"La leyenda del solitario hombre del agua (2)"

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El sol se estrella en las colinas de sus párpados. Gruñe desde el fondo de su garganta. Estira la mano al otro lado de la cama, las sábanas están heladas.

Frunce el ceño.

—Deku—Articula.

No hay respuesta.

Katsuki se mueve en derredor de la cama, desperezándose. La modorra de sus movimientos acompasa el lento bostezar que deviene en su conducta.

Abre los ojos. El polvo del polen persiste en forma de cristales adornando la luz amarilla de la mañana. Se quita la capa de sábanas que rodea su cuerpo, su torso desnudo fruto de los roces de la noche anterior, los cuales no culminaron en la unión total de sus cuerpos, sino parcial. Más que nada porque Izuku no quiso avanzar más dado que aún no estaban casados.

«Pretextos» quiso decir Katsuki, pero él igual estaba aterrado ante la idea de entregarse completamente a Izuku siendo apenas un adolescente de diecisiete que cumplía los dieciocho en menos de dos días.

Sin embargo, no se encontraba en sus planes remover la idea como agua oxigenada de su piel así como así.

Tener las manos de Izuku sobre su cuerpo ha sido la cosa más maravillosa del mundo.

Quita las sábanas, estirando las extremidades de sus brazos.

De seguro, Izuku está trabajando. La primavera estaba rebosando en vegetación gracias a las lluvias que hizo caer en el invierno, mas en cambio, no cesaba de laborar para que la lluvia llegara a otras regiones donde escaseaba su presencia.

Ve tirada su playera negra sin mangas al costado de la cama. Sus mejillas se ruborizan al recordar cómo Izuku la quitó y después de hacerlo besó la piel de su costado, haciéndolo temblar. Sus labios se abrieron a la par que los de Izuku se estrellaron en los suyos tras acariciar la tersura de su dermis de par en par, sin reparos, sin escatimar.

La adoración adornando los ojos luminosos su prometido lo estremecieron.

La vergüenza se vertió en su rostro, quien empañado deslumbró la tez rojiza de sus mejillas, los cuales Izuku besaba mientras su mano navegaba en partes insólitas de su cuerpo haciéndolo gemir.

Tras colocarse la playera, no puede imaginarse cómo es que sus amigos reaccionarían si lo vieran en ese estado. A Kirishima no le importaría, al contrario estaría feliz de verlo. Kaminari, por otro lado, se reiría de su situación, sin contar con la maña de Mina y Sero que segundean las risas de Kaminari y viceversa.

Por suerte, no está con ellos, sino en su habitación. Sus ojos se entornan hacia el tapiz que Izuku le colocó. Los dragones danzar, los colores fusionarse, la alusión de las gotas de agua formar un camino entre el bañado de ambos animales emparejarse.

Siente, por un segundo, que esos son Izuku y él.

No sabe por qué, pero tiene la sensación que es así, que no pudiera ser de otra manera.

Aparece la sombra de una sonrisa en sus labios.

Se dirige a la terraza que da con la entrada de la cabaña, compuesta por unos barandales robustos hechos de troncos de madera dándole una apariencia acre. En parte, la razón de su construcción fue tener un lugar donde alojarlo cada verano que viniera, puesto a que las otras esposas de Izuku no se daban su tiempo de conocer al dios del agua, limitándose solamente en su bello físico y no en su personalidad. Maravillosa, además de eso, un complemento a la suya.

La cabaña la hizo Izuku en el primer verano que pasó a su lado. Es más que su segunda casa, contando la de sus padres y la de Yuuei.

Sin embargo, la paz de esta casa es la mejor, la que más le gusta.

Atisba los mechones verdes de Izuku revolotear a unos cuantos pasos de las escaleras iniciales de la cabaña. Katsuki se encamina hacia él, mas se detiene al notar que no estaba solo. Conversaba a lo que parecía ser un hombre de capucha púrpura. A Katsuki se le acelera el corazón, su mente deja de hilvanar pensamientos elocuentes, preso de una noción aledaña en el cariz de la mañana.

Inconscientemente, sus extremidades se sacudían furiosas, el color de su tez érase níveo. Los recuerdos lo asaltaban de cuando fue atacado por éste, el dolor del brazo, la sensación de casi sentir sus huesos romperse, el hombre mostrar repudio por Izuku, Izuku transformado en dragón.

Esas cosas se acumularon en él, removiendo la pletórica emoción reinando su humor.

De pronto, percibe la cabeza del hombre con la capucha subir.

Resuena una sonora carcajada. Su voz suena dura, flemática.

—Veo que tu prometido está aquí.

Izuku voltea en dirección de donde la cabeza del hombre está situada. El horror pronto sucumbe en sus facciones.

—Kacchan—Lo dice en un suspiro evaporado por el aire ventoso. En cuanto vocea su apodo, el hombre ya está en el espacio personal de Katsuki, sosteniendo su mejilla con un dedo largo y huesudo.

El aliento frío se cuela por su piel.

—Sigue siendo un inútil que no puede defenderse— Su voz cruje con un sonar de miles de pájaros chillar; y, pese a ser dura acaricia el terciopelo.

Katsuki quería golpearlo. Quiere golpearlo.

El dedo se desliza por la forma de su pómulo, el frío de su toque no es el mismo de Izuku. No se siente igual. Lo repudia.

Percibe un brazo detener su movimiento. Es el de Izuku.

Katsuki lo mira.

—Ni se te ocurra tocarlo.

El dedo deja de acariciarlo, lo cual agradeció no experimentar más el tacto de un sujeto del que no conoce.

Ve la quijada de Izuku apretada. Sus ojos verdes eclipsados por una ráfaga de oscuridad. Es raro verlo enfadarse o mostrar enojo ante algo, dado que su estado de ánimo solía ser positivo, rebosando en efusiva alegría.

—No es mi culpa que tengas un prometido tan estúpido como este—El hombre lo señala despectivamente; a eso, Katsuki se exalta.

—¡Oi!

—Además que ni siquiera te devolverá a tus mejores días. No te dará lo que necesitas—Muestra sus dientes. La dentadura es descuidada, con los dientes ligeramente amarillos, con un agujero en la muela.

—Cállate, bastardo— Katsuki saca chispas de sus palmas, ante la negativa de Izuku de mostrar su poder.

—Tu no le puedes dar lo que él necesita—Arremete. —Izuku es un dios mediocre, nacido de una leyenda, que para empezar si no hubiera sido pasada de boca en boca, no existiría. El propósito de casarse con un humano es que no pierda la continuidad de su mísera existencia, que su leyenda no perezca. Tu como un mero humano no puedes darle eso, porque no veo en tus ojos el deseo de dejar todo para estar con él—Katsuki frunce el gesto amenazante.

—No sigas…— Suplica Izuku.

—¿Estás dispuesto a dejar todo para irte con él al final del pozo?

—Eso no te incumbe.

—Me incumbe porque yo también soy un dios, idiota.

Katsuki aprieta los labios, sin dejar de soltar chispas de las palmas. Izuku suelta el brazo del hombre, de quien desconoce su nombre, su intención de estar ahí, el por qué está haciéndole esos interrogatorios.

Frunce aún más el ceño.

—dios, ¿De qué?

Izuku le dirige una mirada preocupada, de ello que Katsuki le devuelve la mirada con un «no te preocupes, yo me encargo», que no pareció mermar las mortificaciones ocultas de su prometido, quien en su defensa, se colocó justo a su lado dándole la apariencia de protegerlo.

Pero qué es lo que no entiende Katsuki. El hombre le aterra, sí, casi acaba con él cuando era un niñato, mas eso no es motivo para no defender su relación. O para detenerse en un recuerdo.

—De la guerra. Soy el dios de la guerra.

Katsuki lo escudriña. La ausencia de un rostro en concreto lo desconcierta aún más de a cómo lo tenía designado en sus recuerdos. Mantiene esa facha de imperturbabilidad en su semblante, pese a la creciente angustia que le genera oír su voz o que este sujeto intentó matarlo, asimismo originando su aparente odio por Izuku.

Sin embargo, le regresa la mirada de desafío a este dios con la intención de confrontar uno de los temores que nadie sabe de él. De los temores que hacen su voz salir trémula, y no por el deleite de las caricias de Izuku en su cuerpo (constando en dos cosas que no le puede decir a Izuku con palabras).

—Suficiente— Le dice Izuku en un tono que desconoce.

Katsuki lo mira, notando que el rostro de su prometido está tan pétreo que parece estar echo de piedra, el pigmento de su cuerpo mutando de blanco a matices de negro, tapando las facciones infantiles, difuminando la gentileza que caracteriza la expresión inocente de su rostro. ¿Este hombre desligándose de su humanidad es, en toda la extensión, su prometido?

Katsuki se congela.

«¿I-Izuku?»

—Nine, vete de aquí. Deja de molestar a Katsuki.

El aludido flashea una sonrisa ensombrecida por el efecto de la capa.

—Bien—Carcajea forzadamente. —Dejaré en paz a tu prometido que no puede abandonar su vida para estar contigo. Al que es el inicio de tu fin.

Inconscientemente, Katsuki se sitúa ligeramente detrás de la mitad de la espalda de Izuku, puesto a que quería ver lo que acontecía del intercambio de ambos dioses.

Un gruñido nace de la garganta de su prometido.

—Katsuki puede hacer lo que quiere, decidir lo que quiere. Si él no quiere estar conmigo, no lo detendré. Lo quiero lo suficiente para dejarlo ir si es necesario. Mis poderes, mi leyenda, no me importa. No me importa nada— Izuku extiende el brazo y acoge a Katsuki de la cintura. —Haré lo que sea por él. Morir si es necesario.

Esto desata una alarma en el cerebro de Katsuki, quien reacciona de inmediato y se interpone entre Izuku y el dios de la guerra, Nine, mostrando las chispas amenazantes de sus manos.

—¡¿Kacchan?!

—No renunciaré a mi sueño de ser un héroe, idiota—Dice gruñendo. —Pero tampoco dejaré a Izuku. Y él va a vivir—Asegura.

—Kacchan…— Izuku suspira asombrado.

Katsuki recarga su espalda en el pecho de Izuku,

—No permitiré que te metas, imbécil.

No iba a permitir que su provocación sacara lo mejor de él, permitiría que las cosas terminaran así. En un incompleto saco vacío por resaltar el hecho de no renunciar a su sueño ni a Izuku. Él no se merecía el sufrimiento de siglos de soledad. Esa verdad exacerbaba sus sentimientos que no mostraba con facilidad a surgir al desnudo ahí mismo.

El dios de la guerra carcajeó.

—Veo que ya no eres el mismo cobarde de hace 14 años—Katsuki frunció el ceño. —Estás dispuesto a defender a un dios inútil, a decidir casarte con él e incluso— Se inclinó a la altura de su cuello. Katsuki se crispó. —A oler a él.

—Qué te importa—Lo empuja con la palma a punto de mandar una explosión en su vientre, pero conteniéndose. No estallará a menos que diga más falsedades de su prometido.

Sintió unas manos con garras sobre sus hombros. Eran las de Izuku. Exudaba un aliento pesado, caliente y profundo.

—No hagas nada— Le susurró al oído, lo suficientemente claro para que entendiera la inflexión de su tono autoritario.

Pero Katsuki quiere demostrarle que no tiene miedo, pese a estar temblando por dentro ante semejante dios aterrador. Quiere hacerle saber a ese dios de la guerra que él no es ningún cobarde, que ya se ha enfrentado a villanos, que ha hecho pasantías en las mejores agencias de héroes y es de los mejores alumnos de Yuuei. Katsuki es talentoso, con una particularidad poderosa, un físico que muchos de su generación quisieran tener, una actitud tan temeraria como la suya.

Si Katsuki es el paquete completo. Qué ocurrencias de decirle que no haga nada, cuando Katsuki quiere hacer de todo. Es joven, quiere hacer muchas cosas. Tiene toda la energía, la disposición, el carácter, la voluntad inquebrantable.

Katsuki bufa.

Izuku debería confiar más en él.

Sin embargo, acata su petición, debido a que las garras de Izuku crecían en tamaño, así como en fuerza. Cortaría su cuerpo de tajo si moviera un solo dedo, por lo que tuvo cuidado de separarse de él y caminar de regreso a la cabaña, cabreado, sacando humo.

El sentimiento de su pasado se cimbró dentro de su estómago, burbujeando. Tal como en aquel entonces. Tal como se sintió cuando no pudo protegerse a sí mismo.


Katsuki sale por la puerta trasera de la cabaña. Una cama de flores yacen esparcidas en el jardín. Toma una fuerte inhalación, absorbiendo la dulce fragancia de los lirios y exhala tras retener el aire. Su cuerpo inmediatamente se relaja, sus músculos se destensan, sus hombros se bajan, sus piernas se mueven a un ritmo menos acelerado y su mente se sitúa en un mejor lugar.

Sin embargo, no puede borrar la sensación de no serle útil a Izuku. De hecho, ahora que lo piensa concienzudamente, Izuku no le permite hacer nada relacionado a su trabajo de dios, más que enseñarle las bases de ello, incluso tiene mayores conocimientos provenientes de la diosa del bosque, Chiyo. Una diosa con la cual Izuku labora en conjunto, de estatura pequeña, pelo gris remangado en una coleta de caballo, ropas tradicionales de colores pasteles más sutiles que los oscuros de Izuku, rasgos arrugados de una persona de edad avanzada, pero con una energía sorprendente.

Exhala frustrado. Se supone que es el prometido del dios del agua, no de la diosa del bosque. Katsuki quiere serle de ayuda a Izuku, no una carga.

Anoche cimentaron las bases del cambio de su relación, mas aún no parecía verse visiblemente el cambio. Y eso lo entristece.

El propósito de su estadía es tomar las tareas de un dios del agua, además de pasar más tiempo con Izuku que con la anciana Chiyo, aunque con la segunda en sí no detestaba su compañía, al contrario, ella le enseñó un sinfín de remedios caseros que ni el mismo Izuku tiene conocimiento de ello.

Da unos pasos lejos de la cama de flores. El aroma de la cama de lirios (regalo echo por Chiyo el día de su compromiso) le sienta de maravilla. Le había dicho que los lirios representaban su esencia de alguna manera, al igual que la gentileza característica de su apariencia, dado que ella le dice a menudo que su rostro es hermoso.

Se dirige al sembradío que Chiyo y él hicieron el verano pasado, puesto a que el que habían hecho cuando era un niño y perduró hasta el año pasado fue destruido por el capricho del dios del fuego, quien incendió el sembradío en desacuerdo con su unión (por la razón de no querer que un dios con una leyenda tan insignificante contraiga matrimonio con un humano) con el dios del agua, ganándose la tristeza del mismo, quien ha mantenido distancias con éste desde entonces.

Katsuki no le importó tanto que un dios tan mediocre como ese se atreviera a quemar su sembradío, que con tanto esmero y cuidado preservó, porque sabía que podía volverlo a construir. Y, en efecto, el sembradío tarde que temprano dio frutos, sacándole una sonrisa depredadora de satisfacción.

En tiempos de primavera la manzanilla estará en su mejor momento, por lo cual arrancaría las flores para secarlas bajo los rayos incandescentes del sol y hacer un preservado de manzanilla para té medicinal; asimismo aplicando las primeras lecciones aprendidas con Chiyo, cuando Izuku se encargaba de hacer caer lluvia en la región Okutama.

Mientras se estaba por hincar, una mano se situó en su hombro. Se giró, topándose con el dios de la guerra. Sus piernas temblaron asustadizas, sus cejas denotaban su semblante alerta.

—¿Qué quieres?—Escupió en tono retador.

¿Que no Izuku se había quedado con él?¿Dónde está?

—No eres el indicado para casarte con el dios del agua— Manifestó contundente. Katsuki frunció el ceño. —Ser un héroe en tu mundo y ser el sacrificio del dios del agua es una tarea imposible.

—Eso no te incumbe, imbécil.

—Además, Izuku no te puede proteger. No está aquí. Se fue a traer agua cerca de mi región— Su dedo sube a su pómulo, mandándole sensaciones nerviosas e incómodas sobre su piel. Se tensa. Sin pudor, lo empuja con una explosión de su mano derecha. El dios se aparta unos cuantos metros colocando sus brazos de escudo en su vientre, en tanto Katsuki se pone en posición defensiva.

—¡No me toques, hombre asqueroso!

Nine sonríe, emulando un aire retorcido.

—Asqueroso oler a Izuku.

Es entonces que a Katsuki se le desbordó la poca paciencia que le quedaba. Lanzó una explosión tratando de condensar la impacto y así no dañar su siembra. Nine, al ver su ataque, lo bloqueó con su antebrazo.

—Da lastima que ese patético dios tiene que depender de un humano para no perecer—Burla grotescamente.

Katsuki grita molesto y lanza una exasperada explosión con su otra mano al mismo tiempo propulsándose con la misma que hizo la explosión condensada. Voló a una velocidad alta, asimismo aterrizando una contundente explosión en el rostro, antes de darle oportunidad de colocar sus brazos para protegerse. Dio una pirueta hacia adelante e impactaron sus pies en el campo con las rodillas flexionadas y las piernas separadas, su mano en el pasto amortiguando su caída y la otra con una explosión girando en su palma rápidamente.

El dios de la guerra se gira, encarándolo. Sin un rasguño en el cuerpo, ni una sola herida proveniente de sus ataques. Katsuki lo escanea ocultando su asombro, pero en vano. Sus ojos lo traicionan enseguida, denotando su desconcierto. Eran sus buenos ataques cuando no usaba su traje, y por maldita mala suerte no se lo trajo, dado que no lo necesitaba ahí.

Se maldijo por dentro a causa de su torpeza. No ha comido en horas, aún está cansado por la caminata de varios kilómetros para llegar a la colina, el desgaste de ser sincero con Izuku lo dejó exhausto. Sabe que está en desventaja, pero no dejará que eso le cobre factura.

Respiró hondo y se calmó.

—No vengo a pelear, Katsuki— Irrumpe su voz la turbada quietud rodeándolos. Katsuki lo ve con ojos achispados, tenso por oírlo decir su nombre. —Vengo a hacerte un ofrecimiento.

—No lo quiero— Rechaza.

Nine suelta una ligera carcajada. La sangre le hierve en la cabeza. Cómo le quiere cerrar la boca a ese infame idiota para que no la vuelva a abrir nunca.

—Sigues siendo ingenuo, Katsuki Bakugo— Éste lo ve directo a los ojos y en un segundo, está tirado en el suelo con la espalda en el pasto y un brazo con garras aplastando su pecho. Suelta un jadeo a causa de la impresión. ¿En qué momento se descuidó? Sostiene con ambas manos la garra escamada teñida de negro. Chispas gestan de sus palmas dispuesto a explotarlo en pedazos. —No seas tan impulsivo, niño.

—¡Cállate!— Ladra.

Las escamas se sacudieron en un movimiento de aleteo cobrando un color plomizo. Asevera que jugó con la buena voluntad de Izuku para sacarlo del partido y tenerlo a él desprotegido. Pero Katsuki puede defenderse. Es el futuro héroe número uno, no puede dejarse intimidar por Nine.

—Tu incapacidad para preservar la existencia de Izuku es lo que te hace inútil.

Katsuki gruñe sonoro.

—No renunciarás a tu vida en la tierra por irte a vivir al pozo. Por eso vine a hacerte un ofrecimiento en nombre de su unión.

—¡No quiero nada de ti! ¡Suéltame!—Lanza una explosión a su cara, luego otra y luego otra. Sin parar. Al ver que no surtía efecto, gruñe exasperado. —¡Carajo, suéltame!— Su poder siempre lo libraba de los demás, incluso de los villanos e Izuku cuando se acercaba mucho y sus nervios lo traicionaban.

Nine afianzó el agarre, sacándole un grito enfadado cargado de impotencia y desesperación cimbrado.

—Escúchame bien— Alzó la voz, tomando las piernas de Katsuki con una naciente garra saliendo de su hombro y apretándolas con una fuerza descomunal. Podía sentir sus músculos partirse al unísono. Estos dioses y su maldito poder. Katsuki apretó los dientes para ahorrarle el gusto de hacerle saber cuánto le dolía. —Si sigues luchando te romperé los huesos—Apretó el agarre de sus piernas y las jaló de sus caderas casi arrancándoselas. Katsuki no pudo contener el dolor y gritó. Se tapó con su mano y cerró los ojos con fuerza. —¡Abre los ojos!—Ordenó, pero Katsuki se rehusó. No quería mirarlo. —Te los arrancaré si no los abres.

—No me importa— Alegó sin remover su mano.

—Escucharás mi ofrecimiento quieras o no—Jaló sus piernas con la misma potencia que la anterior. A esto, Katsuki ojiabierto, se retorció sacudiendo la cabeza con la mano enterrada en su boca. —Así está mejor— Dijo en señal de que su acción dio fruto. Katsuki respiraba acelerado, tratando estúpidamente de calmarse y contener las emociones asentadas en su garganta. —Lo que vine a proponerte es romper tu lazo de generaciones con el dios del agua— Katsuki, ojiabierto, dejó escapar su sorpresa.

—¿Hah?

¿Qué dijo?

—Si rompes los lazos que tienes con él por generaciones, no tendrás que renunciar a tu sueño de ser un héroe. Los lazos que te conectan al dios del agua no te permiten tener la libertad de unirte a él con tus propias condiciones—La expresión de Katsuki ha aumentado su perplejidad. —Piénsalo, Katsuki. Un dios con mi poder tiene la habilidad de romper un lazo generacional que ni siquiera Chiyo puede hacer. Soy el dios de la guerra—Ríe pretencioso. —Puedo hacer lo que quiero. Puedo mover masas de personas a desencadenar una guerra de años, destruir arreglos de dioses con humanos.

—¿Por qué me ofreces esto?— Interrogó tras remover la mano de su boca. La presión de su agarra había disminuido considerablemente, pero rehusándose a soltarlo.

—Porque sé que quieres a Izuku y él a ti. Si te casas con Izuku tendrás que vivir con él y no ver a nadie de tus conocidos, pero morirás eventualmente, porque el dios del agua no es humano. Él no puede morir o envejecer. Si rompes el lazo generacional, el dios del agua podrá ser humano al perder gran parte de su poder.

—¿Qué?

«¿Que Izuku pierda parte de su poder? Ser dios del agua es lo único que ha hecho por siglos, es lo único que sabe hacer»

—No puedo aceptar eso.

—¿Quieres dejar a Izuku solo?

Katsuki tragó saliva. Su falta de respuesta dijo más que su boca podría hacer en esas circunstancias.

—Si tu mueres, Izuku se quedará solo y si se queda solo tendrá que casarse con otra persona, otro Bakugo.

—¿Qué ganarías tu con esto?

—Eso significa que no quieres ver a Izuku con alguien más.

Su mueca de molestia lo expuso.

—Mi ofrecimiento por su compromiso es innegable—Declara. —Ambos se quieren, pero es imposible que estén juntos. Si el lazo se rompe podrás estar con él, incluso envejecer a su lado. Izuku no podrá estar con nadie más, no tendrá la necesidad de unirse a otra persona. No obtendría nada a cambio más que la dicha de no soportar a Izuku dejando mi zona en sequía. Otro dios del agua podría llenar mis acueductos de agua.

Katsuki lo miró con desconfianza.

—No tengo intenciones de lastimarlos, Katsuki. Si soy violento es porque mi naturaleza así lo requiere. Pero no busco nada de ustedes, no me son beneficiosos en absoluto. Si rehusas mi propuesta, les mandarás a mi y a los otros dioses (a Izuku también) el mensaje que tu amor por el dios del agua es insuficiente. ¿O es que acaso eres tan cobarde para no hacer nada por él?

Esa pregunta encendió un interruptor en él.

—¡No soy un cobarde!—Se sacudió de su agarre. —Te demostraré que no lo soy.

—¿Aceptarás mi oferta?

—Con un demonio que sí lo haré. ¡El dios del agua es mío!

Nine soltó sus garras de él, liberándolo. Un amago de sonrisa decoraba su vacío rostro cubierto por la capa.

—Bien, sí aceptas mi ofrecimiento.

Katsuki asintió.

—A cambio no le digas nada a Izuku—Apuntó. —Que sea una sorpresa—Katsuki frunció el ceño, pero asintió. Nine dio la vuelta y se giró a mirarlo. —Que bueno que aceptaste—Y desapareció.

Katsuki suspiró, esbozando una mueca de molestia.

Se sentía agotado por el intercambio, mas se sentó en la hierba fresca y se permitió a sí mismo descansar antes de retomar lo que iba a hacer.

El sentimiento de incomodidad rumiaba por su interior aun cuando cree que renunciar a aquello que lo ataba a Izuku de forma cruel debido al sacrificio de renuncia a su vida como héroe, a su familia y amigos, la cual lo detenía de unirse plenamente a Izuku.

Con trabajos quiso comprometerse a él, consiguiendo asimismo que Izuku no tuviera la opción de emparejarse con otro Bakugo que le siguiera en descendencia; algo que Katsuki no permitiría que ocurriera bajo su mando.

Al cabo de unas horas, Izuku volvió. Lucía visiblemente agotado, mas en cuanto atisbó su figura terminando de arrancar las hojas secas de unos tomates. Al verlo, Katsuki dejó de hacer lo que hacía y miró a su prometido con sorna.

—¿Terminaste inútil?

Izuku sonrió.

—Te extrañé.

Katsuki le dio la espalda, dirigiendo su atención a su plantío de tomates, porque seguramente su rostro tiene el mismo color.

Espera que Izuku se siente a frente al cultivo, pero se ve sorprendido por unos brazos rodeando su cintura por atrás. Su corazón latió acelerado, dando vuelcos.

—¡Oi! ¿Qué haces?— Dice con fingido enojo.

No obstante, el tacto le genera dolor en la zona donde el dios de la guerra lo hirió. Sin poderlo evitar, suelta un quejido tapado por sus labios apretados. Si Izuku no lo conociera tan bien, hubiera pasado esa aparentemente insignificante acción de lado y lo abrazaría más, pero al percibirlo lo suelta y lo ve con el entrecejo fruncido.

—Kacchan, ¿Qué ocurre?

—No es nada.

Se agacha y arranca un par de hojas secas con su mano y las deposita en la canasta.

Izuku frunce todavía más el entrecejo. Sus ojos lo escanean, desnudándolo. Katsuki muerde el labio inferior. Izuku no soltará el tema.

—Kacchan.

—¡No es nada, Deku!

Izuku lo agarra de la cintura y Katsuki se crispa del dolor. El maldito dios lo lastimó demasiado para ocultarlo.

—Eso no fue nada.

—Suéltame, idiota.

Le da un manotazo a Izuku.

—Kacchan—Presiona.

—¡Déjame, Deku!

Izuku suelta un sonido que denota que no le cree. A veces odia que sea tan persistente.

Katsuki baja la cabeza, otorgándole a su prometido una vista de su espalda, sin dejarle ver su cara, mas al hacerlo, no notó el momento en que la mano de Izuku navegó en el inicio de su playera y la subió a la altura de los pectorales; asimismo exponiendo el daño de su cuerpo.

Katsuki suelta un jadeo con los ojos bien abiertos.

—¡Deku…!

Izuku inhala perplejo. Sus orbes verdes absorben la gran marca de una garra perforada del color de un hematoma en su impecable piel blanca y lisa.

Con la gota gorda, empuja a Izuku, regresando su playera a su lugar. Resopla una advertencia de «¡No me toques!» Y se marcha fastidiado. No obstante, la marcha no le dura ni diez metros, pues Izuku lo atrapa con su mano por la muñeca y lo gira. Verde se encuentra con rojo en un intervalo de menos de un segundo, en el cual Izuku lo toma de las caderas, y presiona sus dedos en la masa de sus miembros, causándole mayores estragos en cuanto al dolor que perpetúo. Arqueó la cabeza hacia atrás, tensando los músculos de su cuerpo.

—Deku…suelta.

Izuku le indica que guarde silencio con el sonido de sus labios en un mohín expulsando el aire.

—Guarda silencio, Kacchan. Te voy a curar.

—No me pidas que me calle.

Los dedos de Izuku se entierran en sus caderas y lentamente suben a su pecho, tocando sus pectorales, su abdomen. Katsuki llevaba la cabeza a los lados, apretando los dientes evitando que sonidos enrarecidos salieran de su boca. El dolor que sentía poco a poco se transformaba en algo sumamente placentero.

No supo en qué instante el sentimiento cambió, ni en qué instante las cosas se movieron de lugar tan radicalmente que sus sentimientos vuelan, sus pensamientos cuelgan en un péndulo, su corazón hace vuelcos que revolotean desde el fondo de su estómago hasta la garganta. Es una locura. Se dice. Es una locura de la buena, en el mejor sentido.

A Katsuki esto le molestaba en un principio, no obstante con los años comenzó a aceptarlo.

Su respiración salió vaporosa de sus labios húmedos, sus mejillas se tiñeron de rojo, sus ojos lagrimeaban en las esquinas de la comisura, sus manos temblaban producto de las vibraciones originadas de su interior.

—Listo— Oyó a Izuku anunciarle, removiendo sus manos de sus caderas.

Le tomó unos segundos procesar que estaba siendo observado por el dios con una clara expresión de confusión.

—Hum, ¿Kacchan? ¿Hay alguna otra parte que tienes lesionada?

—¿Hah? No—Reaccionó apresurado. El rubor de sus mejillas delatando su propio disfrute.

—¿Fue Nine?

Katsuki emitió un estremecimiento en la columna vertebral.

—No es lo que crees. No soy tan débil—Alegó.

—Entonces, sí fue él—Murmuró éste.

—¡No hagas nada, Deku!—Negó alarmado.

—No dije que haría nada. Sólo quería saber si fue él. Ahora sé que fue él—Afirmó.

—Deku—Pronunció con un quejido. Que Izuku se enterara de la estupidez que hizo al acceder a la idea de romper definitivamente sus lazos generacionales con el dios desataría una reacción que podría causar una falla en su relación.

Sin embargo, esos ojos verdes lo miraron intensos.

—Kacchan—Articuló. El rubio se tensó y asintió. No tenía idea de qué haría su prometido. —Ve a bañarte—Indicó.

—¿Hah?—Exclamó.

—Ve a bañarte—Repitió. —Tengo una sorpresa para ti dentro de la cabaña. Pero para eso, necesito que te pongas lo que te dejé en el baño.

—¿Qué me dejaste?

—Tendrás que ir para que lo veas—Sonrió.

—Deku, odio las sorpresas.

—Yo sé, pero esta es especial. Hoy es tu cumpleaños.

Katsuki lo miró con una expresión en blanco. Cierto, por ese motivo fue que se dio la oportunidad de ir antes a verlo. ¡Por su cumpleaños!

—¿Lo olvidaste?

—No lo olvidé.

—No pensé que te fueras a olvidar de tu cumpleaños, Kacchan.

—Quién dijo que lo hice—Refunfuñó.

—Tu cara—Obvió sonriendo ampliamente.

—¿Qué hay con mi cara, estúpido?

—Es hermosa.

Ruborizado a más no poder, partió en dirección al baño por las cascadas al norte de la cabaña por medio kilómetro con el cuerpo entero ardiendo. Cómo se le ocurre decirle eso. Izuku no le habla así, lo cual lo descontrola, lo pone más en cautela que ir tras un villano al acecho. Izuku le produce más nervios que el trabajo de héroe, mismo que no lo pone nervioso, al contrario, le aumenta la adrenalina al máximo. Lo emociona. En cambio, la emoción que le provoca Izuku es distinta. Es electrizante, implícita, no tiene hora de llegada ni de salida, no tiene tiempo, ni estructura.

Es por eso que cuando se han llegado a decir las cosas directamente es un manojo de nervios por dentro, pese a que por fuera quiere mantener una apariencia imperturbable.

Llega a la cascada madre. Le llaman madre porque es donde el pozo al que Izuku reside se origina de la montaña el pico explosivo, nombre que el mismo Izuku le puso en honor a su primera novia y su personalidad que, en palabras de Izuku es «la explosividad de los Bakugo» siendo esto el tributo dado a ella y a los demás Bakugo que le acontecieron.

La cascada se extiende por kilómetros, ramificándose en veredas estrechas adyacentes a la suya propia. Esa porción de la cascada, Izuku la desvió al construir una regadera para él, ya que las anteriores esposas de Izuku no tuvieron la oportunidad de vivir con él fuera del pozo.

Por otro lado, al llegar nota que hay unas prendas y un jabón de color lavanda descansando en el lugar donde pone su champú y jabón y ropa cuando viene. Las prendas que dejó Izuku son las mismas que se ponen en los ryokanes, por lo que se ruboriza.

¿Acaso Izuku planea darle un festejo de cumpleaños tipo ryokan? Hay mayores probabilidades de desnudarse más rápidamente que con prendas del siglo XXI.

¿Acaso Izuku se quiere acostar con él, asimismo saltándose las supuestas etapas que menciona deben pasar antes de la concepción del matrimonio?

Su rostro se puso tan rojo que tintes de distintos tonos de rojo cincelaron su piel. ¿Desde cuándo pensaba de esa manera respecto al dios del agua?

Es culpa de Izuku por volverlo de ese modo. Por hacerlo verse como un idiota enamorado, de esos que sus compañeras hablan en los dormitorios cuando tienen la tarde libre y ven la televisión con órdenes estrictas de Iida de no pasarse del toque de queda, sino Aizawa los castigaría.

Katsuki pasaba de largo aquello, yendo sólo a la cocina a prepararse su cena y regresarse a su dormitorio para dormirse a las ocho y media.

No obstante, notó que el jabón de color lavanda era en efecto, echo de lavanda luego de llevárselo a la nariz e inhalar el aroma. Se desvistió en la intemperie, ya que el baño era al aire libre. Caía una diminuta cascada del orificio creado por Izuku para que cayera agua y así él pudiera bañarse; además contaba con una especie de alberca de 4 pies de profundidad con el agua helada con la intención de bañarse en los días calientes.

Ahora que lo meditaba, Izuku le regalaba muchas cosas. Si él tenía una necesidad o una queja con respecto a lo que había en el bosque o si no le gustaba algo de la cabaña, Izuku corría y lo arreglaba. En cambio, él no hacía nada por suplir alguna queja del dios, limitándose a solamente reclamarle por su falta de atención a sus necesidades afectivas.

Suspiró.

En verdad no era un buen prometido. Su enorme orgullo le impedía realizar cosas que cualquier persona enamorada pudiera hacer con mayor facilidad y precisión que él. Sin embargo, su determinación por demostrar sus sentimientos lo movían a borrar la insolencia del pasado.

Se metió en la ducha y enjuagó su cuerpo con el jabón de lavanda. Aún no entendía por qué Izuku le dio un jabón con ese aroma, pero no cuestionaba tanto el mensaje entrelíneas hasta no haber hablado con él y haber aclarado su intención.

El Katsuki de antes hubiera guardado silencio y optado por otra ruta para sacar la información, pero el Katsuki de ahora mejoró sus habilidades de comunicación; asimismo agarrando la ruta más sana y segura.

El jabón olía increíble. Humedecía perfectamente bien su piel, dejándola aceitosa, a su vez de humectada. Esclareció y aumentó el tono blanquecino del pigmento natural de su piel.

Salió de la ducha, se secó con la toalla y se vistió en las batas utilizadas en el ryokan. Se dirigió de regreso a la cabaña donde notó habían unas velas encendidas en la entrada, lo cual lo desconcertó un poco, no obstante, guardó la calma y avanzó a paso lento. El calor crepitaba a partir del primer escalón que pasó con sigilo. Subió el otro y atisbó un camino de velas cilíndricas lo llevaban adentro.

La piel se le hizo gallina.

No conocía este lado de Izuku.

Sin embargo, no se quejaba por ese lado suyo; al contrario, le gustaba. Se sentía seguro, protegido.

—Deku, ya estoy aquí—Dijo tras entrar a la primera habitación que era una pequeña sala donde habían unas sillas de madera, una alfombra roja con tonalidades anaranjadas y unos marcos de dragones en las esquinas con colas largas y delgadas. Las marcas del dios del agua invadían la cabaña desde su construcción; un detalle que siempre le ha fascinado, pero jamás se atrevió a decirle a Izuku porque su orgullo estaba de por medio. —Deku. Deku. Oi, Deku. Responde.

Avanzó por el siguiente cuarto que era la cocina que, igual, Izuku la hizo para que él pudiera preparar sus comidas, ya que para los dioses no necesitaban alimentos humanos, pero podían comerlos por mero gusto si así lo quisieran. No era una regla para ellos ingerir algo de origen humano, así como de origen animal y vegetal. Eran raras las veces que veía a Izuku comer y cuando lo veía era cuando él preparaba picnics en las tardes calurosas de julio.

La cocina tenía un estilo arquitectónico de la época romana, poseyendo un aire fusionado con el Japón del siglo XX.

Traspasó esa habitación, molesto de no encontrarlo. Lo llamó varias veces pero el silencio era su única respuesta.

Estuvo tentado en recurrir a su poder para mover los muebles, mas se detuvo cuando el camino de velas se finalizó y una mesa rectangular de madera finamente pulida con comida japonesa tradicional sacada del mismísimo ryokan.

Parpadeó consternado con semejante festín y encima de ello, atisbó a Izuku sentado en un lado de la mesa, aguardándolo con esa deslumbrante sonrisa que lo vuelve un idiota.

—Deku, ¿Qué es esto?

A Izuku le surgió un enorme sonrojo en las mejillas, en seguida llevándose su mano detrás de la nuca en señal de nerviosismo.

—Es tu sorpresa. No, corrección—Carraspeó. —Es tu regalo sorpresa de cumpleaños.

—No me refiero a eso. Me refiero ¿A qué es es todo esto? Tu no harías algo como…— Calló.

Izuku frunció una ceja, mirándolo quieto. El sonrojo aún visible en su rostro.

—Quisiste decir que yo no haría como esto si vivo aislado de los humanos—Adivinó. Al ver a Katsuki bajar la cabeza en gesto avergonzado, añadió—: Como sabes, Chiyo tiene más energía espiritual que yo—Katsuki asintió. —Así que cuando tus padres me dijeron que vendrías a pasar tu cumpleaños conmigo, no sabía qué hacer ni qué darte de regalo o qué era lo que les gusta a los jóvenes de tu generación, de tu siglo, así que le pedí si podía acercarse a un asentamiento humano e investigar qué podía darte de regalo. Ella encontró un sitio turístico, o eso fue lo que me dijo, es algo que escapa mis conocimientos, honestamente, donde había a lo que ustedes llaman revistas, leyó una de parejas y vio la recomendación de llevar a tu pareja a un ryokan— Izuku bajó un poco la mirada hacia sus manos jugueteando. —Como has de saber, yo no puedo ir directamente a un asentamiento humano a menos que me invoquen. Una manera de hacerlo es mediante el amuleto que te di. Me puedes traer a donde sea que estés con sólo desearlo. Pero volviendo al tema— Se alarmó con su anterior divagación, y regresó a su semblante nervioso. —Mi intención es que quería hacer algo romántico por ti, Kacchan. Sorprenderte, demostrarte como tu dijiste anoche que eres mi prometido. Y lo eres. No dudes de que lo eres, a pesar de que estés ligado a mi por el lazo generacional, yo te escogí a ti.

Dicho esto, Katsuki ruborizó furiosamente mientras apretaba los dientes. El mensaje recibido lo llevó a entender el valor de los sentimientos de Izuku, quien en su lugar, lo observaba sin mantener la calma.

Con una diminuta sonrisa, se acercó al otro lado de la mesa y se sentó. Oía los nervios escaparse del cuerpo de Izuku, mas sólo se limitó a decirle—: Comprendo. Ahora comamos.

Izuku se le quedó mirando desconcertado, pero terminó cediendo a su sugerencia y comió. Tras terminar gran parte de la cena, mayormente porque Katsuki se llenó. Tomó un vaso de agua y le dio un gran sorbo.

Vio a Izuku bajar el plato de arroz y depositar los palillos a un lado. Dirigió esos bellos ojos verdes a él, y él se tensó.

—Tus heridas—Dijo de pronto. —¿Están bien?

«Ah, era eso» Katsuki desvió la mirada hacia abajo. No sabía qué esperaba de esa actitud, mas esperaba algo mejor. Está usando nada más que una simple bata e Izuku también.

Asintió con un gruñido denotando su molestia (y notoria decepción).

—No quería que este día se viera arruinado a causa de un recuerdo. Sin embargo, Nine no me deja opción para dejar pasar lo que ocasionó al querer atacarte aquella vez y ahora. Esto lo debes saber como serás mi esposo—Katsuki guardó silencio, indicando que tenía su atención. —La historia que se te fue contada es que los dioses provenimos de historias pasadas de boca en boca por parte de los humanos, pero la historia de Nine es distinta. Antes existía un dios de la guerra nacido de las leyendas con un inmenso poder que era capaz guerras de un distinto nivel; el nivel de durar décadas sin terminar, sin embargo, el dios de la guerra era un ser débil de corazón, a menudo enamorándose de quien cual humano fuera amable con él o lo suficientemente efusivo en sus demostraciones de afecto y admiración por su figura, se veía fácilmente influido por los halagos. Lo hacía tan frecuente que entre nosotros le decían «la mariposa» porque iba de flor en flor(aludiendo a sus conquistas). Pero un día un humano con cabello blanco y largo fue a su templo donde pidió que se le diera más poder con la intención de destruir su pueblo natal. El dios no aceptó la petición al principio, pero el carisma, el encanto natural de ese hombre de cutis tallado por la más celestial porcelana, conquistó al dios, y subsecuentemente, cedió a su petición— Izuku meció su cabeza como rememorando. —Si bien, se escucha un poco alocado que un dios le dé poderes a los humanos por caer a sus encantos sabiendo que no lo tenemos permitido, pero así fue cómo se dieron las cosas—Katsuki hizo ademán con su gesto atento que continuara, a lo que Izuku con una gentil sonrisa acató—: Lo que pasa cuando un dios le otorgue un poder es igual a entregarle parte de tu poder como una deidad, por lo tanto, esa parte de ti se queda en él también. El trato es irrompible, a menos que el humano fallezca, asimismo regresándole sus poderes prestados. Pero como el dios de la guerra estaba tan enamorado de dicho humano, en la batalla que se dio entre los dos en orden de recuperar su poder, el dios decidió darle la ventaja pese a su inacabable energía espiritual. Esto está estipulado, Kacchan. Pelearse hasta matarse. El dios de la guerra perdió la batalla y Nine fue quien tomó su lugar— Izuku juntó sus manos, entrelazadas. —Nine es un humano. No pertenece ahí. Los poderes que le gustan se los roba, es una realidad. Las heridas de garras sobre tu cuerpo—Los ojos de Izuku navegaron en dirección a su pecho donde esa garra lo lastimó. —El dios de la guerra no tenía la capacidad de transformarse en un dragón. Ese poder se lo quitó al dios de la niebla del mismo modo que el de la guerra. Ahora quiero el mío. Las razones no las sé, aun cuando le dejé en claro que no caería por sus encantos, intentó acercarse a ti para usarte como medio para amenazarme y así quedarse con mi poder.

—¿Qué?

Katsuki sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo. El lazo generacional, el ofrecimiento.

—Pero déjame decirte que no voy a permitir que te vuelva a poner una mano encima. Ya lo hice dos veces, no permitiré que vuelva a pasar.

Izuku extendió su mano del otro lado de la mesa y agarró su mano, que suprimía los temblores que lo invadían rotundamente.

—Te protegeré y te cuidaré siempre, me aseguraré de que nunca te falte nada. Te quiero.

Apretó su mano con una pasión exacerbada en sus ojos encendidos cual llamarada. Katsuki pudo experimentar una quemazón en su interior.

—No eres el único idiota que quiere proteger—Externó con la voz cortada. —No eres el único que quiere cuidar, ni que algo falte ni que…—Calló.

—Kacchan—Suspiró con los ojos llorosos.

De pronto, Izuku se levantó y en cuanto menos lo pensó, lo acarició suavemente de los brazos, mientras sus ojos no dejaban de observarse fijamente. Sus labios se unieron a los suyos, encontrándose.

Izuku fijó sus manos en sus hombros y empujó de él, recostando su espalda en el suelo tapizado. Su pulso latía acelerado, su mente avanzaba a velocidades de un trueno.

Sus labios se movieron sobre los suyos a un ritmo lento, del que pronto se tornó errático, apasionado. No sabía qué pensar, ni cómo actuar. Su mente era un mar de estrellas fugaces cayendo cual cometas del cielo.

Izuku bajó sus manos hacia el cinturón de la bata y las desabrochó.

—Hueles fantástico— Lo oyó murmurar entre sus labios.

Ruborizado, Katsuki lo besaba, su vergüenza se incrementaba a medida que los dedos de Izuku recorrían su piel con un temblor que se le contagiaba. Su corazón yermo de sus caricias, se retorcía y arqueaba en resonancia a sus movimientos, su ritmo, su calidez, su compás.

—Te quiero— Se separó y besó sus mejillas.

Katsuki abrió los párpados y se encontró con esos ojos que le encantaban. Esos ojos que lo enamoraron con los años ve verlos diluirse en verlo.

Izuku se alejó unos centímetros a ver su cuerpo. Sus pupilas se dilataron viendo su torso desnudo al ras de su atención, quien con el transcurrir de los segundos se tornaban en una admiración torrencial.

Katsuki apartó la mirada, avergonzado. Cómo le podía decir esas cosas, mismas que lo hacen sonrojar. Cómo osaba hacer de su interior un tumulto de sensaciones.

Izuku colocó la yema de sus dedos en su pectoral, bajando por su abdomen, pasando por su vientre, deslizándose a su cadera, hundiendo sus dedos en su piel.

—Eres hermoso—Dijo.

—Cállate—Masculló con la voz áspera.

—No tengas vergüenza.

—No la tengo.

—Así me gustas. Eres hermoso. Todo de ti lo es. No hay nada que no me guste.

—Deja de decir estupideces.

Izuku volvió a besar sus labios, los cuales se fundieron en unísono. Katsuki se abrazó de él de su cintura, respirando aceleradamente del aroma viniendo de su piel. Los nervios que experimentó momentos antes se disolvían a medida que se perpetuaban las caricias mientras se tocaban. Los dedos de Izuku presionaban los pliegues de su piel, moviendo los músculos de su espalda, su abdomen, su vientre, sus caderas, envolviendo a Katsuki en una sensación placentera.

Izuku presionó duro las extremidades de sus caderas y gimió. Abochornado, llevó una mano a tapar su boca con un gesto tembloroso, denotando la represión de sus emociones.

—No tengas vergüenza, Kacchan.

—Carajo, que no la tengo— Gruñó.

—No huyas, Kacchan.

—No huyo— Izuku besó el origen de su hombro y su garganta hormigueó que brotaron de sus labios un suave gemido acariciando la espesura del aire que ni su mano pudo tapar.

—Izuku…— Sus ojos se humedecieron volviéndose vidriosos. No sabía que ser tocado por él ocasionaría que fuera un desastre bajo su cuerpo.

Sus nervios se acumularon en la verja de sus terminaciones siendo sensibles a las caricias de su prometido; con quien se siente cómodo, querido.

Las formas huecas de los huesos de las manos de Izuku son echas para llenar su pieza faltante. Lo complementa mejor que cualquiera de las personas que ha conocido.

No puede separarse de él.

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NOTA: Esta es la 2da parte de la historia del capítulo anterior. Pensaba que tenía pinta para un fic por separado.