DISCLAIMER: InuYasha y Co. son propiedad de Rumiko Takahashi. La siguiente narración es creación propia y está hecha sin fines de lucro, con el propósito de entretener a los lectores.

SUMMARY: [Serie de Viñetas] Tras la derrota de Naraku, todo es diferente. Las cosas cambiaron, pero la vida que tenemos es muy distinta a la que imaginé. Sin embargo, debemos seguir apoyándonos, porque eso es lo que nos hace estar tan unidos. Porque eso es lo que querría la señorita Kagome.


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Aunque la nieve ha disminuido considerablemente, el frío aún sigue en el ambiente por lo que hemos tenido que salir a recolectar leña para el fuego. No ha sido una tarea fácil, pero entre Kohaku, InuYasha y Hachi la carga se ha alivianado bastante. Ingreso a la casa, dejando una pila de madera cerca de la sala y sacudiéndome un poco la nieve para luego preparar el fuego.

— ¿Midoku, ya llegaste? — La voz un poco gangosa de Sango interrumpe mi labor, llamándome desde nuestro cuarto. Hace un par de días que se resfrió, por lo que le dije que mejor guardara reposo.

— Sí — termino mi tarea y voy hasta el cuarto —. La anciana Kaede te envió un par de hierbas para… ¿estás llorando?

XLIV —

"Sniffle"

Me mira con los ojos llenos de lágrimas mientras sostiene entre sus brazos a Mao, su rostro sólo me transmite angustia y preocupación.

— Las niñas… Mao… creo que tienen fiebre… y-yo…

Me siento a su lado, tomando a la mayor de nuestras pequeñas y acercándola a mi rostro, coloco mis labios sobre su frente para sentir su temperatura, descubriendo que efectivamente está elevada. Luego miro a Mei, quien rompe en llanto sin motivo aparente; la tomo para calmarla un poco y también siento su temperatura alta. Sango comienza a sollozar a mi lado, abrazándose las rodillas.

— Todo es mi culpa… se enfermaron por mi culpa… — No puedo dejar de notar el tono mortificante y recriminatorio que se dirige a sí misma mi mujer. — Debí cuidarme más, debí alejarme de ellas para no contagiarlas… es mi culpa…

— Sango… — Trato de calmarla, pero está tan sumida en su culpa que no me escucha, sigue murmurando cosas, afligiéndose más. Dejo a las pequeñas en su cuna, ambas lloran pero solo no puedo con esto. Me coloco frente a ella y la tomo de los hombros. — ¡Sango, basta! ¡No es tu culpa, no podíamos evitarlo!

Me mira un poco confundida, luego vuelven a llenársele los ojos de lágrimas y me abraza, comenzando a llorar en mi pecho. Le acaricio la cabeza con cariño, mientras la abrazo tratando de reconfortarla un poco. Se calma rápidamente y me mira sollozando un poco.

— Lo siento, pero como yo estoy resfriada y ellas…

— No es tu culpa. Todos nos resfriamos en invierno, pero tú no podías alejarte de las pequeñas. Después de todo, eres su alimento — sonríe disimuladamente ante mi comentario —. Además, tampoco puedo yo solo con ellas. Dependen de nosotros, Sango, así que tienes que dejar de culparte y ayudarme a cuidarlas.

Asiente con un gesto, se acerca a la cuna donde nuestras pequeñas siguen llorando y toma a ambas con una destreza que aún no logro imitarle. Comienza a cantarles dulcemente, logrando que dejen de llorar y la miren atentamente mientras la escuchan. Deja su canción para dedicarme una mirada afligida.

— Hay que bajarles la temperatura…

— Traeré un par de paños fríos.

Salgo del cuarto en busca de los paños a la cocina, pero me encuentro con InuYasha y Hachi en la sala, quienes me miran con preocupación.

— Escuchamos llorar a Sango y a las pequeñas…

— ¿Están enfermas, verdad?

Los observo un segundo antes de asentir con la cabeza, luego me apresuro a llevar lo que venía a buscar a la habitación, siento como me siguen los pasos de forma prudente. Al verlos, Sango les sindica que pueden entrar al cuarto mientras rápidamente ambos colocamos los paños en la frente de cada una de nuestras pequeñas, que ahora duermen intranquilas en la cama junto a ella. InuYasha y Hachi nos observan en silencio hasta que terminamos, por sus rostros sólo se puede apreciar preocupación.

— Kohaku fue en busca de la anciana Kaede para que vea a las niñas — informa nuestro amigo, dirigiendo una mirada angustiada a las gemelas —. Quizá sería bueno que ahora sí aceptaras tomar mi medicina — ahora se dirige a Sango, quien frunce un poco el ceño pero luego suelta un suspiro de resignación.

— Creo que tienes razón. No puede ser peor que ese brebaje revive-congelados de aquella vez.

InuYasha sonríe soberbio, son pocas las veces que termina triunfante frente a Sango sin un griterío de por medio. Le sonrío de vuelta, agradeciendo su preocupación y cuidados.

La anciana Kaede y Kohaku llegan pronto, ella procura revisar con cuidado a nuestras hijas ante la expectante mirada de nosotros. Tras unos minutos, niega con la cabeza con una mueca de abatimiento.

— Han pescado un resfrío, algo inevitable. Traeré unas hierbas que les pueden ayudar, pero no debes dejar de darles pecho y hay que mantener los paños fríos hasta que baje la fiebre. No es algo grave, pero deberán cuidarlas para que no empeore — nos indica con una mirada cariñosa, luego se dirige a nuestros amigos —. Ustedes tendrán que ayudarlos.

— ¡Claro!

Los tres responden al unísono, Kohaku se disculpa y se retira junto a Hachi para ir a preparar algo de comida, la anciana sacerdotisa también se va en busca de las hierbas que ha mencionado. InuYasha vuelve a sonreír, sus ojos brillan con astucia.

— Ya escucharon, en especial tú, Sango. Nada de esto es tu culpa, pero tienes que cuidarte para que todos terminemos bien este jodido invierno…

— ¡Cuida tu boca, InuYasha!

— Keh — ni se inmuta ante el reclamo de mi mujer, mientras se acerca a la puerta. Al salir, logramos escucharlo gritar —. ¡Oye, anciana, espérame! ¡Iré contigo al bosque por esas hierbas!

El silencio vuelve a caer, observo a Sango y me alivia notar su semblante más tranquilo. Me siento a su lado y vuelvo a sentir la temperatura de las niñas: ha disminuido considerablemente, por lo que retiro los paños y cargo a Mao en mis brazos para que Mei se alimente. Abrazo a mi esposa mientras ella se acomoda a la pequeña en su pecho y le robo un beso fugaz.

— ¿Ves? Todo estará bien.

Asiente con un gesto, y la calma vuelve a nuestro cuarto.


Palabras sin incluir disclaimer ni notas: 985


¿Alguien por ahí? Acá hago acto de presencia, luego de mucho pelear con el pc (a cada rato se me apagaba y tenía que reescribir lo que llevaba, un fastidio), por fin he podido terminarlo. ¿Qué les parece? Después de todo, el invierno es uno de los peores enemigos de los bebés, en especial de ellas que debieron haber nacido un poco prematuras. Así que la culpa igual debiese rondar por la cabecita de Sango, en especial si me imagino a InuYasha tratando de convencerla de tomar esa medicina tan horrible que le dio una vez a Kagome.

Sobre la medición de la temperatura, los labios y el dorso de la muñeca son los lugares más sensibles a temperatura del cuerpo, por lo que son ideales para medirla. Es una antigua costumbre de abuela y a falta de termómetros, debe haberse medido de esta forma. A veces incluso a las madres nos nace tomar la temperatura así.

En fin, como siempre agradezco con amor a mi adoradísima Nuez, perdona la espera; a Mor le envío ánimos con todos sus deberes, estoy segura que te irá súper; y a todos los que se pasan por acá, ¡gracias por leer! ¿Me dejarían un review?

Abrazos cariñosos~

Yumi~