En cuanto se recuperó, Rusia presidió los homenajes a las víctimas del atentado. Hubo funerales multitudinarios con la presencia de la prensa, un buen número de elegías y montañas de ramos de flores y velas. Sin embargo, esa mañana, en el cementerio, sólo fue él. En silencio, se hincó de rodillas frente a la tumba de Olga y depositó sobre ella una sola rosa blanca. Permaneció largo rato en esa postura, hasta que al fin se puso en pie lentamente. Entonces, se dirigió a su presidente, el cual estaba de pie detrás de él a una distancia respetuosa, con las manos juntas.

— Dile al ministro Tarasov que prepare mis armas y mis tropas.

El presidente Gladkov asintió.

— Pero primero…—añadió Rusia, volviéndose hacia él—, quiero saber quién es de verdad esa basura que dice haber actuado en mi nombre.


El director del Servicio Federal de Seguridad había sido acusado de dar las órdenes a la señal de Rusia. Pero quienquiera que hubiera redactado el informe ignoraba una cosa: el director Vasiliev ocupaba aquel despacho tan amplio porque Rusia había visto su inmaculado expediente de cuando el SFS se llamaba KGB y le había confiado su seguridad, Vasiliev era lo suficientemente listo como para no hacer nada sin la aprobación de su nación, y había un protocolo de doble verificación.

Hubo en verdad un mensaje, pero no era lo que todo el mundo pensaba. Hubo un mensaje ordenando el asesinato de Walter Williams, pero Rusia estaba seguro de que no lo había enviado. Y dado que Vasiliev llamó para que lo confirmara antes de pasar a la acción y Rusia ni siquiera sabía de qué estaba hablando, el ataque no se llegó a planear.

Es decir, sí que habían espiado a América, pero hacía mucho tiempo que llevaban haciéndolo, y no sólo a América, apenas había naciones en el mundo que no estuvieran en el punto de mira de Rusia.

¿Los tiradores recibieron instrucciones del SFS? ¿De impostores? ¿O actuaron por cuenta propia?

Rusia entregó su teléfono móvil a los técnicos para que buscaran algo sospechoso. Mientras tanto, pidió a Vasiliev que le contara lo que supiera acerca de los asesinos.

— Sergei Essen and Isaak Shishkanov—Vasiliev dejó los expedientes sobre la mesa y Rusia corrió a agarrarlos para mirar las caras de un hombre huesudo y medio calvo y de uno mucho más corpulento con rasgos afilados—. Los informes no mentían acerca de que eran de los nuestros. Sí que eran agentes del Servicio Federal de Seguridad, en el área de lucha contra el terrorismo. Solo que no contaron toda la historia. Los dos fueron descubiertos aprovechando su influencia y los recursos del SFS para su propio beneficio en 2022.

— Ya me acuerdo. Algo relacionado con abusos sexuales y muchísimo dinero. Quise partirles la cabeza—murmuró Rusia—. ¿Y por qué no les he partido la cabeza?

— Porque lograron escapar. Han estado en paradero desconocido hasta ahora.

— De modo que se escondieron en territorio europeo, bajo las alas de Lituania, con la esperanza de que no les pusiera las manos encima, ¿eh? Siento decepcionar al que sobrevivió, pero nació ruso y será juzgado como ruso.

— Y yo siento decepcionarte a ti, pero si tu intención es pedir su extradición, la presidenta de Lituania ya ha dicho que no.

Rusia alzó la mirada.

— ¿No?

— Mhm—asintió Vasiliev.

Rusia frunció el ceño e hizo una mueca.

— Lituania no puede negarme nada a mí—respondió.


Rusia no podía decir que no era consciente de la impresión que causó en todo con el que se cruzó. Desde los viandantes hasta los empleados de la Prezidentūra, todo el mundo parecía quedarse helado al verlo. Sólo tenía que volver los ojos hacia ellos para ver cómo su alma abandonaba su cuerpo. Algunos incluso salían corriendo. Qué cosas, durante siglos había buscado esa clase de reacciones, pero ahora le molestaba…

Pero no podía detenerse a explicar su situación y sus sospechas a todo con el que cruzara.

El secretario también se encogió en su asiento al verlo acercarse.

— Dile, por favor, a Lituania que Rusia ha venido a hablar con él—dijo Rusia con toda tranquilidad. Pero el pipiolo no parecía confiar en sus buenos modales. Después de todo, con la diferencia de altura que había entre los dos, parecían un gigante hablándole a una hormiguita.

El secretario dudó antes de estirar la mano hacia el teléfono. Sin embargo, no llegó a coger el auricular. Una puerta se abrió al final del pasillo y Lituania y su presidenta salieron.

— Rusia…

Claramente, había sentido su llegada. Hay que ver, cómo temblaba.

— No esperábamos su visita, señor Rusia—dijo secamente la presidenta Muskietiene—. No puedo decir que sea bienvenido, dadas las circunstancias.

— Ya me han cacheado en la puerta—sonrió Rusia—. Me he dejado la tubería en casa. Sólo he venido a hablar.

— Permítame dudarlo…

— Con usted no, señora. Con Lituania.

Muskietiene frunció los labios, haciendo que su cara delgada lo pareciera todavía más.

— No pasa nada…—le susurró Lituania, dándole una reconfortante palmada en un hombro.

— Lo que tenga que decir, tendrá que decirlo delante de mí—insistió Muskietiene—. Fui elegida para protegerte de tipos como él.

— Bueno, no me molesta—dijo Rusia—. Mi jefe ya me ha dicho que ya me habéis negado el derecho de juzgar a Shishkanov.

— Nuestras leyes con claras: podemos negar la extradición si el ciudadano corre un serio peligro de sufrir tortura o pena de muerte…—dijo Lituania. Y Rusia se percató de cuánto se afanaba por no temblar y de controlar su tono de voz.

— No voy a matarlo, ni a tocarle un pelo. Tan sólo quiero saber de dónde viene toda esa historia de que yo ordené el asesinato del diplomático.

— Lo…dudo…—replicó Lituania.

— Lituania…Tú me conoces…Antes de convertirte en mi siervo, tú y yo hemos peleado durante siglos…¿De veras crees que perdería el tiempo con América, matando a sus amigos…?

— Es mucha coincidencia que después de que…

— Yo no lo maté.

— ¿Por qué debería creerte?

Rusia sonrió.

— …Apuesto a que estás gozando de lo lindo…Por fin has encontrado la oportunidad de hacerme daño…después de tanto tiempo…—siseó.

Muskietiene se interpuso entre él y su nación. Rusia volvió los ojos hacia ella. Ésta no se amedrentó. No rehuyó su mirada ni retrocedió como todos los demás. Sus ojos de color avellana plagados de pecas se quedaron fijos en los suyos. De hecho…, fue Rusia quien apartó la mirada primero y se echó para atrás.

— Yo no lo maté—insistió Rusia, hablando en voz baja—. Lo diré las veces que haga falta. América os ha mentido.

— América no ha mentido. Todos sabemos que las ordenes vinieron de ti—Lituania pareció alentado por el coraje de su presidenta, dio un paso al frente y miró a Rusia a la cara.

Rusia se quedó callado y volvió a mirar a Muskietiene. Ella seguía mirándolo desafiante.

— …Quizás debería volver cuando no tengas amigos alrededor que te defiendan…—dijo finalmente.

— Márchate, Rusia. Aquí no hay nada para ti. No necesito la ayuda de nadie para sacarte a patadas si no te vas—dijo Lituania.

Rusia estuvo a punto de decir algo, pero chasqueó la lengua y se limitó a darse la vuelta para irse. El secretario lo vio marcharse, pero Rusia lamentó ver en su cara que se alegraba de que su nación y su presidenta le hubieran puesto los puntos sobre las íes y ya no le tuviera miedo.


El alcohol no resolvía los problemas, pero sí que le ayudó a ver las cosas desde otra perspectiva. Rusia le dio a la botella en casa, con los ojos aún perdidos en las supuestas pruebas de su crimen.

No podría interrogar a Shishkanov…Puede que de todas formas no lo necesitara. Comenzaba a pensar que él era la pieza menos importante del puzle.

Había algo que le preocupaba más que ese bastardo. Las órdenes de eliminar a Williams. Eso era un hecho. Pero él nunca las había dado. Era cierto que había estado planeando cómo hacer pagar a América su insolencia y a Lituania por meterlo en su discusión. Pero ¿matar? No, eso no se le pasó en ningún momento por la cabeza. Había pensado en algo mucho más benigno, como ayudar a China a comérselo, o meter la zarpa en sus elecciones, para que acabara con un mal presidente que le diera un dolor de cabeza. Matar a un amigo…Buena idea, pero no, eso estaba fuera de toda consideración.

Cerca de las once, cuando ya estaba en la cama, recibió una llamada.

— Pegasus—se limitó a decir Vasiliev.

¿Pegasus?, preguntó un Rusia medio dormido. ¡Pegasus!, exclamó, ahora bien despierto.

Spyware. La herramienta favorita de las naciones que querían saber qué guardaban sus vecinos en los teléfonos. Un programa diseñado para infectar terminales a través de enlaces, mensajes y llamadas, aunque también sabía aprovechar las debilidades del sistema operativo para colarse. Una vez dentro, el usuario tenía acceso total a todo cuanto había en el terminal y cuanto hacía, incluidas las contraseñas.

— Caímos en una trama. Parece ser que el mensaje de tu teléfono infectó el mío, y hay un registro en el que contacto con Essen y Shishkanov. Robaron nuestras contraseñas y usaron nuestras credenciales.

Así que realmente dieron la orden…Aunque Rusia estaba seguro de que aún podía convencer al mundo de que él no lo había hecho realmente.

— Y tenemos sospechas de que han hackeado tu teléfono para planear el atentado—continuó Vasiliev.

— Debieron hacerlo—dijo Rusia, levantándose de la cama para dar vueltas por el dormitorio—. En ningún momento le dije a la prensa que iba a ir. Olga me invitó un día que vino a comer aquí conmigo. Probablemente pincharon los micrófonos…

Claro, le diría a todos que su teléfono había sido hackeado…¿Pero quién le creería?

No. Le creerían cuando vieran las artimañas de las que se había servido América.

«Pero espera un momento, ¿por qué iba América a ordenar el asesinato de su propio amigo?»

Recordó su reacción cuando la frustración le desató la lengua. Quiso hacerle pedazos por el mero hecho de haber hecho chistes sobre su muerte.

Rusia frunció el ceño.

Probablemente otra persona hubiera matado a Williams. No le importaba quién. Pero América lo dispuso todo para que pareciera que había sido él. Y luego usó el mismo programa para planear la masacre del ballet.

Si América tenía el programa, sabía quién se lo podría decir.


Nadie encontró extraño que Italia estuviera más callado y sombrío que nunca. Nadie en el Consejo de Europa estaba de humor para bromas. Todas las miradas estaban puestas en su vecino Rusia. Ya habían visto los tanques y aviones tomando posiciones. Uno de esos días, en cuanto menos lo esperaran, empezarían a invadir fronteras, y cuando eso ocurriera…

Algunos ya lo habían visto venir. Ahora Polonia podía restregarles en la cara que no estaba exagerando cuando decía que tenía su escopeta cargada por si un día tuviera que defenderse de Rusia. Finlandia y Suecia se dijeron entre susurros que habían hecho muy, muy, muy bien en unirse a la OTAN. Aunque Serbia no era miembro, Bélgica y Alemania comenzaron negociaciones para ver qué se podía esperar de él, aunque era muy posible que se declarara neutral, tal y como Suiza se apresuró a hacer. No era tiempo de serlo.

Algunos no podían, muy a su pesar. Cuando Italia juró a América que se pondría de su parte si era atacado, no quería decir contra alguien tan grandote y que daba tanto miedo como Rusia…Él y Romano pensaban más bien en…alguien…más pequeñito…En plan…

Pero ya no había vuelta atrás, ¿verdad? No, no podían. Habría sido deshonroso. No era tan mal amigo.

En la reunión de ese día, acordaron permanecer todos juntos. Cierto que Rusia era muy fuerte, que estaba armado hasta los dientes y que tenía amigos con armas muy peligrosas, pero todos juntos…

Pero ¿qué podrían hacer si Rusia usaba el arma especial de América en su contra?

Italia no había dejado de pensar en ello desde que América se lo contó. Sonaba demencial, fantástico, pero podía imaginarse perfectamente a América investigando sobre el poder del cerebro para descubrir sus secretos y usarlos contra Rusia…Se lo había dicho, antes eso de mandar a un hombre a la luna había sido ciencia ficción, hasta que lo hizo.

Y ahora Rusia posiblemente tuviera acceso a aquella información…

América dijo que habían intentado copiarle…¿Y si…?

Sentía que estaba perdiendo el juicio, necesitaba saber si había razones para el pánico o no. Así que se decidió a preguntar.

No podía preguntarle al mismo Rusia (y desde luego no quería), pero la Unión Soviética la habían formado muchos otros países…Posó los ojos sobre Estonia, el cual se estaba lamiendo el café de los labios mientras trabajaba en su portátil en la cafetería. Italia respiró hondo y se le acercó.

— Ciao.

— Hola—respondió Estonia, sin apartar los ojos de la pantalla.

— Uhm…¿Tienes un momento?

— Mmm, depende. ¿Qué te está dando problemas, Internet o el sistema operativo?

— No, no, mi ordenador va bien.

— Qué raro. Tú sólo me diriges la palabra cuando tienes un problema con el ordenador.

— Quería preguntarte una cosilla…sobre la Unión Soviética.

Los dedos de Estonia dejaron de teclear.

— Ya sé que no te gusta hablar de esos tiempos…—dijo Italia.

— Una de las peores épocas de mi vida, si no la peor. Sí—Estonia volvió la mirada hacia Italia con el ceño ligeramente fruncido.

— Pero me preguntaba si tú podrías confirmarme…si…es cierto que…llevasteis a cabo experimentos sobre…telepatía…

Ahora Estonia volvió todo el cuerpo hacia Italia.

— …¿De verdad lo hicisteis? —insistió él.

Estonia se tomó un buen rato para responder.

— …Lo llamábamos Biocomunicación—murmuró al fin.

— ¿Así que es cierto? ¿Intentasteis ganar a América también en eso? —Italia cogió una silla y se sentó frente a él para escuchar con atención.

Estonia sintió que empezaba a temblar, pero logró mantener la compostura. Se ajustó las gafas cuando el tembleque hizo que se le escurrieran por la nariz.

— …Sí, Rusia oyó hablar de ese experimento. Y sí, temió que fuera verdad que América tuviera un arma así, así que se apresuró a tratar de replicarlo y mejorarlo para su propio beneficio. El régimen creía que todo lo parapsicológico no eran más que cuentos de hadas, igual que las religiones o la superstición, pero Rusia logró convencer al Partido. Parecía algo que merecía la pena probar…La mente podría hacer lo que la tecnología no hacía…Llegar adonde la propaganda no llegaba…Lo usamos para tratar de reprogramar a los disidentes. Espiar a nuestros enemigos. Negociar a nuestro favor…Conseguimos que una mujer pelara un huevo sólo con la mente, sin manos. Eso animó a Rusia a crear un nuevo ejército. Un ejército de telépatas. Equipados con el arma más letal de la historia…Vencedores sin necesidad de disparar una sola bala.

— ¿Llegasteis a crear ese ejército, Estonia? —preguntó Italia, con los ojos como platos.

— No. La Unión cayó y todos los proyectos quedaron abandonados. Pero Rusia lo intentó, ya te digo. Usó a miles de personas…, de niños. De nuestras casas. Nos usó a nosotros. Nos hizo pasar por pruebas agotadoras y complicadas en salas más pequeñas que una caja de cerillas, aislados de todo y de todos, para que tratáramos de adivinar qué ocurría al otro lado del globo. Él puso la idea y nosotros fuimos sus cobayas. No funcionó al final y él se limitó a encogerse de hombros, pero nosotros fuimos los que sacrificamos a nuestra población para darle sujetos, los que acabábamos en el suelo con la cabeza a punto de reventar, y…

Estonia se calló, tomando aire profundamente mientras apartaba la mirada.

— Lo siento. Comprendo que no lo pasasteis bien—se disculpó Italia.

— …No, la verdad es que no…—Estonia volvió entonces los ojos hacia él—. ¿…Y tú por qué preguntas? ¿Quién te lo ha contado?

— América.

— ¿América?

Italia estuvo a punto de contarle toda la historia, pero consideró que América se enfadaría si descubría que le había contado a alguien lo de sus documentos secretos, así que se mordió la lengua.

— Sí…

La mirada de Estonia era penetrante, e Italia quedó convencido de que había hablado demasiado.

— Gracias por el soplo, Estonia. Y de nuevo me disculpo si te hecho pasar un mal rato, haciéndote recordar esas cosas…—dijo Italia, poniéndose en pie.

— No pasa nada…

— Hasta luego.

— Adiós…

Italia se percató de que Estonia lo vio marchar sin prestar ya más atención a su ordenador.