StarcoFantasma: La cruda moral estará buena para DiMartino, ese es el precio que tendrá que pagar porque hubo delicioso tan temprano en la historia... o al menos es lo que tendrá que soportar por ahora...
Que weno que este fic te haya enganchado, ya vamos como a la mitad así que no tendrás que soportarme por mucho más.

J0nas Nagera: Más que la maestra fuese quién se aprovechara de un inocente, puro y casto muchachito, fue Lincoln el que buscó una oportunidad y vaya que no la desperdició. Se ve que lo único que tiene de puro el albino es el blanco de su cabeza ¡JA!
Y, por cierto, gracias por el dato del fic; ene fecto era ese el que quería leer. Asté pídame algo y procuraré cumplir

¿Habrá sido cierto lo que Lincoln le contó a su maestra acerca de su situación familiar? ¿dónde duerme? ¿quién lo ayuda? ¿por qué insisto en escribir estas parodias de comercial viejo?

¡Nada de eso y mucho menos en esta actualización! ¡NO SE LA PIERDA!


03

Si la mañana del lunes había probado ser difícil y embarazosa, la del martes, la del día después del baile escolar de invierno, resultó ser mucho peor.

A solas en su casa completamente decorada con el espíritu navideño, rodeada de los bultos de ropa usada que se había propuesto donar a la caridad, y ya libre de la influencia liberadora del alcohol, pero sufriendo del agobio de una creciente inquietud, por la mente de Gabriela comenzó a repetirse incesantemente una epifanía.

Había tenido sexo, intenso y apasionado sexo, con un muchachito mucho más joven que ella… y la idea de que aquello se repitiera le disgustaba cada vez menos.

Aterrada ante aquella revelación, Gabriela DiMartino concluyó que lo que más necesitaba en aquel momento era distraerse para dejar de pensar en cierto apuesto peliblanco… así como darse un buen duchazo; su cuerpo aún olía a alcohol, a sudor y… a otra cosa.

Sin embargo, distraerse pronto resultó ser difícil en extremo. Al acabar de darse un baño con agua helada, y tras tomarse la última pastilla del día después que quedaba en su botiquín de medicamentos, Gabriela recordó que no tendría que preocuparse por nada relacionado a la escuela por las próximas tres semanas; las vacaciones de invierno habían dado inicio ayer, el mismo día que tuvo lugar el baile escolar… y el mismo día que Lincoln Loud la hizo gritar extasiada su nombre.

«¡NO!» gritó su conciencia «¡Ya basta con eso!»

Pero por suerte, y a pesar de ser las dos actividades que más demandaban de ella, ni la escuela ni sus alumnos eran las únicas distracciones de las que disponía.

Usando cada gramo de la fuerza de voluntad que le quedaba para ignorar su conciencia, Gabriela logró, sólo en un par de horas, liberar el interior de su armario-vestidor de toda la ropa vieja que ya no quería, salvando en el proceso algunos conjuntos de infarto que habían quedado olvidados pero que ahora, sin lugar a dudas, volvería a usar en sus futuras citas. Y una vez terminada aquella etapa de la tarea que, días atrás, había considerado imposible, Gabriela decidió celebrar aquel logro con una sesión de ejercicio en casa como no había tenido hacia meses.

Pero cuando el reloj marcó las dos del día, y el hambre, así como el cansancio empezaron a hacerse presentes, fue que el remordimiento y las dudas volvieron a instalarse a todo volumen en su mente; ¿Y sí Lincoln le contaba a alguien lo que ambos habían hecho a solas durante el baile escolar? Si bien él le había prometido guardar el secreto, Gabriela sabía por experiencia propia que a los adolescentes les gusta presumir con sus amigos de sus conquistas… pero, incluso de no ser ese el caso… ¿por qué no le había hablado o al menos dejado un mensaje de voz durante la mañana?

—Pero que tonta soy, no hay forma en la que Lincoln tenga mi numero personal. Nunca se lo di —y tan pronto dijo aquello, una carcajada de alivio y vergüenza se escapó por su boca.

Pero ni bien se rio un par de veces, cuando ese alivio se volvió a transformar en pánico— ¡¿Y por qué no me pidió mi numero?! ¿será que no quiere volver a estar conmigo? ¿acaso no le gustó el sexo?

Ya estaba por sufrir un nuevo ataque de pánico e inseguridad cuando su subconsciente, su voz interna de maestra, misma que había terminado siendo ignorada el día de ayer, volvió a hacerse presente y le recordó que Lincoln la veía casi a diario y por lo tanto no necesitaba de su número de celular para poder comunicarse con ella; ya podrían hablar una vez volvieran ambos a la escuela, puesto que… ¡LINCOLN ERA UNO DE SUS ALUMNOS!

Sintiéndose al borde de un colapso tanto mental como moral, Gabriela tomó el primer abrigo que encontró antes de correr hacia su cochera, y sin detenerse en limpiar el sudor que bañaba su cuerpo, o siquiera en cambiarse de su ceñida ropa de ejercicio a una más casual o cómoda, arrancó el auto y se alejó de su hogar, nuevamente desesperada por buscar una forma de distraerse. Pero no se dirigió ni al modesto cine del pueblo, ni al aún más modesto supermercado; en una población tan pequeña como lo era Royal Woods sólo había un único lugar donde la gente podría distraerse de forma regular.

Con poco más de doscientos mil metros cuadrados de construcción repartidos en cuatro pisos dedicados a centenares de locales comerciales, famosos bancos y cajeros automáticos, —todos ellos poseedores de tecnología incluso más novedosa y costosa que la que se podían permitir muchas de las alcaldías aledañas—, además de un pequeño parque sobre la azotea de los pisos superiores que ofrecía una privilegiada vista de los alrededores, la plaza "Gran Central" no sólo solía considerarse como un mundo aparte del resto del pueblo, sino como la mismísima joya de la corona de Royal Woods… y era también la única esperanza que tenían los habitantes de al menos otras dos localidades más de pasar el rato.

Sin haberse tranquilizado en lo más mínimo durante el trayecto, y aun sintiendo a su corazón intentando salir a latidos por su garganta, Gabriela se estacionó en el primer espacio libre que encontró antes de abalanzarse dentro del centro comercial.

Durante el apresurado viaje lejos de casa, había creído que sentiría alguna clase de alivio instantáneo tan pronto como atravesara alguna de las grandes puertas de la plaza, pero el tan ansiado descanso de su consciencia nunca llegó. Dentro del centro comercial, el estruendo de miles de personas yendo y viniendo era omnipresente, incesante en su arremetida, sobrecargando segundo a segundo un poco más intensamente los sentidos de Gabriela, ahogando incluso su voz interior, sólo dejándole dos pensamientos intactos: que tenía hambre… ¡Y QUE ERA UNA DEGENERADA ASALTACUNAS!

Fue entonces, con los oídos zumbando y con la mente a punto de explotarle, que Gabriela vio a una mujer en específico salir de una tienda de vestidos para niñas, en la primer planta. Lo que le había llamado la atención de aquella desconocida no era la mujer en sí, sino que no estaba sola, pues detrás la montaña de bolsas con ropa y cajas de zapatos que la seguía a escasa distancia, se alcanzaba a adivinar una inconfundible cabellera blanca.

Mientras que el que no podía ser otro que Lincoln Loud y su misteriosa acompañante decidían a cuál otra tienda entrar, Gabriela notó inmediatamente que no había manera de que aquella mujer pudiese ser más joven que ella misma, e incluso que parecía que, aparte de la edad, ambas compartían el mismo nivel de belleza física. Con un cabello negro que acusaba constantes visitas al salón de belleza y unos lujosos lentes de sol ocultando su mirada, con tacones y un corto vestido de tubo, mismos que realzaban su increíble figura, pero que dejaban tanto sus hombros como sus piernas desprotegidos, exhibiendo una reluciente piel naturalmente bronceada.

Tan pronto como los perdió de vista, al entrar ellos en una tienda de calzado infantil, la mente de Gabriela comenzó a, literalmente, entrar en estado crítico. ¿Acaso a Lincoln le gustaban las mujeres mayores? ¿Le gustaban acaso las mujeres morenas? De ser ese el caso ¿eso en qué la convertía a ella?, ¿en sólo un número más en una larga lista de conquistas? Y a todo eso ¿quién era esa zorra de lentes de sol? ¿Era su novia?, no, ese no podía ser el caso, pero… ¡¿y si sí era su mujer?! ¿Era Lincoln lo suficientemente mayor cómo para tener una esposa? ¿Por qué otro motivo lo obligaría ella a cargar con sus compras si en realidad no eran pareja?

Pero cuando sus ojos comenzaban a nublarse por las lágrimas y su mente a ceder a la histeria, su celular empezó a sonar, salvándola de estallar en llanto en plena plaza. Ese alivio, sin embargo, no duró, pues al ver en la pantalla del aparato quién la llamaba, un nuevo nudo comenzó a formarse en su garganta.

A pesar de que no quería hacerlo, el no responderle a esa persona sólo empeoraría las cosas, pues conociéndola, no insistiría hasta que le contestara la llamada.

Sin mejor opción que atender, Gabriela caminó un par de pasos hasta llegar a un lugar sin tanta gente haciendo ruido a su alrededor, justo enfrente de una librería, y contestó su celular.

—Hola Aggie.

—Gabriela ¡¿acaso has perdido la cabeza?! —la voz de su amiga sonó demasiado nerviosa, demasiado molesta, y demasiado cerca del auricular de su propio celular.

—¿Qué? —respondió DiMartino, desconcertada, al tiempo que inconscientemente alejaba un poco el aparato de su oído.

—¿Cómo se te ocurre hacer lo que le hiciste al chico Loud? ¡Y en propiedad escolar!

—Agnes, te juro que no sé de qué me estás hablando —El nudo en su pecho, que había amenazado con formarse tan pronto vio a Lincoln junto a esa desconocida, terminó de cerrarse sobre su corazón, helándola con algo muy parecido al espanto—, p-pero quizá querrás poner en duda esa clase de rumores la proxi…

—¡No me enteré por un rumor, yo misma vi como los dos salían juntos del gimnasio escolar! —se apresuró a interrumpirla la otra maestra.—. ¡¿Cómo pudiste hacer algo así con un muchacho que puede que ni siquiera sea mayor de edad?!

—¡Lincoln ya tiene diecio…! —Gabriela suspiró con fuerza, cortando su propia respuesta a la mitad. No podía ponerse a la defensiva con Agnes, eso sólo la haría confirmar sus sospechas—. Escucha, no hicimos nada inapropiado. Él me ayudó hace unos días con mis decoraciones navideñas y platicando mientras las colocaba por mí, me enteré que tiene problemas con su familia; sólo intentaba que se relajara y que, tal vez, en un ambiente más amigable, me lo contara todo.

—¡¿Entonces por qué escuché gemidos, casi alaridos, saliendo de tu salón de clases?! —Aunque no era lo común, tampoco era raro que Agnes Johnson se ofreciera como voluntaria para chaperonear eventos escolares fuera de los realizados por la primaría. Después de todo, había sido ella quien le había fomentado a Gabriela el hábito de comprometerse en la vida de sus alumnos—. Y aunque no le hubieses hecho a Lincoln lo que ambas sabemos que le hiciste ¿De verdad crees que es apropiado que tengas una relación tan informal con un niño?

—Él no es ningún niño, ya tiene dieciocho años… casi diecinueve.

—Por dios, Gabriela. —al tener esa confirmación indirecta por parte de su amiga, la voz de Agnes perdió toda la indignación inicial y comenzó a sonar cansada, decepcionada—. Eres lo suficientemente mayor como para ser su madre.

—No seas ridícula, Aggie. Hubiera tenido que quedar embarazada como a los doce, a lo mejor a los trece.

—Tú mejor que nadie sabe que lo único que deseo es que seas feliz, Gaby. Verte sentar cabeza con un buen hombre, que tengas un par de hijos para que me digan "tía Agnes" antes de que me convierta en una pasa humana que pierde su sanidad en un asilo para ancianos… pero esto que tienes con Lincoln…

«¿Esto que tengo con Lincoln?» pensó, su mente finalmente desacelerándose «¡No tengo nada con Lincoln! él ya me cambió por otra.»

—¡Ay por favor! Sólo me llevas un par de años. Creo que aún tienes algo de tiempo antes de que empiece la fase de "pasita humana babeante" de tu vida.

—Odio tener que sacar esto a colación, pero… ¿has pensado aplicar el consejo que te dio mi madre? Quizá la iglesia sí sea un buen lugar para que conozcas un hombre.

Sintiéndose verdaderamente agotada, Gabriela abandonó la fachada de la librería en la que se había refugiado del ruido interior de la plaza, y caminó hasta sentarse en una solitaria mesa del área de comida. Quería ser sincera con su mejor amiga, pero al mismo tiempo no hallaba en si misma el valor necesario para contarle acerca de su apasionada sesión sexual con Lincoln. Aun así, Agnes no era sólo una amiga, sino la persona que la había guiado en sus primeros años como maestra suplente, y años después, como maestra a tiempo completo, y a pesar que esos días habían quedado muy atrás, Gabriela aún necesitaba oír su consejo de vez en cuando.

—No, realmente nunca planee tomar en cuenta ese consejo —A pesar de la seriedad de la situación, Gabriela intentó relajar el tono de la conversación, y relajarse a sí misma, con una broma, al menos alegrar un poco el ambiente antes de formular la pregunta que se moría por hacer, pero en su mente no encontró consuelo alguno—. Aggie ¿crees que soy una mala persona?

—Oh, Gaby. No podrías ser una mala persona ni intentando serlo. Sólo me preocupo que, desde el divorcio, estés tomando malas decisiones.

—Primero que nada, yo y Ricky nunca llegamos a casarnos ¿okey? Ya basta con insistir con eso, sé que te preocupas por mí, y gracias por hacerlo, pero no deberías —Dando un rápido suspiro, Gabriela ocultó cuanto le molestaba el que todo el mundo pensara en ella como una divorciada—. Y, por cierto, no estoy saliendo ni con Lincoln ni con nadie. Si llegase a conseguirme un novio te prometo que serás la tercer persona en enterarse.

—Está bien, Gaby. Llámame en la semana, que aún tenemos que hablar cara a cara… tengamos una tarde de chicas o algo así.

—¡Creo que realmente necesito una tarde de chicas! Por cierto, salúdame a tu mamá.

A pesar de lo agobiante que a ratos podía parecerle Agnes a Gabriela, su llamada había resultado en un auténtico alivio para DiMartino. Los disparates de la pelirroja le ayudaban a replantearse los suyos propios.

Descansando ambos brazos sobre la mesa de madera barata delante de ella, Gabriela decidió dejar de preocuparse por Lincoln y convocó una vez más su lista mental de problemas pendientes, y descubrió que, sin la inquietud de cierto albino cuyo nombre no volvería a mencionar, atenazando su mente, sólo le quedaba un único malestar ¡Y con solución inmediata!

Aún tenía hambre.

Y la idea de zamparse una hamburguesa doble con queso y tocino, junto con un tarro de cerveza helada sonaba horriblemente tentadora. Aquel no era su día libre, pero romper la dieta por primera vez en meses tampoco le haría demasiado daño.

Pero cuando Gabriela se levantó por fin para pedir su muy grasosa comida en algún puesto de comida rápida de la plaza, la imagen de Lincoln comiendo sonriente un helado, aún acompañado por aquella mujer, al otro lado del área de comida, la congeló en el sitio.

Con el pecho nuevamente lleno con pesar, y sin comida delante de ella, Gabriela observó a lo lejos, y en silencio, a Lincoln y a su compañera hasta que ambos se acabaron entre risas sus respectivos refrigerios helados, se levantaron, tomaron todas las cosas que habían comprado en la plaza y se marcharon.

Tan dolida estaba, que no se movió por otros quince minutos hasta que el matrimonio Fox, junto a sus cinco vástagos malcriados, decidieron sentarse en la mesa que estaba justo al lado de la de ella. Gabriela había intentado no seguir pensando en Lincoln y en la desconocida, pero el hecho de verlos a ambos comiendo helado felizmente y juntos ¡y el haberlos visto incluso marchándose juntos!, no pudo evitar recordar a su ex prometido y la forma en la que ambos solían reírse al comer juntos ¿acaso todos los hombres se fijaban en ella sólo para aprovecharse?

En su lento caminar hacia la salida del Gran Central, Gabriela había intentado formar otra lista mental de los pendientes que aún la esperaban en casa, prepararse para el resto del día, pero estaba demasiado distraída para comprender nada, inclusive sus propios pensamientos. Lo que quería en realidad era buscar a esos dos, aunque fuese sólo con la mirada, pero hasta aquel momento había resistido sus impulsos de hacerlo. En realidad, ese control sobre sus nervios hubiera sido motivo suficiente como para estar, en otro momento, muy orgullosa de sí misma, pero realmente no era fuerza de voluntad lo que evitaba que desviara su andar con el motivo especifico de buscar a Lincoln, sino que, con su corazón roto, ya estaba resignada al hecho de que lo suyo con el peliblanco había sido una excitante aventura, una experiencia divertida, pero nada más. Algo que simplemente no estaba destinado a ser… por mucho que aquello, siendo sincera consigo misma, le hubiese gustado.

—Claro que es estúpido el pensar que entre un adolescente y yo pudiera haber algún tipo de relación significativa —dijo para sí misma tan pronto puso pie en el estacionamiento a las afueras de la plaza.

Cuando una mano le dio un leve toque en el hombro, Gabriela no pensó gran cosa del gesto; quizá se tratara de un indigente pidiendo cambio, o acaso de una niña exploradora que buscaba reunir fondos para alguna obra caritativa.

—Hey… hola —el rostro de Lincoln, con hermosa sonrisa flanqueada por un par de sensuales hoyuelos y todo lo demás, fue lo primero que saludó a Gabriela tan pronto volteó para ver quien le había tocado el hombro. Mientras que ella aún tenía puestos los leggins, la chamarra y el top deportivo con los que había salido de su casa, el llevaba unos raídos pantalones de mezclilla y una camiseta blanca de mangas cortas que se las arreglaba para lucir tanto ceñida como holgada sobre su torso. Parecía que a Lincoln no le molestaba mucho el frio.

—Hola —Respondió Gabriela, con tanta desgana como de la que era capaz de demostrar. Luchando con todo su ser por no dar señal alguna de cuan apuesto creía que lucía Lincoln con ese atuendo; «¡Luce como si estuviera a punto de formar parte de una telenovela adolescente!»

—¿Es este… un mal momento? —por el desconcierto en su rostro, evidente a simple vista, era obvio que Lincoln no esperaba esa clase de respuesta de su maestra.

Gabriela, por su parte, no respondió en el momento. Volviendo a voltear hacia enfrente, una vez comprobó que la misteriosa mujer y sus miles de cajas y bolsas con compras ya no estaba acompañando al albino, y comenzó a caminar hacia su coche—. ¿Qué quieres?

—Yo… uh… —Si la actitud de Gabriela lo había tomado de improvisto, Lincoln no dejó que eso lo afectara por más de un único instante. Ni bien recuperó su sonrisa, se apresuró a caminar a la par de su maestra—. Sólo quería agradecerte por lo del sábado, esta vez de forma un poco más formal. ¿Te… te gustaría acompañarme a cenar el día de hoy?

—¡¿Por qué?! —deteniéndose en seco, Gabriela volteó a ver al albino, dedicándole una mirada tan cargada de odio que casi era capaz de asesinar—. ¿Tu novia no está disponible esta noche?

—¿Qué? No. Yo… yo no…

—Porque déjame aclararte que no pienso ser tu segunda opción ¿me entiendes? No voy a ser esa mujer vulnerable y conveniente a la que sólo te coges cuando tú novia no está de humor, o a la que sólo ilusionas con palabras bonitas cuando no tienes nada mejor que hacer.

Y para dejar claro su punto, Gabriela reunió toda su tensión e inquietudes y las utilizó para enterrar su dedo índice en el pecho del albino, obligándolo a detenerse de golpe.

Esta vez, la sorpresa se asentó con más fuerza en el rostro de Lincoln, hasta el punto de empezar a transformarse en algo muy parecido a la congoja—. Gabriela, yo… yo no tengo novia…

—¡Oh! ¡¿Entonces crees que soy estúpida? —Sintiendo la respuesta de Lincoln como combustible puro para su creciente furia, Gabriela empezó a apuñalar repetidas veces al albino con su dedo índice, empujándolo, y haciéndolo retroceder un par pasos cada vez—. Te vi con la zorra esa ¿ok? Los vi a los dos pasearse por todo el bendito centro comercial. ¡Incluso los vi juntitos comer helado! Así que te aclaro ¡NO SERÉ TU SEGUNDA OPCIÓN!

DiMartino esperaba oír alguna clase de excusa patética por parte de Lincoln, incluso esperaba que él negara en redondo todo lo ocurrido. Lo que no esperaba, sin embargo, era ver como la sonrisa le volvía y se transformaba en el rostro del peliblanco hasta adquirir una apariencia incrédula y divertida.

—¿Te refieres a Sabrina Ramos? Sólo la estaba acompañando a comprar ropa para sus hijas en lo que su esposo vuelve del trabajo.

«¡¿Lincoln está involucrado sentimentalmente con una mujer casada?!» Ese único pensamiento provocó que la ira la abandonara por completo, antes de ser reemplazada por un vértigo monumental.

—¿La acompañaste a buscar ropa para sus hijas mientras su esposo no está?

—Sí. Temprano en la mañana pasé por su casa para venderle galletas de mantequilla, como siempre… y me preguntó si tenía algo que hacer en la tarde. Antes de que pudiera decir más nada, ya me había propuesto el pagarme diez dólares para que cargara sus compras por ella—. Malinterpretando la reacción de Gabriela, Lincoln se limitó a soltar una única carcajada antes de rascarse tímidamente el cuello. Aunque su sonrisa divertida ya no había vuelto a abandonar su rostro, ahora lucía avergonzado—. Aquí, entre nosotros, más que aceptar el encargo para ganarme ese dinero, lo hice a modo de favor; ella ha sido una de mis mejores clientas desde que empecé con lo de las galletas… pero ahora me arrepiento el haber aceptado acompañarla, me duele todo el cuerpo.

Sólo entonces, Gabriela entendió porque Lincoln estaba acompañando a aquella mujer. No por cuestiones sentimentales, sino económicas. Sintiendo como si le hubieran arrojado un cubetazo de agua helada, se quedó sin palabras.

—¿Qué…?

—Mi hermana Lola, que creo que es la única amiga de su hija Meli, me contó hace un par de semanas que toda la familia Ramos se ha estado preparando para el cumpleaños número seis de la hija menor. Supongo que por eso necesitaba Sabrina mi ayuda para cargar tantas cosas.

«¿Entonces esa mujer es la mamá de la tímida Meli Ramos y le había pagado para que la acompañara? Sí, esa es una explicación bastante razonable»

Al poder reaccionar finalmente a sus celos infundados, el rostro de Gabriela se encendió por la vergüenza. No sólo se había dejado llevar por meras suposiciones, sino que desde que se lo había encontrado en el estacionamiento no había dejado de actuar como una loca malnacida.

Sin embargo, de algún modo, él no lucía molesto con ella. Lincoln seguía dedicándole una sonrisa—. ¿De verdad pensaste que ella era mi…?

—Obviamente no estaba pensando —lo cortó Gabriela, rezando con todas sus fuerzas porque aquel intento de broma ocultara su vergüenza… y su alivio—. Maldita sea, Lincoln, lo siento. Debes creer que estoy loca.

—Nah, todo esto es de cierta manera culpa mía —la sorprendió al responder—. Ayer debí haberte pedido tu número para poder llamarte, quiero decir, después de lo que hicimos en tu salón de clases… fue una verdadera estupidez de mi parte el no habértelo pedido —Y aunque seguía en su rostro, la sonrisa de Lincoln se transformó genuinamente en un gesto avergonzado—. Pero no quería que creyeras que estaba desesperado por conquistarte, o que pensaras de mi como un mocoso enamorado que te seguirá a todas partes… o algo así. Quería que me vieras como una persona más madura.

Y así de fácil, sólo con algunas pocas palabras, él consiguió que la conciencia de la maestra se liberara de la inseguridad que la había atenazado desde temprano por la mañana. Que todas sus dudas y miedos la abandonaran, aunque sólo fuese temporalmente.

—Entonces… ¿qué es lo que me preguntaste antes de que comenzara a gritarte? Creo que no alcancé a entenderte —Confesó Gabriela, compartiendo ahora ambos la sonrisa avergonzada.

Tomándose un momento para responder, Lincoln parecía luchar contra el rubor que amenazaba con colorearle las mejillas, lucha que terminó por perder—. Te había preguntado si te gustaría cenar en mi casa.

—Lincoln, creo que eso es muy… —«muy atrevido» se le escapó el pensamiento a la maestra, sus cejas elevándose inconscientemente hasta casi desaparecer en su cabellera.

Si la expresión de Lincoln había lucido simplemente apenada y quizá sólo un poco divertida hasta hacia unos instantes, al oír a Gabriela se coloreó de rojo totalmente.

—¡No es eso! Digo, no me refiero a lo que crees, o al menos no a lo que creo que crees —se apresuró a aclarar, recuperando mientras lo hacía un poco de su aire relajado—. ¿Te acuerdas que te conté que me había emancipado de mis padres? Bueno, de eso ya pasaron un par de años, así que se me ocurrió que sería agradable el volver a compartir mesa con alguien y pues es temporada navideña… y el sábado habías dicho que afuera de la escuela nosotros podíamos ser… amigos.

Las cejas de Gabriela volvieron a descender a su lugar sobre sus ojos al tiempo que sus hombros se relajaron. Si lo que Lincoln quería no era más que un poco de compañía, entonces ella podía ayudar, pero ¿cómo decirle que aceptaba la invitación sin que luciera desesperada? ¿Por qué no podía ser sincera con él, con una persona adulta y con el mismo objetivo a futuro, si era lo que más quería?

Volviendo a malinterpretar la inacción de su maestra, esta vez confundiéndola con indecisión, Lincoln empleó su tono de vendedor experto y endulzó su propuesta—. Prepararé un poco de la receta insignia de mi padre; la famosa Lynnsaña.

—Por el nombre, supongo que se trata de lasaña —Aquella ocurrencia, el nombre gracioso, terminó de relajar a Gabriela, permitiéndole reaccionar y poniendo una sonrisa en su rostro—. ¿Seguro que puedes con un platillo tan complicado? Porque te advierto que tengo un paladar bastante exigente.

—Descuida, no habrá problema —Aquella magnífica sonrisa suya volvió a aparecer plena en el rostro de Lincoln tras oír el comentario en broma de Gabriela—. Logré que una de mis hermanas le tomara una foto al recetario de papá y me la enviara. Prometo que será la mejor lasaña que hayas probado.

—Está bien, tú ganas, Lincoln. Pero yo traeré el pan y las bebidas.

Y si ella tuviera que adivinar por el cambio en su expresión, Lincoln estaba absolutamente feliz con que ella hubiera aceptado su invitación.

—Con cerveza oscura sabrá mejor. ¿Te parece que pase por ti como a las seis?

No una, sino varias alarmas mentales se dispararon instantáneamente en la mente de Gabriela. Primero que nada, Lincoln aún no era lo suficientemente mayor como para consumir alcohol legalmente, pero el recordar la forma en la que la había hecho gritar en éxtasis tan sólo el día anterior acalló por completo esa inquietud. Lo que realmente la había tomado por sorpresa fue la propuesta de él por pasar a buscarla a su hogar ¿Qué pretendía lograr con ese gesto caballeroso? ¿Volver a tener sexo con ella o sólo ganar puntos a su favor? Además ¿sería prudente qué él volviera a pasearse por su casa tan pronto?

—Mejor dame tu dirección. Nos vemos a las seis.

Tomando delicadamente una de sus manos, Lincoln le anotó su dirección en la palma con una pluma, repitiendo el gesto que ella había hecho con él el viernes por la tarde, y ganándose de paso un par de puntos a su favor.

Y tan pronto se despidió de él y subió a su coche, Gabriela desechó la lista de pendientes que apenas había comenzado a formarse en su mente. Lo que quedaba del día, lo pasaría preparándose para su cita de Lynnsaña.

Lo primero que hizo, fue manejar a toda prisa al supermercado del pueblo para comprar una gran hogaza de pan de ajo. También compró la cerveza, una caja con doce botellas que, gracias a la simple casualidad, estaba en descuento. Claro que no compró nada excesivamente costoso, nada importado o algo así, pues lo último que quería era que Lincoln pensara que era una estirada, pero tampoco compró la marca más barata pues también quería demostrar que tenía buen gusto. Así que obviamente terminó por sobre-pensar su decisión, pues cuando terminó de pagar descubrió que ya se había tardado poco menos de una hora comprando esas dos cosas.

Pero eso no fue nada en comparación al tiempo que tardó dentro del baño, cuando finalmente regresó a casa. Pues, aunque realmente no lo necesitaba, se rasuró las piernas, las axilas y le dio un retoque a su vello púbico antes de finalmente tomar una ducha a conciencia. Al salir, se aplicó crema y loción humectante en toda parte que pudo alcanzar, se peinó y depiló las cejas antes de empezar a hacer gárgaras con enjuague bucal, una y otra vez.

Y aunque gracias a que acababa de ordenar todo el contenido de su armario no se tardó nada en escoger el atuendo que usaría para su cita –un largo, y bastante ceñido, Jersey rosa que haría de vestido así como de suéter, medias térmicas que le quedaban como segunda piel, y un par de botas oscuras que le llegaban a la rodilla– sí que se tardó en vestirse; pues pasó casi otra media hora admirando su trasero torneado, su vientre plano y sus pechos en el espejo de su habitación, antes de pasar al último paso. Dicho "último paso" consistió en aplicar el más discreto de los maquillajes a su rostro, pues no quería lucir como una puta, así como cepillar su larga cabellera, de nuevo, una y otra vez.

Y cuando acabó por fin con su ritual de belleza, el reloj de su celular le advirtió que sólo le quedaba una única media hora para llegar con Lincoln. Corriendo hacia su cocina, pero tomándose el tiempo para sacarle un par de fotografías más a su sala completamente decorada junto al árbol de navidad, Gabriela aventó el pan de ajo dentro del microondas y lo activó a máxima potencia mientras revisaba que su caja de cervezas estuviera debidamente helada dentro del refrigerador. Fue entonces que su voz de maestra, su moral, comenzó a cuestionar una última vez su actuar «acabas de gastar casi tres horas preparándote para una inofensiva reunión con uno de tus alumnos ¡UN ALUMNO POR EL CUAL NO DEBERÍAS SENTIR NINGÚN INTERÉS!» pero la verdad era que no podía dejar de pensar en aquel atractivo rostro diciendo su nombre, o en esa sonrisa que aliviaba su espíritu, o en ese fuerte cuerpo que había demostrado ser capaz de hacer gozar al suyo.

Pero Gabriela concilió aquellos pensamientos poco propios de una maestra con lo que le quedaba de moral al argumentar que únicamente quería gustarle a Lincoln sin más razón que la mera vanidad. Confirmar que a sus treinta y dos ella aún era capaz de atraer la atención romántica de cualquier hombre… y si dicho hombre estaba perfectamente equipado para hacerla gozar ¡que mejor!

Envolviendo en una toalla de cocina su pan de ajo recién regurgitado por el microondas, y sacando finalmente la cerveza del refrigerador, Gabriela entró a su coche y se alejó lentamente de su hogar una última vez. Manejando tan lento como se lo permitían sus nervios por lo que esperaba iba a ocurrir durante, o después, de su cita, Gabriela llegó diez minutos tarde a la dirección que le había indicado Lincoln… justo como lo había planeado «Así no creerá que estoy desesperada».

El edificio delante del cual se había estacionado, y cuya dirección le había dado Lincoln, se trataba en realidad de la panadería de los Miller; una vieja edificación de dos pisos sobre la avenida principal. Mientras que la planta baja, con su viejo escaparate de madera, funcionaba como la panadería, Gabriela ignoraba completamente para qué se usaba la segunda planta «¿quizá como bodega?». De hecho, no recordaba nunca haber visto las ventanas de aquel segundo piso iluminadas como las veía ahora.

Pero, ¿dónde estaba Lincoln? Sintiendo su corazón volviendo a acelerársele, salió de su auto y miró al alrededor. Ahí delante de ella sólo estaban aquel conocido negocio y un pequeño estacionamiento semivacío.

La inquietud que apenas había superado volvió a invadir su mente ¿y si Lincoln le había tendido una trampa y por eso la había citado en aquel lugar? ¿estaría esperando escondido, rodeado de amigos, para burlarse de ella? ¿y si en lugar de muchachos de su edad sólo lo estaba acompañando aquella mujer del centro comercial?

—Hola, Gabriela —una sonrisa iluminó casi de inmediato su rostro y su corazón comenzó a latir con más fuerza, pero ya no a causa del nerviosismo. Volteando hacia una de las esquinas de la panadería, Gabriela vio a Lincoln acercarse lentamente, con una sonrisa propia en el rostro.

Por el aspecto reluciente de su cabello bien peinado, él, al igual que ella, se había dado un duchazo, y también cambiado de ropa; sus desgastados jeans habían sido reemplazados por unos caquis, y la playera blanca por una camisa anaranjada planchada, cuyas mangas largas estaban arremangadas sobre sus antebrazos. Si antes le había parecido apuesto a Gabriela, ahora lucía delicioso.

—¿Cómo estuvo el viaje hasta acá? —preguntó Lincoln tan pronto como llegó junto a ella, su sonrisa ensanchándose notablemente—. ¿Tomaste el autobús o te trajeron tus padres?

—Ja ja ja… ¿Vas a seguir jugando o me ayudarás con esto? —escondiendo su risa, su auténtica risa, detrás del dorso de su mano, Gabriela abrió su cajuela.

—Uy, trajiste Conora —acercándose para tomar la caja de cerveza, Lincoln le obsequió una sonrisa—. Sí que tienes buen gusto.

Y al oír esas palabras, la sonrisa de Gabriela creció aún más; «¡qué bueno que me pasé casi toda una hora escogiéndolas!»—. Entonces… ¿vives cerca de aquí?

Como única respuesta, la sonrisa de Lincoln sólo creció hasta mostrar sus blancos dientes antes de indicarle con un movimiento de cabeza que lo siguiera, y ella lo hizo sin mayor inquietud hasta que vio cómo su alumno se dirigía al estrecho callejón que delimitaba la panadería de los Miller del edificio de al lado.

Si la oración "asaltaron y asesinaron a la víctima en un callejón" evoca una imagen mental, aquella no podía ser muy diferente al lugar donde la estaba llevando Lincoln; completamente oscuro, sucio en extremo y apartado de la vista. Gabriela estuvo a punto de detenerse en seco, las suelas de sus zapatos hundiéndose en mugre que llevaba eras acumulándose, cuando vio como Lincoln se detenía a un costado, apenas a unos metros del inicio de la calleja, y usando más la memoria que la vista, abría una puerta metálica iluminada que llevaba a unas escaleras que ascendían al segundo piso del edificio, disipando casi por completo la oscuridad del callejón con la luz que de ella salía.

Pero no sólo fue la luz que se desbordó de la puerta abierta lo que salió a recibir a Gabriela, el aroma ameno e invitante de ajo y carne horneada invadió su nariz tan pronto como traspuso finalmente el umbral, y que sólo se intensificó al subir las escaleras.

—Aquí dentro huele delicioso —los tacones de sus botas comenzaron a resonar tan pronto como pasaron de la basura y nieve derretida de afuera al piso de concreto desnudo que ahora pisaba.

—Te lo dije, esta será la mejor lasaña que hayas probado —respondió él, abriendo la puerta de madera que marcaba el final de las escaleras, la puerta de su hogar sin lugar a dudas, y entraba en ella, invitándola a hacer lo mismo—. Siéntete como en casa.

No sólo estaba limpio, algo que resaltaba a plena vista, sino que el hogar de Lincoln en si era el ejemplo perfecto de la austeridad; salvo por una mesa y un par de sillas al fondo de la sala principal, justo al lado de la ventana que daba a la avenida, y de unas cuantas macetas con pequeñas plantas en ellas, no había un solo mueble o adorno a la vista... lo cual tampoco era tan extraño, teniendo en cuenta que un estudiante de preparatoria vivía ahí solo.

Desde la cocina, pues se había adelantado para volver a poner la cerveza dentro del refrigerador, Lincoln volvió a hablar—. Por cierto, estás guapísima. Adoro el conjunto.

—Aww, gracias —dejando la canasta con el pan de ajo, que hasta entonces ella había estado cargando, en la barra de la cocina, y realmente sin otra opción, Gabriela se sentó en una de las dos sillas al costado de la mesa, la que era de plástico y la única con descansabrazos, descubriendo al hacerlo un vaso sobre la mesa, de vidrio y a medio llenar por un líquido amarillo y con olor frutal—. Entonces… ¿hace mucho que me esperabas?

—No realmente —antes de agacharse para revisar el contenido de su horno, Lincoln volteó para verla sosteniendo el coctel y cuestionándolo con la mirada—, acababa de servírmelo cuando te vi llegar.

Viendo la reacción inocua de Lincoln, y superando sus dudas, Gabriela le dio un sorbo rápido al vaso. El refrescante sabor de la pulpa de mango y del vodka llenó inmediatamente su boca—. ¡Esto está buenísimo! ¿de dónde consigues estas mezclas…? Si no te importa decírmelo, claro.

—No sé, no tengo un recetario heredado para estas cosas —Sonrió, se encogió de hombros, como si el hecho de que una persona sin edad para beber alcohol pero que lo hiciera de todos modos no le preocupara, y regresó su atención al horno—. El secreto, supongo, está en la variedad. Hago varías mezclas con lo que creo sabrá bien cada que destilo vodka, y sólo anoto las que resultan con buen sabor.

Y para enfatizar su punto, de debajo de la barra que separaba la cocina del resto del apartamento, levantó en sus manos un par de garrafas de vidrio, enseñándole a su maestra un galón del mismo vodka de café que ambos habían bebido el día anterior, durante el baile de invierno, y otro medio galón de la mezcla de mango.

—Así que horneas las galletas más famosas del pueblo y destilas licor artesanal —Gabriela tomo otro trago, saboreándolo—. Nadie puede decir que no tienes talento en tus pasatiempos tan… originales. Al menos a mí, nunca se me hubiera ocurrido hacer algo como esto.

—En realidad no veo a ninguno de esos dos como pasatiempos —se apresuró a responder, antes de agacharse nuevamente para revisar el horno—, sino que son, más bien, métodos alternativos para ganarme la vida. Esta belleza ya está lista ¿Tienes hambre, Gabriela?

La pregunta la atrapó en medio de un nuevo sorbo, –si la mezcla de café había estado rica, esta de mango reinaba suprema sobre su propia categoría–, y al pensarlo brevemente, Gabriela descubrió que en realidad no había probado bocado desde antes de irse como chambelán al baile de invierno… el día anterior—. Me muero de hambre, Lincoln.

Lincoln no tardó nada en poner un par de platos y cubiertos en la mesa, y cuando la luna logró asomarse desde el nevado exterior a través de la ventana, ambos ya estaban comiendo la que era, sin lugar a dudas, la mejor lasaña que Gabriela Diamantino había probado en su vida.

—Oye… hay algo que he querido preguntarte, pero no sé si sea buena idea —dijo Lincoln luego de comer con un trozo de pan lo que le quedaba de lasaña en el plato—, así que ¿qué tal si yo respondo a la pregunta que tú quieras si respondes a la mía?

—Claro, esta Lincsaña se lo ha ganado. Dispara —fue la respuesta de Gabriela, mientras pinchaba con el tenedor una parte especialmente cargada de carne.

—Me acuerdo que el año pasado llevabas un anillo de esos de boda, pero después de lo que pasó ayer…. quiero creer que ya no estás casada, así que… ¿cuánto tiempo estuvieron juntos tu marido y tú antes de que se divorciaran?

Gabriela apretó la mandíbula y cerró los puños, realmente no quería que la gente del pueblo, especialmente Lincoln, pensaran en ella como una divorciada—. Eso sólo era un anillo de compromiso, Lincoln, nunca se concretó la boda… pero para cuando Ricky me dio el anillo ya llevábamos casi tres años juntos.

—¡Tres años! Eso… eso es mucho tiempo —Lincoln apenas y pudo sobreponerse a la sorpresa inicial para limpiar la salsa que quedaba en su plato con su último pedazo de pan de ajo—. ¿Y qué pasó con ese tal Ricky? ¿Decidiste botarlo y encontrar a una pareja mejor?

Gabriela no pudo evitar reírse ante aquella pregunta tan directa—. ¿Sabes? Todo el mundo me preguntaba lo mismo recién rompimos.

—Si mi pregunta te molesta, lo siento, Gabriela.

Con sus ojos azules bien abiertos y fijos en ella, Lincoln no lucía apenado, y Gabriela descubrió que realmente no le importaba contarle aquello a Lincoln.

Dándole un último sorbo a su botella de cerveza, ya vacía, negó con un silencioso movimiento de cabeza—. En realidad, fue él quien me fue infiel. Y me enteré de la peor forma posible.

—¡Embarazó a alguien!

—No, los hombres no pueden embarazarse —lo corrigió Gabriela, con una sonrisa—, pero no dudo que no lo hayan intentado de forma insistente. Yo… los descubrí a medio intento.

Y tan pronto como la abandonaron, Gabriela temió por las repercusiones que aquellas palabras le traerían; ¿cuál sería la reacción de Lincoln al escucharlas?

Si bien, el albino pertenecía a una de las generaciones con una mentalidad más abierta en cuanto a preferencias sexuales, ella no podía evitar mantener la duda de cuál sería la repercusión que aquella confesión tendría en Lincoln…

—Esto se está poniendo interesante —levantándose con su plato y botella vacíos en mano, y tras preguntarle a Gabriela se quería otra cerveza, Lincoln se dirigió hacia la cocina—. Entonces… ¿él era homosexual?

—¿Qué otra cosa sería si no? —respondió Gabriela tan pronto como Lincoln volvió con las cervezas. Ni bien la tuvo entre sus manos, le dio un trago; el sabor amargo realmente combinaba bien con el de la lasaña.

—No hay forma en la que yo lo sepa —él respondió literalmente a la pregunta retórica de Gabriela, antes de regresar a la cocina por su plato—. Quizá sí era una persona normal y sólo tenía curiosidad, o quizá simplemente se trataba de un puto en negación.

Aquella lógica tan simple le sacó otra carcajada a Gabriela.

Sirviéndose un poco más de lasaña, Lincoln continuó—. Hay personas que, al igual que yo con mi vodka, necesitan probar todas las opciones existentes para descubrir qué es lo que les gusta. Que él le haya hundido los frijoles a otro tipo o que el otro tipo le haya soplado la nuca no lo convierte necesariamente en gay.

—Oh no, créeme, él era completamente gay… sólo que muy bueno ocultándolo —pensando en las señales que ella no había visto en su momento, Gabriela le dio otro trago a su cerveza—. Realmente nunca tuvimos problemas como pareja ¡maldición, ni siquiera peleábamos! Pero tal vez debí empezar a sospechar cuando él simplemente dejó de tocarme… yo… yo… yo no puedo creer que me esté avergonzando a mí misma contándote todo esto.

—¿Bromeas? Esta es una magnifica conversación.

—Oh, claro —Gabriela le dio un nuevo sorbo a su cerveza, no pudiendo evitar que su ánimo se amargara—. Estoy segura de que escuchar todo sobre tu patéticamente dejada, sexualmente insatisfecha maestra está contribuyendo a crear una cita estupenda...

—¿Estas insatisfecha? ¿Sexualmente insatisfecha? —en su voz, y a pesar de que él aún se encontraba en la cocina de su departamento, Gabriela pudo notar la sonrisa y jactancia de Lincoln.

Después de pensarlo un poco, y después de recordar la destreza amatoria de cierto alumno suyo, Gabriela respondió—- No.

—Bueno —Lincoln finalmente regresó de la cocina con una nueva porción de lasaña en el plato—, tu definitivamente no eres patética, Gabriela.

Gabriela no pudo evitar apreciar las palabras de Lincoln, justo como no pudo evitar esconder su rubor detrás del dorso de su mano derecha, cuando por su mente, quizá impulsada por la influencia alcohólica del medio vaso de vodka de mango, de la cerveza que ya se había bebido, y de la mitad de la que se estaba bebiendo, empezó a rondar una inquietud que no la había abandonado del todo desde el viernes.

—¿Hace cuánto que vives aquí? —preguntó al fin, cambiando completamente el enfoque de la conversación.

—Casi desde que me salí de la casa de mis padres —respondió Lincoln sin pensarlo mucho—. Habré estado quedándome en las casas de mis amigos por un par de meses cuando los señores Miller ofrecieron rentarme este lugar, en realidad no pago casi nada por quedarme aquí.

—Entonces ¿Realmente llevas viviendo dos años completamente por tu cuenta? —Gabriela sabía que ese era un tema delicado, pero su incipiente embriaguez, así como su latente inquietud, la obligaron a continuar—. Eso es demasiado tiempo como para que se deba a un simple desacuerdo ¿Qué… qué pasó?

La reacción de Lincoln ante aquella pregunta tan directa, fue la de reírse—. Sabes, creo que también tenemos eso en común; todo el mundo solía preguntarme siempre lo mismo.

—Perdón, si crees que me estoy entrometiendo de más, me detendré.

—No, ambos sabemos que no lo harás —los ojos de Lincoln se encontraron con los de Gabriela, atrapándolos—, pero descuida, no me molesta. En realidad, todo este problema familiar inició por una discusión acerca de mi novia en aquel momento; Jordan Rosato… o Jordan Chica cómo le decimos todos, pero desde mucho antes de eso ya había bastantes roses entre mis padres y yo.

—¿Tiene algo que ver con los rumores que escuché de tu relación con…? —la pregunta había empezado sin que Gabriela pensara mucho en ella, pero por suerte alcanzó a detenerse cuando cayó en cuenta de lo insensible y ruin que sonaría.

Hubo un silencio denso, tenso, e incómodo antes de que Lincoln terminara la pregunta en lugar de su maestra—. ¿Qué sí tuvo algo que ver con mi supuesta relación sentimental con Carol Pingrey mientras era yo un niño?

—Perdona —la vergüenza la obligó a retractarse—. Sé que no me incumbe en lo más mínimo el entrometerme en un asunto como ese.

—No, está bien. —sonrió desarmantemente, los hoyuelos de su sonrisa derritiendo nuevamente las inquietudes de Gabriela—. La verdad es que no me molesta si eres tú la que pregunta, pero no hay forma en la que mi respuesta no afecte directamente la vida de otra persona —Súbitamente se había puesto serio, pero no al grado de lucir frío u ofendido. Y aunque esa sobriedad todavía no lo abandonaba, su sonrisa pronto volvió a él—. Quiza, si todo sale bien el día de hoy, responda a tu pregunta alguna vez ¿Trato?

«No. Lo. Negó.» una sensación inesperada y arrolladora, pero definitivamente diferente a la de la ansiedad, se asentó en su corazón con ese pensamiento. Queriendo distraerse de su vergüenza… y de sus celos, Gabriela volvió a cambiar el tema de conversación.

—Entonces… de vuelta a tus numerosos "métodos alternativos para ganarte la vida" ¿haz conocido a alguien que te parezca interesante en alguno de ellos?

—Gabriela —y para el horror de DiMartino, la sonrisa de Lincoln desapareció nuevamente de su rostro antes de verse reemplazada por otro gesto severo.

Sin saber bien cómo reaccionar, Gabriela ya iba a disculparse cuando la sonrisa volvió a Lincoln aún más intensa que antes, incluso acompañada por una carcajada—. ¿me estás preguntando si tengo novia?

Con la cara al rojo vivo, y con un sinfín de emociones rebotando descontroladas en su pecho, Gabriela intentó calmarse tomando lo último de su cerveza, pero no logró mejorar su estado. Manteniendo su sonrisa, él la miraba fijamente, divertido por su obvia vergüenza e indudablemente esperando la respuesta a su propia pregunta. Sin embargo, DiMartino ya tenía planeada una forma de devolvérsela a Lincoln—. Quizá estoy intentando averiguar si tienes novio.

Y ni bien ella terminó de hablar, ambos se vieron envueltos en un ataque de carcajadas. Con lágrimas comenzando a asomar por sus ojos, ahora era el turno de Gabriela de esperar su respuesta.

—Estoy soltero —respondió Lincoln logrando finalmente controlarse—, de no ser así, no te habría invitado a cenar.

El corazón de Gabriela se saltó un par de latidos—. Creí que esta era una simple cena amistosa… entre amigos.

Repentinamente, la risa lo abandonó, no así la sonrisa. Se levantó y caminó hacia donde ella estaba acurrucada en la silla de plástico. Tomó la botella de cerveza vacía de su mano, sus dedos entrelazándose por más de un segundo con los de ella—. ¿Quieres otra?

Y su corazón dio otro vuelco, pues al oír las palabras que Lincoln le había dicho, ella había terminado por pensar en otra cosa. Lincoln le había preguntado si quería otra cerveza, pero ella había interpretado la pregunta cómo un "¿quieres tener sexo otra vez?" y la parte que más la había inquietado fue que dudó durante un instante cómo responder. Si le decía que no a esa cerveza, Gabriela podría irse a casa con la consciencia limpia y aquella cena amistosa se quedaría sólo como eso, pero si la aceptaba también estaría aceptando seguir con aquella conversación tan cargada de coqueteos velados… así como de tocamientos.

«Ya debería irme a casa, se está haciendo tarde» fue lo que dijo su voz interna de profesora responsable, pero no su boca—. Sí, me encantaría una más.

En lo que Lincoln volvía a adentrarse en su cocina, Gabriela se acabó finalmente la comida en su plato. A pesar de que una fría brisa alcanzaba a colarse entre el marco de la ventana a su lado, Gabriela se hallaba a gusto; estaba alimentada hasta la saciedad y el alcohol que había ingerido la comenzaba a envolver en una agradable calidez. Todo le parecía perfecto.

—Y… cuéntame ¿qué haces? —tan pronto como volvió, dejando un par de botellas de cervezas nuevas sobre la mesa, Lincoln movió un poco su silla.

—Yo… — Gabriela notó al instante como Lincoln se sentaba ahora un poco más cerca de ella—, soy maestra ¿no sabías? en una escuela pública; sé que no deja mucho, pero me gusta. Está este alumno inquieto que me vuelve loca, deberías conocerlo, apuesto a que te caerá bien.

—No para ganarte la vida, sino como hobby —aclaró Lincoln, tan pronto dejó de reírse del comentario burlón de Gabriela—. ¿qué te gusta hacer en tu tiempo libre?

—Me gusta estar en forma, ya sabes; salir a correr y comer saludablemente. Incluso tengo algo así como un gimnasio en casa, no creo que lo hayas visto cuando fuiste a ayudarme con los adornos navideños.

—No creí que fueras una ratoncita de gimnasio.

—Es porque no lo soy —dándole un trago a su nueva cerveza, fue el turno de Gabriela de moverse un poco más cerca al albino—. Me mantengo en forma porque lo que realmente me gusta es irme a hacer senderismo y vivac, y déjame decirte que necesitas un cuerpo fuerte para esos pasatiempos.

—Espera… ¿Vivac no es cómo acampar, pero aplicando técnicas de supervivencia? —los ojos de Lincoln se iluminaron—. ¡Yo siempre he querido hacer algo así! Voy a acampar al parque Troncos Altos cada que tengo oportunidad.

—¡Oh! Así que sí tienes pasatiempos normales.

—Aprovecho cada minuto que tengo libre para ver los videos y guías de Rip Hardcore.

—Ese tipo es un fraude —a pesar de la crítica, ambos comenzaron a reír—, la verdad, yo te imaginaba más como un fan de los cómics o de los videojuegos.

Lincoln se encogió de hombros—. No he tocado un solo cómic desde la pelea con mis padres… así que supongo que ya no puedo considerarme un fanático de ellos.

La fuerza con la que su palma cerró su boca, casi podía se podía considerar como un golpe, y bien demostraba la fuerza que Gabriela había logrado tras una vida llena de actividad física. Sintiéndose como una verdadera idiota, tartamudeó una disculpa—. ¡Perdóname, de verdad lo…!

—No tienes por qué disculparte —con una naturalidad pasmosa, Lincoln tomo entre las suyas la mano con la que Gabriela se había cerrado la boca—, porque no creerás las noches que me he desvelado jugando Total Trash Takedown 3.

Sin apartar su mano de las se Lincoln, la curiosidad de Gabriela se vio picada—. Ese juego es incluso más viejo que yo ¿Lo juegas en emulador?

—No, tengo una vieja Gamendo y un par de juegos… mis favoritos.

—¿Tienes una Super GES dónde juegas videojuegos antiguos, pero no tienes muebles para tu departamento? —divertido, y aún sin soltar su mano, Lincoln volvió a encogerse de hombros—. ¿Me la mostrarías?

La sonrisa en el rostro de Lincoln creció y el brillo en sus ojos se avivó—. Entonces ¿Quieres entrar a mi cuarto para jugar videojuegos?

—¿Por qué no?

Y como ella ya sospechaba, la habitación de Lincoln estaba tan austera como el resto del departamento. Un colchón sin soporte descansaba al fondo de la estancia, justo enfrente de una pequeña televisión análoga que sin duda había salido de una venta de garaje. El susodicho Super Gamendo estaba directamente sobre el piso, los cables conectándolo a la televisión y a un tomacorriente escondido y en penumbras. A pesar de estar vacío de hasta la más mínima decoración, tanto la cama, perfectamente tendida, como las paredes, lucían una pulcra dignidad.

Sentándose en la cama, doblando una pierna debajo de ella, Gabriela apreció que Lincoln se sentará lo suficientemente cerca de ella como para poder oler su desodorante corporal.

A pesar de sus protestas iniciales, Lincoln le cedió el control y con él el honor del primer turno, y aunque se había propuesto no hacerlo, al perder su primer vida y al ver cómo él pasaba el primer nivel con facilidad, Gabriela comenzó a ponerse competitiva.

Al ver el gesto de concentración y la fuerza con la que su maestra apretaba los botones cuando volvió a ser su turno, Lincoln comenzó a reír, pero no era una risa burlona sino una llena de felicidad. Y cuando el turno de él volvió, fue cuando ella comenzó a imitarlo y empezó a reírse de las expresiones de Lincoln y a emocionarse cuando algo inesperado ocurría en el juego. Sin hacer otra cosa que reírse y disfrutar de la compañía del otro, ambos jugaron hasta que las vidas de sus personajes se agotaron, y sólo entonces fue que el paso del tiempo se hizo presente para Gabriela.

—¿Qué hora es? —preguntó en voz alta.

—Casi las 10:30 —fue la respuesta de Lincoln tan pronto revisó su celular.

Entonces, aparte de volverse consiente del tiempo, Gabriela se percató de que ambos estaban sentados tan juntos que casi habían estado abrazándose, aquella imagen mental no le desagradó.

—Ya debería irme a casa… pero antes necesito ir al baño.

—El baño está justo al final del pasillo —instruyó Lincoln, bebiendo el último sorbo de una cerveza.

El cuarto completo comenzó a girar un momento tan pronto como ella se levantó, algo que no la sorprendió pues el piso delante de la cama estaba lleno de botellas vacías de cerveza.

Casi sin tropezarse, Gabriela llegó al baño, se bajó las medias térmicas hasta casi sacárselas, se levantó el vestido-jersey hasta poder detenerlo con la barbilla y se sentó en la taza. Sin embargo, permaneció sentada aun habiendo aliviado su vejiga, pues necesitaba aclarar su mente de todos los pensamientos que empezaban a volverla a llenar de ansiedad ¿Él gustaba de ella? ¿Había estado coqueteándole o sólo había sido su imaginación? ¿Acaso él volvería a besarla y hacerla sentir única?

Invariablemente, el pensamiento de su ex volvió a atormentarla ¿Y si Lincoln sólo la estaba usando igual que aquel maldito homosexual en negación lo había hecho? Ella había creído ser feliz al lado de aquel hombre…

Finalmente, decidió salir del baño, agradecer a Lincoln por una noche genuinamente divertida e irse a casa a masturbarse a solas. Estaba pecando de tonta e infantil al siquiera atreverse a pensar que un chico de dieciocho años podría llegar a sentir algo por una dejada de treinta y dos.

—Gabriela, es hora de que madures —se regañó a sí misma, viéndose fijamente en el espejo del baño, y usando su voz de maestra responsable— bien sabes que ya no eres una estúpida adolescente… sólo estúpida.

Al salir, Gabriela se encontró a Lincoln en la cocina, lavando los platos en los que habían cenado.

—Hola —la saludó al verla, dedicándole otra de esas sonrisas suyas tan maravillosas.

—Hola… —Gabriela intentó devolverle el saludo, pero bien sabía que su estado anímico se lo impediría.

—Entonces… —intentando esconder el rubor que de pronto inundó sus mejillas, Lincoln volvió a centrar su atención en los platos—. ¿Estás segura que tienes que irte?

Aquello, los nervios más que evidentes con los que él le hizo la pregunta, aturdió a Gabriela—. No… yo…

—"No" de… "no creo que deba, porque bebí" — Enjuagándose las manos, Lincoln se le acercó, buscando tomarla de las manos, pero sin atreverse—, o un "no" de "no quiero irme"…

Gabriela dio un par de pasos hacia delante, acercándose aún más a él sin notarlo—. "No" de "no sé ni siquiera qué hacer". Yo no sé si pueda darles forma a mis pensamientos en este momento…por favor, dime en qué estás pensando tú.

—Estoy pensando lo mismo que pensé la primera vez que te vi… pero quiero creer que de una forma más madura esta vez.

—¿Que por mi culpa vas a reprobar el quinto grado? —bromeó, con lágrimas en los ojos, intentando desesperadamente ocultar todas sus inquietudes bajo su sentido del humor.

Pero Lincoln, ignorando esas mismas inquietudes, –ignorando la diferencia de más de diez años entre ambos, e ignorando el hecho de que ella era su maestra–, le dio un beso. Sin saber cómo reaccionar, Gabriela sintió las manos de Lincoln envolver sus mejillas; intentando secar con aquella caricia tímida las pocas lágrimas que empezaban a deslizarse por ellas.

El beso, tan improvisto como lo era deseado, impidió a Gabriela el responderlo por lo que cuando la boca de él abandonó la de ella, en los ojos vidriosos de Lincoln sólo podía leerse una pregunta anhelante.

Y al ver aquella expresión, Gabriela volvió a transformarse en una adolescente compartiendo un primer beso eléctrico con el chico que le gustaba.

—¿En eso pensaste la primera vez que mi viste? ¿En besarme?

Él asintió—. Algo así… no sabía muy bien que era eso que sentía en aquel momento… pero ahora lo sé.

—Vuélvelo a hacer.

Y cuando Lincoln la volvió a besar, Gabriela se aseguró de responder. No tardó la pasión en envolverlos, provocando que sus manos comenzarán a recorrer libremente el cuerpo del otro y sus corazones a latir al unísono.


Cómo ya saben, acaba de iniciar el mes gey.

Y debido a que es el mes gey me veo obligado a publicar cosas geys, así que está será la última actualización que haga a este fic no gey en lo que queda del mes de junio, el mes gey.

Esa es la parte "mala" ¡la parte buena es que en lugar de actualizar esto, publicaré otro mini-fic dedicado a una pareja bien enamorada y rete-bien gey! Al que adivine de qué pareja se trata le daré un beso UwU ... o un zape con la mano mojada... ya dependerá de cómo haya amanecido ese día.

Mientras tanto, estaré leyendo las reviews o las sugerencias que quieran dejarme.