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Fue un invierno inusualmente frío. Su hermano esperaba en España, ambos debían juntarse para sacar un par de boletos que los llevarían de regreso a América. Mientras antes sucediera lo inevitable, antes podría volver. Estaba seguro que las buenas noticias animarían a sus padres, la terminación de sus estudios y... "aquello", que de solo pensar, lo ponía de buen humor.

Porque tan solo avanzar un par de pasos, ya quería volver. Porque volvería. No importaba el obstáculo, él tenía que volver.

Voy a volver por vos, recordá esta promesa — Dijo, besando la frente de aquella mujer —. Un mes... Solo un mes y vuelvo, doy mi palabra. Dejáme ir a avisar a mis padres, quiero hacer las cosas bien, si nos casamos acá, ellos... Se van a ofender viste, entonces...

Entonces tienes que ir rápido, y volver de inmediato — Ella se abrazó a su pecho desnudo —. Voy a estar acá en un mes, o dos... Cuando todo esté listo, mándame un mensaje por telégrafo e iré allá donde estés.

¿Qué clase de poco hombre no vuelve por la chica que le gusta y no da la cara ante las hermanas? — Él sonrió, riendo bajito y besando su cuello y pecho —. ¿Qué tengo que decir, eh? "Quiero a la señorita en matrimonio", no, "vengo con una carta del papa para que me den la bendición".

Vas a estar bien... — Ella sonrió —. Te colaste a un convento ¿Hay algo que no puedas hacer?

...Lamerme el codo — Dijo, riendo.

Entre beso y beso, el tiempo fue pasando... El tiempo siempre fue un enemigo. Sus recuerdos lo atormentaban... ¡Si lo hubiera visto entonces!

Sabía perfectamente que en teoría, el sexo iba después del matrimonio, pero sí de todos modos se iban a casar ¿Qué importaba adelantarlo un poquito? Solo un poquito, él se iría pronto, y habían pasado solo un par de semanas desde que lo hicieron por primera vez.

Día por día que pasaban juntos... día a día que ella se aferraba a él... Día con día que a él le costaba levantarse más de su lado. Era tan simple quedarse, tan difícil huir, dejarla.

Érase de nuevo una de esas veces. Una cabeza rubia colándose entre los jardines del convento. Volviendo al cuarto ya conocido, y al encontrarla dentro, se unieron en un abrazo silente. Pasaron un lindo tiempo juntos, de nuevo, como siempre. Era cómodo estar juntos. Él sentía que ella lo acariciaba por dentro, nunca había experimentado esa sensación, le encantaba sentir su compañía, era algo diferente a sus padres, o su hermano... pero era esa misma sensación de "familia".

Familia. Ella sería su familia, comenzaría una familia con ella. Era eso. Un hombre busca una mujer para iniciar su propia familia, y era su momento, el tiempo. Era afortunado de encontrarla, aún no tenía 30 años.

Nuevamente... Todo esto ocurría en su memoria, porque nunca tiene la suerte que otros poseen. De los pasos que da, erra sin duda un par. Y ésta vez, la equivocación había costado demasiado.

La despedida había sido dura, pero anunciaba también un futuro.

No puedo quedarme más, Sebas compró los pasajes, ese desgraciado, no me dio ni un día más ¡Que tacaño! Tengo que partir hoy mismo ― Tomó el rostro de la jovencita entre sus manos ―. ¿Me esperás?

¿Qué otra opción tengo? Que bobo eres ― Lo abrazó mucho más ―. No puedes huir de mí, tenemos un contrato de matrimonio.

¿Enserio? ― Él se puso a reír como un loco ―. ¿Y cuándo firme yo eso?

Ella se separó de él molesta, y puso frente a su rostro el papel, lo que se ganó las risas del rubio de ojos verdes, quién se lanzó sobre ella, comiendo su boca a besos y volviendo a arrastrarla bajo las sabanas, dejando marcas sobre su piel, marcas que nunca debían ser descubiertas.

Me casaré con vos, haya un papel de por medio o no ― dijo.

Estoy segura de eso ― Susurró ella, recostándose sobre su pectoral ―. ¿Cuánto tiempo me vas a hacer esperar?

Yh, los viejos seguro van a hacer una comida o algo, y entonces lo revelaré a lo grande. El amor de tu vida hace las cosas bien, dramáticas y con estilo... ¿Por qué? ¿No querés?

No es el punto... ¿Y quién te dijo que eres el amor de mi vida? ― Ella sonrió traviesa ―. Que gran ego...

Vos sabés que tengo las razones justas para tener grande el ego ― Dijo, besando su oreja ―. ¡Tengo que ser el amor de tu vida! ¿Quién si no?

Martín... ― Suspiró, acurrucándose y esquivando sus besos —. Jajaja Me haces cosquillas, bobo — Ella intentó aguantar la risa —. Basta, estás loco...

¡Estoy loco por vos! Pensé que era obvio. Así que decimelo... — Él se divertía de los temblores que le provocaba —. ¿Quién más que yo, eh? ¿Quién más que yo sería el amor de tu vida?

Ella sonrió y tomó su rostro... Era tan... Ella. Claramente era la mujer que quería para siempre en su vida ¿Por qué demoró cuatro años en darse cuenta? Nunca se había sentido de este modo.

Con decisión, la dejó dormida bajo las sábanas, pasó con maestría entre panderetas, cercos y rejas. Era bueno escapando de cualquier parte. Y sin embargo, de su lado no, quería volver, despertar a la chica y pedirle que se vayan juntos.

El viaje en barco fue peor, Sebastián solo se quejó de lo irresponsable que era por llegar de última hora, con el precio que tenía cada billete de abordaje. Lo dejó hablar la primera mitad del viaje y siguió mirando atrás, las tierras que desaparecían... Y luego el mar que se juntaba con el cielo, más lejos, más lejos estaba ella, que le daba tiempo, que lo iba a esperar.

¿Pasó algo en Italia? — Le preguntó su mellizo —. No sé cómo decirlo bo', pero pareces... Distinto ¿Pasó algo en los seis meses que estuve en Alemania?

Solo a vos se te ocurre ir a Alemania en plena guerra boludo, en un puño tenía el corazón pensando que si te pasaba algo, mamá me mata — Dijo, no contestando su pregunta —. Sebas... Creo que estoy completamente enamorado, y cuando me di cuenta, yo... Quiero ser un mejor hombre.

Awwww — Sebastián le dió un sape en la cabeza —. Qué lindo que sos...

Solo por pasar incógnitos esos meses, es que fueron tan felices, pero, no iba a negar, que quería gritar a los dioses que esa mujer era suya y que por ende, nadie más podía tocarla. Le volvía loco la idea de pensar a alguien más yaciendo con ella o tomando su mano, le desesperaba que pudiera marcharse dónde no podría o pensaría buscarla, y lo llenaba de miedo el no poder volver.

No importa con cuántas mujeres estuvo, le dieron placer y lo acompañaron muy bien. Estar con ella fue diferente, como si alguien pudiera entenderlo por primera vez en mucho tiempo, como si le abrazara el alma, en sus brazos se sentía seguro, confiado. No necesitaba nada más si la tenía a ella.

Ya te va a tocar a vos — Le respondió, indignado.

Dios me libre — Respondió su hermano menor —. Soy feliz así como soy, incluso si me caso, no pienso cambiar ¿Qué te pensás?

Claro que sí campeón... — Le puso una mano sobre el hombro, con lástima —. Pasa que VOS, todavía sos un borrego.

Tocaron Argentina un par de días después, el viaje no había demorado ni un día más, ni un día menos. Si corría con la misma suerte, tendría tiempo para aclarar algunas cosas con sus padres, explicar punto por punto. Y luego subiría a un barco para volver a Europa.

Mientras antes llegara, antes se iría, esos eran sus únicos pensamientos.

El recibimiento fue mayor a lo pensado.

Aquí están mis muchachos — Habló aquél hombre, con una copa de champaña en alto —. Pensé que sería complicado que volvieran tan pronto, pero mírenlos aquí, mis hijos han vuelto.

Todos los asistentes a aquél almuerzo, asintieron ante las palabras del hombre moreno de ojos verdes. Los dos rubios parpadearon confundidos ¿Era un recibimiento o una fiesta?

¿Dónde está mi madre? — Preguntó el hijo menor, comiendo un trocito de carne.

Tu madre atiende a su hermano. Tu tío fue herido en la guerra y ahora está recuperándose — El padre de los dos suspiró —. Ella no estaba de acuerdo con esta fiesta, así que ahora mismo atravesamos por una crisis marital...

En otras palabras, mamá quiere dejarte, y vos vas a humillarte por su perdón — Respondió el hijo mayor.

¡Juramos ante Dios que sería para toda la vida! — Dijo, poniéndose rojo de indignación —. Hablando de eso, tenemos que discutir...

En ese mismo momento, apareció en el salón una muchachita que llamó la atención de todos quienes asistieron, no solo por su inusual extravagancia, sino, que por el hombre que entraba con ella.

Mi hermano está aquí — Sonrió Antonio.

Martín sintió un revoltijo en el estómago apenas ver a los dos invitados que se acercaban. Su hermano menor, por otro lado, comía como si nada ¿¡Cómo podía!?

Mis sobrinos...

Aquel hombre, casi igual a su padre, solo les dio a una bofetada suave a cada uno y los abrazó al mismo tiempo.

Ustedes enorgullecen a la familia ¡Un médico y un abogado, esto hay que celebrarlo! — Dijo, levantando la copa y guiando un brindis.

Hijos, la hermosa señorita aquí, es Luciana, hija de mi hermano — La presentó.

...No necesitaba presentaciones, Luciana era, en efecto, la misma Luciana que conocían. Martín por un segundo quedó estático, contemplando su seductores ojos marrones, grandes y brillantes como dos perlas, sus labios femeninos torcidos en una sonrisa, su... Su rostro mujeril, su cuerpo crecido. No era una niña. En aquél entonces... Tampoco había sido una niña.

...Acaba de volver del convento — Dijo el hermano mayor de Antonio —. Por supuesto, vino a acompañarme...

Sebastián — Ella sonrió, corriendo a abrazarlo —. ¡Estás tan grande!

Si, cosas de la pubertad — Dijo, sonriendo con cariño.

Y luego fue su turno, Martín, no creyendo que esto sucedía, sintió cómo Luciana se le colgaba al cuello. Su cabello rizado enredándose con su ropa, sus brazos hambrientos de contacto estrechándolo, su calor era tan real. Su olor estaba agolpándose en su nariz, como esa vez... Cuándo él solo era un chico de catorce años...

¿...Estás de acuerdo? — Preguntó su padre, preocupado.

¿De acuerdo con qué? Estaba tan obnubilado por su propia prima, que solo movió la cabeza en un asentimiento, avergonzado por los recuerdos, por las manos de Luciana. No pensó, en absoluto, que esto podría ser malo para él.

¡Perfecto entonces! — Animó su tío —. Cuando revises los libros contables, sin duda me quedaré tranquilo.

¿Libros contables? Parpadeo dos veces, mirando a Luciana que tomó su mano con esperanza. Él la miró, era una adulta... Ya no era joven.

...Él tampoco.

Obrigado por cumplir tu palabra — Dijo ella —. Prometiste ayudarme siempre cuando lo necesitara, muchas gracias.

Todos celebraban, su prima lo abrazaba, él no podía escapar de viejos recuerdos, unos vergonzosos. No era malo ayudar a la familia un poco.

Por ese entonces, llegó el primer mensaje por Telégrafo, preguntando si había llegado bien, preguntando cuándo volvía.

Unos días de estadía, se transformaron en un par de semanas ¿Pero quién las cuenta realmente? Su prima era... No había cambiado y, quizás, él tampoco, es como si ahora pudiera expresarse con libertad, y ella era agradable, era Perfecta para todos. Había sido perfecta para él hasta "el incidente", aunque él había intentado ignorar aquello...

Estoy seguro que lo sabes — Dijo su tío un día —. Pero estoy preocupado por el futuro de Luciana... Ella es una dama muy culta, hábil y capaz, habría sido perfecta si fuera un chico, pero al no serlo, me temo que su papel en la sociedad se verá afectado por el esposo que ella escoja.

Martín asintió, leyendo los documentos que tapaban el escritorio. Aunque su tío parecía compuesto, los papeles mostraban números rojos, perdida de dinero por todos lados, su empresa estaba en la quiebra total, era el fin para él, el fin para Luciana...

...Verte trabajar tan duro me da seguridad — Le dijo, con palmaditas en la espalda —. Que magnífico hombre, tan gallardo y encantador, contigo aquí, siento que no tengo por qué preocuparme.

Tío Joao... — Susurró, sorprendido.

Por mucho tiempo, Antonio y yo hemos estado alejados — Dijo el moreno de ojos turquesa —. Estuve solo, pero él tuvo una familia primero... Lo envidiaba.

Martín bajó de inmediato sus defensas, hablar de la familia era su punto débil, la familia era lo más importante para un italo descendiente. Por eso, a pesar que tenía prisa por marcharse, no había empeorado la situación familiar y había trabajado sin quejarse, día y noche. Hasta el cansancio y mucho más.

— ...Pero hemos vuelto a trabajar juntos — Él sonrió —. Después de todo, tenemos la misma sangre, y lo mejor, es dejar estos asuntos en manos de la familia.

El rubio menor asintió. Lo más importante siempre sería su familia, haría todo por ellos, los defendería, los levantaría del piso...

...Y las cartas no llegaban. Sus propias cartas no tenían respuesta, y se confundía. Pequeños mensajes de telégrafo... Sabía que cada una de sus palabras costaban un dineral, le advertía que sus cartas eran inexistentes, que las comunicaciones habían sido intervenidas.

"Voy a volver", se puso en su propia piel, soñando aquél momento, descansando a su lado, sus ojos brillaban con cada una de sus palabras, sus ojos avellanados dónde se reflejaba. Volvería, se dijo al despertar sobre un sofá, le dolía todo el cuello, aún en la oficina.

Apenas despertó tuvo una aburrida e inútil reunión.

Ella... Dijo que esperaría. Él creía en sus promesas.

Con eso en mente, se hizo más fuerte y su resolución creció. Trabajó sin descanso para ferrocarriles "Da Silva y Co". Invirtió su poco capital en la empresa, casi no tenía dinero para vivir, pero... Las citas que lograba tener con Jōao y Luciana, lo valían.

Luciana... Ese color de piel pardo, ese cabello chocolate con rulos salvajes, sus manos finas y largas, de uñas rojas. Ella era... Ninguna mujer se comparaba a su belleza, recordaba esos ligeros sentimientos fútiles que tuvo por ella cuando era un niño, y un adolescente... Luciana fue su amor, su primer amor. Pero ella había arrancado esos sentimientos cruelmente, junto con la inocencia de un joven. Una cicatriz irreparable.

Enfermo, con fiebre, débil... Se había sentido tan lastimado, tenía solo catorce años, por Dios... Ni siquiera recordaba cómo habían terminado las cosas.

¿Qué tal las cosas con la prima, eh? — Sebastián pregunto, comiendo.

Y, bien — Parpadeo dos veces, suspirando —. Zorro astuto, ya soltala ¿Qué querés saber?

¿Cuándo le vas a poner la argolla en el dedo? — Preguntó Sebastián, levantando una ceja —. Ella lo espera, no seas boludo, hacete hombre.

Aquella conversación le causó una impresión que quedaría en él un poco más. Pero, el resto del mundo no estaba preparado para esperar que asimilará las cosas.

Felicitaciones, te casas — Antonio lo abrazó —. Luciana será perfecta para ser tu esposa ¡Las dos familias que estuvieron separadas, por fin vuelven a ser una!

Anunció el español, mientras tomaba su mano, y la mano de la morena, uniéndolas en el aire como una sola.

"¿Quien se casa?", Se preguntó a si mismo.

Vas a tener a Luciana como tú señora, lo que siempre quisiste — Le dijo Sebastián —. Sonreí un poco más.

"Yo no puedo", pensó antes de abrir la boca, pero en ese momento, Luciana lo abrazó, era... Tan personal, tan tímida, tan dulce.

Lo logramos — Le susurro, con el rostro sonrojado —. Nuestro amor florecerá, te haré feliz.

Esperen... Él... Él tenía otros planes.

Io estoy molto orgulloso — Dijo su tío, levantándose del asiento —. Mío nipoto... ¿Come si diche? Martín, eccomi qui...

Y su tío, herido de guerra, sobreviviente al frente de batalla, soltó su muleta y lo abrazó con orgullo. Diciendo en italiano, lo buen muchacho que era, y que le deseaba felicidad al lado de Luciana, ya esperaba tener sobrinos nietos hermosos, y que su hermana estaba más feliz de lo que aparentaba.

— ¿Madre...? — Recordó mirarla con pavor, al borde del llanto.

Pedía ayuda desesperadamente...

Mi hijo, ya es hora — Le dijo —. Cresci, ya no sei un pequeño bambino, il matrimonio eh la Fonte di la felicita.

Todos felicitándolo, alegres, felices, él se casaría. El pensamiento le hizo revolver el estómago, se casaba con el amor de su infancia, aquello era tan afortunado, pocos contaban con su suerte.

Este matrimonio acercaría a los hermanos que se distanciaron. Joao y Antonio bebían juntos del mismo vino mientras brindaban y se trataban como dos pequeños. Este paso, de mayoría de edad, era el honor de su madre, era la esperanza de su tío en el futuro. Y sobre todo...

Luci... — Dijo, mirando hacia abajo a la muchachita que lo abrazaba.

Ella... Había estado esperándolo mucho tiempo, en el convento italiano. Seguramente la enviarían a su casa, y entonces perderían contacto para siempre, si es que ya no había sucedido, si es que ella ya no había sido despachada a su casa y si... ¿Si a su vuelta le esperaba un matrimonio político, justo como él ahora? ¿Arriesgar todo lo que siempre quiso, todo lo que le hacía bien a su familia... Por alguien que nunca más verá?

Solo levantó su copa y brindo por la familia, sudando frío. No estaba dispuesto a aceptar ese matrimonio.

"La guerra ha recrudecido, no puedo quedarme aquí, por intercesión de las hermanas misioneras, vuelvo a América, pero te esperaré un poco más". Le llegó el mensaje más largo por telégrafo exactamente ese mismo día, y esa fue la frase que lo marcó ¿Cuándo había sido escrita? Días, semanas... ¿Un mes atrás? No había esperanza ¿Verdad?

¿Qué carajos se supone que tenía qué hacer?, se preguntó con la cabeza entre las manos, el papel semi arrugado en la zurda y un cigarro consumiéndose en la diestra. Estaba jodido.

Semanas después, organizaron una fiesta de compromiso. Sin embargo, para él, la celebración se vio opacada días antes por el libro contable de su propia casa, aquél que manejaba su padre. Estaban mal, no, lo siguiente. Los Fernández-Carriedo estaban casi en la ruina, vendiendo toda minúscula propiedad que tuvieran, y los Da Silva-Carriedo estaban apenas subsistiendo, a sus ojos... Las dos familias intentaban fusionarse con desesperación esperando que eso les diera un impulso.

¿Por qué casarnos? — Preguntó él, pasando una moneda por sus nudillos.

¿No es porque se aman? — Bromeó Sebastián.

Es raro Sebas, el viejo come más de lo que puede masticar... Y Joao no es diferente — Se agarró el pelo con frustración, ignorando las respuestas de su hermano —. ¿Hay algo en la ley? ¿Algo que se me pasa por alto?

Si, claro, en el artículo 24 del código de "qué me importa" — Bromeó.

No ayudás bobo — Le dijo, frunciendo el ceño.

Yh, hermano, yo no soy Violeta — Soltó —. Ustedes, par de raritos, podían hablar todo el día de leyes y códigos...

¿Qué? — Preguntó, totalmente distraído.

Martu, che, no me digas que lo olvidaste — Sebastián suspiró —. ¿Recordas a Violeta? Antes que me fuera a Alemania eran íntimos... ¿La invitaste al matrimonio? Quizás yo la invite a salir.

...No — Gruñó molesto.

Sebastián alzó los brazos en señal de derrota, en realidad, no es que le importará mucho. Pero algo dentro suyo se retorcía cuando hablaba de Violeta ¿Sería el sentimiento que comparten los mellizos? No sabía, pero la muchacha parecía haber desaparecido por completo de la vida de Martín, por ende, también de su vida. No quiso meterse mucho, después de todo... Violeta estaba enamorada de Martín ¿Al fin la apartó por compasión?

Mirá, quizás es mejor así — Le dijo, notando la tensión en su hermano mayor —. Luci no la iba a aguantar cerca tuyo... Y los viejos tampoco, ya sabés lo que piensan de las mujeres. Ceci se iba a poner celosa.

El tema se dio por zanjado en ese momento, porque el menor de los mellizos tuvo que marcharse. El argentino solo se quedó pensando en las palabras de Sebastián.

Hacia días que su mente estaba entre tinieblas, la verdad tras la tormenta... No podía ir en contra de sus padres...

Luciana era lo que sus padres aceptaban como una mujer perfecta: hermosa, linda, con dinero, y criada por las religiosas, "pura y casta". Sus únicos pensamientos eran la familia y las labores domésticas, de hecho, le habían comentado que ella estaba bordando su ajuar. Una vez se casarán, él tendría que trabajar el doble para mantenerla, y su sueldo iría a parar a sus manos, luego, es probable que llegaran los hijos, y ella los criaría y él...

Seguro pasaba a segundo plano, como el infeliz que era.

Hijos... Los hijos vienen con el matrimonio, por un segundo tuvo una sonrisa algo burlona y cariñosa, ya había pensado en los hijos que tendría, pero, al lado de ella.

"Una vez los dos podamos establecer nuestros propios patrimonios", le había dicho, "La mitad... Con la mitad de tu tiempo me conformo, no quiero poner peso sobre tus hombros, ya deberías saberlo"... Lindo.

Pero al final, los sueños de un futuro solo quedaban incompletos, en la cama que fueron tejidos, cubiertos de frío, solos.

...No podía evitar compararlas. Las dos eran tan similares, y tan diferentes.

El día del compromiso oficial, él estaba al borde del colapso, intentando luchar contra los impulsos de robar el dinero de los negocios, suficiente para un ticket a Europa. Quería buscarla. Descabellado, irreal... imposible.

¿Era imposible huir los dos? Dejar atrás sus responsabilidades... Él prometía trabajar como un animal para mantener a ambos. Crear una familia...

Mientras más tiempo pasaba comprometido con Luciana, más ganas sentía de salir corriendo. Esto no, no era lo que quería ¿Por qué lo hacía?

...La familia, el orgullo, el dinero.

Siempre supe que estaríamos juntos, desde pequeños... Te quiero completamente — Le susurró Luciana en uno de los paseos que dieron juntos.

Las palabras le recorrieron como un escalofrío... Se sentía extremadamente mal.

Era lo que quería y debía hacer ¿Verdad? No es como si lo hubieran guiado a esas decisiones, él... Él realmente quería hacer... Hacer esto ¿Verdad?

NO.

Pensó que se ahogaba mientras volvía a recordar que Ella lo esperaba.

Cuando vio a su familia reunida sintió una piedra en lugar de su corazón ¿Esto realmente estaba pasando? Realmente, realmente lo estaba haciendo. Se estaba comprometiendo con Luciana, el que fue el amor de su infancia, pero que ahora no siente más que lo que cualquier hombre sentiría por verla... Y mucho menos.

Claro que había superado lo del pasado, era una noche borrosa, una mancha en su memoria, pero aún así, ante sus ojos, no dejaba de ser la mujer que se aprovecho de su debilidad y condición... Esa mujer no podía ser su esposa.

Realmente se iba a casar con Luciana ¡Con Luciana! Se va a casar con la mujer que deseo toda su juventud. Tenía el estómago tan revuelto, que no podía tomar ni siquiera un trago de champaña.

No debes estar nervioso, mi amor — Ella se pegó a su lado —. Vamos a saludar a todos y entonces habrá pasado.

Sudaba como si hubiera corrido una maratón, no solo estaba nervioso, estaba molesto. Estaba enojado consigo mismo porque no podía disfrutar de su propio compromiso.

Se paseó por las mesas con el rostro serio, mientras saludaba a todos los invitados de sus padres y su tío. Ya no le importaba, no estaba disfrutando de esto, era profundamente infeliz.

Y mientras fruncía el ceño molesto, alcanzó a sentir la mirada de alguien en él, "esa" mirada, creyó ver los ojos de ella. En alguna parte, pero ahora mismo ¿Dónde? ¿Dónde estaba?

Sebastián salía del jardín, acompañando a alguien. Alguien que no era visible, pero su hermano conversaba, innegablemente, con alguien.

Permíteme... — Soltó a Luciana.

Pero Martín...

Esquivó su brazo y salió corriendo detrás de su hermano ¿Dónde? ¿Quién? Se agarró el pecho, casi sabiendo la respuesta.

...Él se casaría con Luciana, eso estaba grabado en piedra.

Ella no podía estar ahí justo ese día, no podía ser que justo ese día volviera por él, cuando él no pudo volver por ella.

— Oh, rubio feo — Lo llamo Sebastián apareciendo —. ¿Qué hacés acá? Awww me desaparecí ¿Y me extrañaste? Está mal Martín, mirá a Luciana, sola...

— Vos llegaste... Llegaste con alguien — Sonrió, nervioso.

— Uh, sí. Boludo estaba Violetita acá — Sebas sonrió —. A qué no sabés, se casó y está embarazada. Que bueno que no la viste o te enamorás, está preciosa.

— ¿...Qué? — Preguntó, sonriendo, porque nada de lo que dijo tenía sentido.

— Violeta González, tu compañera en Italia — Él sonrió —. Tenías razón, parece que no estaba enamorada de vos, porque tiene un embarazo de unos tres o cuatro meses, calculo y... Martu, se casó con este tipo Portinari ¿Recordás? El rarito que huía de las mujeres... ¿Sabes que pienso? Que se casó con ese hombre enfermo para que su hijo nazca con apellido... El niño no es de él, pero lo reconoce como suyo.

¿Casada? ¿Embarazada? ¿Violeta? ¿La misma Violeta? ¿Su Violeta? No, no. Eso no podía ser, Violeta tenía planes, sus propios planes, no se casaría con alguien por estar embarazada. La Violeta que conocía, lucharía y pelearía por su hijo... ¿Hijo? ¡Hijo!¿Violeta tenía un hijo? ¿Embarazada? ¿Embarazada de quién? ¿¡Quién!?

— ¿Te sentís bien? — Preguntó —. Ah, ya sé, también estás enojado ¿Verdad? No sé qué miserable desgraciaría a una mujer de ese modo.

— Yo... — dijo, sudando frío.

— ¿Vos qué? — Levantó una ceja y le dió dos palamadas —. Vos querés ir a tu fiesta... Cambiá la cara desgraciado — le sonrió —. Si querés, lo hablamos después, pero hoy preocúpate de vos, y de Luciana. Casi te tengo envidia.

— Yo fui un tonto... — Dijo, sudando más que frío. COntinuó hablando entre dientes —. Claro... era una posibilidad, pero...

— No es tu culpa... Violeta dijo que se enamoró de alguien — El rubio de lentes se encogió de hombros —. Estando vos, yo, su mamá, nada iba a evitarlo, no sirve con esos sin vergüenza y patanes. Los hijos nacen después del matrimonio, no antes.

Martín lo reflexionó ¿Embarazada de tres o cuatro meses? Los tiempos calzaban casi justo... Casi justo, casi... No... En su cabeza sacaba cuentas... Entre tres o cuatro meses...

Cinco meses atrás él había puesto pie en Argentina... Por un par de semanas, los cálculos no calzaban. No calzaban.

— ¿Martín, por qué no cambiás la camisa que llevás? Estás muy sudado — Le dijo su hermano, entre susurros.

Entonces se dirigió al baño, se lavo la cara y se sacó la prenda. Mirándose al espejo... Y seguía pensando en sus adentros: Tres o cuatro meses...

Hace cuatro meses pensaba en ella con ahínco, la soñaba todas las noches y la visitaba en sus sueños... Él no la había tocado hace cuatro meses, y mucho menos hace tres... Hace tres no...

— Se casó... Se casó con otro — Susurró, mirándose a sí mismo en el espejo.

Por un segundo la vio, a través de ese mismo espejo, había tristeza en su mirada, el ceño fruncido y los labios fríos. Ella le vio con Luciana, sin duda alguna, y ahora él sabía que ella había sido de otro.

Ninguno de los dos hizo lo que se supone debía hacer.

Ahora que sabía que ella estaba bien, se sentía mejor consigo mismo. Temió que ella le esperara un par de meses, y que él no volviera en absoluto. Casi había pasado medio año desde entonces, y solo habían estado medio año juntos.

— ¡Violeta! — Gritó, fastidiado, frustrado.

Las horas pasaron, vino la noche con su manto y el rey de la oscuridad absorbió la luz existente en el cuarto, dejando a los dos hermanos sumidos en tinieblas, cada uno en su propia cama, compartiendo el cuarto. Después del matrimonio, obviamente, Martín dormiría al lado de su mujer.

...y pensó de inmediato en Violeta ¡Maldición! Cómo si hubiera podido sacarsela de la cabeza, después de haber destruido su habitación.

Sacudió la cabeza, recordando como ella no era una posibilidad. Ella le había traicionado, y él a ella...

— ¿A dónde vas? — Martín se sentó en su cama.

— Hubo un accidente — Dijo Sebastián, pasándose la peineta con gel por el pelo.

— ¿Si? — Martín se estiró.

— Parece que uno de las cargas de material fue volcada sobre las vías del tren en protesta — Dijo el menor.

— ¿De las de Joao? — Preguntó, saltando de la cama y alistándose.

— Sí. Detuvo un tren de pasajeros camino a Mendoza — Dijo, ya subiéndose los tirantes del pantalón —. Me contactó el hotel, para ayudar.

— ¿Por qué a vos? ¡Nadie me dice nada, la puta madre! ¿Quién carajos esta a cargo de los errores sino soy yo? — Gritó, alistándose velocidad turbo.

— Porque nadie me contacto de parte de la empresa, sino del hotel — Suspiró, agarrando su bolso —. Necesitan que vaya a buscar a Violeta, parece que está sola, al parecer yo soy su contacto de emergencia en Argentina... Estoy preocupado bo', dicen que el tren se detuvo muy abruptamente.

— ¿Violeta? — Martín se quedó en blanco.

— Sí ¿Venís? Creo que darías una buena impresión si vos resolvés el problema... — Dijo, saliendo de la habitación.

Martín asintió, fueron hasta la estación y tomaron uno de los pocos vagones que irían a recoger a los afectados del incidente. La máquina viajaría para enganchar los vagones y llevarlos de vuelta a Buenos Aires. Al parecer, estaban guarecidos en alguna ciudad ferroviaria. La conmoción había dado paso al enojo y la indignación.

Todo un día demoraron en el viaje, desde la mañana misma, hasta la noche. Sin parar por las vías. Y, todo fue peor de lo que habían imaginado.

— Buscamos a madam Violeta González, una pasajera embarazada, chilena, viajaba sola, en primera clase— Dijo Martín, a uno de los trabajadores.

— ¿Primera clase? — Preguntó —. Muchos pasajeros de primera clase siguen en sus compartimientos.

Ambos hermanos se apresuraron a llegar hasta el tren, la cabeza de acero se había dañado, esto significaría un gasto más para la compañía.

Martín se sorprendió a si mismo ignorando a sus propios trabajadores en plena huelga, con la preciada carga dada vuelta sobre las vías, solo para buscar a la mujer que le estaba rompiendo el corazón.

— Aquí está la lista de pasajeros... — Martín sonrió, hojeándola rápido.

Abrieron la puerta a la fuerza, ambos, y la encontraron en el interior, acurrucada sobre la cama y haciendo círculos sobre su vientre descubierto.

— ¡¿Que están haciendo?! — Gritó, tapándose con las frazadas.

— Violeta, la compañía me llamó ¿Por qué no querés ayuda? — Sebastián se apresuró a sentarse a su lado —. ¿Estás bien? ¿Me dejas revisarte? ¡Que hacés, Martín! Salí rápido, para que pueda...

— Está bien — Violeta solo tomó la mano de Sebastián —. No hay mucho que ocultar...

— No está bien absoluto ¿Podés esperar afuera? — Le repitió el rubio a su hermano.

— No lo voy a hacer — Afirmó.

Martín sintió cómo sus manos se movían por si solas, como si su cuerpo tuviera memoria, como si no hubiera nada que la racionalidad hiciera con ellos. Eso, hasta que Sebastián descubrió el vientre de la mujer, hinchado. No liso. Y ella, con el anillo de compromiso, con el anillo de matrimonio.

Dio un paso atrás...

— Hay un latido allá dentro — Dijo, sonriendo aliviado, y dejando la escucha a un lado —. Oh... ¿Lo sentiste patear antes?

— ¿Cuánto tiene? — Preguntó Martín, nervioso.

— ¿El bebé? Sí, difícil saberlo. parece algo débil, creo que unos... seis meses, aunque es muy pequeño, podría engañarme. Huuummm... pero patea, así que está bien — Miró a la chica —. ¿Has comido bien? Parecés más delgada, desde ahora tenés que subir de peso y alimentarte bien o tu hijo te chupará hasta los huesos.

— Seis... ¿Seis meses? — Preguntó Martín interrumpiendo, con una sonrisa tonta —. ¿Estás seguro que seis meses? ¡Sebas!

Seis meses... el niño tenía seis meses.

Sebastián frunció el ceño molesto, repitiendo molesto que dañaría la reputación de Violeta si Martín era visto ahí, que saliera de una vez, pero el argentino parecía estar en una nube.

— ¿Por qué te sorprende tanto? — Sebastián le dió un zape.

— Se dio cuenta... — Dijo para sí, la mujer.

Martín pasó delante de su hermano y se acercó a la cama de ella, tomando su mano, y tocando el vientre de ella, contacto que Violeta rechazó por completo y giró su rostro, evitando mirarlo a los ojos. Ojos hambrientos del rubio, que no hacía otra cosa más que intentar llamar su atención.

— Violeta yo no quería dejarte, quería volver de inmediato pero...

— Pero preferiste buscar una novia mucho más bonita, exótica y te vas a casar... ¡Con ella te vas a casar! — Dijo.

— ¿Ustedes estuvieron juntos? — Sebastián subió una ceja, entendiendo todo de pronto —. ¿¡Cuando!?

— Cuando te fuiste a Alemania — Respondió Martín, desarmándose el cabello y volviendo a peinarlo hacia atrás —. ¡Tu te casaste, Violeta! Carajo, hace poco sé que me voy a casar, pero vos... Ya estabas con otro...

"Un mes será suficiente, espérame un mes y medio", dijiste ¿Recuerdas? Dos, Tres, Cuatro meses te iba a esperar de ser necesario, pero al tercer mes... — Se tocó el vientre con tristeza.

Y todo quedó claro para el médico

— ¡Puta madre Martín! ¿Qué carajos hiciste? — Sebastián le dió un buen golpe en la nariz —. ¡Y qué vamos a hacer ahora!

— ¡No sé! — Gritó, perturbado y agarrándolo del cuello —. ¿Por qué me pegas, desgraciado?

— ¿Cómo podés preguntar, cara rota?

Los dos hombres discutían y forcejeaban, mientras Violeta se movió bruscamente para irse. Toda esta situación la perturbaba, ni que Martín fuera a dejar a la morena linda por quedarse a su lado ¡Una viuda embarazada! Lamentaba que los hermanos pelearan... Pensaba cuando tuvo un pequeño mareo que la llevó al suelo.

— ¡Violeta! — Sebastián la recogió del suelo y la devolvió al colchón.

— ¿Qué le pasa, Sebas? ¿Qué tiene? — preguntó, arrimándose.

— ¡Vete de una vez, imbécil, no te quiero acá! — Le gritó ella.

— Ya oíste sinvergüenza, no te quiere acá.

Martín salió del compartimiento, cerrando la puerta con furia. Suspiró cansado.

¿Qué había hecho?

¡Qué carajos había hecho! Se preguntó el rubio, sintiendo a su corazón correr desbocado, incluso intentando calmarse, caminando de un lado al otro dentro del vagón. No sabía qué situación asimilar primero: Violeta, su Violeta estaba ahí, ahí frente a sus ojos. Su amor, si estiraba las manos podría rozar su calor. Violeta estaba embarazada... De él.

Porque era miserable, un poco hombre, un sinvergüenza, pero no negaría lo evidente. Y es que esa mujer, solo lo había amado a él, en toda su vida, y no hubo otro antes que él. Así que, si su vientre estaba hinchado, es porque él había puesto una semilla allí, en tierra fértil, y ahora brotaba para terminar de germinar.

La mujer que él amaba, estaba casada con alguien más. Le pertenecía a otro hombre ¿Significaba eso, que dormía cada noche al lado de otro? Seguro si, y eso lo llenaba de unos celos que le comían el corazón, que lo entristecían, que lo hacían sentir... Culpable.

Apenas Sebastián salió de la cabina privada, Martín intentó precipitarse dentro, pero la mano de su hermano lo impidió, poniendo un dedo sobre sus labios, señal de silencio, e indicándole la puerta más cercana y conversar fuera.

— ¿Que hacés flaco? — Preguntó, con una sonrisa de molestia. Impaciente.

— Violeta necesita un poco de tiempo para vestirse adecuadamente y tomar sus pertenencias — Dijo Sebastián —. Vení.

Pero el pseudo menor de los mellizos, no estaba seguro sobre cómo retomar la conversación con su hermano. Las cosas se habían complicado en pocos minutos y ahora estaban, los dos, en graves problemas.

Sin embargo Martín, no estaba razonando acerca de su situación, él era un hombre comprometido, no podía simplemente ignorar ese hecho.

En realidad, Sebastián necesitaba una explicación más clara de lo que ocurría.

— ¿Qué mierda vas a hacer ahora, Martín? — Le hablo cerca —. Violeta... ¡Violeta está embarazada, de un hijo tuyo! Estás comprometido con Luciana, carajo ¿Qué vas a hacer?

— Cállate Sebas — Martín se desesperó, porque él tampoco sabía qué hacer —. ¿Estás seguro que tiene más de cinco meses?

— Yh, más de seis, cinco, hay un error de unas semanas, pero se siente crecidito... — Sebastián suspiró —. ¿Eso importa?

— Ese niño es mío, Sebas.

Sebastián refunfuño y comenzó a pasarse las manos por la cabeza también, nervioso y asustado de la precaria situación en la que estaban. Por Dios, su padre y su tío estaban dando todo por esta unión y Martín solo...

— ¡Cómo pensás romper el compromiso ahora! — Gruñó molesto —. ¿Por qué no le dijiste a nadie que querías casarte con Violeta? ¡Lo habrían aprobado!

— ¿Lo habrían hecho, Sebastián? ¿En qué momento, antes o después de anunciar a Lu como su futura nuera? — Martín se movió en su lugar —. No entendés, Violeta es... Fue un amor fulminante y caí como un bobo... — Dijo, completamente confundido —. ¡Pero Luciana es la mujer que nuestros padres decidieron! Si lo hubiera sabido...¡Si lo hubiera sabido jamás me habría enredado con Violeta...!

Martín se sentía tan iracundo, tan sobrepasado con toda la situación...

— ...Pero lo hiciste de todos modos — Violeta parpadeó perpleja, detrás de ellos.

Martín la miró de nuevo, sus ojos intentaban fagocitar su silueta, comer su mirada. La actitud de ella en cambio, solo remaba hacia lo fría y distante.

— Te casas por amor... La amas a ella... — Dijo, desviando la mirada y sonriendo con tristeza.

No amaba a Luciana, amaba a Violeta.

Amaba a Violeta, y Luciana lo quería.

Amaba a Violeta... No podía escapar de Luciana.

No podía encontrar palabras para expresar sus sentimientos. Pero una mosca en una telaraña podría comprender sus pensamientos más turbios.

— Yo... — Comenzó ella con voz cada vez más molesta —. ¡...esperé en Italia tu regreso! — Dijo, con ojos cristalizados —. Tuve que volver porque ya no podía ocultarlo... Traté soldados de todas partes, mientras luchaba con las náuseas... Y tú... Tú estabas divirtiéndote... Estabas viviendo bien mientras yo me desangraba por ti... ¡De verdad pensé que volverías! ¡De verdad creí en tus promesas!

— Violeta, quise volver, te prometo por lo más sagrado que quise volver... Si me dejás explicarte... — Martín quería hablar, quería conversar, quería...

Intentó tomar su mano.

Ella le alejo bruscamente.

— ¡No volviste porque estabas comprometido con otra! — Le gritó, enojada —. Eres... Un poco hombre ¡Mentiroso! Un embustero de lo peor, solo te aprovechaste de la situación... Un farsante que supo jugar bien su papel, solo un hipócrita tramposo chamullero...

Sebastián sintió frustración por entender de golpe lo que ocurría, por un lado estaba el honor de su hermano, por el otro, el honor de su familia... Y una mujer deshonrada.

— Vos te casaste con otro ¿No? — Le preguntó, molesto y algo herido —. Te casaste con otro... ¿Cómo podés juzgarme? Corriste a otros brazos ¿Acaso no es eso? ¿Acaso lo tenías buscado? Ya había alguien entonces ¿Verdad? Amabas a alguien...

— ¿Qué dices? — Preguntó ella totalmente anonadada.

— ¡Cómo carajos voy a saber si ese crío es mío! — Gritó sin controlar su temperamento.

El rubio se arrepintió de esas palabras cargadas de duda, apenas las dejó salir de su boca. Abrió los párpados y sus ojos la miraron fijo, descifrando los sentimientos de ella: odio, dolor, ira... Tenía que disculparse, tenía que...

Violeta lo golpeó con una doble cachetada. El momento, en realidad, lo dejo en blanco.

— Martín, hermano — Sebastián lo agarró de los hombros y sintió su rigidez —. Ve, soluciona el problema con los trenes, vete ahora.

— ¿Por qué tengo que irme? — Preguntó, sacado del tema.

— Los obreros, hacen huelga, Vos sos el jefe. Tenés que solucionar los problemas — Sebastián le repitió el contexto.

— Si, yo... Pero... — Se sujetó la mejilla y miró a Violeta —. Tenemos que hablar...

— Ya no hay... Algo más que hablar — Dijo Violeta, abrazándose a si misma y no mirándolo más —. Esto es mi culpa, tu... Seguiste tu naturaleza, me usaste y... Eso es todo ¿Por qué no escogiste a alguien más? Tú sabías que te amaba...

— Martín, los obreros... El ferrocarril — Sebastián intentaba distraer a su hermano.

— No... ¡No te usé! — Le gritó, forcejeando un poco con ella —. Mírame... ¿Pensás... Que te usé? Nunca, yo te amé... Yo te Amé.

— No creo ninguna palabra que salga de tu boca — Se soltó definitivamente —. Ni ahora... Ni nunca más... Creí en ti, tanto... Ya no puedo Martín, no queda nada más que puedas destruir.

— Te quiero... — Dijo, quedándose sin palabras, al menos sería sincero.

— ¿Qué más quieres? ¡Ya arruinaste mi vida! Tus ilusiones no valen nada — Suspiró dándole la espalda —. Que tonta e ilusa fuí.

— Hermano, vete — Sebastián le dió empujoncitos para marchar —. Vete. Se están hiriendo, quizás si lo piensan mejor... Lo importante es... — Le susurro —. No la molestes más, es malo para ella... Y para el niño.

Martín Fernández-Carriedo caminó mirándola hasta el último momento, alejándose, volteando a verla. Pero ella no volvió a mirarlo más.

Y el rubio de lentes solo suspiró complicado. Su hermano fue, y dejó una avalancha a su paso... Ahhh... Su hermano era un idiota ¡Claro que no debió irse a Alemania! Exactamente por esto, exactamente para impedir que "esto" sucediera, él lo sabía, por los dioses... Lo sabía.

— Violeta... Martín es... No es mala persona, es solo que... — No sabía cómo explicarlo.

— ...Tengo que volver a Chile ahora — Dijo arrancándose hebras de cabello —. Mi mamá... Mi mamá invito a una partera, ella dijo... Dijo que podía deshacerse de mis problemas.

El de los ojos miel quiso hablar, pero ella le dió la espalda y volvió dentro del tren. Sebastián la siguió, mientras veía como se tocaba las cejas y las revoleaba entre sus dedos, cayendo.

— ¡No es un problema! — La agarró de las manos —. Tenés que calmarte, sé que todo esto es distinto de lo que pensabas, pero tenés... Tenés a mi sobrino en tu vientre, por favor cálmate.

— No, Martín dijo que no, que no es suyo. Entonces no lo es y... — Ella sonrió —. Yo no lo voy a tener... ¡La mujer! Ella, va a solucionarlo... Mi mamá lo va a solucionar todo ¿Sabes? Ella es...

— ¡Violeta! — Le riñó, abrazándola —. ¿De verdad vas a matar a tu propio hijo, y poner en riesgo tu vida? Es demasiado tarde para un aborto.

— Puedo darlo... Alguien puede quererlo.

Se quedó mirando al suelo, al mismo tiempo que Sebastián le miró atónito.

— ...No me ama Sebastián... Nunca me quiso. Yo pensé... Yo pensé que era un niño bendecido por el amor — Dijo, sin moverse, sintiendo las manos de Sebastián en su espalda —. ¿Qué sentido tiene traerlo a éste mundo, si no lo es? Mi mundo no es... bueno ¿Qué voy a hacer con un niño que no es amado?

— ¿Y es que acaso vos no lo amas? — Preguntó Sebastián —. ¿No te asustas por él? ¿No te preocupas? ¿No lo sentís Violeta? Amalo vos... Yo lo amare también, decime entonces... Decime que no es un niño amado.

— ¡Nunca me amó! — Le gritó.

Violeta cerró los ojos y comenzó a llorar, llevada por el momento, retomando la conciencia de lo que ella pensaba hacer con su bebé, quizás demasiado racional para ignorar su reciente perdición.

— ¿Cómo puede decir algo tan cruel? — Preguntó ella, abrazándolo —. Yo... Mezcle mi cuerpo con el de Martín, solo con Martín... ¿Cómo podría ser de alguien más? Preferí buscar un hombre que se casaría conmigo, que le diera un apellido a mi hijo, porque la idea que el papá real me rechazará era muy difícil de superar... — Hizo una pausa y luego lo miró —. Ayúdame a volver a casa, por favor.

El médico asintió, tomó la maleta de su ex compañera y la ayudó a bajar por los peldaños.

Mientras Martín desempeñara la importante labor de mediar en la huelga y arreglar el desastre, Sebastián tendría bastante tiempo de acción, para tomar un automóvil y cubrir un buen tramo hasta Mendoza.

— ¿No vas a decirle algo más? — Sebastián subió las cosas de ella al carro.

— Quiero que esa sea la última vez. No quiero verlo ahora— Dijo ella, arreglando las florecitas de su sombrero —. Nos veremos eventualmente, en su funeral.

Si Violeta fuera su hermana, él estaría buscando la sangre del desgraciado que la deshonró. La realidad era que ese desgraciado era su hermano verdadero.

— Quiero ir a casa — Violeta volvió a suspirar —. Que ahora Martín lo sepa, no cambió las cosas.

El rubio dió la orden de partida y marcharon en dirección al pueblo más cercano, unos minutos de viaje.

— ¿Cómo sucedió? — El de lentes frunció el ceño, triste —. Eran amigos, rivales... ¿Cómo?

— Tu sabías que me había enamorado de Martín — Sonrió con dolor —. Que nunca había amado a nadie, nunca me había gustado un hombre.

— Si, pero no sé. Pensé que iban a ser tan amigos como siempre a mi vuelta — Él se rascó la cara —. Por el contrario, Violeta. Mi hermano evitaba hablar de vos, se ponía nervioso y suspiraba por las paredes. No entendí una mierda, perdóname que lo diga así.

— Un hecho puede ser presenciado de distinto modo dependiendo de quién lo viva — Violeta miró sus manos hinchadas.

— Ahora entiendo por qué no estaba feliz con el compromiso — Dijo más para si, porque ella estaba ignorando todo sobre este asunto —... Realmente, si lo hubiera sabido — Sebastián se agarró el rostro, volviendo al presente —. Vos no tendrías que estar en esta situación... Habría intervenido en mi familia...

— Sebastián... — Ella le miró fijamente —. Incluso si todos lo hubieran sabido, Martín no quería casarse conmigo, desde el principio ¡Caí! Jajaja como una tonta. Aún cuando vi como jugó con las putas, o cuando intentaba cortejar a cada mujer que se le cruzara. Es mi culpa. Mi problema, fui ingenua, le creí.

Sebastián masajeó sus sienes y luego miró el techo ¿Y ahora qué? ¿Qué le quedaba hacer? Ahora que estaba metido en la verdad, no podía simplemente callarse. Esto traería tantos problemas a su familia...

— ...Estás preocupado — Le dijo ella —. No tienes por qué. Voy a tener este niño y lo creceré sola.

— ¿Qué decís? No, no, Martín está confundido, pero se hará responsable.

— Si se hace responsable, significará que lo obligaré a hacer algo que él no quiere.

— Querés estar con Martín, pero como él está con alguien más, te alejas porque pensás que es lo que él quiere... ¿Pero qué quiere Martín en realidad? — Miró el techo y suspiró —. Últimamente ni siquiera yo puedo descifrar esa pregunta.

— A su morena con sonrisa como el sol, eso quiere — Dijo ella entre dientes, consciente de sus celos —. Dejémoslo así, solo tres sabemos está verdad. Tu y yo, no tendremos que volver a cruzar palabras, ustedes solo... olvídenlo.

— ...No, hablaré con Martín. Nuestros padres lo obligarán a reconocer a tu hijo y entonces...

— ¡Carajos Sebastián, quién va a tener a este crío voy a ser yo, déjame decidir al menos que hacer! ¿Acaso no lo escuchaste? Martín no quiere... No quiere a este niño... Por favor, déjame huir a Chile y llorar mi dolor tranquila.

— Calma Violetita, calma, si te alterás, le hacés mal al guricito — Sebastián hablo más suave y más bajito, sentándose a su lado y acariciando su espalda.

Mientras ella temblaba como una hoja azorada por el sol, Sebastián se debatía qué hacer. Cómo hermano, quizás debería estar con Martín, explicando, que era un niño con su sangre, sus padres seguro harían algo, y si supieran que Violeta tiene dinero, entonces el trato estaría cerrado. Sin embargo, el médico en su interior gritaba por calmar a la madre y no alterar al niño dentro suyo; no habría más que hablar si le agarraba un parto prematuro, moriría apenas saliera del útero, por eso Violeta... Violeta tenía que calmarse primero...

— Él no me quiere, y que la mitad de este niño sea por él... — Violeta frunció el ceño y se agarró un lado de la cintura —. ¿No crees que es suficiente regalo? Ay... — Se quejó —. ¿El saber que esparciste tu semilla por ahí? Au... ¿No te da sentimiento de consciencia? — Volvió a quejarse.

— Bien, es suficiente Violeta — Sebastián la tomó de los hombros y la hizo recostarse en el asiento —. Escuchá, no podés forzar emociones, estás embarazada ¿Si? No sé cómo has llevado el proceso, pero mirá, tenés que calmarte.

Y se dio a la larga tarea de explicarle lo del embarazo, para sorpresa de él, ella no sabía nada, no tenía conocimiento ni siquiera de la comida que debía evitar, y por supuesto que se asustó y sorprendió de saber que mantuvo por cuatro meses oculto el bulto en su vientre a base de corsé ajustados y bebiendo medicamentos para las náuseas.

— ¡Llevas a un integrante de mi familia, Violeta, se consciente! — La regañó frente a la estación—. Lo más importante, es que tenés que calmarte y comer bien, lo ideal será que estés tranquila.

Violeta le sonrió a Sebastián con mucha amabilidad. El menor pensó que todo ésto estaba... Extremadamente... Mal.

— Querés que alguien ame a tu hijo... — Casi se le sale el corazón del pecho por miedo y angustia —. ¿No querés... que yo asuma esa responsabilidad?

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