22. Lado-C

Tema: Abrasivo

Esto no es suficiente.

Poco se sentía hoy en día. El progreso que habría asombrado a Madeline y la habría llenado de orgullo hace un año o dos ahora sólo mitigaba una sensación de molestia en una larga lista de tareas pendientes por hacer.

Se mantuvo cercana e íntima a esa lista. Si bien puede que no fuera la razón por la que Madeline se arrastrara fuera de la cama—como la mayoría de las personas—era más bien la razón por la que no consideraba ni cavilaba una oscura línea de pensamiento.

Sólo un paso en falso al borde de este acantilado y las afiladas rocas rosadas en el fondo del pozo.

Y ella...sólo...

…cayendo…

Si la mayoría de la gente no se atrevería a etiquetar esa mentalidad como suicida, lo harían con sus esfuerzos actuales.

Era un círculo vicioso, además de eso.

Mientras se esforzaba por salir de su zona de confort, mucho más allá de lo que la mayoría de la gente escupiría, "sugeriría" o incluso concebiría, encontró, no el que era su verdadero potencial, sino el potencial que se había comprometido a tener.

Así, logró lo que creyó que debería haber logrado desde el principio.

Si regresaba a ese estado mental, el que permitió que ocurriera su fracaso, sólo podría saber que se estaba quedando atrás de su potencial.

El equilibrio no funcionaba para Madeline. No era algo que pudiera aspirar o conformarse con ello.

Por un lado, Si había algo que su vida era, era vacía. Un agujero negro autónomo y autoconstruido donde nada entraba y nada salía. Como congelado en el tiempo, donde los días se mezclaban y la diferencia entre ayer, hoy y mañana perdía todo propósito y significado.

Una vida donde su muerte no importaría.

Por otro lado…

Hela aquí.

Había una paradoja en todo esto, pero Madeline estaba demasiado absorta con la sensación de adrenalina y sangre que ardía en su cuerpo para que le preocupara. Todo escalaba a pasos agigantados por la montaña. Cada paso va acompañado de una exhalación larga y pesada. El sudor chocaba y se limpiaba con las fuertes brisas de aire, ayudándola y obstaculizando a Madeline de vez en cuando.

La ayuda de Badeline habría sido muy apreciada, sin duda, pero esta vez no había aparecido desde que puso un pie en la montaña.

Theo se negó a venir a la montaña este año, diciendo que tenía que cuidar de su hermana y su madre, pero le regaló su bufanda amarilla para poder acompañarla en espíritu.

Granny permaneció tan críptica como siempre, si no con una actitud más directa. Al contrario de los dos primeros, ella había aparecido en la subida de Madeline, sin importar cuánto había mejorado y qué tan rápido ahora Madeline subía la montaña, siendo perfectamente capaz de seguirle el ritmo.

Nunca entendió cómo, y ese día no iba a ser el día en que descifrara el misterio, pues ya la estaba encontrando en su camino, justo debajo de un árbol estrecho y delgado pero robusto de hojas rosas, cerca de la misma cima, esperándola pacientemente con ese enigmático sonrisa.

"Es difícil creer que se acabó, ¿no?" Ella había preguntado. A Madeline no le gustó esa pregunta. No le gustó nada un poco.

"Es curioso cómo nos apegamos al sufrimiento. Prométeme que te cuidarás, ¿Okay?"

Había muchas cosas que Madeline quería decir.

No necesito que te preocupes. ¿Qué quieres decir? ¿O qué? ¿Qué crees que he estado haciendo todo este tiempo? Cállate. Suspiro. No decir nada en absoluto. Ignorarla. Mentir.

Decir no.

Había tantas cosas que Madeline quería gritar.

Sin embargo, ella solo tarareó apresuradamente mientras continuó su camino. Cada vez que Madeline se acercaba a la cima, finalmente se permitía reducir la velocidad. Sentir el sudor frío en su cara. El entumecimiento de sus extremidades, el ardor de sus pulmones. Sólo para dejar ir todas esas sensaciones una vez que se dejaba caer al suelo en el último eslabón de piedra.

Esta vez, sin embargo, solo se detuvo, ya que casi saltó al borde, solo porque literalmente no había ningún otro lugar adonde ir. A pesar de que sabía lo que vendría, se sintió…decepcionada.

Se sentó entre la nieve, no por la necesidad de descansar o por el deseo de disfrutar de la vista por la que la gente mataría y moriría. Apretó los puños sobre la nieve hasta que esta se escurrió entre sus dedos, cuando quedó poco en su agarre, lo arrojó al vacío y se tumbó boca arriba.

Madeline permaneció en esa posición hasta que se calmó. Cuando se dio cuenta de que había hecho precisamente eso, el cielo ya se había vuelto de un color púrpura mucho más oscuro. Ella no lo pensó mucho y abrió su mochila.

Sacó dos piedras pequeñas y dos crayones. Uno rojo y otro morado. Al ver este último, Madeline miró hacia atrás, por costumbre.

El camino por el que venía seguía desierto.

Madeline resopló. Volvió a las piedras y los crayones y pintó la inicial de su nombre y la de Badeline en ellos, agregándolas a una pila muy pequeña que constaba de tres piedras, cada una con las mismas letras escritas sobre ellas y de los mismos colores.

El amargo sentimiento de soledad ardía en su pecho, pero en lugar de dejar que la invadiera y la debilitara, lo abrazó.

Había comenzado este viaje sola hace mucho tiempo.

Seguir adelante sola no era otra cosa más que apropiado.