Sansa II


Dolía.

Sin lugar a dudas, que un hombre mancillara la pureza de su cuerpo y metiera su pene hasta lo más profundo del lugar más sagrado de su ser, realmente dolía.

Cuando el bastardo de Roose Bolton, Ramsey Snow, le robó su inocencia en el corazón de su hogar y en presencia de alguien que era como un hermano para ella, a cuatro patas como si ella fuese poco más que una perra y no una verdadera loba del norte, a él no le importó que Sansa no estuviera preparada, que su cuerpo se negara con todas sus fuerzas a recibirlo y que para entrar, esa asquerosa verga tuviera que abrirse camino, desgarrando su vagina como una espada oxidada y sin filo, no, para el bastardo Bolton era más placentero escucharla gritar de agonía mientras la violaba sin piedad.

Pero eso fue en un mundo que ya no existía, una realidad que fue borrada por el poder de un Dios en el que ella no creía.

En cambio, justo ahora, en este nuevo mundo había sido ella misma, Sansa Stark, quien por voluntad propia, decidió entregarle su cuerpo al hombre que amaba por encima de todas las cosas, el hombre que por más de veinte años creyó que era sólo uno de sus hermanos mayores, quien desde su reencuentro en Castle Black se adentró implacablemente en su corazón y se adueñó de él con su cariño, sus acciones y sus sonrisas.

El hombre que lo dio todo por su hogar y fue recompensado con el exilio por hacer lo correcto.

Con Jon, el dolor de su primera vez fue algo secundario a la felicidad que sintió al ser una con el único hombre que ella alguna vez quiso tener entre sus piernas. No su primer esposo, Tyrion Lannister, no su segundo marido y violador Ramsey, en su corta vida Sansa solamente ha deseado ser tomada por Jon.

Esa noche en lo profundo del bosque de los dioses, sentada en el regazo de su adorado hermano, con el agua de las termas hasta su cintura, Sansa supo por fin lo que era ser amada, no como una amiga, una hija o una hermana, sino como una mujer.

Fue ella quien hizo el primer movimiento claro está y mientras besaba a Jon con la pasión de una mujer Dorniense, Sansa tomó la verga de su hermano en su mano derecha y la alineó cuidadosamente con la entrada de su coñito.

Sin detenerse a dudar en ningún momento, la pelirroja bajó sus caderas lentamente, tomando cada pulgada de la polla de su amor dentro de ella, suspiro a suspiro, desgarrando su himen y abriéndose paso en su interior hasta sentir que sus pelvis se unían, hasta sentir que ambos eran uno sólo.

El pico de dolor, tan agudo como fue, rápidamente desapareció de su mente, reemplazado por la sensación de los besos de Jon, primero en sus labios, viajando por su quijada y nuca, dejando un ardor duradero e increíblemente adictivo en su piel.

Él mordisqueó ligeramente el lóbulo de sus orejas, su clavícula y sus hombros, teniendo cuidado de no dejar ninguna marca que pudiera delatar la locura que ellos estaban cometiendo.

En algún momento Jon abandonó la idea de acariciar sus costados, prefiriendo ocupar sus callosas manos para masajear con abandono sus redondas nalgas y sus suaves muslos, incluso de vez en cuando uno de sus dedos se deslizaba hasta el borde del agujero de su culito, jugando con la posibilidad de adentrarse en ese lugar, pero retirándose no mucho después.

Jon por supuesto no ignoró sus pechos.

Sansa, a pesar de haber cumplido tres y veinte onomásticos no hace mucho, su cuerpo en este mundo era diez años menor y por lo tanto sus senos eran casi inexistentes, apenas dos pequeños y suaves picos blancos como la nieve y cubiertos por una constelación de lunares, coronados por un par de pezones rosados bastante sensibles, aún así a Jon no parecía importarle que su cuerpo fuera delgado y plano como una tabla, viendo sus tetas cual lobo hambriento a un inocente cervatillo que en pocos segundos se convertiría su cena.

Cuando su pezón izquierdo fue capturado por la boca de su amante, la mente de la Loba Roja fue liberada de todo pensamiento excepto Jon y lo mucho que adoraba lo que él provocaba en su cuerpo.

"A‐Aegon!"

Su gemido de éxtasis resonó por todo el bosque de los dioses, pero en ese momento a ninguno de ellos le importó la posibilidad, por remota que fuera, de ser atrapados.

Para entonces, el dolor en su entrepierna se había adormecido a no más que una ligera molestia y sus caderas habían empezado lentamente a moverse por sí solas, buscando la maravillosa fricción entre el miembro de su hermano y las paredes de su vagina.

No rebotó sobre la verga de su hermano y gritó obscenidades como lo haría una puta de los burdeles de Lord Baelish, ella en cambio restregó sus caderas con las de Jon, moliendo con pequeños movimientos hacia adelante y hacia atrás, de lado a lado.

El miembro de su amado todo el tiempo enfundado hasta el tope dentro del cuerpo ardiente y tembloroso de Sansa.

Y Jon, Oh, su amable y perfecto Jon! Supo tan bien lo que ella necesitaba.

Él sabía que ella debía, no! Que ella necesitaba estar en control del acto en todo momento, que era ella quien lo debía coger a él, y no al contrario, así que se quedó completamente quieto dejándola cabalgarlo a su gusto, simplemente disfrutando del momento, mientras con sus labios hinchados susurraba palabras de amor, palabras de aliento y alabanzas entre beso y beso.

"Te amo! Te amo! Te amo!" Sansa por su parte no paraba de gemir con el aliento entrecortado, declarando la profundidad de sus sentimientos por su hermano a la vez que aumentaba poco a poco el ritmo en que sus caderas de movían, haciendo que su clítoris rozara embriagadoramente ese lugar donde sus cuerpos se unían.

Ese momento inolvidable de su primera vez sin embargo, no estuvo destinado a durar una eternidad como así lo deseaba.

En este nuevo mundo ellos eran tan solo un par niños dejándose llevar por locura del pecado, así que en menos tiempo de que ella esperaba o quería, el final de ésta pecaminosa acción se acercaba.

La respiración de Jon se había acelerado hasta un ritmo frenético, sus ojos grises brillaban púrpura en su lujuria, mientras sus dedos amasaban el trasero de Sansa desesperadamente.

Ella sabía que la primera experiencia sexual de Jon fue con Ygritte casi tres años después de abandonar Winterfell ese fatídico día, por lo que en éste mundo el cuerpo de su hermano, éste hermoso cuerpo de siete y diez onomásticos aún no había disfrutado del placer de la carne.

Por mas que su adorado Jon se la haya pasado día y noche revolcándose con cada lancera del Pueblo Libre que tan siquiera batiera sus pestañas en su dirección esos últimos dos años después de su exilio, éste cuerpo suyo aún no tenía la resistencia para soportar un par de minutos de sexo sin deshacerse rápidamente en un charco de éxtasis.

"A-Alayne… detente! Y-yo ya–"

Su hermano rogó, abandonando el pezón que había estado amamantando para gemir directamente en su oído, enviando una deliciosa ola de placer hasta su centro.

Sansa lo ignoró, sabía lo que iba a pasar y lo deseaba tanto que dolía, su cuerpo ardía por aceptar todo lo que Jon estaba apunto de darle, por sentir como su amado Rey Lobo, su preciado Príncipe Dragón, la llenara hasta que en su vientre una nueva vida empezara a crecer.

"Voy a–"

Jon estaba intentando hacer que ella se levantara de su regazo, que sacara el pene de su apretado coño y evitar depositar su esperma en su fértil útero. Pero con su mente nublada por el éxtasis, lo más que pudo logar fue aferrarse con fuerza a la cintura de la pelirroja, seguramente dejando moretones con la forma de sus dedos en su piel de porcelana.

Su hermano siempre estuvo en contra de tener bastardos propios, desalentado por sus propias experiencias como el Bastardo de Winterfell y si ellos no se detenían en ese instante –incluso cuando Sansa aún no tendría su Sangre de Luna sino hasta dentro de dos años– existía la posibilidad de que en su vientre, esa semilla de hielo y fuego echara raíces.

Pero Sansa no quiso detenerse, no! Se sentía tan bien tenerlo a él dentro de su necesitado coño, ella estaba en el paraíso, no quería volver a mundo real todavía!

"Sansa!" Ese gruñido gutural la estremeció.

El escuchar su nombre, aquel nombre con el que fue bendecida por lo labios de su adorada madre y no el nombre falso que ella decidió que ambos usarían cuándo estuvieran haciendo el amor, fue su última advertencia.

Una ola de calor repentinamente la inundó en lo más profundo de su ser, la semilla de su hermano llenando su vientre hasta el tope y desbordándose, pintando de blanco las adoloridas paredes de su vagina.

Jon se había corrido dentro de ella.

Por unos exquisitos segundos que le parecieron horas, lo único que resonó en el bosque de los dioses, fue la pesada respiración de ambos lobos, mientras Sansa se aferraba perezosamente al cuerpo sudoroso de su amante, temerosa de que si lo dejaba ir él desaparecería, perdiéndose nuevamente más allá del muro con sus muchas amantes Salvajes.

"Lo siento, no debí–"

Jon intentó disculparse, consiente de las implicaciones y posibles consecuencias de derramar su semen en su lugar especial, pero francamente a Sansa no le interesaba oír una sola palabra de disculpa por algo que ella anhelaba.

Fue ella misma quien decidió no levantarse y sacar el pene de su primo para que él pudiera venirse en su abdomen, o en una parte de su cuerpo que no arriesgase un posible embarazo.

Fue ella quien en su momentánea locura decidió por ambos que ella al fin de cuentas sí quería recibirlo todo sin importarle las consecuencias, así que ella lo silenció tomando su cara entre sus manos y reclamando sus labios con rudeza.

Sin embargo, ella aún no se había corrido, estuvo cerca, tan dolorosamente cerca de la cima, que cuando sintió el semen de Jon fluir dentro de su coñito, casi se sintió caer, solo necesitaba un pequeño empujón para encontrar la gloria.

"Jon, cómeme!"

Sansa, en su desesperación, ordenó con su voz de Reina del Norte tras separarse de su beso, por completo olvidándose de su falso mundo de fantasía, de Alayne Stone y el Príncipe Aegon, en esos momentos ellos eran únicamente Jon y Sansa, hijos de Lord Eddard Stark y medio hermanos… A ninguno le importó su parentesco, cuando lo único en lo que podían pensar era el cuerpo del otro y el pecaminoso placer en el que se hundían cada vez más y más.

Levantándose del regazo de su amado, Sansa se paró sobre piernas temblorosas a un par de pies del lugar donde se convirtió en mujer, ignorando el leve dolor en su centro, abrió ligeramente sus muslos para hacerle espacio a Jon y con los dedos de ambas manos separó los labios de su flor, mostrando su enrojecida e hinchada feminidad a su amado como si de un banquete se tratase.

"Ven Jon, bésame…" Sansa intentó sonar seductora al decir eso, pero las palabras salieron demasiado cubiertas de desesperada necesidad, en especial cuando en ese mismo momento sentía como la leche de Jon, mezclada con la sangre de la perdida de su virginidad, se deslizaba desde el interior de su coño hasta gotear directamente en las aguas humeantes.

Él como el excelente amante que era no la hizo esperar y en un parpadeo estaba arrodillado a sus pies, adorándola como a una Reina, una Diosa del bosque cuya ira debía apaciguar, entregándose a sí mismo como sacrificio.

Con su lengua practicó maravillas en su coñito, lamiendo y limpiando cada gota de leche que aún quedaba adentro, en ningún momento pareciendo asqueado por la perspectiva de saborear la combinación de los fluidos de ambos, de sus jugos del amor y su semilla juntos.

Los brazos de Jon serpentearon por detrás de sus muslos y la aseguraron contra él, levantando una de sus piernas y pasándola sobre su hombro para ser él quien sostenía su peso.

Utilizando su mano derecha para anclar su cadera y estabilizarla en esa posición, mientras que la izquierda la deslizó hasta donde comenzaban sus labios inferiores para jugar con su adolorido clítoris, haciéndola ver estrellas y robándole el aliento.

Esos ojos grises que la volvían loca, esos ojos Stark que sólo él y Arya compartían, contaminados por el purpura Targaryen, la miraban dilatados por el deseo.

Gruñendo contra su coñito, su amado Jon provocó espasmos por todo el cuerpo de Sansa.

Al parecer a Jon –a Aegon– en estos momentos no le importaba en lo más mínimo si ellos estaban relacionados por sangre o no. Ya sea como hermanastros o primos, o incluso desconocidos totales, su única meta era hacerla aullar, provocándole orgasmo tras orgasmo y saborearla hasta que el placer fuera insoportable.

Sansa no se atrevería a culpar la sangre de dragón en él, ni a su maldito apellido por la fiereza con la que la devoraba, cuando ese mismo deseo brillaba aún más fuerte en ella. Sí, ella quien era una Loba del norte y una Trucha de los ríos, descendiente de los Andals y los Primeros Hombres, ella que no tenía una sola gota de sangre Valyria en sus venas estaba teniendo el mejor sexo de su vida con su hermano mayor.

Fue en esa posición, que Sansa se deshizo de placer por primera vez en éste mundo nuevo.

El rugir de la sangre en sus oídos ahogó los sonidos que escaparon de su boca, sus rodillas cediendo bajo su propio peso y de no ser por Jon, quien sostenía con firmeza su trasero y sus muslos, ella se habría desplomado de frente contra el pozo termal, completamente exhausta.

Jon en ningún momento dejó de devorar sus enrojecidos labios inferiores, bebiendo sus jugos como un hombre perdido en el desierto.

En su mente, Sansa Stark pensaba que conocía al menos un poco el sentimiento de un orgasmo recorriendo su cuerpo, que equivocada estaba. Jamás había sentido algo remotamente cercano a esto.

En el viejo mundo, ya siendo la Reina en el Norte, ella intentó experimentar con frecuencia la posibilidad del alivio sexual.

Para ese entonces ella no podía tan siquiera imaginar volver a compartir su cama con un hombre, ni abrir sus piernas para uno nunca más (excepto Jon, por supuesto), y tocarse a sí misma nunca la llevaba a la descarga que buscaba, dejándola aún mas frustrada y molesta que antes de empezar.

Pero el toque de sus sirvientas, cuando estas la ayudaban a vestirse y o bañarse, nunca provocaba ese sentimiento de asco en su ser como lo hacia un mero roce con uno de sus lores o guardias.

Así que una idea se vino a su mente.

Un amante no necesariamente tenía por qué ser del otro sexo y le importaba poco lo que la Religión de los Siete pudiera decir al respecto.

Sansa recordaba bastante bien las palabras de Margaery Tyrell sobre la posibilidad de dos mujeres sintiéndose bien juntas, en ese momento le había parecido escandaloso tan siquiera pensar algo así… ahora sin embargo, la idea parecía ser un soplo de aire fresco.

Fue bastante fácil a decir verdad, seducir a una de las nuevas jóvenes que ella empleaba para la limpieza de la fortaleza.

La chica había sido traída a Winterfell por Lord Manderly desde White Harbor para la coronación de Jon como Rey en el Norte y se había quedado como parte del esfuerzo de recuperación de Invernalia, se podía decir que ella fue un regalo de buena fe por parte del Señor de New Castle para su nuevo monarca.

Sansa no tardó casi nada en hacer suya a la pobre muchacha.

Ella era una mujer joven, ocho y diez onomásticos cuando mucho, una doncella que a pesar de tener su sangre de luna desde los dos y diez, no había sido tomada por un hombre, realmente un milagro teniendo en cuenta que ella creció durante la administración de los Bolton.

La adorable joven tenía cabello negro brillante como un cuervo, piel de porcelana y ojos oscuros, si ella tenía un parecido a Jon y por consecuencia a Arya era poco más que una coincidencia, pero siendo sincera no le importara en lo absoluto el recordatorio a sus hermanos, a decir verdad lo prefería así, más aún que ella estaba sola nuevamente, en su hogar, sí, pero sin las personas que su corazón tanto anhelaba.

Sansa siempre fue quien tomo la iniciativa, fue ella quien empezaba sus encuentros, ella quien la convocaba a su aposentos para jugar con ese adorable cuerpo suyo, ella quien desfloró a la joven doncella con sus largos dedos y su lengua húmeda, ella quien la acorralaba en los pasillos de castillo para tomarla y devorarla.

Por supuesto, la joven devolvía el favor con entusiasmo cada vez, al ritmo que su Reina marcaba.

Y si bien Sansa siempre disfrutó de esos momentos, de los delgados dedos de la linda sirvienta, de su boca, sus pechos pequeños, sus piernas suaves, su coño cálido, su trasero apretado … Jamás llegó a sentir tanto placer como el que su hermano había logrado provocarle en apenas unos instantes gloriosos.

Aun así Sansa no descartaría la posibilidad de volver a tomar una mujer como amante, de hecho lo prefería, Jon no sería suyo por mucho tiempo, solo hasta que Ygritte volviera a estar en esos fuertes brazos que tanto la hacían sentir a salvo y segura.

Sansa siempre tendrá un lugar en su corazón, su cama y entre sus piernas para Jon Snow, para Aegon Targaryen, él y sólo él será su amor hasta el final de sus días, pero él tenía su mirada melancólica centrada en otra pelirroja.

Y aunque la Loba Roja siempre haría lo necesario para proteger a su familia y al Norte, ella se negaría rotundamente a casarse en un matrimonio arreglado nuevamente.

Al menos ella sabía que sus dos Reyes jamás se atreverían a concretar compromisos políticos para ella, para Arya, ni para sus dos hermanitos pequeños, no cuando ellos mismos estaban poco interesados en casarse por conveniencia después de todo.

De todos modos era solo cuestión de tiempo para que Talisa e Ygritte les den al Norte y a la casa Stark los herederos que tanto necesitaban con urgencia.

Es más, si no se equivocaba, Lady Meera Reed, la amiga y protectora de Bran, podría ser realmente algo más para su hermano y convertirse en cuñada de Sansa y con suerte dar a luz a otro pequeño Stark, por lo que la línea de sucesión estaría más que bien afianzada y segura.

Y si por alguna razón ella tuviera que darle por obligación herederos a Winterfell, bueno, la Loba Roja solo aceptaría llevar en su vientre a los cachorros de su amado Lobo Blanco.


Jon IV


"Sabes que a ninguno de nosotros nos importa en lo más mínimo la sangre de dragón que corre por tus venas, verdad?"

Él lo sabía, por supuesto que estaba consiente de ello, todos sus hermanos, en especial Sansa, no paraban de repetirle una y otra vez que les daba igual quien había sido el hombre que lo engendró.

Para los jóvenes Stark él siempre ha sido y siempre será uno más de la manada, un lobo de la misma camada, si no por la sangre, entonces unidos por el corazón y las enseñanzas del hombre que los crió.

Aún así, simplemente no podía deshacerse de ese sentimiento de horror y asco hacia sí mismo cada vez que su mente le recordaba su verdadera identidad, quién era él realmente para el mundo, para Westeros y para su familia.

Sí, de joven soñaba con la grandeza, con ser un caballero honorable como el Príncipe Aemon el Caballero Dragón empuñando a Darksister o un Gran Lord justo como su supuesto Padre… Sin embargo ahora después de tantos años, ahora que sabía que su destino aclamaba por un Héroe Valyrio blandiendo una hoja llameante, lo único que él quería era que su familia y seres queridos estuvieran feliz y seguros, lo más alejados posible de la política, el juego de tronos y la locura que era la vida en la Corte.

Pero la vida no era justa, y al parecer él ni siquiera podía obtener un respiro.

Cuando fue elegido Lord Comandante de la Guardia Nocturna, Jon aceptó la posición con orgullo e hizo todo lo posible para dirigir honorablemente y hacer lo que creía era correcto para cumplir su voto de proteger el Reino de los Hombres de las amenazas de más allá del muro y fue asesinado como un traidor por ello.

No fue su intención ser coronado como Rey en el Norte luego de recuperar Winterfell, usurpando el derecho al trono de Sansa, pero aceptó porque como Rey estaría en una mejor posición para defender el Norte y Westeros de los ejércitos del Rey de la Noche.

Con el apoyo de Sansa, ocupar el título que en su tiempo le perteneció a su hermano y mejor amigo, fue quizás su mayor fuente de orgullo e incluso cuando la Loba Roja y él no siempre estaban de acuerdo en como gobernar éstas tierras congeladas, él llegó a ser realmente feliz.

Pero con la debacle de su partida a Dragonstone –la fortaleza que alguna vez perteneció a su verdadero padre y que en teoría debería ser suya–, su reunión con Da… la Reina Dragón, su eventual decisión de doblar la rodilla para ganar el apoyo de esa conquistadora extranjera y francamente porque se dejó convencer por la narrativa que sus asesores habían pintado sobre ella, todo se fue al demonio.

Jon perdió su credibilidad y la lealtad de los Señores del Norte, además de dañar su relación con sus hermanitas casi irreparablemente.

Sí, obtuvo lo que había querido, el apoyo de los ejércitos de Daenerys y el poder de Drogon y Rhaegal para usarlos contra el Rey de la Noche, pero, a decir verdad no sabía si había valido la pena después de todo.

Quizás ellos habrían sido capaces de retener al ejército de los muertos y a los Caminantes Blancos por sí solos el tiempo suficiente para que Arya acabara con el Gran Otro.

Al fin y al cabo, si Jon no hubiese intentado convencer a las Reinas del Sur de la amenaza de la Larga Noche, tal vez Viserion no habría caído en manos del enemigo, y los espectros no hubiesen contado con un Dragón en sus filas.

"Tu eres un Stark y eso es lo único que realmente importa" El susurró de Sansa envió un escalofrío por todo su cuerpo.

La pelirroja había estado intentando consolarlo, reafirmando su lugar en la manada, desde que ella se despertó y lo encontró viendo la Daga de Acero Valyrio de Aegon el Conquistador y al huevo de Rhaegal que descansaba en el fuego de la chimenea de su alcoba, con una mirada llena de horror y desesperación.

"Quienes fueron tus padres carece de peso cuando todo lo que nos importa, a nosotros y al Norte, es quien eres tú en tu corazón"

Sentir el cuerpo desnudo de Sansa envolviendo al suyo en un abrazo intimo, su piel suave y cálida, acompañada por el delicioso roce de sus pezones endurecidos contra los músculos de su espalda, hizo poco para calmar las emociones contradictorias en su corazón.

Después de todo él había tomado a su hermana menor como amante, había robado su pureza y ensuciado su cuerpo perfecto e inocente con el fuego su lujuria, perpetuando una de las prácticas ancestrales y más despreciables de la Vieja Valyria, de la mitad de su familia con la que daría lo que fuera para no asociarse.

Por otra parte, él era un hombre de sangre caliente y Sansa era una mujer, no, una joven realmente hermosa, con un cabello besado por el fuego y una personalidad ardiente, que no aceptaba un no por respuesta.

Y ella lo quería! Sansa lo deseaba tanto como él a ella!

Este error que había decidido cometer no había sido resultado únicamente de su maldita sangre, no, fue la culminación de esos sentimientos de cercanía, amor y devoción absoluta, que nacieron de su reencuentro en el Muro y se perpetuaron con cada momento juntos, apoyándose el uno al otro hasta el final.

"Tu eres un Stark de Winterfell, un Lobo Huargo, hijo de Lord Eddard Stark, hermano del Rey Robb Stark y un Rey por derecho propio" Con cada palabra, ella plantaba un cálido beso en su espalda, en sus hombros, en su cuello, dejando pequeños mordiscos aquí y allá, como si buscara marcarlo.

Sin embargo, esto que había entre ellos era temporal, debía ser algo que termine más pronto que tarde, cuando él navegue más allá del muro a Hardhome, a negociar con Mance Raider y el Pueblo Libre. Cuando por fin, después de tantos años, regrese a los brazos de Ygritte.

Jon maldecía a su corazón, porque en lo más profundo de su alma podía sentir como era arrastrado en tantas direcciones diferentes que lo destrozaba.

Ygritte, el primer amor de su vida, la mujer que le enseñó que había más en este mundo que grandes Señores y Reyes y conflictos estúpidos por razones estúpidas, la mujer que lo convirtió en un hombre y que aún sostenía su corazón en la palma de su mano incluso después de tantos años.

Sansa, su hermanita menor, a quien adoraba a pesar de no ser para nada cercanos en su niñez, la mujer que lo apoyó más que nadie desde su reencuentro, incluso cuando no siempre estaban de acuerdo y quien lo amaba a pesar que una relación entre ellos sería vista como una afrenta a los valores de Norte.

Val, la mujer que lo aceptó con todos sus demonios, su pasado y sus pecados, quien lo recibió con brazos abiertos y vertió todo su amor en él hasta que la perspectiva de una vida llena de felicidad dejó de parecer algo que no merecía.

Y Daenerys, la mujer en quien depositó su confianza, a quien le entregó su amor, su Reino y la vida de todos aquellas personas que confiaban en él, sólo para que ella lo destruyera todo en un momento de locura con fuego de dragón y sangre de inocentes.

"Un hombre amable, sincero, honorable hasta el final…" Cada palabra que la pelirroja usaba para describirlo lo golpeaba con la fuerza de un ariete, ella se equivocaba.

"Sansa, tú sabes bien que eso no es cierto"

Jon no pudo hacer más que refutar las palabras de su amada hermana, incluso cuando las heladas manos de Sansa acariciaban su pecho, prestando especial atención a las cicatrices de su muerte.

Mas aun cuando sus suaves muslos rodeaban su cintura por detrás y ella usaba las delicadas plantas de sus pies para acariciar y jugar con su pene, buscando despertarlo y ponerlo de humor.

No importaba lo que Sansa creyera, él no era un buen hombre, él era un traidor al norte por entregar su corona a una conquistadora extranjera, un rompe juramentos, un asesino de Reinas, un asesino de parientes, un desertor de la Guardia Nocturna, un peligro para su familia y sus seres queridos.

"Si Robert-no, Cuando Robert Baratheon se entere de la verdad de mi nacimiento y la traición de Lord Stark, no pasará mucho tiempo antes que el Demonio del Tridente haga caer su martillo de guerra sobre el Norte"

Sansa no se dignó en responder ante su preocupación, en cambio continuó con su búsqueda de encender las brazas de su sangre Targaryen nuevamente y no podía negar que lo estaba logrando, en especial cuando ella había estado cabalgando su polla y gimiendo su nombre, ambos nombres, Oh tan dulcemente no hace más de un par de horas.

"Y cuando Daenerys llegue nuevamente a estas tierras–"

Al parecer su prima se había aburrido de escucharlo, porque en el momento que Jon mencionó a la hermana de su verdadero padre y antigua amante, Sansa serpenteó su mano izquierda y en un movimiento que no esperaba, metió dos de sus dedos en su boca para callarlo.

"Robert Baratheon y La Reina Loca pueden ir a pudrirse en los Siete Infiernos!"

El gruñido que escapó de los labios de la normalmente recatada dama Stark lo tomó por sorpresa, haciendo que su corazón latiera frenéticamente por unos segundos.

A Jon le atraían las mujeres fuertes y de gran convicción, y si bien su hermanita siempre ha tenido una fortaleza inigualable, escucharla maldecir como lo haría una mujer libre mientras lo masturbaba con las plantas y los dedos de sus lindos pies ciertamente avivó su deseo por la pelirroja.

"Nosotros te protegeremos! Padre, Robb, Arya, todo el Norte, el Valle y el Tridente si es necesario, yo misma estaré siempre a tu lado!" Su voz se elevaba peligrosamente mientras rugía lo que sabía con absoluta certeza "Jon, Tu tienes más de la mitad del continente apoyándote, nos tienes a nosotros para cuidar de ti!"

Por supuesto su única opción fue asentir, qué más podía hacer cuando escuchaba una declaración como esa?

Claro, las palabras de Sansa no eliminaban las dudas, ni la incomodidad que sentía al saber que su sangre provenía de la misma línea que individuos como Aerys el Loco, Aegon el Indigno y Daemon el Príncipe Pícaro, no cuando sabía perfectamente lo que ocurría cuando un Targaryen sucumbía a la locura.

Se decía que su abuelo había sido un buen rey al inicio de su gobierno y todos los rumores sobre las acciones Daenerys en Essos indicaban que al menos en un principio ella tuvo buenas intenciones antes de caer en la paranoia y la sed de poder.

Quién podía asegurarle que su moneda no caería en el lado equivocado después de todo?

Pero todo ello significaba poco en ese momento, más aún cuando Sansa se había desenredado de él y en meros instantes había abandonado la cama para arrodillarse frente al él, entre sus piernas con esa mirada que lo derretía en sus hermosos ojos azules.

Si su mirada se sintió atraída por la sonrisa pícara en los labios de su hermana, quién podía culparlo? Cuando la mujer más hermosa en los Siete Reinos se ofrecía a tomarlo en su boca y devorarlo hasta que todas sus penurias fueran olvidadas, al menos por un momento.

"Siete Infiernos"

Mas tarde esa noche, o a para ser más preciso poco antes del amanecer, completamente exhausto tras hacer el amor otras dos veces, Jon yacía en su catre observando embelesado a Sansa mientras su hermosa pelirroja se vestía con su camisón, preparándose para regresar a sus aposentos.

Su hermana había pasado los últimos minutos limpiando con un trapo húmedo su hermosa piel cubierta de lunares, del sudor y de toda la semilla que él derramó sobre ella a lo largo de la noche.

Jon había tenido cuidado de no verter su esperma dentro de su preciado vientre desde de su primera vez juntos, usualmente corriéndose en su suave abdomen, o en su preciosas nalgas.

Si bien hacerlo dentro era fácilmente la opción que más le atraía estando embriagado en lujuria durante el acto, dejar embarazada con sus bastardos a su hermanita menor no estaba en sus planes a futuro, sin importar si eso era claramente lo que ella quería… no que Sansa lo admitiera en voz alta.

Al menos Jon aún no había seguido hasta el final el camino transitado por la mayoría de sus antecesores.

"Si Rhaegar hubiera ganado en el Tridente es probable que tu y yo estuviéramos comprometidos, no crees? tal vez desde incluso antes que yo naciera"

Eso fue algo que dijo Sansa mientras tomaba un descanso para orinar luego de una de sus rondas de sexo.

Jon en ese momento no se molestó en contestar, sabía que Sansa no lo había dicho para iniciar una conversación sobre lo que podría haber pasado, ella sólo había comentado algo en que estaba completamente segura era verdad.

Y tal vez así lo fuera, o tal vez no.

Si Rhaegar salía con vida de la batalla en la Tierras de los Ríos, estaba más que asegurado que Aerys iba a ser depuesto y el último Dragón habría ascendido al Trono de Hierro.

Por lo que en ese mundo que no fue habrían existido al menos cinco herederos al Trono de Hierro; Aegon, el hijo de Elia, Aegon, el hijo de Lyanna, es decir él mismo, Viserys, Rhaenys y Daenerys.

Tal vez él habría sido prometido a Dany o a Rhaenys siguiendo las tradiciones de su casa, pero si Rhaegar planeaba congraciarse con la familia de su nueva esposa, indudablemente Sansa habría sido la elegida para convertirse en la mujer del segundo hijo del Rey.

Si ellos vivieran en ese mundo, si ese mundo realmente existiese, Jon pensaba que ambos podrían haber sido felices, como primos, como amantes, como marido y mujer.

Sin embargo, en este mundo eso no era posible, para Poniente ellos eran hermanos e incluso si el Norte terminaba aceptando a Jon como Rey, siendo un Targaryen nieto del hombre que asesinó a su Lord y heredero e hijo del hombre que provocó el inicio de la Rebelión secuestrando a una Dama inocente, él dudaba seriamente que los Lores fueran a aceptar un matrimonio de tradición Valyria en sus tierras.

Además en lo profundo de su alma él sabía que pertenecía a otra mujer.

"Crees que Rhaegal salga de su huevo pronto?"

La suave pregunta de Sansa atrajo su mente de vuelta al presente, de hecho la Loba Roja ya se había terminado de vestir y se había sentado al borde de su cama tomando las manos de Jon entre las suyas.

Ignorando la leve decepción por ya no poder apreciar la belleza desnuda de su prima –más aún cuando su esbelto cuerpo había pasado horas enredado con el suyo y esos perfectos y deliciosos labios habían estado envueltos en su dureza– Jon se obligó a pensar en una respuesta.

"La verdad no estoy seguro" Respondió honestamente.

Tenía entendido que Rhaegal, Viserion y Drogon nacieron poco después de la muerte de Lord Stark, alrededor de la aparición del Cometa Rojo si recordaba bien su conversación con Dany al respecto, así que si las cosas ocurrían como antes, a los dragones les faltaba al menos otro año para regresar al mundo.

"No pienso replicar las condiciones del nacimiento de los dragones de Daenerys y no tengo ni idea de como los Targaryen solían hacerlo"

Él, Robb y Sansa habían buscado en todos los documentos en la Biblioteca de Winterfell sobre el método que utilizaban los Targaryen para hacer eclosionar los huevos de dragón, pero lo poco que encontraron de la historia de la familia de su padre terminó siendo poco más que recuentos de las muchas guerras civiles que plagaron Westeros durante su Reinado, como la Danza y las Rebeliones Blackfyre, pero nada de los secretos concernientes a los dragones.

La única información medio útil vino de Bran, que solamente comentó que debían dejar el huevo dentro de una fuente de fuego en todo momento.

"Sin embargo, no puedo evitar sentir que más pronto de lo que creemos el Dragón Esmeralda estirará sus alas y surcará nuevamente los cielos congelados del Norte"

Sabía exactamente de donde venía ese sentimiento. Rhaegal y él no tuvieron mucho tiempo juntos en el antiguo mundo, pero su vínculo con su dragón era tan real como el Muro o las inamovibles paredes de piedra de su hogar.

Sansa solo respondió con una sonrisa ante su declaración y se inclinó sobre él para plantar un casto beso en sus labios, el cabello desordenado de su hermana cayendo sobre sus rostros como una cortina color cobre.

Cuando se separaron nuevamente en busca de aire sin embargo, una mirada gélida había reemplazado el cálido amor en sus ojos.

"Supongo que cuándo Rhaegal éste lo suficientemente grande, llevaras a pasear a Arya y a tu Ygritte en él"

Eh?

Jon se quedó sin palabras por unos segundos, había escuchado bien?

"Estas celosa?"

La pregunta salió de su boca antes de que pudiera detenerla, ganándose una mirada de enojo y un palmada en su pecho por la ofensa.

"Entonces ve con tu maravillosa Ygritte la próxima vez que quieras tener sexo, o corre y pídele a Arya que te de una mamada y se trague tu leche, por lo que me importa, Hmp!"

Qué?

Sansa realmente había dicho eso? Fue eso algún tipo de broma?

Esta vez Jon no pudo contener la risa, y estalló en carcajadas sin poder evitarlo.

Su terriblemente seria hermana, la fría y calculadora Dama de Winterfell, Sansa Stark, acababa de sonar como toda una niña malcriada, más precisamente una versión vulgar de la niña mimada que ella solía ser hace tanto tiempo.

"No te rías!" Ella rugió mientras un furioso sonrojo invadió sus pálidas mejillas, combinando perfectamente con el brillante color de su cabello.

Pero por supuesto que se iba a reír! Sansa acababa de hacerle una escena de celos! Que mencionara a Ygritte lo esperaba, después de todo Jon planeaba convertir a la Lancera del Pueblo Libre en Reina Consorte, pero Arya? En serio?

Además, ese puchero en sus mejillas se veía tan adorable.

"Quizás lo haga" Bromeó con una sonrisa lobuna. "Debería partir mañana mismo a White Harbor para tomar un barco que me lleve más allá del muro, y unirme al campamento de Mance, tomar a Ygritte y Val como esposas y follarlas hasta saciarme"

Atrayéndola nuevamente hacia él para capturar sus labios con los suyos, Jon la rodeó con sus brazos, concentrándose en esparcir cientos de besos por toda su cara sonrosada, logrando que ella se derritiera nuevamente en su abrazo.

"O mejor debería llevar a Arya a la Torre Rota y pedirle que me dé una mamada, para luego verter toda mi semilla por su adorable rostro"

Sus manos habían encontrado nuevamente su lugar preferido en el trasero de su hermana, ganándose poco a poco pequeños gemidos y suspiros por parte de Sansa.

"O quizás las lleve a ti y a Ygritte, mis dos amadas besadas por el fuego, y volemos en el lomo de Rhaegal a un lugar especial, escondido de todos y todo" Murmuró directamente contra sus labios, su aliento unido al de ella, sus narices acariciándose con cariño.

Ojos azules y grises viéndose con adoración "Y haremos el amor, nosotros tres, juntos hasta el final de los tiempos"


Bran I


Volar era probablemente la mejor experiencia que un hombre podía vivir en el corto tiempo que su alma habitaba este mundo, y sin embargo muy pocas personas podían tan siquiera afirmar con veracidad que han navegado por los cielos.

Únicamente cambia pieles que compartían un vínculo con un ave; principalmente halcones, águilas, búhos, palomas o cuervos; y los Jinetes de Dragón eran quienes podían sentir la libertad de la inmensidad de los cielos.

Cuando él era tan solo un niño de diez onomásticos, Bran perdió el uso de sus piernas al ser tirado por una de las ventanas de la Torre Rota por Ser Jaime Lannister, quien para ese entonces intentaba proteger a su amante y hermana, la Reina Cersei, de ser expuesta como adultera y as sí mismo de ser castrado y asesinado por romper sus votos de celibato, por no mencionar la naturaleza incestuosa del acto.

El cachorro Stark cuyo sueño en la vida era ser un Caballero de la Guardia Real, quedar completamente invalido había sido un fuerte golpe a su joven mente, perdió su razón y voluntad de vivir, incluso llegando a desear la liberación de la muerte, ignorando por completo los intentos de Robb, Theon y el Maestre Luwin de consolarlo.

No fue sino hasta conocer a la Salvaje Osha con su rareza y su extraña forma de sabiduría, que una pizca de luz regresó a su vida.

Pero para entonces, Padre estaba a punto de ser asesinado injustamente por el bastardo Joffrey Baratheon y la Guerra de los Cinco Reyes había visto sus primeras batallas, entre los ejércitos de Lord Tywin y las fuerzas de su tío Edmure.

Bran fue dejado atrás por su familia, con Madre en el Sur, Jon en el Muro, Sansa como prisionera en King's Landing, Arya huyendo por las Tierras de los Ríos y Robb liderando los ejércitos del Norte, fue él en quien recayó la responsabilidad de ser el Stark en Winterfell y cuidar al pequeño Rickon.

Con la traición de Theon, su mundo se derrumbó en cenizas.

Brandon tuvo que abandonar su hogar en las manos de los hijos del hierro y huir junto a su hermanito, Hodor y Osha hacia el Muro, con la esperanza de reencontrarse con Jon y buscar la protección de la Guardia Nocturna.

En su escape al norte, algo ocurrió, o mejor dicho, Bran se encontró con personas que cambiaron por completo su destino.

Jojen y Meera Reed.

El joven heredero de Greywater Watch era como él, ambos tenían el don y con sus enseñanzas, Bran expandió su visión del mundo, la idea de que en el Norte y más allá del muro existían hombres capaces de usar algún tipo de magia para cambiar de piel con animales, o para tener visiones y prever eventos que no habían ocurrido o que estaban transcurriendo en ese instante en otro lugar del mundo, todo eso era tan nuevo para él.

Y Meera, la increíble, fuerte, amable y realmente hermosa dama, ella los había protegido, cuidado de ellos, incluso en el terrible y peligroso ambiente del Norte Verdadero. Ella había robado su corazón.

De no haber sido por su accidente, tal vez ellos jamás se hubieran conocido. Incluso era posible que Bran nunca hubiese desarrollo sus habilidades como Warg o Greenseer.

Jamás se hubiese llegado a enamorarse de la Dama del Cuello.

Ocho años después y ahora Brandon Stark, hijo de Ned Stark y Catelyn Tully, se arrepentía con todo su ser de haber seguido ese camino hasta su final.

Sí, se había convertido en el Cuervo de Tres Ojos, el más poderoso de los Verdevidentes en existencia, alguien capaz de controlar docenas de aves al mismo tiempo, ver el pasado a su gusto en interferir hasta cierto punto con él y tener visiones del futuro, una entidad que era prácticamente una extensión de los Antiguos Dioses…

Y sin embargo.

Moriste en esa cueva.

El joven que había sido, había desaparecido completamente ante la memoria del mundo, ante el poder del Cuervo, ante la mente y la personalidad del su predecesor, el Bloodraven.

Su propio ser se perdió junto a su Lobo Huargo, Summer y a su protector, Hodor –Willis– la noche que los Caminantes Blancos atacaron su escondite bajo el Weirwood… Todo para poder derrotar al Rey de la Noche, todo para que Brynden Rivers llegara al trono de hierro.

Porque había sido su esencia la que había controlado su cuerpo, había sido el bastardo de Aegon Cuarto quién robó su lugar en la manada de Lobos y controló los eventos para terminar usurpando en trono de las manos de su verdadero heredero.

Pero ahora, su mente estaba tan clara y limpia como un cristal, la personalidad de antiguo Cuervo ya no opacaba la suya, Brandon Stark vivía nuevamente.

Aún así, él no sabía como volver a ser ese niño que huyó de su hogar hace tanto tiempo, ese niño inocente, ese niño alegre, ese niño lleno de esperanza.

Su única salvación era el estoicismo forzado que Bloodraven adoptó como expresión natural en su rostro.

Al menos, gracias a regresar a su viejo cuerpo, su movilidad había vuelto, aún podía caminar, correr, brincar, escalar… no que necesitara subirse a los techos para sentirse en el cielo cuando ahora podía volar en verdad.

Y después de una década si poder hacer uso de sus piernas, Brandon no tenía ni la más mínima prisa de volver a escalar los muros de Invernalia.

Puede que Bloodraven se encuentre con vida más allá del muro y fuera en teoría el poseedor del título del Cuervo, pero Bran aún recordaba todo lo que había aprendido.

Entrar en las pieles de los cuervos era como una segunda naturaleza para él ahora, hacerlo con una parvada completa era un poco más complicado, requería que su persona se dividirá entre cada ave –cabe mencionar que su cuerpo y mente no estaban muy contentos con él por eso– pero por su familia lo valía.

Bran había recibido la responsabilidad como el Maestro de los Susurros para los Reyes de Invierno, por sugerencia de Sansa y Arya.

Si bien tanto Robb como Jon no parecían muy contentos con la idea de hacer uso de sus habilidades como Cambia Pieles y Verdevidente, al final ambos se dejaron convencer por sus hermanos y hermanas menores.

Su primera misión había sido bastante sencilla, Bran actuaría de emisario.

Desde que aún eran meros infantes ante los ojos del Padre, Madre, el Maestre Luwin y Ser Rodrik, su acceso a los cuervos de Winterfell estaba severamente restringido, en especial teniendo en cuenta las misivas que sus hermanos planeaban repartir por todo el continente.

Brandon, haciendo uso de sus poderes como el Cuervo de Tres Ojos, reunió una enorme parvada de cuervos, cerca de un centenar y los atrajo a Winterfell de a grupos de veinte por día y desde la ventana de los aposentos de Robb, los pergaminos con los mensajes de sus Reyes y su Dama serían asegurados en una de sus patas y Bran se encargaría de guiarlos a sus destinos.

Mensajes habían sido enviados a cada una de las Fortalezas del Norte, del Valle y del Tridente, específicamente a quienes dentro de dicho castillo habían recuperado sus recuerdos del viejo mundo.

Cada carta fue personalizada por sus hermanos para cada Señor que fuera dirigida, desde los viejos Jon Umber, Galbart Glover, Wyman Manderly, Craig Mazin y Jeor Mormont, hasta los jóvenes herederos como Lyanna Mormont, Alys Karstark y Daryn Hornwood, junto a su hermano bastardo Larence Snow.

Por si parte, Mance Raider, Ygritte y Val habían sido objetivos difíciles de alcanzar para Bran. Los mensajes enviados por Jon al actual Rey más allá del muro, la Lancera besada por el fuego y la Princesa Salvaje eran de suma importancia, pero con la interferencia de Bloodraven y el Rey de la Noche, muchos de sus cuervos se perdieron tan pronto cruzaron el muro.

Al menos había podido pasar desapercibido un par de veces y logró adentrarse en el enorme campamento del Pueblo Libre, logrando poner en contacto a la Corona de Invierno con sus posibles futuros aliados.

Lo sentía por Sansa, Bran estaba plenamente consciente de los sentimientos de su hermana por su primo –aunque no estaba para nada orgulloso de como lo había descubierto, Sansa era una mujer hermosa y todo, pero él no era un Targaryen y verla tener sexo con Jon a través de los ojos del Árbol Corazón era algo que deseaba olvidar, no que en verdad pudiese– pero traer al Pueblo Libre al sur del Muro, y con ellos a las amantes de Jon, era algo imperativo para la victoria en la Gran Guerra.

Luego estaban los mensajes privados de Robb con una hermosa mujer extranjera, de piel morena y facciones típicas de Essos.

Bran nunca llego a conocerla en persona, pero sabía quien era ella, Talisa Maegyr, una curandera que prestaba sus servicios en las Tierra del Oeste, cerca del Golden Tooth, hija de uno de los Triarcas de Volantis pero en Westeros era posiblemente una mujer aún más importante.

Ella era la esposa de Robb, la Reina Consorte del Norte y el Tridente.

Había observado un poco el contenido de las cartas, cuando ella las abría usualmente Bran hacia que el cuervo saltara al hombro de su futura Reina y leía por encima el mensaje.

Nada interesante más allá de explicaciones, declaraciones de amor y peticiones para que se mantuviera a salvo, lo más importante era las órdenes de Robb para que Talisa viajara al Norte, evitando vías principales y cualquier patrulla Lannister, que tan pronto se adentrara en las Riverlands, un batallón de caballería iría a buscarla.

De allí nació su principal responsabilidad como Maestro de los Susurros. La vigilancia y el Espionaje.

A decir verdad el Norte necesitaba con urgencia cambia pieles vinculados a aves y en todo caso gatos y ratones, para establecer una red de espionaje lo suficientemente grande como para rivalizar a los pajaritos de Varys. Pero hasta que el Pueblo Libre se uniera a ellos, él sólo tendrá que bastar.

Por ahora sus principales objetivos de vigilancia eran:

Talisa, por obvias razones. Ella estaba en territorio enemigo, completamente sola y sin apoyo de las tropas del Norte, sin escudos jurados o un caballero real para cuidarla, por lo que Bran debía observarla y guiarla mediante su cuervo hasta que alguien de la confianza de Robb la alcance y traiga a Winterfell a salvo.

El Dreadfort fue su segunda prioridad, Roose y Ramsey Bolton eran amenazas para la casa Stark y no se les podía dejar actuar sin consecuencias.

No estaba seguro, pero Bran creía que Ramsey recordaba, el era impredecible, despiadado y un hombre desquiciado, por lo que era mejor mantener el ojo de un cuervo siempre siguiendo al Bastardo del hombre desollado.

Sus hermanos estaban seguros que los enemigos ancestrales de su familia estaban tramando algo. Y con su descubrimiento de la leva llamada por Roose a sus abanderados y las familias Dustin y Ryswell, hizo poco más que confirmar sospechas.

Aunque Roose no era alguien para actuar tan descuidadamente, y convocar a sus estandartes era nada menos una declaración de guerra.

En Desembarco del Rey tenía al menos a cuatro de sus cuervos.

Uno de ellos había originalmente volado directo a la calle del acero en busca de un joven ciervo que ocultaba sus astas bajo el hierro de un casco con forma de toro.

Llevaba un mensaje consigo, convocando al cervatillo a Winterfell por orden de los Reyes del Invierno, la Dama de Winterfell y la Princesa Arya. Además de detallar un lugar y tiempo de reunión en los muelles de la ciudad, para encontrarse con un contrabandista de la Cebollas.

Lord Gendry sería recibido con los brazos abiertos en la Corte del Lobo.

Por supuesto, el contrabandista también había sido llamado a la Capital del Invierno para ejercer la posición de Mano del Rey para Jon, además de secuestrar o mejor dicho liberar de su confinamiento a la Princesa Shireen de las garras de su madre loca y su padre fanático religioso.

Con esta acción solo aseguraban aún más una Guerra entre los Ciervos y los Lobos, pero todos sus hermanos y él mismo acordaron que jamás permitirían que la joven Baratheon fuera quemada en la hoguera por sus padres siguiendo las sugerencias de la mujer roja.

Sus otros cuervos en King's Landing mantenían vigilancia en Robert Baratheon, Varys y Littlefinger.

El Demonio del Tridente no recordaba, no que hiciera alguna diferencia, en el antiguo mundo Robert había muerto mucho antes que nada importante pasase. El rey pasaba prácticamente todo su día cogiendo prostitutas, bebiendo y comiendo.

Nada que reportar ahí.

Con las principales mentes manipuladoras de los Siete Reinos, Bran tuvo que mantener un mayor grado de atención sobre ambos, pero por ahora todo seguía el curso del mundo anterior.

Varys con su plan para la restauración Targaryen junto a Illyrio Mopatis, centrado en Viserys, Daenerys y un tal Joven Griff… bueno, ese nombre era nuevo, tendría que investigar más.

Petyr Baelish por su parte estaba manipulando sus esquemas para el inicio de la guerra Stark–Lannister, planeando la muerte de Jon Arryn y haciendo que Lysa culpara a los Lannister.

Ellos debían hacer algo para detenerlo.

Por ahora su mejor opción, por increíble que pareciese, era Robert Arryn, el primo enfermo de los jóvenes Stark.

El pequeño Halcón recordaba el viejo mundo y gracias a su cercanía con Sansa, podían ponerlo de su lado fácilmente. Unas palabras de la Loba Roja serían más que suficiente para convencerlo de la traición de Littlefinger y de la locura de Lady Arryn.

Ahora que lo pensaba, Lord Robert Arryn, durante el Gobierno del Bran el Roto –Realmente Bloodraven– había pedido su permiso para cortejar formalmente a la Reina del Norte.

No salió bien, obviamente, pero durante el su estancia en Invernalia Sansa se había encargado de ensuciar la percepción del joven sobre su Tío Petyr.

Por último, una de sus aves se había dedicado a seguir la caravana Lannister todo el camino a las Tierras del Oeste.

Por alguna razón Cersei había ordenado a todos los Leones en la capital a abandonar la ciudad y regresar a la Roca.

La única explicación que se le ocurría era que la Reina Lannister había despertado con sus recuerdos y había decidido huir de la cuidad en llamas que la vio morir.

Jaime Lannister y su hijo Joffrey lideraban la marcha, ambos montados en caballos de guerra, cubiertos de pies a cabeza en armadura y espadas en sus cinturas, en el caso de Ser Jaime, dos hojas de acero colgaban a sus costados.

Lo más extraño que presenció durante la marcha de ese mar de armaduras rojas y doradas fue la actitud del Príncipe Bastardo.

Joffrey era diferente. No diferente como si recordara los hechos transcurridos hasta la Boda Púrpura. No, él era diferente como si de un hombre totalmente distinto se tratase.

Sin embargo, a pesar de las órdenes de sus hermanos, hubo un lugar, o en verdad, una persona sobre quien Bran solía mantener su vista centrada.

Jamás lo admitiría en voz alta, pero durante sus vuelos, al menos tres de sus aves visitaban con frecuencia a una mujer en especial.

Bran no podía evitar enviar todos los días a uno de sus familiares a observarla a ella. Fue por ella que Bran tenía que escaparse de sus lecciones con el maestre para adentrarse en la mente de sus aves solo para poder verla por unos momentos.

Por supuesto ella siempre lo ignoraba, incluso cuando hacía bastante obvio el hecho que era él quien se encontraba en el cuervo, ella estaba molesta con él, ella lo odiaba, y Brandon lo entendía perfectamente, la forma en que la trató en el viejo mundo era imperdonable.

Él odiaría por siempre a Bloodraven por su trato a Meera, por alejarla de Bran, por hacerla creer que él solo la estaba usando y por llamarla durante su Reinado sobre los Seis Reinos, pidiéndole que fuera su Consorte!

Al menos ella había rechazado despiadadamente al Cuervo de Tres Ojos, cuando se atrevió a insinuar que ella sería una amante y compañera adecuada para el Rey Bran el Roto.

Pero Brandon la amaba, realmente la amaba y si la única forma de ver su hermoso rostro y su preciosa sonrisa era a través de los ojos de sus cuervos a cientos de miles de leguas de distancia, entonces estaba dispuesto a ser solo un mero espectador en su vida.