PARTE 6

Internarse en la espesura al otro lado del acantilado la sumió de nuevo en la misma sensación absorbente que había tenido antes de llegar al puente colgante. La misma huella de magia exuberante y salvaje. El cansancio no desapareció ─parecía adherido a sus músculos y a su sistema nervioso─, pero poco a poco la irritación y el dolor de cabeza que había sentido antes de cruzar el despeñadero se convirtieron en un murmullo lejano, como una lluvia repiqueteando en tu ventana mientras yaces apoltronada en tu sillón frente a la calidez de una chimenea.

La vegetación en esta parte era más discreta. Los árboles de troncos negruzcos se intercalaban con otros de un blanco roto; eran más gruesos e igual de altos que los de antes, pero los troncos estaban desprovistos de ramas y hojas, que sólo crecían en el punto más alto, como gigantescos parasoles naturales. El mismo fulgor blanquecino colmaba la atmósfera.

Tras una curva pronunciada que giraba por detrás de una roca del tamaño de una casa pequeña, el sendero de tierra y hierba dio paso a un camino empedrado de piedra gris y uniforme. El musgo se abría camino entre las grietas, donde crecían pequeñas lobelias azules y moradas. Su olor empalagoso y punzante se mezclaba con uno a humedad, polvo y estancamiento.

Sintió que Malfoy la miraba y le echó un vistazo de reojo, pero el otro ya estaba mirando al frente. Avanzaron por el sinuoso sendero, el sonido de sus pasos resonaba extrañamente en la quietud reverencial. Hermione se estremeció sin saber por qué.

─No quisiera ser de mal agüero, pero este lugar… ─susurró Malfoy, pero dejó la frase a medias.

El espacio entre los árboles se fue haciendo más amplio hasta que finalmente se abrieron a un vasta hondonada de césped, flores blancas, moradas y amarillas, y troncos caídos extrañamente dispuestos cuál bancos. Los árboles milenarios que circundaban el lugar se inclinaban hacia dentro de forma que sus copas improvisaban una suerte de techumbre moteada aquí y allá por parches de cielo rosáceo. A lo largo de la explanada se encontraban numerosas lagunas de agua reluciente. La más grande no debía medir más de diez metros de diámetro, pero había decenas de ellas. Y en el centro de todas ellas, había una intrincada escultura de bronce.

Hermione dejó escapar el aire que había retenido sin darse cuenta.


─¿Lo sientes? ─preguntó Hermione en un hilo de voz.

Se habían ocultado entre tres grandes troncos al borde de que empezara el descenso hacia la gran hondonada. El punto elevado les permitía ver sin ser vistos. O eso esperaba. Había sido Malfoy quién había puntualizado que no estaban solos. No estaba equivocado. El ambiente chispeaba con magia y una electricidad subyacente que casi ocultaba la presencia de la fauna variopinta que rebosaba por cada rincón de la hondonada: los diminutos seres translúcidos y sin rostro que jugaban como niños entre las flores, peces alados emergiendo de una laguna solo para zambullirse en otra un momento después, dientes de león flotantes del tamaño de una quaffle bebían agua cerca de una orilla.

─¿Que nuestro camino está obstruido? Desde luego.

Hermione sacudió la cabeza ligeramente. Probablemente Malfoy tenía razón. Si tenían alguna posibilidad de encontrar un portal ─o lo que fuera─ de regreso a casa, aquel era un buen sitio para empezar a buscar. Pero no podían bajar ahí abajo. Los encuentros que habían tenido con otras criaturas en Annwn no resultaban alentadores.

Pero no era a eso a lo que se refería.

─La magia… ─empezó, maravillada─. Toda esta energía que satura este lugar, brota de cada animal y planta. Hasta de las mismas rocas. Es casi… agobiante, pero nunca había visto nada parecido. No tiene nada que ver con nuestra magia, la de nuestro mundo, es casi como si brotara del corazón de la tierra. ¿No te sientes como si estuvieras en llamas?

Ardiendo. Cada poro de su piel estaba al rojo vivo. O así es como se sentía. Caliente, ardiendo, en llamas. Pero en vez de dolor, resultaba placentero. Estaba hambrienta y exhausta, pero en ese momento nada de eso parecía real. Lo único real era esa sensación de plenitud desbordante.

Tenía los ojos pegados a la visión de la imagen deslumbrante de ahí abajo, cautivada por cada nueva criatura que lograba identificar. Una especie de reno de cornamenta exuberante que se extendía en decenas de ramificaciones avanzó unos pasos sobre el césped y la hierba, desprendía un brillo dorado cada vez que sus pezuñas descansaban sobre el suelo. Alzó la barbilla y pareció olisquear algo en la brisa, luego simplemente inclinó su largo y robusto cuello sobre uno de los estanques y bebió.

Algo se removió a su lado, rozándole el hombro. Se sobresaltó. Y al girarse no supo porqué le sorprendió que fuera Malfoy. Al fin y al cabo llevaba los últimos dos días atrapada con solo su compañía. Seguramente tuviera algo que ver con que este fuera un mortífago. ¿Cómo no se había percatado antes de que lo tenía tan cerca? Ciertamente no era que hubiera espacio de sobra en aquella suerte de triángulo que formaban los tres troncos entre los que se habían escondido. Además, los dos estaban medio agachados, observando entre unas ramas.

Malfoy se rascó por encima del codo izquierdo, carraspeó y Hermione se tensó en respuesta. Esperó que no se le notara.

─Creo que empiezo a entender porque Draco decía que parecías haberte tragado una enciclopedia ─dijo─. Supongo que la poesía también entra en la carta.

Hermione se sonrojó, devuelta a la realidad por el tono socarrón del otro hombre.

─¿Cómo puedes…? ¿Acaso no notas como si…?

Malfoy chistó por lo bajo.

─No me des lecciones de magia, criatura.

─¡No estoy…!

─Por supuesto que puedo sentirlo ─dijo al fin, y extendió un brazo para colocar su mano derecha contra el tronco del árbol en el que estaban apoyados. El movimiento hizo que la rozara de nuevo. Ardía. Estaba ardiendo también. Pupum. Rascó con la uña la corteza negra como el carbón y esta se desprendió un poco. Luego ladeó la cabeza para mirarla─. Esa ha sido una forma de lo más curiosa de describir la magia primitiva. Inesperado de una sangre sucia.

Hermione decidió ignorar eso último en pos de preguntar:

─¿Magia primitiva? Nunca he…

─Ah ─dijo con sequedad─. Sí que hay algo sobre lo que no has leído.

Hermione se quedó callada por un instante. El tono de Malfoy, pese a desprender cierto desdén altanero, era casi civilizado.

─He leído sobre la magia feérica, pero en ningún sitio hacían ninguna alusión a una magia primitiva ─dijo al fin. No se iba a amedrentar─. Cardew Blake, uno de los expertos más reconocidos sobre feéricos, escribió sobre…

─Sé quién es Blake ─arrugó la nariz─. No está mal para una lectura amena.

─¿Una lectura amena? ─siseó, incrédula.

Malfoy enarcó una ceja. Hermione frunció los labios. Sabía cuando se estaban burlando de ella. Los ojos grises del hombre la estudiaron con algo que no supo identificar. Después de un incómodo silencio, Malfoy se apartó un mechón de pelo enmarañado de la cara ─lo tenía hecho un desastre, había visto vagabundos con mejor aspecto─ y dijo:

─Te lo pasarías de fábula en la biblioteca de la Mansión. Una lástima.

Qué. Qué se suponía que significaba eso. Hermione se lo quedó mirando demasiado atónita como para reaccionar, ni que fuera con un apunte cortante. Pero el otro ya no la estaba mirando y su perfil, sucio de tierra y sangre reseca, no revelaba nada. Sí, lástima de los ideales de los purasangres elitistas que veían una perversidad en todo aquel que fuera distinto a ellos.

Una grandeza frágil. Repugnante.

De súbito, se sintió furiosa y se le aguaron los ojos. Echaba de menos a Harry, incluso a Ron y su maldita estupidez. Esperaba que estuvieran a salvo. Que todos estuvieran a salvo. Se rascó por debajo del hombro, le escocía. Se miró por el cuello del jersey, pero no parecía tener nada. Cuando alzó la vista, Malfoy la observaba de nuevo. Esta vez con el ceño fruncido.

Hermione sintió que su furia hervía de forma inexplicable. Abrió la boca para soltar un comentario mordaz que nunca llegó a elaborar porque de repente un ruido que estaba entre un chillido y una risa le detuvo. Era un ruido agudo y estrepitoso. Como el de un jarrón de cristal al romperse. Pero a la vez tenía algo de orgánico, una vibración de unas casi cuerdas vocales.

Se quedaron muy quietos. El ruido se oyó de nuevo. Era de lo más inquietante, sobre todo cuando sonó en reverberación, como si hubiera muchos "algos" que estuvieran haciendo el ruido. Notó que Malfoy estaba mirando a algún punto en la lejanía, por encima de su cabeza. No se giró. Pero se agachó un poco más cuando el otro hombre lo hizo, por inercia, como si estuvieran jugando al juego del espejo.

Vio el movimiento de la nuez de adán de Malfoy cuando éste tragó saliva.

─Son pixies ─dijo.

Hermione creyó escuchar mal.

─¿Pixies? ¿Los que se llevan a las aulas de primero para…?

─¡Shh! ─La agarró bruscamente del brazo para hacerla callar y entrecerró los ojos en dirección de eso─. No esos pixies, evidentemente ─le siseó muy cerca de la cara casi un minuto después─. ¿Prestas atención? Todo lo que conoces, aquí no lo conocerás. Tenía la impresión de que habías leído. Créeme, no quieres que nos vean.

Estuvo a punto de soltarle que en realidad lo último que hacía era creerle. No obstante, optó por ser madura al respecto. Sabía sopesar sus prioridades. Lo que sí que hizo fue sacudirse su agarre y no lo hizo con amabilidad. Malfoy la fulminó con la mirada.

─¿Tu impresionante biblioteca, me equivoco? ─inquirió sin alzar la voz, pero no le dio tiempo a responder─. Entonces tenemos que encontrar un mejor escondite, la luz está menguando…

Era verdad. Casi no se había dado cuenta de cuándo había pasado. Cuándo había pasado de haber una clara luminosidad, incluso con la inmensa cobertura de los árboles, a aquella turbadora neblina que ya habían visto la noche anterior. La atmósfera se estaba colmando de una cualidad borrosa que dificultaba la visión a larga distancia.

El espeluznante sonido sonó una vez más. Más fuerte. ¿Más cerca?

─Pero no podemos alejarnos mucho ─dijo en un murmullo después de un momento.

─No ─coincidió Malfoy sorprendentemente─. Mejor que no.

Al fin y al cabo, ahí estaba su mayor baza de regreso a casa. Con suerte.

Lograron escabullirse sin ser detectados y encontraron refugio a cierta distancia. No tan al pie del cañón como antes. Si los troncos de hasta ahora le habían parecido enormes, este era colosal. Tenía el ancho de un armario de doble puerta, y había un hueco en la madera lo suficientemente grande como para que los dos se pudieran meter dentro.

Ahí dentro la niebla era menos densa. Y la tenue luminiscencia blanquecina que había en todo el bosque hacía que no estuviera del todo a oscuras. Hermione pensó distraídamente que Malfoy estaba muy pálido, sus ojeras más marcadas que hacía unos minutos. Habían corrido hasta allí. Solo esperaba que ese tronco no fuera carnívoro.

La magia que tanto la había maravillado ya no le parecía tan fascinante, como si hubiera habido un sortilegio que ocultaba las partes más feas, que lo embellecía. Y ahora estaba roto.

Solo les quedaba esperar. ¿A qué? No lo sabía. Más allá de que pasara el peligro inminente. Intentó no pensar en que probablemente el peligro los escudriñada desde las sombras, esperando el momento al igual que ellos.