Sus hermanos por fin le hablan, aunque fuera solo para decirle que se encargue de hacer bajar a Scott para cenar o dejarle comida en la puerta. Es una suerte que no tengan mascotas, porque en lo que abre la puerta su hermano, se la habría comido cuando Dewi todavía medio molesto le dejó que la comida se enfriara en lugar de avisar que dejó el plato allí.

Esta vez su habitación está abierta y la rubia entra, la habitación es tal desastre de siempre. Su hermano está tirado en la cama, sin hacer nada. Hasta le da pena.

—¿Qué puede gustarte de ella? —suspira y finalmente decide tratar de ser amable.

—Es linda.

—Hay muchas otras chicas por ahí.

—No como ella.

—¡Oh, por favor! Hay muchas chicas que dirían que sí al primer chico que se le cruce y le pida una cita.

—Fue ella quien me pidió una cita.

Su hermano se levantó de golpe, tenía algo de barba y no se veía realmente tan amenazante, si es que eso pretendía.

—Y es la chica más hermosa que me ha pedido una cita —y se tiró nuevamente como una ballena encallada contra la cama.

—Maldita sea, Scott.

Pensó que esto se resolvería.

No fue así. Su hermano continúo en su estado de ballena encallada lista para morir durante algunos días más. Cuando se cumplió una semana desde que su hermano estaba en ese estado, la rubia decidió enfrentar a la causa de sus problemas.

Fue básicamente por esto que pasó una noche cuando le dejó comida, casi la iba dejar en la puerta pero oyó ruidos raros.

—Scott, ¡¿estás llorando?!

—¡No! —rápidamente apretó su celular y se empezó a oír Perfect de Ed Sheeran a través de los audífonos wifi con forma de unicornio kawaii que estaba en el escritorio, un regalo de sus padres ideado por Dewi luego de que Scott le regalara una camiseta así en su cumpleaños, jaque mate de Scott porque creyó que los devolvería y perdió la apuesta con Aidan.

Era la tercera vez en la semana que oía Perfect en las noches.

Oh, eso era todo, se dijo Alice.

No importa qué tan odioso sea su hermano mayor.

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La única chica de los Kirkland aprovechó cuando Felicia se dirigía al baño, no fue difícil excusarse, aunque fuera raro ir prácticamente juntas. La excusa de que estaba en sus días funcionó bien.

Enfrentó a la bruja malvada rompe corazones que se lavaba las manos.

—¡Maldita harpía!

—¡Buscona!

—¡Te odio!

—¡Ojalá pises una raya y tu mamá se quiebre la espalda!

Felicia apenas entendió qué significaba eso último. Cree que oyó a un chico del equipo de fútbol americano decirlo, ¿Alfred? No importaba, aceptó los insultos porque sentía que los merecía. No hizo bien en jugar con los sentimientos de alguien. No era lo que pretendía, pero así terminó siendo, para qué adornarlo con palabras bonitas…

—¿Esto es sobre Scott, cierto?

—¿Por qué más iba ser?

La Vargas se veía culpable.

—No dije que no quería salir con él, solo le confesé que es cierto que salí con él por venganza.

—¡Harpía!

—Yo… en realidad no quería hacerle daño. No pensé que a él le molestaría tanto, no luego de decir que yo le gustaba.

—¡Zorra!

—Y tampoco quería romper con él —sus ojos llorosos se pusieron.

—Maldita— ¿espera qué?

Ella sonrió suavemente mientras sus lágrimas parecían a punto de derramarse.

Ah, pero si esperaba que se lo hiciera fácil, Alice no lo haría.

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Felicia estuvo con la cabeza abaja la noche de ayer, contrario a Chiara que disfrutó mensajearse con Alice que estaba de muy buen humor, diciendo que la vida por fin mejoraba y cosas así. La Vargas mayor sospechó algo, pero prefirió callar.

A la mañana siguiente su mamá la envió a despertar a su hermana. Chiara gruñó, aun molesta de que por culpa de su hermana no pudo estudiar en paz con su mejor amiga. No tenía simpatía por Felicia, sabía que el comportamiento de Scott fue su culpa y no creía que le afectara haber usado al chico solo para molestar a la hermana de éste. ¿No sería como las otras veces saliendo con chicos que apenas le interesan solo para pasar el rato? ¡Además le advirtió a su hermanita desde el principio que no lo hiciera justamente por esa razón! ¿Y qué? No fue escuchada. Pues claro que no lo sería, si a su hermana poco le importan los sentimientos de otros.

Tocó la puerta fuerte, gritando que bajara a comer, mas nadie respondió. Optó por intentar abrir la puerta a pesar de que no era la única en cerrarla con llave. Sin embargo, estaba abierta y decidió entrar.

—¡Maldita sea, Felicia, baja a desayunar—!

Mas no hay señal de su hermana frente al espejo que tiene en la habitación, pues la Vargas menor no está aun dando los toques finales a su atuendo del día o retocándose el maquillaje. Se encuentra en la cama acurrucada contra sus mantas que son muy aesthetic. Chiara se impacienta y se acerca a quitarle las mantas para gritarle, pero se espanta cuando la cabeza de su hermana sale y la mira directamente.

El perfecto maquillaje de la perfecta Felicia estaba todo feo y corrido sobre su rostro, sus ojos aun llorosos. Esto no es normal, para empezar, sabe que su hermana tiene una rutina sobre el maquillaje, que incluso cuando sale a una cita apenas volver se desmaquilla. Sabe más que Chiara de esas cosas.

—¿Qué te pasó? —pregunta sin aceptar la razón más obvia.

—Estoy enferma —miente descaradamente la menor.

Más bien ¿deprimida?