"Celo"
.
.
.
.
Entierra las uñas en la piel. El sudor corre caliente y húmedo de las sienes hasta la espalda. Es una humareda que se cuela por la profundidad de sus poros abriéndolos cual vaporosas faldas de un volcán sacando humo, cenizas.
No hallaba una palabra para describir el tacto que se apoderaba de sus entrañas sin siquiera ser tocado.
Maldición.
Era una jodida molestia sentirse así. La sensación no se quitaba con nada. Absolutamente nada. Ni con la sed de beber, ni con el hambre de comer. Un dolor se abultaba en su vientre y ahogó un grito en la almohada. Patético. Su estado es patético. Palabras más, palabras menos. Ninguna describía cuán inútil se sentía retorciéndose entre las sábanas de su habitación.
Sus ojos rojos se entornan hacia los lados. Las cuatro paredes parecen aplastarlo, así como el sentir impreso en su cuerpo.
Han cerrado la puerta con seguro. Odia esta situación, pero sobretodo lo que le genera: vulnerabilidad. Odia saberse vulnerable, porque él es fuerte, deslumbra. Muestra orgullo y poder a otros, es un líder nato, no un hombre callando sus gemidos en la almohada. Se tienta en arrancar su intimidad, mas se desliga de esa tonta idea, pues dolerá hacerlo. Su instinto le dicta que busque cobijo en los brazos de alguien más, pero se niega a perder ante la turbulencia de sensaciones irracionales que conllevan ser un tipo de su 2do género.
Un estallido de calor lo aporrea desde adentro y una furiosa capa de sudor lo cubre. Se quita la playera sin mangas, abrumado.
Cada tres meses es lo mismo. ¡Con un carajo!. Se supone deber estar acostumbrado. «Debería» Se dice con una nota de reproche. No obstante, su orgullo no le permite encarar esta sensación, es decir, adaptarse a ella. Pero nunca lo ha hecho y ni quiere hacerlo. Ser vulnerable jamás ha sido de su agrado.
El repentino ruido externo lo hace saltar.
—J-jefe. ¿Puedo pasar? Le acabo de preparar el almuerzo. No es bueno que se salte las comidas—La voz insegura de su guardaespaldas entra en su interior. El pulso de su sangre aumenta, desencadenando otra oleada de calor que lo hace temblar. Gime en la almohada. Carajo. No debería de sentirse atraído a ese maldito pecoso ,que, en cuanto percibió el aroma intenso a caramelo desprenderse de su glándula no dudó en cubrirlo con su saco sin olor y cargarlo en su espalda por el camino de las escaleras de emergencia del edificio empresarial, del cual él es el jefe. —Jefe, por favor.
Esa nota de súplica. Joder, lo enciende más que cualquier otra cosa en ese momento. De no ser porque el pecoso no es Alfa lo sacaría a patadas de ahí, pero el bastardo es un Beta, y uno bastante decente y respetuoso con él; al punto de no tocarlo incluso en ese estado donde sus murallas se desnudan temporalmente.
Y se dice que no debería de sentirse atraído por un empleado, pero carajo, lo hace. Demonios que lo hace. Ha querido hundirse en sus enormes manos ásperas desde que lo protegió de ser visto por otros alfas en pleno apogeo de su celo los dos días anteriores a este. Es recién este capricho. Quiere convencerse bajo los gestos retorcidos de su cuerpo que es así, pese a saber bien que no es así.
Su pecoso guardaespaldas de bellos ojos verdes lo atrae demasiado incluso estando cuerdo y malhumorado.
—Si no quiere comer, le dejaré el estofado picante de cerdo en la puerta—Percibe su preocupación, la objetividad de su lenguaje para con él. Sólo con él. El sudor recorre su cuerpo, inunda sus zonas sensibles. Grita agarrándose de las sábanas con toda su fuerza. Las esquinas de sus ojos escuecen lágrimas dictaminando lo placentero que es oír su voz. Su maldita voz. —¡¿Katsuki?! ¡Jefe! ¿Está bien? Le pondré otra compresa fría en la frente, no se preocupe, no dejaré que usted sufra solo. ¡No me tardo!
—¡Deku!— Exclama. Se levanta de la cama pese a lo laxos que son sus movimientos. Agitado y abrumado, se abalanza a la puerta. Le urge verlo. Necesita verlo. Si Izuku oliera a algo sería a menta, a hogar, a cariño, y tal vez, a amor. Amor a él, quisiera decir, pero esas barreras aún no las ha derribado en los seis meses de conocer al pecoso de su empleado.
Remueve el seguro y abre. Su guardaespaldas está parado con la compresa fría. Fue rápido en traerla. Desde que éste lo protegió la primera vez de un altercado con su empresa rival y notó su deslumbrante velocidad para moverse, supo que debía contratarlo.
—¡J-jefe!—Chilla. Sus expresivos ojos verdes lo miran, no, lo contemplan. Son esferas brillantes de un valor incalculable, del que ni su empresa de aparatos tecnológicos puede ofrecer. —¿Qué hace parado? ¡No se pare! Causará más estragos para su cuerpo pararse.
—Cállate—Respinga. Inhala fuerte y exhala con el mismo mecanismo. El color rojo oscuro de sus mejillas se intensifica, esparciendo sus ramas por su nuca, sus orejas. Si Katsuki fuera un color, sería el rojo. Su empleado alza su mano a su frente, la fija en su sudorosa piel, la cual arde. Su temperatura sube de nivel, un gemido se atora en su garganta amenazando desesperadamente por escapar. Atisba el color abandonar las mejillas sonrosadas de Izuku, quien en un instante coloca la compresa fría en su frente tras remover su mano.
—¡Está ardiendo!—Sus ojos navegan a su cuerpo, lo escanean todo. Katsuki quiere pavonearse frente a él, mostrarle su torso desnudo bañado en humedad, la tersura de su piel, la lisura de su frescura, lo nívea que es su piel. Pero se aguanta. —Permítame llevarlo a la cama.
Si no fuera por que se tratara de su orgullo se lanzaría a sus brazos en un santiamén. Y sin oponer resistencia, Izuku colocó una de sus manos por su cintura y la otra en la prominencia de su nuca. El sumo cuidado de sus acciones lo hacían sentirse seguro, protegido. El calor ajeno rociaban una suave brisa colmarle la sed desconocida. El vacuo agujero de su abultado estómago se comprime ante tal presión y temperatura del otro.
Izuku lo recuesta sobre las sábanas mojadas en el filtrado sudor. Katsuki huele a caramelo, a sal. Y el bochorno decora el contorno de sus mejillas, resaltándolas. Rehuye la fija mirada de esos ojos verdes que saben leerlo mejor que él mismo. Sabe que su guardaespaldas realiza anotaciones constantemente sobre cómo protegerlo mejor y no fracasar en el intento. No le dirá que no necesita hacer esas estúpidas notas porque no quiere que cambie. Le gusta tal y como es. Torpe, afectuoso, preocupón, ruidoso, analítico, deslumbrante, especial ¿Quizás?. Katsuki no lo quiere definir.
—Estás sudando mucho…
—¿Qué esperabas de un celo, idiota?
—Creí que estabas mejorando.
—¿Te burlas de tu jefe?
—¡N-no es eso! ¡Y-yo jamás me burlaría de usted! ¡Usted es perfecto!
—Tsk.
—Lo digo en serio. Usted es perfecto en cualquier momento, usted siempre brilla. Irradia energía, fuerza. Es la imagen de la victoria para mi. Cómo podría burlarme de usted si lo admiro.
Escuchar esas palabras disparó una enarbolada sensación de ardor quemar sus entrañas y una ola de gemidos aflora de su garganta a borbotones. Esconde su rostro en la almohada para callarlos todos. No quiere que Izuku escuche lo que provoca en él. Sería demasiado para su orgullo, más de lo que ya está pisoteado por permitirse ser cuidado por el idiota pecoso.
Izuku es jodidamente denso. Es el único defecto que le encuentra. Si no fuera tan obtuso, estarían en el apogeo de su intimidad.
—¡Lo siento!
Katsuki rueda los ojos. Cuando el inútil no sabe qué hacer de algo o no sabe qué decir se disculpa.
—Debo dejarlo descansar. La comida se la dejaré en su mesita de noche. Por favor coma algo, aunque sea un bocado. Iré a recoger sus supresores, me hablaron de la agencia de omegas que habían llegado en la mañana. Cerraré su casa con llave, mientras usted descanse y no se preocupe por nada, que yo me encargaré de protegerlo lo mejor de mis habilidades. Confíe en mi.
El cuerpo de Katsuki tiembla. Por supuesto que confía en él, sino no le habría dado las llaves de su casa. ¡Joder! De su espacio personal, de su mismísima intimidad.
—Quién carajos confiaría en ti—Bufa, dedicándole una mirada. Ladea su cabeza agarrándose de la almohada apachurrada de los apretones de sus puños.
Una mano navega por sus cabellos rubios. Tiembla. No esperaba ser tocado, mucho menos acariciado por esos largos y ásperos dedos. Su corazón da un vuelco, y no es por el celo.
—No me tardo— Baja la voz.
Katsuki ve a través de sus contorneadas irises verdes. Son hermosos. Sus ojos, quiere decir. También la sonrisa que brota de sus labios iluminando su rostro salpicado de pecas.
Maldición.
No quiere que se vaya tan pronto, desea esa caricia en su cabello prolongadamente, desea su voz resonar en sus tímpanos, desea sus brazos envolver su cintura, apretarla, juguetear con sus caderas impacientes por su sabor. Desea tantas cosas pero quiere más formar parte del corazón de ese inútil. Sin embargo, desconoce cuánto ha ingresado en la vida del idiota teniendo en mente que es su jefe; un tipo que lo trae de un lugar a otro.
Lo atisba girarse en dirección a la puerta, en un instinto lo agarra del dobladillo de la camisa y exhala cansado.
—¿Jefe?
«Bésame, bastardo inútil»
—Más te vale no tardarte—Sale de sus labios.
El pecoso guardaespaldas se queda viéndolo un momento. Un brillo de realización nace en su mirada y asiente. Sale de su casa y lo sabe porque oye el ruido de las llaves cerrar la cerradura.
Katsuki suspira. De haber sabido que el inútil lo trataría tan bien, no habría cometido la estupidez de olvidarse de sus supresores a raíz de que inconscientemente anhelaba ser tomado en ese instante por Izuku, porque comprende que quizás no sea correspondido por la relación tan estricta que aún recae sobre ellos.
No obstante, él se encargaría de quitar todo eso a su paso pronto.
.
.
.
.
NOTA: Es mi primer omegaverse escrito. Espero que les guste.
Escrito por el cumpleaños de Katsuki.
