Disclaimer: Nada de lo que puedan reconocer me pertenece.
Parte II
Lejos de las aglomeradas ciudades, la campiña ofrecía el respiro fresco que la Revolución Industrial había arrebatado a los habitantes de muchos reinos. Sin las fábricas y el resultado —eufemismo más propio que desecho— del hacinamiento de personas en discrepantes áreas de la tierra poblada, lo que quedaban eran zonas con flora, fauna, dispersión y silencio, combinaciones perfectas para conservar la atención de diversos públicos.
De estos, unos cuantos optaban por establecer viviendas permanentes y otros por conseguir espacios de recreo.
Para el estilo de vida de alguien nacido en la realeza, era asombroso que el antiguo príncipe Hans escogiera lo primero y en dimensiones más pequeñas de lo acostumbrado, si bien en principio se debían a la escasez de ingresos fijos y la necesidad de concentrar la inversión en lo que proveería alimento. Así pues, su hogar de un dormitorio y cocina palidecía en comparación al establo y terreno que lindaban a la propiedad, donde los equinos a su cuidado se ejercitaban y preparaban para el futuro que tendrían con sus dueños.
Realmente el dormitorio había sido una adición posterior a la bodega donde Hans preparaba sus alimentos y guardaba sus ropas, debido a que antes de poder contratar a un ayudante ocasional, él mismo dormía con sus animales de cría, atento a las necesidades de estas, tanto como al ahorro. Si recoger el estiércol del castillo de su nacimiento no le había bajado de su pedestal, esa vivencia lo había hecho, aun si él mismo había preferido tal ambiente.
Elsa, que desconocía todo esto, ya que la carta de su esposo no había indicado otra cosa que sus datos bancarios y dirección, solo podía ver con alivio y aprecio el panorama frente a ella, contenta de estar cerca de su destino. La molestia en su tobillo empeoraba y sus ojos escocían con la idea de seguir andando.
Incluso si la pequeña vivienda de ladrillos y los caballos tomando el sol no pertenecían a Hans —que podía haberse equivocado con las indicaciones recibidas en el pueblo—, ella rogaría al propietario su auxilio, hasta lo pagaría. Hacer el trayecto a pie no había sido su más brillante ocurrencia y se arrepentía de rechazar el transporte propuesto por el dueño de la posada, pensando en disfrutar del paseo como lo hacía en Arendelle.
La vergüenza de adquirir una torcedura la había olvidado larga distancia atrás y solo quedaba el dolor y el sentido común para actuar como debía. Ni podría ser una buena visita inesperada a su marido, gracias al problema que traía consigo; ella simplemente quería resolver la duda de cómo estaba él y comprobar sus circunstancias actuales… once meses había sido su contención de tomar un barco hacia espacio alemán y verificar su bienestar. No le había escrito, creyendo más efectivo un rápido viaje.
Ajeno a sus preocupaciones, a escasos pies de Elsa, el objetivo de su excursión se tomaba un descanso de su rutina diaria, aprovechando que su ayudante Carl y su jovenzuelo hijo de mismo nombre estaban encargándose momentáneamente del caballar. De haber sido de otro modo, Hans no habría estado mirando a la ventana sino millas aparte y se habría perdido a la mujer cabizbaja que cojeaba hacia su casa.
Al ser un rubio extraño en los rumbos, su intuición le gritó la identidad de la dueña de la trenza peliplata, pero, aunque no lo fuese, se apuró en ir a su encuentro, dejando de lado su vaso con agua de avena.
Su puerta hizo un estrepitoso ruido al cerrarse detrás, ganándose la atención de la rubia, quien alzó la mirada deteniéndose, para después suspirar animada al reconocer al hombre corriendo hacia ella.
—¡Hans! —llamó en voz alta, saludándolo como si no estuviese adolorida y acalorada por su odisea, ni él se aproximase con el ceño fruncido de preocupación.
—Elsa, ¿qué sucedió? —A ella le pareció grato que su recibimiento no fuese el motivo de su presencia, sino el estado de esta.
Apenas lo pensaba, descubrió el movimiento de su alrededor y rápidamente se sujetó al cuello de Hans, sin importarle lo húmeda que estaba su camisa blanca. En su lugar, se encontró asombrada por la ola de calor que la invadió al sentir la constitución debajo de su pecho y brazos, y que podría disimular con la temperatura que ya tenía por ese sol de julio.
De pronto la punzada en su tobillo no era tan llamativa.
Hans, por su parte, se hallaba intranquilo por la pérdida del habla de la rubia y la liviandad de su repentina carga. Nada importaba la razón de su llegada.
Quiso quitarle el sombrero para comprobar que no era un aturdimiento por el calor, pero debía esperar a llegar bajo techo y depositarla en una superficie plana. Con eso, maldijo a sus adentros, porque el único sitio cómodo en su casa era su cama y no creía que ella se sintiera bien acogida con ese mueble de su intimidad.
Reprendiéndose por considerar tonterías, alcanzó la puerta de casa y consiguió abrirla sin perjudicar a la dama indispuesta (simplemente haciendo que su trenza cayera de su hombro a su espalda). No bien había abierto, casi la dejó caer de la sorpresa al sentir que una de sus manos se perdía en su cabello mientras la otra hacía un círculo con su pulgar. Para un hombre que disfrutaba de esa caricia en la cama y que llevaba al menos cuatro años sin sexo, eso era una llama fácilmente encendida.
—¿Elsa? —pronunció tenso, calmando su inoportuno impulso.
Ella emitió un murmullo sibilino de acuerdo y al cabo de un segundo brincó. Afortunadamente, correspondió al momento en que iba a dejarla en su cama.
—Lo siento, me distraje. El dolor, mi tobillo.
Enfatizando para sí lo prioritario, Hans la depositó con cuidado en el colchón de plumas y se arrodilló para buscar su pierna derecha, que había tenido doblada al caminar. Descartó con rapidez su botín marrón y se congeló al recordar que las mujeres usaban medias más largas.
Elsa, hasta entonces concentrada en los movimientos del hombre que había acudido a su rescate, se sonrojó al percatarse de lo que estaba sucediendo. Tosiendo, se inclinó hacia su pie mientras deshacía esa prenda que ella misma había conjurado en la mañana, haciendo lo mismo con su sombrero.
—Puedo encargarme del hielo —propuso cogiendo el borde de su falda de las manos de él, deseosa de ocupar sus dedos para no externar el temblor que tenía por dentro.
Un sonido de aquiescencia siguió a su comentario.
—Debería buscar un médico, pero no se ve muy mal; mi ayudante tuvo uno de peor apariencia y el tratamiento no fue muy diferente, aunque no tenía tanto hielo a la mano.
Concienzudo, él tocó la piel sonrosada del pie y Elsa soltó un pequeño siseo.
—Disculpa.
Hans se puso en pie y fue a uno de sus armarios, de donde extrajo una pequeña toalla. Sentándose en el borde de la cama, extendió la tela ante Elsa, que sin palabras entendió su intención.
Con el hielo bien colocado en la toalla, Hans se encargó de posicionarla en la carne inflamada de la rubia. Fue delicado; él podía ser amable y cuidadoso, la brusquedad no era buena para amaestrar un caballo. No podía saber cómo le tratarían todos sus dueños, pero no solo uno había regresado para cantar alabanzas de sus animales.
Elsa tenía los ojos cerrados y emitía fuertes respiraciones, soportando el escozor que causaba una herida como esa. En su alacena no había más que té para el dolor —en sus primeros días no había querido gastar innecesariamente en cremas—, pero podía acercarse al pueblo para comprar un remedio que proveerle a su inesperada visitante.
Mirándola detenidamente, se preguntó por qué había aparecido en su casa. Creía que no volvería a verla después de su encuentro casi un año atrás, aunque agradecía comprobar que lucía más lozana que antes —exceptuando por su reciente mal—; con el color de su caminata transmitía un brío atrayente.
…Y en su cama lo parecía más.
Ella escogió ese instante para alzar los párpados y lo atrapó en su análisis, conectando sus miradas en largos latidos.
—Gra-cias —farfulló ella, humedeciéndose los labios al oírse. —Puedo continuar sujetando la toalla…
Él se encogió de hombros, bajando la vista hacia su pie.
—Estoy bien, recuéstate.
Suspiró.
—Correcto.
Nerviosa y sin ocupación, Elsa se atrevió a ser grosera y observar a su alrededor, esperando distraerse lo suficiente de esa posición comprometedora. Curiosamente era su esposo, pero no dejaba de ser mucho más íntima que las de todas sus horas juntos.
A sus ojos azules, el hogar de Hans se resumía como práctico y acogedor; de tonos ámbar, ocre y marrón, la sencilla decoración de la pintura y mobiliario le hacían sonreír por el esmero de él en hacer que su espacio útil combinara entre sí y gritara que era ocupado por un varón. No obstante, le daba una punzada de conmiseración que él se hubiese conformado con un sitio donde apenas cabía una persona con su cama, una mesa, un armario y una estufa, no se veía ni un espacio para darse un baño o donde lavar, lo cual debía estar fuera. Ella no era quisquillosa con eso, pues actualmente vivía en el campamento Northuldra, mas el hombre rico con el que se había casado tenía gustos distintos.
Se recordó que él había escogido ese modo de vida y que ahora tenía una buena cantidad de dinero… Asimismo, el punto más importante era que no había conocido en realidad a su marido y él también había cambiado.
Además, si ella podía aceptar un estilo casi austero, él igual.
Su razonamiento le causó una sensación nueva y se preguntó si debía permitirse abrazar esa similitud.
Hans, sin haberse perdido las diferentes expresiones de agrado de parte de ella, extrañamente aliviado de su aprobación, dudó en interrumpir sus elucubraciones. Empero, aplazar su cuestionamiento podía retrasar su partida.
—Me sorprende verte aquí.
La rubia tuvo un minúsculo sobresalto al escucharlo e instintivamente se acomodó su flequillo al ser descubierta inspeccionado su alrededor.
—Eh —dejó escapar un suspiro—, sentí que debía venir. Disculpa por hacerlo sin anunciarme con antelación e interrumpir tus ocupaciones diarias.
Hans rio entre dientes, no era tan malo ese cambio en sus costumbres, solo había fallado en que no llegase intacta.
—No te preocupes. —Se aclaró la garganta, como si lo hiciera con su cabeza. —¿Sentiste que debías venir? ¿Qué esperabas conseguir?
—Para ser honesta, no sé qué tanto esperaba. Corroborar que recibieras el dinero y te sirviera. —Ella hizo una mueca—. Pero estoy segura que no esperaba una torcedura. He recorrido distancias mayores a pie.
—Escalaste una montaña con tacones altos —secundó él con una sonrisa de lado.
—¡Exacto! —Lanzó otra exclamación al mover el pie con su entusiasmo.
Hans colocó su mano libre un poco arriba de su talón, ocasionando un escalofrío que no vio. Sin embargo, él rápidamente quitó la mano al tener un impropio pensamiento, salvando los nervios de Elsa.
—Ahora aprenderás a no excederte con ciertas actividades físicas.
—No seas condescendiente —bufó ella, respondida con una risa baja de él.
—¿Y estás satisfecha con lo que hallaste de mí?
Ella asintió levemente, poniéndose seria.
—Me alegra que tengas un espacio para ti… y que conserves tu cabellera roja. —Tosió con un pequeño arrebol. —Aunque por tu barba y bigote es extraño que tu cabello no sea largo.
—Lo corto para que los caballos no lo atrapen con los dientes —explicó él, sonriendo divertido.
Fue imposible para Elsa contener la risa, adivinando una anécdota detrás de su decisión. Le resultó raro ese intercambio ameno, pero lo prefirió al pasado y deseó que se mantuviera, y no sabía que él tenía una perspectiva similar.
Cuando ella terminó de reír, Hans tuvo que suspirar pesadamente.
—Me temo que debo cortar la ligereza de esta plática… hay que resolver lo práctico de estas circunstancias. La ropa está solucionada. Debo ir a buscar medicina para ti en el pueblo, junto a tus artículos personales, ¿o me equivoco al suponer que viajas sola, como muchas veces?
—No puedo quedarme contigo —dijo ella al tiempo que negaba con la cabeza. —Quería verte un par de horas, no imponer mi presencia. Es injusto para ti, puedo arreglármelas sola si me ayudas a llegar a mi posada.
—Sería imprudente de tu parte y grosero de la mía. Estás sola en el extranjero, herida, donde vive tu no fallecido esposo, quien tiene el poder de su lado en esta ocasión. Tampoco sería un problema grave tenerte de invitada los días que tardes en recuperarte, conseguiré entretenimientos para ti.
Y él podría actualizarse un poco de la vida de ella, añadió, sintiendo curiosidad por su progreso en buscar su felicidad. Realmente no era un tema que le impidiera dormir después de verla, mas de cuando en cuando se preguntaba si estaría mejor.
La arendelliana no juzgaba tan positiva la propuesta, aunque era atractiva la idea de tener tiempo para conocer más de sus habituales compromisos. Compartir sus días de nuevo, empero, le provocaba cierta inquietud, sobre todo porque no habían múltiples habitaciones o un reino entero para desaparecer, si peleaban y querían evitarse (que rogaba no sucediera).
…y las reacciones de su cuerpo a él la desconcertaban un poco.
—Eh… —Movió las manos pensando cómo tener tacto—. No veo otra superficie apropiada para dormir.
—Habla como gustes —exhortó él riendo socarrón—, sé cuando tienes la intención de agraviarme. ¿O te molesta este espacio?
—¡No! No. No me molesta, viví en el campamento de los Northuldra, con tiendas, mucho aire libre y poca privacidad… y renos. Nunca sugerí que nos moviéramos allá para no incomodarlos. No dudes que más de una vez quise llevarte para que tú lo estuvieras.
Él rio.
—Quizás eso pudo haber servido y siempre tendremos la duda. En fin… —El cambio no permitió a ninguno pensar más allá. Con su pulgar, Hans señaló el exterior—: Tengo un catre en el establo, puedo acomodarme ahí.
—Pasaría la noche sola; un intruso no me incomodaría porque puedo defenderme sola. —Hans dudó ella supiera que eso era lo menos que gustaba escuchar un hombre… el ser innecesario para su seguridad, remarcando la fuerza de ella; pero no sería Elsa si se mostrara completamente desvalida. —No obstante, me sentiría mal con ese arreglo, ni siquiera me invitaste a venir. Estaré bien en la posada —arguyó ella entrelazando sus finos dedos.
—Ahora lo hago. Y… No será la primera vez que duerma allí —confesó—. Debes moverte lo menos posible. Permanecerás en cama, me encargaré de todo.
Las cuencas de ella mantuvieron sus ojos saltando.
—¿Te refieres también a…?
—Sí, como puedes ver, aquí dentro no tengo espacio delimitado para mis necesidades, me adapto en invierno.
Ella se puso una mano en la frente mientras murmuraba que tocar el tema era vergonzoso.
—No te preocupes, me he encargado de estiércol de caballo y los partos de las yeguas.
Minutos más tarde, una vez él partiera al pueblo —con una nota de ella a la señora de la posada—, Elsa pensó que de ninguna otra manera se construiría confianza, si lo hubiera buscado.
ooOOoo
A pesar de la resolución de Hans de no comentarle a Elsa que había contratado la ayuda de una persona durante una semana —sabiendo que ella insistiría pagarle—, ella debió adivinarlo por el excesivo tiempo que él le dedicase en su segundo día bajo su techo, pues le había pedido no ser orgulloso y darle la oportunidad de reponer los inconvenientes que su intempestiva aparición conllevara.
Él se había encogido de hombros y manifestado que se estaba tomando un descanso luego de cuatro años, ganándose un leve enfurruñamiento de la platinada que los había hecho tener medio día en silenciosa tensión, hasta que ella había pedido disculpas por imponer su voluntad movida con la culpa. Hans otra vez lo había descartado, sin admitir que le había parecido "merecedora de elogio" la manera en que su postura lo había atrapado, haciéndole reír internamente con su mohín, toda vez que sentía una presión dentro por relajarla.
Como consecuencia de estos sucesos, y gracias a la larga siesta que ella había tomado el día anterior, sus primeras horas allí las habían ocupado con partidas de ajedrez, de apariencia más intensa que los juegos habituales. Así mismo, habían descubierto la habilidad del otro para ese recreo, que otrora no pudiesen explotar.
Para el cobrizo había sido estimulante un reto mental, tras largo tiempo dedicado mayormente a las hazañas físicas. Y estaba más enérgico aún, cuando ella alabara su desempeño, tanto como a su adquirida habilidad para la cocina.
Comparando con el año dedicado a disputas, el comienzo era prometedor… y sentó las bases para los próximos días.
La única contrariedad en la mente de los cónyuges era la tensión que provenía de alguna parte. Desconocían que la siempre ignorada chispa entre ambos seguía ahí y que al no salir con sus sonoras desavenencias, se alimentaba lentamente buscando dar todo su potencial. Fuese con miradas, sonrisas o toques fugaces, conseguía fuerza y pronto haría que los protagonistas la reconocieran.
Entretanto, esos inconscientes iban conociendo a la persona extraña con la que llevaban cinco años en matrimonio, aprobando la información que se iba recibiendo.
—No llegué con el plan de matar a alguna de las dos —compartía Hans en el ocaso de su tercer día, entre mordiscos de un sándwich—, ni lo consideré con plena certeza hasta que pasó lo de Anna y tú estabas desatada. Comprometerme con Anna me ganaba tiempo en Arendelle para apostar por ti. No soy tonto, pero sí pagado de mí mismo cuando las cosas están de mi parte; sabía que intentar un regicidio tendría consecuencias, y como un foráneo siempre estarían atentos a mí, todo me señalaría.
—Es una suerte que hace un lustro nada se inclinase a tu favor.
—Ya tenía historia contigo —repuso Hans con un guiño. —Pero podría haber aprovechado algún juguete de tu sobrino para un accidente, si no hubiese sido un bebé.
—¡Cómo no lo pensó el teniente Mattias!
Él empezó a toser estrepitosamente, en medio de un ataque de risa. La joven tardó menos de un segundo en seguirlo, riendo durante unos momentos antes de detenerse a admirar sus carcajadas.
Era tan encantador y se sentía tan complacida de poder tener una escena así. Más allá del pesar que le daba habérselo perdido antes, congeniar tan bien con alguien fuera de su familia y acabar con el hacha de guerra proporcionaba una sensación que llenaba su alma de calor. Su espíritu estaba sosegado y seguro de que eso era lo que necesitaba al zarpar de sus tierras.
Rio, esa vez sintiendo lágrimas agruparse en su visión, y le tendió una mano a Hans, quien calmó su alborozo.
—¿Puedo abrazarte? —preguntó con apenas un susurro, aguardando una respuesta positiva sin tener que ofrecer una explicación que no sabía poner en palabras.
Desorientado, pero internamente empujándose a lo desconocido, Hans abandonó su silla y se sentó a la orilla del colchón, acomodado a la altura de la cadera de ella. Fuera de su control, inesperadamente su corazón se aceleró y calentó sus miembros y otros espacios de su ser, para multiplicarse al permitir que los brazos de ella lo rodearan.
Envuelto en el pedazo de bosque que suponía Elsa, Hans le entregó a ella el poder particular de su abrazo, que ocupaba un espacio en su interior, el cual ganaba tamaño en su zona de prioritarios.
—Cuando me vaya, ¿podemos ser amigos? —musitó en su oído, conteniendo la melancolía por el adiós para transmitir la esperanza de esa unión.
Él se quedó como tabla, sorprendido de la petición, ínfimamente perdido en algo, pero se relajó al cabo de un instante. Se separó y posó sus manos en los hombros de ella, buscando los pozos que abrían paso a su alma.
—Por supuesto —afirmó sereno.
Las comisuras de los labios de ambos se alzaron en un par de sonrisas, sellando su acuerdo. En la mirada del otro encontraron la confianza que venía con la amistad, junto al sincero deseo de no defraudar al dueño de los sentimientos que les eran depositados.
Segundos más tarde, sus mentes despertaron del estado de suspensión y palpitando de incertidumbre cayeron en la cuenta de sus posiciones.
Hans se levantó de la cama y volvió a su silla, cada uno recuperó sus sándwiches.
Sin embargo, las sonrisas y miradas de soslayo continuaron intermitentemente.
NA: ¡Hola!
No se espanten de lo rápido que este fic ya está finalizado. Me di cuenta que no había utilizado el cliché del esguince, así que cayó re bien para esta pequeña historia. Elsa indefensa con su sexy caballero asistiéndola en lo que necesite (¿es aquí donde va la berenjena? Ja,ja). ¡Amigos!
Besos, Karo.
Guest: I love writing Elsa, my heart bleeds for enemies to lovers ha,ha. It'd so nice to have more time to enjoy it... and stories, but my small contribution will do for now. So, I'm happy you fell for the dead part for a bit, I wasn't going to kill him without the opportunity to exploit their chemistry he,he :D. Here, with this chapter, I've done it, so maybe he'll die afterwards (kidding). I hope you enjoyed this part, as the last one.
