Horas más tarde Denahi se despertó por Chema quien le sacudía el hombro.
-Denahi- susurró Chema mientras sacudía a su amigo -Denahi despierta.
Denahi parpadeó y se frotó los ojos, todavía adormilado por el vuelo y la emoción del día.
-¿Qué ocurre?- preguntó Denahi mientras bostezaba.
-Estamos por aterrizar.
-¿Enserio?
-Sí, mira por la ventana. Ya estamos descendiendo sobre Ciudad de México -respondió Chema, señalando hacia fuera.
Denahi se enderezó en su asiento y se asomó por la ventanilla. Vio las luces brillantes de la ciudad extendiéndose bajo ellos y sintió una oleada de emoción renovada.
-¡Wow! -exclamó Denahi, maravillado por la vista nocturna de la metrópolis mexicana.
-¿Estás listo para esto? -preguntó Chema con una sonrisa, contagiando su propia emoción.
Denahi asintió con entusiasmo.
-¡Totalmente listo! Gracias por despertarme, Chema.
Los dos amigos se ajustaron en sus asientos mientras el avión continuaba descendiendo gradualmente. Denahi miró por última vez por la ventana, absorbido por la magnitud de la ciudad que pronto explorarían juntos.
Con la promesa de nuevas aventuras y la emoción palpable en el aire, Denahi y Chema se prepararon para aterrizar en Ciudad de México, listos para comenzar su inolvidable viaje en tierras lejanas.
Una vez aterrizaron y salieron del avíon se dirijieron al hotel que habían reservado para pasar la noche. Lo primero que hicieron después de dejar sus maletas en la habitación, fue ir a cenar a un puesto de tacos. Eran eso de las nueve de la noche y el lugar estaba repleto de gente. Era la primera vez que Denahi probaba auténticos tacos que no fuesen texmex.
-Mira Denahi, estos son tacos, no chingaderas- dijo Chema para después darle una señora mordida a su taco de tripa.
Denahi, intrigado por la experiencia gastronómica completamente nueva para él, decidió capturar el momento y compartirlo con su familia en Alaska. Sacó su teléfono y marcó el número familiar que ya tenía memorizado. Después de unos tonos, su madre contestó con una sonrisa expectante.
-¡Hola, mamá! ¡Hola, todos! Estamos cenando tacos aquí en Ciudad de México. Mira lo que estamos comiendo -exclamó Denahi emocionado, sosteniendo su teléfono frente a la cámara para mostrar los tacos coloridos y sabrosos en el puesto.
Su madre y los demás miembros de la familia observaron con curiosidad y emoción.
-¡Wow, eso se ve delicioso, Denahi! -respondió su madre con una sonrisa cálida.
-¿Cómo son? Cuéntanos, hermano -dijo Sitka, el hermano mayor, interesado en cada detalle de la experiencia.
Denahi sonrió y comenzó a describir los diferentes tipos de tacos que estaban probando, desde los tradicionales al pastor hasta los más picantes de chorizo, mientras Chema asentía y agregaba comentarios entusiastas en el fondo.
-¡Definitivamente tienes que probarlos cuando vengas a visitarnos! -añadió Denahi con entusiasmo, sintiéndose feliz de compartir esta experiencia única con su familia.
Después de mostrar los deliciosos tacos a su familia en Alaska a través de una videollamada, Denahi y Chema continuaron disfrutando de su cena en el puesto de tacos en Ciudad de México. Entre risas y pláticas animadas, Kenai, su hermano menor, comenzó a hacer bromas sobre la valentía de Denahi para probar chiles picantes.
-¡Vamos, Denahi! ¿De veras eres lo suficientemente hombre como para comer un chile? -bromeó Kenai desde la pantalla del teléfono, causando risas en toda la familia.
Denahi, con una sonrisa desafiante, miró a Chema, quien levantó las cejas en advertencia.
-Denahi, no creo que sea una buena idea... Los chiles aquí pueden ser muy picantes -advirtió Chema, recordando las advertencias del taquero sobre la intensidad del picante local.
Pero Denahi, decidido a demostrar que no le temía a los chiles, ignoró las advertencias y se acercó al taquero con determinación.
-¿Tienes algún chile bien picoso? -preguntó alegremente, recibiendo una mirada de complicidad del taquero que asintió y le ofreció uno de los chiles más picantes que tenía.
Sin pensarlo dos veces, Denahi dio una enorme mordida al chile y rápidamente sintió el ardor intensificar en su boca. Comenzó a toser violentamente, con lágrimas brotando de sus ojos mientras intentaba contener el ardor.
-¡Ay, ay, ay! ¡Qué picante! -exclamó Denahi entre toses, buscando desesperadamente algo para calmar el fuego en su boca.
Chema, viendo la situación, no pudo contener la risa y empezó a reír a carcajadas, mientras el resto de la familia en Alaska también se unía a las risas por la pantalla.
-¡Ah pero el señor quería comer chile, hora se aguanta! -rió Chema, intentando consolar a su amigo mientras seguía riéndose.
Denahi, con el rostro enrojecido por el picante y las lágrimas aún en los ojos, finalmente logró tomar un poco de agua para aliviar el ardor.
-Ok, ok, admito que fue una mala idea -dijo Denahi entre risas forzadas, tratando de recuperar la compostura.
La familia en Alaska continuó riendo y bromeando con Denahi sobre su aventura con el chile picante, asegurándole que era parte de la experiencia mexicana y que ahora tendría una historia divertida para contar.
A partir de ese episodio, Denahi aprendió a escuchar las advertencias de Chema y a tomar con más cautela sus decisiones gastronómicas en su viaje por Ciudad de México, aunque el incidente con el chile picante sin duda proporcionó un momento memorable para todos, especialmente para su familia en Alaska que no paraba de reírse con él.
Después de unos minutos de conversación animada y risas, se despidieron con la promesa de compartir más sobre su viaje en los próximos días.
-Gracias por compartir esto con nosotros, Denahi. Nos alegra verte disfrutar -dijo su madre con cariño antes de que la llamada terminara con un intercambio de besos hacia la cámara.
Denahi guardó su teléfono con una sonrisa satisfecha y se concentró en saborear el resto de su cena con Chema, lleno de anticipación por las aventuras que les esperaban en Ciudad de México durante su estancia.
