Capítulo 3


En el interior de la Cámara de Canalización se podía percibir un ligero olor a incienso cuya procedencia no era identificable debido a la inexistencia de su rastro humeante. Más bien parecía como si hubiera sido quemado días atrás y el hermetismo de la estancia no hubiera permitido que se disipara por completo. El único sonido audible en aquel momento era el chisporroteo de las llamas que ardían en las numerosas velas dispuestas por todo el lugar.

Cualquiera que se adentrara en la estancia podría afirmar que más que una puerta, pareciera que acababa de cruzar un portal hacia una dimensión en la que el tiempo se había detenido siglos atrás.

La sacerdotisa Bikini esperaba delante del improvisado altar mientras Maya y Pearl se adentraban en la habitación.

—Sabes cuál es tu tarea, Maya la Mística —Bikini se dirigió a la médium de mayor edad. Las flamas de las velas se reflejaban en su rostro y, junto a las sombras que se formaban en los lugares donde no alcanzaba la luz, le aportaban un aspecto misterioso y atemporal—. Cuando lo desees, puedes comenzar. Pearl la Mística y yo estaremos aquí para supervisar y actuar si… algo no sale como debe —aquella era la forma de recordar, implícitamente, que, si no se tenía la suficiente precaución, un ente maligno podría poseer su cuerpo durante el proceso.

Maya asintió con la cabeza y miró a su prima durante apenas un par de segundos. Fue un gesto rápido, pero la mirada que se encontró con la suya le comunicó todos los deseos de fuerza y ánimo que no estaban siendo pronunciados con palabras.

La médium se arrodilló sobre el tatami y tomó asiento sobre sus talones, manteniendo la espalda recta. Se encontraba frente al objeto de aspecto similar a un espejo, quedando la puerta que había cruzado unos instantes antes tras ella. Por los sonidos que le llegaron de cada lado, supo que sus dos acompañantes también habían tomado asiento y estaban preparadas.

Respiró hondo para disipar los pensamientos de inseguridad que se agolpaban en su mente. Se dijo a sí misma que podría hacerlo, mientras recordaba las palabras que Phoenix le había hecho prometer, la manera en la que todo su círculo más cercano confiaba en ella…

Levantó las manos a la altura del pecho y las unió en forma de rezo. Había memorizado perfectamente el nombre y el rostro de los espíritus que tendría que canalizar, así como el orden en que les permitiría materializarse.

Cerró los ojos para concentrarse en el rostro del primer espíritu y lo llamó por su nombre completo a través de su mente. Visualizó cada detalle de su rostro: las facciones que destacaban en él, así como cada pequeña e insignificante marca o arruga. Se separó de sus sentidos físicos como quien apaga una radio para dejar de escuchar su sonido; se sentía como una energía libre capaz de abandonar ese cuerpo en cualquier momento.

El ente que estaba invocando respondió a su llamada. Percibió cómo esa fuerza ajena se iba acercando a ella, poco a poco, y le abrió las puertas de su cuerpo físico. Le permitió que utilizara su materia para adoptar los rasgos y la complexión que le habían hecho reconocible ante los demás durante su vida. Una sensación electrizante le recorrió todo el cuerpo, desde la cabeza hasta los dedos de los pies, avisándola de que su piel había cambiado por la del ente. Su conciencia seguía estando presente dentro de aquel cuerpo, aunque había quedado relegada al rincón más profundo del mismo como mera espectadora de los acontecimientos. Sin embargo, sabía que en el momento en que volviera a recuperar el control de su cuerpo físico, no recordaría nada de aquello.

Tuvo que repetir ese mismo proceso con cada uno de los espíritus que canalizó en aquella sesión, pasando de uno a otro sin permitirse recuperar el control físico entre cada cambio, manteniéndose en aquel estado de trance consciente entre el mundo físico y el espiritual.

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Pearl no se había movido ni un centímetro desde el inicio. Podrían haber transcurrido minutos u horas, pero su cuerpo continuaba tenso como la cuerda de un arco antes de disparar. No apartó la mirada del lugar que ocupaba su prima o, al menos, había ocupado antes, ya que, desde entonces, no había vuelto a contemplar su familiar figura en aquel cuerpo, consciente de que su esencia seguía en algún lugar ahí dentro.

Se estaba obligando a controlar su propia respiración para hacerla lo más silenciosa posible, ya que incluso el sonido del aire al salir de su nariz le parecía demasiado ruidoso en aquel denso silencio que la rodeaba. En ningún momento dejó de rezar, mentalmente, por el éxito y la protección del espíritu de Maya.

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El tiempo había transcurrido fuera de la estancia, aunque dentro de ella todo permanecía exactamente igual. Maya supo que había recuperado su cuerpo cuando sintió la calidez del ambiente rozarle la piel de la cara y el cuello. Fue adentrándose en su propio cuerpo y volviendo a conectar con sus sentidos: el rastro del incienso llegó a su nariz y de nuevo fue consciente del crujido de las velas siendo consumidas lentamente por su llama. Abrió los ojos despacio, sensibles incluso con la tenue luz de las velas a su alrededor, una señal del largo tiempo que había pasado con ellos cerrados. Bajó las manos hasta su regazo, sintiendo el entumecimiento en cada uno de los músculos de su cuerpo, y sacudió los hombros para liberarse de la tensión acumulada.

Intentó ponerse en pie, no sin esfuerzo, mientras seguía recuperando el control de sus extremidades. Se giró, dando la espalda al altar que había estado enfrentando todo ese tiempo, y se encontró de frente con su prima y la sacerdotisa que la miraban con fascinación, esta última sosteniendo algo entre sus manos.

La mujer de mediana edad se acercó a ella con pasos lentos y le colocó una especie de colgante en el cuello. Luego dio un paso atrás, contemplando la figura que tenía frente a ella: la nueva Maestra de Kurain. Acto seguido, inclinó la cabeza en una pequeña reverencia.

Maya bajó la mirada hacia el colgante y sintió que las lágrimas le inundaban los ojos al ver de qué se trataba: un talismán rojo, con el blasón que identificaba a la Maestra; el mismo que había llevado su madre durante años.

—Enhorabuena, Maya la Mística —dijo Bikini con una sonrisa y una mirada llena de orgullo.

Pearl la observaba con admiración y un brillo en los ojos que bien podrían ser lágrimas contenidas. Avanzó unos pasos en dirección a Maya y la abrazó: feliz por lo que había conseguido y por haber tenido el privilegio de contemplarla durante todo el proceso.

La nueva Maestra correspondió el abrazo de su prima y permanecieron así, abrazadas, durante unos largos minutos, mientras que permitían que esas lágrimas de felicidad recorrieran sus mejillas.


El sol se acercaba al horizonte, pintando el cielo de tonos rosados y anaranjados. Los frondosos árboles recortados contra esos cálidos colores ofrecían un paisaje digno de admirar.

Trucy y Phoenix charlaban sentados sobre uno de los bancos de piedra del jardín de la mansión. La tibieza de la roca bajo ellos, que el sol había calentado durante el día, contrastaba con la brisa fresca que arrastraba la humedad procedente del estanque cercano.

—Papi, ¿puedo preguntarte algo? —interrumpió Trucy mientras observaba el suave movimiento que se dibujaba en la superficie del agua.

—Claro, Trucy. Pregunta lo que quieras —respondió su padre.

—¿Es cierto que tú eres la persona especial de la Srta. Maya? —preguntó la maga volviéndose hacia Phoenix, con una sonrisa en el rostro y los ojos brillantes.

—¿Q-qué? —contestó sobresaltado mientras la observaba con una expresión de sorpresa.

—Pearl me explicó que una persona especial es alguien que… —empezó a aclarar Trucy, pero fue interrumpida antes de poder terminar.

—Ya, ya sé lo que es una persona especial… pero ¿p-por qué me preguntas eso?

—Porque… creemos… creo —se corrigió— que te gusta la Srta. Maya… —dijo mientras seguía sonriendo. Miró a su padre, que aún la observaba con los ojos algo abiertos por la sorpresa. Le pareció que sus mejillas también estaban un poco sonrosadas—. Te conozco desde hace años y creo que nunca te he visto tan feliz como cuando la Srta. Maya está cerca, o cuando hablas de ella. Además, esta mañana también te noté diferente, como si anoche hubieras estado hablando con ella o… porque sabías que ibas a encontrarte con ella.

Phoenix estaba perplejo. ¿Serían sus emociones tan visibles para los demás o se debía a la habilidad que tenía su hija para leer esos cambios apenas imperceptibles en los rostros ajenos?

—No te preocupes, papi. No se te nota tanto, pero ya sabes que a mí no se me escapa nada —respondió Trucy como si hubiera sido capaz de leer sus pensamientos.

Su padre le dedicó una sonrisa cómplice, en parte orgulloso de aquel don que Trucy había mostrado desde muy pequeña, pero por otra parte decepcionado por haber sido descubierto.

—Veo que no puedo ocultarte nada, Trucy. No me queda más remedio que ser sincero: tienes razón… me gusta Maya.

—¡Lo sabía! —se puso de pie con un salto y alzó las puños como si estuviera celebrando una victoria—. ¿Eso quiere decir que por fin voy a tener una mami?

—Trucy… —Phoenix suspiró antes de continuar hablando—. No es tan fácil como piensas…

—¿Eso quiere decir que no? —la maga se puso las manos en las caderas e hizo una mueca, mostrando el descontento ante esas palabras de su padre—. Papi, la Srta. Maya sería la mami perfecta: es muy guapa y buena conmigo, es divertida y además te hace feliz.

—Trucy… —le pidió Phoenix con seriedad—. Siento decirte que no vas a tener ninguna mami… de momento —la mueca en el rostro de la maga se transformó en decepción—. Maya no sabe cuáles son mis sentimientos hacia ella —no tenía en mente contarle a su hija sobre el momento que habían compartido la noche anterior y dado que no se había sincerado con ella todavía… lo mantendría en secreto.

Los hombros de la chica estaban hundidos y en sus ojos se podía leer una mezcla de decepción y tristeza. Claramente no eran esas las palabras que esperaba por parte de su padre.

—Tienes que decírselo, papi.

—Hmm… s-sí, lo haré cuando llegue el momento adecuado—claro que había pensado en sincerarse con ella, pero ¿habría alguna posibilidad de que Maya sintiera por él algo similar a lo que él sentía por ella? Tenía una esperanza, ya que la noche anterior sintió que su beso era bien recibido por ella… Incluso pareció algo molesta cuando se separaron. Se prometió confesarle sus sentimientos la próxima vez que tuvieran un momento a solas.

Trucy asintió con la cabeza mostrando conformismo. Sin embargo, no se conformaría con esas palabras. Le contaría a Pearl lo que había descubierto y juntas quizás pudieran mover algunos hilos para acelerar ese momento.

—Yo siempre he querido una mami… pero lo que realmente deseo es que seas feliz.

—Lo sé, cariño. Yo también deseo tu felicidad… y quiero que sepas que con tenerte a mi lado ya soy inmensamente feliz —le dedicó una sonrisa llena de amor—. Fuiste el rayo de luz que iluminó mi vida en el momento más oscuro y lo sigues siendo.

Trucy le sonrió de vuelta y le rodeó el cuello con los brazos, fundiéndose en un abrazo. Le susurró contra el hombro:

—Te quiero mucho. Eres el mejor papi que alguien podría tener.


Hasta aquí el capítulo 3.

Siento que en este capítulo no hayáis tenido ninguna escena entre Phoenix y Maya, pero me apetecía mucho escribir tanto la escena de la canalización como algún momento padre-hija. Además, para no dejaros sin nada de shippeo, tenéis el momento en el que Phoenix admite ante su hija lo que siente por Maya.

Nos leemos en el próximo :)