"El ser inmortal (nueva versión)"
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Cuando se está solo sabe lo grande y patético que es.
Cuando se está acompañado sabe lo pequeño e insignificante que es.
Al estar dentro del cuerpo de alguien se sumerge en una respiración tan profunda como electrizante. El interior cavernoso y oscuro lo envuelve, arropa su interior de una alegría indescriptible. Ver el otro cuerpo bajo él retorcerse de placer y gemir su nombre lo devuelve a una época que ya no le pertenece, sino es parte de un pasado vacuo.
Sume sus pupilas en las orbes rojas que lagrimean y se entregan a un color negro y blanco. Los orbiculares se tiñen de tono níveo, mientras sus temblorosas manos se aferran a su musculosa espalda y su frente sudorosa busca enterrarse en su pecho. Sus hebras doradas simulan los filos de unas cuchillas dobladas, efecto del sudor bañar su piel de cremosa textura.
Es su primera vez. Lleva meses saliendo con el chico, es idéntico a una visión experimentada en tiempos de guerra, cuando huía de las tropas y los conflictos del Japón feudal. Es una visión que tuvo en el momento en que su alma desolada por la soledad apareció mientras bebía una cerveza en las entrañas de la noche por allá de Inglaterra, pese a la suciedad y lo antihigiénicas que eran las costumbres, existían esas bebidas que consolaban el corazón abandonado por las ascuas de su condición.
La imagen del chico nació en un sitio recóndito de su cerebro. Ojos rojos, cabello rubio con tintes dorados al ser bañado por los rayos del sol, piel tan blanca como la nieve, dedos largos y finos, cintura pequeña, fuertes hombros que cargan con las dificultades de existir en carne y hueso en la tierra, actitud desafiante que disfraza la amabilidad que habita en su interior.
La imagen permaneció imborrable por siglos, tallada en su memoria. Intuía que ese chico lo sacaría de su propio infierno: le daría el descanso de su alma. Lo sabía ya que es cierto que puede tener visiones de las vidas pasadas de otros con el simple hecho de hacer contacto visual con una persona, o porque puede hacer cambiar el flujo de las estaciones con su estado de ánimo.
Si bien, se agarra de las caderas del chico, que tiene por nombre Katsuki Bakugo. Éste gimotea.
—¡Izuku!
Y es exactamente el mismo que apareció en su visión en aquel entonces. El chico con apenas 19 años lo conoció en el momento en que el sol está más alto en el cielo y sus rayos fungen de velas calentando la brisa marina, atrayendo a los visitantes a recostarse sobre la cálida arena y cambiar los tonos de sus pieles a voluntad y entendió que el chico era el portador para liberarlo de su sufrimiento. Sin embargo, no contempló que con el tiempo de convivencia con la intención de ganarse al muchacho y así le sacaría la espada atravesada en su pecho—el preludio de su castigo— terminando con sus días de inmortal, acabaría por sentir una inmensa atracción por Katsuki, resultando esto en que el muchacho cediera a sus acercamientos torpes y nada sutiles, diciendo que su misma torpeza fue el detonante para gustar de él.
El gran cuerpo que se aferra a él no deja de extasiarlo. Es una sustancia que se inmiscuye bajo su piel y se apodera de ella.
No supo cómo duró tantos siglos sin estar en el yugo de su presencia, de beber de su piel, su cuerpo, su aroma, el sudor que emana de sus manos. Pero sabe que vivió lo suficiente para poder decantarse de su esencia. Entierra sus dedos en las hebras de su cabello y el chico lo abraza con una innegable ternura.
Katsuki… él, lo hipnotiza, lo embelesa. Le fascina verlo, olerlo, sentirlo, oírlo.
Él haría lo que sea para protegerlo, para hacerle ver lo mucho que significa para él. Le diría que lo tiene como marca endeble en el cuerpo cual tatuaje perforando su dermis. Le diría que le hizo entender que la inmortalidad tiene sus defectos, sus límites; no es perfecta. La inmortalidad posee ventajas, entre ellas el no tenerle miedo a las enfermedades, o en que el dolor es cosa pasajera, pues se cura solo y rápido, o que puede cruzar otros lugares sin moverse de donde está.
Sin embargo, no puede envejecer a lado de Katsuki, sino que éste envejecerá por su cuenta. Él, en cambio, vivirá con el aspecto de un treintañero, la edad que tenía al morir a causa de su propia espada.
Abraza a Katsuki sujeto a su interior cálido y acogedor, sintiéndolo estremecer. En reacción, sus piernas lo envuelven de las caderas, sus cuerpos se fusionan juntos.
—Izuku…—Jadea. Su frente empapada de sudor, sus ojos bañados de lágrimas. —Izuku, por favor.
—Descuida, Katsuki— Asegura en tono conciliador. Acomoda una mano en las raíces de su cabello, apegando su cabeza contra su pecho. Siente el calor de su aliento penetrarlo. —Aquí estoy.
—Cállate—Gruñe. Sus uñas se encajan en su espalda, duramente. Exhala débilmente. —Izuku…
—Me gustas, Katsuki— Suelta. El chico se estremece al oírlo. Está seguro que lo ha hecho ruborizar. —Me gustas mucho.
—Me gustas más— Replica desafiante.
Sonríe. Katsuki nunca deja de ser competitivo, incluso en esta situación. El chico no deja de sorprenderle, de tomarlo bajo guardia y hacer que su corazón se apriete en un nudo de sensaciones prácticamente indescriptibles. Es hermoso lo que siente por él. Es todo lo que no puede decir ni sabe decir, es lo que lo mueve a actuar, a comportarse como un idiota porque se muere por abrazarlo, por aferrarse a su fe y no soltarlo.
—Te quiero—Musita, encomiando sus palabras.
Katsuki se tensa.
—Idiota—Maldice bajo su aliento. Su entero cuerpo se contrae deliciosamente y él continúa perpetuando más en Katsuki. Se introyecta en las cavernas de su interior. El chico gime, se retuerce. Llegan al pico de la montaña y ve las estrellas, las constelaciones, los cielos salpicados de esas orbes rojizas que lo miran a él, sólo él. Oye todo lejos, el sonido, los ruidos, se desvanecen en las premisas del abismo que toca y se adentra tanto que detenerse es imposible.
Se aferra del cuerpo de Katsuki y muerde su cuello. Lo siente estremecer, lo abraza de regreso sin indicio de zafarse. El chico repite su nombre repetidas veces con el aliento descontrolado, la voz apretada. Nunca lo ha escuchado así. Su voz la compara con el sonido de le tempestad, o de las inclemencias del tiempo, como cuando surge una lluvia torrencial que se lleva todo a su paso.
Cae sobre el pecho del chico y exhala pesado.
—Oi, quítate— Se queja Katsuki. —Pesas mucho.
—Lo siento— Remueve sus rizos empañados en su frente con el antebrazo. Alza la cabeza, atisba las mejillas rojo oscuro encendidas remarcando sus afiladas facciones, su aliento aletea aún rasgado, sus labios hinchados, el sudor bañando cada kilómetro de su piel, sus ojos cristalinos refulgiendo. Lo contempla sumido en un trance hipnótico. Acaricia con la yema de los dedos sus mejillas. Arden con el delineado de su tacto. Puede perderse en el mar tempestuoso de sus ojos, en la lluvia de su piel, en la ventisca de sus dedos encajar como una sola pieza, en la nevada que le deja su ausencia cuando no está con él.
Se inclina a él y besa sus labios hinchados. Lo siente cansado, pero mantiene las fuerzas para besarlo. Sus labios se mueven sobre sí, bailan entre ellos empezando por un vals, avanzando a un crescendo donde el contacto perpetuaba en mordidas y alientos chocando, alineados por el compás de sus movimientos hechos vapor de sus sentimientos desmembrados.
Se separa de sus labios y besa su frente, sabiéndose observado por el ceño fruncido del chico. Se recuesta a su lado, pasa su brazo alrededor de su diminuta cintura. Sus cuerpos se enredan entre brazos y piernas.
Katsuki le permite tocarlo de esta manera, lo cual es un logro, puesto a que el rubio detesta el contacto humano. Ha sido un notorio avance ser dejado por él para tocarlo, para llegar a él en maneras en que la piel no alcanza a penetrar.
Quiere preguntarle «¿Cómo te sientes?» Pero Katsuki odia que se preocupen por él, debido a que lo toma a que lo ven inferior. Con el poco tiempo de conocerlo entendió que el chico tiene un extraño complejo de inferioridad disfrazado por el complejo contrario. Es su camuflaje. Es su zona de confort. No le puede reprochar su camuflaje, pues él también tiene uno para protegerlo.
—¿Comemos después de esto?—Se anima a preguntarle.
—¿Quién carajos comería ahora?— Gruñe con voz débil aunque iracunda.
—¿Quieres descansar?
Katsuki hace un sonido de queja gutural, ladea la cabeza a verlo.
—Mañana te vas a tu viaje de negocios. No podemos estar holgazaneando, idiota. Sobretodo tú.
El calor de su felicidad se esfuma cual nubes de vapor. La lentitud de los segundos se trastorna, consumiéndose rápidamente. Es ver su camuflaje desnudarse en las palabras del otro. Es separarse de la carne para ser hueso; un hueso que se convierte en polvo.
—Sí, tienes razón—Concuerda triste.
—Oi, ¿Qué te pasa? Acabamos de hacer algo importante y pareces disgustado. ¿Acaso quieres más? ¿No fue suficiente?
—Fue más que suficiente—Exhala con todo el aire salirse de su cuerpo de piedra. Encomia su otra mano en su mejilla, la sostiene con fuerza. —Sólo con estar a tu lado me siento vivo.
Katsuki esboza una mueca.
—Jódete, nerd de mierda.
Sin embargo, no lo rechaza. Le sonríe al chico. Es lo único que puede hacer teniendo las cartas en su contra por su inmortalidad. Le ha inventado toda una historia a Katsuki de que es un empresario laborando en una empresa de productos higiénicos, y se esforzó por hacerlo lo más creíble posible, dado que el rubio era un individuo sumamente perceptivo y observador, lo que conllevaba a que el teatro de su vida de empresario se apegara a ese precepto. No prescinde de que pronto el rubio encontrará las brechas de su historia y poco a poco irá completando el lienzo dude su farsa.
Ha hablado con los cielos, les ha suplicado de rodillas poderle ahorra el sufrimiento a Katsuki de tener el deber de hacer su alma descansar en paz, cuando no quiere descansar pero los cielos no le contestan, ni siquiera lo oyen. No entienden que él no quiere desaparecer. Quiere envejecer junto a Katsuki, sostener sus manos en el momento en que estén rugosas y sus huesos salidos con osteoporosis o sus articulaciones con artrosis. Lo que sea, no importa. Él quiere esa vida con él, pues no soportaría dejarlo, sabiendo que se olvidaría de él en cuanto se evaporara de la tierra.
Apega el cuerpo de Katsuki enterrando los pliegues de sus miembros en su cuerpo. Perder contacto con él ahora es insoportable.
Empieza a llover afuera. Últimamente ha llovido en Tokio, pese a no ser temporada de lluvias. Pero el ser inmortal se encuentra embargado por una profunda tristeza.
Ha vivido la mejor noche de su vida mas el recordatorio que esta corta luna de miel debe acabarse tanto para Katsuki como para él le produce desaliento.
—Katsuki—Pronuncia por inercia. Está tan acostumbrado a llamarlo, incluso en su ausencia. Lleva tallado su nombre.
El chico no le responde. Voltea. Está dormitando.
Sonríe melancólico.
«Tienes 19 años no tienes que estar con alguien como yo. Alguien que tiene 800 años, alguien que no hará más que traerte desgracias» Piensa. «Usa esa dotada inteligencia que me hizo enamorarme de ti y huye. Ve con otro que pueda tener una vida a tu lado, con otro que pueda envejecer contigo y pueda darte lo que yo no puedo darte»
La lluvia derrama las lágrimas que la sequía de sus ojos no florecen.
Cuando se está solo sabe lo grande y patético que es.
Cuando se está acompañado sabe lo pequeño es insignificante que es.
Sale disparado rumbo al baño de su prolija habitación. Atisba su rostro juvenil desde el espejo, quien refleja a viva voz su castigo. La espada atravesada en su pecho cuelga de él sin pos de darle tregua. Dentro de lo que cabe se ve ligeramente feliz, puesto a que hay tristezas que no se ven, sino se esconden.
Entiende con verse que debe decirle la verdad a Katsuki y ahorrarle el disgusto de descubrirlo todo por su cuenta. Es lo único que puede lograr antes que su peor temor se haga realidad.
Perderlo.
Haría todo, todo por verlo sonreír, en las pocas ocasiones en que lo hace.
Regresa a su habitación con ese pensamiento flotando en su cerebro, reafirmándolo al volver a ver la inmaculada imagen de su pareja durmiendo en su cama, bajo el cobijo de sus sábanas, sabiendo lo que hicieron esa noche.
La lluvia se ha intensificado. Intenta sonreír pero falla terriblemente en ello. Se acuesta a su lado sin quitarle la vista de encima ni por un segundo. Este y los miles de momentos que pasa junto a él lo despega de su atención. Katsuki tiene toda su atención. No es ni siquiera su otra mitad, es parte de él.
Lo abraza.
En la mañana siguiente le dirá lo que es si es que le alcanza el tiempo para decírselo o si el chico lo descubre antes.
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NOTA: Pensaba en reinventar o más bien, reescribir la historia de "El ser inmortal" la cual no he actualizado en meses, pues no supe continuarla y me disgustó el rumbo que tomó. Lo plasmé en un one-shot demostrando el tipo de fic que sería en caso de animarme a reinventarlo todo incluso las características de la trama y en sí, el conflicto de la historia, así como la relación de Katsuki e Izuku.
Me gustaría saber sus opiniones respecto a la cuestión de la modificación de mi fic.
