Me habría gustado viajar con mi marido mientras recorría Ithilien porque, como su esposa y la señora de Emyn Arnen, creía que era mi deber tanto como el suyo preocuparme del reino y sus gentes. ¿No era la casa de Eorl una Casa de Reyes?¿No había sido juzgada digna de liderar a nuestra gente mientras el rey y mi hermano habían cabalgado a la batalla en el Abismo de Helm?¿No era yo una guerrera como él, capaz de sostener una espada y mantenerme firme en batalla? Y aunque amaba nuestro hogar y nuestra vida juntos, estaba inquieta, incluso ansiosa por conocer más a fondo la tierra en la que ahora vivía, y a sus gente, a las que deseaba dedicar todas mis energías y cuidados.
Se marchó cabalgando desde Emyn Arnen una mañana gris de principios de Diciembre, lamentándose por tener que despedirse y hablando de lo mucho que deseaba permanecer en casa, en paz. Estuvo en la punta de mi lengua ofrecerle intercambiar nuestros puestos, pero me contuve y, después de abrazarnos amorosamente por última vez, nos dijimos adiós y el partió hacia el norte.
La casa parecía apagada sin él, como si parte de su alma se hubiera marchado. Yo salía diariamente a cabalgar y a visitar mis lugares favoritos, pero ahora me parecían tristes, el tiempo era malo y había demasiado silencio a mi regreso. El Señor de Emyn Arnen valoraba mucho la serenidad de nuestro hogar y a menudo no había necesidad de palabras entre nosotros, pero aún así su compañía me producía un gran consuelo y nuestros silencios eran los de dos personas que no necesitan hablar mucho para saber que hay en la mente del otro. Esta otra quietud, sin embargo, no era la misma que habíamos compartido juntos. Por supuesto que yo podría haberme marchado a nuestra casa en Minas Tirith, donde el Rey y la Reina me habrían dado la bienvenida, sin duda, e insistido en hacerme compañía pero, a pesar del profundo cariño que les tenía, encontraba la ciudad agobiante y los entresijos de la vida en la corte agotadores. Elegí, pues, permanecer en el campo, aunque echaba de menos terriblemente a mi marido.
Diciembre siguió su curso y me alegré de no haber ido con él en aquel viaje. Comencé a sentirme muy cansada y luego enferma. Algunas mañanas, tosiendo y con nauseas, tenía que hacer grandes esfuerzos para salir de la cama para luego volver a ella exhausta y pasar la mayor parte del día temblando bajo las mantas. Estaba muy asustada. Hasta que fui herida y sucumbí al Aliento Negro, había disfrutado de buena salud, fortaleza física y del placer de estar activa, caminando y montando a caballo. Pensé que la oscuridad estaba descendiendo sobre mí de nuevo y empecé a desear desesperadamente que mi marido volviese a casa.
Debo parecer muy tonta a vuestros ojos, pero, sin madre y sin hermanas, había crecido entre hombres, a los admiraba grandemente y quería parecerme, y cuyas conversaciones habían sido mi principal preocupación. Tenía la cabeza tan llena de caballos, armas y batallas que, simplemente, no se me había pasado por la cabeza lo que podía ocurrirme.
Una mañana, a una hora tardía, mientras estaba tumbada en la cama con aire miserable, con las cortinas echadas y la habitación a oscuras, creyendo que realmente iba a morirme, oí la puerta abrirse y entro Haleth, nuestra criada. La oí chistar en voz baja al ver que todavía estaba en la cama y abrió las cortinas para dejar que la pálida luz invernal llenase la habitación. Yo entrecerré los ojos y me escondí más profundamente entre las sabanas. Entonces la oí suspirar suavemente y sentí como se sentaba a mi lado en la cama.
– Sabéis, mi señora, que no podéis estar así eternamente.
– Me encuentro tan mal, Haleth...–murmuré.
Ella me miró con gentileza.
–Lo sé, querida,–dijo,–pero no sois la primer mujer que va a tener un bebé.
Mi cara debió delatarme, porque ella se quedó paralizada un instante y luego una ola de compasión barrió su rostro.
–¡Oh, pobre muchacha!–exclamó suavemente y extendió los brazos para envolverme con ellos mientras yo estallaba en lágrimas. –¿De verdad no lo sabías?
Y entonces me abrazó con fuerza y me acunó suavemente hasta que las lágrimas cesaron. El resto del día lo pasó ocupándose de mí, ayudándome a asearme y vestirme. Hablamos largo rato e incluso nos reímos al contarle que había pensado que me estaba muriendo. Ella me explicó como me sentiría los próximos meses y que podía esperar hacia el final del embarazo.
Me encontré de repente echando de menos a mi madre. Aunque su ausencia había sido una constante durante toda mi vida, hubiera deseado por encima de todo haberla tenido cerca de mí. ¡Que tonta debo parecer, echando de menos a una mujer a la que ni siquiera he conocido! Sin embargo Haleth fue muy comprensiva cuando le hablé de mi deseo.
Por primera vez, desde hacía un mes, dormí bien y mientras la semana siguiente pasaba me encontré preguntándome como sería ser madre y sintiéndome un poco ansiosa, especialmente cuando pensaba en anunciárselo a mi esposo.
Un atardecer lluvioso, hacia finales de Diciembre, me había acurrucado en la cama temprano para estar caliente y cómoda, y mientras empezaba a quedarme amodorrada, oí la puerta y levantando la vista con los ojos cargados de sueño, vi con gran sorpresa que mi esposo estaba allí. No le esperaba de vuelta hasta pasada al menos otra quincena. Me senté para saludarle pero él parecía haberse detenido para apoyarse un instante sobre el cofre que se encontraba frente a la cama. Incluso a media luz pude ver claramente la tensión en sus hombros.
-¿Amor mío?- murmuré.
Sus hombros se hundieron un poco más y luego, lentamente, se giró hacia mí. Su pelo y sus ropas estaban mojadas y parecía exhausto, demacrado incluso. Me acordé de aquella mirada cerrada y contraída en su cara la primera vez que nos habíamos encontrado en los jardines de las Casas de Curación. Un gran miedo se apoderó de mí.
- No esperaba que volvieras a casa tan pronto- dije- ¿Ocurre algo?¿Estas enfermo?
Su boca se torció en una gesto que pretendía ser una sonrisa, pero acabó siendo una mueca amarga.
-¿Enfermo?- dijo con una carcajada. Ciertamente,no. Estoy en una estupenda forma física.
Y comenzó a desabrocharse la espada de la cintura. Mientras la dejaba descansando apoyada sobre el muro, sus dedos parecieron detenerse un instante sobre la empuñadura. Entonces retiró la mano y comenzó a quitarse la ropa en silencio.
Yo me moví a mi lado de la cama, porque mientras él había estado fuera me había acostumbrado a dormir en el medio para así sentirme menos sola. Vi como se tumbaba junto a mí, se estiraba para soplar la vela y la habitación quedó a oscuras.
Pasó un instante. Sentí como me buscaba y me envolvía con sus brazos. Su cuerpo estaba helado. Yo me encogí y me puse de costado para que mi espalda quedase apoyada sobre su pecho, en la posición en la que solíamos dormir y sentí que su cara se acomodaba en la curva de mi cuello.
- Estás tan frío...-murmuré.
- Lo siento- respondió en voz baja.- He tenido que cabalgar un trecho y estaba lloviendo.
Me mordí el labio, pero decidí no callarme.
- Dime que te ocurre.
Él suspiró profundamente.
- Ahora no. Estoy tan cansado que lo único que quiero es abrazarte y dormir.
No le presioné más y nos quedamos tumbados en silencio. Pero después de un rato habló de nuevo con un susurro vacilante.
- ¿Piensas...piensas alguna vez en la guerra, Eowyn? ¿Piensas en lo que hiciste?
Comencé a alarmarme. Había visto a menudo su cara entristecerse, particularmente cuando pensaba en su madre o en su hermano, pero nunca le había visto de un humor tan oscuro como aquel. Me giré un poco para poder ver un atisbo de su cara, aún estando a oscuras. Solo podía adivinar sus rasgos, pero estaba segura de que estaba llorando. Me quedé sin palabras.
- Algunas veces- dije, acariciando una mano fría.- Y siento un gran miedo y un profundo malestar. Pero tu me has enseñado a vivir superando esas cosas.
No me respondió, y temí haber juzgado mal su estado de ánimo. Luego me besó suavemente en el cuello y sentí que la tensión de su cuerpo, de alguna forma, disminuía.
-Gracias- murmuró y no volvió a hablar.
Después de un corto periodo de tiempo, oí que su respiración cambiaba y supe que se había quedado dormido. Yo permanecí despierta, llena de ansiedad y de confusión. Aquella no era la bienvenida que había imaginado y todavía no le había dado la buena noticia. Pasó más o menos una hora antes de que consiguiese deslizarme hacia un sueño inquieto, pensando que el don de mi marido para la serenidad, podía, al parecer, convertirse en silencios desoladores.
Muy temprano por la mañana, me desperté sobresaltada. Me había parecido oír un grito y me dí cuenta de que el que gritaba era mi marido. Lo sacudí para despertarlo y al cabo de unos instantes sus ojos se abrieron y se enfocaron mirando mi cara. Estaba sudando y tembloroso, así que lo abracé y él apoyó su cabeza en mi hombro, respirando entrecortadamente. Me había hablado a menudo de sus sueños, pero no le había sucedido desde que estábamos casados.
- Lo siento- dijo al cabo de un rato- Siento haberte despertado.
-¿Con que has soñado? ¿Ha sido el sueño de la ola? - pregunté acariciándole su oscura cabellera.
Una sombra pasó por su cara y sacudió la cabeza.
- No ha sido nada...nada importante. Solo un sueño.
No podía convencerle de que me contase lo que le estaba sucediendo, pero quizá podía hacerle sentir mejor. Así que le dí la buena noticia.
Su cara se transformó radicalmente. La boca se ensanchó en una amplia sonrisa, los ojos se le iluminaron y comenzó a reírse. Me abrazó y comenzó a sembrar besos por toda mi cara, mi cuello y mis hombros. Luego comenzó a hablar acerca de lo feliz que se sentía, de lo inteligente que era yo y de lo maravilloso que iba a ser todo. Empezó a hablar de las respectivas ventajas de los hijos y de las hijas, de los nombres para unos y para otras y, cuando hubo agotado todos aquellos temas, volvió de nuevo al tema inicial de su gran felicidad y mi excepcional ingenio, sobre lo cual me pareció que exageraba un poco. Pero al cabo de un rato yo también estaba riendo y parloteando con él, y la sombra de la noche anterior quedó completamente disipada.
A media mañana, después de levantarnos, estábamos sentados juntos contemplando el jardín y con nuestras manos entrelazadas. Le pregunté si pretendía marcharse de nuevo pronto hacia Poros, y él evitó hablar del tema, diciendo que, en mi estado, era más importante que permaneciese junto a mí. Aquella, claramente, no era toda la verdad, pero yo tampoco quería hablarle de mis miedos mientras había estado ausente. Me sentía ridícula. Quién habría imaginado que la Doncella Escudera pudiera verse tan afectada por algo tan simple. Me pareció justo y, puesto que ambos estábamos felices de nuevo, no insistí en que compartiese conmigo la causa de su inquietud.
