Disclaimer: Nada de lo que puedan reconocer me pertenece.
Parte III
Siguiendo las debidas precauciones, y gracias al esmero del cuidador y la docilidad de la paciente, poco más de una semana de la herida en el tobillo este se encontraba mejor y la rubia se hallaba en pie, conforme al pronóstico del profesional.
Al cuarto día, habían reflexionado y llamado a un médico, quien había estimado la mejora entre el sexto y séptimo día de la lesión, aprobando las medidas tomadas por ambos, como recomendaciones posteriores al paso del tiempo señalado y motivos para buscarlo (lo habitual en los galenos de pueblo, conocedores de las condiciones económicas de la gente y teniendo en cuenta la escasez de doctores para cubrir amplias zonas; de haber sabido el estatus de ambos, probablemente habría actuado de manera distinta).
El par veía la situación con dicha y lamento a partes iguales, porque la recuperación de ella significaba separarse, algo para lo que todavía no estaban listos. Las continuas horas juntos habían sido estupendas para ambos, que añoraban más; la sensación de que faltaban cosas por saber y hacer permanecía latente en sus cabezas, como si haber aprendido gustos de ambos y pedazos de sus vidas no fuese suficiente para dos amigos a distancia.
Era cierto, siete días, con unos cuantos momentos interrumpidos por el trabajo de él y las necesidades físicas de ambos, no constituían tiempo adecuado para recorrer todo el camino de sus treinta y dos y treinta y cuatro años, pero ninguno se percataba de que las profundidades que deseaban alcanzar abarcaban una relación más apropiada para lo que en papel eran (marido y mujer). Sin previa experiencia con esos asuntos, se hallaban inseguros de la manera de utilizar bien lo que el instinto mandaba, aunque no serían los primeros en desconocer la receta para el romance, diferente para todos.
La geografía jugaba en su contra, sí, pero lo suyo no era insalvable; habían puesto el pasado atrás, después de todo, y le habían dado oportunidad a lo que antaño era impensable.
Poseedor de más factores en su balanza, siendo dueño del lugar y un sutil osado en conseguir lo que deseaba, Hans llegaría a dar el primer paso.
—¿Tienes un compromiso inflexible las próximas semanas? —cuestionó el octavo día de la estancia de Elsa, en medio del desayuno en la mesa de su cocina, donde ambos se habían podido acomodar finalmente.
Ansioso, la vio quedarse con una cucharada de avena de camino a la boca, sin saber que su estómago había explotado con la velada invitación que él ofrecía.
—Si puedo escribir a Anna para tranquilizarla y al campamento para decirle a los Espíritus, no —respondió ella bajando la cuchara al plato, revolviendo el contenido. —¿Invitarías mi presencia un poco más? Ya he tenido una larga estancia, importunado bastante, ¿no estás incómodo en el establo? Si me recibes, puedo visitarte diariamente desde el pueblo.
Él rio, atreviéndose a extender la mano para detener sus movimientos, con ello sus parloteos nerviosos, los cuales le reconfortaban por las sensaciones que lo avasallaban en su interior. Ambos agradecieron el encuentro de sus pieles, siempre cubiertos de júbilo con tocarse, en contactos que se habían ido repitiendo en las oportunidades que se podían… acostumbrándose a una medicina que podría escasear en el futuro, si lo dejaban.
—Para nada. Oh, sobre el acomodo, no tu estancia. ¿Por qué fatigarte con un nuevo arreglo si hemos estado bien hasta ahora?
Hans calló sobre la posibilidad de que ocuparan la misma cama, sin mentir sobre el apetito que notó venía sintiendo. Era demasiado tentador que le fascinara la manera en que se veía recostada en su cama, unida a la atracción que sentía por diferentes cualidades de ella. No solo era hermosa, sino con una personalidad que le encantaba intelectual y anímicamente.
El orgullo y rencor le habían hecho desaprovechar una oportunidad que le había caído del cielo, y aunque ahora tenía más a su favor, no iba a apresurarse y arruinar la ocasión, o tomar más de lo que ella estaba dispuesta a otorgarle. De momento iba a conformarse con lo que dictara Elsa, aunque le decepcionara, y a largo plazo haría su jugada por lo que quería, incluso si era breve o se enfrentaba a perder. No sabía la posición de Elsa en esos términos, le había pedido su amistad, y no tenía la seguridad de interpretar bien las pequeñeces que habían ocurrido esos días… podía ser su deseosa imaginación.
—Si cambias de opinión, tienes que decirme —suplicó Elsa, maravillada por poder estar ahí. Agarraba con ambas manos la oportunidad de recortar la distancia que quedaba entre los dos y entender por qué se sentía tan inclinada a ese hombre que empezaba a conocer y requerir en su día a día. Tenía amigos, pero con ninguno había experimentado tal conexión y exigencia de sentir; la respuesta estaba en la punta de su lengua y temía cometer un error que derrumbara esa construcción.
No quería perder a Hans. Tampoco quería dejarlo ir. Ni quería amarrarlo a ella. O ver cosas donde no las había.
Y era confuso, temeroso, fascinante. Todo a la vez.
Necesitaba resolver esa ignorancia.
Quedarse más tiempo era excelente idea.
—Claro que sí, pero dudo arrepentirme —contestó él, puntualizando la sinceridad que trataban de primar entre los dos.
Asintiendo, ella volvió a comer y Hans observó satisfecho; si no podía proveerle la fuerza que en muchos aspectos le superaba con creces, se contentaba con ser fuente de otras cosas que necesitaba. Le gustaba alimentarla, además de divertirla, por mencionar dos de lo mucho que podía y quería hacer por ella.
Renuente de ser atrapado, retomó su propio desayuno, discutiendo los asuntos que aparecían en el periódico colocado en la mesa. No era del día en curso, pues las noticias tardaban en llegar fuera de la ciudad, mas ambos encontraban entretenido lo que causaba interés en el pueblo germano y Elsa aprovechaba para practicar un idioma que ocasionalmente usaba con sus parientes de Corona.
De reojo, la vio tomar un sorbo de su té y hacer un gesto apreciativo por los dos terrones de azúcar que él había colocado, aplaudiéndole en silencio la atención que había puesto en sus preferencias.
Con buenos ánimos, finalizó su desayuno y esperó a que ella hiciera lo propio. Aceptó que se encargara de limpiar sus recipientes, por lo cual aprovechó para sacar una silla, un banquito y un libro para ella, para que se entretuviera durante algunas de las actividades de él (no demasiadas, por supuesto).
Ella terminaba de instalarse cuando los Carl salían del establo, deteniéndose en seco al verla. Hans les hizo una señal para acercarse y suspiró ante la insistencia de Elsa para levantarse.
Los castaños llegaron erguidos, sin duda maravillados por la preciosa mujer de azul que veían ese día. En el pueblo, una visión como ella era extraña, y Hans agradeció que los dos estuvieran en situaciones inalcanzables para su compañera (uno casado y otro más chico en edad).
—Ella es la señora Elsa, viuda de Westergaard —decirlo así no fue por completo su agrado—, una buena amiga. Tuvo un pequeño accidente, no la incomoden.
Ambos hombres asintieron e inclinaron sus cabezas.
—Me alegra conocer a una amiga del jefe, es muy solitario, señora —tomó la palabra el padre—. Carl Müller a su servicio, este es mi hijo, Carl.
Atontado por la sonrisa de Elsa, el aludido asintió repetidamente.
—Encantada de conocerles. Espero seas un buen jefe, Niels —advirtió la rubia pícaramente, ignorando la pena sentida por la soledad mencionada.
—He decidido que es suficiente de presentación —intervino Hans riendo y sus ayudantes lo imitaron, despidiéndose después. Eran hombres discretos —típicos de su reino—, pero una larga interacción podría repercutir en la reputación de Elsa, si bien había resaltado su viudez para cuidarla si surgían comentarios.
—Eso no es prometedor —condenó Elsa con una provocadora sonrisa torcida, puesto que él había relatado su experiencia en los establos de su castillo familiar y estaba segura que había aprendido lo correcto… y con sus sirvientes no había sido déspota en todas las veces que los tratara.
Hans negó divertido.
—Haré unas cosas y luego traeré limonada para ti.
—Puedo entrar a servirme… —El dedo de Hans en su boca bloqueó el término de su frase, pero se fue tan rápido con el giro de su dueño que Elsa ninguno tuvo tiempo de observar el calor que cubría sus rostros.
—Obedece —solicitó el pelirrojo sobre su hombro.
Elsa se dejó caer en la silla y cogió el libro, del que tardó varios minutos en avanzar de la primera página.
Y si los Carl se percataron de la prontitud de trabajo y los fallos cometidos por su jefe, permanecieron callados.
Era la primera vez que un toque exploraba ese destino.
ooOOoo
La responsabilidad de Hans que más disfrutaba Elsa era sin duda su paseo de los caballos al aire libre.
Empapado por el clima veraniego y con el vigor de dominar a criaturas que podían aplastarlo a la muerte, el pelirrojo exudaba una seguridad masculina que ella nunca había podido apreciar hasta entonces, perdiéndose del vaporoso efecto que suscitaba en ella. Su mente estaba repleta de imágenes de la marca de sus brazos y piernas al hacer esfuerzos o al montar, del mismo modo que había comenzado a enlistar lo provechosas que podían ser sus manos anchas y firmes, con usos que no había pretendido antes.
Entendía por qué era prohibido que una dama observara aquellas labores.
Le enorgullecía, no obstante, la efectividad con la que él trabajaba y el claro amor que había hacia su ocupación. Disfrutaba honestamente las horas que compartía con los caballos, mostrando tal afinidad entre ellos que resultaba una lástima saber que su destino era en manos ajenas; Hans había encontrado en esos animales el vínculo que no había conseguido con sus congéneres.
Elsa se veía a sí misma en la compañía de los Espíritus. Hans adoraría a Nokk, a quien nunca había conocido y al que inconscientemente había aplacado por meses sobre su visión de él, tanto como a los otros; sin saber más que ese breve encuentro en la biblioteca, lo había redimido a los ojos de sus amigos… tal vez para compensar el silencio con su hermana, ignorante de ese secreto.
Los Espíritus no hablaban.
Esbozó una sonrisa que se amplió al ver el regreso de Hans, escoltado por una mansa criatura grisácea de largos crines.
—Este es Kanel.
Su caballo personal, de acuerdo con sus pláticas. Ella se había reído por el uso de otro alimento para nombrar a su montura, recordando a Sitron.
—No es de color canela —destacó alzando una ceja, dejando de lado el cuaderno de dibujo para ponerse en pie. Su retrato de él tendría que esperar.
—Sitron no era amarillo —replicó Hans socarrón, acercándose para darle una mano.
No la soltó ni al llegar al animal y ambos permanecieron cómodos mientras acariciaban la cabeza de este, simpático al tacto de los dos humanos. Ella no estaba versada en la raza equina, pero él explicó que las cualidades del percherón eran mejor aprovechadas para el tiro, si bien lo había preferido para sí mismo por el vínculo que habían formado al dormir junto a su pesebre, en lugar de aprovechar cuando había conseguido un árabe (de los mejores en su especie) al ganar una partida de cartas.
—¿Quieres dar una vuelta?
Elsa parpadeó y apartó la mirada del caballo para dirigirla a Hans, de expresión expectante.
—Acompáñame. No le puse mi silla de montar para que estés cómoda; es dócil e inteligente para comprender que estás recuperándote… pero irías a lo amazona y yo lo manejaría.
Era tan tierno que la cuidara, pensó Elsa con un asentimiento entusiasta. Mientras él iba por las riendas y las colocaba, ella se aseguró que los Carl no estaban a la vista y transformó su vestido en la misma indumentaria que ocupaba para montar a Nokk, eliminando el brillo mágico delator y la capa.
Él aprobó su vestimenta con un silbido asombrado, conteniendo la tentación de centrarse en el corte del muslo. Estúpidamente, solo al posarla delante de él reparó en la íntima posición que eso los dejaba, sin saber que Elsa llegaba a la misma conclusión.
Los corazones de la pareja no sabían cómo parar ante esa proximidad; ella debía apoyarse cerca del hombro de él y el costado de su cadera sostenerse del sitio más impropio, cuyo dueño debía controlar para no causar un espectáculo. Aunado a los pensamientos sugerentes que el Quinto Espíritu había tenido los últimos días, aquel paseo no presumiría su inocencia.
Con un ritmo lento, Hans sudó innecesariamente, tratando de apagar el fuego que lo animaba a empujar su hombría a ella y convencerla de probar el incendio que podía crear entre sus muslos. Mas contemplaba difícil esfumar las brasas que eran las ideas de su centro húmedo y el comportamiento de ella al recibirlo una y otra vez.
Elsa, de mente menos conocedora, no se libró de la sugestión en el viaje, perdiéndose del paisaje verde hasta el río alcanzado; reconocía la presión cambiante en su cadera por lo que había escuchado en susurros y habiendo cambiado el pañal de su sobrino, e instintivamente su cuerpo reaccionaba.
¿La respuesta carnal no respetaba la amistad?, intentó reflexionar refrescándose en las aguas, procurando mojar su pulso irregular.
Frunció el ceño. ¿Acaso se alejaba demasiado de los alborotos que causaba su toque en otras partes o el ansía de su atención?
Por fin sabía lo que estaba ocurriendo.
En vista de lo que le ocasionaba él y los anhelos que tenía, debía ser tonta para no darse cuenta hasta ahora de lo que estaba pasando. Carecía de experiencia, pero había observado a otros, congeniaba con sus emociones y tenido sentido común para haberse perdido lo evidente.
A veces se era ciego en esas cosas, se consoló.
¿Y Hans sentiría lo mismo?, se aventuró a pensar, contemplándolo acariciar el flanco de su caballo mientras este bebía.
¿Sería recíproco o unilateral?
Igual que cuando había revelado sus poderes al público, se liberó de dudas y contenciones y fue por lo que le nacía del corazón. Afrontaría las consecuencias después.
Irguiéndose, caminó lentamente al distraído hombre. Hans luchaba contra su impulso, dándole la espalda a ella para no correr a su lado y tomarla en brazos para llevar a la realidad las necedades de su cabeza.
Por consiguiente, el pelirrojo se sorprendió al sentir su mano en su brazo y más al girarse y sentir su mano detrás de su cuello, atrapándolo hacia ella. Rápido en reaccionar, cerró los ojos y acudió a la osada invitación de su esposa, jubiloso capturando sus labios.
Para él fue como nunca antes, porque no había sentido un beso ni querido tanto apresar a su compañera, la cual entraba en ese mundo misterioso con la mejor sensación que podía tener. Elsa comprendía lo especial que había descrito su hermana, incapaz de poner otras palabras para la magia que estaba sintiendo.
Fue sorprendida al ser cogida en brazos y recibir la entrada de la lengua de él, bailando con la suya unos fascinantes momentos que terminaron por su humana exigencia de aire.
Respirando agitada y temblando por dentro, Elsa abrió sus ojos cerúleos poco a poco, para encontrar la brillante mirada verdosa de Hans, ávida de la certeza de ella.
—Si querías uno, ¿por qué no lo pediste? —preguntó suavemente él al hallar alegría. De forma natural, unió sus labios en un toque efímero, creando un nuevo sonrojo junto a los pequeños puntitos castaños en sus pómulos.
Elsa enredó sus dedos en su cabello, ignorante del placer que causaba.
—Pensé que… para mi primer beso, podía experimentar con tomarlo.
—Espera, ¿qué? —Estuvo cerca de soltarla por el asombro.
—Me gustas y quería… ¿me he equivocado?
Hans calmó su rostro y negó.
—No hay nada malo, me gustas también. —La devolvió a tierra cuidadosamente, dejando una mano en su cintura y la otra alzándola hacia el costado de su rostro, acunando su cabeza. —Es que… no creí que permanecieras intacta…
Ella suspiró.
—Hasta ti, me era desconocido el más mínimo deseo… y si la curiosidad me hubiera movido, incluso para tomar un amante… se sabría que soy una esposa virgen. Más que cuestionar tu capacidad, habrían puesto en duda la mía. —Se mordió el labio. —Lo cierto es que quiero… Llevo cinco años casada y no he conocido los placeres que a escondidas Anna platica con mi prima, más que los de cama.
A pesar de la soltura de ella, el rubor en sus mejillas seguía hablando de su ya revelada inocencia.
—Y no te besé por eso —se apresuró a añadir ella, asumiendo erróneamente los pensamientos de él. —Creo que me aferré tanto a sentir cosas malas por ti, que cuando dejé de hacerlo, he tenido la oportunidad de permitir lo demás, no solo lo nuevo que has adquirido.
—Toda esa energía que volcábamos en pelear significaba algo más —conjeturó él, acariciando el pulso de ella con su pulgar. —Pero vas a dominar primero los besos antes de brincar a la siguiente parte, ¿qué opinas?
Encantada con la proposición, Elsa sonrió y retomaron el juego de sus bocas.
Por mutuo acuerdo, la plática del futuro permaneció en silencio.
ooOOoo
Muy en contra de lo que podía esperarse con el avance de su relación, la pareja no modificó su arreglo nocturno, por la sibilina sugerencia de Hans de hacer que el deseo se incrementara con la separación, inspirada por las ideas danzantes en sus excitadas mentes… que habían tenido munición durante sus prácticas diurnas.
Respaldando la hipótesis, los sueños acumulados eran vívidos y cálidos como el verano, en el día moviendo a los protagonistas a inclinarse cada vez más hacia una superficie plana, o probar en recargarse contra la pared, con sus cosquillosos miembros revueltos.
Gracias a la exploración de él, la rubia había ganado consciencia de los rincones más tensos y placenteros de su ser, hasta alcanzar un estado apabullante que quería recordar siempre. Le parecía reprobatorio que escondieran ese conocimiento a las solteras, ni lo advirtieran a las comprometidas y Hans había confesado la educación masculina de solo satisfacerse a sí mismos, olvidándose que al verla estallar también producía una obra digna de admirar e inspirar al propio alivio; había agregado que lo conocían en las casas de poca reputación y para tener el sabor femenino que a algunos excitaba… y él solo había disfrutado de ella.
Internamente Elsa aprobaba esto último, porque era un consuelo que no quedara pleno con las amantes que había tenido, ni en los meses en Arendelle, bastante tenso y deseoso de liberaciones.
Del después ni se atrevía a pensar con detenimiento, pero entre ratos como ese se asomaba en su mente, dispuesto a dañar su dicha actual.
—¿En qué estás perdida?
Hans cortó en su cabeza las posibilidades de seducirla decidiendo hacer esa pregunta, porque había visto una repentina expresión ofuscada en el rostro de Elsa. Creía que su obsequio de chocolate, después de bañarse en el río, era un preludio para otras diversiones (aprovechando el día libre de los Müller).
La vio pestañear y negar.
—La última vez que estuvimos así nos vimos obligados a casarnos.
Aceptando que ella no se sentía segura de hablar, sonrió de lado recordando el baile donde Elsa lo había hecho caer de espaldas y se había subido a horcajadas en él para golpearle el pecho. Sin saber del embarazo delicado de Anna, le había comentado a la mayor que estaba de viaje haciendo lo que la inútil y tonta de su hermana no podía, causando que momentos después la presión social la orillara a aceptar casarse con él, quien dudaba que volviese a ser aceptado por sus pares tras otro asunto con alguien de Arendelle.
Cuan poco le importaban esos círculos ahora.
En contraste, cuanto valoraba la mujer a la que había desposado, reflexionó apoyándose en un codo para incorporarse, toda vez que su mano libre se dirigía a la mejilla de Elsa.
—Tardamos mucho en encontrarle el atractivo —decretó sobre sus labios.
Elsa suspiró e inició un beso lánguido, presumiendo sus recientes adquiridas habilidades en las destrezas amatorias, que él no había escatimado en enseñar… y aprovechar los inventos de ella. No se quejó del ritmo pausado, sino se entregó con buen apetito, amasando los contornos de sus nalgas en algún punto del camino.
Al cabo de un tiempo, los besos de ella pasaron a su mandíbula y cuello, mezclando dientes astutos a su agasajo.
—Tómame —le susurró Elsa a su oído, haciéndole pausar su respiración. En su voz había podido palpar su nerviosismo y emoción combinados, y durante un segundo había rogado no tener que ser el primer hombre de su vida, por la incomodidad de la iniciación.
Pero que lo ahorcaran si no estaba pletórico de atravesar el estrecho canal de su doncellez. La haría suya y ningún otro granuja tendría su sangre virginal en sus sábanas.
Ni una probada de ella, rugió su mente con una repentina sed de posesión. Menor de trece hermanos, nunca había sido el primero ni el único, pero lo sería para ella.
Apartando la ceguera de su cabeza, Hans besó su cuello y se esmeró en hacerla disfrutar del acto cúspide de sus múltiples seducciones, sin saber que Elsa solo estaba satisfecha por que fuese él quien le hiciera el amor. Pese a las advertencias de él y de otras mujeres sobre la pérdida de su virginidad, le desinteresaba el dolor físico que viviría, sino confiaba en que el hombre que la había tratado como reina esas semanas le daría lo mejor de sí en ese momento… solo le inquietaba no estar a la altura.
Cuando él invirtió las posiciones, ella desapareció su ropa, haciéndolo reír con ojos oscurecidos.
—Qué conveniente —dijo despojándose de su camisa.
Antes de quitarse el pantalón, él pegó sus frentes y Elsa vio en su mirada la incertidumbre abrazada de devoción, perdiendo el aliento.
—No he estado con nadie en varios años, espero no estropearlo… Esta es la noche de bodas que perdimos, mi bella esposa.
—Te tomo a ti como mi esposo —murmuró Elsa con ojos humedecidos. Tragó saliva, cruzando una barrera que parecía la indicada para los dos, decidiendo que no quería a nadie más que a él y que juntos resolverían las dificultades causadas por su separación. Quería darle una oportunidad al matrimonio, de trozos que ya había estado viviendo. —Te tomo desde este día, para unirme a ti y compartir lo que venga.
—…en las alegrías y las penas, en salud y enfermedad, hasta que la muerte nos separe —retomó él antes de besar sus labios.
Las palabras sobraron a partir de ese momento. Hans deslizó su dedo desde su mentón hasta su ombligo, sonriendo diabólico con la manera en que su estómago se contrajo y cubrió de pequeños escalofríos.
Disfrutó ese efecto mientras se deshacía de su pantalón y prenda interior, colocándose encima de su esposa para volver a besarla, animándola a que sus manos fueran activas en aquel momento de los dos.
Lentamente, ambos cuerpos recibieron caricias de labios o dedos, en hormigueos formando incendios inapagables que expulsaban cargados gemidos y suspiros. Ella se volvió un lago ardiente que saltó a la barca nueva buscando el camino a casa, acomodándolo y despidiéndolo al recodarle el limitado espacio de su existir. Él se convirtió en marinero experimentado llegando a área desconocida, voluntariamente naufragando para permanecer en esas aguas.
Elsa se acostumbró a su miembro y dejó que Hans la tomara tanto como lo tomó a él, entendiendo los dos cómo las embestidas suaves, el rodeo de piernas y brazos, las caricias y los ósculos irregulares eran un lenguaje prístino del amor, el cual rogaban por utilizar todas sus vidas.
Un idioma que no acabó al rozar la muerte con sus almas, sino quedó impreso en sus memorias y continuó hablándose mientras hacían su regreso al mundo de los vivos; unidos íntimamente, los consumados esposos seguían trazando con sus dedos sus pieles perfumadas, felices del acto llevado a cabo.
La individualidad del lecho, también, obligaba a tal acomodo.
—¿Te sentirías bien en Arendelle? —preguntó Elsa sobre su cuello, sus párpados temblando con el trazo de los dedos de Hans en su columna.
Él apartó la mirada de su techo y espió brevemente a la ventana, viendo más allá de la cortina cerrada mientras sopesaba su respuesta. Podía estar ahí si Elsa era su compañía, era lo único que se le ocurría.
—En el bosque y las montañas podrías entrenar a tus caballos, habría oportunidad de tener resistentes por el frío… pero si no puedes, me quedaré y visitaré ocasionalmente. Moriré algún día, los Espíritus pueden estar sin mí… y Anna tiene una vida también.
—¿Qué es lo que en verdad quieres si voy a Arendelle? —cuestionó él, sintiendo que había algo oculto.
—Ofrecerte una familia, mi familia… Y que formemos la nuestra. Quiero que, si tenemos hijos, sea rodeados de gente que nos apoyará y podamos confiar que buscará nuestro bienestar.
Formar parte de una familia ilusionó a Hans, aunque sabía que tomaría un poco de tiempo que confiaran en él; tenía una historia con el reino, pero si veían que había cambiado y lo mucho que le interesaba Elsa, lo aceptarían.
Ser querido era su sueño secreto. Ella ya lo hacía y sería magnífico que otros lo hicieran sin la intimidad que compartía con su esposa.
Podía irse a vivir ese mundo.
Le regalaría parte de la cuadra a su ayudante. Si sabía sacarle provecho, Carl podría hacer dinero. Con su nombre real, él podría conseguir caballos de diferentes razas y visitar a los que se iban para verlos florecer… como conservar más de uno al uso.
—Sé que solo han sido cinco semanas, pero hablaba en serio hace un rato, con mi voto —continuó Elsa en su silencio—. El poco tiempo que hemos convivido no es suficiente para hablar de un gran amor, aunque sí basta para darnos una oportunidad de desarrollarlo. Ya estoy enamorada de ti. —Su afirmación lo emocionó, tanto como lo había hecho su entrega de antes—. Quiero una oportunidad contigo, Hans, donde sea. No estaremos haciendo nada diferente a muchas parejas que se cortejan y se casan esperando lo mejor. Nos conocemos de muchas maneras y ambos queremos tener al otro…
Él ladeó su rostro para besar la sien de su esposa.
—Por supuesto que sí. —Abandonó su interior, mas la mantuvo en su pecho, contento de sentir su carga en cada respiración. —Deseo vivir en Arendelle; quiero la libertad de ser nosotros mismos, amarte allí. Y me atemoriza que no tengas a nadie con experiencia si hacemos un bebé.
Al no prever consecuencias, una criatura podía estar gestándose en ese mismo momento y ambos lo añoraron.
Cuan diferentes eran sus vidas y expectativas a cinco semanas antes o un año atrás. Ya eran amigos, amantes y querían ser padres.
—¿Por qué no eres feliz sin tu esposo? —inquirió sonriendo de medio lado.
—Porque lo necesito.
—Hasta hoy, no sabía que me pasaba lo mismo.
Un año más tarde, recibiendo en brazos al recién nacido fruto de los dos, lo reafirmó.
NA: ¡Hola!
Ahora a llorar. Como pueden ver, la historia no es muy larga, pero por lo que pasaba en cada pedazo me pareció mejor dividirlo.
A partir de este fic prevalecerá su afición a la equitación ;).
Gracias por haber leído. Nos vemos en otra aventura.
Besos, Karo.
betaworkshop460: Gracias por tu comentario, espero que te vaya muy bien. Ya sé cómo anda ff, pero aunque tengo cuenta en wattpad, por algún motivo no la uso y opto por AO3 ja,ja. Soy de la vieja escuela que empezó aquí hace más de quince años, la nostalgia me mueve hasta que se caiga definitivamente la página.
