PARTE 8

Ríos de sangre. Corrientes de líquido escarlata tan denso y oscuro como el petróleo. Estaban de vuelta a la mágica hondonada. Pero las lagunas de esta se habían vuelto del color turbio del vino tinto en mal estado, mientras que de la escultura de bronce central brotaban decenas de diminutas cascadas del mismo líquido oscuro y pringoso, formando riachuelos que se perdían entre la hierba y el espesor de la neblina nocturna que entorpecía la visión de todo su alrededor.

La corte No Seelie. La corte…

Una sensación punzante y espinosa, parecida al pavor, le mandó oleadas de adrenalina por todo el cuerpo. Pero era como si su sistema nervioso estuviera adormecido, todo tenía una cualidad difuminada, irreal. Atisbaba a duras penas formas que se contorsionaban entre la nebulosidad con movimientos líquidos e imposibles. Formas grandes y pequeñas, anchas y delgadas, largas, ovaladas, chatas. Danzaban en una especie de baile macabro completamente descoordinado de la música. La música. Hermione parpadeó lentamente. Se oía una especie de melodía lenta y funesta, una vibración de cuerdas pesada que se extendía por el espacio y reverberaba por las partículas de niebla. Olía a una mezcla nauseabunda de caramelo y azufre. Una sensación de congoja lo ahogaba todo. No obstante, las formas se movían con euforia. Célebres, festivas.

Algo le tocaba la mano. Tenía una mano ajena entrelazada con la suya.

Estaba fría como el mármol.

Al girarse, dos orbes completamente negras enmarcadas por un rostro alabastrino la recibieron. Fue observada por aquellos ojos, lustrosos e hipnotizantes. Una alarma resonó frenéticamente en la trastienda de su consciencia, pero el hada tiró de ella y ella se dejó llevar.

Caminó tras él como si flotara en un sueño. Tenía una cola peluda y argéntea sobresaliendo del final de su columna vertebral y un par de alas traslúcidas. Se agitaban con una cadencia suave cada pocos pasos. Estaba desnudo. Algo hizo click en su mente y lo reconoció como uno de los que la habían llevado hasta allí… La habían llevado hasta allí… Fuera del tronco. Pero no solo a ella, no había estado sola.

Malfoy.

El nombre cruzó su mente como un suspiro antes de evaporarse en el sahumerio que lo cubría todo y entonces el hada de piel de alabastro se volteó hacia ella de nuevo y le ofreció algo: una fruta de aspecto jugoso y rojizo. A Hermione se le hizo la boca agua y probablemente le hubiera dado un bocado de no ser por el chillido agudo que resonó en algún lugar de la hondonada. Como un jarrón de cristal al romperse. Pixies.

Más tarde, cuando fuera plenamente consciente de lo cerca que había estado de perderse por completo, lloraría de alivio e incredulidad.

Pero su acompañante no se ofendió cuando no tomó la fruta. Sino que la siguió guiando a través de la niebla, haciéndola trastabillar con las subidas y bajadas de la propia tierra, con piedras y tocones donde se encontraban dispuestos toda clase de alimentos y cuencos con líquidos de colores extraños. Algo mojó sus pies y fue vagamente consciente de que se encontraba descalza y que había caminado dentro de un charco. Un charco pringoso. Durante todo ese rato, las figuras seguían deslizándose a su alrededor mientras ellos no dejaban de avanzar en un camino incomprensible para ella. Pasaban muy cerca, escurriéndose de su campo de visión en apenas segundos, pero nunca la tocaban. No obstante, el viento que agitaban con sus movimientos le erizaba el vello del cuerpo. Hermione se sentía embriagada, pero los casi chillidos casi risas se filtraban de vez en cuando entre la música y los murmullos, entre el piar de aves y otras criaturas cuya apariencia no podía llegar a imaginar, y eran tan espeluznantes que la despertaron ligeramente de su ensoñación.

Recordó que estaba en tierras feéricas. Que había estado intentando salir de ahí. Junto a Lucius Malfoy. Se habían escondido en el interior de un árbol y entonces ellos los habían encontrado. Estaba en un bacanal feérico. Pero no sabía cómo había llegado ahí. El pánico le trepó por la garganta como una hiedra venenosa. Trató de zafarse de la mano que tiraba de ella.

No lo vio moverse, pero de pronto su acompañante la estaba mirando de frente. Tenía los labios estirados en una pantomima grotesca de una sonrisa y sus ojos negros le dieron la impresión de dos cuencas vacías. Pero no era el único. Más rostros la miraban, todos blancos e inexpresivos. Las hadas se cerraron en torno a ella como estatuas incoloras, con una oscilación casi líquida totalmente incongruente con su aspecto rígido.

Hermione se tragó un grito de puro terror. Las lágrimas discurrieron silenciosas por sus mejillas y aquellos labios fríos y duros se las bebieron.


El olor concentrado de flores y caramelo lo envolvía todo. Oyó repiquetear unas campanillas con un sonido delicado y vítreo. El fluir de una fuente o una cascada. Dejó caer la cabeza hacia atrás, exponiendo su garganta. Una brisa helada y húmeda, como el rocío, le acarició la zona antes de volverse sólida.

Unos labios de alabastro.

Tiraron de ella hacia abajo, hacia la tierra. No. Hacia un colchón de hierba mojada que se dobló bajo su peso y entonces unos brazos fuertes y sólidos la rodearon cuidadosamente, como si tuvieran miedo de romperla.

─Sigue la melodía, deja que tu corazón se derrame, florecilla, nada hay que temer.

El susurro penetró en su oído a través del soplido armónico de una flauta. Sonaba extraña, era una voz extraña y difícil de describir. De otro mundo. Más manos la agarraron, frías como el hielo. Hermione abrió los ojos y dos rostros pétreos le devolvieron la mirada, cerniéndose sobre ella. Uno era su acompañante, la otra era una mujer, cuyos pechos alabastrinos tenían un aspecto firme y terso. El hada macho le acarició la cadera mientras la otra le soplaba una risa coqueta en el oído. Hermione rio también, sintiéndose inexplicablemente feliz y ligera.

─¿Quieres bailar? ─le dijo la hada─. Baila conmigo.

─No se me da bien bailar ─suspiró Hermione cuando el otro acunó uno de sus senos a través de la ropa.

La hada le sonrió, sus ojos negros brillantes. Las ondas de su pelo cerúleo le caían kilómetros y kilómetros hasta el suelo.

─La danza de los nuestros no requiere de talento, solo de alma.

─Baila, florecilla, disfruta ─le susurró el hada deslizando un dedo por debajo de su jersey, arañándole ligeramente el pezón─. Has sufrido mucho, sobrellevando todo con increíble coraje. Todos están bailando. Es tu fiesta.

─Mi… ─balbuceó, confusa, los pensamientos lentos─. Mi fiesta…

Sintió un nudo en el pecho. Su acompañante la dejó ir cuando la otra la ayudó a ponerse en pie y la condujo entre la masa de figuras danzantes. Pudo distinguir, a través de la niebla, seres de lo más curiosos y variopintos. Los había con cornamenta, con pezuñas de cabra, completamente translúcidos y, de vez en cuando, veía pasar diminutas hadas de colores relucientes del tamaño de una mano humana que sobrevolaban la hondonada dejando una estela tras ellas. Las risas se filtraban de todas direcciones, mezcladas con la cadencia melódica de la flauta.

Su hada le hizo dar una vuelta sobre sí misma iniciando una danza extraña y primitiva que curiosamente no tuvo problemas en seguir. Bailó y bailó, descalza sobre las piedras y la hierba, desplazándose entre el resto como una más, con la cabeza acolchada por una nube de embriaguez exquisita y placentera. En algún punto fue vagamente consciente de un sonido desagradable que quebró el maravilloso ambiente festivo. Casi un aullido. Seguido de risas. Se detuvo y se miró el brazo, confusa, le escoció fieramente, y luego ya no.

Varias hadas con las que había estado bailando se giraron hacia la misma dirección. Pero cuando ella quiso mirar también, su hada pegó su boca a la suya y la sumió en un beso caliente y frío al mismo tiempo, la danza de cuerpos trocada en una de lenguas. No tardó en olvidar el inquietante sonido. Se vio de nuevo orbitando de un lado a otro riendo, de unos brazos a otros, de unas caricias a otras, bañándose en esa sensación de éxtasis apabullante.

Pero algo la molestaba insistentemente, como el picor de una alergia o como cuando se te cuela una china en el zapato. Había olvidado algo. Un flash inesperado de una cabellera pelirroja y una cicatriz, de unos ojos verdes, cruzó su mente.

─Tenía ─jadeó sin dejar de brincar y bailar con su hada de cabello cerúleo─. Algo que hacer… Regresar a algún sitio, a mi hogar.

El semblante del hada formó un puchero que se vio poco natural en sus facciones.

─¿Acaso no te estamos tratando con toda nuestra hospitalidad? ¿No disfrutas de nuestros obsequios y festividades? No queremos que vuelvas a sentirte triste.

─No…

─Este puede ser tu hogar si así lo deseas, nunca volverás a sentirte sola.

Hermione frunció el ceño, desorientada.

─Pero… mis amigos ─musitó dubitativa─. Necesitan mi ayuda. Creo.

─Tus amigos están aquí, no íbamos a dejarlos desamparados, ¿no crees? ─dijo, risueña, y le golpeó la mejilla suavemente con dos dedos─. Eso sería muy cruel.

Claro. Claro, eso sería cruel. Ellos no le harían eso, solo querían que estuviera a gusto. ¿Pero dónde estaban sus amigos entonces? No podía recordar sus nombres. No sabía por qué, pero no podía. Quería parar de bailar un momento para buscarlos, además le dolían los pies y tenía mucho frío y hambre. No sabía cuánto tiempo llevaba bailando, el tiempo era algo confuso y desconectado.

O tal vez era algo sin importancia.

Los ojos profundos la observaron detenidamente antes de acercarla con un movimiento sedoso y líquido, convirtiendo el baile frenético en uno mucho más lento, casi sensual. La besó y le habló dentro de la boca:

─Por aquí. Tus amigos.

La guió de nuevo sin parar de dar vueltas sobre ellas mismas, a través de la niebla, que se había diluido un poco. La multitud festejaba: bailando, comiendo y bebiendo, riendo en grupos o sobrevolando el claro antes de asentarse en algunas ramas de los árboles que circundaban el lugar. Entre vuelta y vuelta, Hermione captó un destello broncíneo. Y pudo divisar al flautista que tocaba en ese momento. Pasaron a un grupo de criaturas con largos colmillos y un cabello de apariencia áspera cubriéndoles todo el cuerpo.

Una mano fría le tocó el cuello. La cadera. Su hada le besó la nuca desde atrás, el cabello largo y hermoso le hizo cosquillas en la mejilla, la soltó y Hermione se encontró bailando con alguien más.

Alguien con unos familiares ojos del color de un cielo lluvioso.


¿Qué tal?

Me ha gustado mucho escribir esta parte. Espero que la disfrutéis también. Empiezo a pensar que la historia no está gustando mucho, con cero comentarios a estas alturas... lloro. Pero bueno, yo sí me lo estoy pasando bien escribiéndola, todo sea por eso. Aún así, me encantaría saber vuestras opiniones y que esperáis que pase :)

Tengo ya escrito un par de capítulos más, así que los subiré en unos días.

¡Un abrazo!