PARTE 2
Abrió los ojos en un parpadeo. Una extensión de rosa y gris difuso, que recordaba vagamente a la superficie de un caldero de pociones, le dio la bienvenida. Tardó unos segundos de desorientación en caer en la cuenta de que lo que estaba observando era una especie de cielo psicodélico. Se llevó una mano a la cabeza, debía de haberse dado un golpe al caer. La tela de su ropa estaba empapada por las mangas y la parte de atrás, y la maraña de pelo rizado se le pegaba al cuello y a la cara, mojado y pesado. ¿Qué diablos había ocurrido? ¿Dónde estaba? Malfoy la había atrapado, recordó con un nudo en la boca del estómago, la iba a llevar con Voldemort y entonces... Sacudió la cabeza y se levantó poco a poco al tiempo que echaba un vistazo a su alrededor.
No supo qué fue lo que la sobrecogió más; si la visión en sí o el no saber cómo clasificar ese amasijo de vegetación púrpura y azul formando extensas cortinas de hiedras a su alrededor, de árboles que crecían hacia abajo, colgados de salientes de roca que alcanzaban los veinte metros de altura. Estaba en una especie de claro rodeado por aquellos montículos de roca negra, por cuya superficie irregular yacían estrechas hendiduras repletas de lo que parecía un moho resplandeciente. Pese a una precaria iluminación, pudo fijarse en algunos detalles: como que de las copas de los árboles pendían una suerte de lianas de aspecto vetusto, o que del charco poco profundo que cubría la mayor parte del claro sobresalían unas setas alargadas, que se amontonaban aquí y allá, entre grandes conchas nacaradas del tamaño de dos manos y remolinos de penumbra que la luz no acababa de disipar. Un pez de colores emergió del agua, de pronto; con un salto desplegó sus alas amplias y delicadas, como las de una mariposa, y arrancó a volar. Maravillada, Hermione siguió su recorrido con la mirada hasta que la extraña criatura se perdió más allá de los salientes cóncavos de piedra, en un cielo limpio de nubes cuya única tara en su impoluta extensión era la pequeña esfera blancuzca. El destello luminoso de esta no lograba penetrar lo suficiente en aquel ambiente sombrío y cargado de humedad. Hermione giró sobre sus talones justo cuando una suave brisa le trajo un olor a azufre y óxido. La falta de sonido resultaba, curiosamente, lo más inquietante de todo aquello. Ya no chispeaba.
Aún así, nada la preocupó tanto como descubrir a Lucius Malfoy a unos metros de distancia, poniéndose en pie con un tambaleo. El hombre debía haberse visto arrastrado con ella a través de aquel extraño árbol. Un portal, comprendió fascinada Hermione, un portal orgánico. ¿Pero a dónde? De alguna forma, tenía sus sospechas. Alzó su varita aprovechando que Malfoy todavía estaba ubicándose y lo desarmó con un firme experiallmus. O esa fue su intención. Malfoy se giró en su dirección alertado por su voz, congelado por un instante varita en mano, como si esperara que esta saliera volando. Nada ocurrió. Hermione retrocedió un paso, ansiosa. ¿Por qué no había funcionado?
─¡Experiallmus! ─repitió─. ¡Anteoculatia!
Pero no importaba cuántos hechizos o maleficios tratara de lanzar contra su enemigo, ninguno parecía surtir efecto. Malfoy siseó entre dientes en una ocasión, cuando Hermione probó a lanzarle un maleficio especialmente peligroso, como si temiera por un momento que podría verse agravado por él. Tenía un temperamento de envidiable impasibilidad, no obstante, porque más allá de dicho siseo no hizo intento por protegerse. De más convencido, al parecer, de que sus hechizos no le iban a funcionar. Su creciente sonrisa de hiena no duró demasiado para regocijo de Hermione, al comprobar él mismo que la de ella no era la única magia inútil en aquel lugar.
─Es este sitio ─dijo Hermione, algo más relajada. Malfoy desprovisto de magia, mortífago o no, era algo con lo que podía lidiar. Aún así, sabía que haría bien en mantenerse alejada; no tendría oportunidad de ganarle cuerpo a cuerpo─. Es complicado saberlo con certeza, pero la sensación es... es como si nos hubiéramos adentrado en Tierras Feéricas.
─Pero por supuesto. Que fortuna la mía el poder contar con la inestimable ayuda de una sangre sucia sabelotodo. Draco mencionó que eras así.
Hermione no le dio el gusto de saltar ante su pulla.
─He leído.
─En efecto ─respondió desdeñoso.
Las altas estructuras de roca que cubrían gran parte del cielo se alargaban en algunos puntos, creando pequeños senderos hondos como cuevas que serpenteaban hasta perderse entre los troncos invertidos de los árboles y más piedra negra. Hermione caminó hundiendo los pies en el agua, que tenía un leve resplandor rosado, como el mismo cielo, y se agachó para examinar unas partículas de moho fluorescente que nacían entre las grietas; todo sin perder de vista a Malfoy por el rabillo del ojo. La fluorescencia no era sólo lumínica, sino que desprendía una leve nube de polvo brillante, como un halo que envolvía las partículas. Cautelosamente, hundió un dedo en el manto acolchado de moho. Al llevarse la yema pringada de rosa a la nariz le asaltó una fragancia de caramelo. Por Merlín, no estaba equivocada. Aquello era sin lugar a dudas moho dulce de Annwn. Había ido a parar a uno de los portales del Otro Mundo, la tierra subterránea de los feéricos que coexistía con el mundo humano. La cabeza le dio vueltas ante las implicaciones de aquello, un mal augurio empezó a germinar en sus entrañas.
─Está bien, Hermione, tranquila, piensa ─susurró para sí frunciendo el ceño─. Si los libros de historia están en lo cierto, el tiempo es distinto en Annwn, por lo que...
Un sonido como de chapoteo, que provenía de donde estaba Malfoy, la retrajo de sus pensamientos. Este se había encaminado hacia uno de los senderos envueltos en penumbra y lo estaba escrutando con frialdad, nariz ligeramente fruncida. Hermione barajó sus opciones con rapidez antes de decidirse.
─Deberíamos hacer una tregua. ─Pese a sus propias reticencias no permitió que la mirada hosca del otro la amedrentara. En cuanto Malfoy enarcó una ceja, continuó elaborando su punto─. Mira, creo que no me equivoco al decir que tanto tú como yo queremos lograr volver al exterior. Por mucho que te repugne mi naturaleza, no puede ser más importante que tú familia. O tu vida.
Malfoy hizo una mueca con los labios que a Hermione le pareció una burla macabra de una sonrisa.
─Tal vez subestimas mi aversión por la suciedad.
─Sé que no deseas que tu mujer y tu hijo acaben siendo castigados en tu lugar por un nuevo error tuyo. ─Habló a la carrerilla y con seguridad incluso cuando percibió cómo a él se le tensaban los músculos de la cara, incluso cuando comenzó a caminar lentamente en su dirección─. Estamos en el mundo subterráneo de los feéricos, en Tierras cuyos misterios no han sido cubiertos en su totalidad ni siquiera por los mejores historiadores del mundo mágico. Para colmo estamos sin magia, ahora mismo no somos muy distintos a esos muggles a los que tanto aborreces. Pero ─Malfoy se detuvo a un metro escaso con los ojos del color del humo entornados─ yo tengo experiencia saliendo de problemas sin necesidad de usar la magia. Me crié entre muggles después de todo.
Malfoy chasqueó la lengua casi como si hubiera sido decepcionado. La actitud disoluta, no obstante, no se reflejaba en su mirada, que afilada y astuta como la de un halcón no se apartó ni un segundo de Hermione. Esta alzó la barbilla y agregó:
─También he leído.
─Empiezas a repetirte, chica. Será mejor que escojas con más minuciosidad tus palabras.
─Acerca de estas Tierras ─matizó ella─. Tengo más idea que tú sobre conocer los caminos, tenemos que evitar a toda costa adentrarnos en los terrenos de la corte No Seelie. ─Pareció que Malfoy iba a replicar, pero Hermione se le adelantó─: Además, si me matas o me dejas a mi suerte, aunque consiguieras salir de aquí, no podrías entregarme a él. Y ese es, sin duda, tu mejor escenario. De lo contrario podrías haber acabado conmigo hace rato. No, tu Señor no me necesita viva, pero sin duda soy un buen botín...
Malfoy la agarró por el pelo con tanta fuerza que le arrancó un grito. De pronto, su expresión estaba descompuesta por la ira.
─No creas ni por un segundo que no veo cómo entretejes tus planes en esa cabecita tuya ─le gruñó con rabia, casi como un animal, contra el oído─. Repugnante subespecie que no conoce su lugar. Si fuera tú... me arrodillaría en este preciso instante suplicando que me mataran. Cualquier cosa sería más piadosa que el destino que te aguarda a manos del Señor Tenebroso.
Los dedos largos se retorcieron en su pelo aumentando la tirantez en sus raíces hasta el punto de que le lagrimearon los ojos del escozor, pero evitó dar ninguna muestra más de debilidad. Tenía los músculos en tensión, los sentidos alerta para poder darle un golpe certero en sus partes más delicadas y salir corriendo de ser necesario, pese a las circunstancias especiales de su situación. Se pasó la lengua por los labios, un sudor frío había empezado a recorrerle la nuca. Alzó la mirada a continuación y se encontró con el semblante de Malfoy a apenas unos centímetros. Algo cambió en la mirada de este entonces, una pequeña variación en la impermeabilidad de sus ojos grises que Hermione no pudo detenerse a evaluar.
─Está claro que ambos tenemos nuestros planes ─contestó en cambio, sin poder evitar sonar ligeramente histérica; no se le había pasado por alto lo surrealista de la conversación, sin embargo, el poco tiempo del que disponía para pararse a reflexionar jugaba a favor de seguir adelante, como un toro─. Aún así, seguro que sabes que no he dicho nada que no sea verdad. A ti te conviene tanto como a mí trabajar juntos ahora. Tanto si te vas por tus propios medios como si decides matarme, en ningún caso podrás entregarme a tu Señor y ganarte de nuevo su favor.
No era ira, de eso estaba segura. No era ira lo que acechaba tras la mirada de Lucius Malfoy justo ahora, al menos no ira en su más pura esencia, como si lo había sido hacía unos segundos. «Me está evaluando», se dio cuenta Hermione, orgullosa a su pesar de creer intuir cierto respeto en el otro hombre. Nunca había figurado entre sus deseos el ganarse el respeto de un ser humano tan falto de escrúpulos como lo era Malfoy, pese a ello, su afán por impresionar parecía no tener moral; la hacía incapaz de resistirse a esa pizca de satisfacción personal que venía con ser reconocida (de un modo si bien retorcido) por un adulto que ciertamente no carecía de intelecto. Malfoy la estudió en silencio unos instantes; Hermione casi pudo sentir su respiración pausada en la quietud del lugar, casi podía sentirla en la piel de la cara.
─Es de menester ante tan exorbitante giro de los acontecimientos preguntarse uno que gana alguien como tú negociando con semejantes términos ─el tono de Malfoy fue tan gentil al retomar la palabra como lo eran sus caricias sobre el mechón de pelo que aún sostenía, tan suave como la peor amenaza de muerte. Le puso la piel de gallina. Malfoy debió notar su miedo, porque un destello ufano chispeó en sus ojos─. ¿O será que tus temores por los seres feéricos se arraigan más hondo que los que te despierta el Señor Tenebroso? Cuánta... desfachatez ─lo dijo al mismo tiempo que abría la mano, liberando su cabello.
Hermione se arrastró lejos de él, importándole poco lo asustada que pudiera parecer, y cómo desmentía eso la tan duramente ganada compostura. Respiró un par de veces antes de ponerse en pie.
─Tenemos un trato entonces.
─En efecto ─zanjó el otro, sonriendo con rigidez.
Ella misma empezaba a dudar de su cordura. Con toda seguridad unas hadas no podían ser peores que Lucius Malfoy. Pero Malfoy, al menos, era terreno vagamente conocido, y ya lo decía el refrán: mejor malo conocido que bueno por conocer. Por supuesto, no era un trato que hubiera podido proponer a cualquier Mortífago, porque aunque Malfoy fuera de los peores, de los más ruines y repugnantes, no era un demente sediento de sangre y sufrimiento. Ciertamente no era Bellatrix Lestrange. Y Hermione no quería jugársela con la naturaleza traicionera de los feéricos. Tendrían más posibilidades siendo dos, o eso intentaba decirse. Además las reglas del mundo de las hadas eran curiosas en el mejor de los casos; a menudo retorcidas. Y si la memoria de Hermione no fallaba... No, pero no estaba segura. Por ahora, solo esperaba que el hombre pensara lo mismo, que realmente la necesitara viva. Eso, y que estuvieran en la región Seelie.
Durante unos minutos, aun con los nervios a flor de piel e insegura sobre su propia decisión, Hermione puso toda su concentración en valorar los distintos senderos en función de la vegetación, guiándose por los limitados conocimientos que había adquirido de los libros. Cuando señaló uno de ellos, el más escondido y discreto, que bajaba en una notable pendiente, Hermione se aseguró de no perder de vista en ningún momento a Malfoy.
Ni su expresión ni su postura corporal dejaban traslucir absolutamente nada.
Hermione suspiró internamente. Una cosa era de manual: no iba a poder permitirse el lujo de bajar la guardia. Aunque, bien visto, eso era algo que ya había formado parte de su vida durante los últimos meses.
