Fic

Historias de Albert y Candy

Presenta

Sueños de luna

Por Mayra Exitosa

Reto OctoBert

Junio 2024.

LUNA NUEVA

Portada de Lorena Montalván

Época Candy Candy, con cambios inesperados en los personajes.

Aunque nadie sabía que estaba despierto viendo por los ventanales los bellos jardines de la mansión, en una obscuridad que sobrepasaba no solo su tristeza, la cual imperaba en todo el lugar, pues las luces de las farolas pronto serían a apagadas y la mitad ya lo estaban. Había cierta algarabía por el nacimiento de un nuevo bebe de Sara y Reymond Legan, ella solo era la hijastra de su tía Elroy, quien ya tenía un niño, ahora esperaban al segundo hijo. Esa tarde habían asegurado que volverían a Chicago, para que diera a luz en un hospital privado, con su doctor de cabecera, por lo que planearon dejar al hijo mayor junto a sus sobrinos, como si la mansión Andrew fuera la guardería de todos los menores de la familia del Clan Andrew.

De pronto el sonido de la puerta lo sacaba de sus pensamientos, para notar que volvía a dar una segunda vuelta George Johnson, quien parecía ser su guardia, más que el administrador.

- Señorito, ya debería estar durmiendo. Con tranquilidad inmediato respondía, - Si. El pequeño William, asentía encaminándose a su cama, dejando el lugar donde había estado viendo todo y meditando, así se enteraba de lo que en ocasiones no le contaban, tal como el incremento de niños en la mansión y por lo que había observado, llegaría pronto otro más a los cuidados de la tía Elroy, con tal de que su apreciada Sara Legan no perdiera el ritmo de sus constantes salidas a sus compromisos tal como todas las mujeres de la familia, ya que poseían una agenda colmada de eventos sociales, más no contemplaban el tiempo que pasarían con esos niños que poco a poco se adaptaban al ritmo de todos los empleados y cuidadores contratados para su resguardo. Ninguna de ellas como su hermana que, si ocupaba su tiempo para cuidar de él y de Anthony, después de ella no veía otra mujer con su amor y calidez en la familia, por la tendencia de nacimientos de solo hombres, no esperaría que surgiera una dama como ella en mucho tiempo.

En el hospital cercano a Lakewood, Sara se quejaba de no haber dado a luz en un hospital prestigioso con mayores comodidades y un nivel más privado, pues ahí se encontraban mujeres de los alrededores del lugar, nada digno de una dama como ella. Molesta tomaba un tono pálido al sentir de nuevo una contracción, para luego insultar a la primera mujer que se ponía cerca con el único fin de atenderla y tranquilizarla.

Su marido yacía afuera junto a otros hombres que coincidían con sus esposas en ese lugar, sin embargo, no poseían el nivel aristocrático que lucía y que por asares del destino los unía en esa clínica, su hijo se había adelantado dos semanas según su tiempo estimado, mismo que había pensado trasladar a su mujer al hospital en Chicago, estuvo a punto de que diera a luz en la mansión, pero el medico que tenía contemplado yacía en la ciudad, durante todo el trayecto a la clínica cercana, su mujer le juraba que ya no tendía más hijos, luego de ese fracaso al dar a luz en una granja como llamaba a la clínica en la que por más atenciones que le brindaban, tal como otorgarle una habitación privada y mover al único medico cada cinco minutos solo para ver que aún no dilataba lo suficiente y tenía que estar dándole tiempo alejándose de sus gritos de dolor exagerados, lo cual era tan diferente a las mujeres que se encontraban en el salón general de partos, las cuales no hacían tanto escandalo al darles vergüenza solo de escucharla en la habitación de al lado.

- ¡Oh! ¡Dios! ¡que dolor tan tremendo! - Señora, ¿no es este su segundo bebe? - Lo es, pero no por eso duele menos. Al responder con tanta tranquilidad se daba cuenta que sus gritos eran solo para llamar su atención, como si bajaba el tono para devolver la respuesta, tal vez lo que deseaba era ganarse su servicio privado que tanto deseaba, habían solicitado que fuera a atenderla de manera exclusiva, cuando era el único medico en toda la clínica. La enfermera que estaba a su lado negaba, al darse cuenta de que, al médico, no le gritaba como lo hacía con ella o con sus compañeras.

La noche no era tan complicada, ya que muchas mujeres daban a luz en sus casas con ayuda de un familiar o una partera, era imposible que no localizaran a una de ellas, tan solo por el adelanto de un bebe, al final era de una familia bastante prestigiosa, el mismo doctor lo estimaba como inaudito, él que solo recibía un parto al mes, ahora contaba con más de tres y no podían culpar a la luna como en otros meses, pues apenas era luna nueva y se encontraba relativamente en calma, tan solo por esos nacimientos inesperados que llegaron por la noche y con urgencia, multiplicando a la única paciente que había estado ahí desde temprana hora, con dolores de madre primeriza.

Por fin, la mujer de altos niveles sociales daba a luz a una niña, la cual era atendida con diligencia, mientras que quien había estado sufriendo por más de doce horas y que realmente requería de sus consideraciones, daba a luz en complicadas circunstancias a otra niña en el salón general de partos, ambas bebitas berreaban en la mesa donde eran limpiadas por las enfermeras, quienes ya traían las cobijas de sus madres y la ropita que les asignaban para cada una de ellas. En un giro del destino las luces se apagaron, un viento inesperado movía las puertas principales y las enfermeras tomaron a las niñas para que no se asustaran.

Ambas enfermeras, aun con la obscuridad iban envolviéndolas en sus cobijas y moviéndose de la mesa donde prevalecían los instrumentos de limpieza, sin darse cuenta las niñas fueron tomadas en destiempo y cambiadas de brazos, por lo que sus cobijas tomaron a diferentes pequeñas, la niña del salón general que rebosaba con una carita redonda y la bebita de la habitación privada que gozaba de una carita más alargada, ambas sin cabellos que las identificara plenamente.

La mujer que yacía en el salón general, junto a otras compañeras de circunstancias, temblaba inesperadamente sintiendo un dolor interno que la sacudía, sin medir el tiempo, la compañera que la vio desde su camilla, gritaba pidiendo ayuda a las enfermeras, púes la mujer de cabello rizados había estado agonizando por horas para dar a luz, ahora sucumbía al dolor exhalando su último aliento. La bebita que le iba ser entregada, fue tranquilizada por la enfermera que la llevaba en brazos, así se regresaba dándole ahora un tetero, pues su madre ya no podía atenderla, ni conocerla siquiera, mientras que la pequeña que no dejaba de llorar era recibida ahora por su padre quien yacía afuera de la habitación, orgulloso de tener una pequeña niña de ojitos borrados que apenas se abrían, al escucharlo se callaba el llanto, atenta a la voz desconocida del señor Legan.

- Su hija parece conocerlo, señor. Mire se ha guardado silencio a pesar de que no ha dejado de llorar desde que salió de su madre. - Es una Legan, por supuesto que sabe cuándo guardar silencio. ¡mi hija! Tu hermano estará tan feliz de no tener un compañero con quien competir y si una hermanita a quien proteger.

Junto al médico, ambos hombres entraban y notaba que la dama, ya había cambiado, de ser una mujer exagerada, ahora después de su limpieza, sonreía por ver el rostro de su pequeño bebe. - Tenemos una niña, Sara. Una pequeña dama. - ¡que bella es! - Se parece a ti, debemos conseguir una nodriza para que la alimente, se ha callado en cuanto me ha escuchado. - Reconoce a su padre. - Si, toda una Legan.

Como si supiera que ni guardando silencio le darían de comer, la pequeña comenzaba con tremendos berridos, para reclamar su alimento, lo cual, en esas circunstancias, no tenían estimado, pues la nodriza que le daría leche materna estaba en Chicago, no en ese lugar, no hubo más remedio que intentar mostrarle a Sara, como se amamantaba a un bebe.

Por ser día lluvioso, se quedaba un día más sin poder trasladarse, tanto la bebita huérfana, la cual le fue asignada una muñeca de tela, como la pequeña de la habitación privada, quien ahora era enjuagada y bañadita con toallitas especiales para colocarle un pequeño camisón de seda que su madre había adquirido para ella.

Mientras que la bebita que no había salido de su cuna, al no contar con su madre, movía la muñeca de trapo y la sacudida de un lado a otro para lanzarla fuera de la camita, cayendo donde estaba la ropa de seda. La enfermera al ver el bulto de trapo la metía en la maleta de piel, donde le dieron las cosas para vestir a la pequeña dama. Sara por fin saldría de ese lugar, el auto la esperaba y ella llevaba en brazos a su pequeña hija, todas las cosas que había llevado eran subidas en el portaequipaje, como si hubiera ido de viaje, ahora regresaba vestida finamente, incomoda porque ni a su primer hijo le tuvo que dar de comer de sus pechos mientras que, a su hija, al nacer en ese feo lugar, no tuvo más remedio que amantarla.

La mujer que había acompañado a Lucy a dar a luz se enteraba que la joven había fallecido y su bebita había quedado huérfana, aunque acepto hacer los pagos de las atenciones y recoger a la niña, luego de unos meses esta meditaba en su casa que no podía quedarse con ella. Bernardina apreciaba a Lucy, tenía poco de conocerla y apoyarla, su pareja se había marchado a la guerra, dejándola en la eterna espera, no podía trabajar y cuidar de un bebe al mismo tiempo, así que dejaba a la pequeña con todo lo que su madre había reunido para ella, dentro de la misma sexta de pan en la que había decidido colocarla bajo ese árbol.

Así la pequeña de piel rosita, cabellos pelirrojos, mirada intensa y obscura, era abandonada en las afueras del orfanato más cercano, el hogar de Pony, coincidiendo con la llegada de otra bebita que poseía cabellos obscuros y una carta con su nombre escrito, Annie, ese mismo día. Bernardina avergonzada con tal de que nadie se diera cuenta, no le puso ni el nombre de Lucy, porque no quería que la enlazaran a un bebe que después de dos meses terminaba abandonándola, tomaba la decisión de irse del pueblo y buscaría otro lugar de trabajo.

CONTINUARA...


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Mayra Exitosa