El ambiente festivo podía percibirse en cada rincón de la muy prestigiosa Weston College, el tradicional torneo de críquet estaba a punto celebrarse en unas pocas horas. Para Ciel, ese cuatro de junio que parecía ser una fecha lejana transcurrió en un abrir y cerrar de ojos, tal vez lo sentía así por estar inmerso en sus actividades escolares y las extracurriculares también. Todo lo que pudo entrenar para ganar este torneo ya estaba hecho no podía hacer más por ahora, solo restaba aguardar al día siguiente para ejecutar correctamente cada uno de sus planes que lo llevarían a la victoria.
La noche de ese tres de junio no era usual, siendo palpable la emoción de los estudiantes que se preparaban para asistir a la reunión que daría la apertura al torneo. Esta era la única ocasión en que la escuela abría sus puertas al mundo, para recibir en una velada inolvidable a las familias y amigos de los jóvenes, un festejo que se consideraba el preámbulo al reconocido evento deportivo.
—Mi joven amo se ve tan hermoso como siempre.
Era el halago sincero de Sebastian terminando de arreglar el traje formal en el delgado cuerpo de su amo, ese traje que vestiría para la presentación del equipo de la Casa Azul, unos minutos después en la velada especial. Ocultos de la mirada de los demás, amo y mayordomo se preparaban entre las cuatro paredes de un salón desocupado. Ciel sintiendo sus caricias con el pretexto de arreglarlo esbozaba una sutil sonrisa, permitiendo así esta grata sensación que provocaba su firme tacto, sin negarse solo se dejaba consentir.
—El profesor Michaelis también está atractivo hoy, seguramente es por que vendrán damas a visitarnos.
—Gracias por el halago, pero si me arreglo es solo para deleitar la mirada de mi joven amo, no me interesa atraer la atención de alguien más. —Con un coqueto tono de voz decía junto con uno de sus usuales guiños de ojo.
—Tonto.
El conde con una tímida sonrisa murmuró ante sus galantes palabras, palabras a las que parecía nunca poder acostumbrarse ya que siempre lo alteraban gratamente de manera inconsciente, provocándole sutiles bochornos que su demonio parecía disfrutar. Solo él podía provocarlo así y reprochárselo sería aumentar más su gusto, además era estúpido hacerlo cuando disfrutaba también de estos jueguitos mutuos de coqueteo.
En ocasiones no necesitaban mayor incitación para que en un nada incómodo silencio unieran sus labios en un beso, como lo hacían ahora. Sebastian sentía los pequeños brazos de su amo, enredarse y presionar su cuello en una sutil muestra de posesividad, un abrazo que no era necesario para afirmar que era suyo y le pertenecía de forma incondicional. Sin embargo, era reconfortante que lo afirmara de esta manera, sin querer negarse a tal afecto correspondía al abrazarlo por su delgada cintura para presionarlo a su cuerpo.
—El joven amo besa delicioso, me pregunto quién le enseñó tan fino arte de seducción.
—Un demonio lascivo.
—Oh, que buen trabajo... —Susurró antes de besarlo de nuevo con mayor ímpetu apartándose casi de inmediato— Exquisito, el movimiento de su lengua, el sabor de su boca... Son besos que enloquecerían a cualquiera.
Ciel frunciendo el ceño lo miraba relamerse los labios, cuanto odiaba que interrumpiera un beso que deseaba seguir, aún si era con palabras que elogiaran su forma de besar. —Lo haces a propósito, ¿no? Te desquitas, solo porque no tendremos sexo hasta que acabe el torneo.
—¿Me cree capaz de tal acto malvado?
—Si.
Sebastian sonreía ante su nada vacilante respuesta, no había duda que su joven amo lo conocía bien, porque si estaba un poco frustrado al llevar dos días sin intimar, todo por el cansancio de los extenuantes últimos entrenamientos y ahora porque no podía agotar su cuerpo horas antes de tan crucial partido. Era demasiado tentador verlo tan hermoso en ese traje que solo le placía romper para poseerlo ahí mismo, pero sobre sus ansias estaba el cumplir las órdenes de su amo, en términos sencillos el contrato se sobreponía al deseo de ambos.
—Es una pena, Sebastian... Pero mientras más acumulemos las ganas mejor será nuestro próximo encuentro.
—Es cierto, como hace unos días en la capilla. El joven amo estaba insaciable ese día, la forma desenfrenada en que saltaba sobre mí... Me pregunto quién le enseñó a hacer el amor así.
—El mismo demonio lascivo.
—Admirable, que buena educación ha recibido y seguramente le falta más por aprender... —Susurró el demonio con una provocativa sonrisa mientras acariciaba sutilmente sus piernas.
—No me excitaré con esto, el único que terminará con una erección eres tú.
—Probablemente, porque no puedo evitar recordar la sensación que me provoca el poseer su delicado cuerpo, ese cuerpo que esconde un calor intenso que solo arde junto a mi.
—Entonces masturbate mientras sigues delirando en tus recuerdos obscenos, por que nada va pasar entre nosotros ahora.
—¿Es una orden?
Ante esa pregunta cargada de erotismo, Ciel no afirmó ni se negó solo torció la mirada alejándose de él. —Mientras mantengas tu distancia, no me desarregles ni ensucies, haz lo que quieras.
Sebastian de pie frente a su amo, se bajaba los pantalones y subía su túnica para dejar ver su hombría algo despierta, empezando a estimularla con ambas manos no apartaba la mirada de Ciel, quien tampoco dejaba de verlo, incitando el deseo de ambos. Que deleitable y tentadora escena, el conde no sabía si fue buena idea provocarlo así, porque sintió como su interior empezó a cosquillear, como si por instinto supiera que ese miembro erecto debía encajar solo dentro suyo. Sonrojado sentía que su razón se nublaba, reacción usual cuando estaba en una situación así con su demonio, dudando si debía dejarse llevar por la excitación del momento, bajarse los pantalones y abrir las piernas para que lo invadiera con fuerza.
—Oh, joven amo... Es tan hermoso... La forma en que me mira.
—Basta Sebastian, no podemos hacerlo... No vamos a arriesgar todo por un desliz.
—Si lo hacemos ahora, su cuerpo descansará hasta mañana, quien sabe hasta podría liberar la tensión y eso nos favorece.
—No voy a presentarme en la velada ante mi familia y sirvientes oliendo a sexo...
—Esa es una mala excusa, siempre lo aseo bien cuando terminamos, el dulce aroma de nuestros fluidos mezclarse queda solo entre nosotros.
—No... —Murmuró Ciel levantándose de la silla donde estaba para dirigirse a la puerta, entre los sutiles gruñidos de su Sebastian se prestaba a huir de la fuerte tentación. No creyó que fuera tan débil para encenderse con solo ver ese miembro erguido que amenazaba con invadir su interior.
—Joven amo... Ya voy a terminar, no se vaya.
Era lo que el demonio decía a manera de ruego, pero sólo alcanzó a ver cómo la delgada silueta de su amo desaparecía con sigilo y prisa del salón. Aún cuando debía enojarse por su desplante, no lo hizo, al contrario sonreía al verlo huir así, porque significaba que él también era vulnerable a este placer. No pasó mucho tiempo para que Sebastian en un gemido tenue descargara su semen entre sus manos inquietas, solo imaginar mojar el interior de su amo lo hacía disfrutar este clímax en solitario. Habiendo desahogado un poco sus ansias se aseaba y arreglaba sus ropas antes de salir, sería una noche complicada por las visitas que su amo recibiría, todo ese entorno que lo obligaría a tratar a su querido amo como un estudiante más.
Tal como supuso que pasaría la velada transcurría sin mayor novedad, Sebastian se deleitaba en la belleza esquiva de su amo, quien lo trataba ante todos con el respeto que un profesor merecía. Debía admitir que a pesar de estar seguro de los sentimientos de su joven señor, no podía negar que estaba algo celoso al verlo interactuar con su prometida. Ella que alardeaba ante todos que era la prometida de Ciel Phantomhive, el prodigio más reciente de Weston College.
Veía la radiante sonrisa de Elizabeth al tenerlo cerca, un gesto que contrastaba la incomodidad de su amo al estar a su lado, el clamor en su mirada pidiendo ayuda para que lo liberaran de esta tensa situación le parecía graciosa. Pensaba en que sus celos eran estúpidos al ver sus gestos al estar junto a ella, era su prometida por apariencias, pero por todo lo que vivían juntos en la intimidad su verdadero prometido podría ser Sebastian Michaelis. Ni siquiera podía decir que su relación se etiquetara en un simple compromiso, era más un matrimonio consumado en la clandestinidad de su amor, este pensamiento lo hizo sonreír para si mismo.
—Profesor Michaelis. —Era el llamado que interrumpió su profundo pensamiento.
—¿Qué sucede Harcourt?
—Solo venía a desearle suerte en el torneo de mañana, sé que ha estado muy ocupado con el entrenamiento de su equipo.
—Así es, también sé que has estado entrenando mucho, ¿no?... Quiero ver todo tu potencial mañana. —Con una sonrisa Sebastian decía, las mejillas del rubio se encendieron ante sus palabras y su galante gesto.
—Gracias, sé que su equipo lo hará bien porque usted lo entrenó.
—Espero que así sea, y que noble espíritu deportivo tienes al desear lo mejor al equipo rival.
—Solo por usted... —Susurró en voz baja— Nunca me cansaré de agradecer que ese día me escuchara, de alguna forma siento que fue el inicio para retomar mi camino. Ahora puedo disfrutar mis días de escuela, y todo es gracias a usted.
—No hice nada realmente.
Con una sonrisa Sebastian respondía ante un agradecimiento tan sincero, expresado por un corazón puro. Joanne Harcourt era sin duda un niño lindo, pensaba, un niño que pasaría una terrible vergüenza el día siguiente, obviamente no era nada personal solo era una pieza que se interponía en las jugadas crueles de su querido señor y lamentaba un poco su triste destino. Un par de minutos más mantuvieron la conversación, hasta que el joven fue llamado por uno de sus compañeros, el demonio esbozó una nueva sonrisa al ver como su amo a la distancia no le apartó su disimulada mirada en esa corta charla con el dulce Joanne, ya suponía que esta interacción le costaría un reproche de su celoso amo después.
La velada terminó sin ningún contratiempo, las visitas dejaron la escuela prometiendo volver al día siguiente para compartir la algarabía del tradicional torneo. Minutos después cuando las luces se apagaron los estudiantes en sus camas descansaban, el cansancio seguramente haría dormir al instante a todos, excepto al parecer a un estudiante que deambulaba por un oscuro pasillo. Aún cuando se sentía exhausto, Ciel se había escabullido de su habitación para salir y encontrarse con Sebastian en algún salón desocupado, aunque le avergonzara admitirlo tener estos encuentros le eran muy necesarios para sentirse vivo.
—Joven amo, pensé que el sueño le ganaría y no vendría. —Era el saludo de Sebastian viendo entrar a su amo al salón en el que habían acordado encontrarse— O que por miedo a verse tentado faltaría a nuestra cita.
—Si lo dices por lo de antes, salí con prisa porque recordé que tenía algo que hacer.
—Si, como diga. —Con una burlona sonrisa murmuró— No estuvo tan mal la velada ¿verdad?. Lo vi bastante animado.
—Es como debía actuar el estudiante estrella de la Casa Azul... Tú también estabas muy sociable.
—Es como debe actuar el profesor de una escuela prestigiosa. Vamos, diga lo quiere decir...
—No voy a decir nada... No quiero discutir contigo por cierto chico rubio a quien le gustas y con el que estabas muy feliz hablando.
—Fueron apenas unos minutos de charla trivial... ¿Acaso viste que lo toqué, lo besé, le quité la ropa y le hice el amor apasionadamente sobre la mesa de los bocadillos?
Ciel solo chasqueó la lengua al oír esa respuesta sarcástica y bastante insolente, pero suponía que la merecía por sentir celos por una simple conversación, cuando Sebastian había visto como Elizabeth estuvo pegada a su brazo en casi toda la velada. Dando un suspiro decidía que no valía la pena discutir, menos cuando en pocas horas el evento que tanto había esperado estaba por empezar, su demonio entendiendo su actitud también dejaba el asunto ahí, no necesitaban ese tipo de fricción que arruinara sus planes.
—Salgamos un rato, para evitar caer en la tentación. Encontré un pequeño lugar alejado, iluminado solo con el tenue fulgor de las estrellas.
—Un lugar solitario y oscuro, ¿no es igual de tentador que quedarnos en este salón? Además hace frío, lo que menos quiero ahora es resfriarme para mañana.
—¿Cree que su mayordomo lo dejará pasar frío? Traje un abrigo y si no es suficiente... El calor de mi abrazo lo calentará.
Ciel esbozaba una sonrisa ante las cursis palabras de su demonio, a veces no podía discernir si las decía en serio por ser un romántico natural o solo estaba jugando por ser un verdadero idiota. Viendo que no podía negarse, aceptó, siendo llevado en brazos por su demonio llegaban al instante a la parte alta de un edificio de la escuela, una especie de terraza a la que ciertamente muy pocos subirían a esas horas de la noche. Sentándose en un rincón, la pareja sutilmente se abrazaba estando uno al lado del otro.
—Estaba guardando este lugar para esta noche.
—¿Qué tiene de especial esta noche?
—Nada, solo que tal vez sea la última noche que pasemos en esta escuela. Si todo sale bien mañana según lo que hemos planeado...
—Saldrá bien y obtendré la invitación para ver al director.
—Esa es la seguridad y confianza que admiro en ti.
—Hemos entrenado y calculado cada táctica por semanas, todo ese esfuerzo no será en vano. Además te tengo a ti, así que las probabilidades de fallar disminuyen.
—Agradezco que me otorgues tal importancia, pero solo soy una pieza en tu juego...
—Somos un equipo, yo tengo el cerebro y tú la habilidad física.
—Ahh, mi joven amo es tan adorable cuando se lo propone.
—¡No dije eso para ser adorable! ¡Deja de abrazarme tan fuerte, me vas a romper los huesos...!
Sonriendo emocionado Sebastian dejaba de apretarlo en su eufórico abrazo para acercarse a sus labios y besarlos suavemente, un beso lleno de devoción al humano que lo tenía totalmente cautivado. Ambos siguieron hablando de sus planes entre besos y caricias que trataban de controlar para no incitar el deseo que fácilmente se encendía en sus seres, sería una tranquila despedida de la escuela que los acogió por semanas, como augurio de que todo saldría bien según lo planeado.
—Ese chico me agrada —Comentaba animado Sebastian cuando empezaron a hablar sobre detalles de la velada que disfrutaron antes— Si siguiera aquí como profesor, lo apruebo en todas las materias.
—Solo cuando te conviene las personas te agradan.
—Si alguien dice que haces mejor pareja conmigo que con tu prometida, ¿cómo no voy a emocionarme?
—Él está obsesionado con la idea de que seamos novios, o algo así...
—Si el supiera que lo somos, seguramente se desmaya de la emoción.
—¿Qué somos? ¿Novios? —Cuestionó curioso el joven ante la suposición dicha casi inconscientemente por su demonio, quien solo desvió la mirada ante su duda— No somos novios.
—¿Esposos? Hay un contrato que nos une por la eternidad, cumplimos con deberes maritales, convivimos juntos y...
—¿Y?
—¿Bailamos? Es una bella noche para bailar, además mañana por la noche deberá hacerlo, ¿no querrá hacer el ridículo frente a sus compañeros que lo admiran tanto?
—¡No cambies de tema!
—Prometo que se lo diré cuando terminemos esta misión ¿si?.
Era lo que Sebastian decía con una sonrisa que no parecía tener intención de molestarlo, Ciel sintiendo un vuelco en su corazón podía intuir las palabras que sus labios no le permitieron pronunciar. Tal vez era mejor no decirlas todavía para no desconcentrarse del objetivo, pero eso no evitaba que le provocara una absurda alegría que decidió disimular. En medio de un suspiro aceptaba esa práctica de baile propuesta por su demonio, quien gustoso lo levantaba del suelo para tomar su mano y guiarlo en ese vals silencioso bajo el firmamento oscuro de esa fría noche.
—Al parecer has mejorado un poco en tu baile, tus pies no se traban tanto.
—Gracias, supongo. —En medio de un bostezo Ciel susurró apegándose un poco al cuerpo de su demonio en ese sutil movimiento de pies.
—Debes estar cansado, ha sido un día complicado será mejor llevarte a la cama y que descanses para mañana.
—No, quiero estar contigo un poco más, levántame.
—Si, mi señor. —Respondió ante esa orden que reflejaba ese lado lindo de su amo. Siendo levantado a su altura, sus rostros quedaron tan cerca provocando una inquietante pero agradable sensación en ambos— Es hermoso incluso al estar medio dormido.
—Cállate... —En un nuevo bostezo murmuró antes de recargar su cabeza en su hombro, enredar sus piernas en su cintura para acomodarse y dormir así en su regazo. Sebastian no podía evitar embelesarse ante esta muestra de la ternura de su amo, un contraste del chico que cuando quería devoraba sus labios en besos lascivos, o el que sonreía maliciosamente al hacer planes para alcanzar sus objetivos sin importar nada. En cualquier faceta suya simplemente lo adoraba, aún ahora cuando no hubo placer físico de por medio podía sentirse unido no solo a su alma, también a su corazón.
El día tan esperado había llegado unas horas después de esa cita nocturna, Ciel estaba concentrado en ganar, sin importarle los medios solo quería llegar al final y obtener la victoria. El entrenamiento de tantos días, el trabajo en equipo con sus compañeros, con su demonio, las tácticas calculadas de las que algunas eran más deshonestas que otras, todo estaba contemplado para poder alcanzar su objetivo. Sebastian tras bastidores hacía lo que le correspondía hacer, Ciel frente a todos ejecutaba sus planes con precisión, siendo guiado por su buena intuición no se tenía permitido fallar y si se presentaba un inconveniente no previsto, de inmediato debía pasar al siguiente plan.
En el calor de ese espíritu deportivo ejecutaron sus tácticas, venciendo a su primer rival pasaron a la siguiente ronda sorprendiendo a todos los presentes que no tenían las esperanzas puestas en el débil equipo de la Casa Azul. En la mitad de ese torneo la mayoría parecía cuestionarse si serían testigos de un nuevo milagro azul, algo que no sería sencillo de alcanzar si su oponente final era el equipo de la Casa Verde, quienes siempre obtenían la victoria por su fuerte habilidad atlética.
Para asombro de todos esa tarde, la Casa Azul obtuvo la victoria, Ciel Phantomhive se convirtió en el protagonista del nuevo milagro azul, como si fuera un legado familiar que inconscientemente debía seguir. A pesar del fuerte golpe que recibió en la cabeza y el dolor que este le pudo provocar, más fuerte era la motivación por obtener los puntos que los haría ganar.
En el instante de celebrar esta victoria olvidó incluso el ardor en su frente que sangraba, el dolor desapareció en la euforia del momento más aún al sentirse reconfortado en los brazos de Sebastian quien lo tomó frente a todos. Era un cúmulo de emociones, todas confusas entre sí, se sentía feliz al vivir una experiencia propia de su edad y a la vez estaba esta felicidad al ser sostenido por quien lo hacía sentir un amor que se suponía no debía experimentar a su corta edad.
Sin palabras tiernamente solo reposó su cabeza en el suave regazo de su demonio disfrazado de profesor, escuchando los aplausos y vítores a su alrededor trataba de enfocarse en el latido del corazón de Sebastian al estar apegado a su pecho, descansar en su regazo era una muestra de su afecto que usualmente compartían en la privacidad de sus encuentros, quizás el golpe en la cabeza lo aturdió de tal forma que no sentía vergüenza alguna al ser visto así en público.
—Ahora no sólo McMillan pensará que nos amamos... —Era el entusiasta comentario de Sebastian cuando con su amo todavía en brazos entraban a la enfermería— Fue una salida romántica, como unos recién casados dejando atrás el altar y siendo celebrados en su amor por todos.
—Solo fue un profesor llevando a un convaleciente estudiante a la enfermería, no te emociones tanto.
—Ya te pusiste tímido.
—Es que dices cada tontería — Sonrojado Ciel murmuró con un puchero, ahora recién se daba cuenta de ese momento, ciertamente lo dicho por su demonio encajaba en esa extraña escena que protagonizaron minutos atrás.
No tuvo tiempo de refutar porque lo siguiente que sintió fueron los labios de Sebastian besando los suyos con la pasión que lo definía como buen amante. Sintiendo como lo recostaba en la cama, trataba de seguirle el ritmo pero su cabeza dolía y todavía sangraba, aunque quisiera no podía corresponderle.
—Me duele... No puedo hacerlo así.
—Pobre mi niño, ese tipo le dio un buen golpe, sino fuera porque incluso esto era parte de nuestros planes le
devolviera este agravio.
—Está bien, he recibido golpes peores en esta vida.
—Lo sé, y admiro sus agallas al enfrentarlos, es lo que volvió fuerte a mi joven amo.
—Si, si... Ahora cúrame para que podamos seguir.
Era la orden del conde que mirándolo de manera seductora decía, el mayordomo conteniendo sus ansias se dispuso a obedecerlo para celebrar la victoria a su muy peculiar forma después. Mientras curaba su frente, hablaronde lo ocurrido durante el torneo, Ciel no quería hacer sentir mal a Sebastian pero antes de saciar esa hambre que él le provocaba necesitaba llenar su estómago, después de todo, por estar concentrado en ganar este juego había olvidado comer y las entrañas empezaban a rugirle.
—Sabía que mi lindo amo tendría hambre así que le preparé un postre, no podemos hacer nada si le falta energía, ¿verdad?.
Dijo a la vez que mostraba una charola con el apetecible postre que con cariño había preparado desde antes, nada le complacía más que iluminar la mirada de su amo, quien sentía en ese momento amar a Sebastian más que nadie, solo él conocía lo que necesitaba aún antes de pedírselo. Lastimosamente para Ciel en ese momento se quedó sin poder saciar sus dos tipos de hambre, Sebastian tuvo que esconder ese postre y alejarse de su señor al ver como aparecieron sus molestos compañeros de clase a felicitarlo con bastante ánimo. Resignado con una falsa sonrisa el joven Phantomhive tuvo que atenderlos mientras internamente los maldecía con todas sus fuerzas, y a su demonio también, pues este sonreía en un rincón al ver su formidable actuación al ocultar su malhumor.
