Una broma de mal gusto

Capítulo 7

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Los nombres en los personajes no me pertenecen, se encuentran basados en el manga Ranma de Rumiko Takahashi.

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Akane se acercó al mueble donde se encontraban las sillas de montar y tomó la que ella siempre usaba para montar a Oriza.

Caminó hasta donde se encontraba su caballo y tras una caricia pequeña en su hocico, comenzó a ensillarlo para su salida. Una vez que acomodó y ajustó las cuerdas, Akane abrió nuevamente la puerta del establo, se montó en el caballo y salió trotando del establo colina arriba.

Desde el interior de la casa Tendo, Ranma observó cómo Akane se alejaba con cada trote del caballo y pensó en qué se sentiría montar un caballo, sin embargo, sus pensamientos fueron interrumpidos, ya que Kasumi -quien iba saliendo de la cocina-, notó su presencia y comenzó a hablarle.

—Ranma, ¿estás bien?

El joven sonrió un poco y asintió con poca emoción.

—Lo estoy, Kasumi, gracias.

La mujer le devolvió la sonrisa y miró brevemente hacia la puerta del estudio, lugar donde provenían las alegres carcajadas de sus padres.

— ¿Has visto a Akane?

—Acaba de irse en su caballo, ¿Necesitabas algo?

Kasumi duda un poco, pero mira hacia el joven y le sonríe con cierta vergüenza.

—Sí, ¿Estás muy ocupado ahora?

Ranma enarcó una ceja y negó con la cabeza.

—No.

La mujer sonrió y le hizo señas para que lo siguiera a la cocina.

—Sé que eres nuestro invitado y de estar Akane no te lo pediría, pero… ¿Podrías ayudarme a cargar esto?

Ranma entró a la cocina y observó una gran olla llena de verduras y piezas de pollo sobre el suelo.

—No hay problema, Kasumi, te ayudo con gusto. ¿Dónde quieres que la ponga?

Ranma miró a la mujer.

—Sobre la estufa, por favor.

El pelinegro tomó las orejas de la olla e intentó levantarla, pero al no levantarla ni un centímetro, abrió los ojos sorprendido y miró hacia el interior del traste.

—¿Todo bien, Ranma? —inquirió la mujer al ver que el joven no se movía.

Ranma carraspeó. Estaba muy pesada la olla y sus manos no tenían tanta fuerza por haber cortado los leños. Nunca había tenido que cargar algo tan pesado, pero no quería parecer débil frente a la mujer que, con tanta pena, le había pedido su ayuda.

—Sí, no hay problema. Solo creí que estaba más ligera.

Kasumi le sonrío.

—Lo siento, debí advertírtelo antes. ¿Quieres que te ayude a levantarla?

—No, no… yo puedo hacerlo. Solo déjame acomodarme.

Ranma se limpió el sudor de sus manos contra la tela del pantalón y midió la distancia y la fuerza que debía usar para poder levantar la olla.

Kasumi volvió a señalarle el lugar en donde debía colocar la olla, y con mucho esfuerzo finalmente depositó el traste sobre la estufa.

—¡Muchas gracias, Ranma! No sé qué habría hecho sin tu ayuda… ¿Se te antoja una limonada para reponer energías?

—Eh… Sí, gracias —respondió el pelinegro, ligeramente confundido por la reacción de la mujer.

No comprendía por qué se había puesto tan contenta, pero le agradó mucho el hecho de sentirse de gran ayuda para ella.

Akane liberó un suspiro y le sonrió a su caballo cuando éste giró su cuello para que ella le acariciara la cabeza.

Ya era hora de que regresaran a casa, pues las nubes grises comenzaban a hacerse notar en el cielo y no quería que le agarrara la lluvia en su viaje de regreso, ya que el suelo se volvería muy lodoso y Oriza no podría cabalgar.

La peliazul ajustó las riendas en sus manos y rápidamente le pidió a su caballo que la llevara a casa.

Kasumi salió por la puerta trasera de la casa y miró hacia el bosque con preocupación. Akane aún no regresaba y la lluvia ya había comenzado a caer. Ranma salió detrás de la mujer y se puso junto a ella, en silencio.

Cinco minutos después, se escuchó el relincho de un caballo y Akane apareció de entre los arbustos, dirigiéndose a todo galope hacia el establo.

Kasumi suspiró aliviada y miró hacia su lado con sorpresa. No había notado que el muchacho estuviera ahí... ¿Él también se habrá preocupado por Akane?

—Ranma, Akane ya ha vuelto —murmuró hacia la dirección del joven—. Ya casi va a hervir la comida y debo servirla en los platos, ¿te importaría ir a ver si está bien?

—De acuerdo, no tardaré.

Ranma colocó sus manos sobre su cabeza y comenzó a correr por el jardín hasta la zona del establo.

Kasumi se cubrió con una mano su pequeña sonrisa y miró con una mezcla de diversión y sorpresa hacia la espalda del pelinegro.

"Ni siquiera esperó a que le entregara un paraguas para cubrirse de la lluvia. Bueno, un poco de tiempo a solas no les hará daño" pensó la mujer, antes de volver a entrar a la cocina para servir los platos de comida. En un rato más iría a buscarlos.

Akane miró hacia la entrada del establo y enarcó una ceja cuando se dio cuenta de quién se trataba… Ranma "el citadino".

—Hola —murmuró la joven, con un toque de sorpresa.

—Hola —respondió el pelinegro con sencillez—. ¿A dónde fuiste?

—Por ahí.

—Ah… ¿Y estás bien?

Akane levantó ambas cejas.

—Sí… lo estoy.

—Excelente.

El sonido de un trueno se hace presente y ambos se mantienen en silencio.

Akane se giró para continuar desatando las riendas del caballo.

— ¿Kasumi te envió? —le cuestionó la joven con curiosidad.

Ranma suspiró y formó una pequeña sonrisa.

—Sí, lo hizo.

Akane finalmente libera al caballo de la silla para montar y lo acomoda en su zona para que pueda comer.

— ¿Y por qué no regresas a la casa?

—Te estoy esperando.

Akane arqueó ambas cejas, sorprendida.

—Oh…

Akane acomodó la silla de montar sobre uno de los muebles de establo y se acercó a la entrada, donde Ranma se encontraba.

— ¿Kasumi te dijo si ya íbamos a comer? —preguntó la joven.

Ranma asintió.

—Sí. Ya estaba todo listo.

Otro trueno se escuchó en el ambiente, la lluvia se intensificó un poco más y el camino se cubrió de niebla.

Akane suspiró. Si se iban a casa ahora, seguramente se enfermarían, así que tendrían que esperar a que aminorara un poco, a menos que…

—¿Dónde dejaste el paraguas? —cuestionó la chica, al verle las manos vacías.

Ranma se quedó pasmado.

— ¿Paraguas?

—Sí, para irnos a casa.

Ranma se humedeció los labios.

—No traje paraguas.

Akane frunció el ceño.

— ¿Y cómo llegaste hasta acá?

—Corriendo.

—¿Corriendo?

—Sí.

—Oh, bueno… Ya ni modo.

La mujer apretó los labios y se sentó en una de las pacas de paja que había junto a la entrada.

—¿Por qué dices eso? —inquirió el pelinegro.

— ¡Porque está lloviendo, Ranma! Y sin paraguas, no podemos ir a la casa.

El pelinegro frunció el ceño y miró hacia el exterior del establo.

La lluvia mojaba en todas direcciones, había muchos charcos sobre la tierra y no se podía ver la residencia Tendo. Akane tenía razón era imposible llegar a la casa en esas condiciones.

—No creí que te importara mojarte un poco.

—¡¿Mojarme un poco?! Ranma, está diluviando.

—Ay, bueno... ¿Y qué se supone que hagamos ahora?

—¿Pues qué más? Tenemos que esperar a que aminore la lluvia o a que alguien venga con un paraguas —le respondió con un tono de enfado.

—Está bien, pero no es para que te alteraras tanto.

Akane soltó un chillido indignado y guardó silencio mientras pensaba en qué hacer. De no ser porque el otro día había lavado los impermeables, el hecho de que Ranma no hubiera traído paraguas no habría importado.

Ranma tomó una paja de otra paca y, mientras se acomodaba en ella, comenzó a juguetear con su nuevo juguete.

Los minutos pasaban y la lluvia continuaba cayendo a cántaros.

Akane se levantó de la paca de paja y comenzó a recorrer el establo en búsqueda de una vela, aunque aún entrara un poco de luz exterior, pronto se quedarían a oscuras.

Ranma aventó lo que quedaba de la paja al suelo y comenzó a observar a su acompañante. Notó que ella se acercaba a cada uno de los muchos muebles del establo y buscó algo entre las cosas, pero al no haber tanta luz en el establo, no pudo identificar de qué se trataba.

— ¿Qué haces, Akane? —murmuró al levantarse de su asiento provisional.

La mujer soltó un poco de aire para tranquilizarse y responder.

—Estoy buscando una caja de cerillos.

— ¿Una caja de cerillos?, ¿Te puedo ayudar?

Akane dejó de escarbar en el cajón para mirar brevemente hacia Ranma.

—Sí, gracias, pero ten cuidado porque hay muchos fierros oxidados en los cajones.

—Lo tendré.

Akane le señaló algunos de los cajones que le faltaban por revisar y Ranma se acercó a ellos.

Uno a uno el muchacho fue revisándolos y sonrió victorioso cuando encontró una cajita llena. Pensando en cómo darle la noticia a Akane, Ranma ocultó la caja en su puño y soltó un grito de dolor fingido.

Ella inmediatamente fue a socorrerlo.

— ¡Ranma, te dije que tuvieras cuidado! Déjame ver.

El muchacho siguió con su actuación mientras ella intentaba abrirle la mano para observarle la herida, pero en cuanto le sostuvo la mano y notó que no había sangre en ninguna parte, Ranma comenzó a reírse y le mostró la caja de cerillos que tenía oculta en su puño.

— ¡Te engañé, estoy bien! Solo quería decirte que ya había encontrado los cerillos.

Akane lo miró con una mezcla de ira y de alivio y le soltó un manotazo en el brazo, provocándole verdadero dolor al joven.

—¡Auch! —exclamó Ranma, sorprendido.

— ¿Tienes idea de lo preocupada que estuve?

—Oye, solo era una broma.

— ¡No se hacen ese tipo de bromas aquí! ¿Qué no te diste cuenta de que estamos muy alejados del pueblo? ¡No tenemos doctores cerca! Y si te llegaras a cortar o a enfermar, ¡Tendríamos muchos problemas para encontrarte una buena atención médica!

Ranma miro sorprendido hacia el rostro de la mujer, parecía que quería llorar.

—Akane… yo…

— ¡Eres un maldito mentiroso!

La puerta del establo se abrió y ambos jóvenes observaron hacia la entrada, donde Kasumi asomaba su rostro sonriente y metía una lámpara de aceite para iluminar el lugar.

—Hola, chicos. Lamento haber tardado, es solo que la lluvia estaba muy fuerte y no podía venir… ¿Están bien?

Akane caminó hasta donde se encontraba su hermana y tomó uno de los impermeables que tenía en la otra mano.

—Sí, todo bien —murmuró la joven, antes de acomodarse el atuendo y salir del establo con rapidez.

Kasumi espero hasta que el muchacho se acercara y le ofreció el otro impermeable.

— ¿No te mojaste demasiado? No trajiste paraguas.

—Estoy bien, Kasumi. Gracias por preguntar.

La mujer le sonrío y esperó a que estuviera listo para salir.

Los dos cerraron la puerta del establo y caminaron a la casa en silencio.

A pesar de que Kasumi se moría de ganas por preguntarle de qué había estado hablado con su hermana cuando ella los encontró en el establo, fue prudente y decidió guardarse esa charla para otra ocasión.


Gracias a todos por su valiosa espera, fue un capítuo cortito, pero poco a poco iré actualizando este fic y el de Elixir de la Vida.

Espero que se encuentren muy requete bien y que no se enfermen por culpa de las lluvias o cambios en el ambiente.

¡Les mando un fuerte abrazo!

Yo soy Tóxo Kai Bélos, ¡Hasta el próximo capítulo!