Capítulo 10: El cáliz de fuego
Cuando bajaron a desayunar la mañana del 30 de octubre, descubrieron que durante la noche habían engalanado el Gran Comedor. De los muros colgaban unos enormes estandartes de seda que representaban las diferentes casas de Hogwarts: rojos con un león dorado los de Gryffindor, azules con un águila de color bronce los de Ravenclaw, amarillos con un tejón negro los de Hufflepuff, y verdes con una serpiente plateada los de Slytherin.
Detrás de la mesa de los profesores, un estandarte más grande que los demás mostraba el escudo de Hogwarts: el león, el águila, el tejón y la serpiente se unían en torno a una enorme hache. Harry, Ron y Hermione vieron a Fred y George en la mesa de Gryffindor. Aquel día había en el ambiente una agradable impaciencia. Nadie estuvo muy atento a las clases, porque estaban mucho más interesados en la llegada aquella noche de la gente de Beauxbatons y Durmstrang. Hasta la clase de Pociones fue más llevadera de lo usual, porque duró media hora menos.
Cuando, antes de lo acostumbrado, sonó la campana, Harry, Ron y Hermione salieron a toda prisa hacia la torre de Gryffindor, dejaron allí las mochilas y los libros tal como les habían indicado, se pusieron las capas y volvieron al vestíbulo.
Los jefes de las casas colocaban a sus alumnos en filas.
–Weasley, ponte bien el sombrero –le ordenó la profesora McGonagall a Ron–. Patil, quítate esa cosa ridícula del pelo.
Parvati frunció el entrecejo y se quitó una enorme mariposa de adorno del extremo de la trenza.
–Síganme, por favor –dijo la profesora McGonagall–. Los de primero delante. Sin empujar... Bajaron en fila por la escalinata de la entrada y se alinearon delante del castillo.
Era una noche fría y clara. Oscurecía, y una luna pálida brillaba ya sobre el bosque prohibido. Harry, de pie entre Ron y Hermione en la cuarta fila, vio a Dennis Creevey temblando de emoción entre otros alumnos de primer curso.
–Son casi las seis –anunció Ron, consultando el reloj y mirando el camino que iba a la verja de entrada–. ¿Cómo llegarán? ¿En el tren?
–No creo —contestó Hermione.
–¿Entonces cómo? ¿En escoba? –dijo Harry, levantando la vista al cielo estrellado.
–No creo tampoco... no desde tan lejos...
–¿En traslador? –sugirió Ron–. ¿Pueden aparecerse? A lo mejor en sus países está permitido aparecerse antes de los diecisiete años.
–Nadie puede aparecerse dentro de los terrenos de Hogwarts. ¿Cuántas veces se los tengo que decir? —exclamó Hermione perdiendo la paciencia.
Todo estaba en calma, silencioso y exactamente igual que siempre. Harry empezaba a tener un poco de frío, y confió en que se dieran prisa. Quizá los extranjeros preparaban una llegada espectacular... Recordó lo que había dicho el señor Weasley en el cámping, antes de los Mundiales: "Siempre es igual. No podemos resistirnos a la ostentación cada vez que nos juntamos..."
Y entonces, desde la última fila, en la que estaban todos los profesores, Dumbledore gritó: –¡Ajá! ¡Si no me equivoco, se acercan los representantes de Beauxbatons!
–¿Por dónde? –preguntaron muchos con impaciencia, mirando en diferentes direcciones.
–¡Por allí! –gritó uno de sexto, señalando hacia el bosque. Una cosa larga, mucho más larga que una escoba (y, de hecho, que cien escobas), se acercaba al castillo por el cielo azul oscuro, haciéndose cada vez más grande.
–¡Es un dragón! –gritó uno de los de primero, perdiendo los estribos por completo.
–No seas idiota... ¡es una casa volante! –le dijo Dennis Creevey. La suposición de Dennis estaba más cerca de la realidad. Cuando la gigantesca forma negra pasó por encima de las copas de los árboles del bosque prohibido casi rozándolas, y la luz que provenía del castillo la iluminó, vieron que se trataba de un carruaje colosal, de color azul pálido y del tamaño de una casa grande, que volaba hacia ellos tirado por una docena de caballos alados de color tostado pero con la crin y la cola blancas, cada uno del tamaño de un elefante.
Antes de que la puerta del carruaje se abriera, Harry vio que llevaba un escudo: dos varitas mágicas doradas cruzadas, con tres estrellas que surgían de cada una. Un muchacho vestido con túnica de color azul pálido saltó del carruaje al suelo, hizo una inclinación, buscó con las manos durante un momento algo en el suelo del carruaje y desplegó una escalerilla dorada. Respetuosamente, retrocedió un paso. Entonces Harry vio un zapato negro brillante, con tacón alto, que salía del interior del carruaje. Era un zapato del mismo tamaño que un trineo infantil. Al zapato le siguió, casi inmediatamente, la mujer más grande que Harry había visto nunca. Las dimensiones del carruaje y de los caballos quedaron inmediatamente explicadas. Algunos ahogaron un grito. En toda su vida, Harry sólo había visto una persona tan gigantesca como aquella mujer, y ése era Hagrid.
Al dar unos pasos entró de lleno en la zona iluminada por la luz del vestíbulo, y ésta reveló un hermoso rostro de piel morena, unos ojos cristalinos grandes y negros, y una nariz afilada. Llevaba el pelo recogido por detrás, en la base del cuello, en un moño reluciente. Sus ropas eran de satén negro, y una multitud de cuentas de ópalo brillaban alrededor de la garganta y en sus gruesos dedos.
Dumbledore comenzó a aplaudir. Los estudiantes, imitando a su director, aplaudieron también, muchos de ellos de puntillas para ver mejor a la mujer. Sonriendo graciosamente, ella avanzó hacia Dumbledore y extendió una mano reluciente. Aunque Dumbledore era alto, apenas tuvo que inclinarse para besársela.
–Mi querida Madame Maxime –dijo–, bienvenida a Hogwarts.
–«Dumbledog» —repuso Madame Maxime, con una voz profunda–, «espego» que esté bien.
–En excelente forma, gracias –respondió Dumbledore.
–Mis alumnos –dijo Madame Maxime, señalando tras ella con gesto lánguido. Harry, que no se había fijado en otra cosa que en Madame Maxime, notó que unos doce alumnos, chicos y chicas, todos los cuales parecían hallarse cerca de los veinte años, habían salido del carruaje y se encontraban detrás de ella. Estaban tiritando, lo que no era nada extraño dado que las túnicas que llevaban parecían de seda fina, y ninguno de ellos tenía capa. Algunos se habían puesto bufandas o chales por la cabeza.
Por lo que alcanzaba a distinguir Harry (ya que los tapaba la enorme sombra proyectada por Madame Maxime), todos miraban el castillo de Hogwarts con aprensión.
–¿Ha llegado ya «Kagkagov»? –preguntó Madame Maxime.
–Se presentará de un momento a otro –aseguró Dumbledore–. ¿Prefieren esperar aquí para saludarlo o pasar a calentarse un poco?
–Lo segundo, me «paguece» –respondió Madame Maxime–. «Pego» los caballos...
–Nuestro profesor de Cuidado de Criaturas Mágicas se encargará de ellos encantado –declaró Dumbledore–, en cuanto vuelva de solucionar una pequeña dificultad que le ha surgido con alguna de sus otras... obligaciones.
–Con los escregutos –le susurró Ron a Harry.
–Mis «cogceles guequieguen»... eh... una mano «podegosa» –dijo Madame Maxime, como si dudara que un simple profesor de Cuidado de Criaturas Mágicas fuera capaz de hacer el trabajo–. Son muy «fuegtes»...
–Le aseguro que Hagrid podrá hacerlo –dijo Dumbledore, sonriendo.
–Muy bien —asintió Madame Maxime, haciendo una leve inclinación–. Y, «pog favog», dígale a ese «pgofesog Haggid» que estos caballos solamente beben whisky de malta «pugo».
–Descuide —dijo Dumbledore, inclinándose a su vez.
–Allons-y! —les dijo imperiosamente Madame Maxime a sus estudiantes, y los alumnos de Hogwarts se apartaron para dejarlos pasar y subir la escalinata de piedra.
–¿Qué tamaño calculan que tendrán los caballos de Durmstrang? —dijo Seamus Finnigan, inclinándose para dirigirse a Harry y Ron entre Lavender y Parvati.
–Si son más grandes que éstos, ni siquiera Hagrid podrá manejarlos –contestó Harry—. Y eso si no lo han atacado los escregutos.
Para entonces ya tiritaban de frío esperando la llegada de la representación de Durmstrang. La mayoría miraba al cielo esperando ver algo. Durante unos minutos, el silencio sólo fue roto por los bufidos y el piafar de los enormes caballos de Madame Maxime. Pero entonces...
–¿No oyes algo? –preguntó Ron repentinamente. Harry escuchó. Un ruido misterioso, fuerte y extraño llegaba a ellos desde las tinieblas. Era un rumor amortiguado y un sonido de succión, como si una inmensa aspiradora pasara por el lecho de un río...
–¡El lago! –gritó Lee Jordan, señalando hacia él
Aparecieron grandes burbujas, y luego se formaron unas olas que iban a morir a las embarradas orillas. Por último surgió en medio del lago un remolino, como si al fondo le hubieran quitado un tapón gigante... Del centro del remolino comenzó a salir muy despacio lo que parecía un asta negra, y luego Harry vio las jarcias...
–¡Es un mástil! —exclamó.
Lenta, majestuosamente, el barco fue surgiendo del agua, brillando a la luz de la luna. Producía una extraña impresión de cadáver, como si fuera un barco hundido y resucitado, y las pálidas luces que relucían en las portillas daban la impresión de ojos fantasmales. Finalmente, con un sonoro chapoteo, el barco emergió en su totalidad, balanceándose en las aguas turbulentas, y comenzó a surcar el lago hacia tierra. Un momento después oyeron la caída de un ancla arrojada al bajío y el sordo ruido de una tabla tendida hasta la orilla. A la luz de las portillas del barco, vieron las siluetas de la gente que desembarcaba. Todos ellos, según le pareció a Harry, tenían la constitución de Crabbe y Goyle... pero luego, cuando se aproximaron más, subiendo por la explanada hacia la luz que provenía del vestíbulo, vio que su corpulencia se debía en realidad a que todos llevaban puestas unas capas de algún tipo de piel muy tupida.
El que iba delante llevaba una piel de distinto tipo: lisa y plateada como su cabello. –¡Dumbledore! –gritó efusivamente mientras subía la ladera–. ¿Cómo estás, mi viejo compañero, cómo estás?
–¡Estupendamente, gracias, profesor Karkarov! –respondió Dumbledore.
Tenía los dientes bastante amarillos, y Harry observó que la sonrisa no incluía los ojos, que mantenían su expresión de astucia y frialdad–. Es estupendo estar aquí, es estupendo... Viktor, ve para allá, al calor... ¿No te importa, Dumbledore? Es que Viktor tiene un leve resfriado... Karkarov indicó por señas a uno de sus estudiantes que se adelantara. Cuando el muchacho pasó, Harry vio su nariz, prominente y curva, y las espesas cejas negras. Para reconocer aquel perfil no necesitaba el golpe que Ron le dio en el brazo, ni tampoco que le murmurara al oído: –¡Harry...! ¡Es Krum!
—¡No me lo puedo creer! —exclamó Ron asombrado cuando los alumnos de Hogwarts, formados en fila, volvían a subir la escalinata tras la comitiva de Durmstrang–. ¡Krum, Harry! ¡Es Viktor Krum!
–¡Ron, por Dios, no es más que un jugador de quidditch! –dijo Hermione. –¿Nada más que un jugador de quidditch? —repitió Ron, mirándola como si no pudiera dar crédito a sus oídos—. ¡Es uno de los mejores buscadores del mundo, Hermione! ¡Nunca me hubiera imaginado que aún fuera al colegio!
Todos se alborotaron cuando caminaban hacia el comedor y Ron casi muere de un disgusto cuando observo a Víctor y al resto de sus compañeros sentarse con los Slytherin.
–Buenas noches, damas, caballeros, fantasmas y, muy especialmente, buenas noches a nuestros huéspedes –dijo Dumbledore, dirigiendo una sonrisa a los estudiantes extranjeros–. Es para mi un placer darles la bienvenida a Hogwarts. Deseo que su estancia aquí les resulte al mismo tiempo confortable y placentera, y confío en que así sea.
Una de las chicas de Beauxbatons, que seguía aferrando la bufanda con que se envolvía la cabeza, profirió lo que inconfundiblemente era una risa despectiva.
–¡Nadie te obliga a quedarte! –susurró Hermione, irritada con ella.
–El Torneo quedará oficialmente abierto al final del banquete –explicó Dumbledore–. ¡Ahora todos están invitados a comer, a beber y a disfrutar como si estuvieran en su casa!
Ante ellos tenían la mayor variedad de platos que Harry hubiera visto nunca, incluidos algunos que eran evidentemente extranjeros. –¿Qué es esto? –dijo Ron, señalando una larga sopera llena de una especie de guiso de marisco que había al lado de un familiar pastel de carne y riñones.
–Bullabesa –repuso Hermione.
Siguió una discusión entre ellos hasta que escucharon una cantarina voz detrás.
–«Pegdonad», ¿no «quieguen» bouillabaisse?
Se trataba de la misma chica de Beauxbatons que se había reído durante el discurso de Dumbledore. Al fin se había quitado la bufanda. Una larga cortina de pelo rubio plateado le caía casi hasta la cintura. Tenía los ojos muy azules y los dientes muy blancos y regulares. Ron se puso colorado. La miró, abrió la boca para contestar, pero de ella no salió nada más que un débil gorjeo.
–Puedes llevártela –le dijo Harry, acercándole a la chica la sopera.
–¿Habéis «tegminado» con ella?
–Sí –repuso Ron sin aliento–. Sí, es deliciosa.
La chica cogió la sopera y se la llevó con cuidado a la mesa de Ravenclaw. Ron seguía mirándola con ojos desorbitados, como si nunca hubiera visto una chica. Harry se echó a reír, y el sonido de su risa pareció sacar a Ron de su ensimismamiento.
–¡Es una veela! —le dijo a Harry con voz ronca.
–¡Por supuesto que no lo es! –repuso Hermione ásperamente–. No veo que nadie más se haya quedado mirándola con la boca abierta como un idiota.
Pero no estaba totalmente en lo cierto. Cuando la chica cruzó el Gran Comedor muchos chicos volvieron la cabeza, y algunos se quedaban sin habla, igual que Ron.
–¡Te digo que no es una chica normal! –exclamó Ron, haciéndose a un lado para verla mejor–. ¡Las de Hogwarts no están tan bien!
–En Hogwarts las hay que están muy bien –contestó Harry, sin pensar mientras le sonreía a su novia.
Eso sacó a Ron de su ensimismamiento, haciendo una mueca de disgusto al pensar en que un chico pesaba en su hermanita de esa forma.
–Sí es una veela, por lo menos una parte. – Dijo Ginny para sí mientras observaba a la desagradable chica. Hermione le dirigió una mirada igual de amarga a la rubia. Al parecer por primera vez coincidían en un sentimiento.
o-o-o-o
Para Ginny el desagrado por Fleur le resultó sorprendente, la hizo cuestionarse muchas cosas con respecto a los sentimientos en el futuro ¿realmente era tan inconstante con sus afectos? En sus recuerdos ella amaba a su futura cuñada, quien estuvo con Bill a pesar de todo, pero en ese momento, cuando por fin la conocía el desagrado súbito era demasiado.
Ni siquiera era por celos, sabía que Harry encontraba guapas a muchas chicas, pero estaba segura en sus afectos y Fleur ni siquiera pasaba por su mente. Era algo más, simplemente sentía un desagrado instintivo por la chica, que prácticamente todas las demás mujeres compartían.
Esa noche, por fin decidió hablar de un tema que la intranquilizaba. Usualmente entre semana sólo charlaba con Harry unos minutos y ambos caían dormidos, las charlas largas las reservaban para el fin de semana.
Esperó a que todas cerraran sus doseles como siempre, cerró el propio y colocándose la capa de invisibilidad encima salió a pies puntillas y se dirigió al dormitorio de chicos de cuarto año. Antes de introducirse a la cama de Harry murmuró un encantamiento protector y se acostó junto a él. Harry estaba emocionado, ya la esperaba sentado, ansioso.
–Mi amor, necesitamos hablar. – Ante esas palabras, la sonrisa de Harry se borró y su cara adoptó una expresión de pánico.
–Perdóname si hice algo que no te gustara, no lo volveré a hacer, sólo dímelo, haré cualquier cosa. – A Ginny en otras circunstancias este ataque de pánico le habría hecho gracia, pero estaba demasiado asustada por Harry, si cometía algún error podría morir realmente, nunca debió haber abierto la boca de que alguien moriría, ahora él pensaría lo peor cuando lo eligieran, y pensaría que ella estaba bien con arriesgarlo.
–Cariño, no es algo que hayas hecho, es algo que te harán, – Ginny se recostó junto a él y lo tomó de la mano, volteándose ambos hasta quedar enfrente uno del otro. –Hay algo que tienes que saber, te lo digo porque no quiero que te agarre por sorpresa, ni que te asustes. Alguien va a meter tú nombre en la copa, y serás elegido como uno de los dos campeones de Hogwarts.
–¿Habrá dos? – Ginny se sorprendió por la tranquilidad de Harry ante esta noticia, pero no se extrañaba. –Entonces quien dijiste que moriría es…
–El otro campeón de Hogwarts…– Ginny evitó que la interrumpiera tapando su boca (él estaba dispuesto a protestar, a abogar para salvar al otro campeón) –Mi amor, si está en mis manos salvaré a quien sea, pero si tengo que elegir, te pondré sobre todos los demás, tú eres más importante para mí que nadie más y no permitiré que te pase nada. No permitiré que mueras, y un campeón está destinado a morir. Es algo que no podemos cambiar pero sí haré hasta lo imposible para evitar que ese seas tú.
Harry no sabía qué decir, la mayor parte de él estaba asustado, ni siquiera se le había pasado por la cabeza la idea de intentar participar y alguien haría que lo hiciera, seguro para matarlo. También sentía como su cara se ponía roja ante las palabras de Ginny, nadie nunca lo había puesto primero, no desde que su madre había dado la vida por él.
Sólo quedaron en silencio un momento y después comenzó a preguntar más. Algunas cosas se las contestó, como que todos le darían la espalda por creer que había trucado la copa, como se enfurecerían con ellos, porque pensarían que Ginny lo había hecho y había planeado ayudarlo a hacer trampa con las pruebas. Incluso los profesores intervendrían y le prohibirían de todas las maneras ayudar a Harry. El desdén que tendría Ron por él, y que incluso no le creería a Ginny. Le dijo todo para que se preparara y no doliera tanto.
En cambio, no le dijo otras cosas, se negó a decirle quién había puesto su nombre y por qué, en qué consistirían las pruebas y qué pasaría. Incluso se negaba a decirle quién ganaría.
Al otro día siguieron la rutina normal, aunque ambos con los ojos con orejeras, casi sin haber dormido. Finalmente pasaron las clases y pronto llegó la tarde. Una vez dentro vieron que el Gran Comedor, iluminado por velas, estaba casi abarrotado. Habían quitado del vestíbulo el cáliz de fuego y lo habían puesto delante de la silla vacía de Dumbledore, sobre la mesa de los profesores.
Fred y George, estaban animados, apostando por quién saldría de campeón, intentando sonsacarle a su hermana quién ganaría.
–Espero que salga Pucey –dijo Fred mientras Harry, Ron y Hermione se sentaban. Dado que todos asumían que moriría el campeón de Hogwarts, apostaban que ganaba el que peor les caía.
El banquete de Halloween les pareció mucho más largo de lo habitual. Quizá porque era su segundo banquete en dos días, Harry no disfrutó la insólita comida tanto como la habría disfrutado cualquier otro día.
Como todos cuantos se encontraban en el Gran Comedor —a juzgar por los cuellos que se giraban continuamente, las expresiones de impaciencia, las piernas que se movían nerviosas y la gente que se levantaba para ver si Dumbledore ya había terminado de comer—, Harry sólo deseaba que la cena terminara y anunciaran quiénes habían quedado seleccionados como campeones. Por fin, los platos de oro volvieron a su original estado inmaculado.
Se produjo cierto alboroto en el salón, que se cortó casi instantáneamente cuando Dumbledore se puso en pie. Junto a él, el profesor Karkarov y Madame Maxime parecían tan tensos y expectantes como los demás. Ludo Bagman sonreía y guiñaba el ojo a varios estudiantes. El señor Crouch, en cambio, no parecía nada interesado, sino más bien aburrido.
–Bien, el cáliz está casi preparado para tomar una decisión –anunció Dumbledore–. Según me parece, falta tan sólo un minuto. Cuando pronuncie el nombre de un campeón, le ruego que venga a esta parte del Gran Comedor, pase por la mesa de los profesores y entre en la sala de al lado —indicó la puerta que había detrás de su mesa—, donde recibirá las primeras instrucciones.
Sacó la varita y ejecutó con ella un amplio movimiento en el aire. De inmediato se apagaron todas las velas salvo las que estaban dentro de las calabazas con forma de cara, y la estancia quedó casi a oscuras. No había nada en el Gran Comedor que brillara tanto como el cáliz de fuego, y el fulgor de las chispas y la blancura azulada de las llamas casi hacia daño a los ojos. Todo el mundo miraba, expectante. Algunos consultaban los relojes.
–De un instante a otro –susurró Lee Jordan, dos asientos más allá de Harry. De pronto, las llamas del cáliz se volvieron rojas, y empezaron a salir chispas. A continuación, brotó en el aire una lengua de fuego y arrojó un trozo carbonizado de pergamino. La sala entera ahogó un grito. Dumbledore cogió el trozo de pergamino y lo alejó tanto como le daba el brazo para poder leerlo a la luz de las llamas, que habían vuelto a adquirir un color blanco azulado.
–El campeón de Durmstrang –leyó con voz alta y clara– será Viktor Krum.
–¡Era de imaginar! —gritó Ron, al tiempo que una tormenta de aplausos y vítores inundaba el Gran Comedor. Harry vio en silencio, tragando saliva, cuando Krum se levantó de la mesa de Slytherin y caminar hacia Dumbledore. Se volvió a la derecha, recorrió la mesa de los profesores y desapareció por la puerta hacia la sala contigua.
–¡Bravo, Viktor! —bramó Karkarov, tan fuerte que todo el mundo lo oyó incluso por encima de los aplausos—. ¡Sabía que serías tú! Se apagaron los aplausos y los comentarios.
La atención de todo el mundo volvía a recaer sobre el cáliz, cuyo fuego tardó unos pocos segundos en volverse nuevamente rojo. Las llamas arrojaron un segundo trozo de pergamino.
–La campeona de Beauxbatons –dijo Dumbledore–es ¡Fleur Delacour!
–¡Es ella, Harry! –gritó Ron, cuando la chica que parecía una veela se puso en pie elegantemente, sacudió la cabeza para retirarse hacia atrás la amplia cortina de pelo plateado, y caminó por entre las mesas de Hufflepuff y Ravenclaw.
–¡Miren qué decepcionados están todos! –dijo Hermione elevando la voz por encima del alboroto, y señalando con la cabeza al resto de los alumnos de Beauxbatons. «Decepcionados» era decir muy poco, pensó Harry. Dos de las chicas que no habían resultado elegidas habían roto a llorar, y sollozaban con la cabeza escondida entre los brazos. Cuando Fleur Delacour hubo desaparecido también por la puerta, volvió a hacerse el silencio, pero esta vez era un silencio tan tenso y lleno de emoción, que casi se palpaba.
El siguiente sería el campeón de Hogwarts... Y el cáliz de fuego volvió a tornarse rojo; saltaron chispas, la lengua de fuego se alzó, y de su punta Dumbledore retiró un nuevo pedazo de pergamino.
–El campeón de Hogwarts –anunció– es ¡Cedric Diggory!
–¡No! —dijo Ron en voz alta, y era un sentimiento que las chicas de Hufflepuff compartían, todos querían a Cedric y nadie le desearía que le pasara algo malo. El pobre chico incluso se había puesto pálido en cuanto su nombre fue pronunciado, pero se paró y marchó hacia donde estaban los otros campeones.
–¡Estupendo! –dijo Dumbledore en voz alta –. Bueno, ya tenemos a nuestros tres campeones. Estoy seguro de que puedo confiar en que todos ustedes, incluyendo a los alumnos de Durmstrang y Beauxbatons, darán a sus respectivos campeones todo el apoyo que puedan. Al animarlos, todos contribuirán de forma muy significativa a...
Pero Dumbledore se calló de repente, y fue evidente para todo el mundo por qué se había interrumpido. El fuego del cáliz había vuelto a ponerse de color rojo. Otra vez lanzaba chispas. Una larga lengua de fuego se elevó de repente en el aire y arrojó otro trozo de pergamino. Dumbledore alargó la mano y lo cogió. Lo extendió y miró el nombre que había escrito en él. Hubo una larga pausa, durante la cual Dumbledore contempló el trozo de pergamino que tenía en las manos, mientras el resto de la sala lo observaba.
Finalmente, Dumbledore se aclaró la garganta y leyó en voz alta: –Harry Potter.
:D
