PARTE 3

Una rama crujió bajo su bota, sonó como si acabara de reventar un escarabajo con el pie. Hermione reprimió un estremecimiento y alzó la mirada, cautelosa, hacia el niño ─o niña, no podía estar segura─ que se encontraba agazapado entre unos matorrales de enormes flores rojas con largos filamentos que crecían hasta los dos metros de altura. La criatura no parecía tener más de seis años. Para un humano. Una corona de hojas de eucalipto coronaba su pequeña cabeza, y sus ojos, dos canicas tan negras como la tinta derramada, y los cuernos que asomaban retorcidos hacia atrás a ambos lados de su cabeza delataban su condición feérica. Pese a ello, y pese a que Hermione era plenamente consciente de los ardides de los de su especie, se vio incapaz de ignorar de pleno a un niño que sollozaba y cuyo tobillo derecho había quedado atrapado en un agujero de tierra fangosa. Las lágrimas que se deslizaban por las mejillas del hada parecían cuentas de plata; refulgían en un tono blanco-azulado.

Hermione tomó una pequeña inspiración y se acercó un poco más.

─Está bien, puedo ayudarte ─habló suavemente, preparada en todo momento para alejarse de ser necesario, e ignorando el juicio y el menosprecio en la mirada de Malfoy, quién ya había dejado claro, entre siseos amenazantes, lo que pensaba de sus acciones─. No voy a hacerte daño.

Pudo oír al otro hombre chasquear la lengua. Habían estado avanzando durante varias horas, el tiempo transcurría de forma confusa en aquel lugar, pero hasta el momento se las habían apañado para sobrellevarlo sin apenas dirigirse la palabra. La tensión era palpable, de eso no cabía duda; Hermione lo despreciaba profundamente y decir que Malfoy se sentía repugnado por ella sería quedarse cortos, pero un objetivo mayor ─salir de allí─ había mantenido esas emociones bajo control. O así había sido hasta que, poco después de salir de una cueva subterránea, se habían adentrado en un bosque de árboles yermos en el que la única vegetación que florecía eran aquellas gigantescas flores escarlatas, destacaban sobre el paisaje estéril como charcos de sangre fresca. La primera sorpresa había sido descubrir que dónde estaban ahora los árboles ya no crecían de arriba hacia abajo; el cielo rosáceo se extendía pútrido y tenue sobre sus cabezas, despejado de todo obstáculo. El tenso silencio se había roto, entonces, cuando la criatura feérica había aparecido en su campo de visión y Hermione había decidido que no podía dejarlo ahí sin más, aunque se arriesgara a caer en una trampa.

─Sé lo que me hago, nos podría ser de ayuda ¡y no tengo porqué darte explicaciones de nada!

─Veo que tendría que haberme asegurado de que una mequetrefe como tú entiende lo que es una tregua ─siseó Malfoy, mortífero; el pelo rubio, siempre impoluto, lo tenía cubierto de polvo y parecía más gris que rubio─. Ciertamente Gryffindor, incompetentes y...

Pero Hermione había ignorado su diatriba con un estoicismo que, de haberlo visto desde fuera, le habría impresionado a ella misma. Fuera como fuere, no iba a dejar que las opiniones de Malfoy, por muy lógicas que estas fueran, condicionaran sus decisiones. Sí, tenían una "tregua" ─una muy cogida con pinzas─, sin embargo, Malfoy estaba equivocado si pensaba que él llevaba las riendas de ese acuerdo. No podía permitirlo, no podía relajarse. Y no podía dejar a un niño herido sin más sin siquiera intentar descubrir si se trataba de una trampa, fuese este humano o no. Tras dejarle clara a Malfoy su posición en el asunto, este había trocado su furia en una indiferencia glacial, había enarcado una ceja y dicho «No esperes mi ayuda, entregarte al Señor Tenebroso no vale tanto». Desde entonces se había quedado apoyado contra uno de los árboles enjutos y sin hojas, con una actitud despreocupada y ligeramente curiosa, que no difería mucho de la de un científico que analiza el comportamiento de un nuevo espécimen.

Así se encontraba ahora, distrayendo a Hermione con cada nueva acotación.

─No puedo decir que me fuese a apenar demasiado si te devoran la cabeza. Mira tú, una sangre sucia menos de la que preocuparse ─susurró disoluto sacándose la suciedad de las uñas─. Aplaudiré entre ovaciones de alegría.

Hermione sintió un escalofrío recorriéndole la espina dorsal, no supo si de rencor o de miedo, porque al fin y al cabo sabía que esos augurios no eran del todo improbables. Había empezado a soplar una brisa cortante que le enfriaba el sudor de las sienes y la nuca. Sus ojos no se despegaron de los del hada, que la contemplaban de vuelta, encharcados por las lágrimas.

─Ni siquiera se puede decir que sea una pérdida de inteligencia ─continuó el otro hombre─. Es evidente que el mundo tiende a... sobrevalorar a algunas personas.

─¿Puedes quedarte callado un minuto?

─Sin duda.

El hada había dejado de sollozar y solo la miraba, con la expresión contraída y desviando de vez en cuando su atención hacia Malfoy, aunque solo por unos segundos. Tal vez no se fiara con los dos ahí, ¿era posible que se sintiera rodeado? También era posible que estuviese calculando si la podría devorar a gusto habiendo dos de ellos. Hermione tragó saliva y avanzó otro paso. El lodo volvía el suelo inestable.

─No voy... No voy a dejar que él te haga daño tampoco, ¿necesitas...? ─titubeó al notar que el cuerpo del feérico se ponía rígido de repente, tensándola a ella también como reflejo.

Había abierto los ojos de forma desorbitada, casi parecían dos bolas de alquitrán colgando de sendas cuencas. Quizá debería abortar la misión, ciertamente no valía la pena el riesgo. Incluso si ayudar a un feérico podía brindarles una ayuda que sin duda necesitaban. Aquello empezaba a parecer más y más una trampa.

Cuando sucedió, fue demasiado rápido. Apenas pudo retroceder un paso, el hada enseñó unos colmillos tan relucientes como si hubiesen sido tallados en diamante y emitió un siseo que le recordó al de Crookshanks cuando se sentía amenazado. Hermione creyó escuchar un grito, aunque no podía asegurar que no hubiera sido ella misma. En su visión periférica, un destello iridiscente explosionó hasta cegarlo todo a su alrededor, un torbellino de fuegos artificiales hizo desaparecer el paisaje y durante un tiempo ─segundos, tal vez minutos─ Hermione fue plenamente consciente del latido de su propio corazón, bombeándole con fuerza en los oídos, en las sienes, junto a la tráquea y al esternón, retumbaba al compás de otro sonido, más grave y rotundo, pero que al mismo tiempo parecía agotado y carente de ilusión; un sonido sin vida que, pese a ello, continuaba latiendo y aferrándose a esta. Hermione pudo sentir ambas palpitaciones en su interior. Tembló con ellas, confusa y aterrada, mientras una sensación de ahogo y vértigo se sumaba a la desorientación de no poder ver nada en absoluto. Una parte de ella sabía que Malfoy debía estar ahí también, se preguntaba si se había desmayado y este la había dejado a su suerte, o si por el contrario conseguiría arrastrarla hasta Voldemort aprovechándose de su estado. ¿Qué le estaba sucediendo? ¿Qué es lo que había hecho el hada? ¿Le estaría afectando a Malfoy también? Merlín, esperaba que sí. Tregua o no tregua, si caía inconsciente en manos de un tipo como Malfoy, de un mortífago...

Cuando el agobio empezaba a volverse insostenible, la sensación terminó. Hermione recuperó la consciencia del espacio que la rodeaba, su visión volvió y tanto el rítmico sonido de su latido como el otro que le había acompañado se desvanecieron. Se tambaleó, solo un momento, y le pareció que era la voz de Malfoy lo que oía.

─¡... una pretenciosa, ignorante e irreverente sangre sucia! ─La cogió del cabello, como había hecho hacía unas horas, y Hermione reprimió un quejido. La mirada del otro hombre fue colérica e inflexible, su sonrisa la peor mentira─. Haz que ese engendro revierta su... magia ─ordenó, y le giró la cabeza con brusquedad hacia el feérico.

─Es solo un crío ─murmuró, y sintió las uñas de Malfoy clavándose en su nuca.

─Espléndido.

Hermione inspiró levemente. La cría de feérico los estaba contemplando aún desde su recoveco dentro del matorral de flores silvestres. Tenía la cabeza ladeada y los ojos imposiblemente grandes. Pero sí, Malfoy tenía razón. Podía sentirlo: les había hecho algo. Algo inocente, una broma de mal gusto de un retoño de una de las razas más retorcidas del mundo mágico; o tal vez algo mucho peor. Ni siquiera podía definir porqué lo sabía, más allá que se sentía extraña, más amplia, más líquida, pese a saber que seguía siendo la misma.

Más llena.

─Esto... no está bien ─dijo al fin, dirigiéndose al hada─. Tenemos asuntos que atender en nuestra Tierra, estamos aquí por un error. Pero nuestros compañeros nos están buscando. El ministerio de magia no tardará en encontrarnos, y no quiero causaros ningún problema, por eso, si pudieras retirar lo que sea que...

El feérico parpadeó lentamente, luego se fundió tras los matorrales y desapareció dejándola con la palabra en la boca.

Malfoy encolerizó.

Su cólera hizo que Hermione sintiera auténtico terror. El hombre le había aterrado durante los primeros años de Hogwarts, pero ese miedo siempre había ido acompañado de una profunda y arraigada repugnancia por gente con mentalidades como la suya. Al final, había predominado más ese asco que lo anterior. Ahora, sin embargo, desprovista de magia, y con la manos grandes y fuertes del otro ciñéndose alrededor de su cuello y la mirada de un auténtico loco, el terror resurgió con fuerza.

─Suél... tame.

─Esto es tu culpa ─siseó casi escupiendo las palabras─. Y eres una ingenua si piensas que esta situación te da las de ganar conmigo. Claramente no eres consciente de con quién estás tratando. ¿Es necesario que te lo recuerde?

La había arrinconado contra el grueso tallo de una de esas enormes y esbeltas flores del color de la sangre recién caída, hundía sus pulgares en su cuello como si este fuera mantequilla. La asfixiaba.

─Por... Por favor ─dijo a duras penas, los ojos le lagrimeaban mientras boqueaba en un burdo intento porque el aire llegara a sus pulmones─. Esto es...

Nunca llegó a estar segura de lo que hubiera dicho. Apenas lo vio, un movimiento rápido y certero, como un latigazo, se desplegó desde su derecha. Oyó el grito y entonces el aire le llegó de nuevo a los pulmones. Jadeó vagamente consciente de que le caía saliva por la barbilla y de que algo había atacado a su agresor; el grito había sido de este. Todavía temblando, en parte por la falta de oxígeno y en parte por el pavor que la había asolado, se esforzó por concentrarse en lo que estaba ocurriendo.

Malfoy se encontraba en el suelo, con el tronco medio erguido mientras intentaba zafarse de una de esas enormes y magníficas flores del color de la sangre. Esta se había se había cerrado en torno a uno de sus brazos. «Tiene dientes», pensó Hermione por un momento incapaz de reaccionar o siquiera saber cuál era la forma correcta de reaccionar cuando una planta carnívora trataba de engullir el brazo de uno de tus enemigos mortales, «Date la vuelta, Hermione, huye». Ninguna tregua con alguien como Lucius Malfoy podía salir bien, no tenía por qué aguantar esto, ahora tenía la oportunidad de huir. Sola, en el mundo feérico. Por atemorizante que la idea fuera, de súbito, parecía mucho mejor pronóstico que uno en el que tenía que preocuparse también porque un mortífago no la matara, con o sin magia. Tragó saliva mientras veía con morboso estupor cómo esa extraña mandíbula sacada de las peores pesadillas masticaba poco a poco más y más carne, subiendo por el antebrazo, los pétalos tersos como el terciopelo se cerraban en torno a la extremidad. Trató de ignorar los roncos quejidos de furia y dolor del hombre, su respiración trabajosa, la sangre que chorreaba y manchaba la tierra yerma, la palidez de su rostro... Tal vez Hermione fuera una Gryffindor, ¿pero dónde terminaba la nobleza y empezaba la insensatez?

Aún sin apartar la mirada, dio un paso hacia atrás alejándose de la repugnante escena. Luego otro. Y otro.

Y seguramente debería haber seguido alejándose, más tarde Hermione ni siquiera sabría por qué hizo lo que hizo cuando los ojos grises de Malfoy encontraron los suyos y su semblante contraído por la desesperación y el horror removió algo en su interior que la impulsó a abalanzarse hacia delante sin pensárselo dos veces.

Fue a por el tallo por instinto. Lo agarró y clavó las uñas en el grueso tallo verde, dejando profundos surcos en forma de medialuna. Tiró y tiró, con la adrenalina bombeando con fuerza en sus venas y ni un solo pensamiento coherente del que sacar nada en claro. Pero la firmeza de esa planta carnívora no era ninguna broma. Le llegó el gritó ahogado de Malfoy cuando zarandeó el tallo con una sacudida especialmente fuerte, haciendo palanca con los talones para coger impulso. El único pensamiento que cruzó su mente cuando asió la varita de uno de los bolsillos traseros de sus pantalones fue «le va arrancar el brazo» y ¿no sería eso fantástico? Clavó la punta de su inservible parita en el tallo. Un aullido horroroso e inhumano asoló el páramo seguido de un golpe sordo. Hermione aspiró de la impresión cuando un líquido verde y viscoso brotó de la herida de la planta, supurando alrededor de el agujero que había hecho con la varita y manchando sus manos. La planta se agitó en el aire, sobre sus cabezas un par de veces y cayó en redondo. El impacto hizo temblar la tierra del color del carbón. Un temblor que recorrió todo el cuerpo de Hermione, arrodillada como estaba en el suelo, junto al cadáver. Tosió en la polvareda de arenilla que se había levantado.

En la quietud que aconteció a continuación los jadeos silenciosos de Lucius Malfoy resultaban ensordecedores. Aún sin moverse de dónde estaba, Hermione lo miró. Sus ojos se fijaron por inercia en su brazo izquierdo.

Lo tenía destrozado. Pero seguía ahí.

Haciendo acopio de fuerzas se puso en pie y se acercó al otro mago sorteando el ondulante tallo caído. No iba a mirar esa dentadura horrenda. No iba a mirar.

No miró. En su lugar se centró en Malfoy. Solo titubeó un instante antes de acuclillarse a un lado. Tenía la carne del brazo desgarrada y la piel hecha jirones, sobre todo por la zona del codo y el antebrazo. Los tendones y parte del músculo eran visibles, y los pedazos de carne parcialmente arrancada formaban nódulos repugnantes cuya visión por poco le hizo vaciar el estómago por la boca.

Malfoy siseó, poco más que un bufido de aire, captando su atención. El sudor le perlaba la frente y tenía la piel del preocupante color de los champiñones pochos, esos que te encuentras al fondo de la nevera y no sabes qué hacer con ellos. No supo si este iba a desmayarse o vomitar, pero no esperó que hablara.

─Podría matarte con mis propias manos en este mismo instante.

Como si Hermione necesitara recordatorio de ello. Sin embargo, no sería en ese instante, cuando era prácticamente incapaz de enfocar la mirada y de mantener el cuerpo erguido.

─Pagarás por esto ─insistió en un hilo de voz.

Hermione frunció el ceño. Una árida brisa se levantó y le agitó los rizos, se los apartó de la cara para que no le molestaran y forzó a Malfoy a tumbarse. Qué le sorprendió más, si su templanza o el hecho de que el otro hombro estuviera tan afectado por el dolor como para dejarse hacer, era un misterio. Le abrió los ojos y trató de enfocar su mirada; sus pupilas estaban dilatadas. ¿Veneno? ¿Algún tipo de toxina? Parecía lo más probable, pese a que su opinión sobre Malfoy era deplorable, no lo daba por el tipo de persona que era reducido a semejante estado sólo por que casi le comieran el brazo. Sintió el terror y el miedo, la histeria, se abrían paso de nuevo en los muros de su resolución y tuvo que tomar una honda bocanada de aire para volver a centrarse.

No había tiempo para desmoronarse.

Tenía que pensar. Pensar rápido. Porque lo más inteligente era dejarlo a su suerte; es más, debía hacerlo. Pero no se había manchado las manos para nada. «Nunca mejor dicho», pensó limpiándose la secreción verdosa en los pantalones, sorprendiéndole su propio cinismo.

─Está bien ─dijo con fría determinación─. No te llevaría a cuestas ni aunque pudiera, pero evidentemente no puedo. Parece que te ha sido inyectada algún tipo de toxina, pero no tenemos nada aquí. Nada con lo que tratarte y es evidente que no puedes caminar en este estado. ─No estaba segura de si el otro hombre tenía la suficiente lucidez mental para captar y entender lo que estaba diciendo, pero continuó hablando─. Por lo menos hay que limpiarte esa herida. Voy a tener que ir a buscar agua, había un pequeño arroyo justo antes de salir de la cueva, ¿recuerdas? Tendrás que esperar aquí mientras tanto.

Quizás si descansaba un poco los efectos se atenuaran. Solo podía esperar que fuese así. Que la toxina ─si es que eso es lo que era; no se le olvidaba dónde estaban─ lo hubiera atontado, como si fuera una especie de diazepam, y que no fuera letal. Lo peor que puede pasar es que muera un mortífago, pensó, pero se reciminó de inmediato porque ella era del bando de la luz, no iba a caer tan bajo como para trivializar la muerte de alguien actualmente indefenso. Pero pensar en Lucius Malfoy como alguien indefenso era como comparar a un licántropo con un cachorro de golden retriever. Se levantó para recoger su varita del suelo, la limpió, se la guardó y, tras un gran esfuerzo, logró arrastrar al hombre hasta el árbol más cercano, sin ninguna de esas odiosas plantas lo suficientemente cerca como para suponer un problema, y lo apoyó contra él.

Le echó una última mirada antes de darse la vuelta. Tal vez encontrara algo con lo que intentar extraer parte del veneno; igual las cañas que había visto hace un rato, creciendo en horizontal desde una de las paredes de roca negra de la cueva.

─¿Me vas a dejar aquí? Yo lo haría contigo. Deberle la vida a una sangre sucia es... pero Draco y Cissy... No puedo abandonarlos. Por favor.

Las palabras la frenaron en seco, la sensación similar a si hubiera recibido una patada en la boca del estómago. Apretó la mandíbula tan fuerte que la tensión se le extendió también por cuello y hombros. ¿Cómo se atrevía a pedir clemencia, a pedirle clemencia a ella? No obstante, cuando se giró con la mordacidad del acero en la punta de la lengua, cuál fue su sorpresa al encontrarse al hombre con los párpados cerrados y una expresión completamente relajada, solo desmentida por la extrema palidez y una respiración extremadamente superficial. Se detuvo. ¿Se lo había imaginado? No... no estaba segura, se sentía un poco mareada y creía poder oír el redoble de un pálpito... como antes. Una explosión de luz iridiscente.

Sacudió la cabeza y se frotó los ojos con los talones de las manos, agotada. Un momento después se puso en marcha, sin dedicar un solo pensamiento más a reflexionar sobre qué estaba haciendo o por qué.