Recomendación musical: Train - Brick and Mortar.

El viento soplaba con fuerza, despeinándolos un poco durante el trayecto. El ocaso se cernía sobre el cielo, iluminándolos con colores cálidos que a medida de que pasaba el tiempo se oscurecían.

Naruto sonrió ligeramente mientras contemplaba el atardecer. Sostenía la mano de su hijo, con gran firmeza y entusiasmo, quien también compartía su emoción ante tan drástico cambio. Boruto siempre había sido un libro fácil de leer; sus gesticulaciones hablaban mucho antes de que su lengua se moviera. Por más que quisiera, no podría mentir sobre su verdadero estado anímico.

Lo mismo era para él. Aquella sonrisa no engañaba a nadie; su mirada tenía algo de vacío en ella. ¿La causa? La sabían todos de sobra: Sasuke Uchiha. No es que hubiera hecho algo malo. En realidad, no hizo nada, y eso fue peor que cualquier metida de pata.

La indiferencia del pelinegro se prolongó durante varios días. Una vez que Naruto fue dado de alta del hospital y consiguió resolver sus asuntos legales (como tramitar el divorcio y pedir la custodia de su hijo con la ayuda de Temari), el Uchiha se mantuvo en completo silencio. Intercambiaban mensajes de vez en cuando, pero sólo charlaban sobre trivialidades. La propuesta que Naruto le planteó jamás fue respondida, así que el rubio lo entendió como una forma sutil de rechazarla. Claramente no insistió en ello.

—Come tus vegetales y deja de ser tan maleducado, pequeño rufián —Karin regañaba a Boruto mientras tiraba de su oreja de forma juguetona—. ¡En donde me entere que le causas problemas a tu padre te irás a vivir conmigo, ¿oíste?!

El aludido asintió con la cabeza, evidentemente disgustado ante la idea. Detestaba lo estricta y escalofriante que era su tía, por lo que no solía objetar cuando ésta le ordenaba que hiciera algo. Gracias a la reacción del más joven, los primos Uzumaki se echaron a reír.

—Sé que no quieres volver a esta horrorosa ciudad, pero si algún día lo haces... Recuerda que en mi mesa siempre habrá un plato para ti —mencionó la pelirroja, tomándolo de los hombros mientras unas cuantas lágrimas rodaban por sus mejillas—. Cuídate, Naruto.

Los Uzumaki compartieron un efusivo abrazo. Si bien era cierto que hacía un tiempo ya no vivían bajo el mismo techo, cuando menos podían visitarse de vez en cuando o encontrarse por mera casualidad en cualquier sitio. Extrañaría tenerlo cerca. Después de todo, él era la única familia biológica que le quedaba.

Una vez que la pelirroja secó sus lágrimas, Shikamaru y Temari se aproximaron a él, así como Shikadai lo hizo con Boruto.

—Que tengan un buen viaje —les deseó la rubia mientras le extendía una pequeña caja que parecía contener diversos panes—. Para el camino —sonrió con sinceridad. Sin duda alguna, quien más agradecía el gesto era Boruto.

—Hermano... —pese a no ser alguien muy expresivo, el semblante del pelinegro amenazaba con quebrarse en cualquier momento. Sin previo aviso, Shikamaru haló del antebrazo al rubio y lo envolvió en un fuerte abrazo. A nadie le sorprendió que estuviera llorando.

—Entonces... ¿Te volveremos a ver algún día? —cuestionó Shikadai, con ambas manos metidas en sus bolsillos.

—Idiota, la mitad de tu familia vive en Suna —respondió Boruto.

—Lo sé, pero aún así no viajamos frecuentemente para allá. Además, lo decía por Inojin... —suspiró con cansancio—. Ah, cierto... —el pelinegro rebuscó algo en su bolsillo, hasta que finalmente logró encontrarlo y se lo entregó al rubio—. Es un regalo de parte de Inojin y mío. Él quería estar aquí, pero ya sabes...

El rubio sostuvo el obsequio. No era más que un simple pedazo de papel doblado despreocupadamente en cuatro partes casi iguales. Lo examinó rápidamente, percatándose de que éste contenía un dibujo que claramente fue elaborado por el Yamanaka. Al girarlo, reparó en un escrito que delataba la caligrafía del Nara. Un grandioso trabajo en equipo, en su opinión.

—A veces eras un completo inepto y nos sacabas de quicio, sobre todo cuando empezaste a relacionarte con ese imbécil de Iwabee y ese montón de bravucones, pero...

La frase del Nara quedó suspendida en el aire. Sin pensarlo, el rubio se abalanzó contra él y lo abrazó como nunca había hecho. El pelinegro abrió los ojos con desmesura, incrédulo ante lo que era partícipe. En el pasado, el Uzumaki habría tachado aquella conducta como algo «innecesario» o «de maricas». Quizá... Finalmente estaba cambiando.

—¡Apresúrate, Denki! ¡Llegaremos tarde! —le presionó Metal Lee.

El nombrado ni siquiera tuvo la oportunidad de replicar, puesto que Kawaki lo cargó inmediatamente. Al cabo de unos minutos, los menores lograron alcanzar a despedirse de los Uzumaki. Metal Lee y Denki gritaban eufóricos el nombre del rubio menor, mientras Kawaki se aproximaba a su profesor y le hacía saber lo mucho que le haría falta. De cierta forma, Naruto fue una figura paterna para él.

Tras despedirse de las personas que se tomaron la molestia de acompañarlos, recogieron sus pertenencias e ingresaron al andén. El Uzumaki menor soltó un fuerte resoplido que parecía indicar su nerviosismo. Esto no pasó desapercibido para su padre, quien revolvió juguetonamente el cabello del pequeño. Acto seguido, le dedicó una sonrisa sincera que el menor interpretó como su forma de asegurarle que todo estaría bien.

Necesitaba ser fuerte. Para él y para su hijo. No tenía tiempo para llorar la indiferencia de Sasuke, mucho menos cuando desde un inicio fue consciente de lo arriesgado que sería hacerle tal proposición. Descubrió mucho de sí mismo estando junto a él, y por primera vez en mucho tiempo se sintió querido, pero también reconocía que la mayoría de personas sólo serían parte del aprendizaje. Estaba bien con ello, o al menos eso quería hacerse creer. Era egoísta querer llevárselo consigo.

—Papá, ¿por qué lloras? —preguntó el menor, mirándolo con preocupación.

El aludido tocó su rostro inmediatamente, algo sorprendido. Ni siquiera se percató del momento en el que sus sollozos se hicieron audibles. Secó sus lágrimas con el dorso de su mano libre y acto seguido negó con la cabeza, como siempre solía hacer cuando ocultaba algo.

—No es nada... Las despedidas me ponen muy emocional, dattebayo —aseguró con una gentil sonrisa que su pequeño no creía que fuese genuina.

El sonido de un timbre interrumpió el momento. Pocos segundos después, una voz monótona y robótica emergió de los altavoces:

«Pasajeros con destino a Suna: se les informa que su tren está a punto de partir. Por favor, acérquense a la plataforma 3 y aborden el tren inmediatamente. Muchas gracias por su preferencia, esperamos que tengan un buen viaje».

La muchedumbre acató las órdenes. Al poco tiempo, diversas personas se arremolinaron ante la entrada del tren. Los Uzumaki se encaminaron hacia la misma dirección.

«Quizá todo este tiempo no significó nada para él».

Las caricias, más allá de los placeres carnales, habían forjado un innegable vínculo entre ambos. No sólo compartieron su intimidad en un aspecto erótico; se dedicaron tiempo, atenciones e incluso preocupaciones.

«Tal vez no quiere volver a pasar por lo mismo. Quizá quiere vivir una vida pacífica, lejos de todo este embrollo. Quizá sólo quiere olvidar lo sucedido... Y no lo juzgo. Si tuviera la oportunidad, también lo habría hecho... Supongo».

Sus memorias eran difusas hasta cierto punto. Los días que pasó junto a su ex esposa y los acontecimientos en la residencia de los Hyūga se veían borrosos y fragmentados. Recordaba la mayor parte de lo vivido, pero había ciertas lagunas mentales que no podía descifrar.

«No... Yo no soy de los que huyen. Pero... ¿Puedo juzgarlo, acaso? ¿Podría llamarle cobarde por dejarme plantado ante una promesa con la que ni siquiera se comprometió?»

Quería reírse amargamente, burlarse de sí mismo por haber considerado la posibilidad de que el Uchiha lo aceptara. A diferencia de él, el pelinegro tenía un estatus y reputación por mantener. Probablemente no quería verse involucrado con alguien de su calaña.

Pero... Sasuke no era así. Lo conocía de sobra.

Entonces... ¿Por qué no lo llamó de vuelta?

«Algo debo agradecerte, Sasuke... Me hiciste libre. Si no te hubiera conocido, jamás habría sido feliz».

Él y Boruto eran los últimos pasajeros. Boruto abordó, pero antes de que Naruto pudiese entregar su boleto, una voz familiar pronunció su nombre a todo pulmón, provocando que el aludido volteara para encontrarse con el remitente.

Sus ojos no tardaron en humedecerse. La persona que se encontraba delante suyo, sudorosa y jadeante debido al ajetreado recorrido que tuvo para llegar ahí, lo esperaba con los brazos abiertos.

No hizo falta decir algo más. Tampoco le permitió excusarse, puesto que acalló cualquier comentario con una simple oración:

—Abordemos ahora o perderemos el tren.

˚₊· ͟͟͞͞➳ ❝ ɴᴏᴛᴀ ❞

Sí. Este es el final. ¡Pero no se vayan aún, que todavía falta el epílogo! Aunque, bueno... Más que epílogo serían flashbacks de la juventud de Gaara y Neji. Y de Naruto también, por supuesto. Ya me pondré a trabajar en ello.

Gracias por llegar hasta aquí, les estimo.