Aquí tenéis el segundo capítulo de esta historia.

Espero que lo disfrutéis :)


Capítulo 2


Era un día radiante. El sol se alzaba alto en el cielo sin nubes, transformando el agradable clima de las primeras horas de la mañana en una sensación cálida e, incluso, molesta si se pasaba más tiempo del necesario fuera de la sombra.

Los tablones de madera de la senda sinuosa de la Mansión Fey resonaban bajos los pasos de Phoenix y Trucy, encaminados hacia la sala de entrenamiento situada al final de la misma.

Una figura familiar, ataviada con un atuendo que recordaba a las ropas tradicionales de la familia Fey, se encontraba quieta frente a la puerta al final del pasillo.

—¡Es la Srta. Maya! —gritó Trucy y echó a correr para acercarse a ella.

—¡No grites, Trucy! —respondió Phoenix, que también aceleró el paso detrás de su hija.

Maya se volvió hacia aquellos pasos que se acercaban a ella y su rostro se iluminó con una sonrisa al ver de quién se trataba, borrando cualquier rastro de nerviosismo e incertidumbre por lo que ese día estaba por acontecer. Un cosquilleo se instaló en su estómago al ver a Phoenix y recordar lo sucedido la noche anterior: su cuerpo pegado al de él, la sensación que la recorrió cuando sus labios se encontraron por primera vez… Todo parecía un sueño.

—¡Trucy, Nick! Me alegro de veros —saludó la médium.

—Yo también me alegro de verte, Srta. Maya —dijo Trucy—. Hemos venido a darte ánimos. ¡Seguro que lo haces ge-ni-al! Y además estás tan guapa… ¡pareces una princesa! ¿verdad, papi? —se volvió hacia Phoenix esperando una respuesta. Los ojos de Maya también se movieron hacia a su rostro mientras sentía que se ruborizaba ligeramente.

Ese día había tenido que cambiar su habitual y cómodo atuendo por otro mucho más recargado, tal y como indicaba la tradición. Su sencillo kimono había sido sustituido por uno amplio que le llegaba hasta los pies, confeccionado con una pesada tela rosa decorada con bordados de motivos florales de diferentes tonalidades del mismo color. Un obi morado, similar al que solía llevar con su otro vestuario, se ceñía alrededor de su cintura, remarcándola. Las mangas de su kimono eran anchas y largas y le tapaban las manos casi por completo. Al cuello llevaba el mismo colgante de siempre: su magatama, rodeado por tres grandes perlas a cada lado que indicaban el máximo nivel de poder espiritual que ya poseía. Su cabello, habitualmente suelto sobre su espalda, estaba recogido en un gran moño en lo alto de su cabeza, dejando dos mechones sueltos en la parte delantera. Además, llevaba un sutil maquillaje en su rostro: los ojos delineados en la parte superior, un ligero rubor en las mejillas y un labial rojo bastante natural resaltando su boca.

Sí que parecía una princesa sacada de un antiguo cuento oriental, pensó Phoenix. Tragó saliva ante aquel pensamiento.

—S-sí que estás muy guapa, Maya… —tuvo que hacer un enorme esfuerzo para apartar la mirada de su boca. Deseaba volver a besarla como había hecho unas horas atrás. Sintió cómo la sangre se dirigía a sus mejillas y rezó para que el cambio de color no fuera muy evidente para los demás.

Maya esbozó una tímida sonrisa y se llevó la mano al magatama que colgaba de su cuello de forma involuntaria, acostumbrada a hacerlo siempre que pensaba que alguien pudiera estar mintiendo. No observó ningún psicocandado ante ella.

—Trucy, ¿quieres ver la sala de entrenamiento? —propuso Maya para cambiar de tema.

—¡Claro que sí! Me encantaría verla —respondió animada. Maya y Phoenix intercambiaron una mirada y se sonrieron con ternura por el entusiasmo de la chica.

Los tres cruzaron el umbral de la puerta hacia el interior. La sala de entrenamiento era una habitación amplia con techos altos. La luz del día entraba por los huecos habilitados para ello en la parte superior de las paredes, no siendo necesaria ninguna vela ni lámpara para iluminar el interior.

Las paredes estaban compuestas por tablones de madera y vigas resistentes que iban desde el suelo hasta el techo, soportando el peso de este. El suelo estaba formado por láminas de madera pulida que reflejaban la luz que se filtraba del exterior. En una de las paredes, un gran letrero de madera con una inscripción antigua en un idioma desconocido estaba colocado sobre las enormes puertas de la Cámara de Canalización, indicando la entrada a la misma.

Esta vez, las pesadas puertas, habitualmente cerradas con un gran candado de hierro para mantener el interior de la sala oculto a las miradas curiosas, estaban abiertas de par en par. Se podía observar el interior de la pequeña sala sin ventanas, que debería haber bastante oscura si no hubiera sido por las numerosas velas dispuestas a lo largo de varias repisas en las paredes y por el suelo. Al fondo de la cámara se podía apreciar una especie de altar compuesto por un biombo adornado con inscripciones antiguas, un objeto con una superficie reflectante, similar a un espejo, y un jarrón dispuesto con unas ramitas pertenecientes a un árbol considerado sagrado. Allí dentro se desarrollaría el ritual.

A Phoenix lo recorrió un escalofrío al entrar en la estancia y observar el interior de la Cámara. El recuerdo de la última vez que estuvo allí, muchos años atrás, cuando tuvo lugar el asesinato orquestado por Mimi Miney con la ayuda de Morgan Fey con el objetivo de inculpar a Maya, pasó por su mente como un relámpago. Intentó desechar ese pensamiento de inmediato. Nada saldría mal esta vez.

Trucy paseó la mirada por la sala y localizó a Pearl, que ya se encontraba allí. Salió corriendo en su dirección, dejando atrás a los dos adultos que la acompañaban.

—¡Trucy! —gritó la médium más joven con una sonrisa al verla acercarse.

—Por fin volvemos a vernos —respondió la maga mientras envolvía con sus brazos el cuerpo de su amiga en un abrazo. Las dos permanecieron abrazadas unos segundos, sonriendo por volver a encontrarse—. ¿Cómo estás, Pearl?

—Uh… un poco nerviosa por Maya la Mística. Ha entrenado tanto para este día…

—La Srta. Maya es increíble —dijo Trucy—. Papi me ha dicho que seguro lo consigue —miró hacia atrás por encima del hombro, observando a los dos aludidos charlando de forma cariñosa en la distancia. Pearl siguió su mirada y también se fijó en aquellas dos personas.

—¿Has conseguido averiguar algo… de eso? —preguntó Pearl, mirando todavía por encima del hombro de Trucy.

—No… Papi no me dice nada, aunque yo creo que tienes razón y le gusta… Tendré que preguntarle directamente.

—No podemos desaprovechar esta ocasión —dijo Pearl mirando a la maga con determinación—. Tenemos que conseguir que el Sr. Nick y Maya la Mística se confiesen su amor antes de que vuelvan a separarse.

—Sí, Pearl. Primero tengo que conseguir que papi me confiese lo que siente y luego… podremos poner en marcha nuestro plan.

Las dos chicas sonrieron con una sonrisa cómplice y volvieron a abrazarse, felices de por fin poder llevar a cabo aquello que llevaban tanto tiempo tramando.


Maya dio un paso hacia adelante para seguir a Trucy cuando salió corriendo, pero Phoenix la retuvo agarrándola por la muñeca.

—Espera, Maya. Quiero… desearte suerte, aunque sé que no la necesitas. Prométeme que confiarás en tus habilidades, ¿sí? —levantó la mano y le acarició la suave piel sonrosada de la mejilla.

Los ojos de la médium se encontraron con los suyos mientras esta asentía con la cabeza. Se acercó a él con timidez y lo abrazó, apoyando la cabeza sobre su pecho. Phoenix también la rodeó con sus brazos y le acarició la espalda por encima de la tela satinada. Bajó la cabeza y le depositó un suave beso sobre el cabello a Maya. Deseaba besarla, como la noche anterior, en los labios, y quizás en otros lugares también, pero se contuvo. Ya tendría tiempo de estar a solas con ella más adelante. En ese momento, ambos podían sentir el corazón del otro latiendo con fuerza a través de la ropa.

—¡Eeehhh, Niiiiick! ¡No puedes hacer eso! —los dos se separaron de inmediato al escuchar aquella escandalosa voz familiar acercándose a ellos. Larry apareció a su lado enfadado, con una boina magenta sobre la cabeza y vistiendo una chaqueta con estampado llamativo. Llevaba un pincel en una mano y apuntaba hacia Phoenix con él como si de un arma se tratara—. ¡No puedes ir abrazando y besando chicas guapas sin haberme dado la oportunidad de cumplimentarlas antes! —por su expresión y sus palabras se podía deducir que estaba bastante molesto con la escena que acababa de presenciar. Al posar su mirada en Maya, se dibujó en sus labios una sonrisa bobalicona—. Oh, Maya, eres tan hermosa que ahora mismo podría declarar mi amor por ti…

Phoenix suspiró exasperado y lo miró con una mezcla de sorpresa y enfado en el rostro por la interrupción de aquel momento entre ambos.

—¿Qué estás haciendo aquí, Larry? —preguntó cruzándose de brazos.

—¡No soy Larry! Soy el famoso y reconocido Laurice Deauxnim, artista y autor de libros ilustrados, ¿entiendes? y… —Larry no pudo terminar la frase porque fue interrumpido por una voz femenina procedente de la entrada.

—¡Silencio! ¡SILENCIO! —todos los allí presentes se volvieron hacia la figura responsable de aquel grito. Se encontraba en el umbral de la puerta de la sala de entrenamiento, recortada por la luz que entraba del exterior, la cual oscurecía sus facciones y no permitía identificarla.

La mujer se adentró en la sala, rompiendo el silencio sepulcral que se había instalado con el sonido de sus pies al golpear con fuerza los tablones de madera del suelo. Se situó en la entrada de la Cámara de Canalización, permitiendo que sus rasgos se hicieran visibles a los demás. Se trataba de una mujer de mediana edad, rechoncha y de baja estatura. Vestía el atuendo típico de las acólitas: un kimono muy similar al de las médium de Kurain y una capucha blanca que le cubría la cabeza y caía sobre sus hombros y parte de la espalda.

—…vine aquí por ella… —continuó Larry en apenas un susurro, inclinándose hacia Phoenix.

La mujer se aclaró la garganta y habló sin dirigirse a nadie en particular:

—Me presento. Soy la Sacerdotisa Bikini del Templo Hazakura. Mi misión es preservar y proteger la técnica de canalización Kurain, por eso seré la responsable de determinar si la candidata de hoy es apta para hacerse llamar Maestra de Kurain —su voz reverberaba en el silencio de la sala. Su mirada, en aquel momento dura como la piedra, se encontró con la de Maya.

La médium tragó saliva. Notó cómo le empezaban a sudar las manos. Bikini, que en los últimos días había actuado como una figura materna, parecía tan estricta en ese momento…

—¡Maya la Mística!, ¡Pearl la Mística! —ambas enderezaron la espalda al mismo tiempo cuando escucharon sus respectivos nombres— y yo seremos las únicas personas dentro de la Cámara de Canalización durante el transcurso de la prueba. Los demás os podéis ir a otro lugar o, como opción, podéis cerrar la boca. ¡Vamos! —se volvió en dirección a la Cámara y se perdió entre sus sombras sin mirar atrás.

Las dos médiums se dispusieron a seguirla. Maya se detuvo un segundo a darle un ligero apretón de manos a Phoenix en señal de agradecimiento antes de encaminarse en la misma dirección que la sacerdotisa. Cuando alcanzó a Pearl, ya en el umbral de la puerta, le sostuvo la mano y ambas desaparecieron en el interior sin soltarse. Instantáneamente, las puertas se cerraron con un golpe. El sonido de algo metálico se escuchó en el interior. Probablemente sería Bikini sellando la puerta con el candado, aislando a las personas que estaban dentro y cualquier problema que pudiera surgir del exterior.

Trucy regresó corriendo al lado de su padre con la preocupación escrita en el rostro. Phoenix le rodeó los hombros con un brazo, en un intento de calmarla. Él también estaba nervioso, pero debía ocultarlo para no alimentar la preocupación de su hija. Se dirigió al exterior, indicando a Trucy que lo siguiera. Larry también salía detrás de ellos.

—¿Qué quieres decir con que estás aquí por Bikini? —preguntó Phoenix con el ceño fruncido.

—Ella me dijo que hoy se conocería a la nueva Maestra de Kurain… y yo quería contemplar su belleza. ¡Y hacerle un retrato para recordarla siempre! Maya es tan hermosa… ¡Algún día le pediré que sea mi novia! —dijo con un brillo de verdadera ilusión en los ojos.

—¿T-te gusta la Srta. Maya, Larry? —preguntó Trucy sorprendida. Tragó saliva.

—Primero: ¡soy Laurice, no Larry! Segundo: claro que me gusta. Me gustan las chicas guapas y Maya lo es… —respondió con una amplia sonrisa. A Phoenix le pareció ver cómo se le caía la baba y se sintió un poco furioso.

—¿No crees que Brittny se enfadaría si te escuchara decir eso de otra chica? —preguntó Trucy confundida.

—¡Ah! Resulta que… lo dejamos… —repuso avergonzado mientras se rascaba la nuca y desviaba la mirada hacia la pared—. Es algo complicado, ¿sabes? No lo entenderías, Truce…

—Hmm… —Trucy se cruzó de brazos y lo observó con los ojos entrecerrados. Seguro que la verdad se escondía detrás de esas palabras.

—N-no me mires así, aún e-eres muy joven para… darte detalles, ¿verdad Nick? —se acomodó la boina en la cabeza en un gesto nervioso—. B-bueno, me marcho a… tengo cosas que hacer. ¡Sayonara! —zanjó la conversación y se marchó con paso acelerado para que no pudieran detenerlo.

Trucy se volvió hacia su padre con una expresión divertida.

—Tu amigo se comporta muy raro, papi.

—Ya lo creo… No ha cambiado nada —Phoenix siguió con la mirada la figura de Larry alejándose en la distancia—. Vámonos nosotros también. Te enseñaré un lugar que seguro te gusta, Trucy.

Padre e hija se alejaron también de allí mientras conversaban animadamente sobre su encuentro con Larry. Buscarían algún pasatiempo que les permitiera olvidarse por unas horas de lo que fuera que estuviera teniendo lugar en la antigua habitación sagrada, con Pearl y Maya encerradas en su interior.