Roy salió de la habitación, aún somnoliento. Una de las nuevas rutinas que vivir con Riza había traído a su vida era despertarse temprano, demasiado temprano para su gusto, pero un sacrificio necesario. Al principio, ella siempre le regañaba, incluso lo tiraba de la cama, pero últimamente lograba despertarse solo en cuanto olía el aroma del café recién hecho por la mañana.

La luz suave del amanecer se filtraba por las cortinas, llenando la cocina con un resplandor dorado. El aire estaba impregnado del aroma reconfortante del café recién hecho, prometiendo un inicio cálido al día.

Riza estaba sentada a la mesa, solo con una camisa de Roy que le quedaba grande. Esta mañana su presencia emanaba un aura diferente, una mezcla de incertidumbre y pensamientos lejanos. Apoyaba su cabeza sobre su mano izquierda mientras con la derecha subía y bajaba una bolsita de té en su taza, sus ojos mirando con desgana el líquido que se oscurecía lentamente.

Roy la observaba mientras se dirigía a la cocina, su corazón calentándose ante la vista hogareña y familiar. Se detuvo un momento, disfrutando de la escena antes de dirigirse hacia el objeto de sus deseos: el preciado elixir de los madrugadores, la cafeína.

—Buenos días, Teniente —dijo Roy con una sonrisa traviesa, acercándose a la cafetera.

Riza levantó la vista, sus ojos brillando con una mezcla de afecto y diversión.

—Buenos días, General. Veo que el aroma del café ha hecho su magia otra vez —respondió, su voz suave pero con un toque de humor.

Roy vertió el café en su taza favorita, una que Riza le había regalado y que tenía una inscripción divertida: "General por el día, holgazán por la noche." Se sentó a la mesa frente a ella, disfrutando del primer sorbo caliente del café.

—Sabes, esto de madrugar no es tan terrible cuando tienes café recién hecho y buena compañía —dijo Roy, su voz cargada de afecto mientras miraba a Riza.

Riza sonrió, dejando la bolsita de té a un lado y tomando un sorbo de su taza. Apenas tomó un sorbo, su nariz se arrugó y bajó la taza con una expresión de disgusto.

—¿Cómo puede la gente beberse esto? Parece agua estancada —dijo, su tono mezcla de incredulidad y resignación.

Roy, sentado frente a ella, contuvo la risa, sus ojos brillando con diversión.

—¿Y por qué bebes té hoy si has hecho café? —preguntó, levantando una ceja.

Riza suspiró, moviendo la taza de té a un lado con un gesto de desdén.

—El café es para ti. Últimamente estoy de los nervios, así que pensé que tal vez el té sería un buen sustituto... —volvió a sorber el té con el mismo resultado, su expresión volviéndose aún más disgustada—. Me equivoqué.

Roy no pudo contenerse más y soltó una carcajada, el sonido llenando la cocina y añadiendo una capa de calidez al ambiente.

—Bueno, creo que el té no es lo tuyo. ¿Tan malo está esto? —dijo Roy, aún riendo mientras se levantaba y tomaba la taza de Riza para probar un sorbo—. No está tan mal, tiene un toque de regaliz…

—Pues para ti —respondió Riza, ligeramente enojada.

—No, no —se apresuró a decir Roy, levantando las manos en señal de rendición—. Yo prefiero este magnífico café que con tanto cariño y esfuerzo has preparado.

Riza bufó, todavía molesta.

—Es como coger cuatro hierbas del parque, hervirlas en agua y esperar que sepa bien. —Volvió a intentarlo y se estremeció—. ¿De dónde te has sacado lo del regaliz?

—Aprecio el esfuerzo, pero déjalo ya —dijo Roy, riendo mientras se dirigía a la cafetera—. No tienes por qué estar de los nervios. Todo saldrá bien, deja de darle tantas vueltas a todo.

Riza lo observó, su expresión suavizándose ante la risa de Roy. La cocina, con sus muebles de madera cálida y la luz suave de la mañana, era un refugio acogedor, un lugar donde las preocupaciones del mundo exterior se desvanecían momentáneamente. Las paredes estaban decoradas con fotos y pequeños recuerdos que hablaban de su vida juntos, creando un ambiente de intimidad y calidez.

Roy preparó otra taza de café y se la llevó a Riza, su sonrisa aún presente.

—Aquí tienes. Un buen café siempre arregla cualquier mañana complicada —dijo, ofreciéndole la taza y volviéndose a sentar frente a ella—. ¿Qué tienes en mente que no quieres decirme?

Riza tomó la taza, agradecida, pero sus ojos se desviaron ligeramente. Roy podía ver a través de ella, notando la tensión subyacente que no había desaparecido del todo.

—Nada de qué preocuparse, creo —respondió, intentando sonar casual, pero su tono delataba algo más profundo.

Roy entrecerró los ojos, observándola con cuidado. La conocía demasiado bien para dejarlo pasar.

—Riza, sabes que puedes contarme lo que sea. ¿Qué está pasando? Creo que ya nada puede sorprenderme, así que dímelo y así te relajas un poco —dijo Roy, su voz llena de preocupación y ternura.

Riza suspiró, tomando un sorbo de café y disfrutando del calor que se extendía por su cuerpo. La luz de la mañana bañaba la cocina, haciendo que todo se sintiera más real y tangible. Finalmente, decidió hablar, aunque con cautela.

—Roy, hay algo que... no estoy segura de cómo decirte —sus palabras salieron atropelladamente, con nerviosismo—. No estoy completamente segura, pero... los síntomas están ahí. No quería decírtelo antes de confirmar nada, porque esto... bueno, esto cambia muchas cosas, y es posible que no sea nada...

—Espera —interrumpió Roy, su voz llena de una mezcla de sorpresa y alegría contenida—. ¿Me estás diciendo lo que creo que me estás diciendo?

Riza asintió, sus ojos buscando los de Roy, buscando su reacción.

Roy se quedó en silencio por un momento, procesando la información. Luego, una sonrisa suave y cálida se extendió por su rostro.

—¿De verdad? —preguntó, su voz temblando ligeramente de emoción.

Riza asintió de nuevo, sus manos temblando ligeramente alrededor de la taza de café.

—Sí, Roy. No lo he confirmado aún, pero la posibilidad es alta —dijo Riza, suspirando y negando con la cabeza—. Otra complicación más, con Armstrong aquí, siempre juzgando todo lo que hacemos.

Roy se levantó y se acercó a ella, tomando la taza de café de Riza y dejándola a un lado. Luego la abrazó con ternura, envolviéndola en un cálido abrazo que le dio paz.

—Riza, esto no es una complicación. Es una bendición, aunque ahora mismo te pueda parecer todo lo contrario. Armstrong puede pensar lo que quiera, pero lo que importa es lo que nosotros sabemos y sentimos —dijo, su voz firme llena de determinación—. Vamos a mantener la calma y a afrontar esto con la cabeza en alto. Y si algo te abruma, lo hablaremos. Siempre juntos, Riza. Siempre juntos.

—Me siento tan confundida, Roy. No sé cómo manejar esto —admitió Riza, sus ojos reflejando la tormenta de emociones que sentía por dentro.

Roy se separó un poco para mirarla a los ojos, su mirada llena de amor y determinación.

—Vamos a ser padres, y vamos a hacerlo con la misma valentía y amor con la que hemos enfrentado todo lo demás. No hay nada que no podamos manejar.

Riza se acurrucó en los brazos de Roy, sintiendo cómo el peso de sus preocupaciones comenzaba a aliviarse. El calor del abrazo y las palabras de Roy eran todo lo que necesitaba para encontrar algo de calma en medio de la tormenta.

—¿Por qué lo hacemos todo al revés? —preguntó Riza, con una risa nerviosa que intentaba ocultar su ansiedad.

—Porque te has enamorado de un hombre que es un auténtico desastre y le gusta demasiado disfrutar de ti —respondió Roy, con una sonrisa traviesa. Riza rio y le dio un golpe juguetón en el hombro, la tensión disminuyendo un poco.

—Vamos a tomar esto paso a paso. Primero, confirmamos lo del bebé, y luego decidimos cómo manejar las cosas. Y deja de pensar en Armstrong y en los demás. No importa lo que piensen.

Riza asintió, sintiendo una renovada sensación de esperanza. Se dio cuenta de que, con Roy a su lado, podía enfrentar cualquier cosa, incluso las miradas críticas de Olivier Armstrong.

—Tienes razón, Roy. Siempre has sido el optimista —dijo Riza, sonriendo

Roy la abrazó con más fuerza, besando suavemente su frente y disfrutando del silencio cómodo y la calidez del cuerpo de Riza. Pasaron un buen rato así, inmersos en el momento y en la conexión que compartían.

—Roy, ya puedes soltarme. Estoy bien —dijo Riza, su voz suave.

Roy negó con la cabeza, una sonrisa traviesa asomando en sus labios.

—Ni hablar. Ahora, vamos a disfrutar de este momento que no todos los días le dicen a uno que va a ser padre.

Riza rió suavemente, su risa llenaba la cocina de calidez.

—De acuerdo, pero no quiero que te pongas demasiado sentimental, General. Tenemos un día por delante —dijo, con un toque de humor en su voz.

Roy se separó ligeramente, pero aún mantenía sus brazos alrededor de ella, su mirada llena de amor y determinación.

—Prometo no ponerme demasiado sentimental. Solo lo justo y necesario —dijo, guiñándole un ojo.

En ese momento, el sonido de un ladrido interrumpió su conversación. Black Hayate, entró en la cocina y se acercó a ellos, mirando curioso.

—Parece que Hayate también quiere un poco de atención —comentó Riza, agachándose para acariciar al perro.

Roy se rió, observando la escena con una mezcla de ternura y diversión.

—Bueno, parece que vamos a ser una familia bastante ocupada. Entre el bebé y Hayate, no creo que tengamos un momento de aburrimiento.

Riza se enderezó, llevando a Hayate en sus brazos, y miró a Roy con una sonrisa cómplice. Roy se acercó y acarició a Hayate también, disfrutando de la pequeña escena familiar que se desarrollaba ante ellos.

—Un perro, un bebé y una mujer extraordinaria, ¿Qué más puede pedir alguien de la vida? —dijo Roy, instintivamente llevando una de sus manos al vientre plano de Riza— Va a ser perfecto, como su madre.

—O puede que sea un desastre como su padre —respondió Riza con una sonrisa juguetona.

—Bueno, entonces en todo caso será un perfecto desastre —dijo Roy, riendo mientras se inclinaba para besarla.

Riza sonrió, sintiendo una mezcla de amor y humor envolviéndolos. La calidez del momento se veía aumentada por la luz suave de la mañana que seguía bañando la cocina.

—Creo voy a necesitar toda la paciencia del mundo —dijo Riza, mientras dejaba a Hayate en el suelo, donde el perro comenzó a moverse alrededor de ellos con alegría.

—Entonces, ¿qué te parece si comenzamos a buscar esa casa con jardín? —sugirió Roy, con un guiño—. Porque estoy seguro de que nuestro pequeño perfecto desastre necesitará mucho espacio para jugar.

Riza rió, asintiendo con entusiasmo.

—Me parece una idea maravillosa