno, mi señor,– dijo él, –No paso mucho tiempo preocupándome por la política, así que no sé si va a haber una guerra, o si Gondor va a tener por fin paz, y los Valar saben que nos la merecemos. Pero yo diría que os hace falta que os penséis mucho si realmente podéis luchar durante otra campaña. No tenéis que demostrar nada. Pocos hay que hayan hecho tanto como vos hicisteis, y hayan vuelto a casa como héroes de una pieza.–Mablung hizo una pausa. – Y, bueno, está vuestra esposa, por supuesto, –añadió.

– Mi esposa,– murmuré.

Estábamos a tan solo treinta millas de Emyn Arnen. Había una posta subiendo un trecho rio arriba donde podía conseguir un caballo. Aunque podía estar en casa aquella misma tarde, estaba previsto que cabalgase al sur la mañana siguiente.

– Creo que deberíais iros a casa, mi señor,–dijo Mablung gentilmente. –Descansar un poco. Seguramente, el destacamento de Poros puede esperar un par de días.

No le costó mucho convencerme de la sabiduría de su razonamiento, porque todavía sentía escalofríos. El resto de la patrulla me miró con ansiedad cuando les hablé de mis nuevas intenciones, pero no permitieron que me disculpase por mi comportamiento. Todos habíamos visto antes, ciertamente, a alguien a quien le había ocurrido lo mismo, pero yo no me sentí reconfortado. Tal falta de autocontrol por parte de un capitán era un asunto serio y yo sentía que les había fallado profundamente. Gracias a los Valar, aquella había sido una lucha fácil. En otras circunstancias, mi comportamiento podía haberles costado la vida, y aquellos eran hombres buenos y valientes, que merecían algo mejor.

Caminé rio arriba y, mientras avanzaba, me vi superado por la vergüenza. Siempre se me había comparado desfavorablemente con mi hermano en los asuntos de la guerra, y mi coraje había sido considerado menor que el suyo. Yo me había esforzado duramente en demostrar que, incluso si no podía ser su igual, era al menos autosuficiente y capaz de conducirme bien en batalla, pero parecía que aquella valoración de mi temperamento había sido bastante acertada. No me imaginaba a Boromir llorando al recordar una batalla, o sintiéndose como yo me sentía en aquel momento. Porque, mientras caminaba junto al río entendí que la idea de combatir ya no me disgustaba solamente. Me ponía enfermo.