¡Aloooó!
He venido aquí porque hoy es el cumpleaños de Itachi y quiero dejarle un pequeño regalo.
¡Espero que lo disfruten!
PD: Estoy muy emocionada porque Pierrot acaba de sacar un arte oficial de Itachi y Shisui, con motivo del cumpleaños de nuestra comadreja. Más canon imposible.
Kuramatsuri
~ ShiIta ~
I was waiting for someone
To turn my world around
You came in the summer
And time was winding down
[ For someone, Flora Cash ]
. . .
Pedazos de ti incrustados en mí
Pedazos de mí, tirados en el camino
[ Carnaval, Fernando Milagros ]
No estaba en sus planes regresar a su viejo hogar.
Si alguien les preguntara a todas las personas con las que Itachi se había cruzado en Kioto, coincidirían en que el chico no pertenecía a ciudades caóticas, sino a pueblos lluviosos escondidos en lo alto de las montañas.
En el fondo, él sabía que era verdad. Gran parte de su vida añoró el campo. Resultaba curioso que su decisión de volver a su pueblo se debiera más a una recomendación médica que a su propia convicción.
—Ya estoy llegando, tengo que colgar—avisó Itachi cuando el camión se detuvo en la estación que indicaba el camino hacia Konoha.
—Avísame cuando te instales, nii-san, por favor—pidió Sasuke desde la otra línea—. Iré a visitarte en dos semanas.
La casa donde creció era más grande en sus recuerdos. Aquello tenía toda lógica, pues habían pasado más de quince años desde que él y sus padres se habían marchado.
Pese al polvo, el lugar resultaba muy apacible. Era una casa tradicional, tenía una excelente entrada de luz, y la vegetación tras la cerca, coronada por amplios bambúes, disiparía bien el calor que pudiera sentirse durante los picos más altos del verano.
Itachi consideró cortar el césped y limpiar el polvo, pero quizá no sería buena idea. El viaje lo dejó más agotado de lo que había esperado (considerando su situación, Sasuke y Karin lo regañarían si supieran que mintió al prometerles que pediría ayuda para llevar su equipaje hasta la casa), así que esa tarde desempolvó la casa solo superficialmente y se quedó sentado por un largo rato en el pasillo que daba al jardín, pensado en su vida ahí, como una película vieja corriendo frente a él.
Tenía varios buenos recuerdos de Konoha, por supuesto. Recuerdos que atesoraba.
Uno de los más preciados, era el Kuramatsuri.
Itachi pasó gran parte de la tarde hablando con Karin por teléfono. La doctora le enlistaba sus medicamentos y le daba recomendaciones específicas por cada uno de ellos. Organizaron un calendario riguroso por cada pastilla, y acoplaron la dieta del moreno a la variedad de frutas y verduras que había en el pueblo de Konoha, pues ella sostenía que uno de los mayores beneficios del campo es que Itachi podría prescindir de los alimentos altamente procesados de la ciudad.
—También te hará bien el aire limpio y fresco. Puedes dar una caminata diaria de media hora por el bosque y el pueblo, pero no te atrevas a esforzarte de más —le había dicho ella.
Itachi tomó nota.
De todas formas, no es como si no estuviera desacostumbrado a hacer ejercicio más allá de las caminatas ligeras y uno que otro intento de meditación y yoga (en la ciudad era difícil desconectarse del ajetreo y los ruidos). Pero así había sido desde que nació, y casi nunca se había sentido especialmente motivado.
—¿Puedo bailar?
—¿Bailar? —repitió Karin, sin entender.
—Aquí en Konoha se celebra un festival cada año en verano—explicó Itachi—. Hay máscaras, música, desfiles y bailes.
—¿Sabes bailar, Ita?
—No—respondió Itachi, mirando por la ventana—. Pero en algún momento deseé mucho aprender.
El día siguiente, Itachi decidió visitar el pueblo.
El restaurante de ramen donde solía comer con sus padres estaba casi igual a como lo recordaba. Desde ahí, camino al bosque, todavía se podían ver las puertas Torii que abrían el camino al santuario de Konoha. El pueblo, aunque más moderno, todavía era alegre y vivaz, Itachi caminó varios minutos alrededor hasta que, rendido, buscó la ayuda de una mujer que pasaba a su lado.
—Disculpe, ¿conoce algún lugar dónde comprar dangos por aquí?
Ella lo inspeccionó como a un forastero.
—Hay uno al final de la calle.
Al parecer, su escrutinio dio frutos antes de que el joven se marchara, pues de inmediato cambió su expresión y lo sostuvo del brazo.
—¿Itachi? —inquirió ella—. ¿Itachi-kun? Eres tú, ¿verdad?
—Buenos días, señora Hotaru—la reconoció Itachi.
—¡Cómo has crecido!
Ella empezó a llenar al muchacho de comentarios y preguntas sobre su familia. Itachi trató de responderlas toda la amabilidad posible, aunque el tono condescendiente de la señora Hotaru lo estaba sentir incómodo.
Tras despedirse, Itachi se dirigió a la tienda mencionada por la mujer. Sin embargo, el sabor de los dulces no era nada parecido a los que había probado en su infancia. El local al que él había ido de niño había dejado de existir, y por alguna razón su estado de ánimo decayó, como si una de las más grandes razones por las que hubiera regresado ya no estuviera más ahí.
"Mi hijo tiene un gran corazón".
"Los niños con un corazón tan grande deben ser un milagro".
Itachi estaba acostumbrado a que la gente lo tratara como una criatura frágil.
Era un niño muy inteligente, muy listo y sagaz. Sin embargo, esas cualidades no resaltaban mucho si estaba enfermo del corazón.
Muchos de sus primeros recuerdos involucraban la modesta sala de hospital y el sabor artificial de las paletas que le ofrecen a los niños bien portados.
Durante aquellas visitas, Mikoto y Fugaku siempre mostraron el mejor de los ánimos, incluso en el transcurso de los días normales. En las noches era cuando Itachi escuchaba mejor los murmullos, las lágrimas silenciosas, y a su madre consolándose con la cruel paradoja de que el corazón de su hijo estaba creciendo anormalmente porque así sucedía con los niños milagrosos.
Sin embargo, Itachi entendía su situación de una forma menos metafórica. Entendía que debía hacer (o evitar hacer) ciertas cosas para no morir tan pronto.
Había alimentos prohibidos. Había actividades era mejor evadir. Itachi no podía ejercitarse ni ponerse en situaciones estresantes. No podía jugar a las atrapadas con los niños del colegio, no podía hacer cosas tan típicas del pueblo como salir a bailar, así como lo hacían en los desfiles del Kuramatsuri.
Habló con Sasuke por teléfono la mañana siguiente.
El más joven tenía rasgos obsesivo-compulsivos muy marcados. Tras veinte minutos repasando la rutina y las prescripciones médicas de Itachi, le preguntó si le habían ayudado a instalarse correctamente en la vieja casa de sus padres. Insistía en que los muebles debían estar limpios y la hierba alta bien cortada. A Itachi le causaba un poco de ternura que su hermano se preocupara tanto por una casa que en realidad jamás había conocido, pero apreciaba el gesto.
—No lo hagas tú solo, hermano. Mamá tenía una amiga allá, ¿no? La señora Hotaru. Pídele ayuda a ella—sugirió Sasuke—. El polvo no es bueno para tu salud.
Itachi fue al mercado ese mismo día para comprar artículos de limpieza. Pero tenía pocas intenciones de encomendarle la tarea a otra persona. Había pasado ya un tiempo desde la última vez que estuvo internado en el hospital, y aunque la recuperación se estaba prolongando más de lo esperado, Itachi necesitaba hacer ciertas cosas por sí mismo.
Estaba esperando que el vendedor regresara con su cambio cuando unos niños pasaron corriendo a su lado. Llevaban máscaras de madera que representaban a Kurama, el zorro de las nueve colas. El día del festival se estaba acercando. Además de las máscaras, el pueblo ya empezaba a vender trajes típicos de diferentes colores y linternas de papel.
Su corazón se encogió, no de forma literal (eso habría significado el fin de sus malestares físicos), sino que sintió una calidez casi olvidada.
Decían en el pueblo que Kurama te cambiaba un deseo por una linterna de papel (un cachito de la luz de la tierra).
Hace mucho tiempo, antes de su último festival, Itachi había soltado una de esas.
Había pedido que Shisui nunca se apartara de su lado.
La primera vez que fue al Kuramatsuri tenía ocho años.
Mikoto temía que la algarabía pudiera alterar a Itachi, pero Fugaku creía que un poco de estimulación no le haría daño. Después de todo, una vida carente de diversión no debía ser normal para un niño tan pequeño.
El Kuramatsuri era una festividad que se celebraba en Konoha desde tiempos antiquísimos. Se realizaba en honor a Kurama, una traviesa deidad con forma de zorro con nueve colas, que había sido designado como guardián del bosque por la diosa Amaterasu. Durante el festival, la gente dejaba ofrendas a Kurama, realizaban bailes en su honor y lo honraban con juegos y representaciones dramáticas.
Itachi nunca estuvo realmente interesado en el festival hasta que estuvo ahí. Le sorprendió la cantidad de tonalidades que podían existir entre el rojo y el dorado en lo oscuro de la noche. La música, aunque ruidosa, era alegre y estimulante. Sobre los hombros de su papá, Itachi vio un gran zorro hecho de papel que se deslizaba sobre el camino cual serpiente marina. A su alrededor, había un grupo de personas bailando, ataviadas en capas y capas de telas de diferentes colores y formas.
Itachi nunca había bailado en su vida; estaba seguro de que nunca lo haría. No obstante, en ese momento deseó con todo el corazón poder hacerlo.
Durante las excursiones escolares en la primaria, había ciertas instrucciones que los maestros de Itachi debían seguir, dada su condición.
Itachi no podía correr, trotar o hacer ningún tipo de esfuerzo físico que implicara cargar cosas. Necesitaba resguardarse del sol y estar hidratado todo el tiempo. Tampoco podía nadar, por lo que cuando el grupo bajaba al río Nakano para refrescarse, Itachi se quedaba bajo un árbol junto a su profesora, leyendo.
Un día, cansado de siempre estar en reposo y aprovechando el sueño en el que la profesora se sumió, Itachi se escabulló entre los árboles del bosque. Caminó hacia la cascada, más allá de donde sus compañeros nadaban. Se detuvo hasta que la brisa del agua le salpicó las mejillas. Cerró los ojos para disfrutar la frescura y luego se recargó sobre un árbol.
Cuando abrió los ojos, los rayos de sol filtrados entre las hojas dificultaron su visión, pero a medida que enfocaba, se percató de alguien ahí, a unos metros de distancia.
Era un muchacho un poco mayor a él, un lugareño tal vez, con el pelo ébano curvado en todas direcciones. Llevaba un pantalón azul marino y el torso desnudo. Estaba girando y saltando de un lado a otro, cayéndose y volviéndose a levantar, en una especie de extraño baile que a Itachi le causó gracia.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó, bajando con cuidado la pequeña inclinación de tierra que lo separaba del otro niño.
El rizado no respondió.
Ofendido, Itachi insistió en preguntar otra vez. Estaba acostumbrado a ser ignorado a veces por algunos de sus compañeros. No obstante, este niño no lo conocía, así que no tenía ningún derecho.
Fue hasta que Itachi apareció dentro de su campo de visión, que el chico de rizos fue consciente de su presencia. Trastabilló sobre sus propios pies e hizo todo lo posible para no caerse. Luego, le regaló a Itachi una sonrisa amable.
—Lo siento—dijo el rizado, moviendo las manos—. No puedo escucharte.
Itachi, todavía sin procesar, abrió la boca para hacer otra pegunta. Tan pronto se percató de su error, abrió su libro y señaló los kanjis.
—Leer sí puedo—respondió el niño—. Un poco.
Itachi sacó un lápiz de su morral y escribió en la última página del libro.
"¿Qué estás haciendo?"
—Estoy practicando para el Kuramatsuri.
El niño sonrió ampliamente, e Itachi se preguntó cómo alguien que se caía una y otra vez al bailar pudiera querer participar en el festival.
Los padres de Itachi eran escritores de una revista especializada en botánica para la Universidad de Kioto. Su nueva publicación mantendría su agenda ocupada, por lo que dieron la instrucción a Itachi de que regresaría solo a casa por una temporada.
Fugaku había convencido a su esposa de que al niño le sentaría bien la actividad física moderada. Después de todo, la primaria estaba a quince minutos de distancia a pie.
Un día, sin embargo, Itachi se desvió al bosque y bajó la cascada con cuidado, preguntándose si volvería a encontrarse con el niño de cabello rizado.
Ahí estaba él, como si hubiera estado esperándolo, con el mismo pantalón azul marino y los pasos de baile desorganizados.
En cuanto el muchacho notó la presencia de Itachi, levantó su mano para saludarlo.
—Hola—dijo Itachi, olvidando que el chico era sordo. Se sonrojó por su metida de pata, y escribió en su cuaderno su pregunta.
"Mi nombre es Itachi. ¿Cómo te llamas tú?"
—Me llamo Shisui—respondió el niño con una sonrisa, escribiendo los kanjis correspondientes en la libreta de Itachi—. Mucho gusto, comadreja.
Después de tantos años, Itachi aún conservaba la librera donde Shisui le escribió su nombre. Y pese a no haber pensado en él durante décadas, lo cierto es que al cerrar los ojos todavía recordaba sus encuentros en la cascada Nakano. Recordaba bien al niño sordo, a su pasión por el baile y el festival.
Shisui era dos años más grande que Itachi. Había nacido con un oído sano que comenzó a perder poco a poco desde los diez años. Trabajaba junto a su padre en un campo de arroz a lo alto de las colinas. No iba a la escuela, pero aprendió a leer y escribir gracias al patrón de su padre, en cuyos terrenos tenían su hogar.
—Mi mamá era una artista— Cuando Itachi volvió a visitarlo, el día siguiente, Shisui le enseñó una máscara tradicional de Kurama pintada a mano. Itachi ya las había visto en el festival, pero nunca una tan bonita—Y también era bailarina en el Kuramatsuri.
»Yo quiero bailar, así como ella.
"Las personas sordas tienen problemas en el equilibrio. Y no puedes escuchar la música. ¿Cómo se supone que podrás bailar?"
Shisui frunció el ceño. Itachi tardó en entender que el chico ya no podía leer bien aquella pregunta.
Así que pensaría en otra manera de comunicarse con él.
La profesora Kurenai le consiguió a Itachi el libro perfecto. El método consistía en darle significado a las señas que uno hacía con las manos y los gestos. Era la forma más común de comunicación para las personas con sordera.
—¿Por qué estás leyendo eso, hijo? —le preguntó Fugaku, durante la cena.
—Porque tengo un amigo que no puede escuchar—respondió la comadreja con simpleza.
La sorpresa de sus padres había sido una sutilmente alegre. Mikoto intentó llenar a Itachi de instrucciones sobre no sobre esforzarse físicamente al jugar con su nuevo amigo, pero Fugaku fue capaz de tranquilizarla.
—Son niños, no van a correr un maratón—le dijo—. Nuestro Itachi sabe cómo cuidarse.
Su hijo pasó las próximas tardes junto a la cascada enseñándole a Shisui su lenguaje a señas.
—Mi nombre es Itachi Uchiha—dijo la comadreja, con la voz y con las manos—. Al igual que tú, yo también estoy enfermo. Mi corazón es más grande que el de los demás.
Shisui le había sonreído.
—Eso puedo notarlo—replicó el chico—, solo con verte a los ojos.
Había aprendido el método bastante rápido.
Sasuke le llamó para decirle que tardaría una semana más en llegar, pues el proyecto en el que estaba trabajado se había retrasado por culpa de unos colegas.
—No te molestes conmigo, nii-san—pidió tras el largo silencio de Itachi—. Prometo que me quedaré contigo todo un mes.
—Está bien, hermanito—concedió el de pelo largo—. Solamente se me ocurrió que podríamos ir juntos al Kuramatsuri.
—Lo siento mucho, Ita. Lo discutí con Kakashi. No puedo dejar así el proyecto ahora—Sasuke suspiró, con culpa—. ¿No hay nadie allá con quien puedas ir?
—Tal vez… —dijo Itachi—, tal vez pueda ir con un amigo de la infancia.
Lo cierto, es que Itachi ni siquiera había hecho el intento por buscar a Shisui.
—Hermano—le llamó Sasuke, con cuidado—. Si vas, cuídate mucho por favor.
Itachi se despidió de su hermano pequeño y caminó hacia a la caja registradora.
—Con la máscara, son tres mil yenes—dijo la cajera.
Itachi le entregó su tarjeta de crédito.
Antes, mientras hablaba con Sasuke, había pasado junto a una hilera de máscaras de madera para el Kuramatsuri, todas alusivas a Kurama. Sin pensarlo, había tomado una.
—¿Piensa ir acompañado, Itachi-san? —preguntó la joven. Había conseguido el nombre de la comadreja en el recibo que le dio. Sus mejillas estaban sonrojadas. Itachi parpadeó—. Al festival, quiero decir.
—Ni siquiera estoy seguro de ir—respondió él.
—¿Qué sentiste cuando empezaste a perder el oído?
Shisui miraba el cielo con su máscara de zorro puesta, recostado junto a Itachi, quien estaba sentado contra un árbol. Estaba exhausto tantos tropiezos en su práctica de baile, pero su esfuerzo le provocaba una especie de satisfacción que a veces Itachi no entendía.
—Sentí como si me sumergiera en el mar y las personas siguieran hablándome desde afuera—Shisui se incorporó para hacer las señas con más facilidad—. A pocos centímetros es fácil, pero a medida que te alejas más y más de la superficie, las voces se desvanecen hasta que todo queda es el silencio.
—Yo siento algo parecido—dijo Itachi—. Pero a diferencia de ti, a mí me echaron al mar con brazos y piernas amarrados. Puedo ver lo que hace la gente en la superficie, pero si intento quitarme las ataduras para imitarlos, me ahogo.
—No estás amarrado—apuntó Shisui, colocando su mano sobre el pecho de Itachi. Le sonrió—. Hay muchas cosas que puedes hacer, comadreja. Creo que tu corazón se esfuerza todo lo que puede para permitírtelo.
» Puedes hacerlo si le sigues el ritmo a tu corazón en lugar de a los demás.
Itachi observó a Shisui. Pese a su poca formación escolar, parecía hablar desde una sabía experiencia. Su corazón no se detendría por cada giro, movimiento o salto que diera, pero no podía mantener el equilibrio correctamente. No podía escuchar, no podía hacer eso que tanto le gustaba como cualquier otra persona. Sus caídas eran inevitables.
Tal vez por eso Itachi lo encontraba fantástico. Al pensar en él, pensaba en las aves en el cielo, completamente ajenas al hecho de que su cuerpo no estaba diseñado para volar.
Itachi entendía que, pese a recibir todos los cuidados posibles y ajustarse al margen riguroso de su tratamiento para vivir bien, su vida nunca sería igual a la de los otros niños.
Él estaba acostumbrado a moverse, correr o sentir a través de los libros. Pero una tarde, de esas a las que ya estaba tan acostumbrado en Nakano, Shisui se puso su máscara de zorro y lo invitó a bailar.
Había pocas cosas que Itachi sintió con tanto fervor desde entonces. Las dudas, y cualquier clase de miedo se extinguieron en sus pies, moviéndose torpemente en el pasto gracias a los movimientos también torpes de Shisui. Era el viento, que se colaba entre su cabello cuando daba vueltas, era la sensación de moverse en el espacio, y sus manos nerviosas, sujetas firmemente a las del niño rizado.
Podía ver cómo el mundo se movía a su alrededor si él era capaz de moverse también. El cielo era azul, los árboles verdes en pleno verano, la brisa fresca. A Shisui se le cayó su máscara de zorro e Itachi fue capaz de verlo sonreír.
—¿No es divertido, comadreja? —le preguntó el muchacho.
Itachi exhaló. Una fina capa de sudor se había formado en su frente, a medida que la emoción de su cuerpo aumentaba y bailaba con mayor libertad.
¿Cómo Shisui podía ser tan feliz? ¿Cómo, si la falta de equilibrio no le permitía moverse bien y no era capaz de escuchar a los pájaros cantar ni el sonido de la cascada?
Itachi no lo entendía, pero se sentía feliz también. Su corazón estaba feliz.
Latía más rápido de lo que estaba acostumbrado.
Itachi le repitió varias veces a Shisui, con señas, que no había sido su culpa, y que ni siquiera se sentía tan mal. Bailar lo había cansado un poco. Se trató solo de un ligero mareo, nada más. Pero ninguna explicación fue capaz de apaciguar la expresión de culpa en el rostro del rizado.
—Lo siento, lo siento muchísimo, comadreja. No fue mi intención que eso pasara— se disculpaba el joven una y otra vez, palabras entremezcladas con señas.
Al final, antes de que se pusiera el sol, Shisui subió al pueblo con Itachi cargado sobre su espalda.
Mientras dormitaba, Itachi se preguntó si los latidos de su corazón se debían a una secuela, o solo al hecho de tener su pecho sobre la espalda cálida del otro niño.
Cuando Mikoto recibió la noticia de que estaba embarazada de vuelta, tanto ella como Fugaku tuvieron miedo.
No se lo dijeron a Itachi abiertamente, por supuesto. Pero él niño había aprendido a leer bien las expresiones de sus padres y las palabras implícitas de su silencio.
La posibilidad de tener otro hijo con la misma condición de Itachi no era grande, sin embargo ¿quién podría negar los temores de dos padres primerizos que habían batallado mucho para que su primer bebé sobreviviera los primeros años de vida?
—Quizá deberíamos mudarnos la ciudad—sugirió Fugaku—. Allá pueden hacerte estudios, asegurarse de que el bebé está bien. Y podríamos buscar un mejor tratamiento para Itachi.
—No lo sé, Fugaku. La ciudad no le hará bien a Itachi—dijo la mujer en voz baja—. El aire, el ruido. Puede estresarse fácilmente. Aquí está tranquilo. Aquí estamos bien.
—¿Está bien? —Fugaku alzó la voz—. ¡El niño está encerrado en su mundo todo el tiempo! No puede hacer nada, casi no tiene amigos. ¿No has notado que lo excluyen sus compañeros? Si buscamos otra alternativa, quizá podría tener una vida más normal.
—Yo estoy bien, papá—interrumpió Itachi, en el umbral de la habitación de sus padres—. Ya tengo a Shisui. Él es mi amigo.
Ambos se quedaron helados por un momento. Luego, Mikoto forzó una sonrisa y escondió las lágrimas.
Se hincó frente a su hijo.
—También vas a tener un hermanito, mi amor.
Shisui siempre tenía esa mirada amable, incluso cuando la gente era cruel con él.
—Lo siento, no puedo escucharla—el muchacho ya se había disculpado por tirar accidentalmente los dangos de la mujer al piso. Ella seguía reclamándole, y el rizado nada más podía pedir perdón por no comprender las cosas que le decían.
—¿Eres idiota o qué, niño? ¿Cómo que no puedes escuchar?
Itachi entendió que tal vez era bueno que Shisui no pudiera escucharla.
—Tiene sordera— se puso entre la mujer y su amigo. Le ofreció a la mujer un par de yenes—. No le grite más, aquí tiene el dinero que gastó.
—No es necesario, hijo—interrumpió la dueña del negocio, que luego miró a la mujer con una mirada severa—. ¿Quién se cree usted para gritarle a un par de niños?
En realidad, Itachi no prestó mucha atención a la discusión que siguió entre las dos adultas. La máscara zorruna de Shisui había caído al piso durante el alboroto. Estaba rota. Itachi le había ayudado a levantarla, sintiendo que su corazón comenzaba a palpitar con más fuerza de la habitual.
Sin embargo, Shisui le sonrió.
—Está bien, comadreja—dijo el chico con señas—. De verdad quiero que pruebes los dangos que veden aquí. ¡Estoy seguro de que te van a encantar!
Ellos compraron una orden que se comieron en cuestión de minutos, mientras Itachi le daba a Shisui la noticia de que pronto tendría un hermanito. Luego, al atardecer, emprendieron el camino a casa.
Caminaron tomados de la mano durante todo ese trayecto, hasta que Shisui tuvo que desviarse por el camino que daba hacia los campos de arroz.
Quisiera vivir como tú, fue lo único que pensó Itachi. Quisiera que mi hermanito viviera así de feliz como tú.
Itachi se vistió con un atuendo rojo salpicado en tonos dorados. Se observó en el espejo por unos segundos, antes de colocarse la máscara de zorro que había comprado en la tienda de conveniencia.
Podía escuchar la música del festival desde la casa y ver las luces desde su ventana. Tomó las últimas pastillas del día antes de salir a la calle y, luego, todo lo demás se llenó de colores y música.
Era tal y como lo recordaba en su infancia, con las carrosas, los músicos y las acrobacias fantásticas de los bailarines. La plaza principal estaba decorada con luces y linternas de papel, había puestos de comida y dulces que enviaban olas aromáticas a la nariz de Itachi. Pero el joven estaba más interesado en las carrozas.
Estaba buscando a Shisui entre los bailarines.
—¿Itachi-kun? —escuchó una voz a sus espaldas. Se trabaja de la cajera de la tienda de conveniencia. Llevaba un kimono dorado y una flor roja en la cabeza. Ella lo había reconocido cuando Itachi se quitó la máscara debido al calor de la algarabía—. ¡Qué bueno verte por acá, pensé que no vendrías!
Itachi aceptó con amabilidad la compañía de la chica. Era agradable, y Sasuke estaba en lo cierto cuando mencionó que era mejor pasar esas festividades en compañía de alguien.
Cuando estuvieron lo suficientemente cerca de los bailarines, la chica lo invitó a unirse al baile.
—No puedo bailar—comentó él—. Mi condición no me lo permite.
—¿Estás enfermo? —preguntó ella, con duda.
—Tengo cardiomegalia.
Itachi observó como el gesto de la joven pasaba de la sorpresa a la condescendencia y luego a su afabilidad inicial.
—No tienes que esforzarte demasiado.
—La última vez que bailé en el Kuramatsuri tuve un paro cardiaco.
Itachi tenía preparado un regalo para Shisui.
Itachi había arreglado la máscara de Shisui con pegamento y pintura.
La expresión del rizado había sido lo suficientemente poderosa para motivar a la comadreja a tomar una decisión.
—Quiero bailar en el Kuramatsuri contigo, Shisui—pidió—. ¿Me enseñarías unos pasos?
» Por favor.
» Prometo que tendré cuidado.
Shisui tardó en acceder, pero finalmente lo hizo. Todavía se sentía culpable por haber alterado a Itachi. No obstante, la petición de la comadreja venía acompañada con un brillo en los ojos al que no pudo negarse.
Durante los días anteriores al Kuramatsuri, practicaron los pasos con un ritmo ajustado a las necesidades de Itachi. No hubo caídas, ni mareos ni dolores. Itachi lucía contento, como si finalmente hubiera hecho las paces con su corazón.
—¿Qué más se hace en el Kuramatsuri?—preguntó, con genuina curiosidad.
—¿Nunca has ido antes? —Shisui parecía sorprendido.
La comadreja asintió con la cabeza.
—Una vez, pero solo fue durante un rato. Mis padres dicen que no es un buen lugar para mí.
Shisui se llevó un dedo a la barbilla.
—Además de bailar, puedes comer, puedes jugar y también soltar linternas de papel.
—¿Linternas?
El niño rizado asintió.
—Sueltas la linterna y le pides un deseo a Kurama—dijo—Tengo un par que mi madre me compró en su último festival—añadió—. Si quieres, puedo traer uno mañana para enseñarte a usarlo, y el otro lo soltaremos juntos en el Kuramatsuri.
Itachi le dijo que sí, riendo cuando una hoja cayó sobre la nariz de Shisui, provocando que el niño pusiera los ojos viscos.
—¿Le pedirás a Kurama volver a escuchar?
—Tal vez—respondió el chico—. Sería un honor escucharte reír, comadreja.
Una vez, a los cuatro años, una enfermera del pueblo le contó a Itachi que las estrellas cumplían un deseo a aquellos que oraran con fervencia cada noche.
La comadreja pasó más de un mes deseándole al cielo un corazón nuevo. Pero siempre despertaba con el mismo, anormalmente grande corazón.
Cuando soltó su primera lámpara de papel junto a su amigo rizado, durante el crepúsculo anterior a la noche del festival, pidió algo completamente diferente.
Mi deseo es que él y yo siempre estemos juntos.
Itachi creyó ver a un bailarín rizado con máscara de zorro por el rabillo del ojo.
Sintió como si su corazón diera un vuelco. Dejó de escuchar a la cajera Izumi y mandó su atención de un lado a otro, en búsqueda de la mata de rizos.
Pero quizá lo había confundido.
—¿Estás buscando a alguien?
—Creí ver a un amigo—admitió la comadreja.
Ella parpadeó.
—¿Cómo se llama? Te ayudaré a buscarlo.
Itachi dudó en responderle. Si encontraba a Shisui, no estaba seguro de qué decirle, y tampoco sabía si el rizado estaría interesado en hablar con él.
¿Estaría molesto? ¿Se sentiría culpable?
Tal vez ni siquiera lo recordaba.
Había pasado mucho tiempo.
—Se llama Shisui—dijo el joven—. Trabajaba… o trabaja en los campos de arroz.
Una parte de él, por años dormida dentro suyo, hubiera deseado nunca ir al Kuramatsuri.
De ser así, tal vez nunca se hubiera mudado. Sasuke aun crecería como un niño sano, pero en un pueblo tranquilo escondido entre los árboles. Sus padres habrían sido enterrados en el mismo lugar donde estaban sus abuelos y quizá, Itachi habría pasado los mejores años de su vida junto al chico sordo de pelo rizado.
Por supuesto, eso era una especulación.
Lo cierto, es que la comadreja no recordaba mucho del Kuramatsuri en sí, más allá de lo que pasó antes y después.
Él había insistido a sus padres que le permitieran acompañar a su amigo al festival. Pese a su recelo inicial, ellos accedieron porque creían que era bueno para Itachi tener un amigo con quien parecía congeniar tan bien. Le hicieron tomar todas sus precauciones, y después, salió de la casa a encontrarse con Shisui.
Lo siguiente en su memoria, era la imagen de Shisui, feliz en su traje rojo y con su máscara zorruna. Sus manos estaban entrelazadas, Itachi ayudaba al rizado a mantener el equilibro y Shisui motivaba a la comadreja a dejarse llevar. Después…
Después de la gente, el calor, la música, los colores, de los extravagantes personajes y la euforia que lo sacudió en el clímax del baile, llegó la primera punzada, certera en el corazón.
Shisui gritó. Itachi no lo escuchó, pero sintió su fuerte apretón de manos.
Lo demás se había oscurecido y después, sus padres decidieron mudarse.
Itachi no habló durante las dos semanas posteriores a su infarto. No hablaba porque de nada servirían sus palabras y, además, si abría la boca, sentía que iba a ahogarse.
Aunque sus padres nunca se lo dijeron abiertamente, Itachi sabía que su madre estuvo a punto de perder a Sasuke por culpa suya. Eso siempre sería algo que lo perseguiría hasta la tumba, y de cuya sombra era incapaz de librarse cada que veía a su hermano a los ojos.
Por eso, Itachi no quiso buscar a Shisui después de eso. Por eso rechazó la visita en el hospital y jamás volvió a Nakano. Por eso, no replicó nada cuando sus padres se lo llevaron a la ciudad.
Allá, sus padres encontraron un tratamiento que mejoró la salud de Itachi considerablemente, y tanto él como Sasuke recibieron una mejor educación de la que su pueblo natal podía ofrecerles. Sin embargo, la comadreja mentiría si dijera que le resultó fácil adaptarse.
En el fondo de su corazón, siempre extrañó los bosques verdes, los dangos de la plaza y la brisa de la cascada en Nakano.
El rizado se había escabullido entre la gente.
No obstante, Itachi sabía que se trataba de él. Aunque Shisui ya no era un niño, Itachi no podría confundir el cabello rizado ni la máscara de zorro. Estaba tan empeñado en encontrarlo que le había perdido la pista a Izumi en el camino.
—¡Itachi-san, espera! —El joven se giró para ver a la chica, quien le seguía el paso.
—Creo que lo encontré. Va en sentido contrario a los demás—dijo la comadreja.
—¿A Shisui?
—Sí—Itachi le dio la espalda para continuar su búsqueda, pero Izumi le sostuvo del brazo. Lo obligó a mirarla—. ¿Qué pasa?
—Debes estarlo confundiendo con otra persona, no es Shisui.
Itachi se giró completamente hacia ella, confundido.
—¿Por qué lo dices?
—Hablas del hijo de Kagami-san, ¿verdad? De los campos de arroz de los Namikaze.
Itachi asintió. Ella meditó sus palabras y le habló con la mayor suavidad posible para no alterarlo.
—Lo siento mucho, Itachi. Él murió hace dos años.
El sol estaba en su punto más alto cuando Itachi llegó a la casa de la familia Namikaze.
Tal tonalidad azul, tan brillante al sol del verano, le hizo recordar lo mucho que Shisui solía quejarse del calor en los campos de arroz. En aquellos días, Itachi pensaba a menudo en cómo los brazos del niño rizado tenían un tono más acanelado que el resto de su cuerpo.
El señor Minato los recibió a él y a Izumi con cortesía. Les ofreció té, y les contó sobre cómo eran los días en Konoha antaño. Luego, tras su breve preludio, les habló sobre la muerte del señor Kagami y de su hijo Shisui, tres años después.
Contrario a la muerte por causas naturales del padre, el joven rizado había tenido un final más desafortunado. Parte de Itachi solo fue capaz de reír por la ironía de las cosas. Él tenía una enfermedad que, con cualquier pequeño descuido, podría significar su muerte, y a Shisui lo había matado una camioneta con los frenos descompuestos, cuyo claxon el pobre chico sordo no fue capaz de escuchar.
—Era muy joven muy carismático y alegre—contó Minato—. Se metió a estudiar en la preparatoria del pueblo. Quería ir a la ciudad a buscar un mejor trabajo de lo que el campo le puedía ofrecer. Pero yo creo que en el fondo lo hacía feliz pertenecer aquí. En sus tiempos libres le gustaba pintar máscaras y bajar al pueblo a venderlas antes del Kuramatsuri. Decía que la música que tocaban era maravillosa, aunque, ya saben… no era capaz de escucharla.
Itachi imaginó a Shisui con su traje rojo y su máscara rota de zorro.
—Bailaba en el Kuramatsuri—afirmó, pero el dueño del campo de arroz hizo una mueca dudosa y encogió los hombros—. ¿O no?
—No que yo sepa—admitió—. Le gustaba mucho bailar de niño, pero nunca iba al festival. Se quedaba aquí en el campo y lo observaba desde la colina.
La comadreja permaneció en silencio por un rato. Izumi y el señor de la casa compartieron dicho momento hasta que, éste último, salió de la habitación y regresó segundos después con algo en la mano.
Era la máscara de zorro, pegada y repintada hace años por un Itachi más joven.
—Eres su amigo de la infancia, ¿verdad? —adivinó Minato—. El muchacho Uchiha.
» A Shisui le gustaba mucho hablar sobre ti.
Itachi rechazó la invitación de Minato y todos los intentos de Izumi por convencerlo. Pensar en la idea de visitar a Shisui en una tumba le parecía incorrecto.
Era ilógico, casi un chiste. Para Itachi, Shisui era radiante como los rayos de sol entre los árboles de Nakano; como las lámparas de papel del festival. Era todo lo contrario a los cementerios y a la oscuridad. Y si alguien de los dos debió morir primero, era Itachi.
No Shisui.
Jamás Shisui.
Su vida nunca estuvo pendiendo de un hilo por culpa de su corazón gigante.
Itachi tuvo que detenerse a descansar dos o tres veces, hasta que finalmente llegó a Nakano. El río se había secado un poco, pero era casi igual al de sus recuerdos. Escogió un árbol para recargarse y se dejó caer.
Pensó en la cantidad de veces que Shisui habría visitado este lugar desde que ellos se habían separado.
El tiempo, los años, ¿lo habrían borrado de la mente del rizado en algún momento?
—Te extrañé mucho los primeros meses—murmuró la comadreja—. Pudiera decirte que era por todas las cosas que me hubiera gustado mostrarte en la ciudad, pero la verdad es que te extrañaba porque contigo no me sentía solo.
» Después nació Sasuke, mi salud comenzó a mejorar, y poco a poco te fui olvidando.
» Tuve mi primer infarto hace dos años, casi una semana antes de que tú murieras. Me parece curioso que te haya recordado justo entonces. Desperté en el hospital y solamente podía pensar la primera vez que bailamos juntos en Nakano. Hacías que mi corazón forzara latidos para los que no está diseñado.
» No mejoré mucho desde entonces. Mi doctora me recomendó irme a la playa o a cualquier otro lugar fuera de la ciudad, pero aquí estoy, en Konoha.
Observó la máscara zorruna de Shisui. Grietas nuevas hechas por el tiempo. Cuando se la puso en la cara, la sintió tan pequeña como la máscara de un niño.
A través de ella, Itachi imaginó la forma de Shisui, sentada frente a él. Lo pensó como el joven en el que se había convertido antes de morir, pero con las mismas pestañas gruesas, los pantalones azules y sus brazos bronceados por el sol.
—Hola—Itachi le saludó en aquel viejo lenguaje.
—Hola, comadreja.
Itachi sintió una punzada en el pecho. Una dolorosa, de esas en las que era experto.
—Si mi corazón se detuviera ahora, ¿crees que Kurama cumpliría mi deseo?
Cuando Sasuke finalmente llegó a Konoha, todo estaba bien.
Itachi estaba siguiendo al pie de la letra las recomendaciones de su doctora, y la casa estaba tan limpia y bonita que el joven sintió una especie de añoranza por aquel lugar.
Hasta entonces, Sasuke fue capaz de coincidir con los amigos de Itachi cuando decían que la comadreja pertenecía al campo. Podía notarlo en la actitud de su hermano, en la afinidad que parecía tener por la gente, por el aire fresco y por el bosque.
Itachi había adoptado una rutina a la que nunca se acostumbró en la ciudad, donde pasaba la mayor parte del tiempo trabajando en su departamento o encerrado en la biblioteca de la universidad. Pero en Konoha, Itachi había comenzado a salir más. Tomaba caminatas por las mañanas y por las tardes. Sasuke lo miraba interactuar con la gente del pueblo, hacer un par de amigos. Casi parecía que nunca había estado enfermo.
Lo miraba contento.
—¿Alguna vez pensarás en volver a Kioto conmigo? —le preguntó Sasuke, dando un bocado al dango que Itachi le había comprado.
La comadreja sonrió.
—¿Alguna vez pensarás en mudarte aquí conmigo?
Sasuke lo pensó bien y echó una risa.
—Siempre estaré donde tú estés, nii-san, aunque no sea todo el tiempo—dijo el chico—. Este será mi destino turístico de ahora en adelante. Incluso podría acostumbrarme a hacer home office en Konoha durante una temporada.
» Prometo que pasaré el Kuramatsuri contigo el año que viene.
Los hermanos habían pasado una tarde viendo fotografías de cuando Itachi y sus padres vivieron en Konoha. Sasuke se quedó dormido apenas antes de las doce, así que la comadreja recogió el álbum y lo llevó al armario.
Entonces vio ahí dentro una caja pequeña. Una caja que se había resistido a abrir desde que el señor Minato se la había entregado en los campos de arroz.
Le pertenecía a Shisui.
Itachi sintió un hueco en el pecho, pero la sacó del armario y vio lo que había dentro.
Era una máscara de zorro, igual a la de Shisui, a la medida de un niño. Bajo ésta, encontró un cuaderno usado.
Las primeras páginas estaban llenas de planas de hiraganas y kanjis; en las de en medio, había bocetos de máscaras de zorros y una fotografía de Shisui cuando era niño, tomando la mano de sus padres. La tercera parte del cuaderno era más bien una especie de diario, o pequeñas cartas escritas a lo largo del tiempo, con la caligrafía cada vez más pulida.
Cada entrada, iniciaba con el nombre de Itachi.
"Lo siento. Lo siento mucho, mucho. Nunca quise hacerte daño, Ita."
"¿Estás bien? ¿Tu hermano está bien? ¿Y tu mamá?"
"Te extraño. Te extraño mucho".
"Suena a que te estuve escuchando toda mi vida y ahora ya no estás. Se siente extraño."
Las siguientes entradas habían sido escritas años después.
"Pienso en ti a menudo. ¿Cómo estás?"
"Espero que estés bien. Estoy seguro de que lo estás. Eres muy fuerte".
"Cada que veo el Kuramatsuri desde aquí me acuerdo de ti".
"Ojalá estés sano y feliz. Ojalá estés haciendo muchas cosas, comadreja".
"Tal vez algún día nos encontremos en la ciudad".
Shisui escribió la última entrada nueve días antes de morir.
"Ayer no fui al festival, pero sí compré una linterna de papel. Si Kurama en verdad me concederá mi deseo, estaré muy feliz de volverte a ver, comadreja".
Itachi mintió al decir que no había pensado en Shisui hasta despertar de su último infarto.
La verdad es que siempre ha pensado mucho en él, especialmente en sus momentos felices. Había algo en la risa infantil de Sasuke, en el ronroneo de los gatos callejeros o en los chistes de sus amigos en Kioto que le recordaba a Shisui. Itachi sentía mucho y su corazón latía rápido sin dolor alguno.
En la ciudad o en el pueblo, no había mucha diferencia.
Se inclinó sobre el árbol donde solía sentarse a mirar a Shisui bailar, en Nakano. Hace un año, Sasuke le había ayudado a hacer un pequeño altar para su amigo fallecido. Sobre el tronco del árbol, estaban colgadas las dos máscaras de Kurama, una junto a la otra, como los dos niños que años atrás habían practicado juntos para bailar en el Kuramatsuri.
—En dos días tendré mi operación de trasplante, así que me ausentaré por un tiempo, Shi—la comadreja le sonrió a Shisui e imaginó al rizado sonriéndole de vuelta—. Tanto si las cosas salen bien como si no, estaré de vuelta para el próximo festival.
FIN
Si alguien ha llegado hasta acá, ¡muchas gracias por leer!
Espero de verdad que les haya gustado. Parece que esta pareja aun es y siempre será muy importante para mí como para dejar pasar la oportunidad de escribirles algo en el cumpleaños de Itachi.
