Disclaimer: Ninguno de los nombres de personajes o lugares aquí mencionados son de mi pertenencia, a excepción de aquellos creados para sustentar esta obra. El resto son propiedad de Nickelodeon, Michael Dante DiMartino y Bryan Konietzko. Basado en La Leyenda de Korra.
Catarsis
Por: Devil-In-My-Shoes
«Querías crear un lugar en el que tu gente jamás volvería a sentirse vulnerable. Quizás no fui una huérfana, pero créeme, entiendo lo que se siente tener miedo. Cuando fui envenenada, hubiera hecho cualquier cosa para volver a sentirme en control…»
Kuvira guardó silencio, inclinada sobre sí misma, abrazándose como si temiera morir si no se aferraba a su cuerpo herido. Miró a Korra intensamente y dijo:
«Si me entrego ahora, ¿me prometerías una cosa?»
«¿Qué?»
«Habla con los líderes mundiales. Haz que consulten con Suyin. No dejes que gobiernen el Reino Tierra sin tener en cuenta la cultura y la historia de mi pueblo.»
Korra sonrió, se puso de pie y le extendió su mano.
«Lo haré. El Reino Tierra estará a salvo —tomó la mano de Kuvira y la ayudó a incorporarse—. Y tú también lo estarás.»
Un sonido se deslizó entre las flores que inundaban aquel espacio, un susurro áspero como el de las hojas de otoño deslizándose por las calles de Ciudad República. Korra se dio cuenta de que Kuvira se estaba riendo.
Era un sonido amargo y triste.
«¿Cómo puedes prometerme algo así? En cuanto ponga un pie allá afuera, van a matarme.»
Korra tiró del brazo de Kuvira y lo acomodó sobre sus hombros para instarla a que se apoyara en ella, ya que apenas podía sostenerse en pie.
«Eso no pasará. Saldremos en son de paz. Juntas…»
Kuvira la miró, incrédula, pero permitió que Korra la cargara.
«Debiste dejarme morir. Todo esto es… —respiró profundamente por la nariz—. Hablaba en serio cuando dije que nunca tuve la intención de... —dejó salir un estrangulado gemido de frustración—. ¡No te pedí una segunda oportunidad! ¡No sé cómo hacer esto! Soy un soldado, una comandante, yo...»
«Basta. Como el Avatar, quiero darte esta segunda oportunidad. Cuando te miro, veo en ti una fuerza para cambiar el mundo que no sé si volveré a ver igualada alguna vez en mi vida, y, bueno, no quiero que se desperdicie… Lo único que necesitas es una guía —sonrió—. Yo te ayudaré.»
Kuvira la observó unos segundos, atónita, y se llevó una mano al rostro, suspirando:
«Es una locura. El Avatar y la Gran Unificadora —pronunció su título como si fuera una maldición—. Demasiadas personas dependen de nosotras; muchas de ellas nos quieren muertas; y simplemente no podemos dejar de preocuparnos por sus vidas.»
Korra empezó a caminar hacia el haz de luz dorada que formaba el portal espiritual.
—Alguien tiene que hacerlo —dijo, instando a Kuvira para que se apoyara mejor en ella—. ¿Vamos?
Un atisbo de sonrisa apareció en la comisura de la boca de Kuvira, un pequeño gesto de tregua.
—Vamos.
Aturdida, Korra regresó al presente.
—¡Es cierto, yo…! Yo te ofrecí mi apoyo. Eras esa parte rota de mí misma que ansiaba sanar, ¡que quería salvar! ¡Por eso me interpuse entre la explosión de energía espiritual y tú!
Kuvira ya no la miraba a los ojos, con el rostro vuelto, la mirada perdida en algún lugar de la oscura pared del fondo. Korra pudo ver que su mandíbula estaba apretada, la piel de su garganta tensa, pero sin verla a los ojos, era difícil adivinar cómo se sentía realmente. Un fino hilillo de sangre escurría a través de otra zona de la camisa de Kuvira, en la parte alta de la manga.
¿Realmente fue necesario golpearla así?
Al levantar la silla que había tirado por accidente, Korra recorrió con la mirada todo el cuarto. No podía quitarse de encima la sensación de que era como una celda.
—Perdóname. Te ofrecí mi apoyo y mi guía, y luego lo olvidé —confesó Korra con frustración—. Es sólo que, después de que se abrió el nuevo portal espiritual, sucedieron tantas cosas… Todo se complicó con los refugiados de Ciudad República. Todo se complicó con los espíritus. Todo se complicó con Raiko… Apareció este malnacido llamado Tokuga, y… Lo admito, sí, mi nueva relación con Asami también fue una gran distracción. Pero…
—El Avatar no debería disculparse conmigo. Mucho menos excusarse. No es correcto. Lo que pasara con una criminal de guerra no era tu responsabilidad después de todo.
Se hizo un silencio entre ellas que se prolongó, un vacío. Una distancia. Duró mucho, mucho tiempo.
—Pero tampoco fue correcta la forma en que te traté cuando volvimos a vernos meses después —dijo al fin Korra—. Mi desconfianza y mis prejuicios no tenían lugar. Tú ya habías cambiado para entonces, y estuviste esperándome todo ese tiempo... Debí darte mi apoyo y guiarte, pero en vez de eso, te viste forzada a volver a probarte a ti misma ante mí, y ante todos los demás. No fue justo.
Hubo otro corto silencio. Cuando Kuvira volvió a hablar, lo hizo con una tristeza y una tranquilidad que Korra no supo cómo asociar con la Kuvira que conocía:
—No. No fue justo. Pero era lo que merecía —miró hacia la puerta y caminó hacia ella para abrirla—. Deberías irte ya. Tengo muchas cosas que hacer antes de marcharme mañana.
Korra se encontró atrapada de nuevo, en la extraña y viva frialdad de la mirada de Kuvira, y su facilidad para convencer a cualquiera de obedecerla. Fue hacia la puerta y salió. Y ésta se cerró tan rápido que no tuvo tiempo de impedirlo.
Caminó hasta el borde del precipicio y se sentó, con las piernas colgando sobre el vacío. Observó el valle de Zaofu mientras se preguntaba qué debía hacer ahora. La posibilidad de correr a la estación y regresar al centro era muy tentadora. Llegaría a la mansión Beifong en una hora, y se encontraría en el estudio de Suyin, cálido por el ardor de los braseros, bien iluminado para aliviar la cruda oscuridad otoñal y, como siempre, lleno de libros y papeles. Un acogedor refugio.
Y una salida cobarde. No podía dejar las cosas así.
Korra se puso tensa y todos los músculos adoloridos de su cuerpo se lo reprocharon. Cerró los puños y se contempló los nudillos; la piel estaba enrojecida y un tanto pelada. Había olvidado que el acto de golpear directamente a alguien también podía dañarla a ella misma. El dolor de la piel rota en sus nudillos era tenue, como un picor, y un exasperante recuerdo de la ira que la había poseído.
De adolescente, Korra disfrutaba mucho golpeando a las personas —a los que se lo merecían claro está—, y se enorgullecía de sus nudillos rotos, y de regresar a casa con el cabello alborotado, y llena de raspones y moretones… Por un momento deseó volver a tener 17 años. Ojalá hubiera alguna parte de ella que todavía se sintiera joven, idealista, llena de energía y deseosa de enfrentarse al mundo con los puños en alto y sus amigos a su lado. Hacía mucho tiempo que no se sentía así. Demasiado tiempo.
A sus 26 años, simplemente se sentía… cansada.
El picor en los nudillos no la dejaba olvidar lo que había hecho; la rabia con la que había golpeado a Kuvira en el rostro, una y otra vez, y el hecho de haberlo disfrutado, le parecía una aberración y una crueldad. La culpa la torturaba, y la sensación era más intensa a cada segundo, hasta que por fin tomó una decisión y recuperó la calma.
—No sé cómo, pero tengo que enmendar este desastre.
Contempló una vez más el abismo del barranco a sus pies, con la mente casi en blanco, sin hacer ningún esfuerzo por dar sentido al mundo a su alrededor. Cuando se dispuso a regresar a la pequeña casa en el claro, un chillido rompió el silencio y la hizo girarse abruptamente hacia el bosque.
Encendió una flama e iluminó los alrededores. Nada. Dio un paso más hacia la casa de Kuvira. Retumbó otro chillido, y Korra se asustó terriblemente.
—¿Qué demonios?
Volvió a desviarse hacia el bosque con el fuego ardiendo entre sus dedos. Escudriñó entre las hojas de los árboles y por debajo de sus raíces, pero no encontró nada. Otra serie de agudos chillidos la guió hacia un tronco hueco. Korra tragó saliva y se acercó con cuidado al agujero de donde provenían los chillidos.
Una pequeña cabeza negra se asomó por el hoyo, seguida de un cuerpo extrañamente anguloso. Korra hizo crecer la llama y se quedó muy quieta. Al cabo de un instante, la criatura había salido completamente del tronco. Por un momento no se movió, pero luego se deslizó bajo la luz de la luna.
Korra retrocedió espantada: delante de ella, lamiéndose la membrana de las alas, había un lobo-murciélago.
La longitud del animal no era mayor que el antebrazo de Korra, de modo que se trataba tan sólo de un cachorro. El lobo-murciélago agitó las alas, que estaban muy retorcidas. Eran varias veces más largas que el cuerpo del animal y las surcaban finos fragmentos de hueso que se extendían desde el borde delantero de cada ala, de manera que formaban una línea de garras muy separadas entre sí. La cabeza era ligeramente triangular, y del maxilar superior le salían dos diminutos colmillos blancos, que parecían muy afilados.
Korra se movió un poco, y el animal giró instantáneamente la cabeza. Unos ojos negros y fríos se clavaron en ella, que se quedó inmóvil; si esa cosa decidía atacarla sería un enemigo temible. Pero el lobo-murciélago perdió interés en Korra y exploró con torpeza el claro, chillando cada vez que se golpeaba con los árboles o con alguna roca.
—Eres un poco tonto, ¿no? —se rió Korra.
El lobo-murciélago batió las alas, subió de un salto a una rama y reptó por ésta hasta quedar a la altura de Korra, donde soltó un agudo grito. Daba pena ver cómo abría la boca —semejante a la de un pichón— y enseñaba hileras de dientes puntiagudos. Korra se sentó con cautela a los pies del tronco hueco. El lobo-murciélago le olfateó la mano y le picoteó la manga, pero ella retiró enseguida el brazo.
—¡No hagas eso! —lo regañó.
Entonces el animal hizo algo completamente inesperado; se llenó el pecho de aire y soltó un estridente aullido, tan potente como el de Naga, pero mucho más agudo, y terriblemente doloroso para sus tímpanos. Korra se cubrió los oídos y cerró los ojos, segura de que, si no se protegía, le estallaría la cabeza. Era un sonido penetrante, cortante, escalofriante, como el del metal al ser frotado contra la roca. Korra sintió la vibración incluso en los dientes.
—¡Basta! —gritó, incapaz de oír su propia voz.
Por unos segundos creyó que aquel tormento jamás terminaría, y cuando llegó el silencio tardó en reconocerlo, debido a que el horrible aullido continuaba trepidando en su cabeza. Sintió que el suelo se inclinaba a un lado, y cayó sobre una rodilla, agarrándose a un puñado de hierba y esperando a que se le pasara el mareo.
Alguien la ayudó a estabilizarse. Una mano la tomó por el hombro e hizo que se sentara en el pasto. El pulso de Korra se fue normalizando, y el estruendo en su cabeza fue perdiendo intensidad hasta convertirse en un molesto silbido. La misma mano que la ayudó a sentarse le ofreció un trozo de hielo envuelto en una toalla. Korra se lo puso contra la frente y respiró despacio.
—¿Mejor?
A Korra le costó escuchar la pregunta a causa del silbido. Pasaron tres minutos hasta que finalmente su cabeza fue liberada del suplicio y entregada nuevamente al tranquilizador silencio del bosque.
—Mejor —susurró con una débil sonrisa y alzó la vista.
Kuvira estaba de cuclillas frente a ella, con el condenado lobo-murciélago trepado en el hombro, hincándole las garras en la piel. Korra se echó hacia atrás con un grito ahogado, pero tanto Kuvira como el animal se le quedaron mirando con fijeza.
—¿No sabes que no debes gritarle a un lobo-murciélago? —le reprochó Kuvira—. El aullido de las crías es más nefasto que el de los adultos. Unos segundos más y habrías perdido el oído.
—¿No se supone que esas cosas viven en cuevas? —se quejó Korra, todavía aturdida.
—Sí, y también se supone que viven en jaurías, pero Zots no tiene ninguna.
El lobo-murciélago se paseó por los hombros de Kuvira, movió la cabeza y soltó un chillido.
—¿Le pusiste nombre? ¿Es una broma?
Kuvira ignoró las quejas de Korra y se concentró en el pequeño animal, que le bajó por un brazo y se aferró a su muñeca. Quería jugar, mordisquearle los dedos, lamerle un poco de sangre. Sin embargo, a Kuvira no le apetecía aguantar los mordiscos juguetones del diminuto monstruo, de modo que lo cogió, se lo colocó en el regazo, y le acarició las orejas por detrás.
—No tuve más remedio —respondió sin perder de vista a su mascota—. Hace un año saltó de entre unos arbustos, me asustó y lo ataqué con una roca. Le rompí las alas —habló con pesar—. Si lo dejaba así, moriría en poco tiempo. Tuve que hacerme cargo de él; ya he arruinado suficientes vidas… —Entonces miró a Korra con preocupación—. Te ruego que no le menciones a Suyin nada de esto. Odia a los lobos-murciélago. Si se entera de que hay uno rondando por Zaofu, vendrá a exterminarlo personalmente.
—Todo el mundo los odia —aceptó ella—. Pero no diré nada. Lo prometo.
Entonces Korra se rió por lo bajo, luego se frotó el codo y apartó la mirada. Había muchas cosas sin decir en ese momento, mal ocultas bajo la sorprendentemente amistosa conversación entre ellas. Kuvira sacudió un poco la cabeza, mirando a Korra como si no pudiera entenderle, y Korra no sabía cómo empezar a hablar sin arruinar la quietud de aquel breve instante.
Sin decir nada, le regresó la toalla con el hielo. Kuvira se lo llevó a la mejilla hinchada, lo apretó contra el golpe y aguantó el dolor. El lobo-murciélago se desenroscó de su regazo para perseguir una polilla que pasó volando entre ellas. Daba pequeños saltos y batía las alas torcidas en un intento por impulsarse.
—No puede volar —comprendió Korra, afligida.
—Jamás sobrevivirá allá afuera —replicó Kuvira—. Al menos aquí está a salvo de depredadores y rodeado de presas fáciles. Puede hacer su vida en este pequeño rincón de Zaofu, en tanto no lo descubran. Zots causaría pánico entre la población, muy a pesar de que es prácticamente inofensivo si no se le molesta.
—¿Por eso te mudaste aquí? ¿Tan lejos de Suyin y su familia?
—Vine aquí, porque me brindaba la oportunidad de pensar y trabajar en paz. Mi mente funciona mejor lejos del centro de Zaofu y de las distracciones de la gente.
—Suyin cree que te alejaste por su culpa —explicó Korra—. Se siente mortificada por tu indiferencia.
Kuvira tardó en responder.
—Se le pasará —dijo al fin. Retiró el hielo y se tocó con suavidad la cara. Aguantó el dolor otra vez y volvió a ponerse encima el hielo—. Una vez que me haya marchado mañana, Suyin no volverá a pensar más en mí.
—Pero ella te quiere —insistió Korra.
—¿Por qué sigues aquí, Avatar? —Hubo un repentino helor en la voz de Kuvira, pero Korra no pensó que fuera enojo. Su voz era demasiado frágil, fina como el hielo, simplemente aferrándose a la superficie de algo oscuro y profundo.
—Porque tú me llamaste; hace unas horas estabas desesperada por hablar conmigo. ¿Y ahora quieres que me vaya? ¡No te entiendo!
—¡Quiero que te vayas porque no consigo que me hables como a una persona! Hace unas horas me hablabas por lástima, luego por rabia, ¡y ahora sólo lo haces porque sientes culpa! Si fueras sincera por tan sólo un segundo… —Kuvira volvió la cara para no mirar a Korra, sólo un instante, porque lo estaba pasando mal; admitir esa verdad en voz alta costaba mucho—. He lastimado a tantos... He intentado poner fin a los recuerdos, necesitaba borrarlos de mi memoria, pero, en lugar de eso, resulta que cada vez todo adquiere más relevancia y es más difícil de controlar. Se supone que todo acabaría, ¡pero no se termina nunca!
Zots olfateó el aire, aleteó un poco y trepó por la espalda de Kuvira. Agitó la larga cola y se quedó mirándola con fijeza, colgado de cabeza, muy consciente de los sentimientos de la maestra metal. Kuvira le acarició una de las alas retorcidas con el dedo.
—Quiero estar segura de que no volveré a dañar a nadie; que ya no llevo a ese monstruo dentro de mí —musitó—. Lo deseo más que nada. Pero sólo finjo. No consigo sentirlo dentro de mí.
Korra escuchó en silencio, y su asombro fue en aumento a medida que Kuvira se desahogaba; cuando dejó de hablar, Korra siguió callada unos instantes, observando las manos vendadas de su antigua enemiga con gesto de impotencia.
—Tienes miedo de ti misma —concluyó Korra.
Kuvira se quedó perpleja porque aquellas palabras le parecieron muy acertadas: tenía miedo de su propia cólera.
—Y tú también me tienes miedo, Korra.
—Sí —dijo, esta vez sin tapujos ni excusas—. Siendo franca, hasta hace unas horas tenía mucho miedo de lo que pudieras hacer estando en libertad. Miedo de que te convirtieras en otro más de mis grandes problemas —sorbió por la nariz—. Qué egoísta. Pensar que ahora, facilitar mi trabajo es lo único que me importa… Con razón Asami está tan molesta conmigo.
Su sinceridad pareció tranquilizar a Kuvira.
—No es enteramente tu culpa. Conozco muy bien la extenuante carga de mierda que debe soportar alguien que intenta mantener el mundo unido y fuera del caos. No hay mente humana que la tolere sin perder primero la cordura —Kuvira la miró fijamente. Su mirada era fría y grave—. Por suerte, tú no eres una humana común. Eres el Avatar.
—Tal vez, pero soy la peor de todos. Además de haber perdido la conexión con mis vidas pasadas, no consigo satisfacer a nadie, y las tensiones sólo empeoran. Estoy segura de que has leído las encuestas; el mundo está de acuerdo, a pesar de todo lo que he logrado, soy poco menos que una fracasada a los ojos de cada una de las naciones.
Kuvira desvió la mirada.
—Me alegro.
—¿Qué?
—Prefiero que el mundo esté en manos de una fracasada, a que esté en las de una desquiciada.
Korra la miró y esbozó una sonrisa forzada que no se le reflejó en los ojos.
—Es el peor consuelo que he escuchado —rió por lo bajo.
Le agradó ver que Kuvira intentaba disimular su propia risa. La noche estaba avanzada y todo el mundo dormía en Zaofu. En cambio, allí estaban ellas, con los cuerpos magullados y la ropa manchada de tierra y sangre, sentadas en el suelo y riendo en medio de la oscuridad. Y por primera vez, Korra consideró que le gustaría hacerla su amiga.
Una pequeña pata con garras afiladas le rascó un costado, y Korra se echó atrás de un salto, pero al ver que se trataba de Zots, se relajó. Intrigada, le acarició la cabeza al lobo-murciélago con la mano derecha. Un suave cosquilleo le recorrió el brazo, y Zots se acurrucó contra ella como un gato. También le acarició las delgadas membranas de las alas con un dedo: tenían la textura del pergamino viejo, aterciopelado y tibio; cientos de finas venas latían debajo.
Era un animal feroz y peligroso, con un aspecto que muchos describirían como horrendo. Aunque viéndolo más de cerca, Korra percibió una cierta nobleza en él. Imaginó como sería su vida si ella misma fuera un lobo-murciélago, temida y repudiada por todos, sin la menor comprensión. No era de extrañar que Kuvira hubiera simpatizado con él; quizás era la única persona en el mundo que hubiera podido sentir compasión por una bestia así.
Aquella conclusión dibujó una sonrisa en sus labios.
Kuvira estaba sentada con las piernas dobladas, la cabeza apoyada en las manos, y con los hombros hundidos. Con el cuerpo entero remendado a punta de vendajes; la grandeza de su orgullo reducida a la humildad más simple. Al verla así, una sensación de ternura le oprimió la garganta; entonces Korra descubrió que la veía como nunca la había visto hasta ese momento.
—Ya no tengo miedo —dijo.
—Es difícil tenérselo una vez que notas que es sólo un cachorro.
—No. Hablo de ti, Kuvira. Ya no siento miedo de ti.
Era lo último que Kuvira esperaba oír, y llena de expectativa la miró a los ojos, claros como la luna.
—No me crees —intuyó Korra.
—Desearía poder.
Korra la observó en silencio. ¿Cómo podía asegurarle que decía la verdad?
—Dame tu mano.
—¿Para qué?
—Para transmitirte lo que siente mi espíritu.
»Continuará...
