Ese día viste el sol lentamente colarse por las persianas de tu habitación. Tu cuerpo estaba exhausto, rogando porque tus músculos se destensaran para finalmente envolverte en el manto de sueño del que hacía ya más de veinticuatro horas no te atrevías a tocar. Estabas envuelta en uno de tus acolchados, aún sentada de espaldas a la puerta. Tus sentidos estaban a flor de piel, tu garganta estaba seca y la incomodidad te mantenía a merced de tus sentimientos. Te disgustaba tragar saliva y dolía cuando lo hacías. Tus dedos una y otra vez frotaban tus labios de forma frenética, la piel de estos ya comenzaba a pelarse. Ya habías mordido casi todas tus uñas y las yemas de tus dedos ardían. Tu sistema nervioso hacia tus ojos vibrar ante el mínimo segundo en el que parecía que al fin caerías inconsciente.
Satoru se había ido. O eso habías escuchado. Después de unos minutos de encerrarte, tus oídos se clavaron en los sonidos de afuera. Escuchaste su voz lentamente apagarse y el ruido de sus pasos alejarse, seguidos de la puerta de entrada cerrarse en seco. El aire entró dolorosamente en tus pulmones al escuchar finalmente el silencio en toda la casa.
Estabas congelada en tu lugar. Tu cabeza no podía generar ni un solo movimiento, y comenzaste a visualizar cuánto tiempo podrías quedarte ahí antes de que el mundo te obligará a salir. La vibración en tu teléfono en la mesa de luz asesino rápidamente tu fantasía de dejar que las frazadas te tragaran. Con dificultad estiraste tu brazo, soltando un leve quejido. Tus músculos y huesos dolían, y tú espalda te dió una fuerte punzada. No sabías si era por estar tanto tiempo en la misma posición o por el golpe que habías recibido contra el refrigerador. Viste la pantalla y te costó unos largos segundos entender que era. Tenías una llamada entrante de la madre de la mamá de Suguru. Tu mente conecto inmediatamente que Satoru había ido al único lugar donde estaría lejos de las manos de los altos mandos, después de casa. Atendiste y tú cabeza comenzaba a dar punzadas, trastabillando tu lengua. La mujer del otro lado no tardó mucho en descifrar tu estado de estrés. -Ambos están en la habitación de Suguru ahora, están bien. Por lo que rescato de esto, tuvieron una pelea, ¿Verdad? Mi hijo no quiere explicarme mucho pero como verá tengo mi ojo, Sensei.- Su voz sonaba empática, tanto que por momentos te sentiste pequeña.- Siempre digo que solo una mujer de verdad puede criar un hombre, y créame tengo con que respaldarme. Pero tú estás sola, Sensei.- Tu nariz comenzó a arder y las lágrimas ya volvían a saltar.- Y mírate. Satoru es fuerte, inteligente y tiene un fuerte sentido del deber. Esas cosas no se aprenden entrenando. Nuestros hijos son el mosaico de lo que los rodea. - La mujer de pronto frenó avergonzada.- ¡Bueno! Tampoco voy a quemar tus orejas, querida. No tienes que cargar con todo tu sola, todos los demás apoyamos a Satoru, y por más que queramos, ya no podemos tenerlos en brazos, ¿No? Le avisaré a Yaga-Sensei de lo que pasó, seguro querrá escucharte nena. - Le agradeciste débilmente mientras tú nariz se aguaba. La mujer te ofreció mantener a Satoru en su casa hasta que las cosas se disiparan un poco y aceptaste. No querías verlo ahora, y no sabías cuando cambiaría tu parecer. Cuando finalmente saliste del cuarto, desde tu puerta podías ver la cocina. La silla tirada, los imanes y dibujos del refrigerador por todo el suelo. La angustia amenazó con volver a golpearte, mientras caminabas lentamente por la casa.
Yaga-sensei no tardó mucho en llegar. Cuando entró a la casa y se sacó sus lentes, fue todo lo que tomo para que quebraras. El hombre llegó a sostenerte antes de que tocaras el piso nuevamente. En un acto de simpatía, te sostuvo con delicadeza y te envolvió en uno de sus brazos. En llantos intentabas explicar, intentabas preguntarle. El vio en tus ojos la desesperación y el miedo que vio en la misma persona de aquel entonces, cuando sin esperar a que sanaran sus heridas le dieron la enorme responsabilidad de criar un niño. Espero pacientemente a que te calmaras. -Sensei, hiciste un trabajo espléndido. Satoru tuvo un éxito impecable en su primera misión y a partir de ahora ya podremos integrarlo con otros senseis. A partir de aquí, puedes dejarnos el resto. - Te dijo poniendo una mano sobre tu espalda.- Ahora mismo es cuando debe enfrentar consecuencias. Por eso te pido un último favor. - Temblorosa, subiste la mirada.- Habla con Satoru y explícale los siguientes pasos; ya no vivirá contigo.- Algo en tu estómago parecía abrirse paso hasta tu garganta, como una bola de ácido y tu cabeza parecía desarmarse. -Ya es tiempo de que los estudiantes de alto grado comiencen a manejarse por su cuenta para tener un mejor alcance de responsabilidades. Los demás junto con Satoru comenzarán los arreglos para mudarse a los dormitorios. - El hombre tomo tus manos al sentir el shock en tu semblante.- Sensei, a partir de aquí podrás ver los frutos de todos tus esfuerzos. Satoru se convertirá en quizá el mejor de los hechiceros, y tú misión finalmente quedará sellada. Este es el mejor resultado.- Aseguró.
Pero tú sabías en el fondo lo mucho que habías fallado. La vergüenza se encadenaba a tu cuello obligandote a arrastrar tu cuerpo. La figura que Satoru necesitaba para obtener la estabilidad necesaria para atravesar está nueva etapa, había fallado. Te sentías asquerosa, inútil ante la arbitraria mano del tiempo. Tiempo que se te había escurrido de las manos. ¿Cómo si quiera explicárselo a Yaga-sensei? ¿Cómo explicarle que Satoru había perdido cualquier ápice de respeto hacia ti, y ahora solo eras un adulto más? De esos adultos que tanto aborrece y trata tan distante. Distante. Esa era la palabra para describir la forma en la que te había mirado. Lo que representabas para Satoru era tan nulo, tan inútil y tan lamentable que el mismo intento darle un sentido. El mismo revolvió en ti, a ver qué más había a parte de la persona que lo acompañaba. Busco desesperado un sentimiento más fuerte que lograra atarlo a ti. Le habías generado una inseguridad sobre su vínculo tan grande que profanó su propia consciencia. ¿Qué más podrías hacer? ¿Qué tanto podrías poner las manos en esta situación? Pensabas que tal vez lo mejor era dejarlo en paz. Hasta ese punto tus manos ya no podrían sostener las suyas, ya no podrías ayudarlo si patéticamente necesitabas ayuda tu también. Tal vez en otro ambiente finalmente pueda florecer. Ser quien desee y no sentirse una carga, de lo único que estabas segura era que nadie le pasaría por encima. De lo único que te jactas era de que en todos esos años, habías peleado con uñas y dientes para evitar que lo dominaran. No había culpa ni chantaje que lo moviera, porque se lo enseñaste. Satoru no rompía reglas, pero tampoco sería una extensión de nadie.
Respiraste hondo. -Lo lamento, Yaga-sensei.- Susurraste cubriendote los ojos. El hombre negó con la cabeza.
-Aiko-sensei eligió muy bien, como siempre.- Dijo suavemente.
Ese día unas enfermeras te visitaron. Por orden de la dirección se te relevó temporalmente de tus responsabilidades en la clínica. Fueron asignadas para ayudarte a recomponer energías. Amablemente se ofrecieron a cocinar, y una de ellas te ayudó a darte un baño. También acomodaron unos colgantes para transfusiones a un costado de tu cama, ya que fue aconsejado que recibieras un suero. Estabas horriblemente deshidratada y tu adicción a la nicotina no estaba haciendo milagros tampoco. Sus charlas y chismes del hospital y vida cotidiana te ayudaron a despejar un poco tu mente. Durante ese fin de semana habías comido cuatro comidas al día después de mucho tiempo. Era el descanso que necesitabas y no te permitias. No habías permitido que nadie más te cuidara además de Aiko-sensei. Las enfermeras recordaron anécdotas viejas sobre ella. La madre de Suguru también te había llamado para saber cómo iba todo, te comento que Shoko se había vinculado mucho con su hijo y Satoru, incluso tuvieron una pijamada. Sus palabras te reconfortaron de sobremanera.
Fue un lunes temprano cuando Yaga-sensei le permitió a Satoru volver a casa. Las enfermeras fueron relevadas ni bien llegaron, y te despediste de ellas. Aún estabas en ropa de cama, el resto de tu ropa ya había sido doblada y planchada por las mujeres, y te dió lástima echar a perder la prolijidad y orden en el que habían dejado tu guardarropas.
Tu corazón latió con fuerza al escuchar a Yaga-sensei en la entrada, avisándole a Satoru que se quedaría en la entrada del edificio hasta que terminaran de hablar. Escuchaste con atención los pasos de Satoru dirigirse a tu habitación. El miedo y la ansiedad amenazaban con devolver el desayuno que habías ingerido hace unos momentos. Pero ese sentimiento se disipó ni bien lo viste asomado en tu puerta. Su cabello blanco fue bañado por el sol que entraba por las cortinas. Sus ojos tan hermosos y brillantes, cargando ese ápice de curiosidad y profundidad. La nostalgia invadía tu ser y te devolvía en el tiempo una y otra vez. Te devolvía la cantidad de veces que te esperaba en la puerta de tu habitación, en esos días donde te costaba levantarte de la cama. O cuando recién había llegado y solo tomaba que giraras tu cabeza a la izquierda para verlo en tu otra almohada, profundamente dormido. El sol parecía recontar cada una de sus pestañas. Un pequeño serafín.
-Satoru...- Lo anunciaste suavemente. Él dejó caer su mochila lentamente al suelo. Tenía una expresión cansada, pero sus heridas ya casi no marcaban su piel. ¿Era posible crecer en una semana? Tal vez no miraste con suficiente atención, o tal vez aprovechó un parpadeo para crecer. Alto, con un porte de grandeza. De ese tipo que solo se ve en revistas deportivas. Suspiraste levemente, acomodando tu asiento en la cama. Satoru dió unos silenciosos pasos hacia ti. Agachó tanto su cabeza que su cabello bloqueaba sus ojos. Mientras más se acercaba, más inclinaba su postura. Cuando llegó a tu lado, ya estaba de rodillas, sus manos levemente se posaron sobre tu regazo. Su cabello blanco y brilloso contrastaba con tu falda negra de lanilla. Tus ojos lo revisaron detalladamente, buscando con algo de temor algún rastro de lo que fue en aquella noche. Tus manos se posaron delicadamente sobre sus cabellos. Pudiste sentir como respiraba tan
hondo como su cuerpo le permitía, y sentiste sus músculos tensarse, incluso las yemas de sus dedos. Lo escuchaste tragar saliva.
-Haré lo que sea...- Murmuró, mientras su voz se quebraba en la más baja nota.- Solo tienes que pedírmelo... Lo que quieras...- Sus manos bajaron temblorosamente mientras sus brazos rodeaban tus piernas. Aún sentada, solo pudiste moverte en tu lugar. Instintivamente una de tus manos palmeó levemente su espalda.
-Por favor no me odies... No sé si pueda resistirlo.- sentiste la humedad de sus lágrimas cubrir la tela de tu falda.- Por favor solo dime que necesitas...-
Tragaste saliva. Por momentos pensaste que tendrías la compostura suficiente para manejar la situación, fuiste tan ilusa. Las palabras de Satoru clavaban y desgarraban en lo más profundo de tu ser. Te dejaban en un estado estúpido, sin remedio.
-Jamás lograrás que te odie, Satoru.- Dijiste casi rasgando por el aire. Satoru levantó la mirada, sus lágrimas y saliva ya habían empapado gran parte de tu falda y lentamente lo ayudaste a levantarse, para que se sentara a tu lado. Él torpemente se arrastró hasta tu lado, sentándose en la cama. Con cautela acercaste tu mano, mirándolo fijo mientras tus dedos acoplaban su mejilla. Satoru cerró los ojos y pudiste notar lo hinchado y oscurecido de la piel de sus párpados. La sensación de tu toque parecía devolverle cada uno de sus sentidos.
-Entrarás en una nueva etapa de tu vida, y nada me hace más feliz que poder presenciarlo.- Le dijiste, presionando levemente su mejilla.- Y tengo un favor que pedirte...- Tus palabras lo sacaron de su tan cómodo trance. Sus ojos se dirigieron hacia ti, con la suavidad y curiosidad de siempre. Sus pestañas aún estaban húmedas.
-Quiero que crezcas. Que desbordes cada molde en el que intenten ponerte. Por favor crece lo suficiente para que no necesites resguardarte detrás de nadie más. Te prometo hacer lo que pueda desde donde esté.- Le pediste, mientras unas lágrimas se te escapaban. Satoru mordió sus labios ante la sensación en su pecho. Aterrado, sabía lo que se venía. La desesperación en sus ojos era palpable.
-De ahora en adelante vivirás en los dormitorios ya que irás a más misiones.- Le informaste llevando tu otra mano a su rostro. Tus dedos se mojaron con sus lágrimas.- Será lo mejor para ambos. Podrás ser independiente, podrás elegir.- Dijiste intentando reconfortarlo. Verlo así te dolía en todo sentido.
-Lo siento... siento haberte tratado así. Ya no se que hacer conmigo mismo.- Dijo llevando su mano hacia su garganta.- Te amo tanto que duele...- Confesó entre sollozos. Tu corazón se apretujo con tal fuerza que comenzaste a temblar. Era la primera vez que Satoru te lo decía. Y era en el último contexto que hubieras deseado.
-También te amo, con todo mi corazón...- Dijiste rodeando su cabeza con tus brazos. Satoru se inclinó para también rodearte con sus brazos por la cintura. Su cabeza quedó apoyada en tu regazo, hundiendo la cara en tu estómago. Ambos se sostuvieron fuerte, mientras sentían la burbuja en la que estuvieron por casi una década desvanecerse.
Ese verano fue el primer corazón roto de Satoru Gojo.
