Disclaimer: Nada me pertenece; hago esto solo por diversión. La historia le pertenece a Karen Marie Moning y los personajes son de Mizuki e Igarashi, con excepción de algunos nombres que yo agregué por motivos de adaptación.
La historia está clasificada como M ya que puede haber algunas escenas no aptas para todo público.
Capítulo 6
No soy un buen hombre.
Fue la única advertencia real que alguna vez recibiría de él sobre su dulce e inevitable caída en desgracia.
Albert tomó un sorbo de whisky y la miró fijamente. Ese beso, ese simple sorbo de beso todavía yacía en su lengua, dulce como la miel, y ninguna cantidad de whisky podría borrarlo. Apenas había comenzado a probarla cuando ella lo detuvo.
Y detenerse casi lo había matado. Su lengua en su boca, sus manos en su cabello, por un breve momento se había llenado de ira helada, pura y negra, algo que se rehusaba a ser negado. Los antiguos se habían agitado, exigiendo que saciara su hambre. Oblígala, había ronroneado una voz oscura. Puedes hacer que a ella le guste.
Había librado una terrible batalla contra ellos, de ahí el cuidado con el que se había alejado. Esa oscuridad no era él. No sería él. Él no lo permitiría. Podría consumirlo con demasiada facilidad.
Él sabía que no debería estar en el dormitorio. No estaba de buen humor por muchas razones, una de las cuales era que había usado magia antes, primero en una breve visita a Seguridad antes de que ella despertara, recordándoles que vieron a Kelly Whitlock irse ayer, y más tarde cuando había intentado escapar, una acción refleja, sin pensar. El cerrojo interior estaba cerrado para variar, ella lo había abierto y él lo había bloqueado con una palabra susurrada antes de que ella pudiera abrirlo.
Luego, presionado contra ella, con espadas entre ellos y un poco de sangre en su piel y la oscuridad aumentando, había dejado claro el costo de su escape: su vida.
Apostando que retrocedería rápidamente.
Una parte perversa de él retándola a terminar con su deshonra con la punta de su propia espada.
En cualquier caso, tendría más paz.
Ella había aceptado su espada y se había quedado. Ella no comprendía todo el significado de eso. Cuando un druida ofrecía su arma favorita, su Selvar, la que llevaba contra su piel, a una mujer, le ofrecía su protección. Su tutela. Para siempre.
Y ella lo había aceptado
Estaba durmiendo boca arriba, la única manera que podía hacerlo, con las muñecas atadas, aunque él había dejado un juego considerable con las ataduras. Sus encantadores pechos subían y bajaban con las suaves y lentas respiraciones del sueño profundo.
Él debería dejarla ir
Y sabía que no iba a hacerlo. Quería a Kelly Whitlock de una forma que nunca antes había deseado a una muchacha. Ella lo hacía sentir como un muchacho adolescente, queriendo impresionarla con proezas masculinas, protegerla, saciar todos sus deseos, ser el foco de su brillante corazón, tan lleno de inocencia. Como si de alguna manera pudiera limpiarlo nuevamente.
Ella era curiosidad y maravilla; él era cinismo y desesperación. Ella estaba llena de sueños; él estaba tallado y hueco por dentro. El corazón de Kelly era joven y verdadero; el suyo estaba helado de desilusión, y apenas latía lo suficiente para mantenerlo con vida.
Ella era todo lo que había soñado alguna vez, hace mucho tiempo. El tipo de muchacha a la que le habría dado votos druidas vinculantes, a la que habría comprometido su vida para siempre. Inteligente, la mujer hablaba cuatro idiomas que él conocía. Tenaz, decidida, lógica en un sentido tortuoso. Real, creyente en las cosas. Protectora de las viejas costumbres, eso era evidente cada vez que ella lo veía pasar una página. Dos veces ella le había dado un pañuelo para que lo hiciera cuando se le hubiera olvidado, no fueran a mancharse las preciosas páginas con el aceite de su piel.
Y podía sentir en ella a una mujer que quería escaparse. Una mujer que había vivido una vida tranquila, una vida respetable, pero que tenía hambre de más. Podía sentir, con los infalibles instintos de un depredador sexual, que Kelly era lasciva de corazón. Que al hombre al que ella eligiera conceder libertades se las concedería incondicionalmente. Sexualmente agresiva, dominante hasta los huesos, reconoció en ella a su compañera de cama perfecta.
Albert era un hombre que no podía ofrecer ninguna promesa ni seguridad. Un hombre con una oscuridad terrible creciendo en su interior.
Y todo lo que podía pensar era...
...cuando la tomara, le quitaría la ropa del cuerpo, dejando al descubierto cada centímetro de ella ante su inmensa hambre.
Se estiraría encima de ella, con los antebrazos pegados a la cama a cada lado de su cabeza, sujetando su largo cabello bajo su peso. Él la besaría...
Él la estaba besando y ella se estaba ahogando en el calor y la sensualidad del hombre. Con las manos atadas a los postes de la cama, el cuerpo desnudo, yacía en la cama de él, ardiendo. Suya para que la tomara.
No sólo la besó, reclamó su propiedad. Tomó su boca con urgencia, como si su vida dependiera de besarla. Lamió, mordisqueó y saboreó, chupando su labio inferior, atrapándolo con los dientes. Sus manos estaban sobre sus pechos y su piel le dolía de necesidad donde él tocaba. La besó larga, profunda y lentamente, luego la besó fuerte, castigador y rápido...
...como porcelana fina, porcelana delicada, entonces él la castigaría con besos duros por ser tan perfecta, por ser todo lo que no merecía. Por el asombro que todavía sentía, el asombro que le hacía recordar haber sentido una vez.
Al ser hombre, tendría que saber que ella lo necesitaba. Así que besaría cada centímetro de su piel sedosa, arrastrando su lengua sobre las puntas de sus pezones. Rascándolos con su mandíbula sin afeitar, hasta que brotaron duros y apretados para él, mordisqueando con los dientes, luego trasladaría esos besos al dulce calor femenino entre sus piernas, donde saborearía ese tenso y doloroso capullo. Lentos y largos movimientos de su lengua allí.
Mordiscos muy delicados.
Luego movimientos más fuertes, cada vez más rápidos hasta que ella se retorciera debajo de él.
Pero aún así, ella no sería lo suficientemente salvaje para él.
Entonces él deslizaría su dedo dentro de ella. Encontraría ese lugar, uno de varios lugares especiales, que volvía loca a una mujer. Sientiría cómo ella se contraería convulsivamente alrededor de él. Sentiría su hambre. Luego se retiraría y volvería a saborearla con la lengua. Lamiendo. Lamiendo. Ahogándose en el dulce sabor de ella.
Luego dos dedos. Luego su lengua. Hasta que ella...
—¡Por favor!—, gritó Kelly, arqueando la espalda, arqueándose cada vez más, rogando por su toque.
Albert se alzaba sobre ella, su duro cuerpo dorado por la luz del fuego, una capa de sudor brillando en su piel.
—¿Qué quieres, Kelly?—. Su brillante mirada la desafió, la desafió a querer, la desafió a hablar de aquellas cosas que nunca había dicho en voz alta. Fantasías secretas que albergaba en su corazón de mujer. Fantasías que ella sabía que él estaría más que dispuesto a cumplir; todas y cada una.
—¡Por favor!—, gritó ella, sin saber cómo expresarlo con palabras. —¡Todo!
Sus fosas nasales se dilataron e inhaló bruscamente, y de repente ella se preguntó si había dicho algo mucho más peligroso de lo que sabía.
—¿Todo?—, ronroneó él. —¿Todo lo que podría querer? ¿Todo lo que podría soñar con hacerte? ¿Quieres regalarme tu inocencia... sin condiciones?
Pasó un latido del corazón, luego dos.
...diría que ella lo necesitaba. Ella estaría dispuesta a abandonarlo todo. Albert dedicaría sus años de maestría, todos esos años en los que había hecho el amor acalorado y con un corazón frío, a mujeres que no querían nada de él más que su cuerpo, a las exuberantes curvas de Kelly, la parte posterior de sus rodillas, el interior de sus muslos, lamiendo cada centímetro con su lengua. La desataría y la pondría boca abajo. Le estiraría las manos por encima de la cabeza, las cogería con una de las suyas y le mordisquearía la nuca. Arrastraría su lengua por su columna, prodigando atención a su lugar favorito, el arco delgado y delicado donde la espalda de una mujer se unía con su trasero, y luego besaría cada centímetro de su dulce trasero.
Arrodillándose sobre ella, a horcajadas sobre ella, rozaría sus suaves curvas con su duro miembro, sintiéndola corcovear arriba y abajo…
—¡Albert!—, gritó Cloe. Él estaba detrás de ella, caliente, sedoso y duro contra su trasero, y ella se sentía tan condenadamente vacía por dentro que le dolía.
—¿Qué, muchacha?
—Hazme el amor—, jadeó ella.
—¿Por qué?—. Se estiró encima de ella, piel con piel desde la cabeza hasta los dedos de los pies, con las palmas en el dorso de las manos, presionándolas contra la cama, dejándola sentir todo su peso, haciéndole difícil respirar. Él le abrió los muslos con la rodilla. Movió sus caderas, empujando contra ella, pero no dentro de ella. Jugando deliberadamente con ella.
—Te deseo.
—El deseo no es suficiente. Debes sentir que no puedes respirar sin mí dentro de ti. ¿Me necesitas? ¿No importa el costo? ¿Aunque te he advertido que no soy un buen hombre?
—¡Sí! ¡Dios, sí!
—Dilo.
—¡Te necesito!
—Di mi nombre.
—¡Albert!
Kelly se despertó de golpe con un sobresalto violento, sudando y respirando con dificultad, y tan intensamente excitada que le dolía de la cabeza a los pies. —Q-qué...—, se interrumpió, recordando el sueño. Oh, Dios, pensó, consternada. Sacudiendo la cabeza, de repente se dio cuenta de que no estaba sola.
Él estaba en la habitación con ella.
Sentado a menos de medio metro de ella en una silla al lado de la cama, mirándola con esos brillantes ojos de tigre.
Sus miradas chocaron.
Y tuvo la terrible sensación de que él de alguna manera lo sabía. Sabía que ella había estado soñando con él. En su ardiente mirada había una extraña satisfacción.
Un sofoco la invadió desde la cabeza hasta los pies. Ella miró hacia abajo frenéticamente. Gracias a Dios, todavía estaba completamente vestida. No había sido más que un sueño.
No era posible que lo supiera.
Se tapó con las mantas hasta la barbilla. El aire en la habitación era realmente gélido.
—Parecías inquieta—, ronroneó, su voz oscura como la habitación en sombras. —Vine a ver cómo estabas y pensé en sentarme cerca hasta que te calmaras.
—Estoy tranquila ahora—, mintió descaradamente. Su corazón latía con fuerza y se dio la vuelta para no traicionar algo con sus ojos.
Ella le lanzó un vistazo rápido. Hombre muy guapo. Sentado como una estatua medio dorada por la luz del fuego moribunda. Un lado de su rostro dorado, el otro en sombras. Ella casi estaba jadeando. Se mordió el labio para quedarse callada.
—¿Entonces debería irme?
—Deberías irte.
—¿No... necesitas... nada, pequeña Kelly?
—Sólo que me dejes ir—, dijo con rigidez.
Nunca, pensó Albert, cerrando firmemente la puerta.
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Cuando ella despertó, Albert se quedó atónito al darse cuenta de que de alguna manera sus pensamientos, la dolorosamente intensa seducción que había estado imaginando, se había infiltrado en sus sueños.
Poder. Había poder en su interior y no se atrevía a olvidarlo. De alguna manera ese poder la había hecho compartir su fantasía.
Una cosa peligrosa
Aparentemente, había usado magia una vez más, sin siquiera darse cuenta.
Un músculo se tensó en su mandíbula. Se estaba volviendo condenadamente difícil ver dónde empezaban los antiguos y dónde terminaba él.
Todavía tenía trabajo que hacer esta noche, se recordó a sí mismo, sacudiéndose bruscamente, resistiendo la oscuridad que se estiraba y flexionaba dentro de él. La oscuridad que intentó convencerlo de que era un dios y que todo lo que deseaba era suyo.
Mientras se calzaba las botas y se ponía el abrigo, lanzó una última mirada en dirección al dormitorio antes de salir del penthouse. Estaba fuertemente atada y nunca sabría que él se había ido. Sería sólo por unas pocas horas.
Antes de salir, subió el termostato. Hacía frío en el penthouse.
GeoMtzR: Gracias por tus palabras de aliento, siempre motivan a seguir adelante con las historias. Como ves Kelly está más enamorada de lo que se atreve a admitir de Albert y viceversa. Solo que Albert siendo tan poderoso es capaz de influenciar aun sus sueños.
Marina777: Así es como el amor entre ellos ha comenzado a despertar pero ninguno se atreve a creerlo o aceptarlo. Kelly por no sentirse atractiva, Albert por temor a su propia oscuridad. Espero que hayas disfrutado de este capítulo.
Gracias a quienes leen esta historia y la siguen capitulo a capitulo, nos vemos la próxima.
