Aizen había cambiado de atuendo en la fiesta, ahora iba disfrazado con una máscara veneciana que cubría su identidad. Nadie debía saber que tendría un encuentro casual con su amante, una mujer de alta alcurnia que protestaba por la infidelidad pero a escondidas se veía con un capitán.

Era una madrugada cansada, más que de costumbre, agotador lidiar con la gente, especialmente si eres el anfitrión. Detestaba ser responsable de tal acontecimiento y hacerse cargo de todo para que el Muken no saliera perjudicado, y sus opciones eran reducidas para que alguien de confianza ocupe su sitio, cuidando cada secreto, cada vicio, cada pecado de los invitados. De camino hacia los pasadizos secretos, se aflojó la capa del disfraz y con pasos firmes bajaba los escalones, causando algo de mareo por la forma de espiral que poseían. Se dio prisa y llegó hasta el fondo. Colocándose de frente, apretó un botón y la pared se abrió, descubriendo un cuarto secreto. Dentro de él estaba una mujer, esperando pacientemente su llegada.

—¡Bienvenido, Lord! —se aproximó a él y besó el anillo que llevaba en el dedo. —Creí que no vendrías, llevo bastante tiempo esperándote.

—Conoces la rutina de estas fiestas...

Aizen la conocía perfectamente bien, no sólo su cuerpo, sino la forma en que actuaba desenfrenadamente y muy alocada. Había veces que lo sacaba de quicio; su desobediencia y altanería, o la manera en que arriesgaba la reputación de ambos, no ayudaban en absoluto el deseo de cometer pecado de lujuria, mandar a la mierda las restricciones que la sucia y descarada sociedad impone. Ambos se habían sumergido en sus instintos sin importar las consecuencias, mirándose con gestos despreocupados, sintiendo la complicidad en marcha.

—¿Puedo ayudarte a relajar el estrés que llevas cargando desde toda la semana? Con el clero y los sermones religiosos.

Aizen frunció el ceño al recibir semejante propuesta tan mordaz.

—¡Eres demasiado descarada! ¿A qué estás jugando esta noche?

El ambiente que los rodeaba se ponía serio y algo tenso.

Ella dio una carcajada que emitió un eco en la fría y solitaria habitación. —¿Jugar? Para nada, Lord, pero debo admitir que muero por hacerlo...

Escuchar esa voz tan sensual lo excitaba con cierta facilidad.

La mujer clavó la mirada en la parte baja de su acompañante, que tomaba una rigidez inusual por una simple y estúpida insinuación en doble sentido. Aizen se tomó el tiempo para analizarla. Su apariencia tan linda y coqueta con ese vestido entallado de color negro, dejando al descubierto la línea entre sus pechos. Aquella mirada celeste contemplativa se deleitaba concentrada.

—No me mires de esa forma, me provoca nerviosismo —dijo, clavando una sonrisa nerviosa pero a la vez deseando manifestar su cuerpo estoico.

Aizen se burló. —Me alegra que aún te pongo insegura y no puedes evitar tu desasosiego; esa cara te delata completamente.

La distancia entre ellos se fue acortando, y el capitán terminó colocándose frente a la mujer y clavó sus labios feroces en ella.

—¡Relájate un poco, no planeo quedarme aquí toda la noche, a menos que tú me lo pidas y yo tenga posibilidades de hacerlo! —habló con tono meloso y volvió a besarla. —Intento crear mi obra de caridad de esta noche.

—A veces se me olvida que estamos totalmente locos... Tú, un capitán fingiendo pulcritud y yo, una aristócrata fingiendo decencia, qué almas tan desafortunadas somos.

—Ya es demasiado tarde para juzgar nuestro pecado; ambos somos almas descarriadas, no podemos dejarnos, ya que dependemos uno del otro para calmar esta locura.

—¿Qué esperas? ¡Desnúdame! —ordenó el capitán.

La escuchó reír, satisfecho por la orden, y con obediencia y disciplina se dispuso a realizar la tarea encomendada tan accesible como de costumbre. El capitán terminó completamente desnudo en pocos minutos.

—¡Es hora de que usted haga lo mismo, Lord! —dijo fingiendo que se hablaban en segunda persona para llenar de formalidad el asunto; además, era más excitante.

El capitán obedeció, transformando su cordura en un monstruo, desgarrando el vestido de la chica.

—Siempre has sido un salvaje, pero me gusta...

—Lo sé, además eres bien recompensada con nuevos vestidos de tendencia. No te puedes quejar. —Date la vuelta— exigió.

Ella ya conocía perfectamente a Aizen, así que restregó sus nalgas para que ese miembro reaccionara al estímulo. Aizen gruñó extasiado. —Tú siempre sabes cómo domar al demonio.

La escuchó reír bajito, emocionada por su travesura. —Sé perfectamente que el demonio no negocia.

Aizen, enfurecido, aprisionó a la chica en el rincón de la habitación, empujando su cuerpo contra la pared, mientras su rostro angelical se recargaba contra la pared fría.

—Voy a joderte por tu insolencia.

Aizen movió a un lado la prenda íntima.

—No entiendo del todo tu juego, a cierto punto parece algo molesto, pero me agrada —dijo, colocando sus brazos detrás de su espalda y esperando pacientemente la penetración.

Él no actuaría de inmediato, así que dedicó sus caricias con vehemencia al cuerpo de la aristócrata y nuevamente se restregó en su trasero por unos minutos. Llegó el momento que ambos anhelaban, la penetró sin piedad y se anclaba en su interior.

—Ah, se siente tan bien —jadeaba extasiado.

A esa mujer le encantaba la sodomía. Se le hacía cada vez más difícil gesticular palabras, sólo podía oír los gemidos. La estimulación tan perfecta que ambos necesitaban, tanto el ano de la chica como el pene de Aizen permanecían hinchados en cada roce. Él estaba llegando al límite. Y el orgasmo llegó como un chorro seminal que recubría su ano, el trasero de la chica salpicado de ese placer tan glorioso.

—Me desespera que me provoques esto, odio que seas tan liberal y me condenes al pecado, te odio, pero me gustas tanto.

Como pudo, Aizen giró a la mujer, quedando de frente, unos ojos celestes contemplativos y furiosos lo contemplaban y unos ojos escarlata miraban al depredador confundidos. El capitán levantó la mano y la aventó contra la mejilla de ella, que había quedado roja a causa del maltrato. Nuevamente la golpeó con más rudeza. Antes de que pudiera sobarse, el capitán la besó con pasión. Desesperada por el comportamiento de su acompañante, intentó separarlo para detener su faena.

—Debes calmarte —exigió. —Toma asiento.

Aizen sabía que en ese tono de hablar tan rudo era sólo una excusa para controlar su inseguridad; sabía que él llevaba el control. Detrás de esa mirada dulce sólo existía la obediencia.

Ambos lo que menos deseaban era alejarse uno del otro, adictos a sus cuerpos. La chica le siguió el paso y tomó asiento sobre las piernas de Aizen. Chupó el labio inferior y jugó con sus manos, recorriendo los bíceps de su amado opresor. —Sé que eres mi destrucción, pero es tan hermoso verte de esta forma, Lord, tan lleno de perfección, frialdad y apacibilidad —dijo la aristócrata con una amplia sonrisa de autosuficiencia y satisfacción. Sus ojos llenos de observancia recorrían el cuerpo de Aizen de pies a cabeza. Ella curvó un poco la espalda para sacar lo suficientemente bien el pecho delicado, con sus pequeños pezones juguetones pidiendo con exigencia un roce. Captaron su atención, el capitán se llevó las manos sobre ellos y apretó con delicadeza. Un paso más a la vez, sus manos tomaron rumbos distintos. Una se deslizaba detrás de su espalda mientras que la otra por su abdomen. El dulce cosquilleo la estremeció. —Lord siempre sabe dónde llegar para dejarme totalmente indefensa y a su merced.

—Aunque tengas al vejete de tu marido, siempre eres mía, corres hacia mí como un perrito faldero —sus movimientos tan ágiles se desplazaron a sus caderas. —Necesitamos jugar de otra manera —susurró. —Ponte en cuatro.

La mujer, tan obediente, cumplió la orden y se arrodilló frente a él. Clavó la mirada a aquel hombre maquiavélico pero jodidamente hermoso.

—Abre la boca.

Ella se mordió el labio inferior aún dudosa por el acto, cuando un miembro totalmente recto se balanceó en su rostro. Ignorando la mirada arrogante de Aizen, lo tomó con ambas manos y comenzó a manejarlo entre sus dedos,

sintiendo la textura de su piel hinchada dejando besos húmedos desde la punta hasta los testículos, los lamió y engulló sin dejar de frotar de arriba a abajo el pene destilante del líquido preseminal. Aizen jadeaba emocionado y extasiado ante la escena que presenciaba con esa mujer arrodillada frente a él, instintivamente acaricio los mechones de su melena pelirroja. De repente sintió a su acompañante meterse el miembro hasta el límite de su garganta y por inercia esta vez apretó sus cabellos enredándose entre sus dedos y los jaló. Ella emitió un gemido y la empujó a mamar con rudeza miraba embelesado. —Eres tan promiscua y sucia. Aizen con más fuerza engulló a la chica contra su pene, casi asfixiandola. Se esforzaba en buscar su liberación desesperada por obtener oxígeno.

—Aguanta un poco más.

Contemplaba esa escena y lo éxito tanto provocando una eyaculación retrograda. Muy a su pesar Aizen la liberó.

—Eres algo estúpida, pero yo te voy a enseñar lo que es realmente gemir de placer.

La aventó y cayó contra el asfalto duro.

Aunque por dentro gritaba, no es que no le gustará el mal trato, simplemente Aizen en ocasiones se excedía. La vio por un momento cerrar los ojos como desaciendose del dolor. Ella abrió las piernas para brindarle acceso a su cavidad humedecida. El pelicastaño clavó sus dedos y tocó con brusquedad hasta llegar a su punto G. Escurriendo entre sus pliegues aquella dulce y placentera exitación que la llevo al borde del precipicio. Gritos eufóricos rodeaban la habitación. Aizen Sousuke entraba en desesperación, corría el riesgo que alguien anduviera por ahí husmeando. La jaló y cambio de pose y le cubrió la boca sumergiendo su dedo dentro que la mujer chupaba apasionadamente. Una forma para aplacar su emoción mientas besaba la fría y blanca espalda. Aizen le introdujo su falo dejándose deslizar, ella pudo sentirlo abrirse paso en su cavidad.

—¡Oh virgen María, esto se siente tan bien!— soltando un suspiro de satisfacción al ser llenada por el hombre.

—¡No blasfemes y espabila esas caderas!— le incito dándole una nalgada tan sonora que le dejo una marca roja y una palma ardiente por causa del impacto.

Jadeante ella comenzó a moverse tan despacio y disfrutando la tortura de tenerlo dentro, se regocijaba con cada rose al tenerlo totalmente para ella.

Aizen se estremecía jadeante con la estreches de su interior, deslizándose sobre su pene sin resistirse demasiado a su tortuoso juego tan tranquilo. Él quería más. Por su propia iniciativa decidió tomarla por la cintura para acelerar el ritmo. Ella gimió complacida.

No obstante volvió a arrinconarla en el mismo sitio donde todo había comenzado. Aizen la recargo sobre la pared fría y se ancló en su interior con fuerza donde permaneció inmóvil por unos momentos. Mientas la sostenía por la cintura. —¿Te está gustando esto?

Ella enredo sus manos entre la melena del pelicastaño sintiéndose emocionada y con curiosidad de desear más aunque casi llegaba al límite, no se atrevía a decirlo.

Aizen Sousuke aumento la potencia de las embestidas.

Ella tuvo que aferrarse a su cuello para no golpearse contra la pared.

—¿A esto me trajiste? ¿No es así? Te importa poco que sea tu capitán, tú sólo quieres embarrar tu cuerpo sobre el mío. Vaya bendita zorra que me ha tocado— cuestionando con un tono maquiavélico y lleno de lujuria.

—¡Contesta mi maldita pregunta de una vez!— exigió enfurecido. —¿Te está gustando?. Ella no podía hacer más que gemir. Aizen lleno de impaciencia al no recibir respuesta, apretó el agarre de sus cabellos. —¡No te escucho! Responde sino quieres que destroce tu interior.

—¡Joder, esto es el paraíso entero!— grito eufórica. —Me gusta demasiado como para querer hacerlo todos los días.

Aizen se mofo. —Lo siendo cariño, pero esto no se puede cada vez que se te antoje, sino cada vez que yo quiera.

Las embestidas no pagaban ni mucho menos disminuían. Aizen trae coraje consigo que lo desprotica sobre la chica, casi violento. Tomo sus pechos y los masajeo por última vez. Aizen siguió bombeando un poco más hasta quedarse completamente vacío dentro dentro de ella. La había poseído sin piedad, la beso por última vez con euforia y salió de su cavidad para que la bella dama ponga los pies sobre el piso.

—¡Vístete rápido!— le ordenó chequeando los dedos. —Tengo prisa, debo revisar la fiesta.

—¡Eres un jodido y tremendo hijo de puta! Siempre me aferro a tí creyendo que eres la miel más dulce, pero no eres más que mierda apestosa.

—Dime algo que no sepa— contesto mientras acomodaba su capa, para salir del lugar.

—Un arrogante de lo peor— recriminó llorosa.

—Y aún así soy el único que te hace gemir.

Ella estaba a punto de reprocharle por segunda vez, pero fue interrumpida por un golpe detrás de la pared.

—¡Adelante!— grito Aizen mientras se abría la pared.

Un caballero con armadura oscura y mirada fría apareció.

—Ya está hecho, señor— extendido el brazo para ofrecerle un documento e inclinó el cuerpo.

Aizen sonrió gustoso al recibir el pergamino que abrió y leyó atentamente. —¡Esto está mejor de lo que planeaba!. La mujer se vestía lo más rápido que podía, tenía miedo de ser descubierta por el hombre que miraba de reojo de vez en cuando con curiosidad.

El capitán se percató de ese hecho y lo miro receloso. —¿Te gustó esa zorra?.

El caballero se sorprendió. —¡Perdón señor! No debo mirar lo que por derecho le pertenece.

—La basura que tiro, no la vuelvo a recoger, si la quieres tómala.

Ella lo escucho sin recriminar su actuar, lo amaba y por supuesto le dolía ese comportamiento.

Pero el hombre tenía reputación, por muy bella que estuviera la mujer no haría algo que lo perjudicará a él o su familia.

Aizen se giro hacia ella y la observo con desprecio, mostrando el documento.

Ella lo leyó rápidamente confundida. —¿Qué es esto mi Lord?

—¿Acaso eres estúpida? Es el documento que redacta que las tierras de tu esposo me pertenecen, al igual que su titulo de aristocracia.

—¡Vladimir no lo permitirían!

Aizen enfurecido le golpeó la cabeza y ella cayó al suelo. —Calla ese osico de una vez, me tienes harto. Eres una mujer sucia, horrible y gorda, no sabes el suplicio que sufría cada vez que te cogía. Tu único valor es sólo estando muerta, porque viva te conviertes en una simple plebeya sin valor.

La mujer lloraba desconsolada cubriendo sus oidos para no escuchar los insultos del capitán Aizen. Sus lágrimas escurrían sus mejillas sintiéndose traicionada por él.

—Por cierto, el viejo de tu marido está muerto. Se le detuvo el corazón al saber que su amada doncella lo había traicionado con un hombre mucho más joven y apuesto que él.

La mujer corrió en un intento de desesperación para golpearlo, pero tantas impresiones le hicieron perder el equilibrio.

—¡Debo irme!...

Aizen Sousuke camino a pasos firmes sin mirar atrás. Mientras la mujer era tomada por otro hombre a la fuerza. Su llanto traspasó la pared. El capitán carecía de remordimiento alguno, esa mujer representaba el número 29 de la lista de sus víctimas.