Este fic corresponde al prompt del mes de junio "Un fanfic con muerte del protagonista" del Reto de Escritura Anual para el 2024 de la página de Facebook Fandom Avisos. Como todos los prompt de este reto, me ha tocado de nuevo salir de la zona de confort porque tocaba matar al protagonista, cosa que yo... pues llevo regulinchi. Eso sí, lo que no iba a hacer era dejar al otro protagonista solito forever, hasta ahí podíamos llegar.
Esta historia es una segunda parte, podéis y debéis leer primero "El profesor de equitación". Es un AU y se sitúa en la época de la Regencia en la que la gente... pues moría mucho, que vamos a hacerle.
Los personajes de esta historia no me pertenecen, yo solo les doy otra vida diferente a la que planteó JK. Y por supuesto no me lucro escribiendo esto.
Fiesta de compromiso de Remus y Dora
Para alguien que vivía habitualmente en el campo, aquel salón atestado de gente era una pesadilla. Hacía calor, sentía el sudor bajar por la espalda de su camisa y comenzaba a desear con intensidad no haber accedido a acompañar a Remus a ese evento. Buscó a su padrino con la mirada y lo encontró a unos metros, envuelto en una conversación con personas que seguramente lord Potter debería conocer, pero que en realidad el joven Harry no conseguía distinguir de la otra veintena de señores vestidos y peinados a la moda de la ciudad.
Bebió un sorbo de su copa. Tampoco era una buena idea ofrecerle alcohol a un joven de dieciséis años que se sentía fuera de su elemento, pero eso no lo sabían los camareros que pasaban con bandejas y en ese momento el único adulto presente que podía preocuparse por él era su padrino.
— Lord Potter.
El uso del título hizo que tardara unos segundos en darse cuenta de que la joven que le saludaba con una pequeña inclinación de cabeza se estaba dirigiendo a él.
— Disculpe, señorita Tonks —la saludó con torpeza—, bonita fiesta.
La joven, que tenía una expresión divertida y el aspecto de alguien que preferiría también estar corriendo por el campo, se acercó un poco más para hablarle con tono confidente.
— Se ve usted un poco sonrojado, milord, quizá el calor y el vino no sean una buena combinación.
Asumiendo las palabras de la futura esposa de su padrino como una reprimenda, dejó la copa a medio beber con cuidado sobre una de las mesas.
— Quizá quiera salir a tomar el aire conmigo, señorita Tonks.
La joven miró a ambos lados, comprobando que su madre no estaba a la vista. Esbozó una sonrisa traviesa y le hizo un gesto con la mano para que lo siguiera.
— No está muy acostumbrado a estas cosas, ¿verdad? —preguntó ella una vez estuvieron afuera, en la gran terraza que conducía al jardín.
Harry respiró hondo y giró la cara hacia el cielo, buscando las estrellas que podía ver desde su casa de Godric's Hollow.
— Vengo poco a la ciudad. Y mi tutor considera que soy joven para la vida en sociedad, me temo.
— ¿Se teme?
— Quizá en el campo añore usted esto —explicó Harry, abarcando con un gesto la casa llena de gente.
— Dudo bastante que eso ocurra, lord Potter. Lo único que añoraré de la ciudad es a Draco.
— ¿Su perro? ¿Su caballo? ¿Su pájaro? —cuestionó curioso al verla negar con la cabeza.
— Mi primo, milord —respondió ella, divertida—. Vino a vivir con nosotras hace un tiempo y es absolutamente la luz de mi vida.
— Lamento que se tenga que separar de él. Quizá quiera visitarnos, la casa es grande.
— Es usted muy amable, pero no creo que mi madre lo permita. Su salud es frágil y está preparándose para entrar en Oxford, es muy inteligente.
El joven cambió el peso de un pie a otro, un poco incómodo. Siempre que trataba con gente de ciudad, tenía la sensación de que era visto como un campesino inculto por preferir el campo. Tuvo en la punta de la lengua una réplica para reivindicar la vida sana y tranquila, pero antes de formar el discurso en su cabeza se abrió la puerta de la terraza y la figura alta e imperiosa de la dueña de la casa salió, con un rictus de disgusto.
— Tienes invitados dentro, Nymphadora. Lord Potter, esto es terriblemente incorrecto —le reprendió.
— Discúlpeme, señora Tonks. Su hija solo estaba siendo cortés acompañandome a tomar el aire, no estoy acostumbrado a ambientes tan cargados.
La mujer lo miró sin variar el gesto unos segundos. Luego, se dio la vuelta e hizo un ademán seco a su hija con la cabeza para que volviera a entrar, dejando al Harry solo en la terraza. El muchacho soltó aire y se aflojó un poco el pañuelo del cuello, con la mirada de nuevo en las estrellas que se alcanzaban a ver desde allí.
— ¿Cómo puede ser incorrecto tomar el aire? —masculló entre dientes.
— Una dama que se precie nunca debe estar a solas con un hombre que no sea su hermano, su padre o su marido, milord —le habló con suavidad una voz a su derecha.
Se giró, sobresaltado, porque habría jurado que estaba solo. En los escalones de la terraza había un joven, ataviado a la moda, la chaqueta entallada y el cabello largo y rubio recogido con pulcritud en la nuca. A la luz de la luna, sus rasgos se veían pálidos e incluso algo irreales, como si fuese una ninfa de las historias mitológicas que Remus le contaba de niño.
— Lo siento, me temo que no he podido evitar escuchar su conversación. Me ha parecido que encontraba divertido mi nombre —siguió hablando el joven, aún a una prudente distancia.
— ¿Yo? oh—exclamó Harry, al caer en la cuenta— No pretendía ofenderle, señor…
— Malfoy, milord. Y no estoy ofendido, no es la primera vez. Quizá en Oxford deba usar mi segundo nombre.
— ¿Por qué haría tal cosa? —preguntó, perdido.
— Porque algunos de mis maestros hablan de la universidad como un templo del saber y del elitismo a la vez —explicó, delantando un suave acento francés.
— ¿Puedo saber cuál es ese segundo nombre, señor? —cuestionó Harry después de unos segundos de silencio.
— Lucius, como mi padre.
— Si lo que quiere es pasar más desapercibido, quizá es una buena idea. Pero yo no renegaría de Draco, seguro que su madre lo eligió por algo.
El joven se colocó junto a él y señaló algo en el cielo.
— Mi madre amaba las estrellas, en su familia es habitual poner nombres de constelaciones. Mi tía, la señora Tonks, se llama Andrómeda de nombre de pila. A mí me nombraron por esa constelación, por el Dragón.
— En ese caso, honrar a su nombre es honrar a su madre, señor Malfoy.
— ¿Cree usted que no debería usar entonces mi segundo nombre?
— No me atrevo a aconsejarle —respondió, encogiéndose de hombros—, yo solo soy un joven de campo con un título, conozco poco el funcionamiento de la vida de la ciudad. Podría hablarle por horas de cultivos o de caballos, o de la lana de mis ovejas, pero los matices sociales se me escapan.
Draco dejó de mirar al cielo para mirar con un poco más de atención al joven lord. Efectivamente, había escuchado quejas de su tía acerca de la educación que había dado a su pupilo el prometido de su prima, quejas que se habían extendido a dudar de la vida que podría darle a su hija o a sus futuros nietos el señor Lupin. También había visto a su prima, la persona más entusiasta por la vida que conocía, ignorar completamente los comentarios envenenados de su madre.
Lord Potter tenía un matiz tosco, pero su perfil era agradable y su voz cálida. Sus manos parecían fuertes y por un momento Draco las imaginó realizando tareas que imaginaba propias del campo, pero impropias de un noble, como recolectar fruta o cepillar a un caballo. Y sintió un escalofrío.
— Le agradezco sus palabras, señoría.
Harry torció un poco el gesto. Era el tratamiento adecuado, pero lo odiaba. Además, parecía totalmente fuera de lugar en la voz de Draco Malfoy. Sin pensarlo, se giró hacia él y, mirándole a los ojos, le tendió la mano.
— Vamos a ser familia, prescindamos de las formalidades, si le parece bien. Soy Harry, mi segundo nombre es el de mi padre también, James, no suena tan bien como el suyo.
Los ojos claros de Draco parpadearon unos segundos, mirando esa mano morena extendida hacia él. Tantos, que el joven lord comenzó a sentir que había dado un paso en falso e hizo ademán de retirarla. Luego le sostuvo la mirada y cogió la fuerte mano con la suya, más pequeña y delicada, y dio un suave apretón.
— Es un placer conocerle, Harry. Yo soy Draco.
Dos años después
Harry siempre recordaría que ese día llovía. Llovía a mares como si el cielo también llorara por Dora Lupin. La casa estaba de luto y él se sentía impotente. No sabía cómo consolar a su padrino, como ayudar con ese bebé que lloraba y lloraba en brazos de su abuela como si sintiera la falta de una madre a la que apenas había tenido con él. Sentía en su propio pecho la pena porque durante los últimos dos años esa joven alegre y dinámica había sido el centro de la vida en la vieja casa, Remus y él habían orbitado alrededor de Dora como los estúpidos enamorados de su vitalidad que eran.
El sonido de un carruaje entrando en el patio le sacó de sus pensamientos. Rápidamente, cogió la chaqueta que tenía colocada en el respaldo de la silla y se la puso. En ese momento y con ese clima, solo una persona podía llegar a la casa Potter.
Bajó las escaleras casi corriendo, agradecido de que la señora Tonks estuviera demasiado ocupada con su nieto y con los preparativos como para llamarle la atención sobre sus modales, así que alcanzó a llegar a la puerta delantera antes de que el mayordomo, que tenía ya un paraguas en la mano, atinara a salir a recoger a su invitado.
— Yo me ocupo, Jones.
El hombre, acostumbrado a la impulsividad del joven lord, se limitó a tenderle el paraguas y dar un paso atrás, sujetando la gran puerta abierta para él. Indiferente a la lluvia, Harry bajó las escaleras de su mansión abriendo el paraguas y caminó resuelto por el sendero enlodado hasta el carruaje que esperaba.
No hizo falta que el conductor bajara del pescante para abrir la puerta, él mismo accionó el picaporte y colocó el paraguas para proteger a la persona que esperaba a descender.
Con esos gestos calmados y pausados que le caracterizaban, el joven rubio se sujetó a la puerta para descender despacio, con una bolsa de viaje en la mano que inmediatamente su anfitrión tomó en su mano libre.
Ninguno de los dos habló mientras entraban a la casa y Harry entregaba la bolsa y el paraguas a Jones, que les indicó con su profesionalidad habitual que les serviría en el salón pequeño en un momento un té caliente antes de desaparecer.
— ¿Cómo estás? —preguntó por fin Harry cuando hubieron entrado a la recogida sala familiar y cerrado la puerta tras ellos.
— Aún no puedo creerlo —susurró Draco, sentándose en uno de los sillones —. Gracias por avisarme.
— Sé cuánto la querías. Y ella a ti .
— ¿Y el bebé?
— Con tu tía ahora mismo —respondió su anfitrión, paseándose por la pequeña sala como si tuviera un exceso de energía que no supiera cómo gestionar. Y seguramente así sería.
— ¿Tu padrino? —cuestionó Draco, siguiéndolo con la mirada.
— Hundido. No sé cómo ayudarle, Draco.
— No hay consuelo en este momento, me temo, Harry. Yo… recuerdo el dolor cuando murió mi madre.
Harry se sentó en el otro sillón y se pasó las manos por el cabello oscuro, frustrado.
— Pero no puedo no hacer nada. Él ha estado siempre para mí, yo quiero ayudarle.
— Podrás hacerlo. Estoy seguro de que el señor Lupin te permitirá estar junto a él cuando se reponga del golpe. Eso se pasa en solitario.
Harry fue a abrir la boca para decir algo, pero el discreto golpe de Jones en la puerta le hizo apretar los labios y echarse hacia atrás en el sillón, adoptando una pose más formal. Los dos permanecieron en silencio mientras el mayordomo acomodaba sobre la mesita baja la bandeja del té.
— Yo lo serviré, Jones.
El mayordomo se limitó a hacer un asentimiento y salir de la habitación con la bandeja vacía en la mano. Todavía con los labios apretados, lord Potter sirvió con cuidado ambas tazas.
— ¿Vas a quedarte unos días? —quiso saber, mientras daba vueltas despacio para disolver el azúcar con la cucharilla de plata.
— Yo… —Draco pareció encogerse un poco, como si esperara que Harry reaccionara mal a su respuesta— tengo que volver, los exámenes comienzan pronto.
— Oh.
A Draco se le rompió un poquito el corazón al ver el gesto de decepción de Harry. Ya lo había visto otras veces, en sus breves visitas, cada vez que tenían que despedirse.
— No me has escrito últimamente… —preguntó, tratando de desprenderse de esa sensación— ¿qué tal ese fin de semana al que te habían invitado?
— No fui —respondió Harry, con las cejas bajas, sin mirarle, sujetando la taza y el platillo entre sus manos.
— Harry… —le reprendió con suavidad— tienes que relacionarte. No van a traerte una esposa a la puerta de casa. Y si es así, no la habrás elegido tú.
— No quiero una esposa —contestó el lord, tercamente.
— Debes casarte, es tu obligación como lord Potter.
— En este momento es lo último en lo que pienso.
El joven moreno escondió la cara entre las manos. Se había quitado la chaqueta mojada al entrar y estaba en chaleco y mangas de camisa, así que Draco pudo apreciar la amplitud de sus hombros y la fortaleza de sus brazos. Se le fueron los ojos a esas manos morenas y grandes que admiraba y no pudo evitar acercarse, despacio, hasta ponerle la suya más pequeña en el hombro y apretar un poco, buscando consolarle.
Era el primer contacto físico desde su largo apretón de manos al conocerse. Porque Draco tenía muy claro su lugar en el mundo y lo inadecuado que era querer tocar a lord Potter a todas horas, preguntarse cómo sería ser abrazado por esos brazos, cuestionarse si esos ojos verdes, rodeados de espesas pestañas negras, miraban al resto del mundo como le miraban a él.
Se sobresaltó cuando una de esas manos que admiraba se separó de la cara de lord Potter para posarse con cuidado sobre la suya. El calor irradió rápidamente por todo su cuerpo a la par que lo hacía el terror de que alguien los sorprendiera en tan inadecuada postura.
— Yo no quiero una esposa, Draco. Yo…
El joven rubio usó su otra mano para taparle la boca.
— No. No lo digas, ya tengo que superar la pérdida de Dora, no quiero perder otro trozo de mi corazón hoy.
Si algo tenían en común los hombres Potter era la terquedad. Lo supo, supo al ver el gesto determinado de Harry que se arrepentiría por mucho tiempo de haberle puesto la mano en el hombro.
— Precisamente porque sabemos lo que duele perder a quien amas tengo que decirlo. Conocerte ese día en esa fiesta es lo mejor que me ha pasado, Draco. Tus cartas en estos dos años, tus fugaces visitas… he vivido para esos momentos. Me da igual que ahí fuera no lo entiendan, no sé si yo mismo lo entiendo, pero sé que estoy enamorado de ti y que no quiero crear una vida con nadie que no seas tú.
— Harry… yo… eso no es posible. Tú… tienes una responsabilidad con tu legado.
— Al diablo con eso —alzó la voz Harry, enderezándose—, al diablo con todo, yo lo que quiero es…
Volvió a taparle la boca, con una mano que temblaba.
— No. Yo no te quiero, no lo hago y no lo haré.
Y salió del salón a paso rápido, sintiendo que dejaba tras él finalmente como temía un trozo de su pobre corazón.
Seis años después
— Milord, la señora Tonks desea una entrevista.
Harry terminó de abrocharse la camisa y procedió a ponerse el chaleco. A un par de pasos, su ayuda de cámara esperaba con una carta abierta en la mano.
— ¿Dice la señora Tonks cuál es el objeto de la entrevista? —respondió, seco, sin apartar la mirada del espejo de cuerpo entero.
— Quiere discutir con usted la idoneidad de la educación que está recibiendo su nieto.
— ¿Conmigo? —preguntó extrañado, girándose a mirar al criado.
— La señora parece… inquieta con las decisiones del señor Lupin acerca de la formación del joven Edward.
El joven Lord apretó los labios al darse cuenta de que había olvidado el pañuelo. Eficiente como solo su ayuda de cámara podía ser, cuando fue a girarse a cogerlo el hombre ya lo tenía en una mano y procedía a colocárselo con cuidado alrededor del cuello.
— ¿Hay más correo?
Lo preguntaba a diario desde hacía seis años, cada día se encendía la llamita de la esperanza y cada día se apagaba, él no había vuelto a escribirle.
— Tiene invitaciones para esta tarde.
— ¿Lo de siempre?
— Sí señor. Los Weasley, los Granger y los Lovegood. Y una fiesta para el sábado en casa de los Parkinson.
Por supuesto. Con veinticuatro años, lord Potter era un bocadito para las madres con hijas disponibles. Alto, guapo, educado y serio, con un historial inmaculado a su espalda. Ni un chisme que involucrara al género femenino, por supuesto. Porque tenía nulo interés en las muchachas casaderas, a pesar de que seguía escuchando cierta voz en su cabeza que le decía que debía casarse.
— Déjame la carta de la señora Tonks —indicó finalmente a su criado mientras le daba los últimos toques a su pañuelo y le ayudaba a ponerse la chaqueta.
La carta, llena de los habituales formalismos, le planteaba la necesidad de contratar un tutor preparado para el niño, a pesar de que solo tenía seis años. Andrómeda Tonks insistía en la necesidad de educar a su nieto para que no fuera "un niño de campo sin posibilidades de hacer una buena carrera y casarse bien en el futuro".
Ahora que se movía entre la sociedad londinense, Harry había tenido oportunidad de conocer al último lord Black. Y de conocerlo bien, porque habían coincidido en cierta casa donde hombres de distintas edades tenían encuentros discretos con otros hombres. Regulus Black tenía un carácter un tanto estirado, pero Harry reconocía en él a otra persona destinada a la soltería por no poder tener a quien realmente quería tener. De hecho había coincidido con el causante de esa soltería en la citada casa, un reconocido profesor de Oxford con el que lord Black había estudiado veinte años atrás.
Conocía de sobras a Andrómeda Tonks y sabía que detrás de todo ese interés por la educación de su nieto estaba el hecho de que era el heredero directo de lord Black, seguido en la línea por ese en el que Harry no se permitía pensar.
Fue el final de la carta el que le puso en alerta. En ella, Andrómeda afirmaba conocer a la persona ideal para el puesto, una persona con título en astronomía y literatura europea, de buena cuna y educación esmerada. Se estremeció por la intuición de que semejante joya tenía que ser esa persona, de ningún otro habría hablado la viuda en semejantes términos.
— Iré en primer lugar a visitar a los Weasley. Y asegúrate de que me quede libre a las nueve —indicó al criado, devolviéndole la carta.
Era casi medianoche. La habitación olía a sexo y a sudor, sobre la cama dos hombres recuperaban el aliento, el moreno tumbado boca arriba, con un brazo detrás de la cabeza, el pelirrojo tumbado de lado, con una mano apoyada en el pecho moreno.
— ¿Qué te pasa hoy? No es que me queje, pero ha sido… rudo —le preguntó el pelirrojo.
— ¿Te he hecho daño? —cuestionó Harry, girándose un poco hacia él.
— Acabo de decirte que no me quejo. ¿Qué te pasa?
Harry volvió a mirar al techo. La mano pecosa comenzó a pasearse por su torso, acariciando distraídamente con la punta de los dedos mientras los sagaces ojos azules examinaban su perfil.
— Harry… ¿Va todo bien? —insistió por fin, con suavidad.
— Creo que la viuda Tonks quiere que contrate a su sobrino para que sea el tutor de Edward.
Las caricias cesaron y eso hizo que Harry lo mirara de nuevo.
— ¿Y tú quieres? ¿Y él no va a tener nada que decir?
— Depende económicamente de ella. Supongo que no le va a hacer gracia.
— ¿No le va a hacer gracia? —preguntó, doblando el brazo para apoyar la cabeza en la mano y poder verlo mejor— creo que eso se queda muy corto. Lleva evitándote seis años, milord.
El joven moreno se encogió de hombros. Estiró una mano para apartarle a su pelirrojo amante un mechón de cabello de los ojos y de paso acariciarle la cara hasta posarla en su cuello.
— ¿Qué voy a hacer si tengo que verlo a diario, Charles? —cuestionó por fin Harry con voz muy pequeña que chocaba directamente con el hombre fogoso que acababa de tener sexo muy brusco contra la pared.
— Para eso tendrías que volver a vivir en el campo, querido —le recordó, con la practicidad que le caracterizaba—. Tú sí puedes elegir quedarte aquí en Londres, quizá sería lo más seguro para ti.
Viéndolo perdido y agobiado, lo besó despacio, elevándose sobre él, con una mano en el centro de su pecho. Después, se tumbó de nuevo pegado a su flanco y lo miró durante un instante antes de cambiar de tema.
— Mi hermano Ron va a empezar a cortejar a la señorita Granger, si tú no estás en desacuerdo.
— ¿Yo? —preguntó Harry, extrañado, girándose en la cama para quedar de frente totalmente a él.
— Creo que todos los solteros de la ciudad están mirándote de reojo a ver qué haces tú, eres el favorito de la temporada.
— No tengo ningún interés en la señorita Granger.
La sonrisa de Charles respondió por él un claro "ni por ella ni por ninguna otra" a la par que le acariciaba el pecho despacio de nuevo.
— Mi cuñada quiere que me case con su hermana —le contó después de otro silencio.
— Pero es una niña aún, ¿no? —recordó Harry a la chiquilla de apenas doce años que había conocido cuatro años atrás en la boda del hermano mayor, William.
Charles esbozó una sonrisa torcida, muy propia de él.
— Bueno, un noviazgo largo no me molesta. Seguiré disponible un tiempo, igual te compensa mientras quedarte en la ciudad, milord —le dijo con voz suave y arrastrada, estirándose para besarle de nuevo.
Harry gimió dentro del beso, aferrándose a su espalda, la pálida mano había ido descendiendo desde su pecho hasta acariciar su hombría, que comenzaba a despertar de nuevo. Quizá había buenas distracciones que le retendrían en Londres durante un tiempo.
Habían pasado seis años, dos meses y tres días. Harry llevaba tres días sin dormir porque esos setenta y cuatro meses iban a terminarse, iba a volver a verlo.
Aún estaba sorprendido de que Draco hubiera accedido a eso, tras todo ese tiempo evitándolo. La última vez que lo había visto había sido en el funeral de su prima. Tras ese tristísimo día, Draco había vuelto a Oxford y había desaparecido.
Harry había unido duelos y había reaccionado primero con tristeza. Después con borrachera y finalmente alzando la barbilla y tomando la decisión, tras ver a Remus emerger de su propio duelo, de trasladarse a Londres y cambiar de vida.
Ya no tenía dieciséis, tenía casi veinte años, un título, dinero y buena apariencia. En dos semanas instalado en su propia casa, las invitaciones empezaron a llegar, otras familias con hijos e hijas de su edad estaban encantadas de abrirle sus puertas, deseosas de saber si ese muchacho criado en el campo era tan rústico y pintoresco como se decía, aunque nadie reconoció en voz alta que ese espíritu burlón de la gente ociosa de la alta sociedad era lo que estaba detrás de tanta amabilidad.
Tuvo la suerte de conectar en las primeras semanas con la familia Weasley. Una gran familia, literalmente, que le había guiado a través de las complicadas aguas sociales. No era tan estupido como para pensar que todo era altruismo, sabía perfectamente que se rumoreaba que la señora Weasley lo quería para su hija menor y eso había hecho que las madres de otras muchachas casaderas del mismo círculo se lanzaran a una competición a ver quien pescaba al soltero de oro.
Pero lo cierto era que Harry seguía yendo a visitar a los Weasley porque había establecido relaciones de amistad con los hijos. Al haber crecido sin hermanos, agradecía la cercanía y la naturalidad de los chicos Weasley. Especialmente la del segundo.
Sentado en el despacho de su casa de Londres, con la mirada perdida en el cuadro que tenía sobre la chimenea, pensaba en su curiosa relación con Charles Weasley. El otro joven, unos años mayor, tenía el desparpajo habitual de un segundo hijo. Era el bohemio, el artista. Lo otros cuatro menores se habían buscado la vida en el clero, el comercio de productos con la India y Estados Unidos y el ejército, Charles era el bon vivant de la familia.
Al ser el único sin oficio, era el habitual en las reuniones por las tardes en casa de sus padres, el joven divertido y coqueto por el que las amigas de su hermana suspiraban, el centro de la actividad social de la casa. Había tardado tres visitas en darse cuenta de que se fijaba más en cómo le marcaban el trasero los pantalones a Charles que en los escotes de las señoritas. Y que su joven anfitrión lo estimulaba, se paseaba, se agachaba, consciente de los ojos del joven lord en su mejor atributo físico.
Había sido Charles quien le había mostrado la otra cara de la vida de los hombres de la nobleza en Londres. Los clubes de caballeros, los que durante el día reunían alrededor de los comentarios de la prensa, las partidas de cartas e incluso las de boxeo, y las casas que de noche ofrecían otros placeres.
La primera vez que lo llevó a casa de Rosmerta, Harry pensó en huir nada más traspasar la puerta. Le había aterrorizado darse cuenta de que su fracasado amor y sus ojos traidores revelaban una vergonzosa verdad. Pero Charles le había distraído con un trago y una noche de conversación, ayudándole a relajarse hasta que ver a su alrededor a otros hombres besándose dejó de ser relevante.
Así se había convertido el pelirrojo en su amante y su amigo más cercano. Además de descubrir con él las maravillas del sexo, también habían hablado, mucho de hecho, del futuro que se planteaba Harry. El de Charles estaba claro, se casaría cuando tocara, la suya era una perspectiva práctica. Él no lo tenía tan claro, Charles le acusaba de idealista muchas veces con una sonrisa en los labios mientras la acariciaba el pecho. Tenía un heredero, había testado a favor de Edward Lupin al poco de tener al niño entre sus brazos la primera vez, así que no le apremiaba casarse, y mucho menos hacerlo con alguien que le resultara totalmente indiferente.
— Milord.
Dio un pequeño bote en la silla, no había sido consciente de la presencia de su criado en la puerta.
— Dime, Jackson.
— La señora Tonks y el señor Malfoy están aquí.
Lord Potter trató de componer un gesto serio y distante, el esperable en un joven noble que va a entrevistar a un subordinado para un trabajo. Se puso de pie tras el escritorio, se estiró las mangas de la chaqueta y acomodó la camisa y el chaleco. Respiró hondo tres veces, tratando de contener el galope de su atolondrado corazón, pero no sirvió de nada, porque cuando las dos personas que esperaba entraron en el despacho lo sintió dar un salto en su pecho y comenzar a latir de una manera que le hizo preocuparse porque pudiera escucharse en la silenciosa tensión que se había instalado.
— Lord Potter —saludó finalmente la señora Tonks.
Con movimientos un poco rígidos, Harry rodeó la mesa para saludarla apropiadamente, besando su mano. A continuación se giró hacia el hombre rubio, mirándolo realmente por primera vez de frente.
— Monsieur Malfoy —le dijo, con voz ronca, inclinando la cabeza levemente ante él.
— Lord Potter —respondió Draco con el mismo gesto y la misma rigidez.
Harry les dio la espalda para respirar y mantener su gesto neutro antes de sentarse de nuevo al otro lado del escritorio. Les hizo una seña con la mano para que tomaran asiento frente a él. Y tomó los papeles que Malfoy le tendía para comenzar la entrevista, tratando de recordar que el hombre frente a él le estaba mirando como a un desconocido, no como a la persona con la que se había abierto en canal durante dos años de cartas ni como se mira a la persona que lo habría dejado todo por él.
Dos años después
La lluvia, sobre todo esas lluvias torrenciales, seguían afectando al ánimo de lord Potter. La compañía con la que viajaba no contribuía a mejorarlo. Respetaba a la viuda Tonks, la trataba con la deferencia de su vago parentesco, por eso cuando habían comenzado las lluvias la tarde anterior le había ofrecido compartir su carruaje, más preparado para los caminos rurales.
Miraba por la ventanilla, perdido en sus pensamientos, cuando la dama sentada frente a él carraspeó.
— Ha llegado a mis oídos que otro de los señores Weasley va a casarse.
Harry se forzó a soltar la cortinilla y girarse a mirar a su acompañante.
— Según creo darán una fiesta para anunciarlo en tres semanas, sí.
— Siete hijos… esa mujer no va a terminar nunca de colocarlos a todos. Y esa chica…
A Harry se le escapó una sonrisa. Ginevra Weasley había debutado con diecisiete años en sociedad, con veinticuatro ya era una rareza de la que las demás mujeres cotorreaban, porque no tenía problemas manifestando en voz alta que carecía de intención de casarse, que ella quería ser escritora.
— Solo quedan solteros los gemelos. Y la señorita, sí.
— Molly Weasley pretendía que usted se casara con su hija. Supongo que será más listo y no desposará a alguien como ella.
Forzó una sonrisa y negó con la cabeza. Si se planteara casarse, Ginevra Weasley no sería tan mala opción, le caía bien, era fuerte e independiente, de hecho le recordaba muchas veces a Dora. Y no esperaría de él que fuera un devoto esposo, estaría encantada estando a su aire lejos del control social.
— ¿Entonces? —insistió la mujer con tono impaciente.
— Discúlpeme, ¿a qué se refiere? —le respondió, haciéndose el tonto, porque tenía nulas ganas de entrar en esa conversación con ella.
— A su matrimonio. Necesita una esposa y un heredero, lord Potter.
En su mente, respondió a la impertinencia con un "no es tu maldito asunto". Pero mantuvo el gesto amable que había aprendido a usar gracias a su recorrido social de los últimos años, ese que había hecho que más de una persona pensara que era tan bondadoso como estúpido. Algo que usaba cuando su cerebro estaba gritando mierdas poco protocolarias.
— No tengo prisa.
— No voy a vivir eternamente, milord, Edward necesita una figura femenina de su clase.
Le libró de contestar que el carruaje se detuvo en la puerta de la casa. Esperó, sabiendo que Jones estaría atento y preparado con un paraguas.
— Señora —saludó el mayordomo, abriendo la portezuela.
La señora Tonks aceptó la mano del criado para bajar del carruaje. La vio alejarse protegida bajo el paraguas y entonces saltó el mismo, indiferente a la lluvia. Respiro hondo, con la cara ligeramente vuelta hacia arriba.
— Vas a pillar una pulmonía.
Frente a él, al abrir los ojos, estaba su bondadoso y amado padrino, con su bastón en una mano y un gran paraguas abierto en la otra.
— Necesitaba un momento para oler la lluvia.
A Remus no le sorprendió el comentario, se limitó a cubrirlo con el paraguas y esperar. Era la rutina de Harry cuando volvía de la ciudad, pararse a respirar el olor de su tierra. Y con más razón necesitar un respiro después de varias horas en un carruaje con su suegra.
— No hacía falta que salieras —le dijo Harry por fin, apoderándose del paraguas y protegiéndolo para volver despacio, haciéndose al ritmo de su bastón.
— Aún puedo hacer cosas básicas como recibir a mi ahijado con un paraguas.
— Padrino, no es …
Una risa sincera y vibrante interrumpió sus palabras justo cuando entraban en el vestíbulo. Sintió como el cuerpo entero se le removía al escucharla, ese sonido era un viaje al pasado.
Sin pensarlo, como atraído por una magia extraña, se acercó hasta la puerta de la biblioteca, peinándose el cabello mojado con los dedos. Ante él, una mesa llena de libros y Draco sentado en el sofá riendo con Edward. Casi envidió al niño por poder presenciar algo así, no había visto nunca esa expresión tan relajada en el tutor.
— ¿Ordenando la biblioteca? — preguntó, tratando de sonar despreocupado y divertido.
Edward se levantó de un saltó del sillón y se lanzó a sus brazos. Lo abrazó con fuerza, ese niño era una de las luces de su vida.
— ¡Has vuelto!
Inevitablemente sonrió y lo ciñó aún más fuerte contra él antes de alborotarle los claros rizos, tan parecidos a los de su madre.
— Con estas lluvias, no podía dejar a tu abuela viajando sola —le explicó finalmente cuando Edward terminó el abrazo.
— ¿La abuela está aquí? —interrogó Edward a su padre con ojos cautelosos.
— Ha subido a descansar a su habitación. Deberías ir a cambiarte para la cena, hijo —recomendó Remus, alisándole el cabello con los dedos—. Creo que Roslyn te ha preparado la ropa, esa chaqueta que la abuela te regaló y le gusta tanto.
El niño gruñó y Harry vio a Draco apretar los labios para que no se le escapara una sonrisa por eso. Si por él fuera, Edward andaría todo el día con pantalones de montar y camisas llenas de manchas de tierra.
— Vamos, Ted, te acompañaré. —Harry se giró para hacer mención de marcharse también, necesitado de perder de vista la sonrisa de Draco— Yo también debo asearme y cambiarme para la cena. Monsieur Malfoy —se despidió con una inclinación de cabeza.
Aún un poco enfurruñado, pero obediente, Edward pasó entre su padre y Harry. Él le siguió con más calma, con las manos en los bolsillos, ese paso indolente que era su marca cuando estaba en la casa, el único lugar donde era él mismo.
Lo acompañó hasta su habitación. En la puerta, el niño lo volvió a abrazar, a sabiendas de que era un gesto que su abuela reprobaría, tenía que aprovechar a hacerlo cuando ella no estuviera presente. Él le devolvió el abrazo con fuerza y luego continuó su camino pasillo abajo, hasta su propia habitación.
Seguía ocupando su habitación de niño, que Remus había redecorado para él en su adolescencia. Muebles sencillos y fuertes, de madera rubia, cortinas blancas y azules a juego con la colcha y la alfombra. Ese era el espacio en el que se sentía más seguro, sabiendo que su padrino estaba al otro lado del pasillo. En el fondo, a sus casi ventiseis años, aún era un joven que necesitaba su figura paterna.
Tal y como solía ocurrir en sus visitas, Andrómeda Tonks controlaba la conversación durante la cena. La dama tenía un aire regio, dominante, acentuado por el negro del luto y los encajes de su cuello alto, fiel a su estilo anticuado y pudoroso.
Lord Potter encabezaba la mesa por un lado, ella por el otro. En un lateral, Remus comía en silencio, sin perder de vista las reacciones de su hijo, sentado junto a él. Frente a ellos, Draco asumía el peso de la conversación, escuchando a su tía con paciencia.
— Y cuéntame, Edward. ¿Qué has aprendido últimamente?
Harry conocía bien al pequeño Lupin, no le hizo falta mirarlo para saber que había puesto su cara de que iba a decir algo que molestaría a su abuela.
— El señor Black me está enseñando a montar a caballo.
En la mesa se hizo el silencio. Lord Potter los miraba a todos, aparentemente perplejo, como si intentara entender el motivo de la tensión recién instalada. Edward miraba a su abuela con la barbilla alta, Remus miraba a su hijo, entre orgulloso y divertido, y Draco miraba a su tía, que había palidecido y apretaba fuertemente los labios.
— Montar a caballo… —reaccionó por fin Andrómeda—. Remus, pensaba que habíamos acordado que era muy pequeño para eso.
— Yo no lo recuerdo así —respondió su padrino, calmado, volviendo a tomar los cubiertos para continuar con su trucha.
— Fui yo quien contrató al profesor —intervino Harry, con cara de culpabilidad.
— Ese… ese hombre. ¿Quién es, qué referencias tiene? —interrogó, molesta.
— Es un ex militar con formación en doma clásica en la escuela de Versalles. Lo traje de Francia, donde estaba dando clases a los hijos de varios aristócratas de la corte. Usted sabe que siempre busco lo mejor para Edward —se defendió Harry, señalando a Draco con la cabeza.
Andrómeda miró a su sobrino, que se veía sonrojado y un poco incómodo.
— ¿Tú has conocido a ese hombre?
— En persona no, tía, solo por las descripciones de Edward —contestó, mansamente.
La dama volvió a apretar los labios e hizo una seña al criado para que le rellenara la copa de vino. Los demás siguieron comiendo en silencio, tensos, salvo Edward, que se revolvía en la silla inquieto, olvidada la comida en el plato. Finalmente, tiró de la manga de su padre para que se inclinara y poder hablarle en el oído, ignorando la cara de desagrado de su abuela por el gesto poco correcto. A pesar de susurrar, todos escucharon con claridad la petición del pequeño.
— No le dejes que lo despida, padre, por favor. Sirius me cae bien y dice que le gusta mucho trabajar para ti.
— Edward, es hora de retirarse —le informó su abuela, en tono admonitorio.
El niño miró a su padre y de vuelta a su abuela. Y después al postre que acababan de ponerle delante.
— Termina tu postre, hijo —le tranquilizó su padre con suavidad— y luego te acompañaré arriba.
Edward se volvió hacia él, sorprendido, hacía mucho que su padre no le ayudaba a prepararse para la noche. Harry no pudo evitar un destello de nostalgia y entendió la reacción del niño, también a él había dejado de acompañarlo en las rutinas nocturnas su padrino en cuanto tuvo cinco o seis años.
La cena continuó en silencio, la molestia de Andrómeda flotando en el aire como un perfume pegajoso. Vieron a Edward contenerse por poco de limpiar los restos de chocolate de su plato con el dedo después de apurarlo con la cucharilla.
— Da las buenas noches, Edward —sugirió su padre, poniéndose de pie después de limpiarse los labios con la servilleta.
Haciendo gala de modales, el pequeño se bajó de la silla, dejó con cuidado la servilleta sobre la mesa, y caminó hasta su abuela. Hizo una pequeña reverencia y besó con cuidado su mejilla.
— Buenas noches, abuela.
E hizo otra pequeña reverencia hacia los demás antes de salir del comedor, seguido por su orgulloso padre. En la mesa volvió a hacerse el silencio, Draco acababa su poste mirando al plato y su tía parecía a punto de hervir. Por un momento, Harry estuvo tentado de levantarse también y retirarse, pero sabía que era poco adecuado como anfitrión y también era una manera de darle la razón a la viuda, algo que no tenía intención de hacer. Resistió sentado en su silla, terminando su vino a pequeños sorbos mientras escuchaba la lluvia caer en el exterior.
Lo que no esperaba era que, minutos después, la señora Tonks dejara su servilleta sobre la mesa y anunciara con sequedad que se retiraba. Antes de poder reaccionar, volvía a estar solo en una habitación por primera vez con Draco Malfoy tras ocho años.
El tutor lo miró en silencio. Los años no habían disminuído la expresividad de sus ojos o la perfección de su tez pálida. Había una mínima sombra de barba y sus rasgos se habían hecho más duros, pero por lo demás todo era igual y Harry sintió el conocido anhelo en el pecho y las ganas de estirar la mano hacia él para poder acariciar el cabello rubio que le caía sobre los hombros en suaves ondas.
— ¿Usted también se retira, monsieur Malfoy? —preguntó por fin, consciente de la presencia del criado en la habitación esperando para retirar los platos.
— Si milord está de acuerdo, me tomaría una copa antes de acostarme.
— Una copa suena bien. —Harry se puso de pie, tratando de disimular su nerviosismo— Dile a Jones que estaremos en la biblioteca —se dirigió al criado al ver que Draco también se levantaba y se limpiaba los labios antes de dejar la servilleta con cuidado sobre la mesa.
Le cedió el paso a su invitado, que caminó con su paso grácil hasta la biblioteca. La elección no era aleatoria, sabía de sobras que era la habitación preferida del joven profesor.
En cuanto la puerta se cerró tras ellos, Draco dio dos pasos hacia él.
— ¿Lo sabías?
— ¿Qué exactamente?
— El profesor que has contratado…
— ¿Ese que a tu tía no le gusta?
— ¿En serio no sabes quién es, Harry?
— Estoy perdido, Draco. Y la verdad es que ahora mismo el profesor de equitación me importa un comino.
Draco se alejó, algo en la cara de Harry le asustó y caminó hacia atrás hasta toparse con una mesita.
— Ocho años sin llamarme por mi nombre de pila… ¿tan desagradable soy como para que nuestra amistad no pudiera salvarse?
— Yo no…—balbuceó Draco— no eres desagradable.
— ¿Crees que no habría sobrevivido a una negativa? Te escribí durante meses.
— No lo entiendes —respondió, negando con la cabeza con cierta desesperación.
— ¡Claro que no lo entiendo! Porque elegiste no explicármelo. Y luego vienes a pedirme trabajo y me miras como si no me hubieras visto nunca.
— Harry, yo… no podía.
— ¿No podías contestar a mis cartas?
— No podía hablar contigo.
— ¿Por qué?
Draco dejó de mirarle y desvió la vista hacia la chimenea encendida, con los labios formando una fina linea.
— Draco, ¿qué te impedía contestar a mis cartas?
— Ese hombre que has contratado es pariente mío. ¿Sabes por qué mi familia le dio la espalda?
Harry lo sabía. Se había hecho el tonto, pero la realidad era que la recomendación del profesor de equitación había venido de lord Black. En una noche especialmente emocional en casa de Rosmerta, el hombre le había hablado de su hermano mayor, de cómo había sido expulsado cuando eran adolescentes y de cómo, tras años de pesquisas, había dado con él en París.
— Sí, lo sé.
— ¿Y aún así le has traído aquí? —cuestionó Draco con asombro.
— Alguien cercano me lo pidió y, en conciencia, el señor Black tiene un expediente ejemplar. —Se acercó un poco a él con gesto resuelto, nada que ver con esa apariencia de despiste que usaba delante de la viuda— ¿Por qué no debería contratarle?
— Porque es un paria, Harry. Y no te conviene que tu nombre se relacione con el suyo.
— Eso es… vse detuvo porque le tembló la voz— ofensivo. ¿De qué es culpable ese hombre? ¿De enamorarse de un amigo a los 15? Discúlpame si me siento identificado con él.
El tutor se echó hacia atrás como si le hubiera golpeado en la cara.
— Tú no tienes nada que ver con él.
— ¿Porque a mí nadie me ha podido quitar lo que es mío? Dime, Draco, ¿qué me distingue de Sirius Black?
Draco balbuceó, pero la entrada de Jones con una bandeja volvió a cortar la conversación, como ocho años antes. Harry aprovechó la pausa para respirar hondo y alejarse unos metros. Esa discusión no iba a llevarle a ningún lado.
Permaneció de espaldas, con la mano estirada, apoyada contra la repisa de la chimenea, y la mirada fija entre las llamas. Recordó su conversación con lord Black sobre su sentimiento de culpa por el trato recibido por su hermano, especialmente después de haber establecido él también una relación con un hombre. Años de remordimientos por su silencio cómplice y por su propia inclinación que hacían que su voz temblara mientras hablaban de ello entre copas de brandy.
Pensó también en Charles y en su practicidad. A pesar de su compromiso, ya le había dejado claro que su relación no tenía porqué terminar. Era tentador, aunque solo fuera por no sentirse tan solo.
Pero la realidad era que no quería estar solo, ni casarse por aparentar ni depender toda su vida de un discreto lugar de encuentros para ver a su amante cada quince días. Sería un idealista, un loco, pero quería una vida. Y ese hombre sentado a unos metros… ese hombre era a quien quería para vivirla.
— Harry… —la voz suave interrumpió sus pensamientos furiosos, no se había dado cuenta de que Draco estaba apenas a dos pasos con dos vasos en la mano— no puedo soportar que me odies.
Cogió uno de los vasos y lo miró a los ojos al hacerlo, para que su mensaje calara en él.
— Yo no puedo odiarte, Draco. Eres mi corazón. Duele, pero late.
Y esta vez fue él quien abandonó la biblioteca, dejando atrás la tentación.
Aguantó dos días de lluvia y encierro. Dos días evitando la mirada de Remus y directamente la presencia de Draco, que estaba instalado allí hasta que se desbloquearan los caminos. Le salvaba Edward, que quería pasar tiempo con él a toda costa, huyendo seguramente un poco de su tutor y de su abuela, pero aún así estaba saturado de estar encerrado en la casa y cuando amaneció el tercer día y un tímido sol empezó a hacerse fuerte entre las nubes, agradeció por dentro a todos los santos, costumbre heredadad de su niñera irlandesa, y se dispuso a acompañar al pequeño a su clase de equitación.
Después de todo el alboroto alrededor de la identidad del profesor, tenía realmente curiosidad y, por qué negarlo, las ganas de provocar un poco a la viuda y a su sobrino. Esperó en el patio con el niño, que saltaba nervioso cambiando el peso de un pie a otro.
— Veo que estás contento con las clases —le comentó divertido.
— Sirius me cae bien, no me trata como a un niño pequeño que se va a romper. ¿Por qué a la abuela no le gusta? no lo conoce.
— Es complicado. Pero lo importante es que estés aprendiendo.
— A papá creo que tampoco le gusta —observó el pequeño, estirando el cuello hacia la esquina que debía doblar el profesor Black para llegar a ellos.
— ¿Por qué?
— Porque salió el primer día a ver la clase y ya no ha salido más. Y pone esa cara tan rara cuando lo nombro…
Harry iba a preguntar, pero un caballo entró en el patio e hizo que Edward diera un bote. Nada más verlo, Harry reconoció el parecido con lord Black, era difícil no percibir el parentesco. Pero Sirius Black era más gallardo, su postura sobre el caballo era admirable y tenía un aspecto saludable, con la piel ligeramente tostada por el sol del que pasa tiempo al aire libre, aunque se proteja con un sombrero.
El hombre detuvo al caballo, un hermoso animal castaño que Harry quiso inmediatamente acariciar. Recordó entonces que el profesor se había ofrecido a domar a Blackie y empezó a organizar planes mentalmente.
Sirius bajó con agilidad del caballo. A Harry no se le pasó por alto que echaba una breve mirada sobre a sus espaldas, hacia la casa, a la ventana del despacho de Remus, y sonreía mínimamente antes de prestarles atención a ellos dos. Junto a él, Edward parecía estar a punto de explotar de la emoción.
— Señor Black. —Estiró la mano hacia él— Me alegra conocerle en persona por fin. Soy lord Potter.
Recibió un apretón de manos firme y una inclinación de cabeza educada.
— Es un placer, milord.
Mostrando qué era lo importante para él en ese momento, se giró y le ofreció la mano a Edward.
— Señor Lupin, también es un placer verle. ¿Preparado para ver si aún se mantiene sobre un caballo?
— Por supuesto que sí, señor Black.
Harry los siguió a unos metros mientras ellos charlaban animadamente de camino a las cuadras. A sus espaldas, en otra de las ventanas, Draco observaba la escena con los labios apretados. Cuando ya habían desaparecido en el cercano edificio, se volvió hacia la maleta abierta sobre la cama. Finalmente había pasado seis días en Potter's Manor. El primer día de lluvias, al ver que los caminos seguramente se iban a poner impracticables, el señor Lupin había enviado a uno de los criados a su alojamiento a buscarle cosas básicas para varios días. Lo que no esperaba era que su estancia coincidiera con la del dueño de la casa.
Suspiró y cerró la maleta. Fue a cogerla para ponerla en el suelo, pero no llegó a completar el gesto. Se sentó en la cama y se cubrió la cara con las manos. Seis años sin verlo, dos más evitándolo. ¿En qué momento le había parecido buena idea trabajar para él? Le había podido la nostalgia por Dora, darse cuenta de que quería ver crecer a Edward, y huir un poco de su tía, que con el paso de los años se estaba volviendo más tiránica.
Había sido un impacto el reencuentro en la casa de Londres. En seis años, lord Potter se había convertido en un hombre. A pesar de no relacionarse con su círculo social, había escuchado hablar de él durante esos años, era inevitable, el joven lord tenía mucha vida social y una de las diversiones en la ciudad era tratar de averiguar con cual de todas las jóvenes disponibles iba a desposarse. Cada rumor, cada nombre que se barajaba era como una puñalada en el costado para Draco. Y lo odiaba, odiaba recordar que era él el culpable, el que le había empujado en esa dirección. Que podía haber sido suyo todos esos años.
Con un segundo suspiro, se puso de pie y tomó la maleta. Cerró con cuidado la puerta a su espalda y bajó las escaleras. Al pasar por delante de la puerta entreabierta del despacho del administrador, la voz de Andrómeda se alzó, aunque Draco no llegó a entender sus palabras.
— ¿Te marchas? —le preguntó a su espalda cuando ya alcanzaba la puerta de la calle.
Draco se giró hacia su tía, allí, hierática en su vestido negro.
— Debo volver a mi alojamiento, tía. El señor Lupin ha pedido que me lleve el carruaje, me está esperando —Señaló con la cabeza hacia el patio delantero.
— ¿Volverás mañana?
— Me han dicho que me tome un par de días de descanso. ¿Estás bien? pareces acalorada.
Ella negó con la cabeza, con los labios apretados. Luego se dio la vuelta y subió las escaleras. Draco la observó, aunque ella tuviera muchas cosas que le ponían nervioso era la persona que había cuidado de él y se sentía responsable. Una vez que estuvo seguro de que había llegado bien al piso superior, abrió la puerta y salió.
El sol le hizo entrecerrar los ojos. Afuera, todo brillaba después de tantos días de lluvia. Esquivó con cuidado los charcos, preocupado por la integridad de su calzado, y alcanzó el carruaje. Ante él, el conductor esperaba con gesto resignado, los caminos iban a ser una odisea hasta Godric's Hollow.
Para salir al camino, el carruaje rodó hacia el patio posterior, el único sitio donde podía girar tal y como estaba el pavimento. Con las cortinas abiertas, fue inevitable ver a Edward subido al caballo, con su profesor llevando las bridas alrededor del vallado que habían construido junto a las cuadras. Apoyado en uno de los postes, lord Potter seguía la clase con cara de concentración.
Los ojos de Draco se recrearon en esa imagen de Harry en camisa y chaleco, con el cuello abierto y sin pañuelo dejando ver la garganta morena. Fueron unos segundos, pero cerró los ojos para llevarse con él la imagen, porque seguía creyendo que eso es lo único que tendría, vistazos de una vida que no era la suya.
Volvía a llover, la primavera parecía no terminar nunca. O al menos esa era la sensación que tenía Draco, sentía que todo se movía lento como si se deslizara por miel. De nuevo estaba atrapado en la casa Potter y la tensión se palpaba en el aire. La cena había sido silenciosa, incluso Edward había permanecido callado, molesto por la cancelación de nuevo de su clase de equitación.
Lupin y el niño se retiraron pronto y Draco temió volver a encontrarse en la misma encerrona que la última vez con Harry. Pero esta vez, su tía tenía mucho que decir.
— No puedo creer que haya invitado a ese pervertido a dormir aquí. ¿No es suficiente con que siga dando clases a mi nieto?
— Díscúlpeme, señora Tonks, pero hasta donde yo sé es mi casa y mi empleado. La respeto, es usted mi invitada, y le rogaría que fuera recíproco.
A Draco le estremeció la seriedad y la dureza en la voz de Harry, algo totalmente desacostumbrado en él aunque indudablemente atractivo. A su tía no le generó la misma reacción. Furiosa, tiró la servilleta sobre la mesa y salió de la habitación haciendo que sus tacones resonaran con fuerza en el suelo de madera.
— ¿Tú también tienes algo que decir? —le preguntó Harry con la misma dureza.
— Yo… ¿por qué defiendes a ese hombre? nunca te habías enfrentado a ella.
Harry se puso de pie y recogió del suelo la servilleta de Andrómeda, que se había deslizado de la mesa. La plegó con cuidado y la dejó junto al plato. Se inclinó hacia Draco y le habló en un murmullo que le puso el vello de punta.
— Porque es mi casa, mi invitado y la persona que hace estremecer a mi padrino. Y si yo no puedo tener a quien quiero, haré todo lo que esté en mi mano para que él sí lo tenga.
Draco boqueó para recuperar el aire que había estado conteniendo por su cercanía. Parpadeó y trató de coger la copa que tenía delante, pero se dio cuenta de que le temblaban las manos.
— Voy a acostarme. Y te aconsejo que lo hagas tú también, creo que tu tía aún no ha dicho la última palabra.
Lo siguió con la mirada mientras salía de la habitación, con la espalda recta. Se dejó caer contra el respaldo de la silla, aún con la copa entre los dedos, y contempló en silencio como los criados recogían la mesa.
A los dieciséis, conocer a Harry había sido como algo que formara parte de un plan superior. Dos huérfanos fuera de su elemento encontrando a alguien que podía entenderlos, otra persona que los escuchara. Su intercambio de misivas había sido fluido durante los dos años siguientes, hasta que Draco se había asustado.
Esa era la realidad, se había asustado de pensar en las consecuencias y eso le había hecho perder ocho años. Dejó la copa con cuidado y se puso de pie.
— Buenas noches, monsieur Malfoy —se despidió con amabilidad el criado.
— Buenas noches.
Subió las escaleras despacio, agarrándose al pasamanos. Se detuvo en el rellano del primer piso, el que ocupaba la familia. Tanto él como el otro invitado forzoso se alojaban en el segundo piso. Miró la escalera ascendente y después el pasillo que se alejaba de la escalera. La decisión era caminar o subir.
Harry se estaba quitando el chaleco cuando un golpe suave en la puerta le sobresaltó. En un par de zancadas cubrió la distancia y abrió, esperando encontrarse a Andrómeda, dispuesta a discutir de nuevo, pero la figura que esperaba en el pasillo era más rubia y le miraba con ojos asustados.
— ¿Podemos hablar?
Se limitó a apartarse para franquearle el paso. Cerró con cuidado la puerta tras él y lo observó desde esa segura distancia. Draco se pasó los dedos por la larga melena rubia, Harry vio que todavía temblaban.
— Te escucho.
— Tuve miedo —confesó con un susurro ronco, sin mirarle.
— ¿Cuándo?
— Sabes cuando. Tú… —Draco pareció reunir valor para alzar los ojos hacia él— eres tan noble, tan fuerte en tus convicciones, Harry. Yo quería tu sostén, tu amistad, pero me asusté al darme cuenta de que lo que sentías era mucho más grande que eso. Y te perdí, perdí tenerte en mi vida estos ocho años.
— Habría seguido ahí para ti, aunque no me correspondieras —le aseguró, con voz ronca también por la emoción.
Draco respiró hondo y se sentó en el filo de la cama de Harry, con las manos apoyadas en las rodillas. Parecía pálido y perdido y a Harry le costó toda su fuerza de voluntad mantenerse alejado para dejarle hablar, era evidente que aún tenía mucho que decir.
— Fui yo el que le dijo a Andrómeda que quería ser el tutor de Edward.
La confesión pilló a Harry de improviso, en ningún momento mientras duró el proceso de contratación había sospechado que fuera Draco el que lo hubiera propuesto, estaba convencido de que era cosa de Andrómeda.
— ¿Tú? ¿Por qué? —cuestionó.
Los ojos grises le miraron directamente y algo en su cara hizo que Harry supiera que lo que iba a escuchar iba a doler.
— Mi padre murió cuando yo era muy pequeño. Mi madre nunca se recuperó y se quitó la vida poco antes de mi décimo cumpleaños —soltó Draco de un tirón, sus dedos apretando con fuerza sus rodillas.
— Draco, yo… —balbuceó Harry, sin saber qué decir que pudiera ayudar con el evidente dolor.
— Vi a varios doctores mientras estaba en Oxford. Tengo la misma debilidad de corazón que mi padre. Me dijeron que la vida tranquila en el campo podría darme más tiempo.
— ¿Por eso pediste el trabajo? te habríamos acogido como uno más de la familia, Draco, sin necesidad de...
— Te pedí —le interrumpió, alzando la barbilla con un gesto indómito que le recordó a Dora— el trabajo porque había perdido seis años de la vida de mi sobrino. Y porque tenía la esperanza de recuperar al menos tu amistad por el camino. Pero tú… me haces estremecer y yo… no puedo ofrecerte una vida juntos porque puedo morir mañana.
Harry no pudo soportar más la lejanía. Se movió tan rápido que casi sintió que se desplazaba mágicamente desde la puerta para abrazar a Draco. Porque eso era lo único que tenía sentido ahora, estrecharlo entre sus brazos y aferrarse al tiempo que les quedara.
