¡Hola, hola! Disculpad la espera, estoy liada mudándome de casa y la verdad que no he tenido demasiado tiempo. Aún así, espero que os guste, estoy bastante contenta con este capítulo.

¡Feliz lectura! :)


PARTE 9

Se miraron, ambos congelados. Le pitaron los oídos y tuvo el impulso inicial de salir corriendo. Peligro. Una liebre ante un lobo. Mortífago. «Malfoy», suplió una vocecilla en su cabeza. Sí, eso tenía sentido, Malfoy estaba ahí también. Había olvidado que… Pero entonces les llegaron risas jugosas que provenían de cerca; una eufonía de jadeos, placer y música. Se dejó llevar por eso, rio también, viendo su propia risa reflejada en las pupilas dilatadas del otro hombre.

«Tus amigos» había dicho el hada. Su mente enajenada hizo una conexión retorcida y deficiente entre la familiaridad de ese rostro y su presunta inocuidad. Y si había una fuerte disonancia en aquella triste excusa de razonamiento, esta fue ahogada cuando el calor del cuerpo de Malfoy la llamó. «Por fin», pensó Hermione. Por fin alguien cálido. Una boca cálida, hambrienta como la suya. Lo que volvía una locura que tuvieran que molestarse quitándose la ropa. Batallaron por deshacerse de ella sin dejar de compartir saliva y calor, pero la tela parecía una telaraña, se les enganchaba a las extremidades, los asfixiaba con la frustración de sacarla de en medio. Urgentemente. Ya.

Malfoy gruñó cuando se le sentó a horcajadas sobre la pelvis, presionando hacia abajo. Su timbre ronco, familiar y desconocido al mismo tiempo, le mandó una oleada de satisfacción que la humedeció entre los muslos. Se recorrieron el uno al otro, besando, mordiendo y lamiendo cualquier zona de piel al descubierto que estaba a su alcance. Malfoy sabía a sudor, a sal, a pecado.

Sabía mejor que nada que hubiera probado.

Percibió carcajadas en la lejanía, entre la niebla que lo cubría todo. Podía sentir otros cuerpos, fríos, cerca de ellos, deleitándose en el festín de un delirio concupiscente. Le cogió una mano a Malfoy. Fue a cogerle la otra, pero no pudo. Porque esta no existía. A Malfoy le faltaba un brazo.

Algo chirrió de forma estridente en su cabeza, como cuando arrastras un cuchillo sobre un plato de porcelana.

No…

¿Había Malfoy tenido siempre un solo brazo?

Él le succionó el lóbulo de la oreja e invirtió sus posiciones, colocándose encima. Hermione sintió cómo se le clavaban algunas piedras en la espalda, pero no le importó; lo recibió gustosa, abriéndose para él, su sexo presionando contra ella a través de sus pantalones. Entreabrió los ojos.

─¿Dónde… ─gimió, sintiéndose extraña al oír su propia voz─ …dónde está tu brazo?

La mirada confusa de él la desorientó. Vio sombras oscurecer sus ojos.

De súbito el hada macho del principio estaba junto a ellos, de rodillas. No lo vio venir. No estaba y ahora simplemente sí. Sostenía un cuenco de cerámica entre las manos. Lo inclinó sobre sus bocas, aún tocándose, que se abrieron por inercia. El líquido dorado, casi tan espeso como la miel, asomó por el borde del cuenco. Pero nunca llegó a caer.

No en sus bocas al menos.

Hubo un alboroto. Algo la arrastró hacia atrás, alejándola de Malfoy pese a que se resistió con todas sus fuerzas, arañando el suelo y pataleando desesperada por volver a hundirse en el calor de su cuerpo. Un viento frío y cortante sacudió la hondonada. Ya no se oía música. Hermione se encontró cara a cara con un rostro ovalado e infantil coronado por una tiara de eucalipto, dos cuernos retorcidos sobresalían de sus sienes.

Nossun orus percem cir hex cir irbi. ─Le tocó la frente con dos dedos─. Vitrae.

Se le fue la cabeza en una explosión de luz blanca y dolor. Solo fue un segundo, un segundo en que el mundo giró y el suelo desapareció de debajo. Cuando todo volvió a cobrar forma a su alrededor, la ráfaga de emociones y recuerdos fue tan abrumadora que le cortó la respiración.

─Permite al aire entrar, humana, tus pulmones están abiertos.

Aún en el suelo, Hermione negó con la cabeza, conmocionada, pero miró al hada, el niño que les había hecho algo a Malfoy y a ella ─su mente bloqueó entonces cualquier pensamiento de Lucius Malfoy con tal de mantener la cordura─ y obedeció.

─¿Qué me has hecho? ─dijo al fin, cuando logró respirar medio normal.

El niño hada la miró con una expresión centenaria y astuta.

─Salvarte de caer en una pesadilla perpetua. ─Hermione se estremeció, volviéndose poco a poco más consciente de todo lo que la rodeaba: de los ríos de sangre, los seres feéricos diseminados por la hondonada, ahora todos mirando en su dirección, del cuenco caído a unos metros de ella y la substancia del color del ámbar derramada sobre hojas y tierra mojada. El niño hada lo observó también─. No caerás presa de nuestra magia solo con agua. El agua no alimenta, puedes consumirla sin temor, mas no algo que contenga nutrientes. Eso es licor del fruto dorado Annwn.

─Tercer príncipe, Nyëritororgwin de la Corte de arriba ─La voz profunda y melodiosa, tan rara que apenas podía llamarse voz, retumbó en la hondonada. El hada macho de rostro alabastrino del principio se alzaba frente a ellos, su expresión terrible─. ¿Osas prorrumpir en nuestros dominios sin permiso?

─Parece que ha habido un lamentable malentendido. Mi presencia en vuestra Corte está regida por un acuerdo entre mi madre y vuestro rey. Vine aquí con un encargo, no obstante, algunos de los vuestros creyeron conveniente agredirme ─dijo el niño, príncipe, poniéndose en pie─. Te recuerdo, Lord Thir'va de la Corte sangrienta, que cualquier ofensa contra mí o alguno de mis hermanos es una directa declaración de guerra. ¿Es esa la intención del rey sangriento?

El semblante de Lord Thir'va se quedó muy quieto, confiriéndole aún más el aspecto de una estatua de alabastro. Hermione se preguntó, delirante, si era el equivalente de su raza a palidecer.

─Todo lo contrario, tercer príncipe ─inclinó levemente la cabeza, pero algo en su tono no sonaba sincero.

─La humana apareció cuando había caído presa de una broma de mal gusto típica de los vuestros ─continuó Nyëritororgwin de forma autoritaria─. Gracias a su presencia pude zafarme sin más contratiempos, canalizando mi energía hacia ella y su acompañante. Ahora está bajo mi protección.

─Sin embargo, tercer príncipe, se adentraron en el festejo de nuestra gente, son nuestros preciados invitados…

Nyëritororgwin chasqueó los dedos. Se oyeron una serie de exclamaciones y Hermione vio revolotear algunas de las hadas más pequeñas mientras procesaba aquel intercambio tenso de intrigas feéricas. Había leído alusiones a la Corte de arriba y a la Corte sangrienta, correspondían respectivamente a la Corte Seelie y la No Seelie. No podía creer que el niño hada al que había querido ayudar ─e increíblemente había ayudado, de alguna forma─ fuera uno de los muchos príncipes de la Corte Seelie. Su aspecto de niño claramente no era un reflejo de su edad.

─¿Osas desafiarme a mí, un príncipe? ¿tú, un simple noble?

El silencio fue absoluto. La tensión se podría haber cortado con un cuchillo. Finalmente, Lord Thir'va, que seguía completamente desnudo sin, al parecer, ningún atisbo de pudor, se arrodilló en una reverencia profunda, que fue replicada por algunos de los de su misma estirpe. Cuando se levantó, dirigió sus orbes negras como tinta derramada hacia ella. Y sonrió.

Sonrió.

O algo parecido.

─Florecilla, mis deseos descansan en que nuestros sinos vuelvan a entrecruzarse.

Hermione se estremeció y sintió cómo se le calentaban las mejillas. Le inundó el odio y la vergüenza por lo que le había hecho, la huella de sus manos frías en su cuerpo, en su mente, no era algo que fuera a olvidar con facilidad. Se abrazó a sí misma para protegerse; de él o del frío, no estaba segura.

La estudió un instante más antes de darse media vuelta.

Un revuelo captó su atención y, al girarse, vio que un par de feéricos estaban cogiendo a Malfoy, uno de un brazo y el otro del torso por el lado que había perdido el brazo. El brazo. Le habían cortado el brazo. Por un momento, solo pudo contemplar el aspecto desmadejado del otro hombre mientras se lo llevaban. Miraba hacia los lados con una expresión de confusión irreconocible en su rostro, la mirada perdida, claramente carente de cualquier rastro de cordura. Le recordó a las expresiones vacías de algunos internados en San Mungo, gente como los padres de Neville.

Se sintió hiperventilar. No podía dejarlo ahí. No con esos seres.

─¡Esperad!

─Humana, ¿qué es?

─Tercer príncipe, no se lo pueden… quiero decir, mi acompañante, ¿sería posible que él también regresara a nuestro mundo?

Nyëritororgwin ladeó la cabeza.

─Mi protegida eres tú.

«Piensa, Hermione, piensa».

─Mi príncipe, antes ha mencionado que gracias a mi presencia ha podido liberarse al canalizar su magia hacia mí ─dijo─. Pero yo no soy la única que se ha visto afectada por su magia, nos ha hecho algo a ambos.

─En efecto ─respondió entrecerrando los ojos─. Me temo que al liberarme una insignificante parte de mi magia quedó impregnada en vosotros. Un sello, si quieres.

Quiso gritarle que compartir sus pensamientos y emociones con un mortífago no era, por nada del mundo, insignificante, pero estaba demasiado cansada y agotada y no era tan estúpida como para contrariar a su salvador. No con aquellos seres horrendos de la Corte No Seelie todavía ahí, mirándolos ahora con impaciencia.

─Ruego, tercer príncipe, que esta humana no nos haga perder más el tiempo a mí y a los míos ─intervino entonces una voz femenina que Hermione identificó como el hada de largo cabello cerúleo.

─Habla, humana ─señaló Nyëritororgwin ignorando a la otra─. Estaba bajo la impresión de que era tu enemigo. Ciertamente, no se mostró compasivo conmigo.

─Lo es ─susurró en un hilo de voz. Luego, más alto─: Lo es, mi príncipe. Sin embargo, no se trata de quién es él, sino de cómo me sentiría yo conmigo misma. Puesto que su magia también lo ha afectado, entiendo que también está bajo su protección.

Pausa. El encanto se había roto y, aunque la niebla ya no era tan espesa y algunos hilos de luz violeta rompían a través de los ojales de las copas de los árboles, el lugar era inhóspito y cruel.

─Puede estarlo, si así es mi deseo ─contestó al fin. Llegaba al metro a duras penas, pero su semblante no era menos frío que el del resto de feéricos─. Liberadlo. Los dos humanos regresarán a su hogar.

Hermione no sintió alivio. No sintió nada.

Al menos, pudo respirar.

No le pasó desapercibida la mirada de basilisco que Lord Thir'va le dirigió a Nyëritororgwin antes de suspirar lánguidamente:

─Que así sea ─y ordenar a los suyos que soltaran al prisionero.

Nyëritororgwin, tercer príncipe, se acercó, colocó sus dedos índice y corazón en la sien de Malfoy y pronunció unas palabras susurradas, al igual que había hecho con ella. Le pareció que el proceso tardaba más, pero tal vez simplemente se tratara de su percepción distorsionada.

«Solo quiero irme. Quiero irme de aquí».

Tras unos segundos, Malfoy emitió un jadeo estrangulado y pegó un brinco hacia atrás, alejándose de Nyëritororgwin cual gato erizado. Su rostro demudó a una velocidad vertiginosa y de forma tan clara, que, pese a los metros que los separaban, Hermione pudo detectar los espasmos en sus músculos faciales, el momento en que le vino todo.

Pupum.

Hermione se tapó la cara con las manos y «No pienses, solo no pienses en nada».

Después de aquello la hondonada no tardó en vaciarse a excepción de ellos tres. No quedaba nada del jolgorio de antes, de aquella sensación de plenitud que la había embriagado, de aquella mentira. De fondo, podía oír la voz indolente del tercer príncipe hablándole a Malfoy, pero en ningún momento oyó a este responderle.

Se palpó donde guardaba su inservible varita, pero no sintió el alivio que hubiera esperado al notarla aún ahí. No le sorprendió notar que había perdido el colmillo. Seguramente se había quedado en el árbol en que las hadas les habían sorprendido. Tenía la vaga noción de haberse resistido, pero todo era un torbellino de memorias confusas a partir de ahí.

─No debéis inquietaros por vuestro tiempo aquí, el tiempo en Annwn transcurre distinto al de vuestro mundo. No más de dos horas habrán pasado desde vuestra partida.

No notó que se habían acercado. Alzó la vista. Malfoy tenía la cabeza gacha, ladeada en dirección opuesta a ella.

─El sello… ─inquirió Hermione trastabillando al ponerse en pie─. ¿Cómo se revierte?

Los ojos negros se clavaron en ella desde abajo.

─No se revierte. Lo más probable es que vaya desapareciendo con el tiempo. Cuanto mayor sea la cercanía mayor será el poder del sello ─y sacudió la mano, como si fuera algo sin importancia. Luego se encogió de hombros─. Apareceréis en el bosque dónde os encontrabais al ser succionados a nuestros reinos.

Hermione no añadió más. Había notado la tensión de Malfoy hacía solo un instante, con algo de lo que había dicho el tercer príncipe, sin embargo, no se le ocurría el qué. Y tampoco es que le importara demasiado. El hombre no había dicho una palabra desde que había recuperado la consciencia y parecía inmerso en sí mismo. A ella ya le estaba bien. No quería tener ningún contacto con él, ningún… contacto. Cerró los ojos. «No pienses. Todavía no». No pudo evitar mirarle el brazo, no obstante; la manga de la camisa le colgaba flácida desde el hombro.

Nyëritororgwin los condujo hasta la escultura de bronce, les dio su inmensa gratitud por el servicio prestado a la Corte Seelie y abrió el portal para ellos. La suya no era la actitud de alguien agradecido con los demás, pese a haberlos salvado de un destino peor que la muerte.

Antes de cruzar el portal, Hermione, macilenta, se giró hacia él.

─Estabas llorando. Cuando te encontramos. No parece propio de vos.

Nyëritororgwin parpadeó.

─Al igual que las arañas tejen sus telarañas, nosotros tejemos nuestras trampas.

No había ni pizca de remordimiento en su voz. En ese mismo instante, Hermione odió a toda la estirpe feérica y cruzó el portal, que la succionó en un remolino de agua, viento y luz.


El próximo capítulo lo tendré listo en, máximo, dos semanas. Con suerte ya en nada termino con la mudanza jeje

Espero con ilusión vuestras opiniones :P