Disclaimer: Ninguno de los nombres de personajes o lugares aquí mencionados son de mi pertenencia, a excepción de aquellos creados para sustentar esta obra. El resto son propiedad de Nickelodeon, Michael Dante DiMartino y Bryan Konietzko. Basado en La Leyenda de Korra.
Catarsis
Por: Devil-In-My-Shoes
Korra saludó a los guardias que abrieron con fuerza las pesadas puertas metálicas de la gran muralla. Un estruendoso chirrido inundó el silencio de aquella tarde mientras la gran ciudad plateada se mostraba ante ella. Korra alzó un brazo para cubrirse los ojos. Los rayos del atardecer se reflejaban en las pulidas cúpulas de metal y amenazaban con dejarla ciega si continuaba contemplándolas fijamente.
—¡Muchas gracias! —gritó Korra, agitando la mano hacia los guardias.
La ciudad, que se anidaba en numerosos capullos de flor de loto, resplandecía en el ocaso como centellas de oro entre las verdes colinas del valle. Zaofu, el hogar del Clan de Metal, la recibía una vez más con los brazos abiertos.
Korra dudó al momento de dar el primer paso hacia la cúpula central. Habían pasado cinco años desde la última vez que estuvo en Zaofu. Fue durante la crisis de Gaoling, cuando el comandante Guan intentó hacer resurgir el Imperio Tierra desde las cenizas. Un imperio que fue exterminado de una vez y para siempre, a manos de la misma persona que lo trajo al mundo: Kuvira.
No era agradable pensar en aquellos días. Le traían a Korra amargos recuerdos de conflictos políticos, mentiras y traiciones, además de extrañas máquinas capaces de manipular la memoria de sus seres queridos.
Parecía que siempre que ponía los pies en Zaofu, no pasaban ni dos días sin que sucedieran cosas horribles. Era como si la ciudad de metal y el Avatar no encajaran la una con la otra. Si estaban separadas, había paz, pero si se encontraban…
—¡Bah! —suspiró Korra, apretando los puños—. ¡Solo estoy sacando conclusiones tontas! Nada malo puede pasar, no ahora. Oficialmente nos encontramos en tiempos de paz. Rayos, Korra. Deja de perder el tiempo y ponte en marcha de una buena vez —refunfuñó—. ¡Terminemos con esto!
Avanzó de prisa, aventurándose hacia las relucientes calles de plata, cundidas por una multitud ricamente ataviada, pintoresca y bulliciosa a la vez. Cientos de rostros alegres voltearon hacia ella, ofreciendo saludos, pequeños regalos, o tan solo simples sonrisas. Korra les correspondía a tantas personas como podía, mientras pensaba en ¿cómo era posible que creyera que sucederían cosas malas estando en la ciudad más próspera y segura del Reino Tierra?
—Porque la persona que me citó aquí fue Kuvira —murmuró para sí—. Y nunca recurrimos la una a la otra… a no ser que haya problemas.
Korra entró en un elegante estudio de dos plantas, rodeado de estanterías de cedro. Una escalera de hierro forjado se alzaba hasta un pequeño balcón donde había dos sillas y una mesa de lectura; antorchas de luz blanca colgaban de las paredes y del techo, de modo que en cualquier rincón de la sala se podía leer un libro; el suelo de piedra estaba cubierto por una alfombra oval de complejos dibujos, y al otro lado de la habitación, estaba una mujer de pie tras un escritorio de nogal.
—¡Mi querida Korra! —exclamó la mujer, nada más ver al Avatar—. ¡Hacía meses que no sabía nada ti! ¿Pero en dónde te habías metido?
—Bueno, pues… —empezó, pero se vio interrumpida cuando se encontró atrapada entre los brazos de la mujer. Korra sonrió, aunque algo sonrojada—. Para mí también es un gusto volver a verte, Suyin.
Y le correspondió el abrazo a la matriarca del Clan de Metal.
Korra se dejó caer en un sillón junto a Suyin, dispuesta a responder a un inevitable torbellino de preguntas. Ciertamente el Avatar no se había molestado en visitar Zaofu durante esos cinco años, pero eso no significaba que Suyin y su familia se hubieran abstenido de viajar a Ciudad República o alguno de los Templos del Aire para celebrar una que otra ocasión especial. Aún así, Korra se les había desaparecido por casi seis meses, y eso era imperdonable para la matriarca.
—¡Eres de lo peor! —dijo, fingiendo un tono herido—. ¡Cuando menos podrías llamar o escribir de vez en cuando! ¿Qué? ¿Estás demasiado ocupada con tus asuntos de Avatar como para dedicarle un tiempo a tus viejos amigos?
Korra se llevó ambas manos a la cara y protestó.
—Jamás fue mi intención hacerte sentir a ti y a tu familia menospreciados, pero… No lo sé. Es como si ya no tuviera tiempo para gastar en mí, ¿si me entiendes? Vivimos tiempos de paz, y, sin embargo, estoy más preocupada y atareada que nunca. —Se destapó la cara y se inclinó sobre sí misma, como si intentara hacerse más pequeña—. Es mucha presión, ¿sabes? Lograr que la paz entre naciones, e incluso dentro de las naciones mismas, sea duradera… Las tensiones que debo apaciguar se incrementan cada vez más, como sogas que tiran de mis pies y brazos, jalando para partirme por la mitad…
Miró a Suyin y se conmovió por la preocupación que reflejaba el rostro de la matriarca. Korra hubiera deseado no preocuparla de entrada, pero no había podido hablar de esto con nadie más, y en cuanto empezó ya no pudo parar. Era un alivio poder confesar lo débil que se sentía mientras el pesado ambiente geopolítico la devoraba por dentro, y sabía que Suyin la entendería mejor que cualquiera de sus amigos. Ella era una de las líderes mundiales después de todo.
Finalmente, Korra dejó escapar un pesado suspiro.
—No sé quién cederá primero… ¿Estallará un conflicto o me aplastará la presión? Empiezo a pensar que mantener la paz es peor que intentar conseguirla. Al menos, luchar es divertido. ¿Pero sentarme como intermediaria ante líderes que esperan que solucione los problemas de todos sus bandos? Eso sí que va a terminar matándome.
Suyin forzó una sonrisa, y tomando a Korra por ambos hombros musitó:
—Sé que no es nada fácil ser el Avatar, pero debes recordar que el peso del mundo no descansa solo en tus manos. Tienes el apoyo grandes y sabios líderes, además de familia y amigos que harían lo que sea por ayudar a aliviar tu carga —dicho esto, se puso de pie y atravesó la estancia—. Te ofrecería una taza de té, pero tus ánimos ameritan algo más fuerte.
Korra dio un respingo al escuchar cómo Suyin descorchaba una botella.
—Un trago, me parece, sería lo más apropiado. ¿O no?
—No, gracias, pero no —dijo Korra, sintiéndose algo incómoda—. No podría. No suelo beber. Y, además, no quiero sonar grosera, pero la razón por la que estoy aquí…
—No es para charlar conmigo —replicó Suyin encogiéndose de hombros—. Está bien, más para mí.
Avergonzada, Korra se removió en el asiento mientras Suyin se servía una buena copa de algún licor fino que Korra no supo identificar.
—Lo siento mucho, Su. Te amargo la noche con mis problemas, y luego esto…
—Oh, no. Está bien. Por lo menos agradezco que pasaras a mi estudio para saludarme, aunque no te quedes a beber un trago conmigo —dijo, y guiñó un ojo con picardía antes de llevarse el licor a los labios—. Entonces, ¿qué te trae por aquí? Si es que puedo preguntar.
Korra se limitó a fruncir el ceño.
—Recibí una carta de Kuvira en la que pedía verme en persona.
—Oh. No sabía que ustedes se escribían.
—No lo hacemos. No he cruzado palabra con ella desde la última vez que la vi en el tribunal, cuando se declaró culpable. Es más, no he escuchado ni pío sobre Kuvira en todos estos años. ¿Está todo bien? ¿Les ha ocasionado algún problema?
Suyin se levantó, juntó las manos tras la espalda y, con aire ausente, estudió uno de los estantes repletos de libros y pergaminos. Al cabo de un rato regresó a su escritorio.
—¿Problemas? En absoluto. Incluso me atrevería a llamarla ciudadana modelo. Ha cumplido su sentencia trabajando para nuestra comunidad sin queja alguna. A todas luces, se ha ganado su libertad, así como mi confianza.
—¿Vas a reducir su sentencia? —replicó Korra, poniéndose de pie de un salto.
—Ya está hecho. Y no hubo oposición por parte del Loto Blanco. El comportamiento de Kuvira ha sido más que ejemplar en estos cinco años. Esta será su última noche bajo arresto domiciliario. Ignoro si eso tiene algo que ver con el hecho de que quiera verte en persona —Suyin bebió un sorbo de su copa—. Es extraño… Durante estos años apenas he podido sostener una conversación amena con Kuvira. Las cosas entre nosotras han mejorado, lo admito, pero ella insiste en mantener su distancia con bastante recelo.
—Pareces disgustada —admitió Korra.
Suyin esbozó una sonrisa melancólica.
—Lo estoy. Hubiera querido que las cosas volvieran a ser como antes; pensé que recuperaría a mi compañera de danza, mi capitana de la guardia, mi confidente… Pero, aunque todo esté perdonado y pagado, el daño cometido fue demasiado grande. Perdí a mi Kuvira hace ya muchos años, y lo que queda no es más que un fantasma que vaga en silencio por los jardines y los corredores de Zaofu. Y lo sé. Sé que parte de la culpa es mía…
Un tenso silencio se instaló entre ellas.
—¿De qué crees que quiera hablar conmigo? —preguntó entonces Korra.
—No lo sé —confesó Suyin—. Pero sea lo que sea, te suplico que no lo tomes a la ligera. Kuvira ve en ti a la mejor versión de sí misma. Y eso es un halago viniendo de alguien tan arrogante como ella —rió—. Kuvira valora tu opinión más que la mía, o incluso, la de cualquiera.
—¿Cómo? ¿Kuvira te dijo eso? —se asombró Korra.
—No, ella jamás admitiría algo semejante. No obstante, se me hace evidente por la pasión con la que apoya tus palabras al escuchar sobre tus intervenciones políticas en la radio. Eso, y cada vez que escriben sobre ti en el periódico, las páginas que hablan de las acciones del Avatar ya han sido arrancadas cuando es mi turno de leerlo.
Korra no pudo evitar sentirse desconcertada.
—Ah, ¿sí? ¿Y eso por qué?
Suyin dejó la copa, ahora vacía, sobre el escritorio sin soltarle la mirada a la muchacha.
—Porque Kuvira sabe que tienes el poder y las habilidades para triunfar en donde ella falló. Reitero mi consejo de antes, Korra. No estás sola. Tienes grandes aliados dispuestos a compartir la carga del mundo contigo, y creo… Creo que Kuvira puede llegar a ser uno de esos valiosos aliados.
—Bueno, pues… Ya veremos… —musitó Korra, pensativa.
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Al llegar al pasillo, Korra estiró los músculos, ya que se sentía tensa por el largo rato que había pasado sentada con la matriarca. A sus espaldas, Baatar Sr. entró en el estudio de Suyin y cerró la puerta sin reparar en su presencia. Le dio la impresión de que el hombre no había podido verla en la oscuridad. El sol se había puesto hacía más de una hora y las linternas de Zaofu apenas comenzaban a encenderse.
Korra empezó a caminar. Kuvira no se encontraba en la mansión Beifong. Es más, ni siquiera se encontraba en el mismo capullo urbano de la moderna metrópolis, por lo que tendría que trasladarse al otro lado de Zaofu. Así las cosas, Korra llegó a la estación central y, siguiendo las indicaciones de Suyin, tomó el siguiente tren hacia la cúpula del norte, al pie de las montañas que rodeaban el valle. El viaje tardó al menos una hora, con el tren deteniéndose de estación en estación, y de capullo en capullo. Su parada era la última.
—Suyin no bromeaba, Kuvira de verdad quería mantenerse distanciada, y en todo sentido —masculló Korra.
Al bajar del tren, Korra se sorprendió por lo austero de aquel sector de Zaofu. Casi no había edificios, las zonas verdes eran más amplias, y la gente que vivía ahí parecía más interesada en dedicarse a la agricultura, la botánica y a la talla de madera. Las viviendas eran pequeñas, de no más de dos pisos, y carecían de las intricadas y lujosas decoraciones que caracterizaban a las residencias del centro.
Y no, no era un sector pobre ni de clase baja. Como todo en Zaofu había grandeza allí, aunque más que todo presente en la belleza de lo natural y lo simple. Por el camino, Korra se topó con pequeños grupos de personas que meditaban a la luz de las velas o que practicaban yoga al aire libre, sin molestarse en notar la presencia del Avatar.
—Es como estar en una extensión de los Templos del Aire —murmuró Korra—. Hay demasiado silencio; no hay vehículos ni grandes multitudes. Sólo el canto de los grillos y del viento.
Al fin, Korra llegó hasta una cerca de piedra que delimitaba un gran jardín de flores, dispuesto de tal modo que parecía prístino y natural, como una pradera salvaje. El único elemento que delataba el artificio era la enorme variedad de plantas: muchas especies florecían cuando no era su estación, o procedían de climas más fríos o calurosos, y no hubieran florecido jamás sin la intervención humana. El paisaje estaba iluminado por la luz de unas antorchas sin llama, creadas con rocas bioluminiscentes y acompañadas por constelaciones de luciérnagas voladoras.
Korra empujó la pequeña puerta verde, que abría paso hacia el jardín, y se sorprendió al ver que alguien manipulaba el terreno, levantando en el aire inmensos trozos de tierra florecida nada más que para reubicarlos en otras partes más llamativas del jardín, formando al mismo tiempo pequeñas colinas, valles y sectores de tierra llana lista para cultivar.
—No esperaba verte de jardinera —dijo Korra, acercándose a la figura que levantaba con esfuerzo una pesada roca blanca de granito.
—El término correcto es terraformar —replicó la aludida, al tiempo que dejaba caer la roca con un retumbo en la cima de una pequeña cascada de aguas claras—. De las flores y las plantas se encarga alguien con manos menos ásperas.
Korra se cruzó de brazos y esbozó una corta sonrisa. No había estado del todo segura de que fuera ella en la oscuridad, pero cuando escuchó aquella voz rasposa, supo con certeza que estaba delante de Kuvira.
La vio secarse el sudor de la frente con el brazo; traía las botas enlodadas y el cabello desarreglado, ni rastro de la pulcritud que acostumbraba a lucir. Y a pesar de eso, se veía mejor que cuando la sacó de la prisión de máxima seguridad hace cinco años. Era el aspecto de alguien renovado, aunque un tanto cansada.
—Te sienta bien —afirmó Korra—. Me refiero a… trabajar con la tierra. ¿Es tuyo este jardín?
Kuvira la miró con ojos apagados.
—No. Sólo es un trabajo. Mi deber es hacerme útil donde pueda. Así es como he ido pagando mi deuda con la gente de Zaofu.
—Sea como sea, es muy bello este lugar. Me parece que tienes talento para esto.
—No es para tanto. Cualquier maestro tierra podría hacerlo.
—Pero hay que tener visión, ¿no? —insistió Korra—. Eso no lo tiene cualquiera.
A Kuvira se le escapó una risilla.
—No hay necesidad de que seas tan condescendiente conmigo, Korra. No soy una paciente en rehabilitación; soy una criminal que paga su condena y nada más.
—Tan solo quería ser amable. No hay que empezar con el pie izquierdo.
—Ya es un poco tarde para eso, ¿no crees? —replicó Kuvira—. No quiero tu gentileza si proviene de la lástima. Aún me queda un poco de orgullo.
—Y yo respeto ese orgullo, Kuvira. Sé que no somos amigas ni nada parecido, pero lo que te digo, lo digo con toda sinceridad.
El dolor asomó al rostro de la maestra metal, que dejó la mirada perdida en la distancia.
—Caminemos —propuso, y Korra aceptó.
Siguieron el sendero que atravesaba el jardín y se perdía en la solitaria tiniebla de la noche. Korra respetó el silencio de Kuvira mientras caminaban, una al lado de la otra. Al fin, Kuvira alzó la cabeza y murmuró:
—Debo admitir que me sorprende que hayas venido hasta aquí solo porque te lo pedí. Estaba segura de que te negarías, Korra —hizo una pausa—. Ambas sabemos que no soy más que malas noticias para ti. Por eso no puedo creer en tu supuesta sinceridad. Termina ya con la hipocresía, ¿quieres?
Korra dejó de caminar.
—¿Qué te hace pensar eso? —dijo, tensando los músculos.
—Basándome en nuestras escazas interacciones previas, es obvio que aún no confías en mí. Entonces, ¿por qué viniste?
Korra apretó los labios, meditabunda.
—Porque tenía miedo —respondió—. Es cierto. Tratándose de ti, solo puedo pensar en violencia y dolor. ¿Puedes culparme por eso?
—No. Pero esperaba que… —Kuvira se contuvo—. Olvídalo…
Las siguientes palabras de Korra fueron graves:
—¿Por qué me hiciste venir hasta aquí, Kuvira? ¿Qué es tan importante que solo yo puedo decírtelo? O, ¿acaso esto no ha sido más que una pérdida de mi tiempo?
Kuvira ni siquiera la miró, sino que respondió con tristeza y amargura:
—El Reino Tierra… Mejor dicho, los estados independientes de esta nación… ¿Qué puedes decirme del proceso de democratización que propuso el Rey Wu?
Korra sintió un escalofrío en su interior. ¿Qué clase de pregunta era ésa?
—Me sorprende que no sepas nada del asunto —replicó tajante—. Tomando en cuenta lo informada y precisa que eres con estos temas.
—No es que no sepa nada. Es que no sé si puedo confiar en lo que dice la prensa —Kuvira clavó en la distancia una mirada gélida, con la boca prieta—. Ni siquiera sé si puedo confiar en todo lo que me dice Suyin al respecto; está tan confinada en Zaofu como yo lo estoy, aunque por voluntad propia.
—¿Y qué quieres que te diga? —resopló Korra.
Kuvira volteó hacia ella, y aquel rostro sólido y severo se fracturó en una desesperada mueca de súplica.
—La verdad —respondió—. Dime la verdad que solo puede conocer alguien que ha estado viajando por estas tierras; ensuciándose las manos, visitando cada pueblo, hablando con sus habitantes... Dime, por favor… ¿En qué estado veré a mi nación una vez que salga libre mañana?
Korra dudó. No sabía qué pensar de Kuvira ni de sus intenciones. Todo en ella era tan… contradictorio. ¿Por qué no podía ser como los otros villanos a los que se había enfrentado, y apegarse a un solo lado de la balanza? Al menos así sería más fácil juzgar sus posibles movimientos.
Pero, ¿cómo predecir lo que hará alguien que constantemente se mueve entre la luz y la oscuridad? ¿Con quién estaba hablando ahora? ¿Con la heroína de guerra o con la dictadora totalitarista?
Impaciente, Kuvira le dio un empujón y exclamó:
—¡Ya deja de mirarme así y di algo!
Korra se retrajo, y apretó los puños. Instintivamente se había puesto en guardia.
—Si me atacas…
—¡No voy a atacarte! —Kuvira se alejó, frustrada, y dándole la espalda, suspiró—: ¿Tanto miedo me tienes? ¿Qué tengo que hacer para…? —guardó silencio—. Korra, en estos cinco años, ¿no he demostrado ya que soy de fiar?
—Solo sé que eres impredecible, Kuvira. Y confiar en ti no es nada fácil. En realidad, apenas y te conozco. En tus propias palabras: no sé si puedo creer en lo que me dicen los demás sobre ti —hastiada ya por aquella conversación sin sentido, Korra apretó los dientes y respiró con fuerza—. ¡Entiéndelo, nada me garantiza que hayas cambiado realmente!
La rabia brilló en la mirada de la maestra metal, pero ella misma la disipó llevándose ambas manos al rostro, restregándolo con fuerza hasta que, al bajar los brazos, no quedó más que un débil rastro de lágrimas.
—Lo sé —dijo Kuvira—. Lo sé y lo entiendo.
Dicho esto, se dejó caer de rodillas ante Korra, que no supo cómo reaccionar. El viento sopló, agitó las hojas de los árboles cercanos, y se hizo el silencio.
—Quítame mis poderes.
Un pozo frío se formó en el estómago de Korra.
—¿Qué?
»Continuará...
Notas de la Autora: ¿Hola? ¿Hay alguien ahí? Este sitio está tan vacío que hasta escucho el eco... eco... En fin. Han pasado cinco años desde que se estrenó el cómic de Ruinas del Imperio. ¡Cinco años! ¡Y todavía no ha habido continuación de La Leyenda de Korra en forma de cómics! Definitivamente no se le da el mismo trato que a su hermano mayor, La Leyenda de Aang, pero esa es una queja para después.
El punto es que, luego de tanto tiempo sin contenido, volví a ver la serie y a leer los cómics. Y terminando Ruinas del Imperio, se me antojó escribir este fic, porque hay cosas sobre ese cómic que no fueron del todo satisfactorias. El tema de Korra y Kuvira, wow ya casi pasaron más de 10 años desde ese final, y todavía me sigue impactando (peor aún sigo escribiendo fics sobre eso). A lo que voy es, que faltó explorar más las interacciones de Korra y Kuvira, dado que al final de la serie le dieron un mundo de importancia al contraste y al parecido de ambas, sólo para olvidarlo completamente en el cómic como si no hubiera sido uno de los puntos más relevantes para el desarrollo de ambos personajes.
Entonces henos aquí. Si es que hay alguien allá afuera que guste leerlo, lo agradezco de corazón, y si no, me quedo con el gozo de volver a escribir un fic después de tanto tiempo. La verdad, lo extrañaba.
